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Conflicto y reforma en España - Stanley G. Payne

 


 

                España no es tan “diferente” como podría parecer. Hasta cierto punto, el país seguía el modelo francés, porque Francia había pasado por la gran Revolución de 1789-1794, más las llamadas revoluciones de 1930 y 1848-1849, y el episodio especialmente sangriento de la Comuna de París, en 1871, que acabó con más de quince mil ejecuciones políticas. Esta última fue la experiencia más brutal que sufrió toda Europa durante el siglo XIX. Aunque en Francia no se vivieron tantos años de revuelta como en España, tampoco aquí se pasó por la terrible experiencia de grandes asesinatos en masa que sí vivió Francia en 1793-1794 y 1871. Y a pesar de que el liberalismo español fue débil, muy imperfecto y estuvo muy dividido entre 1833 y 1923, España pasó más años bajo un Gobierno parlamentario que Francia.

 

                Al llegar la década de1920, España tenía uno de los índices de crecimiento más elevados del mundo, y las condiciones de vida y los niveles sanitarios mejoraban con rapidez. En 1930 parecía que el país inauguraba una de las mejores épocas de su historia.

 

                Mientras tanto, en la primera parte del siglo XX, Europa se adentraba en la época más convulsa de su historia contemporánea. Las tres décadas que van desde 1914 a 1945 no solamente abarcaron las guerras mundiales -las más destructivas de la historia-, sino, además, el mayor número de guerras civiles, empezando por la primera revolución rusa de 1905 y siguiendo por la iraní de 1906, la gran insurrección campesina rumana de 1907, el pronunciamiento de los Jóvenes Turcos en 1908, el levantamiento militar griego de 1909, el derrocamiento de la monarquía portuguesa y el inicio de la Revolución mexicana en 1910, y el comienzo de la Revolución china en 1911.

 

                En 1918 habían estallado guerras civiles en Finlandia y Rusia, y no se trataba de la clásica contienda civil en la que dos adversarios entablaban una lucha política con objetivos equivalentes y valores similares, sino que era un nuevo tipo de guerra civil y revolucionaria, como la desatada en Francia durante la década de 1790 y en 1871. En las primeras guerras civiles pugnaban por alcanzar el poder programas revolucionarios y contrarrevolucionarios absolutamente opuestos que no solo aspiraban al dominio político, sino a imponer programas sociales, económicos, culturales e incluso religiosos radicalmente antagónicos: lo que se contraponía eran dos formas de vida que, al ser tan contrarias, prácticamente enfrentaban a dos civilizaciones distintas. Esos conflictos civiles se libraron con un grado de crueldad y de violencia insólitos, que fueron mucho más allá del campo de batalla. Durante la guerra civil rusa, el “terror rojo” y su correlato contrarrevolucionario no solo aspiraban a la conquista, sino, hasta cierto punto, a la eliminación absoluta de la oposición, a la erradicación física y política del adversario, como si unos y otros representaran principios religiosos o metafísicos opuestos, fuerzas del bien o del mal absoluto que no solo había que domeñar, sino extirpar por completo. El resultado fue un estallido de violencia política sin precedentes en el antiguo Imperio zarista, mientras, al mismo tiempo, se producían violentos conflictos internos en la Europa central y meridional.


La primera huelga general convocada por los socialistas en 1917 fue un fracaso: durante la huelga y la represión resultante perecieron casi cien personas y, a partir de 1919, se incrementó la violencia política. Entre 1897 y 1921 los anarquistas asesinaron a tres presidentes de Gobierno y hubo otros dos atentados contra el líder principal del Partido Conservador y tres contra el rey Alfonso XIII. En ocasiones, los estallidos de violencia anarquistas desataron una virulenta represión por parte de la Policía y del ejército. En general, los socialistas no recurrieron a la violencia, pero, junto a los anarquistas, surgió un nuevo e incendiario rival, el pequeño Partido Comunista de España (PCE), que también contribuyó a las actividades de un terrorismo político que entre 1919 y 1923 causó la muerte de varios centenares de personas. 


Durante mucho tiempo, el nacionalismo vasco fue minoritario, en tanto que el catalán cobró fuerza con mayor rapidez. 


Técnicamente, los candidatos monárquicos ganaron con una ventaja considerable, pero su derrota en casi todas las ciudades grandes y capitales de provincia generó una gran oleada de confianza en la nueva coalición republicana. 


La situación española puso de relieve una verdad histórica fundamental: que los procesos revolucionarios con frecuencia comienzan de forma rápida y pacífica, y con un esfuerzo relativamente escaso. Esta generalización no siempre es cierta, pero se refleja on exactitud en la situación imperante en la Francia de 1789, en la Rusia de marzo de 1917 y en la España de 1931. Los procesos revolucionarios que se inician de forma poco conflictiva pasan por diversas fases, y las primeras son bastante moderadas. Esta característica describe la situación española, porque el nuevo régimen de abril de 1931 adoptó la forma de una república democrática basada en las estructuras sociales y económicas vigentes. Uno de sus ministros socialistas, Francisco Largo Caballero, declaró que, en España, lo que llamó el “extremismo” no tendría futuro a causa del reformismo pacífico. Irónicamente, en poco más de dos años, él mismo sería uno de los líderes que más recurriría al “extremismo”, viendo en ello una táctica indispensable. 


Los socialistas, que por primera vez asistían un rápido incremento de sus bases, solo se comprometieron parcialmente con el nuevo régimen democrático. Gran parte de sus dirigentes estaban convencidos de que este suponía el inicio de un cambio fundamental que subyugaría para siempre el conservadurismo político y económico, comenzando un proceso ilimitado de reformas destinado a culminar pronto en el socialismo. Como las fuerzas conservadoras parecían totalmente desorganizadas y nada habían hecho para defender la monarquía, los socialistas llegaron a la errónea conclusión de que en el futuro no podrían hacer mucho por evitar el advenimiento del socialismo. 


En consecuencia, los republicanos de izquierda y los socialistas pergeñaron un régimen radicalmente reformista que, casi de inmediato, procedió a cercenar ciertos derechos y a silenciar a la oposición, convirtiéndose en un sistema que, como lacónicamente señalaría Javier Tussell, principal historiador político español de finales del siglo XX, era “una democracia poco democrática”, y quizá esta sea la mejor síntesis en cuatro palabras que se haya hecho de la Segunda República. Donde primero se apreció esta situación fue en la esfera religiosa, cuando el nuevo Gobierno reaccionó con lentitud ante la “quema de conventos” de los días 11 y 12 de mayo de 1931, solo un mes después del establecimiento de la República. El clima de anticlericalismo radical venía acentuándose desde más de una generación. Sus apologistas han dicho siempre que esto fue una consecuencia inevitable del “poder de la Iglesia” en España, pero tal interpretación no explica por qué, mientras este poder se debilitaba año tras año, el anticlericalismo aumentaba y asumía formas cada vez más violentas. En esta ocasión, turbas organizadas, principalmente compuestas por anarquistas y republicanos extremistas, quemaron más de cien iglesias y otros edificios religiosos en Madrid y otras ciudades (principalmente en el sur y el este), de manera que, después de la indiferencia gubernamental en la primera fase, fue preciso recurrir al ejército para que se restableciera el orden. Este proceso breve de solo dos días resumió, en sí mismo, lo que sería el proceso de la República en 1936: extremismo acompañado por la indiferencia gubernamental, pero acabando en una represión más violenta por parte del ejército. 


El anticlericalismo extremo era algo bastante habitual a comienzos del siglo XX en el suroeste de Europa y ciertas zonas de Hispanoamérica. La transición hacia los regímenes parlamentarios modernos, con la separación de Iglesia y Estado, venía desatando conflictos desde la Revolución francesa. La restricción drástica de las libertades religiosas y la persecución de la Iglesia produjeron grandes tensiones en países tan distintos como Francia, Portugal y México, llegando a provocar en este último una especia de segunda guerra civil entre 1926 y 1929. En lugar de aprender de estos conflictos, las izquierdas españolas estaban decididas a seguir su ejemplo. 


Irónicamente, justo cuando el Vaticano y los líderes eclesiásticos estaban dispuestos por primera vez a aceptar una separación de cuño americano entre Iglesia y Estado, los partidos de izquierda rechazaron un borrador de la Constitución que, basándose en la necesidad de promover una absoluta libertad religiosa para todos los sectores, proponía precisamente ese ordenamiento. Los partidos de izquierda insistieron en aprobar normativas que restringían ciertas actividades católicas, sobre todo las de las órdenes religiosas, y en expulsar a los jesuitas (por tercera vez en la historia de España). Además, para obstaculizar la educación católica y convertir la enseñanza en un monopolio estatal, anunciaron la intención de prohibir la docencia de las órdenes. Esas políticas de 1931-1933 solo eran el principio: en junio de 1936 se habían erradicado los servicios religiosos en algunas zonas y en muchas partes del país se eliminaron las escuelas católicas. 


Los principales líderes eran Manuel Azaña y los republicanos de izquierdas, que tomaban como modelo la III República francesa, fundada en 1871. Sin embargo, sus tácticas eran bastante diferentes de las de sus antecedentes galos. La III República nació, de hecho, siendo un régimen contrarrevolucionario que reprimió con dureza a la Comuna de París, ya que sus dirigentes moderados comprendieron que solo podrían consolidar el nuevo régimen si este procedía de manera ordenada y respetando la ley. La República francesa había evolucionado con cuidado, paso a paso, y no procedió a implantar la separación entre Iglesia y Estado, ni a la consiguiente confiscación de los edificios eclesiásticos, la supresión de las órdenes religiosas y el cierre de las escuelas católicas hasta tres décadas después, cuando el régimen ya estaba totalmente consolidado. 


Antes de llegar al poder, los líderes republicanos franceses ya eran políticos veteranos, mientras que en 1931 gran parte de los dirigentes y diputados españoles eran principiantes. Al comienzo, la República francesa la dirigieron moderados, en tanto que la española de 1931-1933 estuvo dominada por una coalición preponderantemente izquierdista y socialista. Liberados de la presión de la izquierda, al principio los líderes franceses evitaron caer en el anticlericalismo radical, para centrarse en la educación y la “revolución de la conciencia”, pero en Madrid, la insistencia de los republicanos de izquierda en granjearse el apoyo de los socialistas y no llegar a un acuerdo con el centro moderado fomentó una posición más doctrinaria. 


Con todo, la primera rebelión contra la nueva República no surgió de la derecha, sino del extremismo revolucionario de izquierdas. 


Los militantes de la FAI-CNT vieron en los primeros días de la República una oportunidad para vengarse de sus enemigos. Durante las primeras semanas del nuevo régimen cometieron al menos veintitrés asesinatos políticos en Barcelona y, más tarde, promovieron tres levantamientos revolucionarios consecutivos en enero de 1932, enero de 1933 y diciembre de 1933. 


Durante los tres primeras años de la República, sus enemigos violentos no tuvieron muchos apoyos. Ninguna de las cuatro sublevaciones -tres llevadas a cabo por la extrema izquierda revolucionaria y una por la derecha- amenazó realmente al nuevo régimen. 


Con frecuencia, la República limitó los derechos ciudadanos e impuso una censura más profunda que la que había sido habitual durante la monarquía constitucional. 


Las leyes republicanas siguieron contemplando tres niveles distintos de suspensión de derechos y libertades: “el estado de alarma”, el “estado de prevención” y el “estado de guerra”, situaciones de excepción que se utilizaron con frecuencia, tanto contra la derecha moderada y extrema como contra la extrema izquierda, de manera que, en conjunto, la Segunda República vivió prácticamente el mismo número de días de suspensión total o parcial de las garantías constitucionales que en situación de normalidad. 


Igualmente, los republicanos, mientras mantenían en funcionamiento la Guardia Civil, un cuerpo policial de carácter paramilitar que cuidaba del orden público, también crearon un nuevo cuerpo, la Guardia Civil de Asalto -basado en una fuerza formada en la República de Weimar- que, armada con porras en lugar de los fusiles Mauser del otro cuerpo, actuaría sobre todo en las ciudades. Sin embargo, su propio nombre, al incluir el término “asalto”, daba idea de la tendencia general hacia la paramilitarización de la vida política europea y también de la actitud algo agresiva del nuevo régimen. 


Durante 1932, el Gobierno aprobó reformas laborales favorables a los sindicatos socialistas, intentó transformar y reorganizar el ejército y concedió a Cataluña un estatuto de autonomía. Al año siguiente tomó medidas para abordar el arraigado problema agrario y la tendencia de la tierra en un país en que un quinto de la población total lo componían jornaleros sin tierra y sus familias. La situación política se polarizó aún más, aunque la legislación resultante fuera de alcance limitado. 


Los principales sectores de las derechas comenzaron por fin a organizarse y su agrupación principal cristalizaría en la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), que a partir de ese momento sería el partido político más nutrido de España y, en proporción, la principal formación política católica del mundo, al menos en un país relativamente grande. 


Después de dos años y medio, la mayoría de los socialistas comenzaron a mostrarse enormemente desilusionados con el nuevo régimen, una república “burguesa” que no parecía conducir hacia el socialismo. 


Para unas izquierdas desunidas, su propia ley electoral funcionó como un bumerán. El número de escaños socialistas se redujo, al tiempo que los republicanos de izquierda fueron prácticamente barridos del mapa. Los líderes de estos dos grupos reaccionaron exigieron que el presidente de la República, Nieto Alcalá-Zamora, un católico de centro, anulara los resultados de las elecciones para permitirles cambiar su propia normativa general y así garantizar la victoria a una izquierda escarmentada y reunida. 


Mientras la CEDA había aceptado provisionalmente una ley electoral redactada por sus adversarios y preparada con el solo fin de excluirla del poder, las izquierdas afirmaban que no se podía permitir que la oposición ganara los comicios, ni siquiera en unas elecciones democráticas y auténticas -las primeras en la historia de España-, porque la CEDA abogaba por introducir cambios fundamentales en el régimen republicano. Las izquierdas insistían en que la República no debía ser un régimen democrático igual para todos -un sistema con reglas fijas y resultados inciertos-, sino un sistema con reglas cambiantes -a su antojo- y resultados ciertos para mantenerse permanentemente en el poder. 


Era una posición sin parangón en la historia reciente de los sistemas parlamentarios europeos. Los socialdemócratas alemanes, por ejemplo, habían puesto un gran empeño en defender la igualdad de derechos para todos durante la República de Weimar, y ni siquiera los “maximalistas” revolucionarios socialistas de la Italia convulsa de 1919-1922 habían llegado a proponer realmente la manipulación de los resultados electorales. Ante el avance del fascismo, su última gran medida había sido el sciopero legalitario (“huelga legalista”) de mediados de 1922, que se había limitado a solicitar la recuperación del orden público y del sistema democrático. 


En 1923, gran parte de las izquierdas había exigido una democratización electoral como petición principal. Cuando la tuvieron, rechazaron sus resultados en el primer momento en que vieron que dicha democratización no garantizaba su preponderancia. 


Los primeros izquierdistas españoles; los liberales de 1810, habían sido en su mayoría realistas, coherentes y moderados.


El germen de la izquierda intransigente o extrema se encuentra en los “exaltados” de 1821-1823, dispuestos a imponer sus valores por las buenas o por las malas. 


Se fue desarrollando una actitud que sostenía que cualquier oposición que encontraran las izquierdas sería reaccionaria y, por tanto, ilegítima, una postura que tendría correlatos muy escasos en cualquier otra parte de Occidente. Su equivalente principal solo se encontraría en Rusia. 


El hecho de que la mayoría de los fundadores de la República rechazara la democracia electoral en cuanto perdió unas elecciones hacía pensar que las perspectivas de esa democracia eran, en el mejor de los casos, inciertas. 



Gran parte de los socialistas comenzaban a decantarse por la revolución violenta. 

Payne y Roca Barea sobre esclavitud, racismo y Colón



Stanley G. Payne ”España, una historia única”:


        “A finales del siglo XX los multiculturalistas occidentales comenzaron a imaginarse utopías, según los términos que gustaban utilizar, cultual y étnicamente “diversas”, en las que distintas culturas y civilizaciones coexistían armoniosamente. Este ideal se convirtió en un rasgo cardinal de las instituciones culturales y educativas de Europa occidental y, sobre todo, de Norteamérica”. 


         “El islam es la única religión importante del mundo que exige categóricamente la continuación constante de la acción militar contra los infieles, y sus seguidores han destacado por llevar a cabo durante mucho tiempo y, durante siglos, con bastante éxito, conquistas militares”. 


        “En Occidente, los musulmanes norteafricanos conquistarían posteriormente Sicilia en el siglo IX, continuando con sus ataques sobre territorio europeo-occidental hasta el XIV. Las incursiones, en forma de piratería a gran escala y de captura de esclavos, se prolongarían durante medio milenio más, hasta comienzos del siglo XIX. 


La obligación de ‘practicar’ la yihad, concebida como conquista militar de los infieles, fue un rasgo constante dela cultura y la práctica islámicas durante más de mil años, que sólo declinó en la época contemporánea cuando las sociedades musulmanas se volvieron totalmente inferiores desde el punto de vista de las armas. Durante el siglo XX, Turquía , principal potencia islámica, recurrió al genocidio contra sus minorías cristianas. Las numerosas referencias que hay en el Corán a la obligación de enfrentarse militarmente a los infieles y de matar en nombre de la fe son una de las principales diferencias entre el cristianismo y el islam”. 


         “Si las armas andaluces triunfaban, las cabezas de los caídos cristianos solían mostrarse en las murallas de Córdoba, lo cual no era un símbolo de una sociedad especialmente ‘tolerante’. 


No se permitió la construcción de iglesias nuevas y algunas de las existentes se convirtieron en mezquitas, prohibiéndose el toque de campanas y cualquier otra actividad fuera de los templos cristianos…


Los judíos y cristianos tenían que llevar una indumentaria especial para indicar su religión. No podían caerse con mujeres musulmanas, sólo podían montar en burro, tenían que ceder el asiento siempre que un musulmán quisiera ocuparlo y no tenían igualdad en los procesos judiciales…


Hay que destacar el típico sometimiento de la mujer musulmana, cuya situación era totalmente distinta a la de las mujeres en la sociedad hispano-cristiana, donde éstas podían heredar, mantener hasta cierto punto sus propiedades y, finalmente, gobernar a título individual como monarcas de todo un reino.”


En teoría, el islam, al igual que el cristianismo, rechaza la discriminación racial, pero la realidad era muy diferente. Los árabes se mostraban profundamente conscientes de la superioridad de su casta y su raza, haciendo de menos a los ‘hijos de mujeres blancas’, racialmente inferiores, aunque esas mismas mujeres fueran las más deseadas para los harenes árabes…


En la sociedad musulmana la esclavitud era un fenómeno común, que, al igual que en la antigüedad, era de índole multirracial, dado que los esclavos procedían de todas las razas y grupos étnicos no musulmanes, aunque los esclavos negros solían ser los que ocupaban las posiciones inferiores. La sociedad andalusí siguió estando profundamente segmentada, no sólo por motivos religiosos, también en función de las dientes categorías de musulmanes: la élite árabe, que se dividía en linajes; las tribus y zonas bereberes (con sus correspondientes estratos internos), y la mayoría conversa de origen hispano…


La esclavitud era un rasgo cardinal de la ‘tolerante’ y ‘conviviente’ sociedad andalusí, y tanto en Córdoba como en las demás ciudades importantes la trata contaba con destacados mercados internacionales. Mahoma proclamó que los musulmanes no podían ser esclavos, pero aprobando explícitamente esa práctica dentro de las sociedades islámicas…


Un importante y novedoso rasgo de la esclavitud islámica fue el desarrollo a gran escala de la trata de esclavos africanos negros


Los musulmanes también fueron los primeros en calificar a los negros de grupo racial singularmente inferior, por lo que su escolarización resultaba más natural y apropiada.



        “Si en la experiencia medieval española puede encontrarse algún tipo de ‘convivencia’, ésta no tuvo lugar en al-Ándalus, donde los cristianos desaparecieron por completo, sino en los reinos reconquistados por los cristianos a partir de finales del siglo XI.”




María Elvira Roca Barea, "Fracasología":


        “En pocos años, Cristobal Colón ha pasado a ser el enemigo público número uno. Detrás de California va a ir medio mundo, porque este discurso se hará dominante en Estados Unidos y, por tanto, en la angloesfera, y de ahí pasará al resto.”


        “En España, la oleada anti-Colón y anti-fray Junípero se critica más o menos en algunos medios y poco más. Lo grave, lo verdaderamente grave, es que las élites intelectuales de los quinientos millones de seres humanos que conforman la hispanosfera no se pongan ni a pensar en las razones por las que esto sucede ni, por supuesto, a explicarlas. Es difícil que pueda haber explicación donde no hay pensamiento ni análisis. Compran el producto que les fabrican tan contentos. Por supuesto, nuestras élites políticas tampoco reaccionan: están de perfil esperando a ver por dónde viene la próxima bofetada para ponerse a cubierto y, contentando a quien se la ha dado, evitar que le den una segunda. Y mira que es fácil. Donde hay un concejal Mitch O’Farrel que propone y consigue que Colón sea suprimido como una vergüenza para la humanidad, podría haber un concejal Pepe Pérez que le quita la calle a Thomas Jefferson (hay cientos de calles en España que llevan este nombre) por ser dueño de una plantación de esclavos. Es que estamos por la justicia histórica en lo tocante a la discriminación racial. Pero esto no va a ocurrir. Solo de pensarlo, a nuestras élites políticas, tan aguerridas, les da una jaqueca y necesitan ibuprofeno, vaso de leche y almohada blanda.”

El maestro Juan Martínez que estaba allí - Manuel Chaves Nogales


         ¡Los rojos! ¡Habían triunfado los rojos! Al verlos venir, los primeros curiosos echaron a correr como conejos, y en huida iban dando la terrible noticia a los que asomaban las narices a los portales: “¡Han triunfado los rojos!”. Nadie lo quería creer. El pueblo de Moscú no pensó nunca que los rojos pudieran triunfar. Puertas y ventanas volvían a cerrarse herméticamente. 


Aquellos paseos por Moscú de los guardias rojos limpiaron la ciudad de contrarrevolucionarios en dos días. Ya nadie se atrevió jamás a ponérseles delante. 


Vi por primera vez a los marineros; eran los peores, los más sanguinarios; a la cabeza de aquellas patrullas iba siempre un marinero, que era indefectiblemente el que primero se echaba el fusil a la cara; los otros, los obreros de Moscú y los soldados, tiraban después. 


Y nos encontramos de golpe y porrazo viviendo en pleno régimen soviético. En cada casa se reunieron los inquilinos y formaron un comité. Los bolcheviques iban, casa por casa, diciendo a los vecinos lo que habían de hacer. El comité de vecinos se reunía y elegía a uno de los comisario de la vivienda. De la noche a la mañana pasamos de un mundo a otro. La casa era nuestra, de los inquilinos; ya no había propietarios. Se acabó el casero. Yo no me lo creí del todo; pero entre muchos vecinos aquello produjo un gran revuelo. Cada cual se adjudicó las habitaciones que pudo, y aunque nadie las tenía todas consigo, hubo algunos que hasta tomaron el aire de auténticos propietarios, siquiera fuese de una alcoba. 


El comisario de la vivienda daba a los inquilinos los vales para recoger el pan en las tahonas; pero el que no había hecho la guardia se quedaba sin carta de pan. Ésta fue nuestra vida en las primeras semanas de régimen bolchevique. Cuatro horas haciendo de héroe en el portal; otras cuatro de plantón en la cola del pan; otras cuatro para pelear con los vecinos en las reuniones diarias del soviet de los inquilinos, y todas las horas del día y de la noche para pasar miedo, un miedo negro que no le dejaba a uno vivir. Indudablemente, era más cómodo pagar al casero. 


Entre ellos mismos no se entendían; lo que prohibían en un sitio lo autorizaban en otro; cada bolchevique ponía una ley, se aceptaba y se procuraba cumplirla; pero detrás de aquel bolchevique venía otro que, fusil en mano, exigía todo lo contrario. 


El comisario de la vivienda, además de los bonos del pan, empezó a darnos bonos de comestibles para las cooperativas. Los bolcheviques decían que las iba a haber de un momento a otro, y mientras tanto, la gente se moría de hambre con los bonos en la mano. 


Se hubieran muerto de inanición todos los habitantes de Moscú si no hubiera sido por la especulación. ¡La especulación!  Nadie que no haya estado en Rusia durante la revolución sabe lo que era aquello. La cosa más terrible del mundo. Un pueblo entre la espada y la pared_ o se dejaba morir de hambre, esperando a que los bolcheviques tuviesen organizadas sus cooperativas, o se hacía matar por contrarrevolucionario. Unos preferían morir poco a poco, otros salían a buscar la muerte entregándose al comercio clandestino. Y tanto unos como otros la encontraban inexorablemente. 


Las cooperativas bolcheviques seguían vacías y la gente permanecía hambrienta en las colas, mientras en aquellos almacenes clandestinos de los judíos había víveres bastantes para mantener a un ejército sitiado. 


Habíamos llegado a un régimen tal que la pena de muerte contra el que tenía hambre o frío parecía naturalísima. 


Parecía mentira que aquellas patrullas de locos salidos de las fábricas de Moscú y Petrogrado llegasen con sus extravagancias revolucionarias hasta el corazón de la Rusia tradicional, las quietas y burguesas provincias del sur, tan apegadas a lo viejo y tan amantes de las grandezas imperiales…. Ya no sabíamos dónde meternos huyendo de los bolcheviques, no porque yo tuviese unas ideas políticas distintas de las de ellos, que nunca he tenido ninguna idea políticas, sino porque los bolcheviques, buenos o malos, sostenían que los artistas de cabaret no teníamos derecho a la vida y deseaban que nos muriésemos cuanto antes. 


Lo malo fue cuando empezaron las requisas a los aldeanos. Se lo llevaron todo: el pan, el trigo , la cebada, el ganado, los carros. El ejército rojo venía hambriento y desprovisto de prendas  de abrigo, caballerías y medios de transporte. 


Cuando la gente de Kiev se dio cuenta de que los bolcheviques huían río arriba, una muchedumbre jubilosa invadió las calles. ¡La tiranía roja se había terminado! Se acabaron como por ensalmo las caras tristes, las mandíbulas apretadas, el aire miserable y los disfraces de mendigo… Se abrían de nuevo los cafés y lucían otra vez los escaparates. La ciudad entera, con traje de fiesta, se echaba a las calles para recibir en triunfo a los libertadores. 


La población de Kiev volvió a recibir a los blancos con grandes demostraciones de júbilo: se les hizo la ofrenda ritual del pan y la sal, y se arrojaron ramos de flores a su paso. Nunca se hacía este recibimiento a los bolcheviques. 


Vivíamos en plena locura. Tales eran las circunstancias en que se instauró el régimen soviético. Los rojos se opusieron por el terror desde el primer momento, implantando el comunismo de guerra con una ferocidad sin límites. 


Al que cogían con un billete de banco lo metían en la cárcel o lo fusilaban las tropas especiales de la Checa. 


Aquel terrible Mischa, cuando se le cogía de buen humor, hasta parecía simpático. Estaba aquella noche del mejor temple, y se esforzaba en divertirse y ser amable. Viéndole beber, cantar y reír con la alegría y la despreocupación de un estudiante, yo no podía hacerme a la idea de que aquel era el mismo Mischa que tanto odiaba y temía el pueblo de Kiev. Porque si en el mundo ha habido un monstruo de crueldad ese era Mischa, aquel mismo camarada que me abrazaba enternecido, doliéndose de que yo no estuviese alegre. Nadie diría que aquel borracho obsequioso y contemporizador, que pedía perdón ceremoniosamente a cada instante, era nada menos que el comisario de la Checa de Kiev, el hombre que diariamente asesinaba a docenas de criaturas inocentes con sólo pasar un lápiz rojo por encima de los hombres que figuraban en las listas de detenidos. 


Menudearon las juergas en la Checa, y mi amistad con los chequistas se convirtió en verdadera intimidad. Me dieron un permiso para circular de noche, cosa que estaba absolutamente prohibida, porque de noche hacían ellos los traslados de los presos, las ejecuciones y los entierros de los ejecutados. Para mí no había ya secretos en la Checa de Kiev. 


Así mataba la Checa


La máquina del terror rojo funcionaba a toda presión. A los verdugos de la Checa les pagaba por cada ejecución una cantidad considerable en rublos y la ropa del reo. Había mucho tajo, y todo el mundo podía ser verdugo. 


Las ejecuciones se hacían a las doce de la noche. A esa hora los soldados de la Checa o los verdugos voluntarios se presentaban en los sótanos de la Elisabetkaya o la Catherinskaya, donde estaban las prisiones, y llamaban por sus nombres a los detenidos que tenían en las listas la terrible tachadura roja del camarada Mischa. Al oír sus nombres los infelices prisioneros, que sabían lo que les aguardaba, se despedían de sus camaradas de infortunio, y, con el ansia de dejar algún  rastro de sus vidas antes de desaparecer para siempre, ponían en las paredes del calabozo sus nombres entre una cruz y una flecha.


        Cuando los bolcheviques fueron expulsados de Kiev se pudo descubrir el trágico destino de muchos desaparecidos gracias a aquellas firmas trémulas, hechas a veces con las uñas, en las paredes de los calabozos.


        Las ejecuciones se verificaban, sin ningún aparato, en los patios interiores del caserón de la Checa o en los sótanos. Para que no se oyesen los estampidos de los fusilamientos y los ayes:de los reos, los chequistas, antes de comenzar su faena, ponían en marcha los motores de sus camiones, que petardeaban en la noche con el escape suelto mientras duraba aquella espantosa carnicería.


         Cada verdugo' mataba a su manera, porque no había ceremonial alguno para las ejecuciones. Se trataba sencillamente de liquidar a unos cuantos millares de indeseables de la manera más rápida y cómoda. Nada de liturgia: puro y simple materialismo. El verdugo, amateur o profesional, procuraba despachar cuanto antes y con poco trabajo. Había algunos que obligaban a los reos a desnudarse y a dejar sus ropas muy dobladitas: las ropas de la víctima eran el precio de la ejecución que más se estimaba, y no era cosa de dejar que se estropeasen y se manchasen de sangre. Esto aparte del trabajo que costaba después desnudar a los «fiambres». Desnudos, tiritando, arrastrados.como corderillos, aquellos infelices recibían el balazo en la nuca que acababa on sus pobres vidas cogidas al azar por aquella máquina del terror que iba triturando implacablemente a la sociedad burguesa. En las prisiones de la Checa se moría así, sin ninguna  prosopopeya, como la cosa más natural del mundo. ¿No visto nunca cómo se mata un pollo en la cocina? Pues así. El chequista sacaba del calabozo a su víctima y se lo llevaba a un patizuelo cualquiera, el que más le acomodaba; desenfundaba la pistola y le decía: 


         - Anda, desnúdate. Deja la ropa en ese rincón.


         Y mientras el reo se desabrochaba las botas como un autómata y se sacaba la camisa por la cabeza, sin que con ocurriera siquiera iniciar una protesta — ¿para qué? -. el chequista encendía un cigarrillo y esperaba echando bocanadas de humo.


         -¿Qué? ¿Estás ya?


         Al llegar a este punto el reo no tenía ya fuerzas para responder. Doblaba la cabeza sobre el pecho y así, resignadamente, entraba en la eternidad de un pistoletazo. 


         Uno cree que esto de morir es más complicado y difícil. Se imagina las ejecuciones como algo terrible y solemne. No hay tal cosa. Los bolcheviques mataban, sencillamente, porque creían que había que matar, sin concederle ninguna importancia. Les aseguro a ustedes que yo ahora, al recordarlo y contarlo, me emociono mucho más que entonces, cuando lo estaba viviendo. Se han contado muchas historias truculentas de la Checa. Todas pueden ser verdad. Los chequistas, en la época del terror, hicieron todo lo que se les atribuye y más. Lo que no es verdad es el aparato terrorífico de que se les rodea. Yo les vi de cerca. Después he leído relatos de sus crímenes, he visto películas reproduciéndolos. Todo es falso. Allí no había nada de eso que ahora nos emociona. Asesinaban, sí. Pero no como la gente se lo imagina. Aquello tenía otro aire más natural, más sencillo. 


Los amos del mundo están al acecho. Cristina Martín Jiménez


El odio, la ira y la codicia se han convertido en el pan de cada día. No todos lo perciben, pero la verdad es que estamos en guerra para defender nuestra libertad. El ser humano ha nacido para ser libre e independiente, pero el sistema ha sido creado por los amos del mundo para que seamos dependientes y esclavos de él.

Y no podemos considerar un asunto trivial la nueva religión que han fabricado. Abogo por que la ignorancia sea considerada un pecado capital, sobre todo, la de quienes nos gobiernan. ¿Nos toman por idiotas absolutos?

Más que gobernados somos desgobernados y parece no importarnos. 

Es políticamente incorrecto creer en la existencia del Club Bilderberg, dudar de que el cambio climático sea generado por el interés de unos pocos hombres. Es políticamente incorrecto denunciar que la vacuna contra la gripe A atenta contra nuestro sistema inmunológico, que Obama no es quien asegura ser y que el núcleo duro de la masonería maneja los hilos del mundo. Es políticamente incorrecto pretender vivir libremente en África y es políticamente incorrecto escribir este libro. 

Nuestra cultura es el resultado del proyecto particular de los dominadores que se han sucedido en la historia, para quienes nosotros, es decir, el pueblo, no somos más que utensilios a expensas de sus intereses. 

El mundo, tal y como está establecido hoy día, es obra de Bilderberg. Sus miembros son los creadores del sistema de vida actual, son semidioses en la tierra, como sus antepasados lo fueron en las épocas precedentes. 

“¿Qué es un secreto?”, le preguntaron en una ocasión a Henry Kissinger. A lo que el emigrante alemán que escaló las cumbres más altas del poder en Estados Unidos respondió: “Un secreto es lo que uno no quiere ver en la portada de The New York Times”. 

El término “conspiranoico” lo inventó la CIA cuando los ciudadanos y periodistas estadounidenses comenzaron a hacer preguntas incómodas que ponían en tela de juicio que Lee Harvey Oswald fuera el asesino de Kennedy. Las personas pensantes no podían admitir las conclusiones de la Comisión Warren, encargada de analizar el magnicidio, porque no eran lógicas e insultaban a la inteligencia. El recurso de conspiranoia fue un insulto más que se ha alargado en el tiempo, demostrando que quienes lo inventaron estaban más asustados que aquellos que hacían lo que era lógico: pensar. 

Actualmente, se considera que hay entre cuatro y cinco millones de masones en todo el mundo, de los que la mayoría se encuentra en los países anglosajones, Estados Unidos, Reino Unido y los miembros de la Commonwealth. Pero no es nada desdeñable la proporción implantada en otros países como Alemania, Francia, Italia, España, Benelux, Canadá, Portugal y las ciudades más importantes de Iberoamérica.

Según afirmó Ramón Torres Izquierdo cuando era soberano gran comendador del Supremo Consejo del grado 33 del rito escocés antiguo y aceptado en España (2009-2012), el Parlamento Europeo está constituido por entre un 60 y un 70% de masones. Aseguró también que en el Gobierno de Zapatero había más masones que en el anterior y aun fue más allá: “Se puede afirmar que todos los valores que recoge la Constitución española de 1978 son defendidos por la masonería y me atrevería a decir más: la ética de la democracia es la masonería”. 

En 2010. De la Cierva desveló que el entonces presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, “es masón. Lo tengo documentado. Estoy convencido y tengo además sospechas fundadas de que algunos de sus ministros también lo son, aunque no puedo, de momento, decir sus nombres”. El historiador subrayó que actualmente la masonería en España tiene muchísima influencia y afirmó sin tapujos que el de José Luis Rodríguez Zapatero “es un Gobierno masónico como también lo es el Grupo Prisa”. De la Cierva criticó, además, que “la política ferozmente anticristiana y anticatólica de Rodriguez Zapatero está dirigida a erradicar la influencia de la Iglesia en la sociedad” y apuntó que el entonces presidente estaba siendo “más moderado” en sus actuaciones debido a la reacción mundial ante la muerte de Juan Pablo II y la elección de Ratzinger. 

Los presidentes de Estados Unidos suelen elegirse entre los miembros de Bilderberg, pero también los europeos. La primera vez que Anthony Blair estuvo en con los bilderbergs fue en 1993. Al año siguiente salió elegido presidente del Partido Laborista y en mayo de 1997 se instaló en Downing Street. Romano Prodi asistió a la reunión en 1999; en septiembre del mismo año alcanzó la Presidencia de la Comisión Europea. 

Rodrigo Rato también estuvo en Bilderberg previamente a ser nombrado director gerente del Fondo Monetario Internacional, y Esperanza Aguirre acudió en los años 1998, 1999 y 2000; posteriormente fue elegida presidenta de la Comunidad de Madrid, la primera mujer que accede a este cargo. A finales del año 2004 recibió con todos los honores a los participantes del Congreso Mundial de la Masonería, celebrado en España, y se fotografió junto a ellos en el Senado. 

Angela Merkel estuvo en la Conferencia Bilderberg en 2005 y Hillary Clinton fue una de las primeras mujeres que asistió a una reunión del club. Ocurrió en el año 1997 y, precisamente, a raíz de esa visita algunos medios de comunicación internacionales se hicieron eco de la posibilidad de que se convirtiera en la primera mujer en alcanzar la Presidencia de EE.UU. A punto ha estado. Era la candidata de Bilderberg. Trump ha sido para ellos una muy desagradable sorpresa y una prueba más de lo que vengo defendiendo desde hace una década: ellos lo intentan, pero no siempre se salen con la suya. 

Muchos presidentes de EE.UU eran masones, como Franklin D. Roosevelt (miembro también del CFR) y Harry S. Truman, que fue iniciado en el grado 33 del rito escocés (CFR). Por su parte, John F. Kennedy era católico, no masón, pero sí miembro del CFR. Lyndon B. Johnson era masón del grado 33 (CFR); Gerald R. Ford fue masón y presidente del CFR; George Bush I es masón y miembro de la Comisión Trilateral, la Skull and Bones y el CFR. Willian J. Clinton es un masón reconocido, miembro de Bilderberg, la Trilateral y el CFR, las tres organizaciones mundialistas. Clinton ha estado afiliado a la organización juvenil masónica Demolay y es miembro de la moderna Orden del Temple masónica. Su exvicepresidente Al Gore es masón confeso. 

Gran parte de la acción manipuladora global se gestiona desde una institución: el Instituto Tavistock de Relaciones Humanas, cuya sede está en el número 30 de Tabernacle Street, en Londres.

Los científicos de Tavistock descubrieron que un individuo que pierde su raíz es más fácilmente sugestionable, por ello había que destruir el núcleo familiar y los principios religiosos, sexuales y de toda índole inculcados desde la niñez por la cultura tradicional. 

Las drogas son los vehículos más efectivos para provocar la inacción de la juventud pues la atonta, la instala en la inercia, su uso continuado genera psicosis, depresiones, temores infundados, apatía, pérdida de confianza y autoestima, paranoias y otras enfermedades mentales, algunas irreversibles. 

La narco-contracultura generó un daño emocional y material en la psique juvenil que aún no ha sido resuelto. La introducción de las drogas fue reforzada por la corriente de los grandes festivales de música rock como proceso de experimento social destinado a lavar el cerebro de los adolescentes inadvertidos. Era una anarquía juvenil domesticada, de laboratorio. 

En la Rusia soviética, los bolcheviques creían haber alcanzado el control total sobre el pueblo hasta que se percataron de la desafiante independencia de los pequeños granjeros, los kulaks. 

En los años 30, Stalin ordenó al OGPU que incautara los cultivos y los animales de los kularks y los dejase morir de hambre, obligándoles a renunciar a sus pequeñas parcelas de terreno para vivir y trabajar en granjas colectivas. El Partido Comunista, el partido de los trabajadores, exterminó a los campesinos y esclavizó a los obreros. Muchos regímenes totalitarios han encontrado en los pequeños granjeros su mayor obstáculo. El reino de terror francés fue dirigido no contra los aristócratas, muchos de los cuales simpatizaban con él, sino contra los pequeños agricultores que rehusaban entregar su grano en los tribunales revolucionarios a cambio de nombramientos inútiles.

En Estados Unidos, las fundaciones y los grandes conglomerados empresariales, como Monsanto, estaño actualmente ocupados en el mismo tipo de guerra de exterminación contra los granjeros americanos. La fórmula tradicional de tierra y trabajo para el granjero ha sido alterada debido a la necesidad de comprar las mercancías industriales que requiere para sus labores agrícolas y que lo hace especialmente vulnerable a la manipulación de los índices de interés del mercado. Por ejemplo, les obligan por ley a comprar una determinada clase de semilla que las grandes corporaciones elaboran y controlan. Los pequeños granjeros americanos se enfrentan al mismo tipo de exterminio, siendo obligados a renunciar a su pequeña parcela de tierra para alquilar su fuerza de trabajo a los grandes imperios agrícolas. 

Aquí encontramos una de las razones por las que los agricultores de la América profunda han votado a Donald Trump. Estos granjeros no son estúpidos ni ignorantes, como los ha calificado la prensa de Bilderberg, sino que están defendiendo sus propiedades, el sentido de sus vidas y la de sus hijos, el motivo por el que trabajan. Su dinero y su futuro. ¿O es que en EE.UU. solo tienen derecho a propiedades y dinero la clase alta de Sashington que votó masivamente a Hillary?

A Trump lo han votado los pequeños granjeros or instinto de supervivencia. Son los hijos de la tierra, los que aún permanecen unidos de verdad a la naturaleza. Son los salvajes que se niegan a ser domesticados. Y yo les aplaudo. No pueden soportar las prisiones del alma ni las del cuerpo. Ese es el país que defienden. Se trataba del país de la libertad… ¿No era eso? Algunos están muy perdidos. Y no son los granjeros. 

Nos siguen contando mentiras o, lo que es más peligroso aún, verdades a medias. En vez de educarnos en el conocimiento y la verdad nos educan en un sentimentalismo vacuo y vano.

La culpa la tienen los políticos, que son incapaces de solucionar nada. Y por encima de ellos, la responsabilidad es de la élite, que ha perdido el norte. Y nosotros, por la parte que nos corresponde, por aguantarlo y soportarlo todo. 

La conferencia anual de Bilderberg es la más importante del mundo. Ninguna otra puede comparársele ya que actúa a nivel planetario y en ella se concentra la élite dirigente de las principales instituciones internacionales como el Banco Mundial, la ONU, la OTAN, el FMI, el BCE, la OMC, así como líderes financieros y políticos de los países occidentales que poseen y ejercen la hegemonía del poder mundial. Teniendo en cuenta la situación e influencia política, económica y social de los miembros y deteniéndonos a analizar los temas que han tratado en sus reuniones, se observa una innegable interpelación entre lo que se debate en Bilderberg y lo que acontece después en el ámbito internacional. 

Un ejemplo más claro de una situación similar es la llegada al poder de Donald Trump, quien le ha arrebatado la Presidencia de Estados Unidos a la candidata de Bilderberg, Hillary Clinton. A ella la preparaban desde hace décadas para ser la primera mujer presidente de Estados Unidos. La furia con la que ha reaccionado el establishment después de perder las elecciones es antológica.  

Los años treinta marcarían el fracaso de la Sociedad de Naciones debido a las embestidas de las potencias fascistas y militaristas, que visaron su ineficacia para aunar posturas en favor de la paz en un espacio de intereses comunes. El inicio de la Segunda Guerra Mundial certificaría la muerte de la primera sociedad internacional, disuelta el 18 de abril de 1946 para dar paso a la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Las investigaciones de reputados autores demuestran que las dos guerras mundiales fueron alentadas estratégicamente por la banca internacional y otros miembros de las sociedades secretas que operaban en la época. “Los miembros del CFR estaban interesados en aprovechar la Segunda Guerra Mundial, como hicieron con la Primera, como justificación para el gobierno mundial”, señala James Perloff en su libro The Shadows of Power: The Council on Foreign Relations and the American Decline. “Los globalistas esperaban utilizar la amenaza del Eje para forzar a EE.UU. y a Gran Bretaña a mantener una alianza atlántica permanente como paso intermedio hacia el gobierno mundial”. Y así fue como sucedió. 

El llamado “calentamiento global provocado por el hombre” está siendo usado por los amos del mundo, con su “profeta” Al Gore al frente, para atemorizarnos y así controlarnos y conducirnos a un gobierno mundial que solucione la problemática. 

Los bilderbergs y sus secuaces están aprovechando el cambio natural que cada cierto tiempo se produce en el cima del planeta para controlar las emociones de la población, a cuyo propósito destinan millones de divisas procedentes de nuestros impuestos y de los billonarios del club. 

El CO2 es un gas natural producido por todos los seres vivos. Nigel Calder, antiguo editor de la revista New Scientist, manifiesta que “pocas cosas me molestan más que oír a la gente hablar del CO2 como si fuera contaminante. Tú estas hecho de CO2, yo estoy hecho de CO2. El CO2 es como los seres vivos, crece”. Y los humanos no son la principal fuente de generación de CO2; los volcanes producen más dióxido de carbono cada año que todas las fábricas, coches, aviones y otras fuentes humanas de CO2 juntas. Los animales y las bacterias generan cerca de 150 gigatoneladas de CO2 anualmente, mientras que los humanos 6,5 gigatoneladas. Aunque el mayor generador de CO2 son los océanos. 

Que la película de Al Gore tenga que exhibirse en las escuelas tiene un claro objetivo: adoctrinar a los niños. No quieren la religión católica pero sí que los niños crezcan con un sentimiento de culpa referente al daño que los humanos le causan (supuestamente) al planeta. Es por ello que el “cambio climático” es más que una ideología, más que una religión. 

En Europa creemos que los americanos se niegan a dar cobertura médica a los más desfavorecidos, pero no es así. Conozcamos primero cómo está organizado el servicio de sanidad en Norteamérica para poder hablar con propiedad. 

Las empresas no tienen que pagar a la Seguridad Social, por lo que pueden destinar ese dinero a cubrir las prestaciones médicas de sus empleados mediante el servicio o seguro que mejor convenga a sus necesidades. Es decir, los trabajadores de EE.UU. tienen incluido en el sueldo un seguro médico que paga la empresa, siempre que sueldo anual no supere los 50.000 dólares. Si el seguro seleccionado por la empresa no les satisface tienen la opción de cambiarlo entre un amplio abanico de seguros sin gasto alguno para sus bolsillos. Los que ganan más de 50.000 dólares tienen la posibilidad de costearse un seguro médico, pero optan por no hacerlo para no disminuir su renta y prefieren pagar los gastos de un hospital privado en caso de enfermar. Se trata de una elección libre. 

Juan Belmonte - Manuel Chaves Nogales (2ª Parte)




Soy poco supersticioso, pero el hombre más equilibrado y sensato, cuando se ve en el trance de jugarse lo que más le importa en un albur como el de la lidia de un toro, albur en el que hay que contar con elementos tan ajenos a él, a su valor, su inteligencia y su voluntad, cae fatalmente en esas naderías de la superstición, que son como asideros que la inteligencia quiere poner a lo ininteligible. A través de la media de seda me asomaba un vello de la pierna, y aquello me parecía de mal augurio. Toda mi preocupación en aquellos instantes era meter debajo del tejido de seda aquel pelito que lo había traspasado. Si lo conseguía, era indudable que triunfaba. Cuando las circunstancias que pesan sobre nosotros son pavorosamente superiores a nuestras fuerzas, cuando se rebasa la medida de lo humano, uno se achica y renuncia humildemente a la comprensión del trance descomunal en que está metido, para entregarse a una nadería cualquiera, en la que descansa el ánimo. Creo que hay muy pocos héroes plenamente conscientes de su heroicidad en el momento de realizarla. Me gustaría saber qué es lo que piensa el militar cuando entra en fuego, el aviador que salta el Atlántico cuando le faltan pocos kilómetros para ganar la costa y el cazador que espera a pecho descubierto la acometida de la fiera.

Salió, al fin, mi toro, y desde el primer capotazo que le di tuve una neta sensación de dominio. A medida que toreaba iba creciéndome y olvidando el riesgo y la violencia del toro. Me parecía que aquello que estaba haciendo, más que un ejercicio heroico y terrible, era un juego gracioso, un divertido esparcimiento del cuerpo y del espíritu. Esa sensación de estar jugando que tiene el torero cuando de veras torea la tuve yo aquel día como nunca. Llamaba al toro y me lo atraía hacia el cuerpo para hacerle pasar rozándose conmigo, como si aquella masa estremecida que se revolvía furiosa removiendo la arena con sus pezuñas y cortando el are con sus cuernos, fuese algo suave e inerme.


El torero, que contra lo que se cree es un pobre hombre de claudicante voluntad, se halla siempre propicio a doblegarse ante todo lo que sirva para darle ánimos, y de ahí ese cúmulo de supersticiones propias y ajenas que le agobian. 

El día que se torea crece más la barba. Es el miedo. Sencillamente, el miedo. Durante las horas anteriores a la corrida se pasa tanto miedo, que todo el organismo está conmovido por una vibración intensísima, capaz de activar las funciones fisiológicas, hasta el punto de provocar esta anomalía que no sé si los médicos aceptarán, pero que todos los toreros han podido comprobar de manera terminante: los días de toros la barba crece más aprisa. 

Yo me duermo como un bendito las vísperas de corrida merced a un arbitrio sencillísimo: el de ponerme a pensar en cosas remotas que no me importan gran cosa. Como uno no tiene una imaginación extraordinaria he llegado a construir mentalmente una especie de película fantasmagórica, la misma siempre, con la que distraigo la imaginación hasta que me quedo dormido. Es una divertida sucesión de imágenes, que me entretienen y me apartan de pensar demasiado en el trance del día siguiente. Mi esperpento imaginativo me hace el mismo efecto que la nana a las criaturas. 

"Dentro de unos años, a lo mejor, no hay ni aficionados a los toros, ni siquiera toros. ¿Estás seguro de que las generaciones venideras tendrán en alguna estima el valor de los toreros? ¿Quién te dice que algún día no han de ser abolidas las corridas de toros y desdeñada la memoria de su héroes? Precisamente, los gobiernos socialistas..."

"Eso es verdad. Puede ocurrir que los socialistas, cuando gobiernen..."

El miedo se repliega al verle a un irritado, y hace como que se va; pero se queda allí, en un rinconcito, al acecho. 

Tengo la creencia de que si a todos los toreros, aun a los más valientes, se les presentase en el momento de hacer el paseíllo alguien que pudiera garantizarles el dinero necesario para vivir aunque no fuese mas que un duro diario para toda la vida, no habría quien saliese al ruedo. 

Tampoco se torearía si hubiese que contratar las corridas dos horas antes de torearlas. Se torea porque los contratos se firman semanas o meses antes de tener que cumplirlos, cuando parece improbable que llegue la fecha en que habrá que salir al redondel a matar los toros. ¡Y la fecha llega siempre!

En 1915 estuve un poco chiflado. Leía mucho, sin orden ni concierto, haciendo grandes esfuerzos para comprender y digerir cuanto caía en mis manos y hundiéndome en una literatura retorcida y enfermiza que entonces estaba en boga. Recuerdo la penosa impresión que me produjo una obra de D'Annunzio, cuyo comienzo era la descripción de una escena macabra, en la que tiraban un cadáver al rio. 

Llegué a estar tan sugestionado por las lucubraciones literarias, que terminé pensando en suicidarme. 

Tenía en la mesilla de noche una pistola, y muchas veces la cogía, jugueteaba con ella y la acariciaba, dando por hecho de que de un momento a otro iba a disparármela en la sien. Terminaba guardando la pistola y diciéndome en son de reproche: "¿Para qué haces esas pantomimas si eres un cobarde, si no te vas a matar? ¡Si no es verdad que quieras suicidarte!".

¿Me abre vuelto loco?

En cierta ocasión me invitaron a visitar el manicomio del doctor Esquerdo, diciéndomie que había allí un enfermo que debía interesarme. Era un muchacho aficionado a los toros, que había contraído tal animosidad para conmigo y para con mi toreo, que se había vuelto loco de remate. Su obsesión era yo, según me dijeron, y los médicos que le tenían en tratamiento, al verle ya en la convalecencia, creyeron que acaso fuera conveniente a su salud el verme y hablarme sosegadamente, por lo que me invitaron a ir al manicomio. Fui una tarde con Sebastián Miranda y otro amigo. Preguntamos por el director y nos dijeron que no estaba, pero un empleado muy amable nos invitó a esperarle. Al poco rato de allí, viendo entrar y salir a unos individuos que no sabíamos si eran locos o loqueros, empecé a sentir cierto desasosiego.

¿A qué iba yo al manicomio? ¿Qué se me había perdido allí? ¿No sería que empezaba a estar un poco loco?

Me asaltó súbitamente la idea de que los amigos que me acompañaban me habían llevado con engaños al manicomio para dejarme allí encerrado., La cosa era tan absurda, que ni me atrevía a insinuarla, pero me llenaba de angustia. Sin poderlo remediar, miraba recelosamente a Sebastián Miranda, y dispuesto a no dejarme encerrar, estudiaba el modo de zafarme de los loqueros en el momento en que intentasen poner mano sobre mí. No sé lo que hubiera ocurrido si alguno inicia un movimiento mal hecho. La espera se prolongaba; vino un loco que hablaba alemán, y Miranda estuvo charlando con él en esta lengua; el loco se exaltó y Miranda también; me pareció entonces que el que estaba verdaderamente loco era mi amigo. Luego compareció un individuo que se puso a convencernos de que aquello era un cuartel general, y nos aseguró que acababan de concederle la cruz laureada. Alguien le llevó la contraria y el laureado se puso a dar grandes voces diciendo: «¡Aquí todos estamos locos!». Se me pasaron unas ganas terribles de gritar que yo no lo estaba. Tan poca seguridad tenía.

Por fin, vino el doctor y me presentó al muchacho que padecía la locura del antibelmontismo. Según parece, su obsesión le había llevado meses atrás a injuriarme freneticamente en las plazas, hasta el punto de que, torease yo bien o mal, tenían que sacarlo del tendido víctima de un terrible acceso de furor. Terminó padeciendo unos espantosos ataques de locura apenas le mentaban mi nombre. Luego, ya en el manicomio, cuando le hablaban de Juan Belmonte, se limitaba a guiñar un ojo y decir sarcásticamente: «Sí; pero Joselito...», y ponía los brazos en alto, haciendo ademán de banderillear.

Charlé mano a mano durante un buen rato con aquel infeliz monomaníaco, que me dio la impresión de estar definitivamente curado de su absurda enfermedad. Le dijeron quién era yo y no manifestó ninguna excitación. Parecía, en cambio, un poco avergonzado y confuso.

-Yo no tenía idea de cómo era usted - me decía, exculpándose-, y puede creerme que si le hubiera conocido y tratado, no le habría odiado tanto. ¡Cómo le odiaba a usted! -agregó con lágrimas en los ojos.

Aquello me produjo una impresión penosísima. No sabía qué hacer ni qué decir a aquel hombre. Sólo respiré a mis anchas cuando, al fin, conseguí verme en la calle.

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Me había apartado demasiado del objeto esencial de mi vida, arrastrado por esas sugestiones de tipo literario a que aludo. Estaba perdido en un dédalo de preocupaciones nacidas de mis desordenadas lecturas. Un amigo madrileño me ha recordado recientemente que una vez le desperté de madrugada, llamándole a conferencia telefónica desde Sevilla, para comentar con él una frase de D'Annunzio que acababa de leer. «El peligro es el eje de la vida sublime» era la gran frase dannunziana que tanto me había soliviantado. Como es natural, un hombre que se dispersa y extravía de este modo, no puede torear bien. 

 Seguía viviendo en la órbita de aquellos intelectuales, mis amigos, que tan fuerte atracción ejercían sobre mí. Además de Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Enrique de Mesa, Romero de Torres y Julio Antonio, conocí y traté a Dicenta, Répide, López Pinillos, Luis de Tapia y otros muchos escritores y artistas de fama. Por aquel tiempo fuimos a un tentadero en la finca de Aleas, en El Escorial, El Quemadello. Vino con nosotros aquel día don Ramón del Valle-Inclán, quien tomó parte también en la faena campera, jinete en un brioso caballo que regía diestramente con su único brazo y revestido de un sorprendente poncho mexicano. No olvidaré nunca la catadura extraña del gran don Ramón en aquella jornada, en la que galopó como un centauro o poco menos, y nos apabulló luego con sus profundos conocimientos del «jaripeo».

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Lo que más estupefacción le produjo fue un baúl lleno de libros que yo llevaba siempre conmigo. 

La nave de los locos

El barco aquel que se había proporcionado nuestro empresario era el más pintoresco y extraordinario que puede imaginarse. Como no estaba dedicado al servicio de pasajeros, no había cocinero ni más comida que las latas de conserva, con las que se hacía el rancho de la tripulación. Nos adueñamos, en vista de ello, de la despensa y la cocina, y cada cual se guisaba lo que quería. Los más mañosos de la cuadrilla cocinaban para los demás; los andaluces se hacían gazpachos; los vascos, bacalao a la vizcaína. La marinería terminó aficionándose a los platos regionales de la cocina española, y teníamos que guisar también para ellos. Un día, los marineros dieron con las cajas de vino de Jerez que llevaba Antoñito. Se lo bebieron y les hizo un efecto desastroso. Borrachos como cubas, aquellos pobres marinos perdieron súbitamente el respeto a la disciplina de a bordo, y cuando los jefes quisieron castigarlos, se insubordinaron y se hicieron dueños del barco. El capitán y los oficiales se refugiaron en el puente de mando y decidieron prudentemente esperar allí a que se les pasase la borrachera. La marinería y los toreros quedamos dueños del barco que toda aquella noche fue a la deriva por aquel inmenso mar, como uno de esos navíos de aventura que surcan las novelas de Salgari.

Lima era como Sevilla. Me maravillaba haber ido tan lejos para encontrarme como en mi propio barrio. A veces me encontraba en la calle con tipos tan familiares y caras tan conocidas, que me entraban deseos de saludarles.

La influencia norteamericana era todavía muy débil en la capital del Perú, que seguía siendo, ante todo y sobre todo, una ciudad andaluza llena de recuerdos coloniales y supervivencias españolas. 

Esa emoción que le hace a uno acercarse al toro con un nudo en la garganta tiene, a mi juicio, un origen y una condición tan inaprehensible como los del amor. Es más: he llegado a establecer una serie de identidades tan absolutas entre el amor y el arte, que si yo fuese un ensayista en vez de ser un torero, me atrevería a esbozar una teoría sexual del arte; por lo menos del arte de torear. Se torea y se entusiasma a los públicos del mismo modo que se ama y se enamora, por virtud de una secreta fuente de energía espiritual que, a mi entender tiene allá, en lo hondo del ser, el mismo origen. Cuando este oculto venero está seco, es inútil esforzarse. La voluntad no puede nada. No se enamora uno a voluntad ni a voluntad torea. 

En Cuba están prohibidas las corridas de toros y, aunque hay allí millares de españoles que rabian por ver torear, el Gobierno, dócil a las excitaciones de la Sociedad Protectora de Animales, persigue inflexiblemente cualquier intento de infracción. 

Hace quince o veinte años, gustaban todavía en España unas mujeres gordas y hermosotas, cuyo arquetipo eran las camareras de café. El ideal nacional en punto a mujer era el "peso pesado", y no parecía razonable que un torero popular como yo lo contrariase. Pasados quince años, cuando ya todas las mujeres de España se parecían a la mía, es difícil comprender los caracteres de escándalo público que tuvo entonces el insolente desacuerdo con el canon nacional de belleza en que estaba aquella señorita extranjera, arbitrariamente convertida en la esposa de un torero famoso. 

Resulta más difícil ser héroe en una hora que cumplir a lo largo de toda la vida con el deber que se nos ha impuesto. 

Me convencí pronto de que el hombre consagrado de por vida a una actividad que ha sido siempre su razón de ser no se satisface, ni mucho menos, cuando la riqueza le permite abandonar su lucha de muchos años. Uno cree que es desgraciado porque tiene que pelear sin descanso en su arte o su oficio y espera cándidamente que el día que tenga dinero será feliz descansando mano sobre mano; pero la verdad es que hay muy pocos hombres capaces de resignarse a ese bienestar burgués, que consiste en ver girar el sol sobre nuestras cabezas, bien comidos y bien descansados.

En Zumaya estuvo Zuloaga haciéndome su famoso retrato y me pasé el verano ante el caballete vestido de torero. 

En la vida social me muevo con torpeza. Tengo una instintiva repugnancia para esos convencionalismos que convierten al hombre en un autómata capaz de decir precisamente lo que en cada caso debe decir y de moverse con la exactitud de un aparato de relojería. 

En las grandes ocasiones siempre digo algo inconveniente. 

Decididamente, no sirvo ni para las ceremonias cortesanas ni para la etiqueta de las democracias. Es seguramente un estigma que me dejaron aquellos anarquistas del Altozano que iban conmigo a torear a Tablada las noches de Luna. 

Era feliz. Pero sólo al final de las novelas, y precisamente porque se acaban, se mantiene la ilusión de una felicidad perdurable. Empecé a tener miedo de ser feliz. 

Yo había invertido en tierras y ganadería el dinero que gané toreando. Era lo que se llama "un señorito terrateniente". Es decir, el hombre contra quien se iniciaba en España una revolución. 

Se había proclamado la República, y los campesinos de Andalucía se hacían la cándida ilusión de que había llegado la hora del reparto. 

Las cosas habían cambiado radicalmente. Aquellos mismos que al proclamarse la República no se atrevían a incautarse de mis caballos porque yo había ganado lícitamente mi capital, venían un año después a hurtármelos sin ningún escrúpulo teórico. 

Aunque el aparato terrorífico de la revolución era impresionante, la realidad revolucionaria era muy inferior a lo que aparentaba. Todo se reducía a los hurtos en el campo y a los sustos que los jornaleros daban a los propietarios que habían caciqueado o ejercido la usura; les pintaban cruces y calaveras en la puerta de sus casas; la clásica mano negra y la hoz y el martillo soviético marcaban cuanto poseían; les hurtaban todo lo que podían y, a veces, les desjarretaban el ganado. 

Lo verdaderamente dramático era la ruina de la economía campesina, determinada por las huelgas innumerables. Lo peor eran las huelgas por solidaridad. Cuando penosamente, a fuerza de discutir y regatear, se firmaban unas bases entre los propietarios y los jornaleros, venía una huelga por solidaridad, y la cosecha se quedaba en el campo. Los primeros años de la República han sido la ruina de los labradores. Pasará mucho tiempo antes de que el problema se resuelva. Yo he hecho incluso un ensayo de explotación colectiva. Pago su jornal a mis braceros, y al final les doy el cincuenta por ciento de los beneficios. Ni aun así he resuelto el problema. Ahora los braceros, no pudiendo pelear conmigo, pelean entre sí, y los de un término municipal pleitean incansablemente con los del otro. Mi ensayo de explotación colectiva terminará a farolazos. 

Me niego a que el Estado y el Municipio y la Diputación tengan ese concepto liberal de mi dinero. Pase que haya que torear para ayudar a unos infelices que, a fin de cuentas, forman el pedestal del torero. ¡Pero me niego a dar una sola verónica en beneficio del Estado!

Se decide el toro a embestir sólo cuando se le fuerza a ello. 

Hoy, al cabo de miles de años, todos nos comemos al toro. La bestia está dominada y vencida. 

Los toros de lidia son hoy un producto de la civilización.