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La rusofobia antes y ahora - María Elvira Roca Barea

 


(Extractos del libro "Imperiofobia y leyenda negra"

«Rusia es una adivinanza, envuelta en un misterio, dentro de un enigma».

W. CHURCHILL


La frase de Churchill resume bien la perplejidad que la Europa Occidental ha sentido y siente con respecto a Rusia. En líneas generales la opinión común es que los rusos son como unos europeos a medio cocer o simplemente unos bárbaros que a simple vista no lo parecen, porque se han dado un barniz de civilización, lo que nos lleva a otra frase famosa que pone de manifiesto lo que bulle en el subconsciente del Occidente comme il faut: «Escarba en un español y encontrarás un sarraceno; dentro de un ruso, y encontrarás un tártaro». Lo dijo Gertrude Stein (1874 1946), escritora estadounidense y adelantada del movimiento gay. 


    El periodista ruso afincado en París Pyotr Romanov, reconoce que con la desaparición de la URSS nada ha cambiado en la rusofobia tradicional. Considera que el problema está «ancré dans le cerveau des Occidentaux» [anclado en el cerebro de los occidentales] tan profundamente que poco puede hacerse para erradicarlo. Pero, como sucede con la leyenda negra, este prejuicio racista no ha llegado a la mente occidental por casualidad ni se ha generado espontáneamente. Romanov escribe en francés y para un público francés. Cuando dice «los occidentales», piensa en Francia principalmente, y quizá también en Gran Bretaña y Alemania. Seguramente desconoce que hay países europeos donde la rusofobia es muy débil, como España. Cuarenta años predicando contra la URSS no han servido de mucho. En realidad, la propaganda franquista no iba contra Rusia y los rusos, sino contra el comunismo. Antes de la Guerra Civil no había ni juicios ni prejuicios contra Rusia en España, y los que había, no sobrepasaban el nivel de los habituales clichés nacionales. Los contactos habían sido muy escasos y no habían generado apenas textos. En consecuencia, para estudiar la rusofobia desde el punto de vista de las propagandas antiimperiales hay que situarse en un país occidental donde esta propaganda haya tenido pleno vigor, antes de la Revolución soviética y después. La etapa comunista es la que menos nos interesa en la evolución de la rusofobia, porque comunismo y anticomunismo vivían enzarzados en una guerra constante de propaganda que tiende a desenfocar el fenómeno que aquí queremos estudiar. Para analizar la rusofobia aisladamente hay que ir al periodo anterior y posterior a la URSS, y se verá que existe una continuidad que rebasa por completo las ideologías al uso. La imperiofobia es un fenómeno supraideológico cuyo anclaje es mucho más profundo que cualquier credo liberal, social demócrata o comunista.


España y Rusia


Hasta la Revolución de 1917 hay poco sobre Rusia en España. Es destacable que en las relaciones bilaterales los rusos habían sido mucho más activos y habían llevado la iniciativa casi siempre. Así, en tiempos de la regencia de Mariana de Austria, Fedor II envió a Madrid al diplomático más influyente de su tiempo, Pedro Ivanowitz Potemkin, con un séquito de unas veinte personas entre traductores, secretarios y expertos en distintas áreas. Esto sucedía en 1681. De aquella espectacular embajada, que dejó a la corte española estupefacta, se conserva en el Museo del Prado un retrato de Potemkin, obra de Carreño, el pintor de cámara. Mucho después, en tiempos de Carlos III, cuando los españoles se tropezaron con los rusos en Alaska, la monarquía comprendió que Rusia podía ser un amigo -o un enemigo- formidable y se pensó que esta era una relación que convenía cultivar. Nada menos que Jovellanos fue designado para ir a Moscú en calidad de embajador plenipotenciario a fin de establecer un acuerdo de largo alcance con los rusos. Este proyecto se frustró por la muerte del rey.


    Las primeras publicaciones en las que Rusia aparece como tema en España son las Cartas desde Rusia escritas por Juan Valera en 1857, durante su etapa como diplomático en Moscú. Habrá que esperar treinta años hasta que Emilia Pardo Bazán empiece a escribir sobre Rusia y a difundir las obras de Tolstoi y Dostoievski, que ella conoció a partir de traducciones francesas. El primer texto largo dedicado a la Rusia con temporánea que se edita en España fue la obra de Julián Juderías, que ya tratamos en un capítulo anterior. Hay que mencionar también a Sofia Casanova (1862-1958), periodista y escritora gallega que parte de su vida en Polonia. La imagen que transmiten estos autores no gran se sale de los clichés del exotismo y el atraso asiático que eran comunes en la opinión pública europea: «Se trataba del tópico de la Rusia misteriosa y extraña, un pueblo seudoasiático y un fanatismo doblado de una capacidad de sufrimiento inimaginables para el observador occidental. En parte, era una suerte de espejo invertido de los tópicos que esa mis ma esfera pública europea también abrigaba acerca de la Península Ibérica. Y constituía asimismo una variante de la visión neorromántica, doblada de prejuicio y fascinación por lo exótico que se convirtió en in. fundamental de la visión de Europa del Este a partir de varios clichés forjados por los ilustrados franceses del siglo XVIII». Solo Julián Juderías, a sus veinticinco años, se deja asombrar por lo que ve durante su etapa como traductor diplomático en Odesa e intenta abrirse camino a través de sus propios prejuicios para comprender.



El nacimiento de la rusofobia: la Francia ilustrada


La literatura crítica al uso considera que la rusofobia nació en Gran Bretaña durante la guerra de Crimea, o en varios países occidentales a la vez durante este tiempo y a causa de este conflicto, pero en realidad surgió al menos un siglo antes, durante una etapa que ha producido prejuicios y fobias como pocas en la historia de Occidente: la Ilustración, y en concreto la Ilustración francesa. Es en este momento cuando se acuñan los tópicos de la leyenda negra rusa, que luego se repetirán ad nauseam durante la guerra de Crimea y hasta ahora, sin desfallecer. La propaganda de guerra no inventa nada nuevo sino que se apoya en lo ya creado por los ilustrados. Estudiemos un poco este proceso y sus causas. ¿Por qué surge la rusofobia en la Francia ilustrada?


La Europa Occidental se entera de que Rusia existe cuando Pedro I, llamado el Grande (1672-1725), realiza su viaje extraordinario en 1697. El zar recorre varios países, pero no Francia, porque, aparte de aprender los inventos de Occidente, que es lo que a todos nos han enseñado, lo que el zar busca primordialmente son aliados cristianos para luchar contra los turcos, y Francia es en este momento el mejor aliado del Imperio otomano. Políticamente el viaje de Pedro, rodeado de mitos y fantásticas historias, será infructuoso. Las naciones europeas están enzarzadas en este momento en una de esas trifulcas colectivas que necesitan un par de veces por siglo aproximadamente. La que en este momento se ventila afecta a España de modo especial, puesto que se trata de la guerra de Sucesión, tras la muerte de Carlos II. El bocado era sumamente apetecible y todas las partes estaban convencidas de que algo sustancioso iban a conseguir, de manera que la alianza que Pedro venía a proponer no resultó atractiva para nadie. Sin embargo, Francia se interesó por Rusia de manera muy especial casi de inmediato.


Resumiremos con brevedad la situación histórica en Francia que hace comprensible la reacción ilustrada francesa con respecto a Rusia, pero también con respecto a España y Estados Unidos. A lo largo del siglo XVIII surgieron una serie de conflictos coloniales entre Gran Bretaña y Francia que acabaron con la destrucción de casi todo el imperio colonial francés en una serie de guerras sucesivas. La pérdida más dolorosa se produce con la guerra de los Siete Años (1756-1763). Esta guerra, con dos frentes abiertos, uno en Europa y otro en América, fue muy dura para Francia. Era además el cuarto enfrentamiento colonial entre los dos países, con un balance muy adverso. Francia se ve obligada a retirarse de la que había sido la perla de la aventura colonial americana, la Vice-royauté de Nouvelle-France, con nombre y diseño que copiaba, al menos en apariencia, los virreinatos españoles. Con el Tratado de París en 1763, Francia perdió todas sus posesiones coloniales continentales. La historia del virreinato de la Nueva Francia fue breve.


Antes del Tratado de Utrecht en 1713, en el momento de su mayor extensión, la Nueva Francia se extendía, al menos en el mapa, desde Terra nova al lago Superior y desde la bahía de Hudson hasta el golfo de México. El progreso era lento y la población, escasa. El censo de 1666 da una población total de 3.215 habitantes. Resulta evidente que había más habitantes en estas tierras, pero los franceses solo consideran población a los nacidos en Francia o hijos de padres franceses, y se desentienden por completo de la población indígena, lo que les impide progresar en aquellas tierras. Su actitud, como la anglosajona, contrasta poderosamente con la de los españoles, que desde el principio incluyen en sus censos a los indígenas.


La pérdida de Nueva Francia provocó una frustración muy honda, que precisamente por serlo, rara vez se manifiesta de manera abierta, pero que está en el origen de muchas actitudes de las élites ilustradas francesas. Es posible leer libros y periódicos de los años sesenta y setenta en Francia sin tropezar con una sola mención a la humillante pérdida de Nueva Francia. Se diría que para la Ilustración francesa esto no ha sucedido. Pero está ahí e influye, y mucho. En realidad es una sombra que se proyecta por doquier. Recordemos que fue en Francia donde alcanzó su mayor apogeo la teoría de la degeneración americana de la que ya hemos hablado. ¿Quién quiere un imperio en América si cuanto allí está es fruto de la degeneración o está inevitablemente destinado a degenerar? Igualmente se buscará como ejemplo de todo aquello que se considera anticuado y despreciable al gran imperio americano de entonces: España. Esta actitud es semejante a la de la zorra con las uvas inalcanzables y demuestra una inteligencia práctica extraordinaria y admirable en las élites francesas. El menosprecio para con los imperios coetáneos o nacientes, que son bárbaros, atrasados, degenerados y casi dignos de compasión, no afecta solo a España y a Estados Unidos. El amor-odio por Rusia forma parte de ello.


Antes del Tratado de París, Rusia es para la Ilustración francesa un ejemplo digno de imitación; después, una realidad histórica condenada al fracaso. Hay autores que hablan de un auténtico «mito ruso» en el siglo XVIII francés. Es un fenómeno exclusivamente francés que no se da en otros países. Hacia 1700 el zar Pedro había sido visto como un ser bárbaro salido de los confines de Asia, pero a mediados de siglo la opinión va cambiando y se le considera el genial creador de un grotesco y gran imperio, el cual no habría sido posible, se piensa en Francia, sin la ayuda de Francia y de la Ilustración francesa. La paradoja es irritante: ¿cómo es posible que las artes francesas, el talento francés, la cultura francesa en manos de unos semibárbaros hayan alumbrado un imperio de proporciones épicas y no hayan podido engendrar nada semejante para Francia? Realmente la opinión pública francesa está convencida de que todo cuanto sucede en Rusia y en Estados Unidos es obra de sus ilustrados. Alexis de Tocqueville, inusualmente dotado de sentido de la autocrítica, nos cuenta que el francés medio cree de verdad que los estadounidenses no hacen más que seguir las indicaciones de los ilustrados franceses para regir su país. Tocqueville explica que los franceses llevaban décadas “viviendo en la ciudad ideal construida por sus escritores, hasta el extremo de creer que los americanos se limitaban a ejecutar lo concebido por ellos”.


La desproporción gigantesca entre la verdadera situación económica social de Francia y la imagen que los ilustrados franceses consiguen crear y proyectar de su país, interna y externamente, es un fenómeno colectivo fascinante y poco estudiado. Si, como Arnolsson escribió, la leyenda negra de España es la mayor alucinación colectiva de Occidente, la leyenda ilustrada de Francia es la segunda. Viene a ser como la leyenda negra, pero al revés. Es evidente que se parte del supuesto de que la Ilustración es un producto genuinamente francés que ha sido exportado e imitado por doquier. Como mínimo se entiende que la Ilustración ha encontrado en Francia su más perfecta manifestación. Esta es una idea popularmente asumida en Francia de manera rotunda, pero también en los otros países europeos. Cuando se piensa en la Ilustración, se proyecta una imagen francesa. Esta construcción mental que se considera una realidad incuestionable es un producto cultural creado y vendido por los propios ilustrados franceses en una operación de marketing intelectual que debería hacer palidecer de envidia a las más modernas compañías publicitarias. Quizá está de más señalarlo, pero conviene apuntar que la Ilustración en modo alguno fue un movimiento francés, ni siquiera en la su origen, sino paneuropeo, y que revistió en cada lugar formas peculiares y muy variadas.


Lortholary estudia este «parti russe» cuyo principal propósito es proponer a los franceses un modelo de reformas (laicismo, impulso técnico, reorganización escolar, reformas administrativas y judiciales...) sobre el modelo de los cambios que se habían llevado a cabo en Rusia (tal y como los ilustrados franceses entienden estos cambios), los cuales habían convertido aquellas tierras bárbaras en un formidable imperio. Pedro se transforma en la literatura francesa del momento en un nuevo Ale jandro, a la vez conquistador y civilizador. Antes de él, solo hay tinieblas; después, brillan las luces de la Ilustración en Rusia, por benéfico efecto de los ilustrados franceses. Esta es la imagen que ofrece Fontenelle en su Éloge de Pierre le Grand y también en su Histoire de Charles XII, donde ofrece un retrato de Pedro que agrandará y mejorará en Histoire de Rus sie. Igualmente Catalina la Grande es presentada como el prototipo de déspota ilustrada y como la creadora de un gran imperio-modelo. No hace falta ir muy lejos para saber de dónde viene este interés francés por el mundo ruso: «Si la bárbara Rusia había podido recorrer semejante camino, ¿qué no haría la civilizada Francia, una vez gobernada según la razón, por un déspota bienhechor?». Los ilustrados franceses, buscando un camino hacia la primera división de la historia, encuentran por todas partes maravillas para imitar: le mirage russe, le mirage anglais, le mirage prusien..., sin darse cuenta plenamente de que ellos están «fabricando» el milagro francés.


En este sinvivir con Rusia que proyecta el deseo de un imperio que Francia nunca ha podido materializar, participa Voltaire a manos llenas. Cuando Catalina lo invitó en 1765, Voltaire respondió con mucha gracia que él era más viejo que la ciudad en que ella reinaba (se refiere a San Petersburgo), y que si fuera más joven se haría ruso. Le fascina, como a otros ilustrados, el misterio grandioso que entraña la construcción de un imperio. El misterio y, naturalmente, el poder. Siempre el poder. Desde los años treinta va y viene a este asunto. Sin embargo, no comprende el tipo de hombre que él es no sirve para ese menester. Hay que estar dispuesto a salir de los salones, de los encajes y las pelucas para afrontar que una empresa de esa envergadura. Francia tuvo muchos y notables ilustrados, pero no tuvo imperio, porque puso su admiración en un modelo de hombre que es poco partidario de dormir al raso. Ni con un esfuerzo desatado de la fantasía es posible imaginar a Voltaire o a Diderot llevando las vidas de un Jiménez de Quesada o un Vladímir Arséniev


El mito de la «metamorphose russe» fascina a los profetas del despo tismo ilustrado. Es famosa la polémica que enfrentó a Diderot, Rousseau, Voltaire y otros ilustrados a propósito de Rusia y del concepto de civilización. Sin el trastorno de la guerra de los Siete Años y la pérdida de Nueva Francia no se entiende esta preocupación por el imperio nuevo de Rusia, por cómo se hace un imperio a partir de la nada, de la barbarie, de los bosques salvajes. Señala Núñez Seixas que «la zona oriental del continente servía de contrapunto al concepto de civilización al que aspiraban los ilustrados y que consideraban propio de la Europa Occidental, pero también se construyeron entonces una serie de tópicos acerca del atraso y de las características étnicas de los pueblos del imperio zarista». Ciertamente este es el momento en que una élite fuertemente vinculada a un poder local sin posibilidad de expansión acuña los tópicos antirrusos en Francia, porque esto no sucede en toda la Ilustración, es decir, en todos los países de Europa. No lo vemos en España, ni en Portugal, ni en Holanda ni en Gran Bretaña, que generará propaganda antirrusa unas décadas después, pero no en este momento todavía. Naturalmente hay ilustrados no franceses que se interesan por Rusia, como el italiano Fran cesco Algarotti (autor también de unas Cartas desde Rusia), que viajó allí, y el portugués António Nunes Ribeiro Sanches, pero Rusia no constituye tema central en la Ilustración de ningún país, excepto Francia.


El invento de la civilización


¿Es posible o no civilizar a Rusia? Naturalmente, se parte del supuesto de que estos cristianos no son civilizados. Sobre este particular hay perfecta coincidencia, es decir, ni Voltaire ni Diderot tienen la menor duda de que los rusos están sin civilizar. Lo que se discute es es posible civilizarlos o no. o mejor dicho: si nosotros, que somos la quintaesencia de la civilización, podemos civilizarlos. Insistimos en que esta obsesión con Rusia es exclusivamente francesa. No se da en otros países. Eso no quita para que Rusia interese ahora a todos los que han participado en la guerra de los Siete Años, pero no de este modo. Esta idea fija con los imperios forma parte solo de la Ilustración francesa y afecta a todos los imperios. Si son nuevos (Rusia), están sin civilizar. Si son viejos (España), están corrompidos, degradados y atrasados. Si están germinando (Estados Unidos), van a degenerar rápidamente.


    Recuérdese que el Tratado de París es de 1763. El neologismo civilisation es con frecuencia usado por Baudeau en un artículo titulado «Du mon de politique», el cual trata naturalmente de Rusia, y este será uno de los principales motivos de su difusión. El empleo del término que hacen Diderot y Baudeau, a propósito de Rusia en ambos casos, convertirá esta palabra en uno de los conceptos fundamentales de la Ilustración y pronto será importada a otras lenguas. El artículo de Baudeau fue leído por Voltaire e influyó de manera sustancial en el fragmento que se conoce como Sur la Russie (1772), después desarrollado en Mémoires pour Catherine II. Por lo tanto, la palabra civilisation se populariza en Francia vinculada a la barbarie rusa y por oposición a ella. La «civilización» es lo que le falta a Rusia. Cuando las obras que se valen de este neologismo de tanto éxito se expandan por Europa, bien directamente, bien por medio de traducciones, llevarán consigo la imagen de su contrapunto: la Rusia bárbara y salvaje. Y Rusia será para siempre un lugar en el que la civilización no acaba de asentarse.


    La idea de que Rusia no prosperará porque no es más que el resulta do de una falsa civilización la encontramos por doquier en la Ilustración. Muchas veces la repite Auteroche, y otros ilustrados de más fuste, como Diderot. Los rusos no tienen más que un barniz, una apariencia de seres civilizados, por debajo de la cual sigue latiendo el asiático salvaje. Es la idea central de otro inevitable libro de viajes, Russie en 1839 de Astolphe de Custine, a quien Heinrich Heine llamó «medio hombre de letras», por su condición homosexual y por lo mediocre de su arte. Su primer libro de viajes trató sobre España, como era de esperar. A Balzac le gustó y lo animó a seguir progresando por el camino de las tierras salvajes. Las 1.800 páginas de Custine constituyeron un éxito inmenso. Se hicieron un sinnúmero de ediciones pirata y reducidas del texto. En 1848 se habían vendido 200.000 ejemplares. Custine halaga constantemente el sentimiento de superioridad de sus lectores europeos con frases como «tienen solo el barniz de civilización europea suficiente para ser salvajes astutos, pero no hombres ilustrados». Finalmente, al prepararse para regresar, concluye que se respira mejor fuera de Rusia.


Rusia hoy


Todos los imperios practican la autocrítica de manera más o menos inmisericorde. Los pueblos con el ego frágil no pueden permitirse ex ponerse de este modo. La autocrítica es una de las razones de que se mantenga abierta la meritocracia y razonablemente limpio un estado en proceso de crecimiento exponencial. Una parte sustantiva de la crítica de que se alimenta la imperiofobia la producen los imperiales mismos. Lo hicieron los romanos y los españoles y lo hacen los rusos y los estadounidenses. Quiere decirse que la autocrítica imperial es usada como herramienta propagandística por los pueblos enemigos o amigos/enemigos donde se produce la leyenda negra, no que esa autocrítica la produzca. La imperiofobia nace de la frustración y el orgullo herido, y estos son previos a los argumentos concretos -un repertorio muy limitado de tópicos, por cierto- que se usan para dotar de razones al prejuicio imperiófobo. 


Al menos desde el siglo XVIII los rusos se esfuerzan en un análisis minucioso y neurótico que pretende determinar cuál es el verdadero carácter de su nación y cuál debe ser su futuro acorde con ese carácter que no se deja definir. Naturalmente, el ruso cree que este sinvivir solo le pasa a él, y pone siempre ejemplos de cordura y equilibro países occidentales que le parecen menos convulsos y más serenos. Qué es Rusia y cuál es su destino ha sido un tema recurrente en filósofos y escritores rusos. Cuál es la razón de ser de Rusia en la historia es una de las cuestiones favoritas del filósofo Vladímir Soloviev, metafísica pregunta que también se hicieron Dostoievski o Solzhenitsyn. Para Nikolái Berdiayev, la dualidad entre el Este y el Oeste es el nudo gordiano de las tribulaciones rusas, las cuales tienen una naturaleza excepcional, por la propia “inconsistencia del espíritu ruso”. Rusia no descubrirá cuál es su verdadero lugar en el mundo hasta que no resuelva este conflicto entre Oriente y Occidente. El asunto es fascinante y da para una enciclopedia, pero lo que aquí nos interesa es resaltar los paralelismos: Galdós afirma en Zaragoza que el destino de España es «poder vivir, como la salamandra, en el fuego». El ruso, como el español, cree las palabras del inglés o del francés, y no mira los hechos, porque piensa que las palabras remiten a los hechos automáticamente. Zinovy Zinik, periodista y novelista moscovita y autor del informe Censorship and Self-Alienation in Russia (2005), dice que los rusos ya no saben quiénes son ni qué son, y por lo tanto les ofende cualquier intento por definirlos. El título del libro ya es lo suficiente significativo. Para este autor, «los rusos se encuentran en un estado permanente de crisis de identidad»


Algunos autores, como García Cárcel, consideran que la leyenda negra en realidad no existe sino que es el resultado de la tendencia de los españoles a perderse en los laberínticos senderos sobre su identidad. También los rusos mantienen con ellos mismos una relación conflictiva y no por ese motivo se han inventado la rusofobia. Los rusos como imperio se cuestionan a sí mismos desde el principio. En tiempos de Catalina II las ideas hostiles a la guerra y a la expansión territorial circulaban libremente y en abundancia. El hábito de la autoexposición y la manera torrencial en que los rusos tienden a mostrarse a sí mismos, lo mejor y lo peor de ellos, causa, principalmente entre los protestantes europeos, gran desasosiego. Es lógico: estos son educados en la idea de la contención y en el principio de que la buena educación exige velar cuidadosamente el interior de cada cual.


Para Anatol Lieven resulta evidente que la rusofobia no procede solo de la hostilidad hacia la Unión Soviética en los tiempos de la Guerra Fría y considera que «it is also the legacy of Soviet and Russian studies within Western academy». Hay, por tanto, en el caso de los rusos ese componente de respetabilidad intelectual característico de los prejuicios antiimperiales en oposición a otras clases de prejuicios. Va ligado a la rusofobia desde la Ilustración. Este factor quedó diluido cuando en 1917 triunfó la revolución y Rusia pasó a ser la tierra prometida sin necesidad de llegar al más allá. Diluido pero no muerto.


    Vladímir Volkoff llama rusofobia posmoderna a la que se manifiesta en Occidente desde 1991. Volkoff, no sin humor, se refiere a una auténtica «orgie de russophobie» que puede verse cada día en los medios occidentales, y explica esta eclosión de una nueva rusofobia como el resultado de los sentimientos mayoritarios de la clase mediática e intelectual que ha visto en la caída de la URSS y del comunismo un fracaso imperdonable de los ideales que reverenciaron durante decenios, de tal manera que no pueden aceptar más que una Rusia corrompida y decadente tras haber dejado de ser la tierra prometida de una nueva fe. Contra toda lógica, resulta que la imagen de Rusia ha empeorado, según las encuestas internacionales, desde el final del régimen soviético. Rusia es el miembro del G-8 que tiene peor reputación, según datos de la prestigiosa International Gallup Organization.


Señala Vladímir Vorsoben que «Rusia aún se está recuperando de los agotadores años noventa». Asombrosa recuperación. Que un imperio que controla una quinta parte de la superficie terrestre cambie de religión y de sistema de gobierno sin estallar por los cuatro costados, y pocos paralelos se retire de varios millones de kilómetros cuadrados conquistados sin provocar ninguna guerra, es una proeza que tiene la historia del mundo. Los rusos están acostumbrados a cifras y hechos en colectivos que escapan por completo a la capacidad de comprensión del europeo medio. En 1991 Gueorgui Arbátov, consejero diplomático de Gorbachov, dijo una frase que se hizo célebre: «Vamos a haceros el peor de los servicios: os vamos a privar del enemigo». En respuesta a esto, el general Maisonneuve escribió: «El enemigo soviético tenía todas las cualidades del buen enemigo: sólido, constante, coherente. Militar mente se parece a nosotros y está construido sobre el más puro modelo clausewitzien. Inquietantes, sí, pero conocidos y previsibles. Su desaparición debilita nuestra cohesión y convierte en inútil nuestro poder»  Grandes verdades y un notable error: Rusia no ha desaparecido. Este hecho, que ha sido reiteradamente anunciado, vaticinio común al de venir de todos los imperios, está muy lejos de producirse. La muerte de Rusia ha sido profetizada, con disimulado alborozo, varias veces en los últimos siglos. Durante el reinado del zar Alejo I (1645-1676), Europa Occidental definió, a fin de evitar guerras innecesarias, cuáles serían las zonas de expansión en el enorme cuerpo, supuestamente próximo a morir, de Rusia. La mayor parte correspondía, en justicia, a los suecos. Leibniz, que fue el que diseñó el plan estratégico, no tuvo en cuenta el nacimiento de Pedro I. Rusia no solo no murió, sino que al final del reinado de Pedro, Suecia había dejado de ser una gran potencia y Rusia podía considerarse uno de los grandes imperios de la historia. Tras el fin de la guerra de Crimea, de nuevo se anunció la muerte de Rusia, o cuando no, una postración que la alejaría sine die de la primera división de la historia. Lo mismo se repitió tras la Revolución de 1917 y la guerra civil, y tras la caída del comunismo. La crisis en Ucrania y Crimea de 2014 demuestra que Occidente ha vuelto a hacerse ilusiones y a creerse que Rusia ha muerto. Sin embargo, Rusia sigue estando ahí, viva y bien viva.

España tuvo que ceder a Francia la isla de Santo Domingo para recuperar las Provincias Vascongadas

 


El 2 de agosto de 1794, las tropas francesas mandadas por el mariscal-general Adrien Jeannot de Moncey, duque de Conegliano, pusieron cerco a las Provincias Vascongadas por la frontera de Irún (Guipúzcoa).

Los vascos, siglos antes, con lágrimas en los ojos, habían hecho jurar solemnemente a Enrique IV de Castilla que Álava, Vizcaya y Guipúzcoa no serían desprendidas nunca del «territorio nacional», cuando el monarca negociaba con Luis XI el matrimonio de su hija Juana la Beltraneja con Carlos Valois, duque de Guyena.


Aunque los fueros imponían a los guipuzcoanos acudir masivamente, padre por hijo, a las armas para defender el «territorio nacional» no solo las Vascongadas sino toda España lo hicieron de tan mala gana que sólo movilizaron tres tercios, a los que se añadiría un batallón de voluntarios.


La «enconada y heroica resistencia» de los tatarabuelos de los futuros gudaris de la futura nación vasca frente a las tropas del mariscal-general Joachim Murat Loubière, cuñado de Napoleón Bonaparte y jefe del Ejército francés de los Pirineos Occidentales, permitió que Irún, Vera de Bidasoa, Fuenterrabía y San Sebastián fueran conquistadas en apenas 36 horas, poco más que el tiempo que se tarda en llegar andando a la capital donostiarra.


«La ocupación de San Sebastián no fue un hecho de armas.


     Varios politicastros guipuzcoanos se dejaron seducir por el general Adrien de Moncey, quien les prometió convertir la provincia en una República Independiente. Estos crédulos hombres, entre los que se encuentran el alcalde (Juan José Vicente de) Michelena, y el diputado José María de Barroeta y Aldamar, de infausta memoria, entregaron la ciudad a los franceses frente a la voluntad de la guarnición de defenderla. Cambiaron una quimérica libertad por la que disfrutaban bajo sus leyes antiguas y fueron infieles a la Patria», escribe años después el primer ministro español Manuel Godoy, desde su exilio en París. 


Mientras los navarros resistían los embates del Ejército francés, los vizcaínos y alaveses decidieron emular a sus «imbatibles y numantinos» compañeros de filas guipuzcoanos. Tras una discusión entre los que querían hacer frente al invasor y los partidarios de mantenerse neutrales, se rindieron en masa sin desempolvar siquiera sus viejas tizonas ni sacar algún que otro trabuco del fondo de sus cofres.


De esta manera, sin más complicaciones, los vascos, que se llamaban a sí mismos hidalgos universales y que, por tanto, no habían sido nunca vasallos de nadie, según la rancia y falsa literatura foralista, fueron sometidos y hechos prisioneros por los franceses, sus bienes y haciendas confiscados y puestos bajo dominio galo. Muchos de ellos, según Godoy, fueron fusilados.


La entrega a Francia ocurrió exactamente el 26 de agosto de 1794. Cuando poco después los diputados guipuzcoanos, tras reunirse en Guetaria, decidieron exigir de los galos invasores la creación de la República de Guipúzcoa, cambian las tornas. “Son un puñado de individuos que sólo tienen de recomendable su debilidad”, replicó Salbert Pinet, comisionado de Napoleón. Y ordenó el encarcelamiento de cuarenta de ellos en la prisión de la ciudadela de Bayona. 


Ese mismo día, el alcalde de San Sebastián Juan José Vicente de Michelena, obligado por los franceses, declaraba la «sumisión de la ciudad a la República francesa», desde el balcón de la casa consistorial.


Sin embargo, los diputados donostiarras, tercos como mulas, volvieron a reclamar su «derecho» a ser independientes. «La provincia de Guipúzcoa será regida como país conquistado», les contestaron a los diputados José Fernando Echa ve Romero, José Hilarión Romero, Francisco Javier Leizaur y José Maria Barroeta Aldamar, cuando plantearon sus reivindicaciones en París vía Bayona. Fue la forma en la que los franceses respetaron la mítica «soberanía originaria» que habían prometido defender. 


La provincia de Guipúzcoa, que pertenecía “por entrega voluntaria” desde 1200 a la Corona de Castilla «para asegurar su defensa frente al Reino de Navarra y a Francia», no se da por vencida. Los parientes mayores que han podido escapar a la persecución de los franceses se constituyen en Junta General  y, tras celebrar una reunión en Mondragón, acuden en petición de auxilio al Rey de España, Carlos IV, que se encuentra en San Lorenzo de El Escorial, quien sale en su defensa, buscando un acuerdo amistoso con sus enemigos como habían hecho el resto de los países europeos que desafiaron el poderío galo aquellos años.


    Ministro plenipotenciario de España en Varsovia, Domingo de Iriarte se encuentra de viaje en Venecia cuando recibe un mensaje urgente del ministro y valido del Rey, Manuel Godoy.


Las órdenes son tajantes. Debe desplazarse inmediatamente a Basilea (Suiza) para iniciar una negociación secreta con el embajador de Francia en aquel país, Francisco Barthelemy, que permita a España restablecer sin demora su integridad territorial y liberar al centenar de guipuzcoanos presos en Bayona.


Iriarte llega a Suiza el 6 de mayo de 1795 pero las conversaciones no pueden iniciarse hasta diez días más tarde. Barthelemy, que acaba de pactar un acuerdo de paz entre Prusia y Francia, carece de instrucciones y necesita evacuar consultas con las autoridades de su país.


El primer encuentro resulta una caja de sorpresas para el Gobierno español. Francia está dispuesta a retirarse de todos los territorios conquistados, salvo la provincia de Guipúzcoa que, con las plazas y puertos de Fuenterrabía, San Sebastián y Pasajes, queda agregada a la República. 


El monarca español se entera así de cómo una parte de sus súbditos de la provincia más nororiental de su reino ha pactado con las autoridades de la República francesa la cesión del territorio a los galos, quienes, no suficientemente agradecidos, acabaron encarcelándolos en Bayona. Pese a todo, algo más de dos meses después se llega a un acuerdo.


Así, el 22 de julio de 1795, tras la firma de la Paz de Basilea, Francia devuelve los territorios vascongados conquistados por las armas  -es un decir- a cambio de la entrega de la isla de Santo Domingo,  por la que los dos países llevaban un siglo luchando. El territorio antillano pasaría a ser parte de su imperio, y permitiría asegurar así el abastecimiento de azúcar a la metrópoli, frente a las paupérrimas Provincias Vascongadas, que sólo representan cargas para la República.


Todos los historiadores presentan el Acuerdo de Basilea como una paz honrosa para Carlos IV y Godoy, recompensado con el título de Príncipe de la Paz. Suelen olvidar que España tuvo que ceder unas tierras, habitadas por otros españoles, a cambio de las Provincias Vascongadas, con las vejaciones y humillaciones que supuso para los españoles antillanos ser entregados a los franceses, mediante un tratado en cuya gestación no habían participado. 


Además de entregar parte de su imperio colonial, la Corona se compromete a retirar los dos órganos de gobierno nacionales del territorio ―el consejo supremo o audiencia y el arzobispado-, a trasladar a los funcionarios de la administración y a los jefes y empleados del Gobierno, y a defender militar mente las plazas y puertos, especialmente Fuerte Delfín, de los ingleses hasta que el Ejército francés reúna los suficientes navíos torio. para hacerse cargo del territorio. 


«Las plazas, puertos y establecimientos referidos se darán a la República francesa con los cañones, municiones de guerra y efectos necesarios a su defensa que existan en ellos cuando se presente a tomar posesión de la totalidad de la isla», estipula el Tratado.


Aunque a los habitantes de Santo Domingo que no aceptaran la nueva situación política se les daba un plazo de 12 meses para abandonar la isla, la situación fue trágica. «Hubo varias decenas de personas que se quitaron la vida antes que ser franceses, otras que murieron al naufragar sus barcos mientras escapaban a la cercana isla de Cuba y varios centenares que murieron en altercados contra las tropas francesas.» 


La Paz de Basilea supuso también el derecho a los franceses a extraer yeguas, caballos andaluces, ovejas y carneros merinos de Castilla en un periodo de cinco años como botín de guerra, a cambio de la liberación y entrega a España de los 40 parientes mayores y diputados forales guipuzcoanos, encarcelados en Bayona.


El Gobierno español, por su parte, se comprometía a no perseguir a los afrancesados en la provincia de Guipúzcoa, a explicar a los curas de Santo Domingo «que el cristianismo no es incompatible con las repúblicas libres e ilustradas» y exigía la entrega de los dos hijos de Luis XVI, para darles el trato y la educación que requería su alta alcurnia. 


Las Provincias Vascongadas constituyen así la única tierra de España por cuya recuperación el valido del rey, Manuel Godoy, el llamado Príncipe de la Paz, tuvo que efectuar un pago tan oneroso como ceder otra parte de su territorio de ultramar con sus “no menos de noventa mil almas, entre blancos, mestizos y los que antes de ahora llamaban esclavos” al imperio francés. España cambió a unos españoles por otros y unos territorios por otros. 


Si la nación hubiera sido una empresa privada, una multinacional cualquiera, los territorios comunales (valles, ríos, montes, zonas marítimas) aparecerían inscritos en el Registro de la propiedad como parte de los activos patrimoniales del reino y todos los argumentos sin sentido de Sabino Arana, José Antonio Aguirre o Juan José Ibarretxe acerca de la soberanía originaria, la hidalguía universal y el sometimiento de la corona de Castilla, una de las naciones más poderosas de la tierra, se hubieran caído por su propio peso.


Los dominicanos se revolvieron y se enfrentaron a los franceses en la batalla de Las Carreras y el general Pedro Santana los derrotó el 19 de abril de 1849, tras decenios de lucha. Desde entonces, República Dominicana celebra el día en que expulsaron a los galos y se adhirieron de nuevo a España (desde 1861 a 1865), como el de su fiesta nacional.


Dos siglos más tarde, un sector de los habitantes de aquellas tierras españolas, cuya liberación de la opresión francesa costó a la nación la entrega de parte de sus territorios de ultramar y el pago de un fuerte botín de guerra, se acoge a unos pretendidos derechos históricos para independizarse y «esclavizar» a quienes les liberaron del yugo de los franceses a cambio de la libertad de otros pueblos.


«Los vascos constituimos una raza desconocida, distinta a la del resto de los españoles, somos un pueblo que tiene el derecho inalienable a nuestra autodeterminación», repiten los dirigentes nacionalistas como papagayos, sin tener en cuenta el artículo segundo de la Constitución que dice que «[España] es patria común e indivisible de todos los españoles» y que la «soberanía nacional reside en [todo] el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado».


Sustentan esta absurda teoría de que los habitantes de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa étnicamente se han mantenido puros desde los albores de la Humanidad. “La Nación Vasca, Euskadi, existe y desde tiempo inmemorial se halla encaramada como un pájaro en los Pirineos, frente a la bahía de Vizcaya, el mar de los vascos”, afirma el primer Lehendakari provisional del País Vasco, José Antonio Aguirre.


¿Ha existido la nación vasca como un grupo étnicamente puro o se trata de un simple mito? ¿Los habitantes de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa son una raza desconocida, aislada del resto del mundo, o forman parte de un conjunto multicultural y multirracial más amplio, donde el “éuscaro” puro es una minoría?


Fuente: Los mitos del nacionalismo vasco, José Díaz Herrera. 

El nacionalismo vasco - Stanley G. Payne

 

EL NACIONALISMO VASCO


La división política también se produjo entre los nacionalistas vascos, aunque en su caso fue una división provincial. Los nacionalistas de Álava y Navarra se alinearon con los carlistas y con los nacionales sublevados, cuyo nuevo Gobierno reconocería ciertos derechos de autogobierno en estas dos provincias. El Partido Nacionalista Vasco (PNV) es la única entidad politica que negoció con ambos bandos durante la Guerra Civil. En aquellos años tenía una fuerte identidad católica, y durante la primavera de 1936 trató con los conspiradores monárquicos en el País Vasco, mostrando más simpatía hacia los carlistas, aunque sin llegar a comprometerse. Puesto que también había quien simpatizaba con los revolucionarios, cuando empezó la guerra, la cúpula del PNV preparó una declaración de neutralidad. Algunos de los líderes más importantes, como Manuel de Irujo y Juan Ajuriaguerra, creían que el nacionalismo sacaría más provecho de la izquierda, así que, cancelando esa declaración antes de que pudiera salir a la luz, los dirigentes peneuvistas concedieron oficialmente su apoyo a la República, que solo llegó a hacerse efectivo en Vizcaya y Guipúzcoa, mientras un pequeño grupo, compuesto por los más intransigentes, al frente del cual estaba Luis Arana, hermano de Sabino Arana Goiri, se obstinó en mantener la neutralidad y marchó al exilio.


Por su parte, durante esas primeras semanas la Junta de Burgos mantuvo una actitud prudente. A principios de agosto de 1936, los obispos de Vitoria (Mateo Múgica) y de Pamplona (Marcelino Olaechea) hicieron pública una pastoral en la que apremiaban al PNV a poner fin a su alianza política con unos revolucionarios que no dejaban de cometer atrocidades en masa contra el clero y los católicos. Cuando los sublevados entraron en Guipúzcoa -provincia en la que el clero había defendido firmemente al nacionalismo-, juzgaron y fusilaron a 16 sacerdotes que habían mantenido una actividad política destacada, represión que Franco no tardó en condenar. Los portavoces nacionalistas hicieron un buen uso propagandístico del suceso, pasando por alto que sus aliados revolucionarios habían hecho lo mismo con otros 56 eclesiásticos en Vizcaya y Guipúzcoa.


También Franco emprendió negociaciones y reconoció los términos básicos de los fueros provinciales. Sin embargo, tanto José Antonio Aguirre como los demás líderes peneuvistas habían decidido jugársela con las izquierdas. En septiembre se llegó a una alianza con el Gobierno de Largo Caballero, comprensivo con las autonomías de toda índole, en el que Irujo entró como ministro el día 25. El primero de octubre, en su única acción significativa durante la guerra, se reunieron a toda prisa unas Cortes parciales -muchos miembros habían muerto a manos de los revolucionarios para aprobar un Estatuto de Autonomía -tan precariamente ideado como amplio en su alcance- para el País Vasco, Estatuto que, en muchos sentidos, superaba al catalán de 1932. Con bastante sorna, fue conocido como el «Estatuto de Elgueta», ya que las únicas áreas que todavía no habían caído en poder de Franco eran Vizcaya y una pequeña zona en torno a Elgueta, en Guipúzcoa. La medida fue inconstitucional, ya que la ley exigía una mayoría de dos tercios para aprobar un Estatuto y apenas había 50 diputados presentes, pero para la República en guerra el Parlamento no era más que una fachada fantasma; todas las decisiones las tomaba un Ejecutivo arbitrario y autoritario.


A continuación se creó un nuevo Gobierno en Bilbao, liderado por José Antonio Aguirre y el PNV, en teoría con el voto de do los alcaldes de Vizcaya, cuyos ayuntamientos fueron ocupados por la nueva coalición. Enseguida se impuso el neologismo «Euzkadi», sin tener en cuenta su más que dudoso carácter etimológico. Este Gobierno estaba compuesto por cinco nacionalistas, tres socialistas, dos republicanos de izquierda y un comunista. Aunque nació como «Gobierno provisional», el 3 de noviembre publicó un decreto por el cual se hacía con el control de toda la autoridad estatal en Vizcaya, dejando a un lado las limitaciones impuestas por el nuevo Estatuto. Sin pérdida de tiempo, Aguirre se autoproclamó presidente permanente y se hizo cargo de todas las fuerzas militares y policiales de la provincia, ignorando la colaboración con el Gobierno republicano y negando cualquier autoridad al capitán Francisco Ciutat, a quien Largo Caballero había nombrado jefe militar de la zona norte. El Gobierno empezó a actuar en todos los sentidos como un Estado independiente; incluso estableció sus propias aduanas, que le separaban del resto de la zona republicana, y, como su homólogo catalán, envió representantes a París, Londres y Berlín este -en secreto-para poder jugar en todos los bandos.


La historiografía vasquista ha desarrollado el mito del «oasis vasco», la única parte de la zona republicana no dominada por la revolución y el terror, pero se trata de una imagen que no refleja toda la realidad. En Vizcaya la revolución adoptó unos ropajes diferentes, más nacionalistas. A diferencia de otras regiones, nunca se produjo una colectivización económica formal, pero el Gobierno vasco, al tiempo que respetaba la tierra de los agricultores vizcaínos-muchos de ellos eran nacionalistas-, intentó nacionalizar la industria y las finanzas que pertenecían a una élite económica que, en su mayor parte, no comulgaba con sus ideas. Se incautó casi todo el capital de los bancos para crear uno estatal vasco y se confiscaron los activos de las principales industrias. Luego, cuando se produjo el colapso final en 1937, el Gobierno huyó, llevándose consigo las acciones, numerosos documentos legales y títulos de propiedad de los principales organismos financieros e industriales vizcaínos, en un último intento por seguir controlándolos desde el extranjero. Tampoco Vizcaya se libró de los habituales saqueos y pillajes de cajas de seguridad y objetos valiosos, que era una práctica generalizada en la zona republicana.


La idea de que los nacionalistas vascos protegieron a la Iglesia y al clero y evitaron que el terror rojo se adueñara de Vizcaya es otro mito. Es verdad que algunas iglesias permanecieron abiertas-mientras todas se cerraron en el resto de la zona republicana, pero la gran mayoría de ellas también se cerró en Vizcaya y fueron profanadas por los revolucionarios. Gran número de sacerdotes acabaron en la cárcel y 42 fueron asesinados tras ser, en muchos casos, objeto de torturas. En total, en Vizcaya murieron casi 500 personas víctimas de la represión, a menudo con la aquiescencia e incluso con la participación de los nacionalistas, aunque no puede negarse que el Gobierno actuó para moderar los excesos represivos.


Aguirre dio forma a su propio Eusko Gudarostea (ejército vasco), al que más tarde el mando nacional republicano intentó controlar cambiándole el nombre por el de Cuerpo de Ejército de Vizcaya. Al menos la mitad de las tropas no era nacionalista y siempre se organizaron en unidades separadas. El general Francisco Llano de la Encomienda, jefe nominal de la zona norte en sustitución de Ciutat, consiguió algo más de colaboración y el ejército vasco emprendió una ofensiva en noviembre de 1936, en principio para aliviar la presión sobre Madrid, aunque, en realidad, el objetivo era la anexión de Álava. A de pesar superar en número a sus enemigos, la incursión fue rechazada y se produjeron numerosas bajas.


Durante la primavera de 1937, el régimen de Vizcaya exploró  bajo qué condiciones podría firmar una paz, primero con Mola en el frente del norte, y luego directamente con Franco. Por otro lado, seguía negociando con Gran Bretaña, a cuyo Gobierno ofreció una base naval en Vizcaya si le ayudaba a independizarse de España.


Tras el comienzo de la ofensiva franquista sobre Vizcaya -31 de marzo de 1931, los nacionalistas empezaron a actuar de manera cada vez más independiente. Los mandos soviéticos no parecían dispuestos a enviar más refuerzos aéreos debido a la nula calidad militar de los campos de aviación de la zona, la que, si no los falta de defensas y la ausencia total de profundidad geográfica. Aguirre exigía más aviones y, el 7 de abril, declaró obtenía, el Gobierno de Euzkadi «se consideraría relevado de la lealtad con la que siempre ha procedido». Esa referencia a su “lealtad” resultaba asombrosa, incluso para el entorno de exagerada propaganda propio del nacionalismo. Al final se enviaron unos cuantos aviones, pero fueron destruidos por el ene migo antes de poder pasar a la acción. A finales de abril, el Gobierno vasco nombró de manera oficial a su presidente como comandante en jefe del Ejército de Euzkadi, liberándolo de cualquier dependencia de la cadena de mando del Ejército Popular, en su lucha contra lo que denominaba una «inmunda amalgama de mahometanos negros, protestantes rubios, legionarios sifilíticos y españoles degenerados». Una vez más, el racismo peneuvista, como antes el del catalanismo radical, volvía a enseñar las orejas.


En realidad, lo que estaba haciendo el Gobierno vasco era establecer una cierta independencia militar no solo para resistir con mayor eficacia, sino para demostrar mejor su "lealtad", mientras negociaba clandestinamente con las potencias extranjeras y con la «inmunda amalgama» franquista. En los meses de abriI y mayo, Franco acordó con el Vaticano que las autoridades  militares italianas actuaran como intermediarios para negociar la retirada vasca del conflicto. Para ello puso encima de la mesa unas condiciones más que generosas: la descentralización administrativa, la persecución solo de aquellos acusados de delitos comunes y vía libre a todos los dirigentes que escapar deseasen al extranjero. Sin embargo, las negociaciones fracasaron debido a la insistencia vasca en que estuviera presente alguna potencia foránea para garantizar los términos del acuerdo, algo que Franco no estaba dispuesto a aceptar. Semejante interés no solo nacía de la desconfianza, sino del insistente deseo vasco de implicar a un tercero para reducir así la soberanía española. A principios de mayo, Mola fue incluso más lejos: les prometió no bombardear Bilbao y liberar a todos los gudaris -tropas nacionalistas- que hubieran depuesto las armas.


Con todo, firmar una paz por separado no habría sido tan fácil, ya que no la habrían aceptado los aliados izquierdistas de los nacionalistas, que podrían haber desencadenado una mini guerra civil similar a la que había estallado en Barcelona esa primavera. En el mes de mayo aumentó la cooperación militar y las tropas vascas-nacionalistas y revolucionarios- resistieron con firmeza, pero cuando, a mediados de junio, el Ejército de Franco atravesó el Cinturón de Hierro -la defensa exterior-, los nacionalistas se negaron a seguir resistiendo en Bilbao. Protegieron la industria y las instalaciones municipales frente a los revolucionarios, que deseaban practicar una política de tierra quemada, y una gran parte de las tropas se rindió, aunque más de 20.000 soldados no todos nacionalistas- emprendieron la retirada hacia Santander.


Durante todo el mes de julio, los líderes peneuvistas mantuvieron sus negociaciones con Roma, con las que esperaban con seguir la evacuación de tantos soldados como fuera posible, al amparo del avance militar del CTV italiano. Quienes no fuesen evacuados se rendirían a los italianos antes que a Franco. Este aceptó las negociaciones, pero Aguirre y sus colegas las fueron dilatando todo cuanto pudieron, con la excusa de que debía procederse con cautela para no levantar las sospechas de los mandos republicanos.


Para simplificar la operación, los vascos propusieron que las tropas franquistas no avanzasen directamente por el oeste hacia Santander, sino e lo hicieran desde el sur, a través de Reinosa. Así, los vascos no se retirarían, sino que se dejarían aislar, copa dos desde el sur, y su evacuación/rendición sería más sencilla. Mientras tanto, el general Mariano Gámir, que había sustituido a Llano de la Encomienda, preparaba un contraataque al este de Santander que los vascos intentaron sabotear, aunque sin éxito. Algunas de sus unidades se vieron forzadas a tomar parte porque el mando republicano colocó destacamentos de ametralladoras en su retaguardia, al estilo soviético. El asalto fracasó y hubo numerosas bajas.


En agosto, las fuerzas franquistas avanzaron de acuerdo con el plan vasco, y el día 23, cuando ya estaban cerca, las unidades vascas se rebelaron contra el mando republicano. Sin embargo, los barcos en los que debían ser evacuados no llegaron y, dos días más tarde, Franco arrebató a los italianos el control de la zona. Incluso después de tan evidente traición, las autoridades vascas tuvieron la desvergüenza de emitir un comunicado desde Francia en el que aseguraban que las únicas tropas republicanas que habían resistido con valor en Santander habían sido las suyas. En total, unos 22.000 vascos cayeron prisioneros en la playa de Santoña; la mitad de ellos, casi todos nacionalistas, recuperó la libertad poco después. Algunos se incorporaron a las fuerzas de Franco. Otros 500 fueron enviados ante tribunales militares por los crímenes que las habían cometido en Vizcaya y fueron sentenciados a muerte, y unos 200 fueron ajusticiados.


Mucho más tarde la propaganda nacionalista elaboró el mito de que la Guerra Civil se había basado en la «invasión de Euzkadi» por España, mientras que lo cierto fue que, como hemos visto, trató de una guerra civil tanto entre vascos como entre españoles. Una parte importante del mito consistió en imputar un gran odio hacia los vascos por parte de los franquistas, que ejercieron una enorme represión sobre los nacionalistas. Una vez más, la verdad era otra. En Vizcaya y en Guipúzcoa, como se ha visto, hubo proporcionalmente menos terror revolucionario que en otras provincias. Bajo el Gobierno franquista, se procesó y se ajustició sobre todo a los revolucionarios que habían cometido la mayor parte de los crímenes, no a los nacionalistas, que sufrieron, en términos comparativos, una represión más leve.*


* Esta es la conclusión de F. Molina, «Lies of our Fathers: Memory and Politics in the Basque Country under the Franco Dictatorship, 1936-68», Journal of Contemporary History, 49, 2, 2014, págs. 296-319. Molina anota que una de las expresiones máximas de esta falacia propagandística se encuentra en la obra de P. Preston, El Holocausto español, Penguin Random House, Madrid, 2011, con la ausencia casi total de datos objetivos.


Es verdad que la represión franquista fue bastante dura con los revolucionarios en Vizcaya y Guipúzcoa. Los mejores datos que tenemos indican que en esas dos provincias los republicanos ejecutaron aproximadamente a 800 personas, mientras que, después, la justicia de Franco ejecutó a aproximadamente 2.700, entre los cuales, proporcionalmente, había menos nacionalistas que revolucionarios. 


La industria vasca, cuya producción había experimentado un brusco descenso en el primer año de la guerra, se vio favorecida por el Gobierno de Franco, que dio prioridad a la industria pesada. En general, durante la época del «primer franquismo», la economía vasca floreció más que en ninguna otra región. Desde luego, las actividades nacionalistas quedaron suprimidas, pero la idea de que la nueva dictadura trató a las provincias vascas con especial dureza es otro producto de la propaganda nacionalista. Más bien ocurrió lo contrario.


Dado que los nacionalistas no consiguieron poner en práctica su plan de evacuación con los italianos, Aguirre y otros líderes del PNV manifestaron que no les había quedado más opción que la rendición y que siempre mantuvieron su compromiso con la causa republicana. De ese modo podían mantener la ilusión de que seguía existiendo un «Gobierno vasco», ya que en ese momento un Gobierno «independiente» en el exilio habría sido ignorado por completo. Después de interceptar un telegrama de los italianos, los dirigentes republicanos ya sospechaban de los vascos, pero, desde su punto de vista, era sumamente importante que el único movimiento católico de la República revolucionaria continuara participando. Fue su único argumento en contra de la ola de críticas y denuncias suscitada por la persecución religiosa y, así, Manuel de Irujo pudo conservar la cartera de Justicia en el Gobierno Negrín.




LOS NACIONALISMOS BAJO EL GOBIERNO DE NEGRÍN


A partir de mayo de 1937, el Gobierno de Negrín comenzó a extender la autoridad estatal sobre Cataluña, incorporando, como ya vimos, el Exèrcit de Catalunya en el Ejército Popular. En Barcelona, Esquerra y el PSUC hicieron causa común con tra la CNT y el POUM, provocando la revuelta del 3 al 6 de mayo, y el 1 de julio Esquerra y el PSUC formaron un nuevo Gobierno catalán todavía encabezado por Lluís Companys. Para entonces, los catalanistas conservadores habían huido en masa, así como algunos líderes y activistas de Esquerra. Los cenetistas pasaban por un mal momento y los comunistas estaban en auge, situación que hizo que Companys se quejara de la preponderancia de sus nuevos aliados. Escuchar al presidente de la Generalitat lamentar las consecuencias de su oportunismo molestaba mucho a Azaña, que escribió en su diario que aquello revelaba la hipocresía sin límites del líder que durante meses había presidido una orgía de anarquía, pillaje, destrucción y asesinatos. En octubre, el Gobierno republicano se trasladó de modo oficial a Barcelona y desde ese momento intentó incrementar la productividad de la industria catalana algo más de su producción al esfuerzo bélico. y destinar


A partir de la segunda mitad de 1937, los líderes del PNV de Esquerra hicieron causa común para mantener el espíritu y los principios de sus autonomías y, en el caso catalán, para quejarse del poder del Gobierno de Negrín. En principio, la Generalitat se mantuvo en sus funciones, y tanto el presidente de la República como el del Gobierno se comprometieron a respetar los términos básicos del Estatuto de 1932. Pero en las condiciones de guerra total en que se encontraba el país, la autoridad gubernamental de Negrín no podía sino aumentar.


De todas las cuestiones domésticas a las que debía hacer frente el Gobierno, esta era la que más sacaba de quicio a Negrín. El propio Azaña escribió en su diario, el 29 de julio de 1937, lo siguiente:


El presidente está muy irritado por los incidentes a que ha dado ocasión el paso de Aguirre por Barcelona. Aguirre -dice- no puede resistir que se hable de España. En Barcelona afectan no pronunciar siquiera su nombre. Yo no he sido nunca lo que llaman españolista ni patriotero. Pero, ante estas cosas, me indigno. Y si esas gentes van a descuartizar España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos las entenderíamos nosotros o nuestros hijos, o quien fuere. Pero esos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco.


Casi un año después, Negrín comunicó sentimientos semejantes a su ministro de Gobernación, Zugazagoitia, que sumió así: 


Esa puede ser, muy concreta, una razón por la que me mar che del Gobierno. No estoy haciendo la guerra contra Franco para que retoñe en Barcelona un separatismo estúpido y pueblerino. De ninguna manera. Estoy haciendo la guerra por España y para España. Por su grandeza y para su grandeza. Se equivocan gravemente los que otra cosa supongan. No hay más que una nación: ¡España! No se puede consentir esta sorda y persistente campaña separatista, y tiene que ser cortada de raíz, si se quiere que yo continúe siendo ministro de Defensa y dirigiendo la política del Gobierno, que es una política nacional. [...] Antes de consentir campañas nacionalistas que nos lleven a desmembraciones, que de ningún modo admito, cedería el paso a Franco sin otra condición que la que se desprendiese de alemanes e italianos.


A pesar de todo, Negrín no podía prescindir de la fachada pesar política que ofrecían los nacionalistas vascos católicos. En 1938 estaba tan contra las cuerdas que aceptó la sugerencia de Aguirre de que la cada vez más pequeña zona republicana mostrase algo de tolerancia religiosa para intentar influir sobre la opinión católica e internacional.


Cuando en marzo de aquel año Léon Blum regresó a la Presidencia del Gobierno en Francia, los dirigentes de Esquerra y del PNV creyeron que había llegado su momento. Por vez primera, el Gobierno francés tomó en consideración la intervención militar y Companys y sus colegas volvieron a soñar con una Cataluña bajo protección francesa, incluso asociada con el país vecino. Pero el Gobierno de Blum desechó la idea, y no hay ningún dato que nos lleve a pensar que en algún momento se tomó en serio la posibilidad de crear un protectorado en Cataluña.


A mediados de agosto, Esquerra y el PNV provocaron la penúltima crisis de la República: retiraron a sus ministros del Gobierno como gesto de protesta por la puesta bajo control estatal de la industria bélica catalana, cuya nacionalización había tenido lugar hacía poco. Para entonces, Esquerra llegó a estar marginada en Cataluña y los ministros que dimitieron fue ron reemplazados rápidamente por otros del PSUC y del pequeño partido izquierdista Acción Nacionalista Vasca.


La crisis de los Sudetes de 1938, que pisaba los talones a esta remodelación gubernamental, dio nuevas alas a los separatistas, porque, para justificar la separación de esta región de Checoslovaquia, Hitler se apoyó en el principio de autodeterminación de los pueblos. Como ya habían demostrado antes -aunque siempre de forma muy reservada-, los vascos y los catalanistas de izquierdas estaban más que dispuestos a negociar con el Eje.


El «problema vasco», por ejemplo, se presentaba de manera diferente según fuese el interlocutor: a Francia le garantizaban “la seguridad de su frontera sur con un Estado [vasco] amigo”, lo que suponía renunciar a la región vasco-francesa; al Reino Unido le ofrecían «nuestra riqueza industrial, minera, etcétera»; a los fascistas italianos les expresaban «simpatía, en la creencia de que serán elementos que pesen en la balanza, haciendo notar nuestras relaciones con el Pacto de S. [Santoña]», y a los nazis les hablaban de «raza, derecho de autodeterminación de los pueblos, plebiscito»". 


Durante el otoño de 1938, los nacionalistas vascos instaron a franceses y británicos a que aplicaran la «solución Múnich» a España, con París y Londres en el papel de Berlín. Pretendían hablar en nombre de un «pueblo vasco» sólido y democrático, aunque, de hecho, en las elecciones de 1936 solo un tercio de ese «pueblo» les había votado . Mientras Esquerra intentaba negociar en París, un delegado del PNV enviado al Foreign Office en Londres presentó a los nacionalistas vascos como una entidad extraespañola, totalmente diferente de «los dos bandos españoles en lucha», y como una «oposición al Gobierno de Negrín». Según esta fantasía, el PNV era la única «fuerza de la reacción democrática» en España.


A finales de 1938, la moral catalana estaba por los suelos y la campaña que Franco desarrolló entre diciembre y febrero apenas encontró resistencia. Pese a que más de 200.000 civiles cruzaron la frontera en febrero, junto a un número similar de soldados, la mayoría de ellos regresó muy pronto a España -una realidad que normalmente se ignora-.


Es importante resaltar que las maniobras separatistas no acabaron con el final de la Guerra Civil. Por el contrario, prosiguieron en los años cuarenta y los vascos fueron los más activos. El PNV intentó negociar con un Hitler que se encontraba en la cima de su poder y Aguirre se pasó la primera mitad de 1941 en Alemania, maniobrando en vano para que este país respaldara la separación del País Vasco. Puesto que no lo consiguieron, intentaron jugar de nuevo la baza aliada a finales de año.


Varios agentes vascos comenzaron a trabajar para los servicios de inteligencia y la Oficina de Servicios Estratégicos (OSE) de Estados Unidos, tanto dentro de España como, e incluso más, en Europa Occidental y Sudamérica. También cooperaron con la resistencia francesa y ayudaron a los refugiados y a los pilotos aliados derribados mientras intentaban cruzar los Pirineos. Incluso llegaron a facilitar informes distorsionados a la OSE norteamericana con los que pretendían demostrar que España estaba a punto de entrar en la guerra mundial y provocar de ese modo que estallara un nuevo conflicto entre España y Estados Unidos, si bien la embajada norteamericana en Madrid pudo comprobar la falsedad de esas afirmaciones. Los nacionalistas tenían puestas sus esperanzas en que, ya fuera por la Segunda Guerra Mundial, ya fuera por sus secuelas, España terminaría desmembrándose. Pero volvieron a verse defraudados.


Fuente: "La Revolución Española 1936-1939", Stanley G. Payne