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Semblante de Hernán Cortés - Bernal Díaz del Castillo




Capítulo CCIV. De lo que el marqués hizo cuando estaba en Castilla (Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Puesta en español por Lorenzo Martín del Burgo. Libros del Asteroide).

 Quiero decir la edad que tenía, según mis cuentas: por lo que recuerdo, el año que fuimos con Cortés desde Cuba a la Nueva España fue el 1519, y entonces solía decir, conversando con todos nosotros, los compañeros que vinimos con él, que tenía treinta y cuatro años y, con veintiocho que habían pasado hasta que murió, hacen sesenta y dos. Las hijas e hijos legítimos que dejó fueron don Martín Cortés, que ahora es marqués, y doña María Cortés, la que he dicho que tenía concertado el casamiento con don Álvaro Pérez Osorio, heredero del marquesado de Astorga, que después esta doña María se casó con el conde de Luna, de León; y doña Juana, que se casó con don Hernando Enríquez, que ha de heredar el marquesado de Tarifa; y doña Catalina de Arellano, que murió joven en Sevilla; aunque sé que la señora marquesa doña Juana de Zúñiga, su madre, se la llevó a Castilla cuando vino a por ellas un fraile que se llama fray Antonio de Zúñiga, el cual era hermano de la propia marquesa. También se casó otra señora doncella que estaba en México llamada doña Leonor Cortés con Juanes de Tolosa, vizcaíno, persona muy rica, que tenía más de cien mil pesos y unas minas, del cual casamiento el marqués se enfadó mucho cuando vino a la Nueva España. Y también dejó dos hijos varones bastardos, que se llamaban don Martín Cortés, caballero comendador de Santiago, al que tuvo con doña Marina la intérprete; y don Luis Cortés, que también fue comendador de Santiago, que tuvo con otra señora que se llamaba doña Fulana de Hermosilla. Y tuvo otras tres hijas ilegítimas: una la tuvo con una india de Cuba que se llamaba doña Fulana Pizarro y la otra con otra india mexicana, y otra que nació jorobada, que tuvo con otra mexicana; y sé que estas señoras doncellas tenían buena dote, porque desde niñas les dio buenos indios, en unos pueblos que se llaman Chinanta.  

El testamento y las últimas voluntades que dejó yo no los conozco bien, pero tengo para mí que, como persona sabia que era, y como tuvo mucho tiempo para hacerlo, porque además ya era viejo, sé que lo haría con mucha cordura, y mandaría descargar su conciencia. Mandó que hiciesen un hospital y un colegio en México; y también mandó que en una villa suya que se llama Cuyuacán, que está a unas dos leguas de México, se hiciese un monasterio de monjas, y que trajesen sus huesos a la Nueva España; y dejó buenas rentas para cumplir su testamento y últimas voluntades, que fueron muchas, buenas y propias de un buen cristiano. No las declaro por evitar prolijidad, y también por no acordarme de todas; aquí no las relato. 

 

El emblema y el blasón heráldico que llevaba en sus escudos de armas y pañuelos eran los propios de un muy valeroso caballero y conforme a sus heroicos logros, y estaban en latín; y, como yo no sé latín, no los declaro. Y tenía pintado en ellos siete cabezas de reyes presos en una cadena, y lo que a mí me parece, según vi y entiendo, fueron los reyes que ahora diré: Montezuma, gran señor de México; y Cacamatzin, sobrino de Montezuma, que también fue gran señor de Tezcuco; y Coadlavaca, asimismo señor de Iztapalapa y del otro pueblo; y el señor de Tacuba y el señor de Cuyuacán y otro gran cacique, señor de dos provincias, que llamaban Tulapa, junto a Matalcingo; este que he dicho decían que era hijo de una hermana de Montezuma y el más próximo heredero de México después de Montezuma; el último rey fue Guatémuz, el que nos combatió y defendía la ciudad cuando ganamos la gran ciudad de México y sus provincias. Y estos siete grandes caciques son los que el marqués traía en sus pañuelos y blasones de armas, porque yo no me acuerdo que se hubiese apresado a otros que fuesen reyes, como tengo dicho en el capítulo que habla de ello.  


Pasaré adelante y hablaré del aspecto y carácter de Cortés. Fue una persona de buena estatura y talle, bien proporcionado y fornido. El color de su cara tiraba un poco a ceniciento, y no era muy alegre; y, si tuviera el rostro un poco más alargado, tendría mejor apariencia, y sus ojos al mirar parecían afectuosos y por otra parte severos. Tenía las barbas un poco oscuras, pocas y ralas; y el cabello, según lo tenía en aquel tiempo, era de la misma manera que las barbas. Tenía el pecho alto y la espalda de buena manera, y era delgado, de poca barriga y tenía las piernas un poco arqueadas, y los muslos y las manos bien estirados. Era buen jinete y hábil con todo tipo de armas, tanto a pie como a caballo, y sabía manejarlas muy bien y, sobre todo, con corazón y coraje, que es lo que hace al caso. Oí decir que de joven en la isla Española fue un poco travieso con las mujeres y que algunas veces se peleó a cuchilladas con hombres valientes y hábiles, y siempre salió victorioso. Tenía una cicatriz de una cuchillada cerca del labio inferior, que, si se miraba bien, se le veía, aunque se la tapaba con las barbas, la cual le hicieron cuando andaba en aquellas grescas.  


En todo lo que mostraba, tanto en su persona como en sus palabras y conversación, y en el comer y el vestir, en todo daba muestras de gran señor. Los vestidos que se ponía eran según el tiempo y la moda, y no le importaba nada llevar muchos tejidos de seda ni de damasco o raso, sino solo vestir llanamente y muy pulcro. Tampoco llevaba grandes cadenas de oro, salvo una cadenita de oro de primorosa composición con una joya pequeña con la imagen de Nuestra Señora la Virgen Santa María con su Hijo precioso en los brazos, y con una inscripción en latín en alabanza de Nuestra Señora; y en la otra cara de la joyita a San Juan Bautista, con otra inscripción; y también llevaba en el dedo un anillo de mucho valor con un diamante. En la gorra, que entonces se solía llevar de terciopelo, traía una medalla: no me acuerdo del rostro ni de la inicial que había representados en la medalla, aunque después, pasado el tiempo, llevó siempre la gorra de paño sin ella. 

 

Le servían muy opulentamente, como a un gran señor, dos camareros y mayordomos y muchos pajes, y todo el servicio de su casa era muy obsequioso, y tenía grandes vajillas de plata y de oro. Comía bien y bebía una buena taza de vino aguado como de la cuarta parte de un azumbre, y también cenaba; no era nada sibarita ni se preocupaba nada por comer manjares exquisitos ni costosos, salvo cuando veía que había necesidad de que se gastase lo que la ocasión requería. Era de trato muy afable con todos nuestros capitanes y compañeros, en especial con los que vinimos con él de la isla de Cuba la primera vez. Sabía latín, y oí decir que era bachiller en leyes, y cuando hablaba con letrados y hombres cultos, respondía a lo que le decían en latín. Era bastante poeta: hacía coplas en verso y con rimas, y al conversar hablaba de forma muy agradable y con muy buena retórica; rezaba por las mañanas con un libro de rezos y oía misa con devoción. 

 

Tenía por su mayor abogada a la Virgen María, nuestra señora, a la cual todos los fieles cristianos debemos tener como nuestra intercesora y abogada; y también a San Pedro, a Santiago y a San Juan Bautista; y daba limosnas con frecuencia. Cuando juraba decía: «Por mi conciencia»; y, cuando se enojaba con algún soldado de los nuestros, sus amigos, le decía: «¡Oh, mal pese a vos!»; y, cuando estaba muy enojado, se le hinchaba una vena de la garganta y otra de la frente, e incluso algunas veces, de muy enojado, lanzaba un lamento al cielo; y no decía palabra fea ni injuriosa a ningún capitán ni soldado. Era muy sufrido, porque hubo soldados muy desconsiderados que le decían palabras descorteses, y no les respondía con una palabra mala ni ofensiva; y, aunque había justificación para ello, lo más que les decía era: «callad y escuchad»; o «id con Dios, y de aquí en adelante tened más respeto en lo que dijereis, porque os castigaré por ello».  


Era muy testarudo, en especial en las cosas de la guerra, que, por más consejos y recomendaciones que le decíamos sobre cosas temerarias que nos mandaba hacer durante los combates y batallas, como cuando asediamos los pueblos grandes de la laguna; o cuando, en los peñones que ahora llaman del Marqués, le dijimos que no subiésemos arriba a unas fortalezas y peñas sino que las rodeásemos, por causa de las muchas piedras enormes que nos lanzaban desde lo alto de la fortaleza que venían rodando a saltos, porque era imposible defendernos de la fuerza e ímpetu con que venían, y era arriesgarnos a morir todos, porque no bastaría con nuestro esfuerzo ni buen consejo ni sensatez. Aun así insistió obstinadamente contra todos nosotros, y tuvimos que comenzar a subir y corrimos mucho peligro, y murieron ocho soldados y todos los demás salimos dañados y heridos sin lograr cosa que de contar sea, hasta que logramos hacerle cambiar de opinión. Además de esto, de camino a las Hibueras, cuando Cristóbal de Olid se sublevó con la armada, yo le dije muchas veces que fuésemos por las sierras, y se obstinó en que era mejor por la costa, y tampoco acertó, porque, si hubiésemos ido por donde yo decía, toda la tierra estaba habitada. Para que lo entienda bien quien no lo ha andado, es por el camino recto desde Guazacualco a Chiapa, y de Chiapa a Guatemala, y de Guatemala a Naco, que es donde en aquel momento estaba Cristóbal de Olid.  


Dejemos estos asuntos, y contaré que, cuando vinimos con nuestra armada a la Villa Rica y comenzamos a construir la fortaleza, el primero que cavó y sacó tierra de los cimientos fue Cortés. En todas las batallas siempre le vi que entraba en ellas juntamente con nosotros. Comenzaré por las batallas de Tabasco, que él fue como capitán de los jinetes y peleó muy bien; en cuanto a la Villa Rica, ya he hablado acerca de la fortaleza. También se avino a hundir, como finalmente hundimos, los once navíos por consejo de nuestros valerosos capitanes y fuertes soldados, y no como lo dice Gómara. En las guerras de Tascala, en tres batallas se mostró muy valiente; y, en cuanto a la entrada en México con cuatrocientos soldados, es cosa de meditar en ello, y más aún tener el atrevimiento de apresar al gran Montezuma dentro de sus palacios, teniendo tan grandes números de guerreros; y también digo que lo apresamos por consejo de nuestros capitanes y de la mayoría de los soldados. Y otra cosa que no es para olvidarse: que mandó quemar delante de sus palacios a unos capitanes de Montezuma porque participaron en la muerte de un capitán nuestro que se llamaba Juan de Escalante y de otros siete soldados, los cuales capitanes indios se llamaban Quezalpopoca y del otro no recuerdo su nombre; poco importa, que no hace a nuestro caso. Y también ¡qué atrevimiento y osadía fue ir con dádivas de oro y ardides de guerra contra Pánfilo de Narváez, capitán de Diego Velázquez, que traía más de mil trescientos soldados, y traía noventa jinetes, otros tantos ballesteros y ochenta espingarderos, que así se llamaban; y nosotros con doscientos sesenta y seis compañeros, sin caballos ni escopetas ni ballestas, sino solamente nuestras picas, espadas, puñales y escudos, los derrotamos y apresamos a Narváez y otros capitanes!  


Pasemos adelante, y quiero decir que, cuando entramos otra vez en México en socorro de Pedro de Alvarado, y antes de que saliésemos huyendo, cuando subimos en el alto cu de Huichilobos, vi que se mostró muy viril, aunque no nos sirvieron de nada sus valentías ni las nuestras. En la derrota y muy famosa guerra de Otumba, cuando nos estaban esperando toda la flor y nata de los valientes guerreros mexicanos y todos sus vasallos para matarnos, allí también se mostró muy valiente cuando dio un encontronazo al capitán y alférez de Guatémuz, que le hizo tirar sus banderas y perder el gran brío del valeroso pelear de todos sus escuadrones que con tanto valor peleaban contra nosotros. Y le ayudaron, después de Dios, nuestros valientes capitanes, que fueron Gonzalo de Sandoval, Cristóbal de Olid, Diego de Ordás, Gonzalo Domínguez, un tal Lares y otros valientes soldados que aquí no nombro, de los que no teníamos caballos. De los de Narváez también hubo intrépidos caballeros que ayudaron muy bien, y quien luego mató al capitán del estandarte fue un tal Juan de Salamanca, natural de Ontiveros, y le quitó un rico penacho y se le dio a Cortés.  


Pasemos adelante, y diré que también se halló Cortés juntamente con nosotros en una batalla bien peligrosa, en lo de Iztapalapa, y actuó como buen capitán; y en la de Suchimilco, cuando le derribaron los escuadrones mexicanos del caballo Romo y le ayudaron algunos de nuestros amigos tascaltecas, y sobre todo un valiente soldado nuestro que se llamaba Cristóbal de Olea, natural de Castilla la Vieja. Presten atención a esto que diré, que uno era Cristóbal de Olid, que fue maestre de campo, y otro era Cristóbal de Olea, de Castilla la Vieja; y declaro esto aquí para que no me lo discutan y digan que estoy equivocado. También se mostró nuestro Cortés como un valiente cuando en el asedio de México, en una calzadilla, los mexicanos le desbarataron y llevaron a sacrificar sesenta y dos de sus soldados, y al propio Cortés le tenían asido y agarrado para llevarle a sacrificar, y le habían herido en una pierna; y quiso Dios que, por su buen esfuerzo, y porque le socorrió el propio valentísimo soldado Cristóbal de Olea, que fue el que la otra vez en Suchimilco le libró de los mexicanos, y le ayudó a cabalgar y salvó a Cortés la vida, y el valeroso Olea quedó allí muerto con los demás que he dicho. Ahora que lo estoy escribiendo se me representa la figura y el aspecto de la persona de Cristóbal de Olea y de su muy gran valentía, y todavía me entra la tristeza, por ser de mi tierra y pariente de mis parientes.  


No quiero contar otras muchas proezas y hazañas heroicas que vi que hizo nuestro marqués don Hernán Cortés, porque son tantas y de tal manera que no acabaré tan rápido de relatarlas. Volveré a hablar de su carácter, que era muy aficionado a los juegos de naipes y de dados, y cuando jugaba era muy afable en el juego y decía algunas gracietas que suelen decir los que juegan a los dados. Era aficionado en demasía a las mujeres, y celoso en vigilar a las suyas. Era muy cuidadoso en todas las conquistas que hicimos, y una noche y muchas noches hacía la ronda, y andaba inspeccionado a los centinelas y entraba en las chozas y aposentos de nuestros soldados, y al que hallaba sin la armadura o descalzo sin las alpargatas le regañaba, y le decía que «a la oveja ruin le pesa la lana», y se lo reprendía con palabras ácidas. Cuando fuimos a las Hibueras vi que había adoptado una mala costumbre o hábito que no solía tener en las guerras pasadas: que cuando había comido, si no se echaba una siesta, se le revolvía el estómago, vomitaba y se ponía malo. Para evitar estos achaques, cuando íbamos en el camino le ponían debajo de un árbol o de otra sombra una alfombra que llevaban a mano para aquel efecto, o una capa; y, por más sol que hiciese, o lloviese, no dejaba de dormir un poco, y luego seguía el camino. También vi que, cuando estábamos en las guerras de la Nueva España, era delgado y tenía poca barriga, y después de que volvimos de las Hibueras engordó mucho con una gran barriga, y vi también que se teñía de negro la barba, en la que antes se le notaban las canas. También quiero decir que solía ser muy dadivoso cuando estaba en la Nueva España y la primera vez que fue a Castilla. Pero cuando volvió la segunda vez, en el año de 1540, le tenían por tacaño y le puso pleitos un criado suyo que se llamaba Ulloa, hermano de otro al que mataron, porque no le pagaba su servicio. 

 

También, si bien se quiere considerar y reflexionamos sobre ello, después de que ganamos la Nueva España siempre tuvo dificultades y gastó muchos pesos de oro en las expediciones que hizo a la California; no tuvo tampoco fortuna en el viaje de las Hibueras, ni tampoco me parece que la tiene ahora su hijo don Martín Cortés: ¡siendo señor de tantas rentas, haberle venido la gran desventura que cuentan de su persona y de sus hermanos! ¡Nuestro Señor Jesucristo lo remedie y al marqués don Hernán Cortés le perdone Dios sus pecados! Estoy seguro de que se me habrán olvidado otras cosas que escribir sobre la naturaleza de su valerosa persona; escribo lo que vi y recuerdo. A la otra señora doncella, su hija, no sé si la metieron a monja o la casaron. Oí decir que en Valladolid un caballero se casó con ella; no lo sé bien. Su otra hija que era jorobada oí decir que la metieron a monja en Sevilla o en Sanlúcar. No sé sus nombres, y por esto no los digo, ni tampoco diré qué se hizo con los mil pesos de oro que tenían para sus casamientos.

Cesare Pavese - El oficio de vivir



 Una mujer que no sea una estúpida, antes o despues encuentra un hombre sano y lo reduce a escombros. Lo consigue siempre. 

Hacer poesías es como hacer el amor: nunca se sabrá si el propio gozo es compartido. 

No, no está loca esta gente que se divierte, que disfruta, que viaja, que jode, que lucha -no están locos, pues la verdad es que también querríamos hacerlo nosotros. 

La única alegría del mundo es comenzar. Es bello vivir porque vivir es comenzar. siempre, a cada instante. Cuando falta este sentimiento -prisión, enfermedad, costumbre, estupidez-, querríamos morirnos. 

¿Por qué olvidamos a los muertos? Porque ya no nos sirven. 

La tremenda verdad es ésta: sufrir no sirve para nada. 

Lo único que cuenta en el amor es tener a la mujer en la cama y en casa: todo lo demás son patrañas, sucias patrañas. 

¿Por qué no se busca la muerte voluntaria, que sea una afirmación de libre elección, que exprese algo? ¿En vez de dejarse morir? ¿Por qué?

Te quiero tanto que deseo haber nacido hermano tuyo, o haberte puesto en el mundo yo mismo.

Quede claro, de una vez por todas, que estar enamorado es un hecho personal que no considera al objeto amado -ni siquera cuando éste corresponde. Se cambia -también en este caso- gestos y palabras simbólicos en los que cada uno lee lo que tiene dentro de sí y, por analogía supone en el otro. 

El arte de hacerse amar consiste en tergiversaciones, inquietaciones, desdenes, avaras concesiones que epidérmicamente resultan dulcísimas y atan al desdichado con doble lazo; pero en el fondo de su corazón y en su instinto hacen nacer e incubar un rabioso rencor que se manifiesta en desamor y deseo tenaz de venganza. Hacer esclavos es mala política, y ya se ha visto, y se seguirá viendo. 

La tragedía de siempre: sabe hacerse amar solo quien sabe hacerse odiar, por la misma persona. 

Por muy santos que seamos, saber que otro folla nos disgusta y nos ofende. 

Hay algo más triste que envejecer, y es continuar siendo un niño.

Amar a otra persona es como decir: de ahora en adelante esta otra persona pensará en mi felicidad más que en la suya. ¿Hay algo más imprudente?

Quien no está celoso hasta de las bragas de su bella, no está enamorado. 

El arte de vivir es el arte de saber creerse las mentiras. Lo tremendo es que, no sabiendo quid sit veritas (qué es verdad), sí que sabemos lo que es la mentira.

No es de ningún modo ridículo o absurdo que, pensando en matarse, a uno le fastidie y le espante caer bajo un automóvil o coger una enfermedad. 

Las putas trabajan a sueldo. ¿Pero qué mujer se entrega sin haberlo calculado?

La vida es dolor y el amor gozado es un anestésico, ¿y quién querría despertarse en medio de una operación?

Para despreciar el dinero hay que tenerlo, y mucho. 

En la vida, les sucede a todos que se encuentran con una puerca. A poquísimos, que conozcan a una mujer amante y decente. De cada cien, noventa y nueve son puercas. 

¿Por qué nuestra hermana nos parece a todos un ángel, un lirio, etc.? Porque no se tiene relaciones con ella. Inicia estas relaciones con la más angélica de las mujeres y encontraras a la zorra y a la inconsciente. 

Los que viven más solitarios se sienten impulsados, cuando encuentran una respuesta en el prójimo, a lanzarse con más entusiasmo y exclusividad. 

¿Te gustan las cosas absolutas? No puedes construir un amor totalitario: construye una bondad totalitaria. Pero no hagas gilipolleces: excluye el sexo. 

¿Por qué casi todos han sufrido un desengaño amoroso? Porque el amor al que se han lanzado con ímpetu los debe traicionar -por la ley según la cual sólo se obtiene lo que se solicita con indiferencia. 

Nunca le falta a nadie una buena razón para matarse. 

La muerte es el reposo, pero el pensamiento de la muerte es el perturbador de todo reposo.

Estoy retrasado por lo menos ocho años respecto a mis coetáneos. Generalmente, a los veintidós años están ya convencidos de lo que a los treinta no me convence todavía. 

El mundo vive con la astucia. Y está bien. Solamente los astutos saben hacer el mal, y triunfan. Quien sufra de este estado de cosas y decida hacer una guardada para vengarse, para ponerse en su sitio, para triunfar, debe considerar que luego le tocará vivir con astucia, saber triunfar, porque, de otra manera, la astuta guardada cometida antes solo servirá para atormentarle, contrastando con todo su persistente estado de no-astuto, de no-guarro, de inepto. 

El arte de vivir -dado que para vivir hay que afligir a los demás (véase vida sexual, véase comercio, véase toda actividad)- consiste en acostumbrarse a hacer todas las canalladas sin estropear nuestra compostura interior. Ser capaz de cualquier canallada es el mejor bagaje que pueda tener un hombre.

Tan estúpido, que para encontrarle un fin a su vida ha tenido que hacer un hijo. 

Conforme pasan los años, en la cara de cada uno se va dibujando más su calavera. 

Los hombres que tienen una tempestuosa vida interior y no tratan de desahogarse con los razonamientos o con la escritura, son sencillamente hombres que no tienen una tempestuosa vida interior. 

Dale una compañía al solitario y hablará más que nadie. 

No debemos quejarnos si una persona queridísima tiene a veces con nosotros actitudes odiosas que nos sacan de quicio o nos hacen sufrir de cualquier modo. No debemos quejarnos, sino atesorar ávidamente estas iras y amarguras nuestras: nos servirán para aliviar el dolor el día que esa persona llegue a faltarnos de alguna manera. 

Si una mujer no traiciona, es porque no le conviene.

Es una tontería afligirse por la pérdida de una compañía: esa persona podíamos no encontrarla nunca, luego podemos prescindir de ella.

La religión consiste en creer que todo lo que nos sucede es extraordinariamente importante. Nunca podrá desaparecer del mundo, precisamente por esta razón. 

No es verdad que la muerte nos llegue como una experiencia en la que todos somos inexpertos (Montaigne). Todos, antes de nacer, estábamos muertos. 

Todos somos capaces de malos pensamientos, muy raramente de malas acciones. Todos sabemos realizar buenas acciones; pero buenos pensamientos, pocos. 

Al leer no buscamos ideas nuevas, sino pensamientos ya pensados por nosotros que adquieren en la página un sello de confirmación. Nos impresionan las palabras ajenas que resuenan en una zona ya nuestra -que ya vivimos- y al hacerla vibrar nos permiten encontrar nuevos motivos dentro de nosotros. 

Cada época de la vida se multiplica en las sucesivas reflexiones de las otras: la más corta es la vejez porque ya no será repensada. 

La parte que sufre en nosotros es siempre la parte inferior. Como también la parte que goza. Solamente la parte serena es superior. 

El hombre es esclavo, lo más, del vicio, pero la mujer -después del coito- es esclava de las probables consecuencias; de donde su tremenda maña en estas cosas.

Comoquiera que a una mujer hay que dejarla antes o después, lo mismo da dejarla en seguida. 

Se da limosna para quitarse de delante al miserable que la pide. 

La persona o la institución a la que encargamos de hacernos felices tiene derecho a quejarse si le recordamos que no obstante continuamos siendo libres y dueños de resistirnos. Todo lo que no podemos hacer solos disminuye nuestra libertad. 

Si una vida absolutamente libre de todo sentimiento de pecado fuese realizable, estaría tan vacía que daría miedo. 

Quien tiene una pasión dominante, odia en función de ella al género humano, porque todos le parecen, en relación con su pasión, rivales o, en cualquier caso, resistencias. 

Mientras haya alguien odiado, desconocido, ignorado, habrá algo que hacer en la vida: acercarse a este hombre. 

Las mujeres no son nunca protagonistas, son siempre vistas por otros. 

Señal segura de amor es desear conocer, revivir, la infancia del otro. 

El amor tiene la virtud de desnudar, no a los dos amantes uno enfrente de otro, sino a cada uno de los dos ante sí mismo. 

Los grandes amantes serán siempre desgraciados, porque para ellos el amor es grande y exigen por ello a la bienaimée la misma intensidad de pensamientos que ellos sienten por ella, pues en caso contrario se sienten traicionados. 

A una mujer le repugna un hombre que piense en ella día y noche, por la razón de que ella no lo hace. 

No es verdad que con el paso de los años el amor se haga menos tremendo. A los acostumbrados sufrimientos (celos, deseo, etc. ) se une el terror del tiempo que huye irreparable. 

Nadie renuncia a los que conoce. Se renuncia sólo a lo que se ignora. He aquí por qué los jóvenes son menos egoístas que las personas maduras y los viejos. 

Las cosas se consiguen cuando ya no se desean. 

Para consolar al joven al que le sucede una desgracia, se le dice: "Sé fuerte, tómatelo con buen ánimo; te protegerás para el futuro. A todos les sucede una vez, etc." Nadie piensa en decirle lo que, en cambio, es verdad: esta misma desgracia te sucederá dos, cuatro, diez veces; te sucederá siempre porque, si estás hecho de manera que te has expuesto a esta ocasión, lo mismo tendrá que sucederte en el futuro. 

Cuando pases un día sin presuponer ni implicar en ningún gesto tuyo la presencia de otros, podrás llamarte heroico. 

La estrategia amorosa se sabe emplear sólo cuando no se está enamorado. 

¡La fuerza de la indiferencia! Es la queja permitido a las piedras durar inmutables durante millones de años. 

A quien no se salva por sí mismo no le salva nadie, nadie puede salvarle. 

Llega un día en que por quien nos ha perseguido sólo sentimos indiferencia, cansancio de su estupidez. entonces, perdonamos. 

¿Cómo puede Dios pretender las largas humillaciones en la oración, las interminables repeticiones del culto? ¿No te gusta a ti, por instinto, un rápido pensamiento de agradecimiento, una mirada que te une con el favorecido, y no odias las quejumbrosas expresiones de agradecimiento? Pero tú no eres Dios...

en el enojo que nos produce un ruido, un olor, una sensación desagradable -enojo repentino y bestial, agudísimo- está mezclada una ansia jubilosa de que la sensación se repita, de su autor reincida, como si quisiéramos tener tiempo y motivo de odiarle más, de enfurecernos. 

Llega una época en la que nos damos cuenta de que todo lo que hagamos se convertirá, a su tiempo, en recuerdo. Es la madurez. Para llegar a ella es preciso tener ya recuerdos. 

No es bonito ser niño: es bonito, siendo viejos, pensar en cuando éramos niños. 

No nos libramos de una cosa evitándola, sino tan solo pasando por ella. 

¡Vengarse de alguien! Haz como si le perdonases: abandónale a las venganzas de la vida. No hay transcurso de tiempo que no infrinja por sí, sin ayuda por parte del ofendido, cosas atroces a todos. 

Es bonito escribir porque reúne las dos alegrías: hablar solo y hablarle a una multitud. 

Piensa mal, no te equivocarás. 

Las mujeres son un pueblo enemigo, como el pueblo alemán. 

Esperar también es una ocupación. Lo terrible es no esperar nada. 

Hay un solo placer, el de estar vivos, y todo lo demás es miseria. 

Se aspira a tener un trabajo para tener derecho a descansar. 

Los problemas que agitan a una generación se extinguen para la generación siguiente, no porque hayan sido resueltos sino porque le desinterés general los abroga. 

Una obra no resuelve nada, así como el trabajo de una generación no resuelve nada. Los hijos -el mañana- vuelven a empezar siempre e ignoran alegremente a los padres, a lo ya hecho. Es más aceptable el odio, la rebelión contra el pasado que esta beata ignorancia. La bondad de las épocas antiguas era su constitución en la cual siempre se miraba al pasado. Éste es el secreto de su inagotable plenitud. Porque la riqueza de una obra -de una generación- está dada siempre por la cantidad ee pagado que contiene. 

Conclusiones sobre Franco y la Guerra Civil Española - Stanley G. Payne - Jesús Palacios

    

     Cuando por fin dio comienzo la "Ofensiva de la Victoria" sobre el frente de Madrid, el 27 de marzo de 1939, la resistencia se desvaneció, y el 1 de abril el Generalísimo, aquejado de una fuerte gripe, anunció que la Guerra Civil había concluido. ¿En qué medida contribuyó Franco a la victoria nacional? Sus críticos y los republicanos han venido insistiendo machaconamente en que la guerra la ganaron los alemanes y los italianos. Tal interpretación ha sido la contrapartida izquierdista a la idée fixe de la derecha: la Guerra Civil fue el resultado de una conspiración comunista, y sus principales responsables fueron los soviéticos. Ninguna de las dos versiones  -aunque útiles- responde totalmente a la realidad. Es cierto que la izquierda acabó dependiendo de los soviéticos, y puede que los nacionales no hubieran ganado sin la ayuda extranjera, pero fueron las propias tropas nacionales las que cargaron con el mayor peso de la guerra. Y la observación de Queipo de Llano de que con un comandante en jefe distinto los nacionales habrían perdido la guerra es probablemente cierta. Franco no fue un genio de la estrategia ni de la operatividad militar, y sus iniciativas a veces fueron demasiado lentas y simplistas, pero era un general metódico, organizado y efectivo. Se dice que los aficionados se entregan a la estrategia, mientras que los profesionales se ocupan de la logística, y Franco, como profesional, conocía la logística. Cada operación que llevaba a cabo estaba bien preparada y ningún ataque acabó en retirada. Franco se dio cuenta de que sus tropas estaban mejor equipadas en todos los sentidos. No fue solo una cuestión de mando militar, sino de mantener una eficaz administración civil y un frente interno que subiera la moral, movilizara a la población y fomentara unos niveles de producción económica superiores a los del otro bando, cuya economía fue hundiéndose progresivamente por los estragos de la revolución. Y no menos importante fue su actividad diplomática durante la guerra, que le garantizó la neutralidad de Gran Bretaña, que Francia solo prestara un apoyo limitado a la República y que contara con el refuerzo prácticamente ininterrumpido de los abastecimientos de Italia y Alemania.


        Alrededor de un tercio de los buques de guerra de la armada española se unieron a los nacionales, pero los oficiales que los mandaron fueron más efectivos. En 1937 se hicieron con el control de la costa norte, y luego del Mediterráneo, tras una ofensiva durante la segunda mitad de la guerra. La revolución había aniquilado a la mayor parte de los oficiales de la flota republicana, dejando a los buques sin mandos profesionales, lo que obligó a una estrategia defensiva cada vez más pasiva bajo la supervisión de los asesores soviéticos. Y pese a tener menos barcos, la armada de los nacionales atacó con determinación y firmeza a la republicana, de modo que el 2 de septiembre de 1937 consiguió bloquear la vía de abastecimiento de combustible soviética por el Mediterráneo.


    En el espacio aéreo, el bando nacional apenas si pudo disponer inicialmente de la cuarta parte de la obsoleta fuerza aérea española, pero con la ayuda inmediata de alemanes e italianos consiguió tener algunos recursos más. Sin embargo, el envío desde la Unión Soviética de un considerable número de pilotos y aviones modernos en el otoño de 1936 hizo que los republicanos pasaran a ser la fuerza dominante durante varios meses, algo que se equilibró con los nuevos envíos de aviones italianos y, sobre todo, con la Legión Cóndor alemana. Desde mediados de 1937, Franco fue haciéndose paulatinamente con el control aéreo hasta el final de la guerra. El bando nacional llegó a disponer de más de 1.600 aviones de toda clase, y los republicanos, de un centenar menos. A partir de 1937, algunos de los aviones alemanes eran de los más modernos que se fabricaban entonces en aquel país, y los aviadores españoles, italianos y alemanes eran mejores pilotos que los soviéticos, españoles y otros del bando republicano.


    La fuerza aérea nacional fue más efectiva en las operaciones de bombardeo y en la cobertura aire-tierra, donde la Legión Cóndor demostró su habilidad y competencia. A pesar de la resonancia de Guernica y del énfasis que puso la propaganda republicana en el bombardeo de las ciudades, lo cierto es que hubo muy pocos bombardeos de terror importantes por cada lado. Los ataques indiscriminados sobre las ciudades fueron de baja escala y hubo más por el lado republicano. El bombardeo estratégico como el que luego se vio en la Segunda  Guerra Mundial nunca fue utilizado por ninguno de los dos bandos, entre otras razones porque no dispusieron de bombarderos pesados. El más destructivo no fue sobre Guernica, sino sobre Barcelona, que fue bombardeada durante tres días en marzo de 1938 por orden expresa de Mussolini. Los aviones italianos con base en Mallorca mataron a casi un millar de personas, casi todas civiles. Aquella fue la única vez que Mussolini intervino personalmente en la dirección de las operaciones. Franco no fue informado inicialmente, y después se sintió disgustado porque Pío XI trasladó su protesta al bando nacional, en lugar de dirigirla al dictador italiano. Pero Franco tuvo que refrenar su disgusto e incomodidad por la dependencia de la ayuda italiana. En términos generales, y con la excepción de varias incursiones aéreas sobre Madrid en noviembre de 1936, la política de bombardeos de Franco se limitó a objetivos militares y de abastecimientos, y fue muchísimo más selectiva que la de los británicos y los estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial.


    Hubo diversos factores que contribuyeron a la victoria de Franco y a la derrota de los republicanos. Los más importantes fueron los siguientes:


1. La política irresponsable del gobierno de Azaña/Casares Quiroga durante las semanas previas al conflicto, que despreciaron a la oposición sin valorar las graves consecuencias que tendría un conflicto armado, y mantuvieron una política de hostigamiento y provocación que incitó a la oposición a rebelarse.


2. La superior cohesión del bando nacional durante la guerra.


3. El liderazgo de Franco, que mostró una gran iniciativa durante los difíciles primeros meses de la contienda, y luego supo imponer y mantener una fuerte unidad que eliminó los conflictos políticos, concentrando los recursos en el esfuerzo de la guerra. Y además, su acción diplomática para obtener el apoyo de Hitler y Mussolini, manteniendo unas relaciones adecuadas con las democracias occidentales.


4. Una mayor asistencia militar a los nacionales desde el exterior, al menos durante los dos últimos años de la guerra. Y un uso mucho más eficaz que el de los republicanos de la ayuda soviética. Además, los nacionales incrementaron sus recursos con las armas y los prisioneros capturados a los republicanos, por lo que en la última fase de la guerra, al menos una cuarta parte de sus armas habían sido arrebatadas al enemigo.


5. Una eficiente movilización social y económica de la población y de los recursos de la zona nacional, utilizados de manera más efectiva que en la zona republicana.


6. La importante desunión de los republicanos, que impidió una plena movilización y concentración de sus fuerzas, lo que para Negrín y otros líderes fue su principal debilidad. Ello implicó numerosas divisiones internas: desde la desunión de los socialistas a la disidencia de los anarquistas y los nacionalistas vascos y catalanes, e incluso las políticas sectarias de los comunistas.


7. Las consecuencias destructivas de la revolución violenta en la zona republicana, que dividió a la izquierda y perjudicó gravemente la movilización e indispuso, en un principio, a la opinión pública de las democracias occidentales, al tiempo que se for talecía la resistencia de los nacionales. Quizá el aspecto más contraproducente fue iniciar una persecución contra la religión, que cristalizó en el apoyo total y constante de la Iglesia a los nacionales, elemento determinante en el mantenimiento de la moral y el compromiso.


    El conflicto español fue único, desde el punto de vista militar, entre todas las guerras civiles europeas de la primera mitad del siglo XX. Proporcionalmente, fue el que movilizó más efectivos y el más avanzado en operaciones y armamento, aunque ambos bandos emplearon una enorme variedad de armas importadas. En su transcurso, los soviéticos, alemanes e italianos introdujeron en España su armamento más moderno, como los aviones soviéticos y alemanes, los tanques soviéticos y las baterías antiaéreas alemanas. Hasta cierto punto, las tres potencias utilizaron la guerra como un campo de pruebas para armas y tácticas, aunque esa no fuera la razón principal de su intervención. La nueva táctica más importante fue el empleo de las armas combinadas: el intento de coordinar la infantería y la artillería, los tanques y, sobre todo, el apoyo aire-tierra, incluido el bombardeo en picado de los alemanes. Dicho empleo táctico se convertiría en una nueva doctrina en las fuerzas soviéticas y alemanas, pero en la Guerra Civil española solo pudieron aplicarse de manera muy elemental. No obstante, el uso táctico de las armas combinadas se desarrolló con una mayor eficacia entre los nacionales y tuvo un destacado papel en todas las grandes ofensivas del bando nacional a partir de la primavera de 1937. Los pilotos españoles del bando nacional crearon innovaciones propias, como el ametrallamiento de las posiciones enemigas "en cadena", una sucesión de pasadas de los cazas atacando el objetivo una y otra vez. 


    De todos modos, el uso táctico de las armas combinadas se desarrollaría completamente en la Segunda Guerra Mundial y no en la guerra española. Por ello la afirmación de que los alemanes probaron en España la Blitzkrieg es una exageración y forma parte de la fantasía, ya que ni la doctrina ni las armas estaban suficientemente desarrolladas entre 1936-1938. Los tanques alemanes que se enviaron a España eran pequeños y con escaso armamento, nada que ver con los grandes y potentes vehículos de la Unión Soviética. Además, la mayor parte de la guerra en España se desarrolló en un terreno escarpado y montañoso, muy diferente a los campos y las carreteras de Polonia, Francia o la Unión Soviética, donde las operaciones con tanques fueron mucho más abiertas. Los soviéticos en raras ocasiones hicieron un uso eficaz de sus blindados, mientras que los pequeños tanques alemanes e ita lianos se utilizaron de un modo bastante limitado.


    Hacia el final de la guerra, los mejores tanques del bando nacional fueron los 80 blindados soviéticos capturados a los republicanos, con los que se crearon dos pequeñas unidades de carros en el ejército nacional. Este fue uno de los muchos ejemplos del uso que hicieron los nacionales del armamento arrebatado al enemigo, indicativo de la su perioridad de sus armas en 1938. Lo mismo sucedió con los cazas soviéticos Polykarpov, fabricados en la zona republicana. Los que fueron capturados y reparados por el bando nacional volarían en la fuerza aérea de Franco durante casi quince años, y los blindados soviéticos formarían parte de sus brigadas de carros durante casi dos décadas, aunque se fueran quedando bastante obsoletos.


    En su aspecto militar, la Guerra Civil no fue un conflicto típico ni de la Primera ni de la Segunda Guerra Mundial, pero supuso una transición entre ambas, combinando elementos de una y de otra. Gran parte del armamento procedía de la Primera Guerra Mundial, pero su utilización, al igual que la aparición de los últimos modelos de artillería y de la aviación, fue un anticipo de la Segunda Guerra Mundial.


    Desde el inicio de la guerra, los republicanos afirmaron que la suya era una lucha contra el fascismo en un combate amplio que conduciría a una guerra mayor. Poco después, cuando Alemania y la Unión Sovié tica invadieron Polonia, declararon que el conflicto español había sido la «primera batalla» o «preludio» de la «primera ronda» de una guerra europea.  Pero el problema de este enfoque está en que los contendiendientes de la  guerra española entre 1936 y 1939 no fueron los mismos que los de la guerra europea de 1939-1940. La guerra española fue una clara lucha revolucionaria/contrarrevolucionaria entre la derecha y la izquierda, con las potencias fascistas apoyando a la derecha, y el poder totalitario soviético, a la izquierda. La guerra europea solo se inició tras el pacto de no agresión nazi-soviético de la entente pan-totalitaria. Todo lo contrario del conflicto español.


    Y fue solo posteriormente, después de que Hitler se volviera contra Stalin e invadiera la Unión Soviética, cuando el bando de los aliados empezó a parecerse a la alianza antifascista en España, y aún así, con notables diferencias. La «grand alliance» contra Hitler de 1941-1945 no fue un Frente Popular izquierdista, sino una amplia coalición internacional que iba desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha. El conservador y radical anticomunista británico Winston Churchill sería uno de los grandes líderes de la causa aliada, y siempre reconoció que si hubiera sido ciudadano español habría apoyado a Franco.


    Sin embargo, también hay que aceptar que la guerra de España desempeñó un importante papel en el desarrollo de las relaciones de poder europeas durante los últimos años de la década de los treinta. Fue un catalizador -aunque no el único- para la formación del eje Roma-Berlín en octubre de 1936, y su resultado representó, entre otras cosas, una victoria de la política exterior del Eje. La guerra de España no fue el principio de la Segunda Guerra Mundial, pero sí la más larga de la serie de crisis del periodo 1935-1938, en las las potencias que fascistas actuaron agresivamente y las democracias occidentales lo hicieron con pasividad, aunque los objetivos y las características fueran diferentes en cada caso. La política de Hitler de utilizar y desear que el conflicto español se prolongara después de 1936, para desviar la atención de su rearme y expansión en Europa central, tuvo éxito. Calculó correctamente que la guerra dividiría aún más a Francia internamente, y desviaría su atención sobre la política de rearme de Alemania, que como consecuencia del Tratado de Versalles aún no había alcanzado su nivel de paridad. En contraposición, la intervención soviética en España fue contraproducente para la URSS, que en abril de 1939 quedó más aislada de lo que estaba en julio de 1936.


    El estallido de la guerra europea no dependió del conflicto español, y habría tenido lugar aunque este no se hubiera producido. Incluso si la Guerra Civil se hubiera prolongado hasta el otoño de 1939, es dudoso que esto hubiera detenido la invasión alemana de Polonia. Como es más que improbable que el gobierno francés, cuya estrategia entonces era estrictamente defensiva, hubiera acudido en auxilio de la República de una manera significativa. Sin embargo, sin las complicaciones derivadas del conflicto en España, las democracias occidentales podrían haber tomado una posición de mayor firmeza frente a Hitler en otros asuntos, y es posible que Mussolini hubiera retrasado e incluso evitado un acuerdo con el Führer, pese a que lo lógico era que ambos dictadores se uniesen, dada su identidad ideológica. Sin las ventajas que proporcionaron a Hitler estos hechos, quizá no habría sido capaz de moverse tan rápido como lo hizo en 1938. 


     La Guerra Civil fue la experiencia más destructiva de la historia moderna de España, solo comparable con la invasión napoleónica de 1808. Dio lugar a una gran pérdida de vidas humanas, mucho sufrimiento, el desequilibrio en la sociedad y la economía, la distorsión y la represión en los asuntos culturales, y la mutilación del desarrollo político del país. Es imposible citar estadísticas precisas, pero el coste en muertes militares no fue tan grande, comparativamente hablando, como el de la primera guerra carlista de la década de 1830 o la guerra civil americana. Fue una guerra de baja intensidad con batallas de alta intensidad, y los combatientes muertos en ambos bandos fueron aproximadamente 150.000, y puede que menos, a las que añadir los cerca de 25.000 muertos extranjeros que participaron en la contienda. 


    El número de víctimas de la represión política en cada bando pudo ser similar, la cifra exacta seguirá siendo motivo de debate. Se produjeron alrededor de 56.000 ejecuciones por parte de los republicanos y un número algo mayor por parte de los nacionales. Además, hubo entre los dos bandos unos 12.000 civiles muertos, victimas de acciones militares (la mayor parte en la zona republicana), a las que deben añadirse las miles de muertes por estrés, enfermedades o malnutrición. 


    El total de víctimas por la violencia supuso aproximadamente el 1,1 por ciento de la población. Y si se suman todas las víctimas civiles con los caídos en los frentes de batalla, el número de muertes a causa de la Guerra Civil ascendería a cerca de 344.000, casi el 1,4 por ciento del total de la población. Y las defunciones como consecuencia de las heridas de guerra, la extrema dureza de la situación social y de las condiciones económicas durante los primeros años de la posguerra pudieron ser entre 200.000 y 300.000. Más de medio millón de personas huyó del país, la mayor parte de la zona republicana en los últimos meses de la guerra, pero la mayoría regresó pronto, por lo que la cifra neta fue de unas 160.000 personas, de las cuales la mayor parte se refugió en el sur de Francia. Es de destacar que comparativamente hubo menos españoles que escogieron el exilio permanente tras la Guerra Civil que americanos, franceses o rusos después de sus respectivas revoluciones. Quizá esto pueda explicarse porque los sectores sociales contrarrevolucionarios con mayores medios fueron los más proclives a emigrar después de la derrota final.


    Las consecuencias demográficas resultaron menores de lo que cabría esperar, retrasándose ligeramente el crecimiento de la población. El censo registrado en 1930 era de 23.564.000 habitantes, y en los años siguientes se produjo el regreso de cientos de miles de emigrantes temporales (que se habían marchado por razones económicas), por lo que pese a las pérdidas de la guerra, el nuevo censo de 1940 registró una población residente de 25.878.000 ciudadanos, que sería confirmado por el censo siguiente, realizado una década después. La tasa de crecimiento de la población fue casi tan alta como durante la década de los años veinte, pero estas cifras generales ocultan el hecho de que muchos habían emigrado durante esa década, mientras que un gran número de ciudadanos regresó en la siguiente. Tampoco parece que hubiera una deterioración general en la alimentación y el bienestar de la población, a pesar de la desnutrición en la zona republicana durante la segunda mitad de la guerra. La altura media de los reclutas en 1940 era de medio centímetro más que en 1935. 


"La victoria en la Guerra Civil (1936-1939)"


Carta de Santiago Carrillo a su padre


El 15 de mayo de 1939, Santiago Carrillo escribió a su padre Wenceslao una carta desde París de extraordinaria dureza, llena de resentimiento y odio, en respuesta a la carta de su padre en la que le explicaba las razones de su apoyo a Casado y a la Junta de Defensa nacional:

 "Vuestro golpe contrarrevolucionario ha sido un gran servicio, no solamente a Francia, sino también a la reacción y al fascismo internacional [...] Todos los enemigos del pueblo os habéis conjurado para ir contra mi partido y sus hombres. Oficiales de familias fascistas, como Casado; agentes de la reacción internacional, como el pro-fascista Besteiro; militares ambiciosos, como Miaja; aventureros de la FAI, caballeristas troskystas. Y entre estos, tú [...] Unos y otros sentís el mismo odio al gran país del socialismo, la Unión Soviética, y al jefe de la clase obrera mundial, el gran Stalin, porque son la salvaguardia y el amigo fiel de todos los pueblos que luchan por la libertad [...] Y yo soy un militante fiel del Partido Comunista de España y de la gloriosa Internacional Comunista [...] Cada día es mayor mi amor a la Unión Soviética y al gran Stalin, a los que vosotros odiáis y calumniáis porque han ayudado a España de una manera constante a través de toda nuestra lucha. Entre un comunista y un traidor no puede haber relaciones de ningún género".


Fuente: "Franco", de Stanley G. Payne - Jesús Palacios

Nueva visita a Un Mundo Feliz - Aldous Huxley

 

Si suponemos por el momento que las Grandes Potencias pueden de alguna manera, abstenerse de destruirnos, cabe decir, con lo visto hasta ahora, que probablemente estemos más cerca de algo parecido a Un Mundo Feliz que de algo parecido a 1984.


Se ha hecho manifiesto que regular el comportamiento indeseable mediante el castigo es menos efectivo a la larga, que el control mediante el refuerzo con recompensas al comportamiento deseable; y que el gobierno a través del terror funciona de manera mucho más defectuosa, que el gobierno a través de la manipulación no violenta del entorno, y de los pensamientos y sentimientos de los individuos, hombres, mujeres y niños. 


La sociedad descrita en 1984 es una sociedad regulada casi exclusivamente por el castigo y el miedo que al castigo. 


Las profecías que hice en 1931 se están haciendo realidad mucho antes de lo que pensaba. 


El problema del rápido incremento de la población en relación con los recursos naturales, la estabilidad social, y el bienestar de los individuos; es actualmente el problema central de la humanidad. 


En los que concierne a las masas de la humanidad, el tiempo venidero no será la Era Espacial; será la Era de la Superpoblación. 


En todos los países subdesarrollados hay una grave escasez de mano de obra cualificada. Sin ese personal las instalaciones industriales y agrícolas no pueden funcionar. 


El exceso de población conduce a la inseguridad económica y al malestar social. 


Es una apuesta bastante segura que, dentro de veinte años, todos los países excesivamente poblados y subdesarrollados del mundo estarán bajo alguna forma de gobierno totalitario, probablemente del Partido Comunista. 


En los malos viejos tiempos, los niños con defectos hereditarios graves (o incluso los leves) rara vez sobrevivían. En la actualidad, gracias a la sanidad, la farmacología moderna y la conciencia social, la mayoría de los nacidos con defectos hereditarios alcanzan la madurez y se multiplican. 


A pesar de los maravillosos nuevos medicamentos y de la mejora de los tratamientos (en realidad, causados precisamente, en cierto sentido, por todo ello), la salud física de la población en general no mejorará, e incluso puede deteriorarse. Y, junto a una declinación de la salud media, tal vez se produzca también una declinación en el nivel medio de la inteligencia humana. 


Y ¿qué pasa con los organismos congénitamente insuficientes, a los que nuestra medicina y nuestros servicios sociales ahora preserva, de forma que les permiten propagarse? Ayudar a los desafortunados es evidentemente algo bueno. Pero la transmisión al por mayor a nuestros descendientes de los resultados de mutaciones desfavorables y la progresiva contaminación de la reserva genética al que tendrán que recurrir los miembros de nuestra especie, son cosas no menos evidentemente malas. Estamos en los extremos de un dilema ético, y encontrar el término medio exigirá toda nuestra inteligencia y toda nuestra buena voluntad. 


La creciente presión de las cifras sobre los recursos disponibles no es la única fuerza que nos impulsa en la dirección del totalitarismo. Este ciego enemigo biológico de la libertad está aliado con las fuerzas inmensamente poderosas generadas por los propios avances de la tecnología, de los cuales estamos orgullosos. 


Nadie en este mundo consigue algo a cambio de nada. 


Una democracia capitalista, como la de los Estados Unidos, está gobernada por lo que el profesor C. Wright Mills ha llamado la Élite del Poder.Esta Élite del Poder es la empleadora directa de varios millones de los trabajadores del país quienes se emplean en sus fábricas, oficinas y comercios; controla a muchos millones más de personas prestándoles dinero para la compra de lo que esta misma Élite produce; y como dueña de los medios de comunicación en masa, influye en el pensamiento, los sentimientos y el modo de obrar de prácticamente todo el mundo. Parodiando la frase de Winston Churchill, podríamos decir que nunca tantos han sido tan manipulados por tan pocos. 


Nuestro “aumento de las enfermedades mentales” puede manifestarse en síntomas neuróticos. Estos síntomas son claros y causan una ansiedad extrema. Pero «tengamos cuidado -dice el doctor Fromm- de definir la salud mental como la prevención de los síntomas. Los síntomas como tal, no son nuestros enemigos, sino nuestros amigos; donde hay síntomas hay conflicto y el conflicto siempre indica que las fuerzas de la vida que luchan por la integración y la felicidad siguen todavía luchando». Las víctimas realmente afectadas por las enfermedades menta les deben ser buscadas entre quienes parecen ser los más normales. “Muchos de ellos son normales porque están tan bien ajustados a nuestro modo de existencia, porque su voz humana ha sido silenciada a edades tan tempranas de sus vidas que ya ni siquiera luchan, o sufren o tienen síntomas, como lo hace el neurótico.» Son normales, no en lo que podría ser entendido como el sentido absoluto de la palabra, sino únicamente son normales en relación con una sociedad profundamente anormal. Su perfecta adaptación a esa sociedad anormal es una medida de la enfermedad mental que padecen. Estos millones de personas anormalmente normales, viven sin quejarse en una sociedad a la que, si fueran seres plenamente humanos, no deberían estar adaptados; todavía acarician «la ilusión de la individualidad», pero de hecho han quedado en gran medida desindividualizados. Su conformidad se está convirtiendo en algo parecido a la uniformidad. Pero «la uniformidad y la libertad son incompatibles. La uniformidad y la salud mental también son incompatibles... El hombre no está hecho para ser un autómata y, si se convierte en tal, la base de la salud mental queda destruida».


Durante el curso de la evolución, la naturaleza ha enfrentado un sinfín de problemas para conseguir que cada individuo sea distinto de cualquier otro individuo. Reproducimos nuestra especie poniendo en contacto los genes del padre con los de la madre. Estos factores hereditarios pueden combinarse de infinitas maneras. Física y mental mente, cada uno de nosotros es único. Cualquier cultura que en interés de la eficiencia o en el nombre de cualquier dogma político o religioso trate de estandarizar al individuo humano comete un ultraje contra la naturaleza biológica del hombre.


La vida en las grandes ciudades no es propicia para la salud mental (el mayor número de los casos de esquizofrenia, según se nos dice, se registran entre la pululante población de los barrios industriales); ni tampoco fomenta una especie de libertad responsable dentro de los pequeños grupos autónomos, lo que sería la primera condición para una democracia genuina. La vida en l ciudad es anónima y, por así decirlo, abstracta. Las personas se relacionan entre sí, no como personalidades finalizadas, sino como la encarnación de ciertas funciones económicas o, cuando no están en el trabajo, como irresponsables buscadores de entretenimiento. Sometidos a este tipo de vida, los individuos tienden a sentirse solos e insignificantes. Su existencia deja de tener un sentido o significado. 


Que estamos siento empujados hacia ‘Un Mundo Feliz’ es evidente. Pero no menos evidente es el hecho de que podemos, si así lo quisiéramos, negarnos a cooperar con las ciegas fuerzas que nos están empujando. 


Vale la pena recordar que, en ‘1984’, los miembros del Partido están obligados a ajustarse a una ética sexual de una severidad más que puritana. En ‘Un Mundo Feliz’, por otro lado, todos tienen permitido ceder a sus impulsos sexuales sin ningún obstáculo. 


La sociedad descrita en ‘Un Mundo Feliz’ es un Estado global donde la guerra ha sido eliminada y donde el primer objetivo de los gobernantes es evitar a toda costa que los gobernados causen problemas. 


En ‘1984’ el deseo de poder se satisface infligiendo dolor; en ‘Un Mundo Feliz’, infligiendo un apenas menos humillante placer. 


Los gobernados del fututo dictador serán militarizados sin dolor por un cuerpo de ingenieros sociales cuidadosamente capacitados. 


El siglo XXI, supongo, será la era de los gobernantes del mundo, del sistema científico de castas y del Mundo Feliz. 


Las fuerzas impersonales de la sobrepoblación y la sobreorganización y los ingenieros sociales que están tratando de dirigir estas fuerzas, nos están empujando en dirección hacia un nuevo sistema medieval. Este resurgimiento será más fácilmente aceptado que el original por las comodidades propias del Nuevo Mundo Feliz surgidas del condicionamiento en la infancia, la enseñanza durante el sueño y la euforia inducida por drogas. Pero para la mayoría de los hombres y mujeres, todo esto seguirá siendo una especie de servidumbre. 


Las instituciones democráticas son dispositivos para conciliar el orden social con la libertad individual y la iniciativa, y para someter el poder inmediato de los gobernantes de un país al poder último de los gobernados. 


Si se les brinda la justa oportunidad, los seres humanos pueden gobernarse a sí mismos e incluso, gobernarse a sí mismos mejor -aunque tal vez con menos eficiencia mecánica- de lo que podrían ser gobernados por ‘autoridades independientes de voluntad’.


Dicho de otro modo, los pueblos en una precaria condición económica no tienen la ‘justa oportunidad’ de poder gobernarse democráticamente. 


En el futuro inmediato, hay alguna razón para creer que los métodos punitivos de ‘1984’ darán lugar a los estímulos y las manipulaciones de ‘Un Mundo Feliz’.


Si los políticos y sus electores actuaran siempre en función de su propio interés o del interés a largo plazo de su país, este mundo sería el paraíso terrenal. 


En el campo de las comunicaciones en masa, como en casi todos los otros campos de actividad, el progreso tecnológico ha perjudicado al Hombre Modesto y ha favorecido al Gran Hombre. Hace alrededor de cincuenta años, todos los países democráticos podían jactarse de contar con un gran número de pequeños diarios y de periódicos locales. Miles de editores de distintos países expresaban miles de opiniones independientes. En un sitio u otro, cualquiera podía conseguir casi cualquier cosa im presa. Hoy en día, la prensa sigue siendo legalmente libre, pero los pequeños diarios casi han desaparecido. El costo de la pasta presión, y de madera, de la maquinaria moderna de im del campo laboral sindicalizado de las noticias, es demasiado elevado para el Hombre Modesto. En el Este totalitario hay censura política y los medios de comunicación   de masas están controlados por el Estado. En el Oeste democrático hay censura económica y los medios de comunicación de masas están controlados por los miembros de la Élite de Poder. La censura por medio de los costos crecientes y la concentración del poder de comunicación en las manos de unas pocas grandes empresas es menos cuestionable que el Estado como propietario y controlan do la propaganda, pero, desde luego, no es algo que un demócrata jeffersoniano podría aprobar.


Con respecto a la propaganda, los primeros defensores de la alfabetización universal y la prensa libre sólo con templaban dos posibilidades: la propaganda podía ser verdadera o podía ser falsa. No previeron lo que de hecho ha sucedido, sobre todo en nuestras occidentales democracias capitalistas: el desarrollo de una vasta industria de medios masivos de comunicación, concentrada principalmente no en lo verdadero o en lo falso, sino en lo irreal, en lo más o menos relevante. En pocas palabras, no tuvieron en cuenta el casi infinito apetito de distracciones que tiene el hombre. 


Solo quienes vigilan pueden mantener sus libertades y solo quienes están constantemente y de manera inteligente a través de procedimientos democráticos. Una sociedad donde la mayoría de sus miembros pasa gran parte del tiempo no en sus puestos, no en el aquí y ahora, y en un futuro cercano, sino en cualquier otro sitio, en esos otros mundos del deporte y de la ópera cómica, de la mitología y la fantasía metafísica, tendrá dificultad para enfrentarse a las intrusiones de quienes están dispuestos a manipularla y controlarla. 


La supervivencia de la democracia depende de la capacidad de un gran número de personas para tomar decisiones realistas a la luz de la información adecuada. 


Las melodías tienden a grabarse en la mente del oyente. Una melodía puede volver a la memoria durante toda una vida. Tomemos, por ejemplo, una declaración o un juicio de valor de muy poco interés. Tal como está, nadie le prestará atención. Pero ahora agregue a esas palabras una melodía pegajosa y fácil de recordar. Inmediatamente se convierten en palabras de poder. 


Los métodos que ahora se utilizan para colocar en el mercado a un candidato político como si se tratara de un desodorante, garantizan de modo muy positivo que el electorado nunca escuchará la verdad acerca de nada. 


La locura individual es inmune a las consecuencias de la locura colectiva. 


En un mundo donde nadie consigue nada por nada, los tranquilizantes ofrecen mucho por muy poco. 


Sin medios para imponer la uniformidad genética a los embriones, los gobernantes del mundo del mañana -excesivamente poblado y excesivamente organizado- tratarán de imponer la uniformidad social y cultural a los adultos y sus hijos. Para alcanzar este fin, harán uso (a menos que nadie se lo impida) de todas las técnicas de manipulación de la mente a su disposición y no dudarán en reforzar estos métodos de persuasión no racional mediante la coacción económica y las amenazas de violencia física. 


Una verdad que no despierte interés alguno, puede ser fácilmente eclipsada por una falsedad emocionante. 


Los individuos deben ser lo suficientemente sugestionables como para estar dispuestos y puedan hacer que su sociedad funcione, pero no tan sugestionables que caigan bajo el hechizo de manipuladores profesionales de la mente. Del mismo modo, debería enseñárseles en materia de análisis de propaganda, lo necesario como para evitar que crean ciegamente en cualquier tontería, pero no tanto como para que rechacen abiertamente las manifestaciones no siempre racionales de los bien intencionados guardianes de la tradición. 


Bajo la incesante presión de un acelerado crecimiento de la población y de un crecimiento exceso de organización, y mediante métodos cada vez más eficaces de manipulación de la mente, las democracias cambiarían su naturaleza. Las pintorescas formas antiguas -elecciones, parlamentos, tribunales supremos y todo lo demás- subsistirán, pero la sustancia bajo la superficie será un nuevo tipo de totalitarismo no violento. 


La oligarquía gobernante y su élite de soldados altamente entrenados, policías, fabricantes de ideas y manipuladores de la mente gobernarán silenciosamente el espectáculo como mejor les parezca. 


A finales del presente siglo, quizás llegue a haber en los mercados mundiales, si nos esforzamos mucho, el doble de los alimentos que hay actualmente. Pero también habrá alrededor del doble de personas, y varios miles de millones de estas personas vivirán en países parcialmente industrializados y consumirán diez veces más energía, agua, madera y minerales irreemplazables de lo que están consumiendo actualmente. En pocas palabras, la situación de la comida será tan mala como lo es hoy, y la situación de las materias primas será considerablemente peor.