Capítulo CCIV. De lo que el marqués hizo cuando estaba en Castilla (Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Puesta en español por Lorenzo Martín del Burgo. Libros del Asteroide).
Quiero decir la edad que tenía, según mis cuentas: por lo que recuerdo, el año que fuimos con Cortés desde Cuba a la Nueva España fue el 1519, y entonces solía decir, conversando con todos nosotros, los compañeros que vinimos con él, que tenía treinta y cuatro años y, con veintiocho que habían pasado hasta que murió, hacen sesenta y dos. Las hijas e hijos legítimos que dejó fueron don Martín Cortés, que ahora es marqués, y doña María Cortés, la que he dicho que tenía concertado el casamiento con don Álvaro Pérez Osorio, heredero del marquesado de Astorga, que después esta doña María se casó con el conde de Luna, de León; y doña Juana, que se casó con don Hernando Enríquez, que ha de heredar el marquesado de Tarifa; y doña Catalina de Arellano, que murió joven en Sevilla; aunque sé que la señora marquesa doña Juana de Zúñiga, su madre, se la llevó a Castilla cuando vino a por ellas un fraile que se llama fray Antonio de Zúñiga, el cual era hermano de la propia marquesa. También se casó otra señora doncella que estaba en México llamada doña Leonor Cortés con Juanes de Tolosa, vizcaíno, persona muy rica, que tenía más de cien mil pesos y unas minas, del cual casamiento el marqués se enfadó mucho cuando vino a la Nueva España. Y también dejó dos hijos varones bastardos, que se llamaban don Martín Cortés, caballero comendador de Santiago, al que tuvo con doña Marina la intérprete; y don Luis Cortés, que también fue comendador de Santiago, que tuvo con otra señora que se llamaba doña Fulana de Hermosilla. Y tuvo otras tres hijas ilegítimas: una la tuvo con una india de Cuba que se llamaba doña Fulana Pizarro y la otra con otra india mexicana, y otra que nació jorobada, que tuvo con otra mexicana; y sé que estas señoras doncellas tenían buena dote, porque desde niñas les dio buenos indios, en unos pueblos que se llaman Chinanta.
El testamento y las últimas voluntades que dejó yo no los conozco bien, pero tengo para mí que, como persona sabia que era, y como tuvo mucho tiempo para hacerlo, porque además ya era viejo, sé que lo haría con mucha cordura, y mandaría descargar su conciencia. Mandó que hiciesen un hospital y un colegio en México; y también mandó que en una villa suya que se llama Cuyuacán, que está a unas dos leguas de México, se hiciese un monasterio de monjas, y que trajesen sus huesos a la Nueva España; y dejó buenas rentas para cumplir su testamento y últimas voluntades, que fueron muchas, buenas y propias de un buen cristiano. No las declaro por evitar prolijidad, y también por no acordarme de todas; aquí no las relato.
El emblema y el blasón heráldico que llevaba en sus escudos de armas y pañuelos eran los propios de un muy valeroso caballero y conforme a sus heroicos logros, y estaban en latín; y, como yo no sé latín, no los declaro. Y tenía pintado en ellos siete cabezas de reyes presos en una cadena, y lo que a mí me parece, según vi y entiendo, fueron los reyes que ahora diré: Montezuma, gran señor de México; y Cacamatzin, sobrino de Montezuma, que también fue gran señor de Tezcuco; y Coadlavaca, asimismo señor de Iztapalapa y del otro pueblo; y el señor de Tacuba y el señor de Cuyuacán y otro gran cacique, señor de dos provincias, que llamaban Tulapa, junto a Matalcingo; este que he dicho decían que era hijo de una hermana de Montezuma y el más próximo heredero de México después de Montezuma; el último rey fue Guatémuz, el que nos combatió y defendía la ciudad cuando ganamos la gran ciudad de México y sus provincias. Y estos siete grandes caciques son los que el marqués traía en sus pañuelos y blasones de armas, porque yo no me acuerdo que se hubiese apresado a otros que fuesen reyes, como tengo dicho en el capítulo que habla de ello.
Pasaré adelante y hablaré del aspecto y carácter de Cortés. Fue una persona de buena estatura y talle, bien proporcionado y fornido. El color de su cara tiraba un poco a ceniciento, y no era muy alegre; y, si tuviera el rostro un poco más alargado, tendría mejor apariencia, y sus ojos al mirar parecían afectuosos y por otra parte severos. Tenía las barbas un poco oscuras, pocas y ralas; y el cabello, según lo tenía en aquel tiempo, era de la misma manera que las barbas. Tenía el pecho alto y la espalda de buena manera, y era delgado, de poca barriga y tenía las piernas un poco arqueadas, y los muslos y las manos bien estirados. Era buen jinete y hábil con todo tipo de armas, tanto a pie como a caballo, y sabía manejarlas muy bien y, sobre todo, con corazón y coraje, que es lo que hace al caso. Oí decir que de joven en la isla Española fue un poco travieso con las mujeres y que algunas veces se peleó a cuchilladas con hombres valientes y hábiles, y siempre salió victorioso. Tenía una cicatriz de una cuchillada cerca del labio inferior, que, si se miraba bien, se le veía, aunque se la tapaba con las barbas, la cual le hicieron cuando andaba en aquellas grescas.
En todo lo que mostraba, tanto en su persona como en sus palabras y conversación, y en el comer y el vestir, en todo daba muestras de gran señor. Los vestidos que se ponía eran según el tiempo y la moda, y no le importaba nada llevar muchos tejidos de seda ni de damasco o raso, sino solo vestir llanamente y muy pulcro. Tampoco llevaba grandes cadenas de oro, salvo una cadenita de oro de primorosa composición con una joya pequeña con la imagen de Nuestra Señora la Virgen Santa María con su Hijo precioso en los brazos, y con una inscripción en latín en alabanza de Nuestra Señora; y en la otra cara de la joyita a San Juan Bautista, con otra inscripción; y también llevaba en el dedo un anillo de mucho valor con un diamante. En la gorra, que entonces se solía llevar de terciopelo, traía una medalla: no me acuerdo del rostro ni de la inicial que había representados en la medalla, aunque después, pasado el tiempo, llevó siempre la gorra de paño sin ella.
Le servían muy opulentamente, como a un gran señor, dos camareros y mayordomos y muchos pajes, y todo el servicio de su casa era muy obsequioso, y tenía grandes vajillas de plata y de oro. Comía bien y bebía una buena taza de vino aguado como de la cuarta parte de un azumbre, y también cenaba; no era nada sibarita ni se preocupaba nada por comer manjares exquisitos ni costosos, salvo cuando veía que había necesidad de que se gastase lo que la ocasión requería. Era de trato muy afable con todos nuestros capitanes y compañeros, en especial con los que vinimos con él de la isla de Cuba la primera vez. Sabía latín, y oí decir que era bachiller en leyes, y cuando hablaba con letrados y hombres cultos, respondía a lo que le decían en latín. Era bastante poeta: hacía coplas en verso y con rimas, y al conversar hablaba de forma muy agradable y con muy buena retórica; rezaba por las mañanas con un libro de rezos y oía misa con devoción.
Tenía por su mayor abogada a la Virgen María, nuestra señora, a la cual todos los fieles cristianos debemos tener como nuestra intercesora y abogada; y también a San Pedro, a Santiago y a San Juan Bautista; y daba limosnas con frecuencia. Cuando juraba decía: «Por mi conciencia»; y, cuando se enojaba con algún soldado de los nuestros, sus amigos, le decía: «¡Oh, mal pese a vos!»; y, cuando estaba muy enojado, se le hinchaba una vena de la garganta y otra de la frente, e incluso algunas veces, de muy enojado, lanzaba un lamento al cielo; y no decía palabra fea ni injuriosa a ningún capitán ni soldado. Era muy sufrido, porque hubo soldados muy desconsiderados que le decían palabras descorteses, y no les respondía con una palabra mala ni ofensiva; y, aunque había justificación para ello, lo más que les decía era: «callad y escuchad»; o «id con Dios, y de aquí en adelante tened más respeto en lo que dijereis, porque os castigaré por ello».
Era muy testarudo, en especial en las cosas de la guerra, que, por más consejos y recomendaciones que le decíamos sobre cosas temerarias que nos mandaba hacer durante los combates y batallas, como cuando asediamos los pueblos grandes de la laguna; o cuando, en los peñones que ahora llaman del Marqués, le dijimos que no subiésemos arriba a unas fortalezas y peñas sino que las rodeásemos, por causa de las muchas piedras enormes que nos lanzaban desde lo alto de la fortaleza que venían rodando a saltos, porque era imposible defendernos de la fuerza e ímpetu con que venían, y era arriesgarnos a morir todos, porque no bastaría con nuestro esfuerzo ni buen consejo ni sensatez. Aun así insistió obstinadamente contra todos nosotros, y tuvimos que comenzar a subir y corrimos mucho peligro, y murieron ocho soldados y todos los demás salimos dañados y heridos sin lograr cosa que de contar sea, hasta que logramos hacerle cambiar de opinión. Además de esto, de camino a las Hibueras, cuando Cristóbal de Olid se sublevó con la armada, yo le dije muchas veces que fuésemos por las sierras, y se obstinó en que era mejor por la costa, y tampoco acertó, porque, si hubiésemos ido por donde yo decía, toda la tierra estaba habitada. Para que lo entienda bien quien no lo ha andado, es por el camino recto desde Guazacualco a Chiapa, y de Chiapa a Guatemala, y de Guatemala a Naco, que es donde en aquel momento estaba Cristóbal de Olid.
Dejemos estos asuntos, y contaré que, cuando vinimos con nuestra armada a la Villa Rica y comenzamos a construir la fortaleza, el primero que cavó y sacó tierra de los cimientos fue Cortés. En todas las batallas siempre le vi que entraba en ellas juntamente con nosotros. Comenzaré por las batallas de Tabasco, que él fue como capitán de los jinetes y peleó muy bien; en cuanto a la Villa Rica, ya he hablado acerca de la fortaleza. También se avino a hundir, como finalmente hundimos, los once navíos por consejo de nuestros valerosos capitanes y fuertes soldados, y no como lo dice Gómara. En las guerras de Tascala, en tres batallas se mostró muy valiente; y, en cuanto a la entrada en México con cuatrocientos soldados, es cosa de meditar en ello, y más aún tener el atrevimiento de apresar al gran Montezuma dentro de sus palacios, teniendo tan grandes números de guerreros; y también digo que lo apresamos por consejo de nuestros capitanes y de la mayoría de los soldados. Y otra cosa que no es para olvidarse: que mandó quemar delante de sus palacios a unos capitanes de Montezuma porque participaron en la muerte de un capitán nuestro que se llamaba Juan de Escalante y de otros siete soldados, los cuales capitanes indios se llamaban Quezalpopoca y del otro no recuerdo su nombre; poco importa, que no hace a nuestro caso. Y también ¡qué atrevimiento y osadía fue ir con dádivas de oro y ardides de guerra contra Pánfilo de Narváez, capitán de Diego Velázquez, que traía más de mil trescientos soldados, y traía noventa jinetes, otros tantos ballesteros y ochenta espingarderos, que así se llamaban; y nosotros con doscientos sesenta y seis compañeros, sin caballos ni escopetas ni ballestas, sino solamente nuestras picas, espadas, puñales y escudos, los derrotamos y apresamos a Narváez y otros capitanes!
Pasemos adelante, y quiero decir que, cuando entramos otra vez en México en socorro de Pedro de Alvarado, y antes de que saliésemos huyendo, cuando subimos en el alto cu de Huichilobos, vi que se mostró muy viril, aunque no nos sirvieron de nada sus valentías ni las nuestras. En la derrota y muy famosa guerra de Otumba, cuando nos estaban esperando toda la flor y nata de los valientes guerreros mexicanos y todos sus vasallos para matarnos, allí también se mostró muy valiente cuando dio un encontronazo al capitán y alférez de Guatémuz, que le hizo tirar sus banderas y perder el gran brío del valeroso pelear de todos sus escuadrones que con tanto valor peleaban contra nosotros. Y le ayudaron, después de Dios, nuestros valientes capitanes, que fueron Gonzalo de Sandoval, Cristóbal de Olid, Diego de Ordás, Gonzalo Domínguez, un tal Lares y otros valientes soldados que aquí no nombro, de los que no teníamos caballos. De los de Narváez también hubo intrépidos caballeros que ayudaron muy bien, y quien luego mató al capitán del estandarte fue un tal Juan de Salamanca, natural de Ontiveros, y le quitó un rico penacho y se le dio a Cortés.
Pasemos adelante, y diré que también se halló Cortés juntamente con nosotros en una batalla bien peligrosa, en lo de Iztapalapa, y actuó como buen capitán; y en la de Suchimilco, cuando le derribaron los escuadrones mexicanos del caballo Romo y le ayudaron algunos de nuestros amigos tascaltecas, y sobre todo un valiente soldado nuestro que se llamaba Cristóbal de Olea, natural de Castilla la Vieja. Presten atención a esto que diré, que uno era Cristóbal de Olid, que fue maestre de campo, y otro era Cristóbal de Olea, de Castilla la Vieja; y declaro esto aquí para que no me lo discutan y digan que estoy equivocado. También se mostró nuestro Cortés como un valiente cuando en el asedio de México, en una calzadilla, los mexicanos le desbarataron y llevaron a sacrificar sesenta y dos de sus soldados, y al propio Cortés le tenían asido y agarrado para llevarle a sacrificar, y le habían herido en una pierna; y quiso Dios que, por su buen esfuerzo, y porque le socorrió el propio valentísimo soldado Cristóbal de Olea, que fue el que la otra vez en Suchimilco le libró de los mexicanos, y le ayudó a cabalgar y salvó a Cortés la vida, y el valeroso Olea quedó allí muerto con los demás que he dicho. Ahora que lo estoy escribiendo se me representa la figura y el aspecto de la persona de Cristóbal de Olea y de su muy gran valentía, y todavía me entra la tristeza, por ser de mi tierra y pariente de mis parientes.
No quiero contar otras muchas proezas y hazañas heroicas que vi que hizo nuestro marqués don Hernán Cortés, porque son tantas y de tal manera que no acabaré tan rápido de relatarlas. Volveré a hablar de su carácter, que era muy aficionado a los juegos de naipes y de dados, y cuando jugaba era muy afable en el juego y decía algunas gracietas que suelen decir los que juegan a los dados. Era aficionado en demasía a las mujeres, y celoso en vigilar a las suyas. Era muy cuidadoso en todas las conquistas que hicimos, y una noche y muchas noches hacía la ronda, y andaba inspeccionado a los centinelas y entraba en las chozas y aposentos de nuestros soldados, y al que hallaba sin la armadura o descalzo sin las alpargatas le regañaba, y le decía que «a la oveja ruin le pesa la lana», y se lo reprendía con palabras ácidas. Cuando fuimos a las Hibueras vi que había adoptado una mala costumbre o hábito que no solía tener en las guerras pasadas: que cuando había comido, si no se echaba una siesta, se le revolvía el estómago, vomitaba y se ponía malo. Para evitar estos achaques, cuando íbamos en el camino le ponían debajo de un árbol o de otra sombra una alfombra que llevaban a mano para aquel efecto, o una capa; y, por más sol que hiciese, o lloviese, no dejaba de dormir un poco, y luego seguía el camino. También vi que, cuando estábamos en las guerras de la Nueva España, era delgado y tenía poca barriga, y después de que volvimos de las Hibueras engordó mucho con una gran barriga, y vi también que se teñía de negro la barba, en la que antes se le notaban las canas. También quiero decir que solía ser muy dadivoso cuando estaba en la Nueva España y la primera vez que fue a Castilla. Pero cuando volvió la segunda vez, en el año de 1540, le tenían por tacaño y le puso pleitos un criado suyo que se llamaba Ulloa, hermano de otro al que mataron, porque no le pagaba su servicio.
También, si bien se quiere considerar y reflexionamos sobre ello, después de que ganamos la Nueva España siempre tuvo dificultades y gastó muchos pesos de oro en las expediciones que hizo a la California; no tuvo tampoco fortuna en el viaje de las Hibueras, ni tampoco me parece que la tiene ahora su hijo don Martín Cortés: ¡siendo señor de tantas rentas, haberle venido la gran desventura que cuentan de su persona y de sus hermanos! ¡Nuestro Señor Jesucristo lo remedie y al marqués don Hernán Cortés le perdone Dios sus pecados! Estoy seguro de que se me habrán olvidado otras cosas que escribir sobre la naturaleza de su valerosa persona; escribo lo que vi y recuerdo. A la otra señora doncella, su hija, no sé si la metieron a monja o la casaron. Oí decir que en Valladolid un caballero se casó con ella; no lo sé bien. Su otra hija que era jorobada oí decir que la metieron a monja en Sevilla o en Sanlúcar. No sé sus nombres, y por esto no los digo, ni tampoco diré qué se hizo con los mil pesos de oro que tenían para sus casamientos.




