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Objetivo: París - Antony Beevor

Objetivo: París
(Extractos)

El 31 de julio, el 3. ejército del general Patton comenzó, en Avranches, la salida de Normandí­a. Su ala derecha envolvió a las fuerzas alemanas desde el oeste y llevó a los Aliados a Argentan, a 167 kilómetros de Parí­s.

Al parecer del general De Gaulle, existí­a una sola formación que mereciese el honor de liberar la capital de Francia: la Deuxième Division Blindée, la 2ª División blindada francesa, a la que se conocí­a como la «2e DB». Estaba al mando del general Leclerc, nombre de guerra de Philippe de Hauteclocque.

La 2e DB era mucho más numerosa que la mayoría de las divisiones, pues contaba con dieciséis mil hombres, equipados con uniformes, armas, camiones semioruga y tanques Sherman (todo proporcionado por los estadounidenses). Estaba constituida en su mayor parte por hombres que habí­an seguido a Leclerc desde Chad y habí­an cruzado el Sáhara para sitiar la guarnición italiana acantonada en Koufra y unirse por último a los británicos. Entre sus filas había miembros regulares del Ejército metropolitano, incluidos soldados de caballería de Saumur, españoles, marinos sin embarcación, árabes del Africa meridional, senegaleses y colonos franceses que nunca habí­an pisado con anterioridad el suelo de Francia. Una de sus compañías la 9ª, recibía el nombre de la nueve porque estaba llena de republicanos españoles, veteranos de batallas aún más cruentas. El batallón, como no podía ser menos, estaba capitaneado por Comandante Putz, el más respetado de todos los mandos de batallón con que contaban las Brigadas Internacionales. La división de Leclerc constituí­a una mezcla tan extraordinaria de gaullistas, comunistas, monárquicos, socialistas, giraudistas y anarquistas unidos por una misma causa, que el general De Gaulle no pudo menos de concebir una visión optimista en exceso del modo en que se unificarí­a la Francia de posguerra en torno a su liderazgo.

Cuando De Gaulle regresó a Francia desde Argel el 29 de agosto, hubo de afrontar una noticia sumamente inquietante: en París se habí­a iniciado un levantamiento, de inspiración sobre todo comunista, y los ejércitos aliados no estaban en situación de acudir en su apoyo.

Cierto grupo juvenil comunista del 18º arrondissement («distrito»), por ejemplo, enviaba a las muchachas de la agrupación a seducir a los soldados enemigos por la zona de Pigalle y atraerlos a un callejón en el que esperaban jóvenes camaradas varones que los molían a palos para después quitarles las armas.

Treinta y cinco jóvenes de la Resistencia cayeron de cabeza en una trampa al dejarse engañar por un agent provocateur que trabajaba para la Gestapo y prometió que les proporcionaría una remesa de armas. Cuando llegaron al lugar de encuentro se vieron rodeados por el enemigo, que los sometió a una brutal tortura en el cuartel general de la Gestapo, sito en la rue des Saussaies, antes de ejecutarlos.
De cualquier modo, el coronel Rol-Tanguy no se dejó impresionar por quienes le aconsejaban actuar con prudencia. Aquel día, los FTP dieron órdenes de requisar vehículos y blindarlos, y como si el Parí­s de 1944 pudiese compararse con el Madrid o la Barcelona de julio de 1936. Al día siguiente se sembró la ciudad de carteles que llamaban a la huelga general y «l'insurrection libèratrice».

Mientras se preparaban para partir, los alemanes hubieron de soportar las miradas tan directas como desdeñosas de los grupos de parisinos que habí­an pasado cuatro años fingiendo no verlos. Sin embargo, cierto destacamento de soldados no dudó en abrir fuego contra la multitud que se burlaba de sus integrantes en el bulevar Saint Michel. Sylvia Beach, fundadora de la librería Shakespeare & Company, describió a los parisinos que, jubilosos, agitaban a su paso escobillas de retrete.

Un grupo de soldados, siguiendo tal vez las órdenes de uno de sus jefes, se dedicó a cargar en una serie de camiones el contenido de las bodegas de vino del Cercle Interallié, un importante club privado. Otros vehí­culos militares y civiles, entre los que había incluso ambulancias y un coche fúnebre, acabaron hasta los topes de todo lo que pudiese tener algún valor: mobiliario de estilo Luis XVI, medicinas, obras de arte, piezas de maquinaria, bicicletas, alfombras enrolladas y alimentos. 


También se dieron violentos tiroteos en otras partes de Parí­s: las fuerzas de la Resistencia tendían emboscadas a los vehículos de la Wehrmacht, y sus ocupantes respondían al ataque. En la margen izquierda del río, frente a la isla de la Cité, la lucha se tornó en particular encarnizada. En total hallaron la muerte cuarenta alemanes aquel día, en tanto que setenta fueron heridos; los parisinos pagaron con ciento veinticinco muertos y casi quinientos heridos.' La Resistencia habí­a empezado la batalla con tan poca munición que apenas si les quedaban reservas a la caída de la tarde.

El alto el fuego no se respetó, debido en parte al caos en que se hallaban sumidas las comunicaciones; aunque el edificio resistió, de algún modo, durante dos dí­as merced a la tolerancia o la deferencia del general alemán. Los insurgentes, llevados de un peligroso optimismo, consideraron este hecho equivalente a una prueba de la victoria. Los continuos ataques no sólo provenían de grupos demasiado exaltados de jóvenes comunistas los gaullistas, en su empeño por restaurar la «legalidad republicana», necesitaban tomar tantos edificios como les fuera posible. El 20 de agosto, los dirigentes del Consejo Nacional de la Resistencia se apoderaron del ayuntamiento, en el transcurso de un operación que dejó fuera a los comunistas de manera deliberada.

Durante los cuatro días que siguieron, los alemanes acribillaron los muros de la Casa Consistorial con fuego de ametralladora; pero en ningún momento llegaron a efectuar un ataque decidido, lo que hubieron de agradecer los insurgentes, por cuanto no contaban más que con cuatro ametralladoras y un puñado de revólveres.

El 21 de agosto se reunía el Consejo Nacional de la Resistencia para hablar de la tregua en una sesión tensa y amarga en la que prevalecía la opinión de los comunistas. Al final se decidió cancelar el alto el fuego al dí­a siguiente, y los gaullistas se vieron de nuevo obligados a seguir a los comunistas con tal de evitar una guerra civil.

Desde la llegada de las primeras noticias del levantamiento en París dos dí­as antes, al general Leclerc le había resultado difí­cil reprimir su impaciencia y su frustración. Sus comandantes estadounidenses no daban muestras de estar dispuestos a avanzar en dirección a la ciudad. Eisenhower pretendía dejar la capital francesa en manos de los alemanes durante algunas semanas más, lo que permitiría a Patton perseguir al enemigo derrotado a través de la Francia septentrional, y tal vez incluso atacar a la derecha hasta llegar al Rin aprovechando su desorganización momentánea. Si los norteamericanos debí­an liberar París y responsabilizarse por ende de alimentar la ciudad, no dispondrían ni del combustible ni de los transportes necesarios para respaldar el avance de Patton. No obstante, para Gaulle y Leclerc, Parí­s constituía la puerta del resto de Francia y un levantamiento encabezado por los comunistas podría desembocar, según temí­an, en una nueva Comuna de París, lo que llevarí­a a los estadounidenses a intervenir para imponer su AMGOT a la nación.


La primera llamada a la insurrección por parte de los comunistas franceses de París se había producido dos semanas antes de que el general Bor-Komorowski hubiese iniciado el malhadado levantamiento de Varsovia ante los avances del Ejército Rojo. Con todo, el apremio por hacer la revolución surgido en Francia durante el verano de 1944 se originó como una reacción espontánea en el interior de las filas comunistas, y no como realización de un plan trazado por el Kremlin. La cúpula política oficial del Partido Comunista francés perdió toda autoridad sobre los acontecimientos. Maurice Thorez se hallaba en Moscú, y su lugarteniente, Jacques Duclos, escondido en el campo, ejercía muy poca influencia sobre el brazo armado del partido, los FTP. Paralizado por la ineficacia de las comunicaciones y por las propias medidas de seguridad draconianas de los comunistas, Duclos se vio incapaz de controlar a Charles Tillon y los otros dirigentes de los FTP, que como la mayoría de sus seguidores, tenían la intención de transformar la resistencia en una revolución.

Leclerc decidió al fin, desde su cuartel general, cerca de Argentan, enviar un reducido destacamento hacia Versalles la noche del 21 de agosto; y lo hizo sin el permiso de su comandante de cuerpo estadounidense. Este acto menor de insubordinación militar acrecentó las sospechas que albergaba una serie de oficiales de Estados Unidos de que los gaullistas estaban haciendo su propia guerra por Francia y no la de los Aliados contra Alemania.

EL coronel ordenó a toda la población de la capital, hombres, mujeres y niños, a disponer barricadas allí donde pudiesen con objeto de impedir a los alemanes cualquier movimiento, lección aprendida en Barcelona al principio de la guerra civil española.

Tal como observó Galtier-Boissière, la lucha en la ciudad revestía un carácter mucho más civilizado que en las zonas rurales, por cuanto los combatientes tenían la posibilidad de irse a comer con el fusil a cuestas. Contaban, además, con otra ventaja: «Todo el vecindario te observa y aplaude desde las ventanas». No faltaban, empero, los que no hacían ningún caso de los tiroteos que los rodeaban. Algunos tomaban el sol sobre el dique de piedra del Sena, en tanto que los golfillos se sumergian en sus aguas para combatir el calor. Asimismo, podían verse insólitas figuras sentadas inmóviles sobre sillitas de lona, pescando en el río al tiempo que los carros alemanes atacaban la Jefatura de Policía a unos centenares de metros, en la isla de la Cité, atraídos por la comida gratis que representaba una perca sacada del Sena. La escasez de provisiones era tal que cuando alguna bala perdida abatía a un caballo, las amas de casa no dudaban en salir corriendo a la calle con fuentes esmaltadas y cortar tajadas de carne de su cuerpo sin vida.

Cualquier soldado alemán que cometiese la imprudencia de salir en solitario o en pareja acababa muerto o rodeado. El  objetivo primordial consistía en incautar armas y vehículos.

Al amanecer del día siguiente, miércoles, 23 de agosto, la 2e DB se puso en marcha, en dos columnas que seguían rutas paralelas y con la mayor velocidad que le permitía la intensa lluvia, en dirección este, desde Normandía hacia la Île-de-France. El calor estival había cesado en el peor momento, y los tanques y camiones semioruga de la división se deslizaban en el firme resbaladizo de las carreteras. Leclerc iba en cabeza; le quedaban ciento cuarenta kilómetros para alcanzar Rambouillet, población situada en las cercanías de una línea de frente muy poco definida.

Hemingway

Al llegar allí esa misma tarde, los oficiales de su división se encontraron con una curiosa colección de soldados irregulares, de entre los cuales el más pintoresco era Ernest Hemingway. Oficialmente, Hemingway se encontraba en Francia en calidad de corresponsal de guerra de la revista Collier's, aunque estaba más interesado en representar el papel de soldado profesional. Se hallaba rodeado de algunos rufianes bien armados reclutados en la zona, y daba la impresión de querer recuperar las oportunidades que había perdido en España siete años atrás.

Hemingway y su grupo de fifis irregulares habían estado  haciendo un reconocimiento de las rutas que llevaban a París durante los últimos días, bien que sirviéndose de métodos muy  poco sutiles. Los hombres, triunfantes, llevaron al hotel a un grotesco soldado alemán de corta edad, un rezagado capturado en un tramo no muy distante de carretera al que habían atado las manos a la espalda. Hemingway pidió a Mowinckel que lo ayudase a subir al prisionero a su habitación, donde podrían interrogarlo con facilidad al tiempo que se tomaban otra cerveza, «Voy a hacer que hable», aseguró. Llegados al dormitorio, el novelista pidió a su compañero que lo arrojase sobre la cama y añadió: «Quítale las botas. Vamos a chamuscarle los dedos de los pies con una vela».

Mowinckel lo mandó a hacer puñetas antes de liberar al soldadito. Hemingway, sin embargo, sí que prestó a Mouthard una pistola automática para ejecutar a un traidor.

Los siguientes en llegar fueron un grupo de corresponsales de guerra estadounidenses. Sus componentes se mostraron resentidos al saber que Hemingway actuaba de comandante local de Rambouillet. Cuando el periodista de Chicago Bruce Grant hizo un comentario muy poco complaciente acerca de «el general Hemingway y sus maquis», el aludido no dudó en dirigirse a él para derribarlo de un golpe.

Los senderos del colaboracionismo y la Resistencia - Antony Beevor & Artemis Cooper


Antony Beevor & Artemis Cooper

Los senderos del colaboracionismo y la Resistencia

El anuncio de que el mariscal Pétain pretendía formar su propio gobierno dio pie a un profundo sentimiento de alivio en una aplastante mayoría de la población. Lo único que deseaba el pueblo era que terminasen los implacables ataques, como si las cinco últimas semanas no hubiesen sido un injusto combate de boxeo cuyo inicio nunca debía haberse permitido. El discurso radiado que dirigió al país y en el que declaran que “la lucha debe cesar” se emitió el 17 de junio, al mismo tiempo en que el modesto aeroplano de De Gaulle estaba a punto de aterrizar en Heston, cerca de Londres. 

El día 21, Hitler orquestó la rendición francesa en el vagón de tren del mariscal Foch, situado en el bosque de Compiégne, e invirtió así la humillación a que se había visto sometida Alemania en 1918. El general Keitel presentó las condiciones del armisticio sin permitir discusión alguna, y los capitulards hicieron lo posible por convencerse de que resultaban menos severas de lo que habían esperado. Asimismo, necesitaban creer, junto con los millones de personas que respaldaban su iniciativa, que la decisión de proseguir la guerra en solitario tomada por los británicos era una locura: Hitler los vencería en cuestión de semanas, de manera que prolongar la resistencia iba en contra de los intereses de todos. 

Una vez que los alemanes definieron cuál era la “Francia no ocupada” (es decir, el bloque central y meridional, a excepción de la costa atlántica), el nuevo gobierno de Pétain tomó por base el balneario de Vichy, elección incluida en parte por el número de hoteles vacíos que podían hacer las veces de oficinas gubernamentales. 

Allí, el 10 de julio, los senadores y diputados de la Asamblea Nacional otorgaron por votación plenos poderes a Pétain y acordaron la suspensión de la democracia parlamentaria. No tenían demasiadas opciones, aunque todo apunta a que la mayoría acogió esta con agrado. Con todo, hubo una minoría de ochenta hombres arrojados que, encabezada por Léon Blum, se opusieron a la moción. Al día siguiente nació el estado francés del mariscal Pétain, que tenía a Pierre Laval por primer ministro. El nuevo presidente consideró oportuno felicitarse de que, al fin, el país dejase de estar “podrido por la política”. 

Puede decirse que el apoyo más incondicional del que gozó el régimen de Pétain surgió de una cuestión de prejuicio providencial. Le vieille France (esa “vieja Francia” conservadora en extremo y simbolizada por un clero promotor de una fiera oposición al liberalismo y una petite noblesse tan empobrecida como rencorosa) no había dejado de maldecir los principios de 1789. Cierto número de ellos aún lucía clavel blanco en la solapa y corbata negra el día del aniversario de la ejecución de Luis XVI y pegaba cabeza abajo la Marianne de los sellos, personificación de la república, cada vez que enviaba una carta. A su entender, entre los demoníacos sucesos de la Revolución Francesa se hallaban los comuneros de 1871, todos los que habían respaldado a Dreyfus frente al estado mayor, los amotinados de 1917, los dirigentes políticos del período de entreguerras y los trabajadores industriales que se habían beneficiado de las reformas llevadas a cabo por el Frente Popular en 1936. La derecha estaba persuadida de que habían sido éstas, y no las acciones de un estado mayor general pagado de sí mismo, las que habían arrastrado al país a la derrota. Esta teoría de una conspiración era análoga a la de la “puñalada por la espalda” surgida en Alemania tras la primera guerra mundial, y no estaba menos impregnada de antisemitismo. El 3 de julio, Gran Bretaña se unió a las figuras más odiadas por el gobierno de Vichy cuando el escuadrón naval francés de Mazalquivir fue destruido por la marina real tras rechazar un ultimátum que lo exhortaba a navegar fuera del alcance los alemanes. 

El anciano marical, embutido en una gabardina ajada, incapaz de hacerse cargo de la situación, dio la bienvenida al Führer con la mano extendida “d’un geste de souverain”.

Pétain pensaba haber logrado lo que buscaba de aquel encuentro, dado que Francia había conservado su imperio y su flota, amén de obtener garantías en lo referente a la zona no ocupada. Haciendo caso omiso de lo sucedido durante los seis años anteriores, trató a Hitler como a un hombre de palabra. Tras la reunión de Montoire, los seguidores del mariscal fueron más allá, hasta el punto de convencerse de que el anciano había logrado, de algún modo, superar en astucia al Führer. De hecho, sus principales apologistas, llegaron a conocer este acuerdo como “el Verdún diplomático”. Sin embargo, el “sendero colaboracionista” en el que se había embarcado con las fuerzas de ocupación ofrecía a Hitler ni más ni menos que lo que éste deseaba: un país que prometía someterse a sí mismo a una estrecha vigilancia en beneficio de los nazis. 

El gobierno de Vichy se desvivió por ayudar al ocupante.

El régimen de Pétain ya había introducido medidas antisemitas sin necesidad de que lo exhortasen los alemanes.Tres semanas exactas antes del encuentro de Montoire se habían introducido por decreto documentos especiales de identidad para judíos y se había ordenado la elaboración del censo. Los negocios pertenecientes a judíos tenían que identificarse de un modo claro, de tal manera que el estado francés pudiese confiscarlos a su antojo.

La moralidad del régimen era muy severa. Una mujer acusada de haber procurado un aborto fue sentenciada a trabajos forzados de por vida. A las prostitutas se las reunía para enviarlas a un campo de internamiento en Brens, cerca de Toulouse. Por otra parte, no hubo de transcurrir mucho tiempo antes de que el régimen tuviera su propia policía política. El Service d’Ordre Légionnaire, organización que incluía a los secuaces del coronel De la Rocque, procedentes de la Croix de Fes de preguerra, acabó por convertirse en la Milice Nationale en enero de 1943. Cada uno de sus miembros había de formular el siguiente juramento: “Prometo luchar contra la democracia, la insurrección de los seguidores de De Gaulle y la lepra judía”. Los funcionarios y oficiales militares debían hacer un voto personal de lealtad para con el jefe de estado, al igual que sucedía en la Alemania nazi. Con todo, el régimen que, según se suponía, iba a poner fin a las maquinaciones de una política putrefacta se hallaba escindido por causa de los celos faccionarios. 

El culto que se había creado en torno a la persona del mariscal lo presentaba como un hombre ajeno por completo a estas cuestiones. Se vendieron cientos de miles de ejemplares enmarcados de su retrato: era casi obligatorio que todo comerciante tuviese uno colocado en el escaparate de su establecimiento.  De cualquier manera, estas imágenes no eran simples amuletos para relajar las sospechas políticas, sino que también podían verse colgadas en miles de hogares a modo de iconos domésticos. En ocasiones, los adultos coloreaban por sí mismos los “bondadosos ojos azules” del retrato, como si hubiesen vuelto a la infancia. Por todos lados había carteles del hombre que se veía a sí mismo como el impasible abuelo de Francia. En ellos podía leerse la consigna que proclamaba los sencillos pilares de su devoción: Travail, Familia, Patrie, con los que la revolución nacional había sustituido la trinidad republicana de Liberté, Egalité, Fraternité. 

De Gaulle recibió un mensaje por mediación de la embajada francesa de Londres -que a la sazón se hallaba en un curioso interregno- por le que se le exhortaba a presentarse en Toulouse e condición de arrestado en el plazo de cinco días. Posteriormente, un consejo de guerra celebrado en Clermont-Ferrand lo condenó a muerte in abstemia por desertar y entrar al servicio de una potencia extranjera. De Gaulle respondió con una comunicación en la que rechazaba la sentencia por considerarla nula y se mostraba dispuesto a discutir el asunto “con los hombres de Vichy tras la guerra”. 

El Partido Comunista francés no carecía de experiencia en lo referente a la clandestinidad, dado que había estado proscrito desde 1939. Con todo, había quedado profundamente desorientado a raíz del pacto nazi-soviético de agosto de 1939. En aquel momento habían causado baja del partido veintisiete miembros de la Asamblea Nacional. Al año siguiente los comunistas apenas supieron cómo actuar ante la invasión de Francia. Molotov, el ministro soviético de Asuntos Exteriores, envió a Hitler un mensaje de felicitación por la caída de París, y no faltaron los leales del partido que dieron la bienvenida a los conquistadores. 

Fueran o no los comunistas los primeros en atentar abiertamente contra los alemanes -cuestión que aún no está del todo clara-, lo cierto es que el partido se atribuyó las primeras víctimas. Los mártires se convirtieron en un elemento de suma importancia para la propaganda: el Partido Comunista francés se arrogó más tarde el nombre de Le Parti des Fusillés y dijo haber sufrido un número de setenta y cinco mil bajas, una cifra que resulta por demás exagerada. 

Los primeros asesinatos de oficiales alemanes tuvieron consecuencias impredecibles y de gran alcance. El 21 de agosto, dos meses después de la invasión alemana de Rusia, cierto militante comunista que se convertiría más adelante en el coronel Fabien, dirigente de la Resistencia, mató de un disparo a un jovencísimo oficial de la Kriegsmarine llamado Moser en una estación de metro de París. El hecho hizo que se aprobase con carácter retroactivo un decreto por el que se convertía a todo prisionero, con independencia de cuál fuese el crimen por el que cumpliese condena, en un rehén susceptible de ser ejecutado. Con el fin de apaciguar a las autoridades alemanas, se sentenció a muerte a tres comunistas que no tenían relación alguna con el ataque y que murieron en la guillotina una semana más tarde, en el Pati de la prisión de La Santé. Pierre Pucheu, ministro del Interior de Vichy, que desestimó su recurso de apelación, se consideró el principal organizador. 

No mucho después murió abatido otro oficial alemán en las calles de Nantes. Veintisiete comunistas fueron ejecutados el 22 de octubre, y al día siguiente se fusiló a veintiuno en Chateaubriant. El 15 de diciembre, los alemanes abatieron a Gabriel Péri, miembro de la Asamblea Nacional comunista. En su última carta aseguraba que el comunismo representaba la juventud del mundo y que estaba preparando “des lendemains qui chanten”. Su ejecución llevó al poeta laureado del partido, Louis Aragon, a escribir una balada de quince estrofas. Péri se convirtió en uno de los principales mártires del partido, y la frase “mañanas henchidos de canciones” pasó a simbolizar todas las esperanzas revolucionarias que prometía el día de la liberación. 

Robert Brasillach

El semanario más influyente era el abiertamente pronazi Je suis partout, editado por Robert Brasillach, licenciado de la École Normale Supérieure que pronto se había forjado un nombre como novelista y poeta, periodista y polemista. Brasillach abrazó el fascismo tras el fallido alzamiento de derechas del 6 de febrero de 1934. Tras escribir en L’Action Francaise, el periódico del movimiento ultranacionalista de Charles Maurras, Brasillach se convenció de que el nacionalsocialismo de Hitler era la alternativa purificadora a la decadencia de la Tercera República. En 1937, y con apenas veintiocho años, se convirtió en editor jefe de Je suis partout, que compartía sus opiniones proalemanas y antisemitas. Ese mismo año asistió al congreso del Partido Nazi en Nuremberg y regresó a Francia hipnotizado por los rituales del fascismo y, según parece, también por los fornidos guerreros arios a las órdenes del Führer. La noche de Brasillach Los siete colores, claramente influenciada por su vista, presentaba una visión romántica del fascismo a través de un prisma de erotismo y misticismo. 

Cuando se declaró la guerra, Brasillach se incorporó al Ejército francés, pero fue capturado y pasó los diez meses siguientes como prisionero de guerra (durante mucho tiempo, estuvo internado en campos reservados a los oficiales franceses y no lo pasó demasiado mal. Siendo prisionero de guerra escribió su obra Bérénice). Sin embargo, los alemanes sabían que era un amigo y autorizaron la publicación de sus memorias de 1939, Notre avantguerrere, en las que, erróneamente, vinculaba el ascenso del antisemitismo en Francia al hecho de que un judío, León Blum, se convirtiera en primer ministro en 1936 (el catalizador del antisemitismo francés del siglo XX fue, sin lugar a dudas, el caso Dreyfus). Según Brasillach, “la industria cinematográfica prácticamente cerró sus puertas a los arios y la radio adoptó un acento yiddish. Las personas más pacíficas empezaron a mirar mal a quienes tenían el pelo rizado y la nariz curva, que estaban por todas partes. Esto no es un ataque, es historia”. En sus páginas ofrecía también una extravagante definición del fascismo: “Se trata de un espíritu. En primer lugar, se trata de un espíritu inconformista y antiburgués, con un elemento de irreverencia”. Y luego añadía: “Es el verdadero espíritu de amistad, que quisiéramos elevar a una amistad nacional”. En abril de 1941, y a petición de Abetz, Brasillach fue liberado y regresó a su puesto como director de Je suis partout. 

Aunque el Gobierno francés lo había clausurado en mayo de 1940 por oponerse a la guerra contra Alemania, el semanario reanudó su publicación en febrero de 1941. Dos meses más tarde se hizo evidente que el entusiasmo de Brasillach, que escribía la mayoría de editoriales de su periódico, pidió la pena de muerte para Blum, Paul Reynaud, Éduouard Daladier y otros políticos de la Tercera República; señaló a los judíos que debían ser arrestados; aplaudió que Alemania asumiera el control de la zona no ocupada en noviembre de 1942; y solicitó la ejecución sumaria de todos los résistants. Tras la rafle  du Vél’d’Hiv’ en julio de 1942, Brasillach escribió: “Debemos eliminar a los judíos en bloque y no excluir ni siquiera a los jóvenes”. Invitado habitual en las recepciones de la embajada alemana, Brasillach era particularmente próximo a Bremer, el apuesto número dos del Instituto Alemán, al que comparó con “el joven Siegfried” de Der Ring des Nibelungen (El anillo del nibelungo) de Wagner y que es posible que fuera amante de Brasillach. (Bremer fue enviado al Frente ruso, donde murió en 1942. En el obituario de Je suis partout, un desconsolado Brasillach se dirigió a Bremer con estas palabras: “En cuanto llegara la paz, queríamos ir juntos a pasear, de acampada, descubrir paisajes gemelos y las ciudades fraternales de nuestros dos países”). En Agosto de 1943, después de una disputa con el propietario de Je suis partout, Brasillach abandonó el periódico, pero inmediatamente encontró una nueva forma de dar salida a su veneno en las páginas de Révolution Nationale. Un informe del Propaganda Abteilung apuntaba: “Animado por su séquito, reanudado su valiosa obra política”. 


El abanderado de la prensa colaboracionista era el temido semanario Je suis partout, que se había fundado en 1930 y que desde mediados de esa década se había vuelto abiertamente fascista y antisemita. Robert Brasilach, su editor jefe desde 1937, fue liberado de un campo de prisioneros en abril de 1941 para que pudiera volver a ocupar su puesto. Inicialmente favorable al Gobierno de Vichy, Je suis partout participó en el linchamiento verbal de los ex primeros ministros Blum, Daladier y Reynaud, a quienes acusó de la humillación de Francia. A medida que la ocupación fue avanzando, no obstante, Je suis partout fue abrazando todas las causas nazis y, peor aun, utilizó sus páginas para denunciar individualmente a comunistas y para identificar a judíos prominentes que se ocultaban en la zona no ocupada. 

Si bien la homosexualidad estaba oficialmente prohibida, en el mundo literario y artístico había un gran número de gays, no solo Cocteau y Marais, pero también colaboradores infames como Brasillach y Abel Bonnard. Además, muchos bares gays del París ocupado gozaban de gran popularidad entre los soldados alemanes. De hecho, una de las versiones sobre la detención de Hugues-Lambert asegura que lo denunció un amante alemán celoso. 

Si Drieu La Rochelle logró evitar el arresto con su suicidio, Robert Brasillach se vio obligado a rendirse a la policía de París el 14 de septiembre de 1944, tras el arresto de su madre y de su cuñado, Maurice Bardèche, también fascista. Tras ser recluido en un fuerte de Noisy-leSec, en las afueras de París, fue trasladado a Fresnes, donde debía esperar el inicio de su juicio en un Tribunal de Justicia, el 19 de enero de 1945. Se trataba de un caso bastante sencillo, que consistía básicamente en presentar sus editoriales publicadas en Je suis partout y sus últimos artículos en La Révolution Nationale, de los que parecía desprenderse la evidencia de las acusaciones de colaboración con el enemigo. 

Como en otros juicios similares, Brasillach no tuvo que responder por sus opiniones antisemitas; su crimen consistía en haber apoyado a los alemanes y haber denunciado a judíos y resistentes. En su defensa, su abogado Jacques Isorni leyó las cartas de apoyo que Claudel y Valéry habían escrito para él, así como también una de Mauriac, quien, en palabras del abogado, había escrito: “que esta mente brillante se extinguiera para siempre supondría una verdadera pérdida para las letras francesas”. Para el comisionado del Gobierno, Marcel Reboul, los crímenes de Brasillach eran fruto de su vanidad: “La traición de Brasillach es, por encima de todo, la traición de un intelectual, una traición de orgullo. Este hombre se cansó de la justa y plácida confrontación de las letras puras. Necesitaba espectadores, convertirse en un actor público, necesitaba ejercer su influencia política y estuvo dispuesto a cualquier cosa para conseguirlo”. Tras un juicio que duró tan solo seis horas, Brasillach fue condenado a muerte. 

Pero el caso de Brasillach era complejo: se trataba de un escritor admirado que no se había limitado a opinar, sino que había señalado a personas que habían terminado encarceladas o deportadas. El veredicto en su contra, sin embargo, no hizo sino espolear el debate entre escritores sobre cómo debían abordar el colaboracionismo de sus compañeros de profesión. En la esfera pública, la cuestión enfrentó a Camus desde las páginas de Combat y Mauriac en Le Figaro. Ambos emitían que el proceso de épuration estaba siendo caótico, pero Camus insistía en que, para que Francia renaciera, era necesario llevar a cabo una purga genuina. Sin esa justicia, añadió, “es evidente que el señor Mauriac tiene razón: vamos a tener que ser caritativos”. Mauriac había preguntado si, en un mundo “de una crueldad despiadada”, era imprescindible descartar la ternura y la clemencia humana. En ese sentido, Mauriac ya se había posicionado en defensa de Béraud, cuya sentencia de muerte había sido conmutada inmediatamente, antes del juicio contra Brasillach. 

Ningún otro escritor fue ejecutado después de Brasillach. 

Pero si algunos escritores colaboracionistas terminaron sometidos a un severo proceso de épuration, no fue tan sólo porque hubieran ayudado a crear opinión, sino también porque al llamar la atención sobre sus figuras, los escritores de la Resistencia subrayaban su propia importancia y reforzaban su estatus social. No querían renunciar a la opinión de que los escritores tienen una responsabilidad especial, punto de vista que refrendaba el propio de Gaulle. En sus Mémoires de guerre, al recordar su postura hacia los colaboracionistas, explica indirectamente por qué decidió no salvar la vida de Brasillach: “Si los colaboracionistas no habían servido al enemigo directa y apasionadamente, en principio accedía a conmutar sus sentencias. En el caso contrario (y hubo solo uno), no sentía que tuviera el derecho a perdonar, pues en la literatura, como en todo lo demás, el talento lleva apareada una responsabilidad”. Incluso Drieu La Rochelle, refiriéndose al intelectual, escribió: “Sus deberes y derechos sobrepasan los de los demás”. 



Fuente: Y siguió la fiesta - Alan Riding













Escritores y artistas en la línea de fuego

Robert Brasillach llegó a la prisión de Fresnes una semana después que Benoist-Méchin, aunque al principio ninguno de los dos sabía que el otro se hallaba allí encarcelado, a pesar de ser compañeros en aquel mundo extraño marcado por el resonar de pisadas, el tintineo de llaves y el ruido que hacían las puertas de hierro al cerrarse. Benoist-Méchin describió la imagen de las figuras trémulas en la penumbra neblinosa como “una hilera de condenados en espera de cruzar el río Estigio”. 

En los pocos momentos que encontraban para conversar, lo que sucedía por lo general en el espacio destinado al ejercicio, discutían acerca de sus abogados y de los magistrados que habían presidido su proceso, pero nunca de las posibilidades que tenían de ser absueltos, sino de las que tenían otros. Los juicios a escritores y propagandistas comenzaron ese mismo otoño. 

Antes aún de que se diese comienzo al juicio de Robert Brasillach, lo cual sucedió el 19 de enero de 1945, se tenía la impresión de que constituiría el punto culminante de la purga intelectual. Francoise Mauriac y Paul Valéry presentaron alegatos en su favor. Por otra parte, la reacción de su compañero de prisión Jacques Benoist-Méchin (“no se mata a un poeta”) se hacía eco de la creencia arraigada en el carácter sacrosanto de los vates, que los hacía semejantes a sacerdotes seculares. Era el mismo sentimiento que había recorrido Europa en 1936 cuando el bando nacional ejecutó a Federico García Lorca en la guerra civil española. El que Brasillach fuese juzgado no por su literatura, sino por su periodismo denunciatorio, no cambiaba nada.

El día del proceso amaneció con temperaturas bajísimas. París llevaba quince días nevado y no había combustible, por cuanto las gabarras de cartón se hallaban atoradas en los canales a causa del hielo. La pobre iluminación de la sala del tribunal no impedía ver condensarse el aliento de quienes hablaban por la acción del gélido ambiente.

Los diversos puntos del sumario, que en un principio estaban claros, cuando menos en apariencia, tomaban forma o la perdían a medida que intervenía cada una de las partes. El abogado de Brasilach, Jacques Isorni, quien siete meses más tarde adquiriría gran fama en calidad de elocuente defensor del mariscal Pétain, aseguraba que un error de juicio político no constituía un acto de traición. Si Brasillach había respaldado a los alemanes, lo había hecho con la intención de convertir Francia en una nación más poderosa.

La cuestión primordial radicaba en los artículos que había publicado en Je Suis Partout, y aquí Isorni pisa un suelo mucho más quebradizo: las palabras de Brasilach habían quedado fijadas en el papel, y lo que la defensa calificaba de “erreurs tragiques” iba más allá de lo que el pueblo entendía por colaboración. El escritor había concedido el beneplácito a la invasión alemana de la zona no ocupada, llevada a cabo en noviembre de 1942, en aras de la reunificación de Francia. Había pedido la pena de muerte para políticos como Georges Mandel, ministro del Interior de Reynaud en 1940, asesinado por los miliciens poco antes de la liberación de París. A pesar de no haber denunciado a nadie de manera formal, lo había hecho en sus escritos. Al igual que Drieu, había firmado en el verano de 1933 el documento por el que se solicitaba la ejecución sumaria de todos los miembros de la Resistencia. Con todo, su comentario más revelador fue: “Debemos deshacernos de los judíos en conjunto, sin exceptuar a sus hijos”. Brasilach aseguró que, a pesar de su carácter antisemítico, nunca había abogado por la violencia colectiva contra los judíos. Tal vez ignoraba la existencia de los campos de la muerte cuando escribió estas palabras; de cualquier modo, aun cuando se estuviese refiriendo a una deportación masiva a la Europa oriental, no deja de resultar horripilante. 

A pesar de la importancia del caso abierto en su contra, Brasilach analizó de forma minuciosa y confiada los argumentos de la acusación en interés del rigor histórico. Se defendió “con elocuencia y habilidad”, en palabras de Alexandre Astruc, aprendiz de cineasta, que informó del caso al diario Combat. Al jurado, sin embargo, sólo le llevó veinte minutos fallar el veredicto. “C’est un honneur”, fue el único comentario de Brasilach al conocer la sentencia de muerte, después de que algunos de quienes lo respaldaban hubiesen protestado en su favor a voz en cuello. 

Mauriac decidió hacer cuanto estuviese en sus manos por salvar la vida de Brasilach. Mientras tanto, se presentó una petición de clemencia. La firmaron algunos resistentes auténticos, muchos neutrales y una serie de escritores y artistas que habían caído ya en desgracia. Otros, como Jean Cocteau, se adhirieron convencidos de que se estaba convirtiendo a los escritores en chivos expiatorios de otros colaboracionistas de relieve, en especial industriales que, según se alegaba, habían asesinado a un número mucho mayor de personas al ayudar a la maquinaria bélica alemana. 

Pero la petición de clemencia atormentó muchas conciencias, y la de Camus fue en este sentido la peor parada. Cierto número de escritores temía que su firma pudiese dar a entender que condonaban lo que había hecho Brasilach. 

Al mediodía del 3 de febrero de 1945, De Gaulle recibió a Francoise Mauriac en la calle Sain-Dominique con gran cortesía, aunque, tal como pudo observar, ése no era un indicio fiable de lo que pensaba el general. Isorni pudo hacerse una idea mucho más clara aquella noche en la residencia privada que ocupaba De Gaulle en el Bois de Boulgne, adonde lo llevaron en coche oficial tras atravesar una serie de barreras sometidas a una intensa vigilancia. A pesar de todos sus argumentos, el general decidió rechazar la apelación. 

Isorni tenía la impresión de que el dirigente del gobierno provisional no quería que los comunistas lo motejasen de benévolo. Por otra parte, hay una frase en las memorias de Palewski que dice mucho acerca de su influencia: “En lo personal, me arrepiento de no haber insistido en que se concediese un indulto a Brasillach. 


El escritor fue ajusticiado el 6 de febrero. Ese día se cumplía el undécimo aniversario de los disturbios de la derecha y el intento de asaltar la Asamblea Nacional a través del puente de la Concordia, acontecimiento que desembocó, dos años más tarde, en el gobierno del Frente Popular. El 20 de abril de 1945, mientras el Ejército Rojo se abría camino hacia el centro de Berlin, se trasladó al cementerio de Père-Lachaise el féretro de Brasillach. 

Fuente: París después de la liberación: 1944-1949 -  Antony Beevor












Comparativas sobre el bombardeo de Guernica



  Antony Beevor, La Guerra Civil Española. 

El 23 de abril, Von Richthofen anotó en su diario: “Tiempo muy bueno. La 4ª Brigada ha desplegado, a pesar de las órdenes, dos batallones, no doce. Tienen que ser relevados. La infantería no avanza. ¿Qué se puede hacer? La Legión Cóndor se retira a las 18.00. No se puede dirigir a una infantería incapaz de atacar posiciones débiles”. Al día siguiente volvía a quejarse, exasperado porque los italianos habían bombardeado la ciudad que no era. “Son cargas para el mando que no se pueden imaginar… ¿Conseguiremos destruir Bilbao?” A los italianos les preocupaba que un ataque a los católicos vascos provocara la reacción del Papa, y eran reacios a bombardear la principal ciudad de Euskadi. Son sólo especulaciones, pero es posible que las frustraciones de Von Richthofen tuvieran que ver en la más famosa de todas las operaciones llevadas a cabo por la Legión Cóndor. 


Durante el 25 de abril la mayor parte de las desmoralizadas tropas de Markina emprendieron la retirada hacia Guernica, que estaba a diez kilómetros del frente. Al día siguiente, lunes 26,a las 4,30 de la tarde, la campana mayor de Guernica repicó avisando de un ataque aéreo. Era día de mercado, y aunque se había hecho volver atrás a muchos campesinos a la entrada de la ciudad, otros muchos habían pasado con su ganado. Los refugiados que se hallaban en la ciudad y sus habitantes buscaron amparo en los sótanos que se habían habilitado a toda prisa como refugios después del terrible bombardeo de Durango. Un bombardero solitarios Heinkel 111 de la “escuadrilla experimental” de la Legión Cóndor apareció en el cielo, arrojó su carga en el centro y desapareció. La gente salió entonces de sus refugios con el fin de ayudar a los heridos, pero quince minutos después sobrevolaba la ciudad la escuadrilla al completo, lanzando todo tipo de bombas. La gente corrió de nuevo hacia los reparos en medio del polvo y la humareda preguntándose si los sótanos que les servían de refugio soportarían el tremendo bombardeo. Se inició así una estampida de gentes que decidieron salir de la ciudad para encontrar amparo en el campo, pero entonces aparecieron los cazas Heinkel 51, que ametrallaron sin piedad a hombres, mujeres y niños, a las monjas del hospital y hasta el ganado. Y, sin embargo, lo peor del ataque aún no había comenzado. 



A las 5,15 se oyó el tronar de aviones. Los soldados los identificaron inmediatamente como los “abuelos”, que es como llamaban a los bombarderos Junker 52. Tres escuadrillas procedentes de Burgos arrasaron sistemáticamente la ciudad en pasadas de 20 minutos durante dos horas y media. La carga de los casi cuarenta aviones que bombardearon Guernica consistía en bombas medias y pequeñas, pero también llevaban las bombas de 250 kg, bombas antipersonal y bombas incendiarias. éstas eran sembradas desde los Junker en tubos de aluminio de un kilo como si de confeti metálico se tratara. Los testigos describen la escena en términos dantescos y apocalípticos. Familias enteras quedaron enterradas entre las ruinas de sus casas o murieron aplastadas en los refugios, vacas y ovejas, ardiendo por la acción de la termita y el fósforo blanco, brincaban enloquecidas entre los edificios llameantes hasta caer muertas. Seres humanos ennegrecidos por el humo se abrían paso entre las llamas y el polvo mientras otros excavaban como locos entre las ruinas tratando de desenterrar a amigos y parientes. Los que se acercaban a Gernika huyendo de Bilbao no podían creer lo que veían sus ojos en el cielo rojo-anaranjado, en la lejanía. Con excepción de la Casa de Juntas y el roble, que no fueron alcanzados porque se encontraban fuera del corredor aéreo que los pilotos habían seguido disciplinadamente, Gernika era una ruina de fuego y muerte.

Nunca se ha sabido con certeza el número de muertos y heridos que producto el ataque. El gobierno vasco sostuvo que un tercio de la población (1.645 muertos y 889 heridos) sufrió en sus carnes el bombardeo, aunque las investigaciones más recientes sostienen que los muertos no pasaron de 300.

Al día siguiente, 27 de abril, la noticia de la destrucción de Guernica apareció ya en la prensa británica de la tarde, y el día 28 tanto el Times como el New York Times publicaron el famoso artículo de George L. Speer. El lehendakari Aguirre denunció los hechos el mismo día 27 por la mañana con las siguientes palabras “Los aviadores alemanes, al servicio de los rebeldes españoles, han bombardeado Guernica, quemando la ciudad histórica venerada por todos los vascos”.

Como ya había pasado con el bombardeo de Durango, los nacionales le dieron en seguida la vuelta a lo ocurrido. Utilizando el precedente de Irún, dijeron que la ciudad había sido destruida por sus defensores en retirada y Queipo llegó a especificar que los responsables directos fueron “los dinamiteros asturianos que han empleado los marxistas para después achacarnos tal crimen”. El 29 de abril el cuartel general de Franco hizo público un comunicado en el que se decía:

“Guernica está destruida por el fuego y la gasolina. La han incendiado y convertido en ruinas las hordas rojas al servicio del perverso y delincuente Aguirre [que] ha lanzado la mentira infame -porque es un delincuente común- de atribuir a la heroica y noble aviación de nuestro ejército nacional ese crimen… Aguirre ha preparado la destrucción de Guernica ara endosarla al adversario… Su destrucción es labor de los que quemaron Irún y Eibar, de los que dejan siempre una España espectral a sus espaldas.”

Algunos veteranos de la Legión Cóndor explicaron, tiempo después, que lo que trataban de hacer sus escuadrillas era bombardear el puente de Rentería a las afueras de Guernica, pero que los fuertes vientos habían desviado las bombas hacia la ciudad. La realidad es que el puente quedó intacto, que se sabe que aquel día no hacía viento, que los Junker volaban en formación de combate y no en línea, y, desde luego, que las bombas anti personal, incendiarias y de metralla no son precisamente eficaces contra puentes de piedra, ni se comprende cómo para destruir un pequeño puente y cortar la retirada de las tropas republicanas, los aviones tuvieron que lanzar alrededor de 33 toneladas de bombas. La entrada correspondiente a ese día en el diario de Von Richthofen fue, probablemente, reescrita, una vez que se supieron las consecuencias del ataque y los nacionales acuñaron la versión para la propaganda. Se le añadió lo siguiente: “Lamentablemente, los rojos pegaron fuego a las casas durante la noche. Hicieron salir a todos los habitantes. Prendieron fuego a todos los edificios públicos y a los monasterios, luego a las casas particulares, que aquí son, en parte, de madera”. Por quién sabe qué razones, el informe de combate de la Legión Cóndor correspondiente a ese día no se ha conservado. Según el diario privado de Von Richthofen, que no tiene que ver con su diario oficial de guerra, el ataque fue planeado conjuntamente con los nacionales. El coronel Vigón, jefe de Estado Mayor de Mola, dio su visto bueno al objetivo el día antes de la incursión aérea y, de nuevo, unas pocas horas antes del ataque. A ningún oficial nacional se le ocurrió mencionar la importancia de Guernica en la vida y en la historia vascas pero, aunque lo hubieran hecho, el plan se habría llevado igualmente a cabo. Uno de los posibles objetivos del ataque puede haber sido el bloqueo de las carreteras, como en Durango, pero todo apunta a que, además de los objetivos bélicos grandes o pequeños, lo que se pretendía era llevar a cabo un experimento de entidad para verificar los efectos del terror aéreo.  




 Göring, David Irving

El 26 de abril de 1937, nueve aviones alemanes -tres formaciones integradas por tres Junker 52- atacaron la ciudad vasca de Guernica para cortar la carretera al noroeste de la ciudad. “Necesitamos apuntarnos urgentemente un éxito contra los efectivos y el material enemigo”, escribió en su diario el coronel Von Richthofen, que comandaba el contingente. “Vigón [el oficial al mando de las fuerzas de tierra españolas] está de acuerdo en forzar el avance de sus tropas por todas las carreteras al sur de Guernica. Si esta operación nos sale bien, tendremos al enemigo en nuestras manos.” Pese a la reducida potencia del cargamento de bombas - los aviones sólo llevaban nueve bombas de 250 kilos y 114 de 50 kilos- la pequeña ciudad quedó destruida. “Cuando llegaron los primeros Junkers -escribiría Richthofen algo desconcertado-, había humo por todas partes… era imposible distinguir las carreteras o los puentes o los blancos de las afueras, de modo que dejaron caer simplemente las bombas en el centro.” Después se aclaró en parte el misterio, cuando los habitantes de la ciudad les mostraron las pruebas de que los mineros asturianos habían dinamitado calles enteras llenas de edificios antes de huir, en un intento de frenar el avance nacionalista. “Los rojos -escribió Richthofen tras un recorrido por la devastada ciudad-  quemaron monasterios, edificios públicos y casas particulares por el simple procedimiento de vaciar latas de petróleo en las plantas bajas.” La mayor parte de los cinco mil habitantes de Guernica ya habían abandonado el lugar, pero según averiguó el coronel de la Luftwaffe “murieron algunas personas”. El autor de este libro realizó investigaciones en los archivos de la ciudad, de las que se desprende que murieron unas noventa personas, la mayoría como consecuencia de la caída de las bombas sobre un primitivo refugio antiaéreo y sobre un hospital psiquiátrico. El diario comunista publicó una lista de heridos, con treinta y dos nombres en total. Merece la pena recordar estos datos, puesto que “Guernica -simbolizada por la pintura de Pablo Picasso (los cuadernos de apuntes de Picasso revelan que el pintor había empezado a trabajar en los bocetos para el cuadro, que de hecho debía representar una corrida de toros, meses antes del bombardeo), pasaría a engrosar permanentemente la lista de las atrocidades atribuidas a Göring. 

Guernica tuvo efectos propagandísticos inmediatos. Intelectuales de izquierdas de todo el mundo proclamaron a los cuatro vientos sus versiones del bombardeo como una típica Schrecklinchkeit, un horror, nazi. Las voces de indignación se hicieron oír con particular fuerza en Gran Bretaña, donde el partido laborista en la oposición y el partido comunista habían empezado a agitar los ánimos en contra de Göring, el cual decían que estaba intentando obtener una invitación para asistir a la coronación del rey Jorge V en el mes de mayo. Lord Londonderry llegó a  sugerir tímidamente que Göring podría asistir a la coronación, pero el embajador británico Phipps advirtió lánguidamente al Foreign Office que existía “un importante riesgo de que alguien intentara dispararle en Inglaterra” y no llegó a cursarse la invitación.


Mitos de la Guerra Civil Española. Pío Moa

La población de Guernica era de 5.000 habitantes, y no debieron aumentar con la feria, al ser ésta suspendida a mediodía  por el delegado del gobierno. También se suspendió el partido de pelota de  la tarde, que en otras ocasiones entretenía a parte de los feriantes. Además, la población se había visto mermada por la recluta de 400 jóvenes en las intensivas movilizaciones desde octubre. 

En cuanto al interés militar de una población que contaba con cuarteles y fábricas de armas, es obvio, y figuraba entre los objetivos del ejército nacional. Ese interés había crecido enormemente en los días anteriores, cuando el frente, a sólo 25 km, se había roto y las tropas de Aguirre retrocedían en desorden. El día anterior al bombardeo los nacionales estaban a menos de 14 km, creando un serio peligro tanto para Durango como para Guernica, siendo esta última un centro clave de comunicaciones para la retirada. Por eso el bombardeo tenía, en principio, un valor militar elevadísimo. 

A la acción de los Junkers se debió, indudablemente, el vasto incendio. Con todo, los testimonios coinciden en que, una hora después del ataque, la mayor parte de la villa estaba en pie, encontrándose derruidas o en llamas en torno a un 18 por ciento del caserío. Avisados los bomberos de la cercana Bilbao (a unos 30 km) por el encargado del servicio contra incendios, Castor Uriarte, aquellos llegaron entre las 9.30 y las 11.00 de la noche, según versiones. Para entonces los incendios se habían extendido mucho, y Uriarte, que encontró diversos problemas, como la rotura de cañerías en una parte de la villa, aunque disponía de agua sobrada de la ría, decidió concentrar sus esfuerzos en la parte alta de la villa, abandonando la baja al fuego. 

El intento de apagar el incendio no parece haber sido excesivamente empeñado, y el resultado final, pero probablemente no deliberado, del ataque alemán, fue la destrucción del 71 por ciento de la villa. 

Tan tremenda devastación dio lugar a la versión de que los alemanes habían empleado una nueva combinación experimental de bombas para lograr tal efecto, y a la contraria, según la cual el pueblo había sido abrasado con gasolina (debe señalarse que Irún y Éibar sí habían sido quemadas en buena parte con gasolina por las fuerzas izquierdistas en retirada). Ambas versiones son falsas. La combinación de bombas explosivas e incendiarias fue la misma empleada en Madrid, el Jarama, etc. Los efectos asoladores en la villa foral deben atribuirse a la concentración del bombardeo de los Junkers, a la densidad urbana y la abundancia de madera en la construcción de las casas, a la escasez de medios locales contra incendios, que impidió apagar éstos al principio, y a la tardía llegada de bomberos de Bilbao, y su abandono quizá prematuro. Tampoco se recurrió a los explosivos para crear cortafuegos en torno a los focos.

La secuencia de los hechos vuelve muy improbable el número de víctimas ofrecido, no ya los 3.000 que han llegado citarse (60 por ciento de la población de Guernica), sino los 1.654 (33 por ciento) dados por verídicos en innumerables estudios .

La prensa anglosajona habló de cientos de muertos, para concretarlos enseguida en 800 y luego en un millar, mientras que el diario comunista francés L’Humanité, a partir de una entrevista con un sacerdote nacionalista Alberto Onaindía, subía las víctimas mortales a 2000. Southworth afirma que Leizaola declaró por radio, el 4 de mayo, que habían muerto 592 personas en los hospitales de Bilbao, pero en realidad habló ese día de dos muertos de una lista de 30 hospitalizados  y solo bien avanzado mayo el periódico Euzko Deya, en traducción inglesa, daría la primera cifra, que el gobierno de Valencia subió a 690. Los periódicos de Bilbao, al reproducir las crónicas extranjeras, censuraron tales datos, increíbles para los testigos, pero Aguirre y La Pasionaria, el día 20, hablaron vagamente de “gran número”, lo que, dice Salas “permitía no desmentir ni confirmar las absurdas cifras manejadas en el extranjero, que no hubieran podido reproducirse en Bilbao, pues los guerniqueses allí residentes sabían que eran falsas, pero convenía que siguieran circulando en el exterior”. 
¿Es posible conocer la realidad? Salas utiliza para ello los testimonios y la lista de enterramientos en los días siguientes, y de los heridos trasladados al hospital de Basurto, en Bilbao. Ya C. Uriarte indicó que las víctimas mortales no debían de pasar de 250. Los testigos sólo mencionan cifras notables de víctimas en tres lugares, el refugio de Santa María, el Asilo Calzada y el arranque de la carretera a Luno. 

Se conservan también las listas de enterramientos de los días 26 al 29, antes de la toma del pueblo por las brigadas navarras, así como de los fallecidos en el hospital bilbaíno de Basurto. Entre todos suman 75. Tras la entrada del ejército nacional, se rescataron 25 cadáveres del refugio de Santa María, que sumados a otros dos identificados, sumarían 102. Hubo 18 inscripciones tardías en el registro civil, probablemente parte de unos cincuenta no identificados nominalmente en los primeros momentos, pero que, si se quieren añadir como nuevos, aumentarían el total a 120. En su libro, Salas pide a quien tenga datos de otras víctimas le informe, pero nadie lo ha hecho. Los heridos fueron sorprendentemente pocos: 30, con tres fallecimientos, reforzando la idea de que los muertos no pudieron ser muchos. También apoya los datos de Salas el cuadro de ciudad vacía y sin actividad al día siguiente: el entierro de mil cadáveres, no digamos 3000, habría obligado a un movimiento considerable. 





 Eternamente Franco. Pedro Fernández Barbadillo
Guernica, la mentira invencible

Jesús Maria Salas Larrazábal redujo el número de muertos a menos de 130, de los que dio nombre y apellidos, cuando la historiografía antifranquista y abertzale había impuesto el número de 1654 fallecidos. Para desprestigiar a Salas, que expuso por escrito sus descubrimientos por primera vez en 1981, se le tildó de "general franquista", cuando sus dos ascensos a general de brigada de división los aprobaron sendos Gobiernos socialistas presididos por Felipe González.

¿El peor libro de Anthony Beevor?

Entre otros errores, Beevor escribe que en Guernica "era día de mercado"; no menciona el primer bombardeo, que fue realizado por los italianos y había alertado a los habitantes; repite que los aviones alemanes ametrallaron a las personas que estaban dentro de las calles de la villa; inventa que de Bilbao, más alejado del frente, huía la gente a Guernica que llegaba a ésta mientras se producía el bombardeo; ignora las intenciones de los corresponsales británicos de lanzar una campaña contra la amenaza nazi exagerando los horrores de la Luftwaffe... Y por último se sacude su responsabilidad con este párrafo:

"Nunca se ha sabido con certeza el número de muertos y heridos que produjo el ataque. El gobierno vasco sostuvo que un tercio de la población (1654 muertos y 889 heridos) sufrió en sus carnes el bombardeo, aunque las investigaciones más recientes sostienen que los muertos no pasaron de 300."

¿En qué quedamos? ¿Se conoce o no se conoce el número de víctimas? ¿Qué merece más crédito a un historiados: la declaración de uno de los bandos de una guerra o las posteriores investigaciones?

Una de las mentiras que forman parte de "la leyenda de Guernica" es que se trató del primer bombardeo aéreo de una ciudad. El Gobierno del Frente Popular había hecho bombardear por su aviación, según enumera Salas. Ceuta (20, 26 y 28 de julio), Tetuán (20 y 28 de julio), Melilla (26 y 28 de julio) Larache (28 y 7 de agosto), Cádiz (20 y 26 de julio y 7 de agosto), Toledo (22 de julio), Sevilla (23 y 26 de julio), Córdoba (26 de julio, 5 y 22 de agosto)...La madrugada del 3 de agosto un avión bombardeó la basílica del Pilar, pero ninguna de las bombas estalló. 




 Franco y el III Reich - Luis Suárez Fernández

Guernica

   El Vaticano preconizaba una solución para el problema vasco, donde sacerdotes operaban como capellanes entre los gudaris y nueve de ellos habían sido ejecutados antes de que Franco llegara al poder y lo impidiese: mediar para que los nacionalistas vascos firmasen un acuerdo. Franco no estaba dispuesto a admitir las demandas separatistas, ya que España formaba una unidad; estaba además convencido de que si los rojos ganasen, repetirían el gesto de Ucrania eliminando a los nacionalistas. 

   Pero entonces se produjo Guernica. Se estaba demostrando que el arma aérea era el instrumento más eficaz. Los bombardeos provocaban víctimas entre la población civil y esto se había comprobado ya en varias villas y ciudades. La propaganda británica y las circunstancias coyunturales hicieron que la prensa creyera que el bombardeo de Guernica era un caso singular. El 26 de abril de 1937 la Villa Foral, donde los Reyes Católicos juraran las libertades, sufrió dos pasadas. Una primera de aviones Savoia procedentes de Soria, y la segunda dos Heinkel y dieciséis o diecisiete Junkers alemanes. Según el testimonio que el coronel Galland presentó ante el Tribunal de Núremberg, los españoles no estaban informados de la operación consistente en destruir un puente, cortando así las comunicaciones de los republicanos con su retaguardia. Pero la poca exactitud de los medios hicieron que las bombas cayeran sobre el casco urbano, causando víctimas. Ni la Casa Foral ni el caso antiguo fueron afectados y los bomberos actuaron con eficacia. Se han comprobado al menos 126 víctimas. Los equipos asturianos de demolición completaron la tarea antes de que Guernica fuese conquistada por los tradicionalistas el día 26. Pero el panorama era desolador.

   Vinieron luego los errores en las noticias de uno y otro bando que contribuyeron a hacer de Guernica un símbolo de la crueldad alemana. Indalicio Prieto dijo a los periodistas que Göring había dado expresamente la orden para demostrar el poder de la Luftwaffe. El mando alemán negó al principio que se hubiese producido tal ataque y el Cuartel General de Salamanca repitió la noticia diciendo que eran los mineros asturianos los que habían "demolido la Villa Foral carlista y, por vasca, españolísima". Las mentiras suelen perjudicar a quienes las utilizan. En los informes que el día 27 el mando alemán pasó a sus superiores se hablaba de una operación rutinaria.

   Gracias a los estudios de Vicente Talón, Brian Crozier, Salas Larrazábal y Ángel Viñas, estamos en condiciones de movernos con más precisión. La  preparación de la operación fue seria y llegaron a emplearse bombas de 250 kilos. la orden fue dada por el mando alemán, que no consultó ni a Mola ni al Cuartel General de Salamanca. Richthofen, que dirigía el ataque, llamó a las seis de la mañana al general Vigón yle dijo que iba a operar sobre Guerricaiz. Ninguna orden vino de Berlín. El Cuartel General de Salamanca creyó que el bombardeo se había producido el día 27 y el mando alemán pudo responder que nada se había hecho en dicha fecha; de ahí nació el despropósito de culpar a los mineros asturianos, que, en fecto, destruyeron instalaciones militares al retirarse. Cuando Franco tuvo, al fin, noticia de lo sucedido, montó en cólera y llamó al agregado militar Hans von Funck para decirle que "bajo ninguna circunstancia consentiría una guerra total contra su propio pueblo". De modo que Guernica influyó negativamente en las relaciones entre el franquismo y el Eje.Sperrle fue relevado y se dispuso que en adelante la Legión Cóndor operaría bajo el mando superior español. 

   Quedó demostrado que la precisión en los bombardeos era aun muy escasa; los aviones habían equivocado el objetivo. Se aprovechó la experiencia para perfeccionarla sin atender al coste de vidas no militares. Londres, Leningrado, Leipzig o Hiroshima lo demostrarían. en septiembre de 1937 una comisión presidida por el ingeniero Estanislao Herrán, en la propia Guernica, pudo precisar el daño de las bombas y de las demoliciones; su informe coincide con el que Arvhibald Jones envió a Londres pocos días después de la conquista de la ciudad. Se silenció el informe de Herrán para no resucitar la cuestión. Algunos testigos dijeron haber visto la cruz gamada en los aviones; esto es falso, ya que todos operaban con insignia española. Vascos y navarros que pertenecían a las filas de los nacionales también mostraron su disgusto, aunque el árbol de Guernica, ahora custodiado por boinas rojas, no había sufrido dañosCoincidimos con lo que dijeron Ricardo de la Cierva y Luis María Olaso. "Nadie ha podido demostrar jamás la existencia de una orden de Franco para destruir Guernica, porque tal orden nunca existió". Dos fueron los daños que este sufrió: que se ensayara en España el procedimiento de bombardeos destructivos y ocultar o tergiversar el suceso.

   Guernica se ha convertido en capítulo esencial para la propaganda contra Alemania. El 28 de abril un periodista británico, L. Steer, que nunca había estado en Guernica o sus alrededores, publicó en el Times y en el New York Times una crónica culpando de todo a los alemanes. Nadie mencionaba a los italianos que formaran la primera oleada. Llegaría a decirse que el ataque había tenido lugar en día de mercado, algo suspendido radicalmente a causa de la guerra. Puntualicemos también que se estaban produciendo bombardeos peores. El presidente vasco, Aguirre, nos ayuda a entender la singularidad diciendo que "los aviadores alemanes al servicio de los rebeldes españoles han quemado la ciudad histórica venerada, mostrando una vez más que Euskadi no puede esperar nada de quienes no vacilan en destruir el país". De ahí que el padre Olaso no acudiera a la cita con el enviado vaticano, de modo que el proyecto de negociación no llegó siquiera a iniciarse.

   Miembros de la Legión Cóndor se mostraron desolados: no era eso lo que se buscaba. El 28 de abril, poco antes de abandonar el mando, Sperrle trató de justificarse ante sus superiores: "Las órdenes para los Ju52 del K/88 el 26 de abril eran la siguientes, atacar un puente y cruce de carreteras al este de Guernica. Los K/88 y VB/88 han informado que según observación no cayeron bombas en la ciudad. Ya había incendios en la ciudad antes del ataque". Así se cerraba el círculo de errores que contribuían a incrementar la desconfianza de Franco hacia sus posibles aliados. Por Europa circuló la versión de que miles de personas habían muerto por la crueldad alemana. Sin pretenderlo se estaba descubriendo una verdad; en la próxima guerra las víctimas civiles superarían a las militares. 


 La Guerra Civil Española
Hugh Thomas

   A las cuatro y media de la tarde, un repique de campanas de la iglesia anunció que se acercaban aviones. Anteriormente, la región ya había sufrido algunas incursiones aéreas, pero Guernica no había sido bombardeada. No tenía defensas antiaéreas de ningún tipo. A las cinco menos veinte, un Heinkel 111 (un nuevo y rápido bombardero alemán, con capacidad para transportar 1400 kilos de bombas), pilotado por el comandante von Moreau, bombardeó el pueblo, desapareció y volvió a presentarse con otros tres aviones del mismo tipo. Después de los Heinkel se presentaron tres escuadrillas de los viejos espectros de la guerra española, los Junker 52 -23 aviones-, algunos nuevos cazas Messerschmidt BF-109, y otros cazas más antiguos, Heinkel 51. Los cazas cumplían una doble función, debían escoltar a los bombarderos, pero también ametrallar a toda la gente que vieran, volando a baja altura. Varias oleadas de aviones lanzaron bombas incendiarias, poderosos explosivos y bombas de shrapnel, con un peso total de 50.000 kilos. En el bombardeo participaron 43 aviones; los Junker iban dirigidos por los tenientes von Knauer, von Beust y von Krafft. El centro de la población quedó destruido y envuelto en llamas. La casa de juntas vasca y los restos del famoso roble, que se encontraban lejos del centro, sin embargo quedaron intactos. Igual que la fábrica de armas que había a las afueras de la población. Murieron muchas personas, tal vez mil, aunque los acontecimientos que se produjeron a continuación hacen imposible afirmar con seguridad el número exacto de muertos. Muchas más quedaron mutiladas o heridas. También es posible que participaran en las últimas fases del bombardeo algunos aviones italianos. 

   Estos hechos fueron confirmados por todos los testigos presenciales, incluidos el alcalde del pueblo y el cónsul británico, así como por los corresponsales extranjeros -principalmente ingleses- que entonces estaban en el País Vasco. Pero Bolín, el jefe del departamento de prensa nacionalista en Salamanca, manifestó el 27 de abril, que los vascos habían volado su propio pueblo.

   Mientras tanto, el 28 de abril Durango, y el 29 de abril Guernica, cayeron en manos de los nacionalistas sin mucha resistencia. El general Solchaga ejecutó al jefe vasco hecho prisionero, coronel Larch, y a tres miembros de su estado mayor, tras un consejo de guerra sumarísimo. Los periodistas extranjeros que se encontraban con los nacionalistas fueron informados de que, aunque se habían encontrado en Guernica "algunos fragmentos de bombas", los daños habían sido causados principalmente por incendiarios vascos, con el fin de inspirar indignación. El 4 de mayo, un nuevo informe nacionalista dijo que, naturalmente, en Guernica había señales de fuego después de "una semana de bombardeo artillero y aéreo". También admitía que Guernica había sido bombardeada intermitentemente durante un periodo de tres horas. Diez días después, se encontró la palabra "Garnika" en el diario del 26 de abril de un piloto alemán derribado por los vascos. El piloto explicó, sin convencer a nadie, que aquello se refería a una chica que había conocido en Hamburgo. Unos meses después, otro comunicado nacionalista reconocía que el pueblo había sido bombardeado, pero afirmaba que los aviones eran republicanos. Las bombas -decía- habían sido fabricadas en territorio vasco, y las explosiones habían sido causadas poniendo dinamita en las alcantarillas. Pero, en agosto, un oficial nacionalista reconoció ante un reportero de The Sunday Times que Guernica había sido bombardeada por su bando: "Desde luego, la bombardeamos y la bombardeamos [...] bueno, ¿y por qué no?" Años más tarde, el as de la aviación alemana Adolf Galland, que se incorporó poco después  a la Legión Cóndor, fue el primero en reconocer que los responsables habían sido los alemanes. Sin embargo, arguyó que el ataque había sido un error, debido a los malos observadores de bombardeo y a la falta de experiencia. Los alemanes -decía Galland- querían destruir el puente que había sobre el río, erraron el blanco completamente, y por equivocación destruyeron el pueblo. Hay otros alemanes, entre los que se cuentan algunos que tomaron parte en el ataque, que defienden esta idea. El viento, dicen, hizo que las bombas se vieran impulsadas hacia el oeste. De hecho, Guernica era un objetivo militar, puesto que se trataba de un centro de comunicaciones próximo a la línea de batalla, en realidad, casi al alcance de la vista de las columnas nacionalistas, que se encontraban unos kilómetros más al sur. Los soldados republicanos en retirada solo podían huir hacia el oeste con cierta facilidad si pasaban por Guernica, porque el puente que había en las afueras del pueblo, sobre el río Oca, era el último antes del mar. Pero, si el objetivo primario de la Legión Cóndor era destruir el puente, ¿por qué Richthofen no utilizó sus bombarderos Stuka, que atacaban en picado y con gran precisión, si tenía un pequeño número de éstos en Burgos? Además, ¿por qué se montó una expedición tan especialmente devastadora? Como mínimo, uno de los objetivos que tenía en su mente (aunque no figurara en su diario) debía de ser el causar el máximo pánico y confusión entre la población civil, así como entre los soldados. El uso de bombas incendiarias demuestra que se pretendía destruir edificios o personas además del puente, aunque es posible que von Richthofen no previera que el fuego iba a extenderse tan rápidamente por las estrechas calles de Guernica, y también es posible que el polvo y el humo de las explosiones causadas por los Heinkel impidieran a los pilotos de los Junker la visión clara (o ni siquiera confusa) del puente. El hecho plenamente atestiguado de que ametrallaran a las personas que salían corriendo del pueblo difícilmente encaja en la versión que explica el ataque como un intento de destruir el puente. 

   Además, el diario de von Richthofen indica que el coronel Juan Vigón, jefe del estado mayor de Mola, estaba enterado del proyecto, con antelación al ataque: los dos habían conferenciado sobre el tema los días 25 y 26 de abril, aunque quizá "sin informar a la autoridad superior".

   Sin embargo, es justo reconocer que el ataque aéreo formaba parte de un conjunto de operaciones muy relacionadas con la campaña en curso; y que no hay evidencia directa de que los alemanes estuvieran enterados de la importancia que tenía Guernica para el pueblo vasco, ni de que los militares nacionalistas españoles, que evidentemente sabían lo que representaba Guernica para los vascos, supieran que el ataque aéreo iba a ser tan horripilante. Ni siquiera hay evidencia de que Vigón supiera que el ataque aéreo iba a ser tan devastador, ni de que Franco, Mola, o incluso Sperrle, discutieran de antemano el ataque que se planeaba: por entonces, como veremos, Franco, en realidad, estaba muy preocupado con los problemas de la Falange y Hedilla, y puede que incluso fuera difícil de localizar. Puede que Mola, Sperrle, e incluso Vigón, los días 25 y 26 de abril, también estuvieran preocupados por la crisis política interna, que en aquellos momentos era sumamente aguda. Dicen que Mola quedó muy impresionado cuando llegó a Guernica, el 29 de abril. también se ha dicho que Franco se enfureció con los alemanes cuando se enteró de las consecuencias del bombardeo. Puede que esto sea cierto, porque el hecho es que, a partir de entonces, no volvió a producirse ningún otro bombardeo del tipo de Guernica en el País Vasco, y, en realidad, la Legión Cóndor nunca volvió a intentar nada parecido al "bombardeo de zona" sobre ciudades indefensas. 

   Guernica dio lugar a una apasionada controversia internacional. A primeros de año, el pintor Picasso había recibido el encargo de pintar un mural para el pabellón del gobierno español en la exposición universal de París. Ahora se puso a trabajar en una representación de los horrores de la guerra expresados por la destrucción de Guernica, en una pintura que es probablemente la más famosas de todas sus obras. Después de ser exhibida en París, en 1937, por primera vez, fue enviada al Metropolitan Museum de Nueva York. Entretanto, el mando nacionalista y los alemanes , impresionados por lo que habían hecho, y preocupados por las posibles repercusiones, montaron una complicada campaña de disimulo. Anteriormente nunca se había producido un bombardeo aéreo como aquel. Los propagandistas de ambos bandos tomaron posiciones que ya no abandonarían jamás. Así como un corresponsal de The Times, George Steer, se mostró dispuesto a escribir tan explícitamente la versión vasca de los hechos, James Holburn, corresponsal del mismo periódico inglés en el bando nacionalista, cuando entró en el pueblo con el tren de bagajes de Solchaga, escribió: "los pocos cráteres que inspeccioné habían sido causados por la explosión de minas". Veinte sacerdotes vascos, uno de los cuales había sido testigo ocular del bombardeo, y entre los que se contaba el vicario general de la diócesis, escribieron al papa diciéndole quién había destruido Guernica. Dos de ellos, los padres Pedro Menchaca y Agustín Isusi, respectivamente, fueron al Vaticano con esta carta. La entregaron, pero solo fueron recibidos por el cardenal Pacelli, el secretario de Estado del papa, a condición de que no mencionaran el motivo que les había llevado a Roma. Cuando fueron recibidos, los vascos no pudieron reprimirse y empezaron a hablar de Guernica. Encontes, Pacelli, comentando fríamente que "la Iglesia es perseguida en Barcelona", los acompañó hasta la puerta.

   Durante una generación se mantuvo la versión nacionalista de estos hechos. Seguían vivos los que habían dado aquella versión en su momento, como el capitán Luis Bolín. Hasta 1970, cuando ya habían muerto, o habían dejado de tener influencia, y empezaron a ser accesibles los documentos del gobierno, no se reconoció que Guernica había sido bombardeada desde el aire. Así y todo, continuó sosteniéndose a menudo que los vascos habían rematado lo que los alemanes no habían hecho más que empezar. 





EL CASO DE GUERNICA


El acontecimiento más tristemente famoso de toda la guerra fue el bombardeo de la localidad vizcaína de Guernica, de 7.000 habitantes -incluido su extrarradio-, lugar de tradicionales ceremonias vascas, que tuvo lugar a finales de abril de 1937, durante la primera fase de la campaña del norte. No fue este el primer bombardeo importante en la zona, ya que el intento alemán de bombardear Bilbao el 4 de enero fue un total fracaso. En la capital vizcaína murió una sola persona, pero el resultado principal fue la matanza como represalia de 224 prisioneros políticos a manos de los bilbaínos, así como la muerte inmediata, a golpes, de un aviador alemán que había saltado en paracaídas.


La Legión Cóndor tuvo un papel importante en la campaña de Vizcaya, lanzando hasta 70 toneladas de bombas en solo unos días, una cantidad enorme para lo que fue la guerra de España. Con la tecnología disponible, los aviones no podían realizar bombardeos exactos, y la única manera de acertar en un objetivo era mediante operaciones de saturación sobre la zona elegida. Una de las más eficaces fue un ataque contra las posiciones vascas en el frente de Ochandiano, donde se lanza ron 60 toneladas de bombas en masa, que segaron la vida de más de 200 soldados y abrieron una vía de penetración para las tropas de Mola.


La principal restricción sobre los bombardeos en Vizcaya fue el veto impuesto por Franco cuando el general de división Hugo von Sperrle, comandante de la Legión Cóndor, pidió permiso para sembrar el terror con otro bombardeo en Bilbao después de que los civiles vascos hubieran apaleado a muerte al aviador alemán el 4 de enero. Franco se negó porque, como un coronel de la Luftwaffe escribió años después, «políticamente era algo inaceptable». Franco quería evitar las provocaciones innecesarias en Vizcaya, donde todavía esperaba convencer a los nacionalistas vascos para que abandonaran la alianza con la República. Ordenó que solo se atacaran ciudades y pueblos para alcanzar blancos militares. Estas directrices eran bastante parecidas a las que siguieron las fuerzas aéreas británica y estadounidense antes de la invasión de Francia en 1944, cuando durante varios meses atacaron instalaciones militares e industriales ubicadas en muchas localidades francesas, causando la muerte de más de 35.000 civiles galos.


 En contra de lo que se ha dicho, la operación realizada en Guernica no tuvo un carácter singular entre los ataques de ambos bandos, con la posible excepción de la cantidad de bombas incendiarias, que llegó a ser absolutamente normal en la guerra mundial. La Marina y las fuerzas aéreas republicanas habían lanzado ataques indiscriminados contra poblaciones con civiles  desde el primer día de la guerra, y en septiembre de 1936 la publicación azañista “Política” alardeó de los daños causados en localidades «inundadas de hierro y fuego».


En los inicios de la campaña del norte, el mando nacional determinó que las ciudades de retaguardia serían bombardeadas prácticamente de forma indiscriminada si constituían objetivos militares directos. Un defecto principal de la estrategia aérea fue, sin embargo, la falta de coordinación completa entre los mandos nacionales, alemanes e italianos. Al comienzo, hubo tres bombardeos intensos en Durango, de 9.000 habitan tes, la segunda ciudad de Vizcaya  -a pesar de ser entonces una localidad mayoritariamente carlista y no nacionalista-, porque estaba situada justo detrás del frente inicial. En tres bombardeos, del 31 de marzo y el 2 y el 4 de abril, se lanzaron casi 15.000 kilos de bombas, lo que causó una importante destrucción en la población. En un principio, las autoridades hablaron de 200 civiles muertos, pero una investigación posterior reveló que se produjeron 336 bajas mortales.


Debido al escaso número de las tropas nacionales, el avance era muy lento, pero, finalmente, el 25 de abril se consiguió romper una parte del frente y ya era evidente que los vascos tendrían que retroceder, concretamente a través de Guernica. En la mañana del 26, el teniente coronel Wolfram von Richthofen -sobrino del famoso «Barón Rojo» de la Primera Guerra Mundial-, jefe de operaciones de la Legión Cóndor, preparó un bombardeo de la ciudad por la tarde. Como todos sus colegas alemanes e italianos, no estaba nada satisfecho con el avance lento de Mola y, posiblemente, no entendían que Franco fuera tan poco generoso con el número de tropas asignadas a la ofensiva. Richthofen buscaba alentar una operación de tenaza para copar a los gudaris antes de pasar por Guernica. No cabe duda de que la ciudad era un blanco militar legítimo por su situación, según las normas de guerra de la época, ya que estaba situada a 10 kilómetros del frente y el objetivo era destruir su puente y también una parte significativa de la ciudad, para bloquear las comunicaciones y hacer o difícil o imposible la retira da vasca. Albergaba tres batallones de tropas vascas y varias pequeñas fábricas de armas y municiones que producían, entre otras cosas, bombas incendiarias parecidas a las que destruye ron la localidad. El hecho de que Guernica contara con seis refugios antiaéreos es señal de que que las autoridades municipales también la consideraban un posible blanco. El 26 era día de mercado, pero este quedó suspendido a mediodía por la  sensación de peligro reinante, y, en total, había poco más de 5.000 civiles en la ciudad, pues muchos ya habían sido evacuados. 


Richthofen buscaba probar la eficacia de combinar bombas explosivas con bombas incendiarias para provocar una gran destrucción urbana. El plan incluía un componente de terror subsidiario, ya que también participarían cazas para ametrallar a la población. En cambio, la idea de que contemplaba objetivos políticos o simbólicos para «punir» o «atemorizar» a los nacionalistas vascos es absurda, porque un militar extranjero como Richthofen no tenía el menor conocimiento de tales asuntos y no hay mención alguna a ello en su diario y en sus notas. El único objetivo político, si existió, habría sido demostrar la fuerza militar alemana y su importancia para la España franquista.


Participaron en el ataque 47 aviones, entre ellos 29 bombarderos medios y cinco cazas alemanes, y tres bombarderos y 10 cazas italianos, y se lanzaron 27.250 kilos de bombas, principal mente bombas pesadas de 250 kilos y bombas incendiarias. El ataque se llevó a cabo en tres fases: 1) Entre las cuatro y las seis de tarde, de modo desorganizado, tres bombarderos alemanes lanzaron sus bombas contra el puente, objetivo principal de la operación. Ni una sola dio en el blanco. 2) Sobre las seis y media, llegaron los demás bombarderos, que, durante un espacio de veinte minutos, lanzaron todos sus proyectiles sobre la ciudad, provocando numerosos incendios. 3) Sobre las siete, y durante más de media hora, los cazas atacaron con sus ametralla doras las carreteras que rodeaban la ciudad.


La segunda fase fue la decisiva. El objetivo era destruir los distritos lindantes del sur para bloquear la carretera y el por paso la ciudad. Con la combinación de bombas pesadas e incendiarias, el efecto fue demoledor, con cientos de casas derribadas y multitud de materiales de madera incendiados. Casi la mitad de los edificios de la ciudad quedaron destrozados.


Después de algunos días surgió el debate sobre la cifra de víctimas. Las autoridades vizcaínas llevaron a cabo un censo, pero eliminaron muchos datos, probablemente porque no respaldaban las pretensiones propagandísticas. A falta de un re cuento oficial correcto, parece que fueron unos 200 muertos, o sea, menos que en los bombardeos de Durango. La destrucción de la ciudad fue más el resultado de los incendios explosiones, lo que explica la cantidad relativamente pequeña que de las de víctimas. Los bomberos de Bilbao, que estaban a 34 kilómetros de distancia, tardaron horas en llegar y al final se retiraron, incapaces de controlar el incendio. Casi milagrosamente, el principal elemento histórico de Guernica, el legendario roble bajo el cual se habían jurado diversos cargos en generaciones anteriores, no sufrió daños.


Aunque el bombardeo no fue otra cosa que una improvisada aquel mismo día por el Estado Mayor de la Legión Cóndor , sin duda, bastante confusa en su realización, para Richthofen constituyó un éxito táctico, porque, como anotó, «la localidad quedó completamente cerrada al tráfico durante veinticuatro horas». Sin embargo, no alcanzó ningún éxito estratégico debido a la ausencia total de coordinación con el man do de Mola. El avance de la infantería siguió siendo muy lento y las tropas vascas tuvieron tiempo más que suficiente para retirarse tres días después. 


El bombardeo desde el aire de una ciudad no implicó, en sí mismo, la menor novedad en el conflicto español, y también había precedentes en el hecho de que Richthofen experimentara con una técnica nueva, ya que era algo frecuente entre los mandos alemanes y soviéticos en España. En realidad, la de Guernica fue una operación más secundaria, como objetivo militar, que la de Durango y otras. Y lo más singular, al fin y al cabo, no fue tanto la cantidad de víctimas como la proporción de la ciudad que resultó destruida, aproximadamente la mitad. En otros bombardeos aéreos de ciudades durante la guerra mu rieron tantas personas como en Guernica, pero, proporcional mente, la destrucción de edificios fue aquí mucho mayor.


Los ataques contra Durango, donde murieron más civiles que en Guernica, pasaron casi totalmente desapercibidos entre todas las noticias de la guerra en España, mientras el bombardeo de Guernica pronto llegó a ser la principal cause célebre de todo el conflicto. En los últimos días de abril, había cuatro corresponsales internacionales en Bilbao y fueron indispensables para convertir el bombardeo en una enorme baza propagandística para los republicanos, que lo presentaron como una calculada acción terrorista. Pronto se añadió la cifra de 1.654 muertos, que elevaba al 800 % el número de víctimas, cantidad absolutamente desproporcionada, incluso en el contexto de la Guerra Civil española, que ha dado lugar a tantas exageraciones. El principal promotor fue el corresponsal británico George Steer, cuyo motivo parecía ser el de alertar a la opinión pública británica de los peligros de la guerra aérea moderna. Desde entonces en adelante, la denuncia de los bombardeos aéreos franquistas se convirtió en un elemento clave de la propaganda republicana. (No lo era en las primeras semanas de la guerra, cuando la mayor parte de esos ataques fue republicana. Empezó en noviembre de 1936, y mucho más con Guernica. Véase R. Stradling, Your Children Will Be Next: Bombing and Propaganda in the Spanish Civil War, 1936-1939, University of Wales Press, Cardiff, 2008.) Y aún más eficaz que los medios impresos fue el gran mural de Picasso, preparado para la Exposición Universal de París prevista para ese mismo año. Se convirtió en un símbolo mundial, el más notable retrato artístico de los horrores de la guerra moderna y sin duda el cuadro más famoso del siglo XX. (Habría que señalar que Guernica solo proporcionó a la obra su nombre y no su inspiración, porque Picasso ya había comenzado a pintarla an tes, en protesta por los horrores de la guerra, utilizando clásicos temas cubistas propios, y solo le dio ese título una vez iniciada la campaña propaganda.)

 


La campaña puso en serios aprietos al Gobierno de Franco, que negó cualquier responsabilidad, afirmando que los incendios habían sido provocados por revolucionarios anarquistas. La excusa no era convincente y el escándalo llegó a irritar incluso a Hitler, que insistió a Franco para que eximiera de cualquier responsabilidad a la Legión Cóndor. Irónicamente, puede que todo el asunto acabara beneficiando a Hitler-de alguna manera, era lo que planeaba Richthofen-, porque acentuó el temor a la capacidad de destrucción de la Luftwaffe y fomentó la actitud de apaciguamiento hacia el Führer, exactamente lo contra rio de lo que buscaba Steer.


El Gobierno republicano dio tanta importancia al bombardeo de Guernica y a otras incursiones aéreas de los nacionales, casi siempre más eficaces y destructivas que las de los republicanos, que a comienzos de 1938 instó a la Sociedad de Naciones a enviar una misión a España para evaluar cómo habían sido y sus consecuencias. La Sociedad lo remitió a una comisión cuyo informe acabó siendo contraproducente para los republicanos. Su conclusión fue que «tanto el reducido número [de aviones] generalmente implicados como las pautas de los bombardeos apuntaban a la existencia de una doctrina que otorgaba prioridad a la destrucción de determinados objetivos como puentes o estaciones de tren», no de blancos civiles indiscriminados.


El único gran bombardeo indiscriminado de una ciudad como objetivo deliberado para sembrar el terror fue el ordena do directamente por Mussolini en marzo de 1938. Pasando por encima de Franco y de la cadena de mando habitual, intervino personalmente para ordenar a los aviones italianos estaciona dos en Mallorca que durante tres días bombardearan el centro de Barcelona, acción que acabó con la vida de 980 personas, casi todos civiles. Esta fue la única vez que el Duce se inmiscuyó directamente en las operaciones militares en España, parece que con el objetivo de demostrar la destreza de los aviones italianos y atemorizar a la población civil. Estos ataques, carentes de motivación militar, irritaron enormemente a Franco. El papa Pío XI envió una nota reprendiendo al dictador español, aun que debería habérsela mandado a Mussolini.


Se ha dicho que los primeros grandes bombardeos aéreos de la Historia fueron las incursiones que tuvieron lugar en la Guerra Civil española, aunque esta afirmación sería más acertada si se comparan con la Primera Guerra Mundial, no con la Segunda, ya que durante la Gran Guerra ninguno de los dos bandos contaba con bombarderos pesados, que no entrarían en acción hasta 1941. Después de la campaña de Vizcaya, práctica mente los únicos bombardeos aéreos realizados por los nacionales sobre ciudades fueron los ataques contra los puertos orientales, cuyo objetivo eran las instalaciones portuarias, los almacenes y los medios de transporte. En realidad, puede que los republicanos realizaran más bombardeos individuales, aun que el resultado no fue muy positivo. Una de las excepciones fue la incursión realizada en noviembre de 1937 en la pequeña localidad cordobesa de Cabra, de dudosa relevancia militar, que acabó con la vida de, al menos, 100 personas. Durante toda la guerra, unos 8.000 civiles murieron en la zona republicana a causa de los ataques aéreos, mientras que en la zona nacional fueron poco más de 1.000.