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España en el Nuevo Mundo - Julián Juderías

España en el Nuevo Mundo. Julián Juderías, La leyenda negra

Grande sobre toda ponderación fue la obra de España en América. Leyendo las historias de aquella conquista y, sobre todo, las de aquella prodigiosa colonización, es como desaparecen todos los pesimismos con que pretenden amargarnos los sabios al uso. Hemos hablado ya del descubrimiento y conquista de aquellos territorios y del derroche de energía y de constancia que fueron necesarios para llevarla a cabo. ¿Qué decir ahora del tacto y de la energía que fueron necesarios para realizar en las recién descubiertas tierras la obra de la civilización y de cultura que tres siglos después iba a producir diez y ocho naciones?

“Antes –escribe Gómara-, refiriéndose a los indios, pechaban el tercio de lo que cogían y si no pagaban eran reducidos a la esclavitud o sacrificados a sus ídolos; servían como bestias de carga y no había año que no muriesen sacrificados a millares por sus fanáticos sacerdotes. Después de la conquista, son señores de lo que tienen con tanta libertad que les daña. Pagan tan pocos tributos que viven holgando. Venden bien y mucho las obras y las manos. Nadie los fuerza a llevar cargas ni a trabajar. Viven bajo la jurisdicción de sus antiguos señores, y si éstos faltan, los indios se eligen señor nuevo y el rey de España confirma la elección. Así, que nadie piense que les quitasen las haciendas, los señoríos y la libertad, sino que Dios les hizo merced en ser españoles, que les cristianizaron y que los tratan y que los tienen ni más ni menos que digo. Diéronles bestias de carga para que no se carguen, y de lana para que se vistan y de carne para que coman, que les faltaba. Mostráronles el uso del hierro y del candil, con que mejoraron la vida. Hánles dado moneda para que sepan lo que compran y venden, lo que tienen y lo que deben. Hánles enseñado latín y ciencias, que vale más que cuanta plata y oro les tomamos. Porque con letras son verdaderamente hombres y de la plata no se aprovechan muchos ni todos. Así que libraron bien en ser conquistados…”.

Como hace observar Coroleu, “una nación atrasada no es capaz de enseñar estas industrias, ni una raza cruel y exterminadora se complace en crear tales instituciones, ni cabe, en lo posible, que en el decurso de tan pocos años alcance tan maravillosos resultados un pueblo que no esté dotado de singularísimas cualidades para una obra tan ardua como la de colonizar y civilizar un mundo nuevo. Esto, en los tiempos modernos, sólo España lo ha hecho”.

“No se lee sin sorpresa en la Gaceta de Méjico, escribía Humboldt, que, a cuatrocientas leguas de distancia de la capital, en Durango, por ejemplo, se fabrican pianos y clavicordios…”. “Es una cosa que merece ser observada, que entre los primeros molines de azúcar, trapiches, construidos por los españoles a principios del siglo XVI había ya algunos movidos por ruedas hidráulicas y no por caballos, aunque estos mismos molinos de agua hayan sido introducidos en la isla de Cuba en nuestros días como una invención extranjera por los refugiados de Cabo Francés”.
Verdadero asombro causa el leer que los metales se trabajaban en la América española, a los pocos años de haber empezado la colonización con más perfección que en la península, como lo prueban las fundiciones de Coquinbo, de Lima, de Santa Fe, de Acapulco y otras; que las verjas, fuentes y puentes de aquella parte del mundo sobrepujaban en hermosura a las de Europa; que los altares, templetes, tabernáculos, custodias, lámparas y candelabros de oro, plata, bronce que salían de las manos de artífices hispanoamericanos podían sostener la comparación con las obras de Benvenuto Cellini; que, según el inglés Guthrie, eran admirables los aceros de Puebla y otras ciudades de Méjico; que según el mismo autor, las fábricas de algodón, lana y lino producían en Méjico, Perú y Quito tejidos más perfectos  que los de las más acreditadas fábricas de Francia e Inglaterra; que los cueros que se curtían allí de admirable manera; que las telas, mantas y alfombras de Perú, Quito y Nueva Granada eran estimadísimas y excelentes; que la fabricación de vidrio y loza era muy superior a la de Europa, en una palabra, que tenía razón Humboldt cuando decía que “los productos de las fábricas de Nueva España podrían venderse con ganancia en los mercados europeos”.

¿Dónde está, pues, la tiranía económica de España, ni cómo pueden acusarnos de haberla ejercido los ingleses, que hasta fines del siglo XVIII sostuvieron el criterio de que no debía fabricarse nada en sus colonias americanas para no perjudicar los intereses de las industrias de la Metrópoli? ¿No pidieron ya en el siglo XVI las Cortes de Castilla que se reprimiese la exportación a América, puesto que teniendo aquellas colonias primeras materias abundantes y hábiles artífices podían bastarse a sí mismas sin necesidad de la madre patria?

Dos elementos contribuyeron poderosamente a la organización de aquellas tierras a las cuales fue a parar lo mejor y lo más selecto de la sociedad española de la época: el elemento político representado por las leyes de Indias y el elemento religioso representado por las órdenes monásticas.

Los reyes de España, bueno es decirlo y afirmarlo frente a tanta ridícula y falsa afirmación como se ha hecho, jamás vieron en América una colonia de explotación, ni desde el punto de vista de las riquezas mineras, ni desde el punto de vista del comercio.  Las industrias se desarrollaron en el Nuevo Mundo merced al constante cuidado del Consejo de Indias, que allí enviaba labradores y artesanos, artífices y artistas, semillas y plantas, animales domésticos y aperos de labranza, y en cuanto al comercio distó mucho de ser un monopolio de los españoles, quienes a lo sumo se convirtieron en agentes del comercio europeo.

Es cierto que los indios fueron objeto de malos tratos en los primeros tiempos de la Conquista. ¿Pero lo fueron con anuencia de los reyes y de sus representantes como ha ocurrido en fecha reciente en algunas comarcas de África explotadas por naciones cristianas? Evidentemente no, y es más, los mismos historiadores españoles de las Indias achacan la muerte de no pocos conquistadores a un castigo divino de sus fechorías…  Los reyes, respondiendo a la misión que les competía, reprimieron severamente los abusos y dictaron la admirable colección de Leyes de Indias.

Paralelamente a la organización política que comienza con los cabildos y culmina en los virreyes, se desarrolla la organización de la cultura que comienza en las escuelas de las misiones, fundadas a raíz casi de la llegada de los españoles y tiene su manifestación más elevada y perfecta en las universidades de Méjico y Lima, fundadas en 1553 la primera y en 1551 la segunda y dotadas por Carlos V de todos los privilegios de que disfrutaban la Universidad y estudios de Salamanca. A principios del siglo XVII había en la Universidad de Lima cátedras de teología, derecho, medicina, matemáticas, latín, filosofía y lengua quichua y se conferían los grados con extraordinaria pompa, asistiendo a la ceremonia el virrey rodeado de su corte para dar público testimonio del interés que a la Corona inspiraba aquel establecimiento de enseñanza. En el Perú existían, además, la Universidad de San Antonio Abad del Cuzco, fundada en 1598 y los colegios de San Felipe y San Martín, en Lima, y otros en Arequipa, Trujillo y Guamangua. Antes de terminar el siglo XVI no solamente se imprimían y publicaban libros en el Perú, sino que estaban escritos por nacidos en el virreinato, como Calancha, Cárdenas, Sánchez de Viana y Adrián de Alesio.  En Méjico se enseñaba la medicina, el derecho, la teología, pero eran los mejicanos algo más tardos que los peruanos aunque más constantes en el esfuerzo.  Multiplicáronse los colegios en aquel virreinato; lo mismo las autoridades que los particulares, que las órdenes monásticas rivalizaban en celo por la enseñanza y un siglo apenas después del descubrimiento, ya había concursos literarios y científicos en la capital. “Así era cómo revelaba la raza conquistadora su rudeza, su despotismo y su empeño en mantener ignorante a la subyugada América para mejor explotarla. No creemos que ninguna nación culta y civilizadora haya hecho en tan poco tiempo lo que hizo España en aquellas regiones durante el siglo XVI, erigiendo edificios y fundando y dotando escuelas para la enseñanza de tantas ciencias. Y eso lo hacía mientras sus guerreros iban avanzando sin tregua en busca de nuevos territorios que agregar al imperio español y los misioneros les acompañaban –si ya no les precedían en sus exploraciones-, afanosos por convertir nuevas tribus a la fe cristiana, y los naturalistas organizaban caravanas científicas para enriquecer con miles de ejemplares, hasta entonces ignorados, el catálogo de las plantas científicamente clasificadas”.

Lo que España no hacía en su propia casa lo hacía en América. … Si se nos pregunta cuáles fueron los maestros de ciencias exactas en América, diremos que los frailes. Si se nos pregunta quiénes fueron sus discípulos, contestaremos que los blancos, los mestizos y los indios.

A principios del siglo XIX los peruanos, que habían estudiado en la Salamanca de América, en la Universidad de Lima, sostenían, quizá con razón, que estaban más adelantados que los españoles de la península. “En el Perú, decían, la instrucción es general, como el talento y la penetración de sus hijos y el amor al estudio”.
En la América española  había a principios del siglo XIX multitud de sociedades literarias, de academias, de museos… Las ciencias naturales estaban allí, sin disputa, más adelantadas que en Europa.

Un escritor inglés hace observar la diferencia esencial que se observa entre la América española y la inglesa: la de que no existe el odio de razas. “Podrán ser despreciados por débiles, ignorados como ciudadanos, maltratados y oprimidos, pero no excitan repulsión personal. No se les desdeña porque pertenecen a otra raza, sino por la inferioridad de sus condiciones. Así es que los americanos españoles no se conducen con los indios como los yanquis, los holandeses y los ingleses. No hay allí la aversión que se nota en California y Australia respecto a los chinos, indios y japoneses. Y añade Mr. Bryce, de quien traducimos estas palabras, que quizá se deba esta diferencia a la que existe entre el catolicismo y el protestantismo; al hecho de que el indio en las posesiones españolas nunca fue legalmente esclavo y a que los españoles, al llegar a ellas sin mujeres, consideraron como legítimos a sus hijos mestizos…”. Nada más exacto.

El día que Inglaterra nos demuestre que admitió a los indígenas de cualquier territorio sometido a su imperio al ejercicio pleno y entero de todos los derechos de la ciudadanía inglesa, y nos pruebe que tienen asiento en la Cámara de los Lores descendientes de antiguos reyes desposeídos por ella de sus Estados, o que envió a una colonia suya en calidad de virrey al descendiente de uno de esos reyes, entonces creeremos en su humanidad y en su justicia; mientras tanto, creemos en la nuestra.

Los hispano-americanos nos han combatido en otros tiempos. Ahora ha cambiado no poco su modo de pensar. Olvidemos los ataques y recordemos las alabanzas. “España, España, escribía el ecuatoriano Juan Montalvo, lo que hay de puro en nuestra sangre, de noble en nuestro corazón, de claro en nuestro entendimiento, de ti lo tenemos, a ti te lo debemos. El pensar grande, el sentir a lo animoso, el obrar a lo justo en nosotros son de España; y si hay en la sangre de nuestras venas algunas gotas purpurinas, son de España. Yo, que adoro a Jesucristo; yo, que hablo la lengua de Castilla; yo, que abrigo las afecciones de mis padres y sigo sus costumbres, ¿cómo la aborreceré?...”.

¿Cómo van a aborrecerla? ¿No ha creado España diez y ocho naciones que hablan su lengua y profesan su religión? ¿Qué nación puede enorgullecerse de algo semejante?

La lucha por la unidad - Julián Juderías

La lucha por la unidad
Cuando vencidos los españoles, pueden alardear los romanos de haber derrotado y reducido nuestra patria a la condición de dependencia, es  ésta la que los conquista y gobierna merced a su entendimiento. No solamente se asimilan los españoles la cultura latina, sino que sobresalen en ella y dan a Roma filósofos y poetas cuando ya no los tenía y hasta emperadores de gran fama y justo renombre.

Y si de la literatura pasamos a la política, ¿no merecen acaso grato recuerdo los nombres de Adriano y Trajano, Marco Aurelio y Teodosio, grandes emperadores oriundos de España? ¿Qué colonia romana facilitó al Imperio, no ya elementos de defensa y de gobierno, sino caudillos de tan justo y merecido renombre? España devolvió, pues a Roma con creces la merced recibida de ella, y el pueblo dominado y vencido por Augusto tomó el desquite convirtiendo a sus hijos en señores del mundo.

Los godos acertaron a crear una unidad política más eficaz que la de Roma, porque se fundaban en la religión, en las leyes y en la independencia nacional e imprimieron un sello propio en el alma del pueblo español. Este sello está representado por el influjo de las ideas religiosas y por el predominio del derecho. Los romanos habían creado en España la ciudad, el régimen municipal; los godos crearon el estado y auxiliados por la Iglesia le dieron formas superiores a las que revestía en los demás pueblos de Europa.

La invasión árabe, que fue un retroceso en el camino de la unidad nacional, no contribuyó menos, al fin y al cabo, a la formación del pueblo español, merced al aportamiento de nuevos importantes caracteres intelectuales y morales.

Los pueblos sometidos al yugo de los árabes disfrutaron de un sosiego mayor que los situados en los límites de las nuevas monarquías cristianas y tuvieron mayor oportunidad que éstos para enriquecerse y prosperar.

Digna de estudio es, desde muchos puntos de vista, la lucha sostenida por los godos refugiados en las montañas contra los árabes invasores. Su primer rasgo característico es haber sido una guerra esencialmente religiosa. Combatían los hispanogodos a los árabes no tanto por ser invasores como por ser musulmanes, es decir, enemigos de su religión.

El hecho mismo de que la Reconquista se inicie en la región cantábrica, en lo que fue último baluarte de la resistencia contra Roma, prueba que, además del ideal religioso, el factor étnico desempeñó en la larga y cruenta guerra un papel principal.

Hubo momentos en que el poder real significó muy poco al lado del poder de los magnates.

Otro tanto ocurría en la región dominada por los árabes. En tiempo de Mohamed I, en 852, y sobre todo bajo el reinado de Abdalá, en 886, los mozárabes y muladíes, primero, y más tarde los mismos moros, se sublevaron contra los emires y pusieron en tela de juicio la existencia del Estado musulmán. Aben-Hafsun, uno de los rebeldes, se erigió en señor de media Andalucía, organizó ejércitos, recibió embajadas, pactó con otros moros tan levantiscos como él y tuvo en jaque a los soberanos legítimos por espacio de cuarenta años.

Sin embargo, la incorporación de los reinos  cristianos se llevó a cabo sin efusión de sangre, merced a enlaces sucesivos de los monarcas. Fue una unión personal, puesto que cada uno conservó sus leyes, sus fueros, sus costumbres, su modo de ser propio, pero fue una unión que preparó la definitiva, la verdadera, la única posible. Castilla y león se unen en 1037 en cabeza de Fernando I y el nuevo Estado adquiere notable preponderancia sobre los demás Estados cristianos de la península.

Cataluña se incorpora a Aragón en 1162 en cabeza de Alfonoso II. En el siglo XIII, la historia de España, de la España cristiana, queda reducida a la historia de los dos grandes sistemas políticos determinantes de su vida moderna: Castilla y Aragón. En Castilla reina Fernando III, en Aragón Jaime I. El uno conquista Córdoba  y Sevilla, el otro Valencia y las Baleares. No solamente se ha dado ya un gran paso hacia la unidad política, sino que es un hecho la existencia de la unidad moral, de la unidad de pensamiento, no en lo que pudiéramos llamar pequeño, en los fueros, en los privilegios, en las rivalidades de comarca a comarca y de reino a reino, sino en lo fundamental, en la idea que a todos debía servir de norma, en la reconquista completa y definitiva del territorio. En las Navas de Tolosa habían peleado juntos aragoneses, catalanes y castellanos contra el enemigo común; el Cid había conquistado Valencia, perdida después y Jaime I acabó por reconocer el derecho preferente de Castilla a Murcia, conquistada por él…
… tanto las provincias como las diferentes clases que componían el reino de Aragón, tuvieron órganos de sus respectivas opiniones; así los principados de Aragón, Valencia y Cataluña concurrieron por terceras partes al nombramiento de los nueve grandes electores de la dignidad real, los cuales fueron escogidos entre el clero, la nobleza y el tercer estado, tres de cada clase, como elementos de toda asamblea parcial o general.

La unión de Castilla y de Aragón a fines del siglo XV, unión tan personal como las que habían determinado anteriormente la fusión de los diversos reinos cristianos en dos grandes sistemas políticos, tiene algo de novelesco, por no decir de maravilloso.

… se vieron Isabel y Fernando elevados a los dos primeros tronos de España, a que ni el uno ni el otro habían tenido sino un derecho eventual y remoto…. Pero ¿hubiera bastado el matrimonio de los dos príncipes para producir él solo el consorcio de los dos reinos? Obra fue ésta tal vez la más grande del talento, de la discreción y de la virtud de Isabel… Isabel, dominando el corazón de un hombre y haciéndose amar de un esposo, hizo que se identificasen dos grandes pueblos. Esta fue la base de la unidad de Aragón y Castilla.

Cuatro grandes acontecimientos cierran este período de grandeza. La transformación de Castilla, la conquista de Granada, el descubrimiento del Nuevo Mundo y el engrandecimiento de Aragón asentando sólidamente su supremacía en Italia. Lafuente caracteriza magistralmente estos grandes sucesos: “Halló Isabel cuando empezó a reinar, una nación corrompida y plagada de malhechores, una nobleza díscola, turbulenta y audaz, una corona sin rentas, un pueblo agobiado y pobre…  A los pocos años los magnates se ven sometidos, los franceses rechazados en Fuenterrabía, los portugueses vencidos y arrojados de Castilla, la competidora del trono encerrada en un claustro, el jactancioso rey de Portugal peregrinando por Europa, el ladino monarca francés firmando una paz con la reina de Castilla, los ricos malhechores castigados, los receptáculos del crimen destruidos, los soberbios próceres humillados, los prelados turbulentos pidiendo reconciliación, los alcaides rebeldes implorando indulgencia, los caminos públicos sin salteadores, los talleres llenos de laboriosos menestrales, los tribunales de justicia funcionando, las Cortes legislando pacíficamente, con rentas la Corona, el tesoro con fondos, respetada la autoridad real, establecido el esplendor del trono, el pueblo amando a su reina y la nobleza sirviendo a su soberana. Castilla había sufrido una completa transformación y esta transformación la ha obrado una mujer”.

“La conquista de Granada no representa sólo la recuperación material de un territorio más o menos vasto, más o menos importante y feraz, arrancado del poder de un usurpador. La conquista de Granada no es puramente la terminación de una lucha heroica de cerca de ocho siglos, y la muerte del imperio mahometano en la península española. La conquista de Granada no simboliza exclusivamente el triunfo de un pueblo que recobra su independencia, que lava una afrenta de centenares de años, que ha vuelto por su honra y asegura y afianza su nacionalidad. Todo esto es grande, pero no es solo, y no es lo más grande todavía. A los ojos del historiador que contempla la marcha de la humanidad, la material conquista de Granada representa otro triunfo más elevado; el triunfo de una idea civilizadora, que ha venido atravesando el espacio de muchos siglos, pugnando por vencer el mentido fulgor de otra idea que aspiraba a dominar el mundo. La idea religiosa que armó el brazo de Pelayo, el principio que puso la espada en la mano de Fernando V. La tosca cruz de roble que se cobijó en la gruta de Covadonga es la brillante cruz de plata que vio resplandecer en el torreón morisco de la Alhambra. Era el emblema del cristianismo que hace a los hombres libres, triunfante del mahometismo que los hacía esclavos…”.

Faltaba el engrandecimiento de Aragón. Castilla se había transformado. Castilla había expulsado definitivamente a los árabes. Castilla había recibido como recompensa de aquella lucha secular –así se creyó entonces- un mundo nuevo, maravilloso, con ríos anchos como mares, con montañas portentosas, cubiertas de perpetuas nieves, con selvas vírgenes de descomunales árboles, con inmensos tesoros que hablaban a la fantasía de los aventureros, con razas semisalvajes, cuya ignorancia hablaba al corazón de los misioneros. A Aragón le tocó ensanchar sus fronteras, llevarlas al otro lado del Mediterráneo, y así como Castilla había puesto fin a la reconquista de su territorio con el auxilio de Aragón, Aragón conquistó Nápoles con el auxilio de Castilla y mientas el Gran Capitán derrotaba a los franceses, el rey don Fernando adquiría el renombre político mejor ganado de su tiempo.

Evolución política, literaria y científica del pueblo español durante la Reconquista - Julián Juderías


Pasajes de "La leyenda negra", de Julián Juderías

Evolución política, literaria y científica del pueblo español durante la Reconquista

Leyendo nuestros anales se echa de ver que si ha habido un principio dominante en nuestra historia, más dominante que en la historia de otras naciones, es el de la intervención del pueblo en los negocios públicos, dando a la palabra pueblo un sentido amplio capaz de abarcar todos los elementos ajenos al poder real. Lo prueba antes que nada el carácter electivo que en un principio tuvo la dignidad real. “La elección popular era en España, ha dicho Du Hamel, el principio constitutivo del trono, y componiendo de hecho los Concilios en los primeros tiempos la representación nacional, por consentimiento de los pueblos, se hallaron, por consecuencia, en posesión del derecho de nombrar soberano”.

El IV Concilio de Toledo, presidido por San Isidoro sentó el principio de que nadie sería rey sin que precediese su reconocimiento por los Concilios y de que una vez reconocido como tal, nadie podría atentar a su vida bajo pena de excomunión. Es en esencia el mismo principio que rigió después y que sigue rigiendo hoy con las alteraciones de forma introducidas por el tiempo. La monarquía absoluta, la monarquía de derecho divino, puede afirmarse que no ha existido en nuestra patria y que el derecho divino de los reyes, su autoridad absoluta, comenzaba en el punto y hora en que la representación nacional sancionaba su derecho a ocupar el trono y por ende le trasmitía el poder para gobernar el reino. La monarquía electiva se transformó en España en monarquía hereditaria de una manera lenta e insensible y se había admitido como una costumbre antes de que la ley sancionase el cambio. De dos medios se valieron los reyes para conseguirlo: poniendo en vigor antiguas leyes godas o adoptando procedimientos adecuados a los tiempos y a las circunstancias.

Demuestra lo dicho la importancia extraordinaria que tuvieron siempre en nuestra patria las representaciones nacionales llámense Concilios, como los de Toledo, Curias o Juntas mixtas como las de los primeros tiempos de la monarquía cristiana, o Cortes como las sucesivas a partir del siglo XII. La intervención del estado llano en las asambleas nacionales, que es lo que caracteriza las verdaderamente populares, comienza en las celebradas en Burgos en 1169. Desde entonces el estado llano, los representantes de las villas y ciudades no dejan de asistir a ellas. Quedaron, pues, las Cortes constituidas en Castilla por el clero, la nobleza y los personeros, mandaderos o procuradores de las villas, ciudades. Debía reunirse la asamblea en el lugar que el rey designase, pero no en plaza fuerte donde la libertad de los procuradores se hallase cohibida por la fuerza militar y disfrutaban los mandatarios de una inviolabilidad que comenzaba el día en que marchaban a las Cortes y terminaba el en que regresaban a sus casas. Reuníanse las Cortes para presenciar el juramento de los reyes y príncipes y jurarles a su vez, para votar los impuestos, para hacer súplicas al monarca y para conocer de los asuntos graves como paces y guerras. No tenían, sin embargo, participación en la potestad legislativa, aun cuando, poco a poco, la costumbre les fue otorgando intervención en la redacción de las leyes. En Cataluña, comienzan las Cortes en 1064 con las celebradas aquel año en Barcelona; en Aragón, con las de Jaca en 1071; en Navarra, con las de Huarte Araquil en 1090, y en Valencia, con las de 1239, reunidas un año después de reconquistada la ciudad y el reino por los aragoneses. Las Cortes aragonesas, navarras y catalanas se diferenciaban de las de Castilla en un punto esencial: en que compartían con el monarca la potestad legislativa, es decir, que gozaban de las mismas facultades que las asambleas modernas. Como vemos, el régimen parlamentario, entendiendo por tal la intervención directa de la nación en los asuntos del Estado, el derecho de que los impuestos sólo pudiesen cobrarlos los reyes después de votados por los representantes de los que iban a pagarlos, y, sobre todo, la participación más o menos directa en la redacción de las leyes y en la validez de las mismas, existió en España mucho antes que en los países que nos califican de atrasados y de sometidos al yugo clerical o al de los monarcas. En Inglaterra el parlamento no quedó constituido hasta el siglo XIII y el model Parliament del rey Eduardo no fue convocado hasta 1295, cuando ya llevaban casi un siglo asistiendo a las Cortes nuestro procuradores mientras que en Francia, según confesión de Guizot, los Estados generales nada representaron en la gobernación del país y su primera asamblea legislativa fue la de 1789. “La constitución –dice Du Hamel- siguió compuesta de los triples elementos del torno, la aristocracia y la democracia, tan útiles a las sociedades cuando los tres están combinados en justa y exacta proporción. Bajo su imperio llegó España a un grado de prosperidad y de civilización superior al de otros Estados del continente, época que resume tan juiciosamente Robertson, el célebre historiador del emperador Carlos V, con estas palabras: “La España tenía al principio del siglo XV un grandísimo número de ciudades mucho más pobladas y florecientes en las artes, en el comercio y en la industria que las demás de Europa, a excepción de las de Italia y de los Países Bajos que podían rivalizar con ellas”. El mismo escritor añade en otra parte: “Los principios de libertad parece que fueron en esta época mejor entendidos por los castellanos que por nadie. Generalmente poseían estos sentimientos más justos sobre los derechos del pueblo y nociones más elevadas acerca de los privilegios de la nobleza que las demás naciones. En fin, los españoles habían adquirido ideas más liberales y mayor respeto por sus derechos y sus privilegios; sus opiniones sobre las formas del gobierno municipal y provincial, lo mismo que sus mirar políticas, tenían una extensión a la que los ingleses mismos no llegaron hasta más de un siglo después.

La Constitución aragonesa ha merecido grandes elogios de los tratadistas extranjeros, Prescott llama al Justicia “barrera interpuesta por la Constitución entre el despotismo por una parte y la licencia popular por otra” y Pruth dice en la Historia universal, de Oncken, que la organización política de los aragoneses fue la única de la Edad Media que puede compararse con las Constituciones modernas.

Pero si todo esto revela el espíritu de independencia de los españoles y destruye no pocos argumentos de los escritores extranjeros en punto a su sumisión y a su servilismo ante el rey o la iglesia, era también causa no pequeña de debilidad. Los privilegios obtenidos por la nobleza y su derecho a abandonar el servicio del rey, reconocido en las leyes antiguas, y los privilegios obtenidos por los concejos y consignados en los fueros municipales, consecuencia necesaria unos y otros del estado constante de guerra, determinaron la existencia en la península de multitud de Estados pequeños dentro de cada uno de los grandes, señoriales los unos, concejiles los otros, con facultades ambos para tener tropas, pactar alianzas e imponerse al poder real hasta el extremo de hacerlo ilusorio. El individualismo de la raza se desarrolló portentosamente durante aquellos tiempos y causa verdadero asombro el más ligero examen de aquella sociedad, que tenía, sí, una idea común, la guerra contra los infieles, pero que se hallaba dividida y subdivida hasta el infinito por leyes, fueros, privilegios y rivalidades que hacían imposible la coordinación de tantas y tan robustas energías. De aquí que la labor de los reyes consistiera, necesariamente, en la destrucción de los obstáculos que se oponían a su autoridad. La labor fue dura y lenta. Tropezó con innumerables obstáculos y no se consiguió en Castilla hasta una fecha relativamente reciente; en Aragón y Cataluña la uniformidad legislativa se obtuvo antes, pero todavía quedaba por realizar en el siglo XV la fusión de aquellos elementos políticos discordes y a esta obra se consagraron los monarcas apelando a los procedimientos más distintos.