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Gabriele D’Annunzio - Antonio Scurati





Gabriele D’Annunzio, nacido en 1863, ha invertido los primeros cincuenta años de su vida en intentar convertirse en el primer poeta de Italia. Y lo ha conseguido. Sus versos y su prosa -en particular la novela El placer- han influido en los gustos de una generación y obtenido resonancia internacional. Sostiene arrogante “haber devuelto la literatura italiana a Europa” y no le falta razón. Los principales intelectuales del continente lo leen, lo admiran y lo elogian públicamente. Entretanto, también vive su vida como una obra de arte: dandi incomparable, hedonista militante, seductor triunfal, histriónica, sensual, fecundo, pone su inmensa erudición al servicio de la búsqueda obsesiva de las alegrías de los sentidos y de los más desenfrenados apetitos carnales. Más tarde, en plena Belle Epoque, casi de repente, el culto estético se transmuta en él en el de la violencia, el desasosiego de una época adquiere tintes sanguinolentos. 

La enorme multitud reunida en piazza del Campidoglio permanece inmóvil, inmóvil como la estatua ecuestre del emperador Marco Aurelio, alrededor de la que se agolpa. Aguardan todos con la cabeza echada hacía atrás y la mirada dirigida hacia lo alto a que Gabriele D’Annunzio haga su aparición en la balconada del ayuntamiento de Roma. Son decenas de miles de hombres, jóvenes en su mayoría, robustos, físicamente intactos, y, pese a ello, ese hombre se las arregla para hacer que se sientan como mutilados. Gracias a la metáfora de la “victoria mutilada”, acuñada por el poeta, ahora veinte mil varones jóvenes y enteros sienten que les falta un órgano. Y por esa razón lo adoran.

Son en su mayoría veteranos de la Primera Guerra Mundial, la mayor guerra de la historia, que disputaron y ganaron contra el enemigo ancestral del pueblo italiano, ni un año hace, en las orillas del río Piave y, sin embargo, D’Annunzio logra que se sientan derrotados. Y por es razón ellos lo veneran. Adoran y veneran al mago capaz de ese milagro de alquimia psicopática que está transmutando la mayor victoria jamás alcanzada por Italia en los campos de batalla en una derrota humillante. 

Cuando, en la mañana del 6 de mayo de mil novecientos diecinueve, la gran multitud aguarda inmóvil al pie del monumento ecuestre a Marco Aurelio a que el alquimista de la derrota hable desde la barandilla del Campidoglio, en toda Italia el sentido de humillación, de derrota y de injusticia es ya, en efecto, definitivamente unánime. Para ello han bastado dos semanas. 

El 24 de abril, el presidente del Gobierno, Orlando, y su ministro de Asuntos Exteriores, Sonnino, abandonaron la conferencia de paz de París. El Pacto de Londres, que estableció en mil novecientos quince las condiciones para su entrada en guerra del lado de Rusia, Francia y Gran Bretaña, prometía otorgar a Italia, en caso de victoria, Dalmacia, durante siglos posesión de la República de Venecia. Según los nacionalistas, además, la nueva doctrina de autodeterminación de los pueblos, propagada por Wilson, implicaba conceder a Italia Fiume, una pequeña ciudad con una amplia mayoría italiana, excluida de los acuerdos de Londres. El eslogan es: Pacto de Londres más Fiume. Pero el presidente de los Estados Unidos de América, amo y señor del juego diplomático, no parece tener intención de reconocer al aliado italiano ni una cosa ni otra. 

En la conferencia de paz, Wilson y los otros maestros de la victoria continuaron negociando tranquilamente y decidiendo las nuevas fronteras del mundo sin los italianos. A cambio de quince días de orgasmo patriótico, mientras los liberales, los nacionalistas y los fascistas italianos se obnubilan hipnotizados por algunos acantilados del Adriático, en París los aliados se reparten las colonias alemanas en África y el Imperio turco en Oriente Próximo. Solo dos semanas después de su desdeñosa espantada, Orlando y Sonnino se ven obligados, por lo tanto, a volver a París con el rabo entre las piernas. El daño moral es enorme. Un pueblo que se había hecho la ilusión de poder resistir solo contra todos se hunde en el abandono. A millones de pacíficos campesinos, desconocedores del mundo, que durante cuatro años han librado una guerra mundial en las trincheras sin saber siquiera en qué tierra habían sido excavadas, se les dice que se han desangrado por nada, que sus heridas han sido en vano. La decepción estalla en ellos como un dolor casi desesperado.

No contento aún, tras el estallido de la Primera Guerra Mundial, en el jalón de sus cincuenta años, a la edad en la que los hombres de su tiempo entran en la vejez, D’Annunzio, el caprichoso coleccionista de lacas y esmaltes, decide convertirse en el primer soldado de Italia. Y lo consigue. Tras lograr el permiso para alistarse como oficial de enlace en los lanceros de Novara, y una vez obtenida la licencia de vuelo, participa en incursiones aéreas sobre Trieste, Trento y Porec, en el ataque contra el Monte San Michele en el frente del Carso. Herido durante un aterrizaje de emergencia, pierde el ojo derecho. Empleará su convalecencia para componer Nocturno, una de sus obras más misteriosas e inspiradas; más tarde, tras regresar al frene contraviniendo toda opinión médica, en la décima batalla del Isonzo concibe el arriesgado asalto a la Cota 28 más allá del curso del río Timavo. Ahí es donde muere Giovanni Randaccio. Como queriendo vengar a su amigo, el poeta prepara una serie de sensacionales empresas bélicas: ataca el puerto de Cattaro, sobrevuela Viena con su escuadrilla y lanza desde el cielo octavillas de propaganda que invitan a la rendición a la capital del enemigo, viola el bloqueo naval austríaco en la bahía de Buccari a bordo de pequeñas embarcaciones de asalto con una burlona incursión que eleva la moral de las tropas italianas después de la derrota de Caporetto. Su nombre está inscrito con todo derecho en la lista de los ases y los héroes.

En poco más de un mes, Fiume ya se ha convertido en un mundo de mundos, el puerto franco de la rebeldía de todas las tendencias políticas, nacionalistas e internacionalistas, monárquicas y republicanas, conservadoras y sindicalistas, clericales y anarquistas, imperialistas y comunistas. Las vanguardias políticas, sociales y artísticas de toda Europa se apresuran a acudir a la feria de las maravillas: soñadores, libertarios, idealistas, revolucionarios, inconformistas, aventureros, una multitud de héroes e inadaptados, talentos inquietos y excéntricos, hombres de acción y ascetas, desesperados sin nada que perder y millonarios en busca de emociones, jóvenes violentos y escritores de moda en París, artistas vegetarianos y sacerdotes que han colgados los hábitos, amazonas con uniformes militares y militares disfrazados de bailarines, seductores en busca de conquistas femeninas y pederastas en busca de conquistas masculinas. La amalgama despierta el entusiasmo, la bacanal resuelta orgiástica, la licencia normal, el desenfreno absoluto, el espectáculo continuo, la fiesta ininterrumpida. El individualismo, la piratería, la excentricidad, la transgresión, las drogas, la libertad sexual, el cosmopolitismo, el feminismo, la homosexualidad, el anarquismo sitúan a Fiume fuera del mundo y, al mismo tiempo, por encima de él. Un solo mundo ya no es suficiente. En los pasillos de los palacios romanos del poder los politicastros recurren a las intrigas habituales, traman estratagemas, intentan ganar tiempo, proponer soluciones de compromiso. Ese es el submundo. Fiume, en la visión de Gabriele D’Annunzio, es el supermundo. Por ahí no se pasa. 

(Extractos del libro "M. El hijo del siglo", de Antonio Scurati)


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