Buscar en este blog

La agonía de Francia. Manuel Chaves Nogales




La revelación más sorprendente y espantable del derrumbamiento de Francia ha sido esta de la indiferencia inhumana de las masas. Las ciudades no han tenido en ninguna otra época de la historia una expresión tan ferozmente egoísta, tan limitada a la satisfacción inmediata y estricta de los apetitos y las necesidades de cada cual. 

El Estado puede hundirse y desaparecer para siempre y el pueblo puede caer en la esclavitud sin que el autobús haya dejado de pasar por la esquina a la hora exacta, sin que se interrumpan los teléfonos, sin que los trenes se retrasen un minuto ni los periódicos dejen de publicar una sola edición. Habíamos creído ingenuamente que la complicada mecánica de todo ello estaba en conexión estrecha e indisoluble con los fines del Estado y esto es una vana ilusión. 

En la ciudad antigua, cuando la lucha era a la medida del ciudadano, éste abandonaba fácilmente sus quehaceres pacíficos en el momento de peligro y se convertía en el soldado de su independencia. 

La fe en Francia era una fe ciega, universal. Creían en ella quienes la conocían a fondo y quienes la ignoraban; hasta sus enemigos; hasta los salvajes. 

Hoy, después del derrumbamiento de Francia, no puedo disociar la devoción de los pobres demócratas de Europa por Francia de la devoción ingenua de los proletarios de todo el mundo por aquella momia maquillada que monta la guardia a la entrada del Kremlin. 

Francia se ha suicidado, pero al suicidarse ha cometido además un crimen inexpiable con esas masas humanas que habían acudido a ella porque en ella habían depositado su fe y su esperanza. Entre las cláusulas del deshonroso armisticio aceptado por el mariscal Pétain hay una que basta y sobra para deshonrar a un Estado; la cláusula por la que el gobierno francés se compromete a entregar a Hitler, atados de pies y manos, a los refugiados alemanes antihitlerianos que habían buscado su salvación en Francia y a quienes el Estado francés había utilizado sin escrúpulo en el simulacro de lucha contra el hitlerismo. La entrega al verdugo alemán de esos hombres que habían tenido fe en Francia será una de las mayores vergüenzas de la historia. 

Tengo la íntima convicción de que si Hitler hubiese atacado a Francia a raíz de la declaración de la guerra se habría roto los dientes contra la firme voluntad de luchar y resistir que entonces animaba al pueblo francés. El día primero de septiembre de 1939, tres millones de hombres salieron de sus casas dispuestos a jugarse la vida para defender a su patria. Lo que haya pasado luego es ya otra historia. 

Esa guerra civil, que es la que en realidad ha vencido a Francia, estaba declarada desde que en 1936 la nueva táctica comunista llevó al poder al gobierno del Frente Popular. 

La táctica de los Frentes Populares, adoptada por el Komintern en 1935, ha sido funesta a Francia como lo fue a España. En ambos países dio el triunfo electoral a las izquierdas pero en ambos países provocó automáticamente la reacción profascista que, si en España tomó la forma del alzamiento militar, del típico pronunciamiento español, en Francia sirvió de pretexto para que las fuerzas derechistas de la nación, movidas por el terror al comunismo, torciesen el rumbo de la política internacional francesa orientándola hacia la alianza con Italia y la contemporización con Alemania con lo que prácticamente destruían de un golpe el complicado sistema de alianzas elaborado con discreta perseverancia por Berhelot Barthou y sus oscuros colaboradores desde hacía veinte años, sistema en el que se basa la teoría de la seguridad colectiva y la seguridad real de Francia. 

Los gérmenes de las dos revoluciones abortadas seguían intoxicando el organismo nacional y a partir de 1936 crearon un estado morboso de guerra civil latente, crónica, una guerra civil en la que los ciudadanos no se asesinaban unos a otros pero poco a poco iban asesinando entre todos al país. 

Pretendieron seguir utilizando la guerra civil española como plataforma política, pero el pueblo francés, que había sentido por la República agredida una solidaridad cordial y entusiasta y hubiera estado dispuesto a exigir la ayuda auténtica y eficaz de Francia a los republicanos, descubrió finalmente el siniestro juego de la política comunista respecto a España. 

El gran delito comunista ha consistido en convertir las agresiones del fascismo contra los pueblos libres en mero instrumento de propaganda del Partido. Esta convicción apartó a las masas populares francesas de sus deberes de solidaridad con los pueblos agredidos y permitió impunemente a las derechas desarrollar su política profascista. Todo movimiento generoso del liberalismo francés se convertía automáticamente en servidumbre a Moscú. Todo intento de fidelidad a la política exterior seguida desde hacía veinte años por Francia era un atentado contra la patria. 

Francia no comprendió que para seguir viviendo con dignidad como nación independiente, los franceses tenían que morir por España, por Checoslovaquia y por Danzig. Tal vez, ahora comience a comprenderlo. 

Muchos de los oficiales que habían tomado parte en la Gran Guerra habían ido ascendiendo automáticamente sin que hubiesen vuelto a preocuparse de las evoluciones que el arte militar hubiese podido experimentar en los últimos veinte años. Para ellos, la forma definitiva de la guerra se había conseguido en Verdún de una vez y para siempre. Humorísticamente decíase en los medios militares franceses que el Estado Mayor va siempre “con una guerra de retraso”. En 1914 quería hacer la guerra como en 1870 y en 1939 estaba pensando todavía en la guerra de 1914.

¿Por qué hacerse matar en una guerra contra el hitlerismo para verlo triunfante en la boca de los mismos jefes que debían llevar a los hombres a tan estéril combate?

Unos comités patrióticos que funcionaban ostentosamente en París con personajes de relumbrón a la cabeza y asistidos por distinguidas damas de la buena sociedad, recaudaban fondos para comprarles a los soldados balones de fútbol, barajas de naipes y juegos de lotería… El soldado, por el hecho de serlo, era tratado estúpidamente como si fuese un menor, un primario, un pobre infeliz en cuyas manos se ponían unas baratijas insustanciales para entretenerle. La irritación que entre los soldados producía esta incomprensión de los de la retaguardia era terrible. 

París, y en general toda la retaguardia, había adoptado para con los soldados un aire ofensivamente protector como si se tratase de unos reclutas negros a quienes se pudiese engañar con unas cuentas de vidrio. 

Poco a poco resultaba que aquel ejército estaba cada vez mejor organizado, pero no para la batalla, sino para todo lo contrario, para la evasión hacia la retaguardia. 

Todos los idiotas del mundo -incluso los idiotas demócratas- se han puesto de acuerdo en proclamar que la democracia y el liberalismo, con su corrupción, su incapacidad, su falta de energía y resolución, han sido la causa fundamental de la decadencia de Francia y de su derrumbamiento final. Esta unanimidad en el juicio de los tontos es uno de los mayores prodigios realizados por los fabulosos medios de captación de que dispone en nuestro tiempo la propaganda manejada sin escrúpulo por los Estados. Porque, la verdad, la última verdad de Francia, la pura verdad, que hay que estar ciego para no ver, es precisamente la contraria. 

Este es el gran señuelo del totalitarismo. Mientras la democracia mantiene a los hombres en un estado permanente de impureza, el totalitarismo es un Jordán purificador maravilloso. Mientras el demócrata tiene que subir un calvario con la cruz a cuestas, cayendo y levantándose entre la befa y los salivazos de la canalla irritada, el totalitario aparece ante las masas humildemente postrada como un arcángel resplandeciente. 

Cuando se declaró la guerra hacía ya cuarenta y ocho horas que París se vaciaba por las grandes arterias de sus carreteras del sur y el oeste. Cerca de un millón de personas salieron de la capital temiendo un ataque fulminante y en masa de la aviación alemana. Entonces se creía que Hitler disponía de un fabuloso poder de destrucción y la iniciación de la guerra había sido imaginada generalmente como un verdadero Apocalipsis . Se creía posible que de París no quedase piedra sobre piedra y este temor hizo que todo el que pudo abandonase la capital. Todo el que pudo. Éste fue precisamente el gran daño. 

Se ha dado el caso triste de que aunque durante nueve meses el ejército alemán no haya ocupado ni una sola población francesa ha habido millones de franceses para quienes esos nueve meses han sido tan duros como si media Francia hubiese estado invadida desde el primer momento. 

Ni siquiera los niños deben ser alejados. Esto ya hubiéramos debido aprenderlo después de las tristes experiencias de Rusia y España, donde la mayor tragedia ha sido la de los miles y miles de criaturas arrancadas de los brazos de sus familiares para lanzarlas al azar del mundo en el que fatalmente se pierden, a lo menos para sus padres y, lo que tiene aún mayor trascendencia social e histórica, para su patria. 

El nómada es siempre un parásito. Consume y no produce. Tanto los nómadas del desierto como los modernos turistas son meros parásitos y convertir en parasitaria una inmensa masa de población por librarla de los riesgos de la guerra es arruinar al país entero y ocasionarle un estrago mayor aún del que podrían infligirle los ejércitos invasores. El complicado mecanismo de la producción moderna exige que cada cual se quede en su puesto sea cual fuere el riesgo que corra… Así ha sucumbido Francia, cuyos muertos por bombardeos aéreos han sido muchos menos de los que en el mismo periodo han ocasionado los accidentes de circulación. 

Por lo mismo que en la guerra total todo el mundo puede servir para algo, el Estado corre el peligro de encontrarse con que no hay nadie que le sirva verdaderamente. 

Bajo esta máscara del servicio y del heroísmo presunto, que había copiado de nazis y fascistas, Francia conservaba todos los vicios de un individualismo exaltado. 

Todo el mundo quería hacer la guerra sentado en una cómoda butaca.

El fenómeno curioso era que todas las gentes que hurtaban el bulto y que ni siquiera prestaban la mínima asistencia de su confianza al gobierno, tuvieran, al menos aparentemente, cierta fe en el Estado, estuvieran convencidas de que la guerra se podía ganar automáticamente. Para ellas no había duda. Ese Estado, al que ellas no ayudaban y al que incluso combatían individualmente, ganaría la guerra al final. 

En Francia existía el fetichismo de la Administración. Todo el mundo, aunque la criticase, tenía una fe ciega en ella. 

Desde el primero de septiembre el ciudadano francés procuró ante todo eludir el pago de sus impuestos. 

No era cosa de pagar la renta de una casa que no se sabía si los aviones alemanes destruirían al día siguiente. 

En Francia, teóricamente, no debía haber faltado nada. Los abastecimientos, incluso de productos importados, estaban asegurados con largueza. Pero bastaba que intencionadamente se lanzase el rumor de iba a faltar el café o el azúcar para que inmediatamente cuarenta millones de franceses se apresurasen a hacer un stock individual de unos cuantos kilos del producto que se temía llegase a faltar y, como es lógico, el producto en cuestión faltaba inexorablemente. El gobierno tenía que forzar las importaciones para compensar las cien mil o doscientas mil toneladas sustraídas del mercado en una hora por el egoísmo individual, y la normalidad de los abastecimientos no se restablecía hasta que todos los franceses tenían escondidas cantidades de azúcar o café bastantes para su consumo durante medio año. 

Cuando los alemanes hayan llegado a París y hayan vaciado los almacenes y las tiendas aún podrían hacer grandes stocks con los víveres que harán sacar del fondo de los armarios y de debajo de las camas. Para eso les habrá servido a los franceses su codicia que tantos quebraderos de cabeza daba a su gobierno. 

En ocasiones, el miedo de los bombardeos hacía desmayarse a infelices mujeres y cuando para darles aire y holgura se les desabrochaban las ropas que las oprimían, indefectiblemente, les saltaba del pecho el fajo de billetes cuando no se les caía de las manos la preciada cajita de las joyas. 

Dicho sea en honor del pueblo francés, que tantos pecados ha cometido y tantas faltas está purgando ahora, la verdad es que del mismo modo que acudió como un solo hombre a la orden de movilización aceptó sin réplica las nuevas condiciones de trabajo impuestas por la guerra. 

La inmensa mayoría del proletariado francés ha seguido siendo fiel a su patria después de haber roto todos sus lazos con la disciplina de Moscú.

El pueblo francés ha trabajado concienzudamente para la guerra. Durante el largo y penoso invierno que ha precedido a la catástrofe, el proletariado francés encerrado en los talleres desde antes de que rayase el día hasta dos horas después de haber caído la noche ha trabajado con fe dando todo el rendimiento de que era capaz. Si este esfuerzo no ha sido suficiente, si la producción nacional no ha podido adquirir la intensidad necesaria, culpa suya no ha sido. Entre las causas de la catástrofe de Francia no podrá incluirse la de la defección de los trabajadores al lado de la incompetencia y la mala voluntad del alto patronato y la debilidad del gobierno, ambas irrefutables. 

Se quería evitar cuidadosamente toda excitación sexual a los soldados y de este empeño nació la leyenda del bromuro, que según rumor público administraba furtivamente la intendencia a las tropas para mantenerlas alejadas de las inquietudes del sexo. Este tema escabroso de si se daba bromuro o no a los soldados apasionaba a las gentes más que la guerra y la política. 

Es curiosísimo el hecho de que Francia, que había estado inundando al mundo de publicaciones pornográficas desde hacía un siglo, se adhiriese quince días antes de sucumbir al Convenio Internacional de Ginebra para la represión de la pornografía. París, durante la guerra, ha sido como esas grandes pecadoras que cuando sienten que se les aproxima la última hora quieren arrepentirse y se escandalizan hasta de la sombra del pecado. 

Igualmente patética y enternecedora era a última hora la exacerbación del sentimiento religioso francés. Francia ha experimentado en los últimos veinte años un renacimiento triunfal del catolicismo y sus élites intelectuales habían llegado a una sublimación contemporánea de la idea católica que convertía al francés en el hijo predilecto de la Iglesia romana mientras Roma misma, arrastrada por el fascismo, “consagraba el triunfo de una cruz que no es la cruz de Cristo”; según clamaba el Sumo Pontífice. 

Yo he visto en París multitudes enormes arrodilladas piadosamente en la colina del Sacré Coeur; he visto el desfile incesante de patriotas desesperados ante los altares refulgentes de la iglesia de Notre Dame des Victoires y he presenciado, cuando los alemanes estaban ya a las puertas de París, cómo se sacaban en procesión por las calles las reliquias milagrosas de los santos franceses, los huesos de santa Genoveva, el estandarte de san Dionisio, de quienes en última instancia perdida a toda esperanza, el pueblo de París impetraba su salvación. 

Drôle de guerre!” Al que lanzó esta exclamación había que haberle ahorcado. En ella iba, hábilmente disimulado, todo el derrotismo de Francia. “Drôle de guerre!” Es decir, guerra extraña, absurda, rara, inexplicable y, en el sentido peyorativo de la palabra Drôle, guerra disparatada, grotesca, insensata, ilógica, guerra sin justificación que no se debía haber hecho, guerra estúpida y estéril. 

¿Quién sería capaz de hacerse matar en un “Drôle de guerre”?

El éxito de este calificativo era indicio claro de que Francia no estaba dispuesta a hacer la guerra. No se lucha heroicamente y se muere por algo en lo que no se tiene fe y la fe en la guerra había sido quebrantada por esta pequeña e insignificante fracesilla más eficaz para la propaganda derrotista que todas las consignas difundidas por los servicios del doctor Goebbels.

No había en todo París quien se atreviese a llamarse demócrata sin ser considerado despectivamente como un necio o un mistificador. Francia estaba intelectualmente gobernada por los nazis mucho antes de que las divisiones blindadas de Hitler ocupasen físicamente el territorio francés. 

Un Estado puede derrumbarse, un país puede ser invadido sin que se produzca en las masas una reacción profunda, pero en cambio no es posible que el servicio municipal de limpieza deje de recoger las basuras durante cuarenta y ocho horas.

Francia había llegado a enamorarse de su verdugo. Esta aberración, que en el ser humano aislado no es más que un caso de perversión sexual, al dominar a un pueblo y sobre todo a un pueblo superior como el de Francia, ha dado origen a una de las tragedias más hondas de la historia. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario