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España tuvo que ceder a Francia la isla de Santo Domingo para recuperar las Provincias Vascongadas

 


El 2 de agosto de 1794, las tropas francesas mandadas por el mariscal-general Adrien Jeannot de Moncey, duque de Conegliano, pusieron cerco a las Provincias Vascongadas por la frontera de Irún (Guipúzcoa).

Los vascos, siglos antes, con lágrimas en los ojos, habían hecho jurar solemnemente a Enrique IV de Castilla que Álava, Vizcaya y Guipúzcoa no serían desprendidas nunca del «territorio nacional», cuando el monarca negociaba con Luis XI el matrimonio de su hija Juana la Beltraneja con Carlos Valois, duque de Guyena.


Aunque los fueros imponían a los guipuzcoanos acudir masivamente, padre por hijo, a las armas para defender el «territorio nacional» no solo las Vascongadas sino toda España lo hicieron de tan mala gana que sólo movilizaron tres tercios, a los que se añadiría un batallón de voluntarios.


La «enconada y heroica resistencia» de los tatarabuelos de los futuros gudaris de la futura nación vasca frente a las tropas del mariscal-general Joachim Murat Loubière, cuñado de Napoleón Bonaparte y jefe del Ejército francés de los Pirineos Occidentales, permitió que Irún, Vera de Bidasoa, Fuenterrabía y San Sebastián fueran conquistadas en apenas 36 horas, poco más que el tiempo que se tarda en llegar andando a la capital donostiarra.


«La ocupación de San Sebastián no fue un hecho de armas.


     Varios politicastros guipuzcoanos se dejaron seducir por el general Adrien de Moncey, quien les prometió convertir la provincia en una República Independiente. Estos crédulos hombres, entre los que se encuentran el alcalde (Juan José Vicente de) Michelena, y el diputado José María de Barroeta y Aldamar, de infausta memoria, entregaron la ciudad a los franceses frente a la voluntad de la guarnición de defenderla. Cambiaron una quimérica libertad por la que disfrutaban bajo sus leyes antiguas y fueron infieles a la Patria», escribe años después el primer ministro español Manuel Godoy, desde su exilio en París. 


Mientras los navarros resistían los embates del Ejército francés, los vizcaínos y alaveses decidieron emular a sus «imbatibles y numantinos» compañeros de filas guipuzcoanos. Tras una discusión entre los que querían hacer frente al invasor y los partidarios de mantenerse neutrales, se rindieron en masa sin desempolvar siquiera sus viejas tizonas ni sacar algún que otro trabuco del fondo de sus cofres.


De esta manera, sin más complicaciones, los vascos, que se llamaban a sí mismos hidalgos universales y que, por tanto, no habían sido nunca vasallos de nadie, según la rancia y falsa literatura foralista, fueron sometidos y hechos prisioneros por los franceses, sus bienes y haciendas confiscados y puestos bajo dominio galo. Muchos de ellos, según Godoy, fueron fusilados.


La entrega a Francia ocurrió exactamente el 26 de agosto de 1794. Cuando poco después los diputados guipuzcoanos, tras reunirse en Guetaria, decidieron exigir de los galos invasores la creación de la República de Guipúzcoa, cambian las tornas. “Son un puñado de individuos que sólo tienen de recomendable su debilidad”, replicó Salbert Pinet, comisionado de Napoleón. Y ordenó el encarcelamiento de cuarenta de ellos en la prisión de la ciudadela de Bayona. 


Ese mismo día, el alcalde de San Sebastián Juan José Vicente de Michelena, obligado por los franceses, declaraba la «sumisión de la ciudad a la República francesa», desde el balcón de la casa consistorial.


Sin embargo, los diputados donostiarras, tercos como mulas, volvieron a reclamar su «derecho» a ser independientes. «La provincia de Guipúzcoa será regida como país conquistado», les contestaron a los diputados José Fernando Echa ve Romero, José Hilarión Romero, Francisco Javier Leizaur y José Maria Barroeta Aldamar, cuando plantearon sus reivindicaciones en París vía Bayona. Fue la forma en la que los franceses respetaron la mítica «soberanía originaria» que habían prometido defender. 


La provincia de Guipúzcoa, que pertenecía “por entrega voluntaria” desde 1200 a la Corona de Castilla «para asegurar su defensa frente al Reino de Navarra y a Francia», no se da por vencida. Los parientes mayores que han podido escapar a la persecución de los franceses se constituyen en Junta General  y, tras celebrar una reunión en Mondragón, acuden en petición de auxilio al Rey de España, Carlos IV, que se encuentra en San Lorenzo de El Escorial, quien sale en su defensa, buscando un acuerdo amistoso con sus enemigos como habían hecho el resto de los países europeos que desafiaron el poderío galo aquellos años.


    Ministro plenipotenciario de España en Varsovia, Domingo de Iriarte se encuentra de viaje en Venecia cuando recibe un mensaje urgente del ministro y valido del Rey, Manuel Godoy.


Las órdenes son tajantes. Debe desplazarse inmediatamente a Basilea (Suiza) para iniciar una negociación secreta con el embajador de Francia en aquel país, Francisco Barthelemy, que permita a España restablecer sin demora su integridad territorial y liberar al centenar de guipuzcoanos presos en Bayona.


Iriarte llega a Suiza el 6 de mayo de 1795 pero las conversaciones no pueden iniciarse hasta diez días más tarde. Barthelemy, que acaba de pactar un acuerdo de paz entre Prusia y Francia, carece de instrucciones y necesita evacuar consultas con las autoridades de su país.


El primer encuentro resulta una caja de sorpresas para el Gobierno español. Francia está dispuesta a retirarse de todos los territorios conquistados, salvo la provincia de Guipúzcoa que, con las plazas y puertos de Fuenterrabía, San Sebastián y Pasajes, queda agregada a la República. 


El monarca español se entera así de cómo una parte de sus súbditos de la provincia más nororiental de su reino ha pactado con las autoridades de la República francesa la cesión del territorio a los galos, quienes, no suficientemente agradecidos, acabaron encarcelándolos en Bayona. Pese a todo, algo más de dos meses después se llega a un acuerdo.


Así, el 22 de julio de 1795, tras la firma de la Paz de Basilea, Francia devuelve los territorios vascongados conquistados por las armas  -es un decir- a cambio de la entrega de la isla de Santo Domingo,  por la que los dos países llevaban un siglo luchando. El territorio antillano pasaría a ser parte de su imperio, y permitiría asegurar así el abastecimiento de azúcar a la metrópoli, frente a las paupérrimas Provincias Vascongadas, que sólo representan cargas para la República.


Todos los historiadores presentan el Acuerdo de Basilea como una paz honrosa para Carlos IV y Godoy, recompensado con el título de Príncipe de la Paz. Suelen olvidar que España tuvo que ceder unas tierras, habitadas por otros españoles, a cambio de las Provincias Vascongadas, con las vejaciones y humillaciones que supuso para los españoles antillanos ser entregados a los franceses, mediante un tratado en cuya gestación no habían participado. 


Además de entregar parte de su imperio colonial, la Corona se compromete a retirar los dos órganos de gobierno nacionales del territorio ―el consejo supremo o audiencia y el arzobispado-, a trasladar a los funcionarios de la administración y a los jefes y empleados del Gobierno, y a defender militar mente las plazas y puertos, especialmente Fuerte Delfín, de los ingleses hasta que el Ejército francés reúna los suficientes navíos torio. para hacerse cargo del territorio. 


«Las plazas, puertos y establecimientos referidos se darán a la República francesa con los cañones, municiones de guerra y efectos necesarios a su defensa que existan en ellos cuando se presente a tomar posesión de la totalidad de la isla», estipula el Tratado.


Aunque a los habitantes de Santo Domingo que no aceptaran la nueva situación política se les daba un plazo de 12 meses para abandonar la isla, la situación fue trágica. «Hubo varias decenas de personas que se quitaron la vida antes que ser franceses, otras que murieron al naufragar sus barcos mientras escapaban a la cercana isla de Cuba y varios centenares que murieron en altercados contra las tropas francesas.» 


La Paz de Basilea supuso también el derecho a los franceses a extraer yeguas, caballos andaluces, ovejas y carneros merinos de Castilla en un periodo de cinco años como botín de guerra, a cambio de la liberación y entrega a España de los 40 parientes mayores y diputados forales guipuzcoanos, encarcelados en Bayona.


El Gobierno español, por su parte, se comprometía a no perseguir a los afrancesados en la provincia de Guipúzcoa, a explicar a los curas de Santo Domingo «que el cristianismo no es incompatible con las repúblicas libres e ilustradas» y exigía la entrega de los dos hijos de Luis XVI, para darles el trato y la educación que requería su alta alcurnia. 


Las Provincias Vascongadas constituyen así la única tierra de España por cuya recuperación el valido del rey, Manuel Godoy, el llamado Príncipe de la Paz, tuvo que efectuar un pago tan oneroso como ceder otra parte de su territorio de ultramar con sus “no menos de noventa mil almas, entre blancos, mestizos y los que antes de ahora llamaban esclavos” al imperio francés. España cambió a unos españoles por otros y unos territorios por otros. 


Si la nación hubiera sido una empresa privada, una multinacional cualquiera, los territorios comunales (valles, ríos, montes, zonas marítimas) aparecerían inscritos en el Registro de la propiedad como parte de los activos patrimoniales del reino y todos los argumentos sin sentido de Sabino Arana, José Antonio Aguirre o Juan José Ibarretxe acerca de la soberanía originaria, la hidalguía universal y el sometimiento de la corona de Castilla, una de las naciones más poderosas de la tierra, se hubieran caído por su propio peso.


Los dominicanos se revolvieron y se enfrentaron a los franceses en la batalla de Las Carreras y el general Pedro Santana los derrotó el 19 de abril de 1849, tras decenios de lucha. Desde entonces, República Dominicana celebra el día en que expulsaron a los galos y se adhirieron de nuevo a España (desde 1861 a 1865), como el de su fiesta nacional.


Dos siglos más tarde, un sector de los habitantes de aquellas tierras españolas, cuya liberación de la opresión francesa costó a la nación la entrega de parte de sus territorios de ultramar y el pago de un fuerte botín de guerra, se acoge a unos pretendidos derechos históricos para independizarse y «esclavizar» a quienes les liberaron del yugo de los franceses a cambio de la libertad de otros pueblos.


«Los vascos constituimos una raza desconocida, distinta a la del resto de los españoles, somos un pueblo que tiene el derecho inalienable a nuestra autodeterminación», repiten los dirigentes nacionalistas como papagayos, sin tener en cuenta el artículo segundo de la Constitución que dice que «[España] es patria común e indivisible de todos los españoles» y que la «soberanía nacional reside en [todo] el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado».


Sustentan esta absurda teoría de que los habitantes de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa étnicamente se han mantenido puros desde los albores de la Humanidad. “La Nación Vasca, Euskadi, existe y desde tiempo inmemorial se halla encaramada como un pájaro en los Pirineos, frente a la bahía de Vizcaya, el mar de los vascos”, afirma el primer Lehendakari provisional del País Vasco, José Antonio Aguirre.


¿Ha existido la nación vasca como un grupo étnicamente puro o se trata de un simple mito? ¿Los habitantes de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa son una raza desconocida, aislada del resto del mundo, o forman parte de un conjunto multicultural y multirracial más amplio, donde el “éuscaro” puro es una minoría?


Fuente: Los mitos del nacionalismo vasco, José Díaz Herrera. 

El nacionalismo vasco - Stanley G. Payne

 

EL NACIONALISMO VASCO


La división política también se produjo entre los nacionalistas vascos, aunque en su caso fue una división provincial. Los nacionalistas de Álava y Navarra se alinearon con los carlistas y con los nacionales sublevados, cuyo nuevo Gobierno reconocería ciertos derechos de autogobierno en estas dos provincias. El Partido Nacionalista Vasco (PNV) es la única entidad politica que negoció con ambos bandos durante la Guerra Civil. En aquellos años tenía una fuerte identidad católica, y durante la primavera de 1936 trató con los conspiradores monárquicos en el País Vasco, mostrando más simpatía hacia los carlistas, aunque sin llegar a comprometerse. Puesto que también había quien simpatizaba con los revolucionarios, cuando empezó la guerra, la cúpula del PNV preparó una declaración de neutralidad. Algunos de los líderes más importantes, como Manuel de Irujo y Juan Ajuriaguerra, creían que el nacionalismo sacaría más provecho de la izquierda, así que, cancelando esa declaración antes de que pudiera salir a la luz, los dirigentes peneuvistas concedieron oficialmente su apoyo a la República, que solo llegó a hacerse efectivo en Vizcaya y Guipúzcoa, mientras un pequeño grupo, compuesto por los más intransigentes, al frente del cual estaba Luis Arana, hermano de Sabino Arana Goiri, se obstinó en mantener la neutralidad y marchó al exilio.


Por su parte, durante esas primeras semanas la Junta de Burgos mantuvo una actitud prudente. A principios de agosto de 1936, los obispos de Vitoria (Mateo Múgica) y de Pamplona (Marcelino Olaechea) hicieron pública una pastoral en la que apremiaban al PNV a poner fin a su alianza política con unos revolucionarios que no dejaban de cometer atrocidades en masa contra el clero y los católicos. Cuando los sublevados entraron en Guipúzcoa -provincia en la que el clero había defendido firmemente al nacionalismo-, juzgaron y fusilaron a 16 sacerdotes que habían mantenido una actividad política destacada, represión que Franco no tardó en condenar. Los portavoces nacionalistas hicieron un buen uso propagandístico del suceso, pasando por alto que sus aliados revolucionarios habían hecho lo mismo con otros 56 eclesiásticos en Vizcaya y Guipúzcoa.


También Franco emprendió negociaciones y reconoció los términos básicos de los fueros provinciales. Sin embargo, tanto José Antonio Aguirre como los demás líderes peneuvistas habían decidido jugársela con las izquierdas. En septiembre se llegó a una alianza con el Gobierno de Largo Caballero, comprensivo con las autonomías de toda índole, en el que Irujo entró como ministro el día 25. El primero de octubre, en su única acción significativa durante la guerra, se reunieron a toda prisa unas Cortes parciales -muchos miembros habían muerto a manos de los revolucionarios para aprobar un Estatuto de Autonomía -tan precariamente ideado como amplio en su alcance- para el País Vasco, Estatuto que, en muchos sentidos, superaba al catalán de 1932. Con bastante sorna, fue conocido como el «Estatuto de Elgueta», ya que las únicas áreas que todavía no habían caído en poder de Franco eran Vizcaya y una pequeña zona en torno a Elgueta, en Guipúzcoa. La medida fue inconstitucional, ya que la ley exigía una mayoría de dos tercios para aprobar un Estatuto y apenas había 50 diputados presentes, pero para la República en guerra el Parlamento no era más que una fachada fantasma; todas las decisiones las tomaba un Ejecutivo arbitrario y autoritario.


A continuación se creó un nuevo Gobierno en Bilbao, liderado por José Antonio Aguirre y el PNV, en teoría con el voto de do los alcaldes de Vizcaya, cuyos ayuntamientos fueron ocupados por la nueva coalición. Enseguida se impuso el neologismo «Euzkadi», sin tener en cuenta su más que dudoso carácter etimológico. Este Gobierno estaba compuesto por cinco nacionalistas, tres socialistas, dos republicanos de izquierda y un comunista. Aunque nació como «Gobierno provisional», el 3 de noviembre publicó un decreto por el cual se hacía con el control de toda la autoridad estatal en Vizcaya, dejando a un lado las limitaciones impuestas por el nuevo Estatuto. Sin pérdida de tiempo, Aguirre se autoproclamó presidente permanente y se hizo cargo de todas las fuerzas militares y policiales de la provincia, ignorando la colaboración con el Gobierno republicano y negando cualquier autoridad al capitán Francisco Ciutat, a quien Largo Caballero había nombrado jefe militar de la zona norte. El Gobierno empezó a actuar en todos los sentidos como un Estado independiente; incluso estableció sus propias aduanas, que le separaban del resto de la zona republicana, y, como su homólogo catalán, envió representantes a París, Londres y Berlín este -en secreto-para poder jugar en todos los bandos.


La historiografía vasquista ha desarrollado el mito del «oasis vasco», la única parte de la zona republicana no dominada por la revolución y el terror, pero se trata de una imagen que no refleja toda la realidad. En Vizcaya la revolución adoptó unos ropajes diferentes, más nacionalistas. A diferencia de otras regiones, nunca se produjo una colectivización económica formal, pero el Gobierno vasco, al tiempo que respetaba la tierra de los agricultores vizcaínos-muchos de ellos eran nacionalistas-, intentó nacionalizar la industria y las finanzas que pertenecían a una élite económica que, en su mayor parte, no comulgaba con sus ideas. Se incautó casi todo el capital de los bancos para crear uno estatal vasco y se confiscaron los activos de las principales industrias. Luego, cuando se produjo el colapso final en 1937, el Gobierno huyó, llevándose consigo las acciones, numerosos documentos legales y títulos de propiedad de los principales organismos financieros e industriales vizcaínos, en un último intento por seguir controlándolos desde el extranjero. Tampoco Vizcaya se libró de los habituales saqueos y pillajes de cajas de seguridad y objetos valiosos, que era una práctica generalizada en la zona republicana.


La idea de que los nacionalistas vascos protegieron a la Iglesia y al clero y evitaron que el terror rojo se adueñara de Vizcaya es otro mito. Es verdad que algunas iglesias permanecieron abiertas-mientras todas se cerraron en el resto de la zona republicana, pero la gran mayoría de ellas también se cerró en Vizcaya y fueron profanadas por los revolucionarios. Gran número de sacerdotes acabaron en la cárcel y 42 fueron asesinados tras ser, en muchos casos, objeto de torturas. En total, en Vizcaya murieron casi 500 personas víctimas de la represión, a menudo con la aquiescencia e incluso con la participación de los nacionalistas, aunque no puede negarse que el Gobierno actuó para moderar los excesos represivos.


Aguirre dio forma a su propio Eusko Gudarostea (ejército vasco), al que más tarde el mando nacional republicano intentó controlar cambiándole el nombre por el de Cuerpo de Ejército de Vizcaya. Al menos la mitad de las tropas no era nacionalista y siempre se organizaron en unidades separadas. El general Francisco Llano de la Encomienda, jefe nominal de la zona norte en sustitución de Ciutat, consiguió algo más de colaboración y el ejército vasco emprendió una ofensiva en noviembre de 1936, en principio para aliviar la presión sobre Madrid, aunque, en realidad, el objetivo era la anexión de Álava. A de pesar superar en número a sus enemigos, la incursión fue rechazada y se produjeron numerosas bajas.


Durante la primavera de 1937, el régimen de Vizcaya exploró  bajo qué condiciones podría firmar una paz, primero con Mola en el frente del norte, y luego directamente con Franco. Por otro lado, seguía negociando con Gran Bretaña, a cuyo Gobierno ofreció una base naval en Vizcaya si le ayudaba a independizarse de España.


Tras el comienzo de la ofensiva franquista sobre Vizcaya -31 de marzo de 1931, los nacionalistas empezaron a actuar de manera cada vez más independiente. Los mandos soviéticos no parecían dispuestos a enviar más refuerzos aéreos debido a la nula calidad militar de los campos de aviación de la zona, la que, si no los falta de defensas y la ausencia total de profundidad geográfica. Aguirre exigía más aviones y, el 7 de abril, declaró obtenía, el Gobierno de Euzkadi «se consideraría relevado de la lealtad con la que siempre ha procedido». Esa referencia a su “lealtad” resultaba asombrosa, incluso para el entorno de exagerada propaganda propio del nacionalismo. Al final se enviaron unos cuantos aviones, pero fueron destruidos por el ene migo antes de poder pasar a la acción. A finales de abril, el Gobierno vasco nombró de manera oficial a su presidente como comandante en jefe del Ejército de Euzkadi, liberándolo de cualquier dependencia de la cadena de mando del Ejército Popular, en su lucha contra lo que denominaba una «inmunda amalgama de mahometanos negros, protestantes rubios, legionarios sifilíticos y españoles degenerados». Una vez más, el racismo peneuvista, como antes el del catalanismo radical, volvía a enseñar las orejas.


En realidad, lo que estaba haciendo el Gobierno vasco era establecer una cierta independencia militar no solo para resistir con mayor eficacia, sino para demostrar mejor su "lealtad", mientras negociaba clandestinamente con las potencias extranjeras y con la «inmunda amalgama» franquista. En los meses de abriI y mayo, Franco acordó con el Vaticano que las autoridades  militares italianas actuaran como intermediarios para negociar la retirada vasca del conflicto. Para ello puso encima de la mesa unas condiciones más que generosas: la descentralización administrativa, la persecución solo de aquellos acusados de delitos comunes y vía libre a todos los dirigentes que escapar deseasen al extranjero. Sin embargo, las negociaciones fracasaron debido a la insistencia vasca en que estuviera presente alguna potencia foránea para garantizar los términos del acuerdo, algo que Franco no estaba dispuesto a aceptar. Semejante interés no solo nacía de la desconfianza, sino del insistente deseo vasco de implicar a un tercero para reducir así la soberanía española. A principios de mayo, Mola fue incluso más lejos: les prometió no bombardear Bilbao y liberar a todos los gudaris -tropas nacionalistas- que hubieran depuesto las armas.


Con todo, firmar una paz por separado no habría sido tan fácil, ya que no la habrían aceptado los aliados izquierdistas de los nacionalistas, que podrían haber desencadenado una mini guerra civil similar a la que había estallado en Barcelona esa primavera. En el mes de mayo aumentó la cooperación militar y las tropas vascas-nacionalistas y revolucionarios- resistieron con firmeza, pero cuando, a mediados de junio, el Ejército de Franco atravesó el Cinturón de Hierro -la defensa exterior-, los nacionalistas se negaron a seguir resistiendo en Bilbao. Protegieron la industria y las instalaciones municipales frente a los revolucionarios, que deseaban practicar una política de tierra quemada, y una gran parte de las tropas se rindió, aunque más de 20.000 soldados no todos nacionalistas- emprendieron la retirada hacia Santander.


Durante todo el mes de julio, los líderes peneuvistas mantuvieron sus negociaciones con Roma, con las que esperaban con seguir la evacuación de tantos soldados como fuera posible, al amparo del avance militar del CTV italiano. Quienes no fuesen evacuados se rendirían a los italianos antes que a Franco. Este aceptó las negociaciones, pero Aguirre y sus colegas las fueron dilatando todo cuanto pudieron, con la excusa de que debía procederse con cautela para no levantar las sospechas de los mandos republicanos.


Para simplificar la operación, los vascos propusieron que las tropas franquistas no avanzasen directamente por el oeste hacia Santander, sino e lo hicieran desde el sur, a través de Reinosa. Así, los vascos no se retirarían, sino que se dejarían aislar, copa dos desde el sur, y su evacuación/rendición sería más sencilla. Mientras tanto, el general Mariano Gámir, que había sustituido a Llano de la Encomienda, preparaba un contraataque al este de Santander que los vascos intentaron sabotear, aunque sin éxito. Algunas de sus unidades se vieron forzadas a tomar parte porque el mando republicano colocó destacamentos de ametralladoras en su retaguardia, al estilo soviético. El asalto fracasó y hubo numerosas bajas.


En agosto, las fuerzas franquistas avanzaron de acuerdo con el plan vasco, y el día 23, cuando ya estaban cerca, las unidades vascas se rebelaron contra el mando republicano. Sin embargo, los barcos en los que debían ser evacuados no llegaron y, dos días más tarde, Franco arrebató a los italianos el control de la zona. Incluso después de tan evidente traición, las autoridades vascas tuvieron la desvergüenza de emitir un comunicado desde Francia en el que aseguraban que las únicas tropas republicanas que habían resistido con valor en Santander habían sido las suyas. En total, unos 22.000 vascos cayeron prisioneros en la playa de Santoña; la mitad de ellos, casi todos nacionalistas, recuperó la libertad poco después. Algunos se incorporaron a las fuerzas de Franco. Otros 500 fueron enviados ante tribunales militares por los crímenes que las habían cometido en Vizcaya y fueron sentenciados a muerte, y unos 200 fueron ajusticiados.


Mucho más tarde la propaganda nacionalista elaboró el mito de que la Guerra Civil se había basado en la «invasión de Euzkadi» por España, mientras que lo cierto fue que, como hemos visto, trató de una guerra civil tanto entre vascos como entre españoles. Una parte importante del mito consistió en imputar un gran odio hacia los vascos por parte de los franquistas, que ejercieron una enorme represión sobre los nacionalistas. Una vez más, la verdad era otra. En Vizcaya y en Guipúzcoa, como se ha visto, hubo proporcionalmente menos terror revolucionario que en otras provincias. Bajo el Gobierno franquista, se procesó y se ajustició sobre todo a los revolucionarios que habían cometido la mayor parte de los crímenes, no a los nacionalistas, que sufrieron, en términos comparativos, una represión más leve.*


* Esta es la conclusión de F. Molina, «Lies of our Fathers: Memory and Politics in the Basque Country under the Franco Dictatorship, 1936-68», Journal of Contemporary History, 49, 2, 2014, págs. 296-319. Molina anota que una de las expresiones máximas de esta falacia propagandística se encuentra en la obra de P. Preston, El Holocausto español, Penguin Random House, Madrid, 2011, con la ausencia casi total de datos objetivos.


Es verdad que la represión franquista fue bastante dura con los revolucionarios en Vizcaya y Guipúzcoa. Los mejores datos que tenemos indican que en esas dos provincias los republicanos ejecutaron aproximadamente a 800 personas, mientras que, después, la justicia de Franco ejecutó a aproximadamente 2.700, entre los cuales, proporcionalmente, había menos nacionalistas que revolucionarios. 


La industria vasca, cuya producción había experimentado un brusco descenso en el primer año de la guerra, se vio favorecida por el Gobierno de Franco, que dio prioridad a la industria pesada. En general, durante la época del «primer franquismo», la economía vasca floreció más que en ninguna otra región. Desde luego, las actividades nacionalistas quedaron suprimidas, pero la idea de que la nueva dictadura trató a las provincias vascas con especial dureza es otro producto de la propaganda nacionalista. Más bien ocurrió lo contrario.


Dado que los nacionalistas no consiguieron poner en práctica su plan de evacuación con los italianos, Aguirre y otros líderes del PNV manifestaron que no les había quedado más opción que la rendición y que siempre mantuvieron su compromiso con la causa republicana. De ese modo podían mantener la ilusión de que seguía existiendo un «Gobierno vasco», ya que en ese momento un Gobierno «independiente» en el exilio habría sido ignorado por completo. Después de interceptar un telegrama de los italianos, los dirigentes republicanos ya sospechaban de los vascos, pero, desde su punto de vista, era sumamente importante que el único movimiento católico de la República revolucionaria continuara participando. Fue su único argumento en contra de la ola de críticas y denuncias suscitada por la persecución religiosa y, así, Manuel de Irujo pudo conservar la cartera de Justicia en el Gobierno Negrín.




LOS NACIONALISMOS BAJO EL GOBIERNO DE NEGRÍN


A partir de mayo de 1937, el Gobierno de Negrín comenzó a extender la autoridad estatal sobre Cataluña, incorporando, como ya vimos, el Exèrcit de Catalunya en el Ejército Popular. En Barcelona, Esquerra y el PSUC hicieron causa común con tra la CNT y el POUM, provocando la revuelta del 3 al 6 de mayo, y el 1 de julio Esquerra y el PSUC formaron un nuevo Gobierno catalán todavía encabezado por Lluís Companys. Para entonces, los catalanistas conservadores habían huido en masa, así como algunos líderes y activistas de Esquerra. Los cenetistas pasaban por un mal momento y los comunistas estaban en auge, situación que hizo que Companys se quejara de la preponderancia de sus nuevos aliados. Escuchar al presidente de la Generalitat lamentar las consecuencias de su oportunismo molestaba mucho a Azaña, que escribió en su diario que aquello revelaba la hipocresía sin límites del líder que durante meses había presidido una orgía de anarquía, pillaje, destrucción y asesinatos. En octubre, el Gobierno republicano se trasladó de modo oficial a Barcelona y desde ese momento intentó incrementar la productividad de la industria catalana algo más de su producción al esfuerzo bélico. y destinar


A partir de la segunda mitad de 1937, los líderes del PNV de Esquerra hicieron causa común para mantener el espíritu y los principios de sus autonomías y, en el caso catalán, para quejarse del poder del Gobierno de Negrín. En principio, la Generalitat se mantuvo en sus funciones, y tanto el presidente de la República como el del Gobierno se comprometieron a respetar los términos básicos del Estatuto de 1932. Pero en las condiciones de guerra total en que se encontraba el país, la autoridad gubernamental de Negrín no podía sino aumentar.


De todas las cuestiones domésticas a las que debía hacer frente el Gobierno, esta era la que más sacaba de quicio a Negrín. El propio Azaña escribió en su diario, el 29 de julio de 1937, lo siguiente:


El presidente está muy irritado por los incidentes a que ha dado ocasión el paso de Aguirre por Barcelona. Aguirre -dice- no puede resistir que se hable de España. En Barcelona afectan no pronunciar siquiera su nombre. Yo no he sido nunca lo que llaman españolista ni patriotero. Pero, ante estas cosas, me indigno. Y si esas gentes van a descuartizar España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos las entenderíamos nosotros o nuestros hijos, o quien fuere. Pero esos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco.


Casi un año después, Negrín comunicó sentimientos semejantes a su ministro de Gobernación, Zugazagoitia, que sumió así: 


Esa puede ser, muy concreta, una razón por la que me mar che del Gobierno. No estoy haciendo la guerra contra Franco para que retoñe en Barcelona un separatismo estúpido y pueblerino. De ninguna manera. Estoy haciendo la guerra por España y para España. Por su grandeza y para su grandeza. Se equivocan gravemente los que otra cosa supongan. No hay más que una nación: ¡España! No se puede consentir esta sorda y persistente campaña separatista, y tiene que ser cortada de raíz, si se quiere que yo continúe siendo ministro de Defensa y dirigiendo la política del Gobierno, que es una política nacional. [...] Antes de consentir campañas nacionalistas que nos lleven a desmembraciones, que de ningún modo admito, cedería el paso a Franco sin otra condición que la que se desprendiese de alemanes e italianos.


A pesar de todo, Negrín no podía prescindir de la fachada pesar política que ofrecían los nacionalistas vascos católicos. En 1938 estaba tan contra las cuerdas que aceptó la sugerencia de Aguirre de que la cada vez más pequeña zona republicana mostrase algo de tolerancia religiosa para intentar influir sobre la opinión católica e internacional.


Cuando en marzo de aquel año Léon Blum regresó a la Presidencia del Gobierno en Francia, los dirigentes de Esquerra y del PNV creyeron que había llegado su momento. Por vez primera, el Gobierno francés tomó en consideración la intervención militar y Companys y sus colegas volvieron a soñar con una Cataluña bajo protección francesa, incluso asociada con el país vecino. Pero el Gobierno de Blum desechó la idea, y no hay ningún dato que nos lleve a pensar que en algún momento se tomó en serio la posibilidad de crear un protectorado en Cataluña.


A mediados de agosto, Esquerra y el PNV provocaron la penúltima crisis de la República: retiraron a sus ministros del Gobierno como gesto de protesta por la puesta bajo control estatal de la industria bélica catalana, cuya nacionalización había tenido lugar hacía poco. Para entonces, Esquerra llegó a estar marginada en Cataluña y los ministros que dimitieron fue ron reemplazados rápidamente por otros del PSUC y del pequeño partido izquierdista Acción Nacionalista Vasca.


La crisis de los Sudetes de 1938, que pisaba los talones a esta remodelación gubernamental, dio nuevas alas a los separatistas, porque, para justificar la separación de esta región de Checoslovaquia, Hitler se apoyó en el principio de autodeterminación de los pueblos. Como ya habían demostrado antes -aunque siempre de forma muy reservada-, los vascos y los catalanistas de izquierdas estaban más que dispuestos a negociar con el Eje.


El «problema vasco», por ejemplo, se presentaba de manera diferente según fuese el interlocutor: a Francia le garantizaban “la seguridad de su frontera sur con un Estado [vasco] amigo”, lo que suponía renunciar a la región vasco-francesa; al Reino Unido le ofrecían «nuestra riqueza industrial, minera, etcétera»; a los fascistas italianos les expresaban «simpatía, en la creencia de que serán elementos que pesen en la balanza, haciendo notar nuestras relaciones con el Pacto de S. [Santoña]», y a los nazis les hablaban de «raza, derecho de autodeterminación de los pueblos, plebiscito»". 


Durante el otoño de 1938, los nacionalistas vascos instaron a franceses y británicos a que aplicaran la «solución Múnich» a España, con París y Londres en el papel de Berlín. Pretendían hablar en nombre de un «pueblo vasco» sólido y democrático, aunque, de hecho, en las elecciones de 1936 solo un tercio de ese «pueblo» les había votado . Mientras Esquerra intentaba negociar en París, un delegado del PNV enviado al Foreign Office en Londres presentó a los nacionalistas vascos como una entidad extraespañola, totalmente diferente de «los dos bandos españoles en lucha», y como una «oposición al Gobierno de Negrín». Según esta fantasía, el PNV era la única «fuerza de la reacción democrática» en España.


A finales de 1938, la moral catalana estaba por los suelos y la campaña que Franco desarrolló entre diciembre y febrero apenas encontró resistencia. Pese a que más de 200.000 civiles cruzaron la frontera en febrero, junto a un número similar de soldados, la mayoría de ellos regresó muy pronto a España -una realidad que normalmente se ignora-.


Es importante resaltar que las maniobras separatistas no acabaron con el final de la Guerra Civil. Por el contrario, prosiguieron en los años cuarenta y los vascos fueron los más activos. El PNV intentó negociar con un Hitler que se encontraba en la cima de su poder y Aguirre se pasó la primera mitad de 1941 en Alemania, maniobrando en vano para que este país respaldara la separación del País Vasco. Puesto que no lo consiguieron, intentaron jugar de nuevo la baza aliada a finales de año.


Varios agentes vascos comenzaron a trabajar para los servicios de inteligencia y la Oficina de Servicios Estratégicos (OSE) de Estados Unidos, tanto dentro de España como, e incluso más, en Europa Occidental y Sudamérica. También cooperaron con la resistencia francesa y ayudaron a los refugiados y a los pilotos aliados derribados mientras intentaban cruzar los Pirineos. Incluso llegaron a facilitar informes distorsionados a la OSE norteamericana con los que pretendían demostrar que España estaba a punto de entrar en la guerra mundial y provocar de ese modo que estallara un nuevo conflicto entre España y Estados Unidos, si bien la embajada norteamericana en Madrid pudo comprobar la falsedad de esas afirmaciones. Los nacionalistas tenían puestas sus esperanzas en que, ya fuera por la Segunda Guerra Mundial, ya fuera por sus secuelas, España terminaría desmembrándose. Pero volvieron a verse defraudados.


Fuente: "La Revolución Española 1936-1939", Stanley G. Payne

Vasconia bajo el franquismo - Jon Juaristi


Fuente: Historia Mínima del País Vasco. Jon Juaristi

Vasconia bajo el franquismo

La posguerra

Toda la Vasconia española quedó en poder de los sublevados desde junio de 1937. El encargado de hacer entrega de las industrias siderúrgicas a los militares franquistas fue un antiguo miembro de Comunión Nacionalista pasado a ANV, Anacleto Ortueta. Para la izquierda, la negativa de Aguirre a apagar los hornos y dinamitar las principales fábricas fue el comienzo de una serie de traiciones a la República, que se prolongarían con la negociación secreta del PNV con los italianos y culminaría con el pacto de Santoña. Sin embargo, el presidente vasco obró con cordura: la destrucción de la industria pesada vizcaína habría supuesto la ruina de la región para bastantes años, lo que no obsta para reconocer que Aguirre le dio a Franco una baza importante. Al contrario de lo que había hecho el efímero gobierno vasco, los franquistas dedicaron las fábricas y la siderurgia de la ría a producir armamento y suministros para su ejército.
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Como toda la derecha española, Franco padecía de un vasquismo congénito. El vasquismo es un achaque común del nacionalismo español, que se empeñó siempre en ver en los vascos lo que quedaba de la raza española genuina y primitiva. Obviamente, esto no implicaba simpatía alguna por el nacionalismo vasco, más bien todo lo contrario, en la medida que este se contraponía al nacionalismo español. Al revés que los republicanos del sexenio, Franco creía que los vascos eran españoles por naturaleza, una visión simétrica de la de Sabino Arana. Los héroes de su novela (y película) Raza son vascos hasta los tuétanos Churrucas y Echevarrías. Veraneaba en San Sebastián, le gustaba asistir a los partidos de frontón y admiraba al Athletic de Bilbao.

Aunque castigadas con la supresión del concierto económico, Guipúzcoa y Vizcaya fueron, bajo el franquismo, dos provincias económicamente privilegiadas, como destino preferente de la inversión pública y del ahorro privado. Álava y Navarra, donde la sublevación había triunfado desde el primer momento, conservaron su régimen de conciertos al que las élites gobernantes locales dieron la apariencia de una foralidad restaurada (y lo era, en cierto modo: la foralidad que convenía a los sectores franquistas).

Por lo demás, el trato dispensado a las provincias vascas y Navarra fue el esperable por parte de una dictadura nacionalista (española), reaccionaria y autoritaria, coincidente en muchos de sus postulados con el tradicionalismo. Se concedió a Navarra la Laureada de San Fernando, la más alta condecoración militar. Franco visitó las capitales vascas en numerosas ocasiones (además de sus habituales veraneos en San Sebastián), y fue recibido siempre por multitudes entusiasmadas, que no representaban seguramente el sentir de toda la población ni de su mayoría, pero no cabe duda de que expresaban el apoyo activo al régimen de sectores muy amplios y diversos. Los ministros vascos y navarros de Franco, salvo el caso de Antonio María de Oriol y Urquijo, no procedían de la oligarquía, sino de las clases medias católicas (Rafael Sánchez Mazas, José Felix de Lequerica, Fernando Castiella, José Luis Arrese) y de un espectro ideológico que iba del alfonsismo autoritario al carlismo y al falangismo. Hubo, sin duda, un franquismo popular, y hasta un franquismo obrero que enlazaba con el movimiento obrero católico de anteguerra, minoritario frente a las centrales sindicales como UGT y SOV, pero importante en determinadas localidades (como Baracaldo, por ejemplo).
Ni que decir tiene que la iglesia ejerció hasta la década de 1960 un poder omnímodo sobre la sociedad vasca y navarra. Muy superior, desde luego al ya desmesurado que tenía en las demás regiones, donde buena parte de los obispos eran originarios de Vasconia (Pildain, Olaechea, Eijo y Garay, etcétera). Los seminarios diocesanos y los noviciados estaban llenos a rebosar, y extendían por el mundo legiones de misioneros y misioneras. Nunca se había vivido, desde el siglo XVII, un fervor religioso público tan intenso como entonces. Muchos hijos de vencidos, y no solamente de nacionalistas vascos, ingresaron en el clero. Las procesiones, actos eucarísticos, misiones populares, romerías y peregrinaciones a santuarios eran, más que frecuentes, habituales, y la vigilancia moral de las costumbres, axfisiante.
En cuanto a la cultura, el tópico de una persecución enconada del eusquera debe revisarse. Por supuesto, se prohibió todo lo que sonase a nacionalismo (como la onomástica creada por Sabino Arana, muy extendida antes de la guerra entre los nacionalistas) pero no el uso de la lengua vasca en la vida cotidiana. Hubo, eso sí, un notable descenso en el entusiasmo de los tradicionalistas por la cultura eusquérica. La Academia de la Lengua Vasca, dirigida por Resurrección María de Azkue, y con una composición en la que predominaba el clero carlista, mantuvo su actividad, si bien en niveles muy modestos. Se publicaron gramáticas y vocabularios de dialectos vascos, como los del sacerdote Pablo de Zamarripa, en vizcaíno, y se editaron o reimprimieron devocionarios, novenas y catecismos en eusquera. Desde 1948, la revista Egan, publicada por el seminario Julio de Urquijo de la diputación de Guipúzcoa, comenzó a admitir colaboraciones en vascuence, y desde 1950 su contenido era ya totalmente eusquérico. Siguieron funcionando instituciones como la Sociedad Vascongada de Amigos del País, cuyo boletín recogía trabajos de carácter histórico o filológico. En general, ni la filología, ni la etnografía ni la poesía vasca, mientras fueran puramente líricas, molestaban lo más mínimo al régimen.


Legado de ETA:

En sus cuarenta años de terrorismo, ETA asesinó a 829 personas, la mayor parte pertenecientes a las fuerzas de seguridad (policía, guardia civil, ertzantza) y al ejército (486). De los 343 restantes, una parte corresponde a antiguos miembros de la administración franquista (dos presidentes de diputación, exalcaldes y exconcejales) y a tradicionalistas, miembros de Falange, de la guardia de Franco, de hermandades de legionarios. Otra, a funcionarios de prisiones y magistrados. Una tercera a empresarios (aunque a estos ha preferido secuestrarlos o extorsionarlos directamente mediante “el impuesto revolucionario”). Otra, en fin, a políticos y cargos del PP y del PSOE, desde dirigentes del partido a simples concejales y militantes de base, pero no ha desdeñado asesinar a sus propios disidentes. En cualquier caso, el porcentaje mayor de sus víctimas civiles es de gente sin connotaciones políticas y de profesiones muy variadas. Ha matado a hombres, mujeres, niños y ancianos. Prácticamente todos los estamentos están representados entre sus víctimas. Salvo curas y banderilleros.

El nacimiento de ETA


     El 31 de julio de 1959 nació ETA de una escisión de la rama juvenil del Partido Nacionalista Vasco (PNV). El surgimiento de Euskadi Ta Askatasuna (Patria Vasca y Libertad) fue la consecuencia directa de un proceso de varios años de encuentros y desencuentros en el seno del nacionalismo vasco, que languidecía en el exilio exterior, mientras que en el interior se debatía la inoperatividad y la decadencia más absoluta. La elección del día 31 de julio para fundar ETA no fue casual ni caprichosa. Era el día de San Ignacio, la misma fecha escogida 64 años atrás por Sabino Arana, el inventor del nacionalismo separatista vasco. Arana se basó en el sentimentalismo emocional de un ruralismo pueril, en la pulsión del romanticismo más reaccionario de la fábula de la pureza de la raza vasca, sustentada en las teorías del racismo biológico de Gobineau y Chamberlain, muy en boga en el siglo XIX, y en los conceptos fundamentalistas del integrismo católico, de la idea de pueblo y de lengua, para fundar el Partido Nacionalismo Vasco, en su afán de alcanzar la arcadia visionaria y mesiánica de la independencia del País Vasco del resto de España.

     Desde entonces, el nacionalismo vasco pasó por muchas vicisitudes. Su principal fuerza y desarrollo lo alcanzó en la Segunda República. Al grito de "¡Dios y Fueros!", arraigó en las clases medias y en el entorno rural un discurso ideológico basado en la sangre y en la tierra, en el concepto de Dios y de las leyes antiguas (JEL), artífices de la nacionalidad, de la construcción de la nación "Euskadi", que era la patria de los vasos, seres inmaculados dotados de las máximas virtudes por la singularidad de su raza aria, superior a todas, y de su peculiar lengua, el euskera, despreciando que tan propia y suya era el español. Con dicha argamasa, el nacionalismo vasco sufriría en su imaginario el "perpetuo latrocinio extranjero españolista". Su activismo fue obsesivo en el desprecio hacia los de afuera y en la doctrina antiliberal.

     La polarización y la fragmentación en la política y en la sociedad de la República elevaron la crispación hacia una progresiva radicalización. La sublevación militar de julio de 1936 introdujo al PNV en la espiral de su propia y traumática encrucijada. En el País Vasco la guerra fue más fraticida y desgarradora que en ningún otro lugar. Álava quedó en el bando nacional, en tanto que Vizcaya y Guipúzcoa estaban en el lado republicano, ante el interés "soberano" de sacar adelante su estatuto de autonomía. Al nacionalismo vasco le repugnaba la escalada de terror revolucionario del Frente Popular, y en su seno hubo importantes sectores que simpatizaban con los sublevados, además de compartir con ellos sustanciales identidades ideológicas y de religiosidad. Pero el sueño de la independencia, vía estatuto, fue el objetivo que se había impuesto. El 7 de octubre de 1936 José Antonio Aguirre, exalcalde de Guecho, fue ungido presidente del gobierno vasco bajo el roble de Guernica, en una ceremonia trufada de liturgia nacionalista. Sin embargo, la aventura del gobierno nacionalista sería de corto vuelo: apenas nueve meses. A mediados de junio de 1937, superado fácilmente el cinturón de hierro, las brigadas de Navarra tomaron Bilbao. El gobierno vasco, con Aguirre a la cabeza, y unos desmoralizados batallones de gudaris buscaron amparo en Cantabria, donde la defección de aquel gobierno rindiéndose a las fuerzas franquistas en Laredo y Santoña fue total, así como la convicción de traición en el gobierno republicano.

     Durante la Segunda Guerra Mundial, José Antonio Aguirre y varios miembros de su gobierno exiliado se marcharon a Estados Unidos, una vez superados los coqueteos que mantuvieron con los nazis, a los que aseguraban una leal colaboración en caso de tener en cuenta sus aspiraciones independentistas. En Estados Unidos, un Aguirre entusiasta y anticomunista se echó en manos del departamento de Estado, con la absoluta creencia de que Franco y su régimen serían barridos tras la victoria aliada, y que él retomaría el poder de una Euskadi libre. Pero Franco y su dictadura no cayeron, y soportó los momentos más duros del embargo de combustibles y de materias primas, las condenas internacionales, la retirada de embajadores, su marginación de los nuevos escenarios diplomáticos, la declaración tripartita norteamericana, francesa e inglesa, y la formación de un fantasmagórico gobierno republicano, en el que Aguirre también se volcó. La guerra fría movería los peones de la escena internacional, y Franco salió reforzado por su firme anticomunismo. El mismo que también alentaba en el exilio al nacionalismo vasco. José Antonio Aguirre y sus colaboradores no desfallecieron y acentuaron sus convicciones antisoviéticas y pronorteamericanas, echándose en brazos de la CIA y otros servicios de inteligencia, cuya colaboración durante más de dos décadas fue digna del más puro y radical maccarthismo antiizquierdista.

     Tras varios años de entrega absoluta al departamento de Estado y a la CIA, para quienes trabajaron como espías entre las comunidades de vascos de Sudamérica, la realidad terminó por confirmar que Estados Unidos los había abandonado. El dictador no solo no sería descabalgado del poder, sino que llegaban con él a un pacto bilateral de ayuda y defensa mutua. Aquello fue una bofetada más que el nacionalismo vasco añadió al desalojo en junio de 1951 del edificio  de la Avenue Marceau, sede del gobierno vasco en París. Aquel día Aguirre lloraría de tristeza. El nacionalismo vasco se precipitaba por el camino de la depresión y de la pasividad. Su actividad era estéril e inane, y se descomponía, incapaz de dar alguna respuesta válida para aquel momento. En el inicio de la década de los cincuenta, no existía un sentimiento nacionalista vasco arraigado en el interior de las provincias vascongadas. Se imponía un sentido de lo nacional, no un nacionalismo español que hostigase al nacionalismo vasquista, sino simplemente un concepto de nación. Franco y su régimen se encontraban con un apoyo sociológico notable, siendo ampliamente tolerado por grandes capas de la sociedad que colaboraban abiertamente con él. 

     Fue entonces cuando un grupo de jóvenes estudiantes de Vizcaya se unieron en torno a la publicación Ekin (Hacer), buscando redescubrir las señas de identidad del nacionalismo vasco. Todos procedían de familias burguesas en las que seguía vibrando el nacionalismo; eran estudiosos del fundador, Sabino Arana, y de la historia del País Vasco únicamente en clave nacionalista, además de tener muy acentuada su religiosidad católica. Desde París, Aguirre intentaba reorganizar la base juvenil del partido EGI, y la convergencia e identidad entre ambos fue total. No existían diferencias ideológicas ni sociales, y ambos grupos se fusionaron en el PNV. Pero las críticas sobre la ineficacia de la estrategia del PNV les llevaron a la ruptura en mayo de 1958, coexistiendo durante un año dos grupos casi con las mismas siglas, hasta que Ekin-EGI decidió cambiar su nombre por el de ATA (Aberri Ta askatasuna - Patria y Libertad), que sería desechado por el definitivo de ETA en su afán de referirse a una Euskadi libre e independiente. Las primeras pintadas y octavillas con los gritos de "¡Gora Euskadi! ¡Gora ETA!" aparecieron el 31 de julio de 1959. ETA surgió no como consecuencia de una ruptura ideológica con el PNV, sino por una cuestión estratégica. Y, de hecho, durante un tiempo la nueva formación alentaba la esperanza de que el PNV reconsiderase sus métodos de acción. Fue, en principio, más bien un medio de presión hacia la matriz de la casa madre. 

     A diferencia del PNV, ETA se definía como un movimiento. Su activismo inicial consistía en lanzar octavillas, colocar ikurriñas, realizar pintadas y quemar alguna bandera española, hasta que las escisiones y los cambios en su cúpula, tras varias asambleas, la conducirían a la dinámica acción-represión que determinaría su voluntad de saltar hacia el terrorismo más brutal a finales de los sesenta, impregnado de un concepto revolucionario y del marxismo leninismo maoísta. Pero la ETA fundacional era elitista, desdeñaba la acción de masas sobre los trabajadores y los obreros, a quienes veía con recelo y desprecio, y los consideraba una amenaza de invasión, pues en su  mayoría eran inmigrantes, una fuente de españolismo y un peligro para la identidad cultural y étnica vascas. Y pese a que trataba de distinguir entre estos y el inmigrante que acudía a las provincias vascongadas para mejorar su calidad de vida de forma pacífica y para integrarse plenamente en su sociedad, no dejaba de ser un instrumento político que podía llevar a la extinción del pueblo vasco. Por ello, la solución que ETA proponía en la construcción del futuro estado vasco pasaba por el despido y la expulsión masiva de los inmigrantes. Una limpieza étnica. 

     ETA modificó el racismo biológico de Arana -basado en la pureza de raza del vasco- por un concepto étnico-cultural. Seguía pensando que el vasco era superior al resto de los españoles, que eran unos ocupantes extranjeros, y buscó encerrarse en sí misma reivindicando su nacionalismo sobre la negación del otro, de lo español. La columna vertebral de su pensamiento fue la lengua. El euskera se convirtió en el motor principal, el factor determinante y simbólico de la identidad de lo vasco y de su comunidad nacional e histórica. Para ETA, Euskadi era una nación ocupada por una potencia extranjera, España (después lo será también Francia), que buscaba eliminar el euskera y sustituir a las élites autóctonas por una burguesía foránea, hasta borrar la memoria de lo vasco a través de la inmigración de obreros y de técnicos y ejecutivos españolistas. La religión fue otra de las cuestiones fundamentales para ETA. Sus fundadores eran católicos radicales, pero, a diferencia del nacionalismo integrista sabiniano, se declaraba aconfesional, ante el recelo y la repugnancia que sentía por el apoyo que la jerarquía eclesiástica prestaba al régimen franquista. Esto no le impediría, al contrario, gozar de la protección y cobijo de muchas parroquias y centros religiosos, y numerosos sacerdotes alentaron las actividades de ETA e incluso llegaron a militar en sus filas, ya en la fase del terrorismo más sangriento, hacia el que los obispos vascos mostrarían regularmente su "comprensión humana". De hecho, los primeros asesinatos de ETA vendrían precedidos de una consulta a varios sacerdotes vascos. 

     El regeneracionismo de ETA no le impidió asumir los mitos del nacionalismo vasco: igualitarismo y nobleza de origen de los vascos, un país libre e independiente en la historia -hasta la pérdida de los fueros y la invasión española-, y la ocupación de su territorio por dos potencias extranjeras: Francia y España. El mito igualitario generó en sus conciencias la idea de Euskadi, un pueblo noble y democrático, amante de la libertad, que sufría una invasión que era la causa de todos sus males y desgracias, por lo que la única solución factible era la recuperación plena de la libertad, sacudiéndose el yugo de la opresión hasta la independencia absoluta. La ruptura y el distanciamiento estratégico entre ETA y el PNV tuvo lugar después de su primera asamblea, celebrada en la primavera de 1962. Pero no sería hasta varios años después, tras la IV y V asamblea, en 1965 y 1966, cuando ETA optó por las acciones terroristas, una vez que sus fundadores desaparecieron de la organización.

Fuente: Franco, Stanley G. Payne, Jesús Palacios