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El maestro Juan Martínez que estaba allí - Manuel Chaves Nogales


         ¡Los rojos! ¡Habían triunfado los rojos! Al verlos venir, los primeros curiosos echaron a correr como conejos, y en huida iban dando la terrible noticia a los que asomaban las narices a los portales: “¡Han triunfado los rojos!”. Nadie lo quería creer. El pueblo de Moscú no pensó nunca que los rojos pudieran triunfar. Puertas y ventanas volvían a cerrarse herméticamente. 


Aquellos paseos por Moscú de los guardias rojos limpiaron la ciudad de contrarrevolucionarios en dos días. Ya nadie se atrevió jamás a ponérseles delante. 


Vi por primera vez a los marineros; eran los peores, los más sanguinarios; a la cabeza de aquellas patrullas iba siempre un marinero, que era indefectiblemente el que primero se echaba el fusil a la cara; los otros, los obreros de Moscú y los soldados, tiraban después. 


Y nos encontramos de golpe y porrazo viviendo en pleno régimen soviético. En cada casa se reunieron los inquilinos y formaron un comité. Los bolcheviques iban, casa por casa, diciendo a los vecinos lo que habían de hacer. El comité de vecinos se reunía y elegía a uno de los comisario de la vivienda. De la noche a la mañana pasamos de un mundo a otro. La casa era nuestra, de los inquilinos; ya no había propietarios. Se acabó el casero. Yo no me lo creí del todo; pero entre muchos vecinos aquello produjo un gran revuelo. Cada cual se adjudicó las habitaciones que pudo, y aunque nadie las tenía todas consigo, hubo algunos que hasta tomaron el aire de auténticos propietarios, siquiera fuese de una alcoba. 


El comisario de la vivienda daba a los inquilinos los vales para recoger el pan en las tahonas; pero el que no había hecho la guardia se quedaba sin carta de pan. Ésta fue nuestra vida en las primeras semanas de régimen bolchevique. Cuatro horas haciendo de héroe en el portal; otras cuatro de plantón en la cola del pan; otras cuatro para pelear con los vecinos en las reuniones diarias del soviet de los inquilinos, y todas las horas del día y de la noche para pasar miedo, un miedo negro que no le dejaba a uno vivir. Indudablemente, era más cómodo pagar al casero. 


Entre ellos mismos no se entendían; lo que prohibían en un sitio lo autorizaban en otro; cada bolchevique ponía una ley, se aceptaba y se procuraba cumplirla; pero detrás de aquel bolchevique venía otro que, fusil en mano, exigía todo lo contrario. 


El comisario de la vivienda, además de los bonos del pan, empezó a darnos bonos de comestibles para las cooperativas. Los bolcheviques decían que las iba a haber de un momento a otro, y mientras tanto, la gente se moría de hambre con los bonos en la mano. 


Se hubieran muerto de inanición todos los habitantes de Moscú si no hubiera sido por la especulación. ¡La especulación!  Nadie que no haya estado en Rusia durante la revolución sabe lo que era aquello. La cosa más terrible del mundo. Un pueblo entre la espada y la pared_ o se dejaba morir de hambre, esperando a que los bolcheviques tuviesen organizadas sus cooperativas, o se hacía matar por contrarrevolucionario. Unos preferían morir poco a poco, otros salían a buscar la muerte entregándose al comercio clandestino. Y tanto unos como otros la encontraban inexorablemente. 


Las cooperativas bolcheviques seguían vacías y la gente permanecía hambrienta en las colas, mientras en aquellos almacenes clandestinos de los judíos había víveres bastantes para mantener a un ejército sitiado. 


Habíamos llegado a un régimen tal que la pena de muerte contra el que tenía hambre o frío parecía naturalísima. 


Parecía mentira que aquellas patrullas de locos salidos de las fábricas de Moscú y Petrogrado llegasen con sus extravagancias revolucionarias hasta el corazón de la Rusia tradicional, las quietas y burguesas provincias del sur, tan apegadas a lo viejo y tan amantes de las grandezas imperiales…. Ya no sabíamos dónde meternos huyendo de los bolcheviques, no porque yo tuviese unas ideas políticas distintas de las de ellos, que nunca he tenido ninguna idea políticas, sino porque los bolcheviques, buenos o malos, sostenían que los artistas de cabaret no teníamos derecho a la vida y deseaban que nos muriésemos cuanto antes. 


Lo malo fue cuando empezaron las requisas a los aldeanos. Se lo llevaron todo: el pan, el trigo , la cebada, el ganado, los carros. El ejército rojo venía hambriento y desprovisto de prendas  de abrigo, caballerías y medios de transporte. 


Cuando la gente de Kiev se dio cuenta de que los bolcheviques huían río arriba, una muchedumbre jubilosa invadió las calles. ¡La tiranía roja se había terminado! Se acabaron como por ensalmo las caras tristes, las mandíbulas apretadas, el aire miserable y los disfraces de mendigo… Se abrían de nuevo los cafés y lucían otra vez los escaparates. La ciudad entera, con traje de fiesta, se echaba a las calles para recibir en triunfo a los libertadores. 


La población de Kiev volvió a recibir a los blancos con grandes demostraciones de júbilo: se les hizo la ofrenda ritual del pan y la sal, y se arrojaron ramos de flores a su paso. Nunca se hacía este recibimiento a los bolcheviques. 


Vivíamos en plena locura. Tales eran las circunstancias en que se instauró el régimen soviético. Los rojos se opusieron por el terror desde el primer momento, implantando el comunismo de guerra con una ferocidad sin límites. 


Al que cogían con un billete de banco lo metían en la cárcel o lo fusilaban las tropas especiales de la Checa. 


Aquel terrible Mischa, cuando se le cogía de buen humor, hasta parecía simpático. Estaba aquella noche del mejor temple, y se esforzaba en divertirse y ser amable. Viéndole beber, cantar y reír con la alegría y la despreocupación de un estudiante, yo no podía hacerme a la idea de que aquel era el mismo Mischa que tanto odiaba y temía el pueblo de Kiev. Porque si en el mundo ha habido un monstruo de crueldad ese era Mischa, aquel mismo camarada que me abrazaba enternecido, doliéndose de que yo no estuviese alegre. Nadie diría que aquel borracho obsequioso y contemporizador, que pedía perdón ceremoniosamente a cada instante, era nada menos que el comisario de la Checa de Kiev, el hombre que diariamente asesinaba a docenas de criaturas inocentes con sólo pasar un lápiz rojo por encima de los hombres que figuraban en las listas de detenidos. 


Menudearon las juergas en la Checa, y mi amistad con los chequistas se convirtió en verdadera intimidad. Me dieron un permiso para circular de noche, cosa que estaba absolutamente prohibida, porque de noche hacían ellos los traslados de los presos, las ejecuciones y los entierros de los ejecutados. Para mí no había ya secretos en la Checa de Kiev. 


Así mataba la Checa


La máquina del terror rojo funcionaba a toda presión. A los verdugos de la Checa les pagaba por cada ejecución una cantidad considerable en rublos y la ropa del reo. Había mucho tajo, y todo el mundo podía ser verdugo. 


Las ejecuciones se hacían a las doce de la noche. A esa hora los soldados de la Checa o los verdugos voluntarios se presentaban en los sótanos de la Elisabetkaya o la Catherinskaya, donde estaban las prisiones, y llamaban por sus nombres a los detenidos que tenían en las listas la terrible tachadura roja del camarada Mischa. Al oír sus nombres los infelices prisioneros, que sabían lo que les aguardaba, se despedían de sus camaradas de infortunio, y, con el ansia de dejar algún  rastro de sus vidas antes de desaparecer para siempre, ponían en las paredes del calabozo sus nombres entre una cruz y una flecha.


        Cuando los bolcheviques fueron expulsados de Kiev se pudo descubrir el trágico destino de muchos desaparecidos gracias a aquellas firmas trémulas, hechas a veces con las uñas, en las paredes de los calabozos.


        Las ejecuciones se verificaban, sin ningún aparato, en los patios interiores del caserón de la Checa o en los sótanos. Para que no se oyesen los estampidos de los fusilamientos y los ayes:de los reos, los chequistas, antes de comenzar su faena, ponían en marcha los motores de sus camiones, que petardeaban en la noche con el escape suelto mientras duraba aquella espantosa carnicería.


         Cada verdugo' mataba a su manera, porque no había ceremonial alguno para las ejecuciones. Se trataba sencillamente de liquidar a unos cuantos millares de indeseables de la manera más rápida y cómoda. Nada de liturgia: puro y simple materialismo. El verdugo, amateur o profesional, procuraba despachar cuanto antes y con poco trabajo. Había algunos que obligaban a los reos a desnudarse y a dejar sus ropas muy dobladitas: las ropas de la víctima eran el precio de la ejecución que más se estimaba, y no era cosa de dejar que se estropeasen y se manchasen de sangre. Esto aparte del trabajo que costaba después desnudar a los «fiambres». Desnudos, tiritando, arrastrados.como corderillos, aquellos infelices recibían el balazo en la nuca que acababa on sus pobres vidas cogidas al azar por aquella máquina del terror que iba triturando implacablemente a la sociedad burguesa. En las prisiones de la Checa se moría así, sin ninguna  prosopopeya, como la cosa más natural del mundo. ¿No visto nunca cómo se mata un pollo en la cocina? Pues así. El chequista sacaba del calabozo a su víctima y se lo llevaba a un patizuelo cualquiera, el que más le acomodaba; desenfundaba la pistola y le decía: 


         - Anda, desnúdate. Deja la ropa en ese rincón.


         Y mientras el reo se desabrochaba las botas como un autómata y se sacaba la camisa por la cabeza, sin que con ocurriera siquiera iniciar una protesta — ¿para qué? -. el chequista encendía un cigarrillo y esperaba echando bocanadas de humo.


         -¿Qué? ¿Estás ya?


         Al llegar a este punto el reo no tenía ya fuerzas para responder. Doblaba la cabeza sobre el pecho y así, resignadamente, entraba en la eternidad de un pistoletazo. 


         Uno cree que esto de morir es más complicado y difícil. Se imagina las ejecuciones como algo terrible y solemne. No hay tal cosa. Los bolcheviques mataban, sencillamente, porque creían que había que matar, sin concederle ninguna importancia. Les aseguro a ustedes que yo ahora, al recordarlo y contarlo, me emociono mucho más que entonces, cuando lo estaba viviendo. Se han contado muchas historias truculentas de la Checa. Todas pueden ser verdad. Los chequistas, en la época del terror, hicieron todo lo que se les atribuye y más. Lo que no es verdad es el aparato terrorífico de que se les rodea. Yo les vi de cerca. Después he leído relatos de sus crímenes, he visto películas reproduciéndolos. Todo es falso. Allí no había nada de eso que ahora nos emociona. Asesinaban, sí. Pero no como la gente se lo imagina. Aquello tenía otro aire más natural, más sencillo. 


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