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Matanzas en el Madrid republicano. Felix Schlayer, 1938 -7ª parte-

Lenin en la Glorieta de Bilbao; en medio,
Stalin y otros dirigentes en la Puerta de Alcalá;
abajo, Stalin hace compañía a Azaña
en el Palacio de Invierno.

Arrasadas las iglesias y sus imágenes, otras las
reemplazaron. Aquí la de La Pasionaria es llevada
en procesión. 

Los líderes soviéticos presiden, desde las calles
de Madrid, la lucha de la República por la
libertad y la democracia. En esta página:
El tirano soviético saluda a los españoles.



Crímenes monstruosos

Nos fuimos con el Delegado de la Cruz Roja a la Cárcel de mujeres, donde todo iba bien, y de allí nos dirigimos a la Dirección General, donde, en cambio, reinaba el caos. La noche anterior, el gobierno se había ido, en secreto, a Valencia y, con él, el Director General, Manuel Muñoz, un hombre que había que marcar a fuego. A mi pregunta sobre quién era ahora, en Madrid, el responsable del orden público, se me contestó que, al parecer, era Margarita Nelken (diputada socialista, judía, de origen germano-francés), ya que ésta se había instalado desde por la mañana en el despacho del Director General. Nadie, sin embargo sabía nada concreto y oficial. Pedí que me dejaran hablar con ella, pero transcurrido cierto tiempo me dijeron que se había ido. Yo lo que pienso es que no quiso dar la cara. Le dejé una tarjeta, en alemán, en la que apelaba a sus sentimientos humanitarios. En otra ocasión que, por casualidad, me la presentaron en la embajada de Francia, al dirigirle yo la palabra en mi idioma, me dijo que se le había olvidado el alemán, a pesar de que sus padres procedían de Alemania y que en su casa lo hablaban. 

El gobierno se había marchado, sin notificárselo al Cuerpo Diplomático y sin pedirle que le acompañara. ¡Esto era un “precedente” sin precedentes! Solo después se procedió a una notificación nada clara que ni siquiera aludía a la permanencia de los diplomáticos. Ante situación tan delicada se convocó una reunión de todo el Cuerpo Diplomático. 

Abandonamos, pues, la infructuosa búsqueda de la “mandamás” de la policía, Margarita Nelken, y decidimos informarnos acudiendo directamente al mando supremos recién nombrado, es decir, a Miaja, en el Ministerio de la Guerra. Miaja, con el que ya habíamos tratado con frecuencia, nos recibió enseguida. Pedimos protección segura para los presos, que nos preocupaban mucho, y le contamos cuanto habíamos observado por la mañana. Miaja nos lo prometía todo: a los presos no les tocarían ni un pelo. Le hablé más especialmente de mi abogado De la Cierva y de su liberación. Miaja aseguró que haría todo lo humanamente posible. Eran las cinco y media de la tarde, pero a Ricardo de la Cierva, ¡hacía ya dos horas que lo habían asesinado!

A la salida nos acompañó un ayudante al que yo conocía desde hacía tiempo, y nos recomendó que esperáramos un poco. Iba a empezar enseguida una reunión con representantes de los partidos del Frente Popular, en el curso de la cual se iba a nombrar la nueva “Junta de Defensa” de Madrid. Inmediatamente después de su nombramiento nos presentaría al nuevo Delegado de Orden Público. De hecho, al poco abrió la puerta de la sala, y, acto seguido, afluyó a la misma una muestra de los representantes de los actuales gobernantes, fiel reflejo de las estratos populares de donde procedían: se veía al tipo algo aburguesado, engreído en su superioridad, poco marcial en su antimilitarismo, de los republicanos de izquierdas; luego los hombres de aspecto hermético, pero fiero, de la juventud socialista-comunista y, finalmente, los típicos representantes de los “chulos” madrileños, los anarquistas de la FAI que entraban contoneándose y dándose importancia, majestuosos, todos ellos con sus chaquetones de cuero marrón y sus grandes pistolas al cinto; eran los futuros señores soberanos de Madrid, por la Gracia del Pueblo que iban pasando y desapareciendo dentro del despacho del General. 

Pasado algún tiempo apareció el ayudante con un hombre joven que tendría de veinticinco a treinta años de edad, un “camarada” robusto con un rostro de expresión más bien brutal, y nos lo presentó como nuevo Delegado de Orden Público. Pertenecía a las Juventudes Comunistas, a la más encarnizada e insensible de todas las organizaciones proletarias. Extremó su cortesía con los diplomáticos, con quienes establecía contacto por primera vez en su vida y nos citó para celebrar una entrevista en su nuevo despacho a las siete de la tarde. 

Ya no podía quedarme allí más tiempo. Tenia que recoger otra vez al Delegado de la Cruz Roja para acudir a la nueva autoridad policial, como había quedado convenido entre nosotros. Dicha autoridad se llamaba Santiago Carrillo. Tuvimos con él una conversación muy larga, en la que recibimos toda clase de promesas de buena voluntad y de intenciones humanitarias respecto a la protección de los presos y al cese de la actividad asesina. Pero la impresión final que sacamos de la entrevista fue de una total inseguridad y falta de sinceridad. Le dije lo que acababa de oír en la Moncloa y le pedí explicaciones. Carrillo pretendía no saber nada de todo aquello, lo cual me parece totalmente inverosímil, como lo demuestra el hecho de que durante la noche y el día siguiente prosiguieron, pese a sus falsas promesas, los transportes de presos sacados de las cárceles. Prosiguieron sin que Miaja ni Carrillo intervinieran para nada; y sobre todo, sin que pudieran seguir alegando desconocer unos hechos de los que les acabábamos de informar. A propósito de esta conversación convendría destacar también la categórica afirmación que, como Delegado de Orden Público, nos efectuó Santiago Carrillo, pretendiendo que Madrid se defendería mientras quedaran en la ciudad dos piedras, una encima de otra, y un hombre que pudiera sostener un fusil. Madrid, según él, solo se podría tomar cuando estuviera reducido a un montón de escombros. 

Tal es, ahora como antes, el espíritu que domina en los dirigentes rojos españoles. La destrucción constituye parte esencial de su programa, siendo la envidia y el resentimiento su móvil esencial. A menudo les decía: “Estáis todos mal del hígado”. En efecto, antes de ceder lo que no pueden mantener, prefieren destruirlo. Encuentran consuelo y satisfacción en inutilizar cualquier cosa, incluso si carece para ellos de la menor utilidad. Lo mismo me confirmaba, recreándose gustoso en tal idea, un comisario de policía madrileño: “Cuando tomen Madrid, la ciudad sólo será un montón de ruinas; todo está minado y, antes de entregarlo, volará por los aires”. Ni que decir tiene que ello no excluye, sino todo lo contrario, el que, frente al resto del mundo (cuyo horror ante hechos tan vergonzosos desconocen), atribuyan tal destrucción al enemigo. 


Lo que sí tuvo cierta gracia fue que, al separarme del Delegado de Orden Público Santiago Carrillo, en cuya mesa había depositado mis papeles, cogí sin darme cuenta la copia de una orden secreta de Largo Caballero, en la que se decía que el gobierno, “con el fin de seguir cumpliendo su principalísima misión de defensa de la causa republicana, había resuelto alejarse de Madrid y confiar a Miaja la defensa de la capital a cualquier precio. 

Al cabo de unos días ingresaron en mi Legación, en calidad de refugiados, dos presos liberados que habían actuado de escribientes en una de las galerías, por lo que, a diferencia de otros presos, gozaban de mayor libertad de movimiento y de más posibilidades de relacionarse con los milicianos. Me confirmaron todas las cifras y detalles obtenidos y añadieron que un grupo de policías habían reclutado, de entre la guardia que custodiaba la cárcel, a voluntarios para disparar sobre los presos, diciendo: “Hay poco tiempo para acabar con tanta gente y nosotros somos pocos”. Esos “voluntarios” contaban luego detalles que declaraban sus desnaturalizada crueldad, tales como que, unas veces antes y otras después de disparar contra sus víctimas, les habían quitado sus pitilleras, plumas estilográficas, botas…, desvalijándoles hasta de sus propios vestidos. 

Ahora estaba claro: habían asesinado a mil doscientas personas, a las que habían sacado de las cárceles con tal fin, ya que ni siquiera se había cursado el usual preaviso. Lo cursaron únicamente en el caso de Alcalá de Henares, siendo imposible averiguar si se hizo por error, por distracción o porque, ya en camino, la decisión de asesinarlos partiera de los acompañantes. La realidad fue que de San Antón salieron tres autobuses, uno por la mañana, otro a mediodía y otro por la tarde. El primero y el último llegaron intactos a Alcalá, mientras que los presos del segundo fueron asesinados sin excepción. 

Tal como pude sonsacarle a un miliciano, aquello había transcurrido de la siguiente manera: los autobuses que llegaban se estacionaban arriba en la pradera. Cada diez hombres atados entre sí, de dos en dos, eran desnudados -es decir, les robaban sus pertenencias-  y enseguida les hacían bajar a la fosa, donde caían tan pronto como recibían los disparos, después de lo cual tenían que bajar los otros diez siguientes, mientras los milicianos echaban tierra a los anteriores. No cabe duda alguna de que, con este bestial procedimiento asesino, quedaron sepultados gran número de heridos graves, que aún no estaban muertos, por más que en muchos casos les dieran el tiro de gracia. 

Ruego al lector que se detenga unos minutos procurando concentrarse en la imagen del tremendo suceso que caba de leer: una mayoría de hombres jóvenes, en la flor de la vida, pendientes en todas las fibras de su ser de los suyos -padres, madres, esposas, novias, hijos…-, unos hombres que no habían infringido ninguna ley humana se veían arrancados de una vida honrada, asesinados por sus compatriotas, aquí, al borde de una fosa, a pleno sol, sin haber visto nunca antes a sus verdugos y tras haber sido robados y, después, fusilados y enterrados, en tanto veían correr la misma suerte a sus amigos, parientes o camaradas; y todo esto, únicamente, por pertenecer a otra “clase”. ¿Puede uno imaginarse la desconfianza y la desesperación de estos pobres seres con respecto a la humanidad? ¿Cabe juicio condenatorio más terrible que el que merece la insensatez de semejante lucha de clases?

Dejamos atrás el aeropuerto de tráfico civil de Barajas y cruzamos el Jarama hacia Paracuellos. Este pueblo está maravillosamente situado sobre una elevación perpendicular al valle de dicho río, desde el que se disfruta de una vista espléndida de Madrid y su meseta, así como de la sierra de Guadarrama, más al fondo. Al llegar yo, había en un lugar, entre las casas de aquel pueblo y el declive abrupto de la meseta del valle, un considerable grupo de hombres con escopetas de caza y fusiles al hombro. 

Retrocedimos para tratar de averiguar algún indicio que nos proporcionara nuevas posibilidades de información. Tuve suerte. Ya en el viaje de regreso, al no ver señales de lo que buscaba, había dado orden de regresar a Madrid, cuando me encontré en el puente del Jarana con un joven de unos dieciocho años que volvía al pueblo después de haber estado arando con sus dos mulas. Lo paré y le pregunté con aire inocente dónde habían fusilado a tanta gente el domingo anterior. Señaló hacia la parte del otro lado del río, detrás de nosotros, y dijo: “Más allá, al otro lado, bajo los Cuatro Pinos. Pero no fue el domingo, “¡era sábado!”. Hice que me señalara cuales eran los Cuatro Pinos entre los muchos que se veían, y le pregunté: “¿Y cuántos vendrían a ser?”. “Muchos”, me contestó. A lo que añadí: “¿Seiscientos?”. “¡Más!”, me replicó. “¡Todo el día estuvieron viniendo autobuses y todo el día estuvimos oyendo las ametralladoras!”

Matanzas en el Madrid republicano. Felix Schlayer, 1938 -6ª parte-


Relato de un preso

Lo que ocurría por entonces en las prisiones puede deducirse de la descripción de dos jornadas carcelarias en Ventas, escrita por uno de los presos. Éste nos facilitó una visión de conjunto de sus vivencias mediante un álbum ilustrado con dibujos, que nos entregó después de salir de la prisión y cuando ya estaba refugiado en la Legación de Noruega. Decía así:

“Nunca se me olvidará. Eran las doce del medio día del 30 de noviembre de 1936. En nuestra celda, como en las demás, se presentaron “un grupo de individuos” acompañados de algunos jóvenes con pistolas y, con ellos, uno que se presentaba como Jefe, y que debía de ser un comisario de la Checa de Fomento 9, comunista. Con ellos entraron en las celdas dormitorio dos vigilantes de los presos, así como un jefe de milicianos llamado Díaz, cuya presencia en relación con este ‘episodio’ nadie podía explicarse, aunque más adelante pude experimentar, de modo directo, cuál era la razón de su aparición entre nosotros”.

Una vez efectuado el recorrido, hicieron formar a los presos como para pasar lista en el centro de la galería, donde con gestos extraños se reunió junto a nosotros y entonces comenzó a hablar el comisario: “¡Salud a todos! (“Salud” es el saludo bolchevique, con el puño cerrado y en alto). La República se ve amenazada por el fascismo, que ha intentado suprimir la libertad del pueblo e imponerle su yugo. El gobierno legítimo de la República reclama de vosotros que, en la medida de vuestras fuerzas, la defendáis con el fusil, con el pico o con la pala, llenando sacos terreros o abriendo trincheras. El que esté dispuesto, ¡que de un paso adelante!”

Se produjo un silencio impresionante, un cruce rapidísimo de miradas. Unos ochenta dieron el paso adelante; otros veinte se quedaron donde estaban, entre ellos yo. En ese momento mi vida pendía de un hilo. Entonces, el ya mencionado Díaz, con ademanes medrosos y procurando pasar inadvertido, se puso discretamente de mi y me susurro: “¡Da el paso, de ello depende tu vida!”. Di ese paso al frente y, al verlo también lo dio el teniente B.F; y tuvo suerte, pero cuando otro quiso hacer lo mismo ya no pudo, porque le observaban. En medio del horror de todo lo ocurrido, tenía yo al menos la satisfacción de haber salvado la vida a uno, que se guió por lo que yo hice. 

Anotaron los nombres de aquellos que no habían dado el paso adelante, y el grupo de milicianos se trasladó a las oficinas de la cárcel, donde establecieron siete tribunales ilegales para sentenciarnos. Bajábamos, en cada ocasión, veinte para cada tribunal. El mío lo formaban un robusto joven que llevaba un jersey gris y una jovencita que, según dijeron algunos, se llamaba N.M., y era mecanógrafa de la Dirección General de Seguridad. Estaba sentada frente a una máquina de escribir, pero no la usaba y el joven estaba también sentado, con una mesa delante. Éste me hizo las siguientes preguntas (aún las estoy oyendo): “Siéntate” (todo ello con gran grosería). Me senté a la mesa y me apoyé en ella. “No, sin apoyarte.” “¡Cuánto tiempo has estado afiliado a la Falange?” “¿Qué hiciste en octubre de 1934?” (durante el “levantamiento social comunista de Asturias”) “¿Cuántos periódicos vendiste entonces por la calle? (durante la huelga de la prensa de derechas). “¿Cuántos años tienes?” “¿Cuál es tu oficio?” “¿Estás diciendo la verdad?” “¿Qué quieres, jurar o prometer?” “¿Eres cristiano?” “¿Qué es lo que harías si te dejáramos en libertad?” “¿Cuándo te cogieron preso?” “¿Qué harías si te dejáramos en libertad y vieras a la República amenazada por los fascistas?” “¡Ah!, ¿no la defenderías?” “¿Quién responde por ti?” “¿Tu nombre?” Finalmente, se opuso a mi intento de apoyar documentalmente una de mis respuestas, de la que él dudaba. Escribió mi nombre, y junto a éste: “Evacuación”. Se confeccionaron tres listas, a saber: “Traslado a otra prisión”, “Evacuación” (?) y “Libertad”. 

En la prisión de Ventas, los dormitorios estaban clasificados por profesiones; uno estaba ocupado por oficiales, otro por clérigos. A los oficiales se les planteó también la alternativa antes descrita, pero ni uno solo dio el paso adelante. A ellos, junto a todos los que no lo habían dado, los sacaron de la cárcel la noche siguiente a las dos de la madrugada, sin más trámites y sin más ropa que la de dormir. Los condujeron en camiones y con las manos atadas a la espalda al cercano cementerio principal de Madrid, situado al este de la ciudad, donde los fusilaron contra la tapia. En conjunto, corrieron esa suerte en aquella noche ciento ochenta hombres, todos procedentes de esta prisión. 

El relato de mi informador continúa y lo transcribo para hacer pasar a la historia, con toda su desnudez, los hechos reales de aquella época:

Son las cinco y media de la mañana del 2 de diciembre de 1936. En la galería reina una calma absoluta, aunque no duerme nadie. De repente, se oye un ruido de llaves y dos voces. Una de ellas llama: “¡Ordenanza!”, y le dice al preso que desempeña ese cargo: “Abre las celdas de aquellos a quienes yo llame”. Llevaba once papeletas y las alumbraba con una linterna eléctrica. Daba muestras de tener mucha prisa por llevarse a la gene a la que había venido a buscar. Todo ello iba acompañado de palabrotas. Los desgraciados a quienes habían llamado salieron afuera, y con ellos un suboficial de la Policía Militar, que era el que hacía de jefe de dormitorio. Todos se portaban como valientes, porque ya preveían la suerte que les esperaba. Para ocupar el puesto del suboficial, me eligieron a mí, que resulté ser el más joven entre los jefes de la sala de la prisión, teniendo que responder de ciento un hombres, y hacer por ellos lo que buenamente podía frente a los abusos de los milicianos, al tiempo que intentaba levantar el abatimiento de mis camaradas. 

¡Y además tenía que cumplir los últimos deseos y encargos de los desgraciados que partían!

¡Qué día aquel!, ¡y qué noche a la espera de que amaneciera! Y con la inesperada responsabilidad que se me había venido encima. Eran las cinco y media de la mañana del día 2 de diciembre. Llevábamos hora y media oyendo entrar a los camiones que venían a recoger más gente que el día anterior. Oigo dar vueltas a la llave en la cerradura de la verja de hierro y pasos en la galería. Una voz me llama: “¡Responsable!”. Salgo y me veo al celador de la CNT, el peor de todos, con su linterna y la papeleta amarilla en la mano para llevarse a otros diecisiete. Cojo la papeleta y me quedo sin voz al verme obligado a llamar a mis compañeros para ir al matadero. Con el pretexto de meterles prisa entro en las celdas de los que había llamado, evitando que entre el celador. Así pude hacerme cargo de sus últimos deseos y encargos; me entregaban cartas, fotos, anillos. De lo que más les costaba deshacerse era de las cartas de sus madres y de sus novias… Sin embargo, en medio de mi dolor, tenía la satisfacción de poder hacer llegar todo ello a sus familias y de ser yo quien les comunicara la suerte corrida por los suyos.

A uno de los llamados no podía levantarlo del colchón, porque era víctima de un ataque en el que había perdido el conocimiento. Aún me parece ver su mirada errante de un lado para otro, sin un punto en que fijarla: parecía la de un débil mental. Solo a mí me miraba, como si quisiera que le dijera la verdad. Le alcé un poquito, pero volvió a caer pesadamente sobre el colchón. El celador le puso su linterna ante los ojos, pero la impresión que daba era que no veía la luz. El celador estaba furioso por el retraso, pues tenían mucho interés en acabar con esa expedición antes del amanecer. Entretanto bajaron los dieciséis, y como el decimoséptimo no volvía en sí, tuve que bajar a la enfermería a llamar a un médico, también preso, que le puso debajo de la nariz no sé qué sustancia de fuerte olor. No volvió, sin embargo, en sí, pero entonces el celador, irritado al máximo, dijo que había que sacarlo, aunque fuera a rastras. Con otros tres camaradas levanté aquel cuerpo sin vida, lo vestí y lo llevé donde ya estaban reunidos los demás compañeros. 

¡Qué horror! ¡Ese momento no se me olvidará en la vida! ¡En la sala de reunión de la cárcel, cuarenta hombres, mejor diría bandidos, armados con fusiles con bayoneta y uniformados con abrigos de cuero, gorros rusos y otros aditamentos de cuero, mandados por un individuo que llevaba el capote azul claro correspondiente a un oficial de Caballería, vigilaban a los desgraciados de los que anteriormente me había despedido. Pude ver que, además del jabón, la pasta de dientes, los peines, etc., les habían quitado las mantas de la cama, que eran de su propiedad, pero lo peor era la retirada de sus documentos, que junto con otros objetos habrían servido para identificarlos. Los ataron, no como otras veces, es decir, de dos en dos, codo con codo, sino individualmente, juntas las manos a la espalda, con cordeles muy finos que les hacían un daño horrible. Ni el directos ni ningún oficial de prisiones se dejaron ver en ninguna parte. 

Al entrar con mi propio compañero enfermo, sin sentido, y querer llevarlo a uno de los coches, me gritó uno de los camaradas: “¿A dónde vas con él?” “Lo llevo al auto”, respondí. “No, déjalo ahí, qué pasa?” “Que le ha dado un ataque y está como un pelele, no se tiene en pie.” “¡Déjalo ahí!”, exclamó señalando el montón de mantas. Y allí lo dejé tumbado, sin sentido como antes. Recuerdo las palabras llenas de crueldad, pronunciadas por uno de esos tipos, señalándolo: “¡A éste ya no le da otro ataque!”.

Aquella mañana se llevaron en total a veintitrés. Nunca se me olvidará la despedida de esos desgraciados destinados a encararse con la muerte. Estaban convencidos de ello, pero andaban con paso firme, valientes, como si no fuera con ellos. Me abrazaban, y cuando yo caía en sus brazos, también en mí crecía un espíritu de valentía. “¡Adiós, hasta que Dios quiera!”, les decía al oído. ¡Qué dolor, sentir el ruido cada vez más lejano de los motores de esos camiones, en los que unos honorables patriotas españoles iban al encuentro de la muerte por manos asesinas!

Matanzas en el Madrid republicano. Felix Schlayer, 1938 -5ª parte-



Cuando el farmacéutico Giral, en la noche del 10 al 11 de julio, asumió la presidencia recibida de manos del acobardado Gran Oriente de la Masonería, Martínez Barrio, no solo entregó a la plebe todas las armas disponibles, sino que al mismo tiempo la estimuló a que realizara cualquier acto delictivo con el único fin de eliminar a sus enemigos. 

Así fue, pues, como se llenaron las celdas de la cárcel Modelo tan deprisa que, ya desde los primeros días, hubo que preparar más espacio para poder hacer frente a esa afluencia continua. De momento, las reclusas de la nueva Cárcel de Mujeres fueron llevadas a un convento situado en el centro de Madrid, en la plaza de Conde de Toreno, y a cuyas monjas se las puso, sin más, en la calle. En esta cárcel “conventual” pronto se encontraron señoras pertenecientes a la élite del mundo femenino, de la buena sociedad de Madrid, junto con mujeres de la vida que aún tenían delitos pasados por expiar. A las vigilantes les divertía mucho mezclar a las primeras con las últimas en una estrecha celda.

La orgía de las detenciones seguía su curso, y el número de tribunales secretos, carentes de todo control o intervención estatal, iba creciendo de día en día con su secuela de asesinatos. Poco a poco se iban conociendo numerosas “checas”, como las llamaban los españoles. En calidad de jueces actuaban, en parte, golfillos de dieciocho a veinte años. Fue entonces cuando una primera catástrofe carcelaria provocó una protesta extranjera. La siguiente descripción proviene del informe de una testigo visual de toda confianza, y a la vez, interesado en los hechos.

El 22 de agosto de 1936, una “tropa” de delincuentes comunes, vestidos de milicianos, irrumpió en la Cárcel Modelo con el pretexto de efectuar un registro en busca de armas; despojaron a cada uno de los presos de todos sus objetos de valor: relojes, alianzas matrimoniales, plumas estilográficas, así como recibos de dinero depositado, llevándoselo todo en sacos. En las oficinas de la cárcel también se apropiaron de todo el dinero existente, y quemaron los libros para evitar cualquier posible reclamación por parte de los despojados. Dado que éstos sumaban más de cuatro mil, puede uno hacerse a la idea del brillante éxito de la “meritísima operación anticapitalista”. 



De repente, los presos, que se hallaban concentrados en los cinco patios del establecimiento, mirando con preocupación cómo el fuego avanzaba rápidamente a su alrededor, fueron objeto de un tiroteo procedente de los tejados y balcones de las casas circundantes, así como del tejado de la propia cárcel. No podían escapar de los patios hacia el interior del edificio, porque las puertas sólo permitían el paso de una sola persona a la vez, de modo que el amontonamiento que se producía entrañaba grave peligro de muerte por aplastamiento o asfixia. Los pobres hombres procuraban protegerse de los disparos, apretándose contra los muros situados en los ángulos muertos. A pesar de todo, buen número de ellos murieron; unos sesenta de los más importantes políticos y militares fueron arrasados afuera por los milicianos y muertos a tiros en los jardines próximos a la prisión. Habían sido entregados por el gobierno a las milicias marxistas y anarquistas para que les dieran muerte y quedaran así satisfechas las pretensiones de reducir el excesivo número de los detenidos que abarrotaba las prisiones. 

Una verdadera ansia de matar había embriagado y dominado al populacho. Los “funcionarios” no aparecían por ninguna parte. El directos había desaparecido, permitiendo con esta actitud que los acontecimientos siguieran su curso. Las mujeres y los niños andaban por los alrededores haciendo comentarios soeces acerca de los cadáveres de los ex ministros asesinados. 

Al cerrarse la noche, los “animosos” tiradores del tejado gritaron a sus indefensas víctimas de los patios de la prisión: “¡Mañana por la mañana continuaremos hasta que no quede uno vivo!”. Puede uno imaginarse el estado de ánimo con que aquellos hombres medio muertos de hambre pasaron la noche tumbados, pegados a las paredes. Los sacerdotes que había entre ellos les daban la absolución y los preparaban para la muerte que les llegaría por la mañana. Uno tras otro se aventuraban, en el transcurso de la noche, a llegar hasta una fuente para beber; reinaba el calor ardiente típico de Madrid, y hacía ya treinta y seis horas que no habían probado nada. Y así esperaban que llegara la mañana y continuara el tiroteo. 

El señor Giral y sus ministros podrían mostrar semblantes preocupados, pero les faltaba valor para tomar una decisión. Tenían demasiado miedo al fantasma que ellos mismos habían conjurado. En estas circunstancias, en plena noche se presentó el Encargado de Negocios de Gran Bretaña en el Ministerio de Marina (donde se había reunido el Consejo de Ministros a deliberar tras los sacos terreros con que se protegían) y exigió enérgicamente en nombre de la humanidad el cese sin demora de semejante monstruosidad. 

Tan pronto como el gobierno se atrevió a dar señales de vida, se redujo el alboroto, lo que prueba que había estado muy en su mano evitar tales sucesos.

Se constituyó un Tribunal semioficial con miembros de diferentes partidos, pero sin ningún juez estatal de carrera, en el domicilio social de un club distinguido de la calle Alcalá que, a partir de entonces se denominó la “Checa de Bellas Artes”. El procedimiento se abreviaba muchísimo y terminaba, cuando no podían mediar influencias de los partidos “populares”, cuanto más brutalmente mejor y, en la mayoría de los casos con el “paseo” nocturno. Esta checa no se ocupaba de las personas ya encarceladas, sino de los nuevos detenidos que se producían a diario y que desde allí salían, la mayor parte de las veces, dentro de las veinticuatro horas siguientes, volviendo a la libertad o a las cunetas de los alrededores, y solo en pocas ocasiones a una prisión. La policía estaba confabulada con esa checa y ocasionalmente con otras, ya que sucedía a veces que les entregaban detenidos en lugar de conducirlos a las cárceles estatales. 

La famosa “Checa de Fomento 9”

La checa de la calle de Alcalá se mantuvo en servicio sólo durante poco tiempo. En cierto modo estaba allí algo así como para exhibir “la justicia del pueblo”. 

De allí pasó a la calle Fomento nº 9, al palacio de un conde, en un rincón del viejo Madrid. Durante el otoño de 1936, esta expresión -“Fomento 9”- alcanzó en Madrid resonancias tan terribles que a cualquier madrileño se le ponía la carne de gallina con solo oírla. Quienes ahí iban a parar, solo en casos excepcionales salían con vida. Aquello era una auténtica “leonera”,  y conste que no quisiera con ello insultar a los leones. Quienes eran conducidos a Fomento 9, quedaban encerrados en celdas, en el sótano, y al cabo de cuarenta horas como máximo eran llevados ante el “tribunal”. Éste celebraba sesión cada noche. De madrugada se daba a conocer y se ejecutaba la sentencia. Al condenado lo “cargaban” en uno de los automóviles ya dispuestos para el caso y, en cualquier carretera de los alrededores, lo “invitaban” a bajar y lo mataban a tiros. A otros, les “ponían” en “libertad”, a saber; en plena oscuridad de la noche, a la salida del edificio, unos milicianos muy serviciales les invitaban a montar en su vehículo, para llevarlos a casa, y ya no se les volvía a ver. 

A petición de las organizaciones políticas y, probablemente, también de otros elementos de la peor ralea, la policía facilitaba “cédulas” o “certificados de libertad”. Con dichos “documentos”, cada noche los milicianos sacaban presos, de uno u otro establecimiento penitenciario, y les daban el “paseo”. En la cárcel correspondiente se registraba en la ficha del desgraciado así “liberado” la palabra: “Libertad”, de modo que, al efectuar nuestras comprobaciones, teníamos que averiguar la distinción entre la libertad “terrena” o la “eterna”. 

En los primeros días de noviembre de 1936, se me presentó la ocasión de visitar la famosa “Checa de Fomento 9”. Me acompañó el Delegado el Comité Internacional de la Cruz Roja. Habían detenido y llevado a esa checa a un miembro del servicio doméstico de la embajada del Japón, y una vez en ella peligraba su vida como la de quienquiera que la pisara. El embajador del Japón había dirigido al gobierno varias reclamaciones por telégrafo sin fruto alguno. Se dirigieron a mí con el ruego de que lo sacara, y yo me decidí a agarrar el toro por los cuernos y contemplar personalmente semejante antro. 

Cuando llegamos, nuestro coche produjo enorme sensación entre el personal de guardia de la puerta. No daban crédito a sus ojos, no concebían la posibilidad de ver un auto del Cuerpo Diplomático aparcado donde solamente lo hacían los destinados a “dar los paseos”. Dentro estaban las estancias, descuidadas, llenas de milicianos que corrían de un lado para otro y cuyo aspecto patibulario  no inspiraba confianza alguna. La atmósfera estaba a tono; el terror en cierto modo estaban en el aire, y el miedo a la muerte que habían experimentado innumerables víctimas continuaba “palpándose” y cortando el aliento. 

Era muy difícil para los miembros de un partido sacar de la prisión durante la noche a las personas que querían con el fin de tomarse sobre ellas la justicia por su mano. Una mañana de octubre visitaba yo a algunos señores en San Antón; uno de ellos me describía la terrible situación en que se encontraba un teniente coronel, antiguo preceptor de uno de los hijos de Alfonso XIII. Aquella misma mañana le habían amenazado gentes del pueblo del que era originario con irle a recoger la noche siguiente a la cárcel para darle el “paseo”. Pretendían con ello darle la ocasión de “saborear” anticipadamente durante muchas horas el triste fin que le esperaba. Pedí poder ver a ese hombre y le prometí mi ayuda para evitar su asesinato. Primeros cedí al ministro vasco Irujo, que en una visita anterior me había prometido apoyar mis esfuerzos humanitarios. Pero ya se había trasladado a Barcelona con el presidente Azaña. Me fui luego, por la tarde, a ver al ministro de Aviación Indalecio Prieto. Era el hombre clave del Partido Socialista. Su orientación moderada, frente a la extremista de Largo Caballero, había quedado como en la retaguardia de  la vorágine  del proceso revolucionario. 

Seis mujeres desaparecen sin dejar rastro

La Guardia Civil había sido “politizada” en la zona roja, poco después de estallar la Guerra Civil, y quedó rebautizara como “Guardia Nacional”, ya que los padres del nuevo desorden odiaban hasta su venerable nombre. 

En su lugar llenaron el Cuerpo de bolcheviques asiduos que no necesitaban cumplir las condiciones antes indispensables, sino únicamente acreditar con su pasado que llevaban en la sangre los “nuevos conceptos del servicio y del derecho”. Esta gente había tenido ya relaciones con la Guardia Civil de antes, en muchas ocasiones, pero como “objeto”, es decir, como delincuentes y no como “sujeto”, no como guardias. 

En realidad, la policía procuraba no entorpecer el entramado de las checas secretas, y hasta en muchos casos  participaba en sus manejos, como luego tuve, con frecuencia, la ocasión de comprobar.


En el fondo, el gobierno aprobaba los horrores de las “bandas”, pero creía salvar su responsabilidad haciendo como que no podía dominarlas.

Matanzas en el Madrid republicano. Felix Schlayer, 1938 -4ª parte-


En la lengua española se había introducido una nueva palabra mágica: “requisar”. Se “requisaba” sin más lo que apetecía tener: un auto, una vajilla de plata, buenas camas, así como viviendas enteras. Todo ello se adquiría con la condición inapelable de la pistola, que no admitía réplicas, y ese nuevo vocablo, tan de moda, sustituía a las expresiones habituales utilizadas para designar tales acciones. 

Una señora acudió a mi acompañada de una muchacha joven para contarme lo que les había sucedido pocos días antes, estando en su casa ella con su marido y su hijo, más un conocido con su hijo, cuando llamaron a la puerta a golpes, entraron cuatro milicianos exigiendo la presencia del señor de la casa. Al ver que, además de él, estaban allí el hijo y los otros dos hombres, ordenaron que los cuatro se fueran con ellos para prestar declaración ante el “juzgado”, a saber, “Fomento 9”, la célebre “checa”. 

Algo más tarde, la hija mayor acudió valientemente para preguntar qué les estaba pasando. La mandaron de un lado para otro, porque nadie quería saber nada de esos hombres. Cuando, ya desesperada, se quedó parada ante la puerta, apareció un coche con los cuatro tipos que se habían llevado a su padre, hermano y amigos. Al verlos, se abalanzó sobre ellos exigiendo que le dijeran lo que habían hecho con su familia. Los individuos, furiosos ante la expectación que provocaba en la calle, la arrastraron hacia el interior de la casa. A la mañana siguiente, la muchacha fue hallada muerta por armas de fuego en una cuneta cerca de un pueblo vecino. Al padre, el hermano y a los otros dos, los criminales, nada más prenderlos, los habían fusilado en una calleja donde los dejaron allí abandonados. En cuanto al amigo y su hijo, sus verdugos no sabían ni sus nombres; simplemente por encontrarlos juntos les hicieron correr la misma suerte, según el dicho alemán “juntos hallados, juntos ahorcados”. 

Trágico fue también el caso de un conde que tenía dos hijos. A uno se lo llevaron una tarde, al otro consiguió esconderlo, todavía a tiempo. Al día siguiente me pidió permiso para refugiarse en la Legación de Noruega; quería venir después de comer, a mediodía. Durante la comida aparecieron los milicianos de nuevo y prendieron al más joven de sus hijos. El conde llegó solo a la Legación. En la noche siguiente dispararon a los dos hijos y los mataron. 

Se dieron muchos casos en los que la preocupación por los demás miembros de la familia impedía la salvación propia. El amigo de un joven duque perseguido solicitó asilo para éste y se le concedió. Pero él se negó a considerar esta opción porque decía que, al no encontrarle a él si lo iban a buscar, se llevarían a su madre. Al día siguiente lo prendieron en su casa y por la noche lo mataron a tiros. Había sido durante años ayudante de Primo de Rivera. Más tarde tuve que recoger a su familia; para él era ya demasiado tarde. 

Para vergüenza de la humanidad podría escribirse acerca de estos meses madrileños un libro entero, lleno de ejemplos al respecto, pues se ha de tener en cuenta que no se trataba aquí de una persecución más o menos legal por parte de tribunales o de autoridades, sino de proceder arbitrario de individuos no cualificados. 

Como ejemplo, bien puede servir éste: al empezar la contienda, el propietario de una finca de mediana importancia, situada al suroeste de Madrid, se encontraba con su hijo en el pueblo, ocupado en las labores de la cosecha. Antes de que cundiera la consigna, que inmediatamente se extendió por el pueblo, de matar a todos los terratenientes, huyeron a esconderse, en primer lugar, en un pozo, donde un criado que se mantenía fiel les llevaba alimentos por la noche. Allí pasaron varias semanas hasta que enfermaron y no podían moverse. En uno de sus parajes había una pared doble; el espacio entre ambos paños de pared era de unos cincuenta centímetros. El pajar estaba lleno, según el método español de la paja cortada. Excavaron por las noches un “túnel” que atravesaba la “montaña” de paja y, al final de esa “galería” hicieron un agujero en el primer tabique y se cobijaron entre los dos paños de pared. Allí pasaron estos dos hombres unos seis meses largos. Sólo por la noche podían salir al patio, ya que cada pocos días volvían a preguntar por ellos para llevárselos. Su criado les dejaba, en un lugar determinado, algunos víveres, tomados los cuales se guarecían inmediatamente de nuevo en su escondite; allí tuvieron que permanecer inmóviles, aguantando el calor del verano y el frío del invierno, sin ventilación alguna durante aquellos meses referidos. Resulta difícil imaginar los tormentos que tuvieron que soportar. Más de una vez estuvieron a punto de salir afuera y dejarse asesinar antes que seguir aguantando. Sólo les mantuvo la esperanza de recibir ayuda de su familia. Cosa que así fue. Debido a las gestiones de una hija, el camión de una Legación extranjera llegó al pueblo con el pretexto de compara víveres. Al caer la noche, recorrió un trecho hacia las afueras del pueblo y esperó allí a los dos desgraciados, a quienes el viejo criado sacó “de contrabando”. Los trajeron a la Legación en estado francamente lastimoso. 

Matanzas en el Madrid republicano. Felix Schlayer, 1938 -3ª parte-




En cuanto a la inhumación, se practicaba en cualquier parte del monte bajo, cuando el olor a muerto se hacia molesto.

Una mañana, yacían allí dos señoras bien vestidas, las cuales, según me contó un guarda, pertenecían seguramente, por su aspecto, a la aristocracia. Con el fin de que no las pudieran ver desde la carretera, unos hombres tiraron los cadáveres detrás de un murete de piedra, lugar donde, por lo visto, quedaron durante mucho tiempo, hasta que las alimañas se las comieron. Este episodio se lo conté pocos días después al ministro Indalecio Prieto, con el propósito de que diera orden de enviar patrullas de la Guardia Nacional montada para vigilar nuestros alrededores. El ministro pareció haber quedado muy afectado por los datos tan precisos, que le facilité, y me dio la impresión de no haber creído, hasta ese momento, en el volumen que había adquirido semejante criminalidad, pues él, contrariamente a mí, no veía con sus propios ojos lo que ocurría. También le di cuenta varias veces de los lugares donde, en los alrededores de Madrid, se asesinaba habitualmente por las noches y, siempre que se lo comunicaba, me prometía intervenir. Pero lo que yo no podía era comprobar el éxito de mi gestión, y menos aún averiguar si hacía lo que le indicaba para mandar detener a esos individuos y matarlos a tiros en el mismo sitio en el que cometían sus crímenes. Por desgracia, no creo que lo hiciera. El gobierno carecía entonces de fuerza y del valor suficientes para hacer frente a la bestialidad de las masas que su propaganda había desatado. 

Incluso entre los habitantes del pueblo, antes pacíficos y correctos, cundía como un contagio dicha bestialidad. Sólo pocas semanas antes, la población de una aldea había cortado la carretera, interponiendo personalmente sus cuerpos, cuando unos anarquistas procedentes de Madrid quisieron sacar de su castillo, sito en lo más alto del pueblo, a un conde que desde hacía años era el benefactor de todos los pobres de la zona. Pero luego, siguiendo la instigación de otra banda anarquista de Madrid que se estableció en el pueblo, se dejaron llevar por sus instintos sanguinarios y terminaron sacándolo de su castillo y matándolo por el camino. 

Estos pueblerinos empezaron a tomarle gusto a la caza del hombre. Tales son los inevitables frutos de la educación bolchevique. El hombre se transforma en hiena. Las casas de un extenso barrio de “villas” u hotelitos sufrieron su saqueo, pero además, si sus habitantes estaban presentes, a unos los trasladaban a Madrid para encarcelarlos y a otros los asesinaban. 

Otro ejemplo estremecedor, sacado de mi entorno personal, es el de un chico que, hace doce años, cuando él tenía catorce, entró de aprendiz en el taller y, ya como trabajador adulto, era persona de nuestra confianza, sumamente correcto, aplicado y muy fiel. Dadas las relaciones patriarcales que manteníamos entre nosotros, él se consideraba como un pariente más de la familia. Su padre llevaba veinticinco años de capataz, muy estimado, en otra empresa. Al principio de la Guerra Civil, el chico se fue al frente, de miliciano. Pertenecía al sindicato socialista. De cuando en cuando me veía yo con su padre, y éste me contaba que el muchacho estaba arriba, en la sierra, al frente de su compañía, y que le iba bien. Pero al cabo de tres meses, este hombre de tan buena conducta hasta entonces, me refería, no sin cierta sonrisa de complacencia, que su hijo había ido a visitarles; que había andado buscando por allá arriba al párroco del pueblo, que se había escondido y le había hecho, muy a gusto, un agujero en la tripa a ese “cerdazo”. Antes, ese joven tan apacible y sensato se hubiera horrorizado solo con oír contar semejante barbaridad. Pero en aquel momento ya había caído tan bajo que él mismo lo cometía y hasta presumía de ello. 

Por lo que a mi respecta y en relación con mis bienes, no tuve que padecer tales circunstancias, pues desde el principio empleé la energía necesaria para hacerme respetar y para que entendieran bien el concepto y el sentido de la inmunidad diplomática que me asistía. Pero el veneno rojo calaba tan hondo que hasta empezó a deteriorarse la relación con mi fiel jardinero de muchos años, perteneciente al Partido Socialista desde hacía ya mucho tiempo, pero al que yo nunca había contrariado en cuanto a sus ideas. Empecé a notar que la relación con él se hacía menos amable, expresando sentimientos de odio en sus manifestaciones de repulsa hacia “el proceder bestial” de los nacionales, como así se lo hacían creer los cuentos con que los rojos sembraban sistemáticamente el terror en las gentes, animándolas a huir antes de que los nacionales conquistaran el pueblo. 

A nuestro pueblo llegaban casi a diario, en agosto y septiembre, multitud de gentes a quienes los rojos obligaban a abandonar sus pueblos de lo alto de la Sierra, en cuanto éstos se veían amenazados por el avance nacional. Se lamentaban por la pérdida de una vaca, por sus gallinas, sus cerdos, que habían tenido que abandonar. Las más de las veces venían a pie, cargados con sus hatillos que contenían lo más necesario de su ajuar -unos pocos cacharros- y dejando atrás muchos kilómetros. Algunos traían un borriquillo. Los alojaban en las muchas casas vacías de nuestra colonia, pero, pronto, a los pocos días, tenían que ceder ante la nueva oleada que venía y seguir hacia abajo, hacia el Mediterráneo. Eran personas cuya vida entera había transcurrido en su terruño, aunque fuera en una pobre aldea de montaña, y que ahora, desarraigadas y desmoralizadas, se veían empujadas de acá para allá a un mundo extraño para ellas. 

En columnas interminables cruzaban Madrid a pie, en carros de mulas, en burros… prosiguiendo una transmigración miserable hacia una nueva miseria. Muchos intentaban agarrarse a Madrid, se guarecían hasta en los socavones del suelo, pero el propio Madrid no tenía comida. Así levantaron bandera contra ella -inmigrantes forzosos- y los empujaron más allá todavía, “apartándolos” de los pueblos de las provincias mediterráneas donde los ya residentes los recibían como una invasión inesperada que venía a alterar su vida. Yo mismo hablé con esos refugiados y les pregunté: “¿Por qué no os quedasteis en el pueblo? Para vosotros no había peligro, no intervinisteis en la lucha por el pueblo, y los que lo hicieron ya lo habían abandonado.” Lo primero que decían era: “Nos dijeron que al llegar los ‘moros’ matarían a todos los hombres y abusarían de las mujeres y niños”. “¿Y os lo habéis creído todo? -les preguntaba-. No solo vienen los moros, sino también españoles, y esos son como vosotros, no son bestias…, con ellos podéis hablar”. “Sí, pero no podíamos decir nada -respondían-. Las milicias entraron en el pueblo y nos decían: ‘Dentro de dos horas os tenéis que marchar todos, y al que se quede lo fusilamos´.”

No había nadie a quien esta pobre gente pudiera recurrir para recibir protección o consuelo. El alcalde era, en general, uno de los peores compadres del pueblo, incondicional partidario de los milicianos, entre lo que estaban sus cómplices, y no había vecino ni campesino respetable que confiara en él. No existía más autoridad que esa; todos los párrocos habían desaparecido, huidos o fusilados. No había más solución que abandonar casa y hacienda y, con lo poco que el borrico o cada uno pudiera cargar, ponerse en camino rumbo a lo desconocido, junto a las mujeres y los niños, que iban llorando. No era la guerra, sino la política roja la que lo exigía. 

Se temía con más horror una rabiosa revolución bolchevique que la propia guerra civil; y a la revolución mucho más que a la guerra, se dedicaron en aquellas semanas tanto el gobierno como las organizaciones políticas. De momento, sólo había un enemigo en la sierra de Guadarrama, ya que en el mismo Madrid, en Alcalá, en Guadalajara e incluso, según pretendían los rojos, en Toledo, el enemigo había sido totalmente derrotado en el más breve plazo. Solo enturbiaba la seguridad en el triunfo de los rojos la toma de Badajoz y la dura lucha entablada simultáneamente en Guipúzcoa, cerca de la frontera francesa. 

Entretanto se iban llenando indiscriminadamente las cárceles con millares de mujeres y hombres de los mejores niveles de la sociedad y, sobre todo, se practicaba con gran celo la “requisa” de casas y bienes. Se produjo al respecto una auténtica -a la vez que ridícula- competición entre el Estado y las organizaciones de trabajadores. Se trataba de una carrera -ganada, por cierto, por las bandas anarquistas- era ver quién le ponía primero su carmelita rojo a las casas o a las puertas de los pisos en donde había un botín que “requisar”. 

Se dieron casos de “requisas” en que sobre la misma puerta de la casa intervenida, en un lado pegaban la etiqueta anarquista y en el otro la del gobierno. Quienes, al apropiarse de estos bienes ajenos, dejaban que siguieran ocupados por sus anteriores habitantes, pasaban cada mes a cobrar el correspondiente “alquiler”. El problema… es que, en los casos a los que me refiero, eran dos quienes exigían amenazadoramente el pago a los vecinos. Y cuidado con retrasarse en pagar, pues no dudaban en recurrir al desahucio. 

Toda retórica roja de la revolución a favor del pueblo salió bien pronto a la luz: el fin era apropiarse de los bienes ajenos, para mal utilizar la propiedad, que ellos mismos tanto denostaban.

Así murió el descendiente de Colón, Matanzas en el Madrid Republicano -2ª parte-


Es bien sabido que, entre los asesinados, también figura el último descendiente de Cristóbal Colón. Posiblemente se conozcan menos las circunstancias pormenorizadas que arrojan una luz significativa sobre la situación del momento, especialmente por lo que  respecta a la actitud del gobierno. Este hombre, que se llamaba como su antepasado, Cristóbal Colón, Duque de Veragua, era de natural modesto y bondadoso, y vivía muy sencillamente en el antiguo palacio de sus antepasados. Tenía, además, una finca cerca de Toledo, en la que se ocupaba asiduamente de la explotación de una ganadería modelo. Trabajaba en inmejorable armonía con su personal y con los vecinos del pueblo de al lado; de todos era querido y respetado, por lo que las primeras semanas le dejaron tranquilo. Pero, por supuesto, una organización de trabajadores ocupó y requisó una parte del viejo palacio. En la otra vivía él, retirado, sin que le molestaran, hasta que de repente desapareció de su casa. Una embajada sudamericana,  que permanecía en permanente contacto con el duque, se lo comunicó inmediatamente al gobierno. Éste prometió poner en movimiento todo lo necesario para informarse de su paradero. Pero no sacó nada en limpio. En cambio, la citada embajada que, por su parte, recogía información, pudo establecer a los pocos días que lo habían llevado a una “checa” comunista y que había quedado preso allí. Comunicó inmediatamente al gobierno la dirección exacta de la misma y le exhortó a que ordenara su liberación. 

En los días que siguieron, aún recibió el gobierno telegramas de una docena de repúblicas hispanoamericanas, que asimismo reclamaban su liberación, ofreciéndose para llevarlo a América. Diez días después de haberse comunicado al gobierno la dirección del lugar donde lo mantenían preso, el ministro representante diplomático de una república americana se enteró de que, la noche anterior, lo habían sacado y matado a tiros. Las investigaciones, que él mismo llevó a cabo, revelaron enseguida que lo habían encontrado, efectivamente, muerto por arma de fuego en la cuneta de la carretera, cerca del pueblo de Fuencarral, habiendo sido arrojado a una fosa común del cementerio de dicho pueblo, con unos veinte cadáveres más. El ministro asumió la terrible tarea de disponer que, en su presencia, se registrara dicha fosa común y se enterrara el cadáver  del duque en una sepultura especial, desde la cual, más adelante, se le trasladaría a la mencionada república, primera tierra americana que pisó su antepasado. Esto ocurría ya bajo el “gobierno Popular” de Largo Caballero, compuesto por socialistas y comunistas. Un gobierno incapaz siquiera de ejercer su poder o su buena voluntad durante los diez días que tuvo para atender la demanda de las repúblicas hispanoamericanas a favor de la vida de Cristóbal Colón, con lo cual provocó un baldón más a España con las protestas de la totalidad del mundo americano. 

Matanzas en el Madrid republicano. Felix Schlayer, 1938 -1ª parte-



¿Qué hacer -se preguntarán mis lectores- con un pueblo al que no hacer nada le parece más tentador que el bienestar alcanzado con el trabajo? Su ecuación bien parece ser ésta: vivir bien es igual a no hacer nada. Ésta era la atractiva consigna con que el comunismo seducía eficazmente a las masas incultas, llevándolas hacia la consecución de un sentimiento tan fanático como éste: “¡Arrebatad a los poderosos todo lo que tienen y así podréis ser tan gandules como ellos y vivir tan bien como ellos!”.

Concluida la Guerra Mundial, los negocios fáciles pronto se disiparon con la misma celeridad con que habían aparecido; pero se mantuvo vivo su aliciente, hasta aquel momento desconocido en España. En este clima de posguerra, Lenin profetizaba que España sería el siguiente país europeo en llevar a cabo una nueva revolución bolchevique. Así fue como, con propaganda y dinero soviéticos, nació el Partido Comunista, el cual dio muestras desde el principio de su eficacia organizativa. Antes de la Guerra Civil este partido no dejaba de ser una facción reducida, de poco arraigo y escasa afiliación entre unos españoles más dados a la anarquía que al comunismo; pero, con el estallido de la lucha, las células comunistas pronto iban a cobrar un protagonismo extraordinario que marcará la pauta. 

Se celebraron las elecciones con no pocas irregularidades en muchos de los colegios electorales en los que se conculcó la libertad de expresión. Tan pronto se comprobó que, pese a los incidentes, las derechas habían obtenido la mayoría, sus adversarios se lanzaron con virulencia contra el poder constituido. Los socialistas habían perdido. En esa circunstancia, las frases de signo democrático, como la relativa a los derechos de la mayoría, perdían su validez tan pronto como dejaban de favorecer a los socialistas. Y cuando la mayoría conservadora quiso hacer valer su legitimidad democrática se le respondió con el levantamiento de Asturias, con lo cual se pusieron de manifiesto los verdaderos y antidemocráticos propósitos de los socialistas españoles, quienes aspiraban, junto con los sindicatos, a obtener el poder por cualquier medio. 

Antes de ser transferido el poder al Frente Popular, en varias provincias donde las derechas habían obtenido el 80% de los votos, un mes después, ante la presión del Frente Popular, se “convertía” ese resultado “por arte de magia” en un 90% pero esta vez a favor de las izquierdas. ¡Difícilmente podrá encontrarse una parodia mayor sobre la libertad de voto que en esta ocasión! Sobre esta base se asienta la “legitimidad” del actual gobierno de la República española, tan tercamente encumbrada por franceses, ingleses y americanos. 

Al principio Calvo Sotelo, gran diputado y líder de los partidos derechistas, le anunció la muerte que le esperaba el mismo presidente del Consejo de Ministros, Casares Quiroga, quien lo hizo en el marco de una agitada sesión parlamentaria cuando aquel pronunciaba un exaltado discurso de despedida. Pocos días después tuvo lugar el asesinato durante la noche y a manos de la policía del Estado. Entraba de lleno en escena la revolución socialista. La mayoría indiscutible del pueblo español, de orientación derechista, se vio enseguida abocada a un dilema: o se dejaba aniquilar por las turbas incontroladas o se lanzaba a la lucha. Ese fue el origen del alzamiento de los generales, expresión del sentir mayoritario de la población, que no se resignaba voluntariamente a dejarse exterminar. 

Antes de la Guerra Civil, el Partido Comunista no tenía un gran número de militantes. En extremo individualista, la forma de ser del español estriba en la anarquía, con lo que en circunstancias normales la teoría comunista le es ajena por completo. 

¿De dónde emerge algo tan salvaje como esa crueldad y sus horrores? ¿Son propios del temperamento español o son achacables al bolchevismo?

Yo mismo asistí en Salamanca a un juicio, en un Tribunal de Guerra, en el que condenaron a muerte a ocho falangistas de un pueblo por crímenes que habían cometido en las primeras semanas contra otros habitantes del lugar. Los sacaron encadenados. En cambio, en la zona dominada por los rojos, estos crímenes, producto de la ferocidad de las masas, iban en aumento semana tras semana, hasta convertirse en una espantosa orgía de pillaje y de muerte, no sólo en Madrid, sino en todas las ciudades y pueblos de dicha zona. Aquí se trataba del asesinato organizado. Ya no era sólo el odio del pueblo, sino algo que respondía a una metodología rusa: era el producto de una “animalización” consciente del hombre por el bolchevismo. De lo que se trataba era de adueñarse de lo que fuera a cambio de nada; y si era menester matar, se mataba. 

Lo que desde siempre ha dominado políticamente en la amplia masa del pueblo español ha sido el sentimiento y nunca la razón. Pero en conflictos anteriores su fanatismo se apoyaba en bases idealistas. El indomable apasionamiento del pueblo español, que a Napoleón le tocó experimentar, se nutría de odio al extranjero y de orgullo nacional; en las guerras carlistas, el fanatismo religioso tronaba contra el liberalismo. Esta vez, sin embargo, debido a la influencia de la progresiva materialización de las masas populares, como consecuencia de las teorías socialista y comunista, los motivos de fondo son principalmente de orden económico y la meta con la que se especula es disfrutar de la vida con el mínimo esfuerzo. 

Una vez más tuve que vérmelas con el excesivo celo de estas hordas campesinas, especialmente al aparecer algunas jovencitas que ponían sus pistolas, con el seguro quitado, delante de mis narices, por lo que me vi obligado a recomendarles drásticamente un lugar más apropiado para guardarlas. 

A partir de aquel momento fue cuando el populacho de Madrid adquirió conciencia de la clase de poder que le había caído en suerte.

Allí, en el Cuartel de la Montaña, fue donde por vez primera comenzaron los asesinatos en los que participaron personas que hasta entonces nunca hubieran pensado en ello. En aquel hecho se reveló ya la falta total de autoridad estatal. El populacho que entró tras la rendición dominaba la situación, disparaba o perdonaba la vida a su antojo. 

Fue allí donde se instauró primero el imperio de la casualidad como destino, que después habría de generalizarse tanto. Quien caía en manos de un principiante de buenos sentimientos, aún sin malear, era saludado  abrazado como un “hermano liberado”; pero a quien tenía la mala suerte de dar con trabajadores envenenados de fanatismo se le ponía en fila, contra la pared, en el patio del cuartel. Un testigo presencial me contó que unos doscientos de los que se rindieron yacían muertos, alineados, y mezclados los civiles con los militares. Lo que no puedo asegurar es si los oficiales que yacían en el cuarto de banderas perdieron la vida asesinados o suicidándose. 

En aquella mañana, con este episodio del Cuartel de la Montaña, quedó sentenciado el destino de España: la guerra civil en toda su aterradora extensión. Si quiero estaba comprometido en el mando del sector militar de Madrid, en lugar de encerrase en los cuarteles, se hubiera atrevido a dar un audaz golpe de mano y apoderarse de la ciudad, tal como lo estaba haciendo el general Queipo de Llano en Sevilla, se hubiera sofocado en su embrión la resistencia roja. Sin Madrid y, por tanto, sin la España central y sobre todo, sin el oro atesorado en el Banco de España, quedaba excluido cualquier tipo de aglutinación organizativa que les permitiera a los rojos englobarlo todo. 

El nuevo Gobierno, con notable falta de sensatez, entregó las armas y, con ellas, la autoridad. Al contrario que Martínez Barrio, que no se atrevía a armar al pueblo, el nuevo presidente del Consejo de Ministros, un farmacéutico de Madrid llamado Giral, dejó libre el campo en tal sentido y sin control alguno a las veinticuatro horas de haber asumido la presidencia, lanzando además un llamamiento en el que exhortaba a todos a empuñar las armas y a hacer uso de ellas sin escrúpulos. Además de los cuarteles, se saquearon todas las armerías, y el mismo día se abrieron también las puertas de las cárceles a los presos comunes, a los que se liberó como “hermanos”, porque en aquellos momentos se necesitaba espacio para los disidentes políticos. Empezaron a quemar iglesias y conventos y a echar de allí a sus moradores. A algunos se les asesinó con el pretexto de que desde sus edificios se había disparado “contra el pueblo”. Empezó el terror, pero los hombres -jóvenes y adultos- que se paseaban con sus armas recién “adquiridas” se consideraban a sí mismos guardianes de un determinado “orden”, al estilo de una especia de “policía política”. 

Por entonces empezó la era de la “Soberanía del Pueblo”, con lo cual éste fue descubriendo lentamente los fabulosos derechos que se había adjudicado. Sus maestros fueron sobre todo los delincuentes comunes a los se les había regalado la libertad. Éstos no se sentían en absoluto intimidados por las “especulaciones” burguesas acerca de “lo mío” y “lo tuyo”, y por lo que se refiere a su concepto de la libertad, pronto encontró éste multitud de adeptos. UHP (“¡Uníos Hermanos Proletarios!”) se convirtió en una especia de contraseña sustitutoria de pago. Cualquier san culotte (nombre con el que, en la Revolución francesa se designaba a los equivalentes de nuestros milicianos) que llevara uno de los abundantes revólveres, repartidos o robados, apaciguaba a sus acreedores con esa contraseña encantada y, cuando la misma resultaba insuficiente, les ponía la boca del revólver delante de la suya. 

A un restaurante alemán en el que yo comía a mediodía, le tocó de repente, en lugar de su clientela habitual perteneciente a la buena burguesía, recibir a docenas de esos héroes del revólver. Éstos solían ser muy estrepitosos, ya que no les parecía suficientemente bueno el plato del día, y exigían otras suculencias, para acabar pagando con un ¡UHP! Pronunciado con aire triunfalista. Tales cosas ocurrían así, hasta el unto de que, más de una vez, estando el comedor lleno, era yo el único que pagaba. Ante el afligido patrón, cuando éste se atrevía a protestar, se hacían pasar por mandos de las “formaciones” más increíbles y, si ello resultaba infructuoso, le amenazaba en última instancia con la pistola. El hombre tuvo la suerte a los pocos días de poder clavar en su local el texto de una resolución adoptada por la embajada alemana, en virtud de la cual se le ordenaba cerrar el establecimiento a fin de evitar su ruina o su asesinato. Los patrones de la hostelería española tuvieron que aguantarse y mantener durante muchas semanas este tipo de “explotación” de su negocio bajo amenazas de muerte. Entre ellos, algunos cayeron a tiros, delante de sus locales, por haber provocado de alguna manera el disgusto de tan “noble clientela”. 

Todavía no sabía yo que, ya desde los primeros días, en todo el extra radio de Madrid lo más natural era la búsqueda y recogida de los asesinados en la madrugada. Pero ahora le tocaba a mi carretera, que cruzaba la Casa de Campo (extenso parque que antes pertenecía a la Casa Real) convertirse en el escenario de asesinatos a gran escala. Allí se habían abierto zanjas en las que todas las noches, los sedicientes “milicianos”, gente del pueblo armada o delincuentes, arrastraban a personas arbitrariamente sacadas de sus hogares: los juzgaba un “Tribunal”, compuesto por media docena de malhechores, entre los que también había mujeres. 

Semejante robo organizado, agravado por el asesinato, alcanzó a las pocas semanas tal nivel de escándalo que, una noche, se juntaron unos cuantos guardias veteranos y mataron, también a tiros, al propio “Tribunal”. 

En Aravaca fueron aniquilados y enterrados en pocas semanas de trescientos a cuatrocientos seres humanos. 

Alguien me contó que ocho monjas habían subido a pie desde Madrid, naturalmente sin documentación. Las habían echado de su convento y no tenían ni dónde dormir ni de qué comer. Así iban andando hacia la sierra, donde la lucha seguía su curso. Al pasar por el puesto de guardia, les dieron el alto y ellas manifestaron que querían ir a pie hasta Villalba para poder ser de alguna utilidad, como enfermeras o cuidadoras de lo que fuese y ganarse de tal modo el sustento. Pero no las creyeron, les atribuyeron intenciones de espionaje y el Comité del Pueblo las condenó in situ a muerte. El argumento decisivo para ello fue precisamente su condición de monjas. De modo que se llevaron a las ocho monjas al referido cementerio para ejecutarlas, disparándoles junto a una fosa. La mayor de ellas gritó: “¡Supongo que serán mujeres las que disparen contra nosotras, pues sería una vergüenza que los hombres se pusieran a matar mujeres!”. Tales palabras avergonzaron incluso a aquellas bestias ya dispuestas a disparar. Mandaron a buscar al pueblo mujeres que quisieran hacer de verdugos, pero todas las mujeres -jóvenes o adultas- se negaron. El Comité tuvo que llamar entonces a Madrid, desde donde les mandaron, pocos minutos antes de que yo pasara por ahí, media docena de los criminales más endurecidos, que cumplieron el “encargo” sin el menor sentimiento de humanidad, ante la grandeza de aquellas mujeres que fueron a la muerte sin una queja y consolándose mutuamente con la esperanza del más allá. 

Atracar las viviendas y llevarse a sus moradores eran cosas que siempre se hacían utilizando automóviles, ya que el “punto final” de las “relaciones” de tal modo iniciadas se encontraba fuera de la ciudad. Así es como surgió en España la expresión “dar el paseo”, que equivalía a asesinar. 

Inmediatamente después sonaron los disparos, al principio aislados, luego más seguidos. Invitaban a las víctimas a que se escaparan para salvarse, y a continuación las herían con disparos sueltos, disparándoles a bocajarro al caer. ¡Más de veinte disparos lanzaron contra estos dos desdichados!

Hombres, mujeres y niños peregrinaban cada mañana, sobre todo en el propio Madrid, a los lugares, concretos y conocidos, donde se perpetraban los asesinatos nocturnos y contemplaban con interés y con toda clase de comentarios el “botín” de la cacería…. Y ello en un país en el que, antes, no había hombre, ni maduro ni joven, que pasara cerca de un coche mortuorio sin descubrirse. ¡Terrible es ya destruir en los niños el respeto a la vida de los demás y crear en ellos un sentimiento que dará frutos aún más amargos!

Sin embargo, esto no era sino una parte de la matanza global de la noche recién transcurrida, ya que la mayor parte de los “paseos” terminaban en los pueblos de los alrededores de Madrid y en las cunetas. Por ello, los datos numéricos de Madrid propiamente dicho son inevitablemente inexactos, ya que se basan tan sólo en el número de muertos registrados en la capital. 

En cualquier lugar se juntaban una docena de jóvenes desaprensivos e iban a sacar de sus casas, de noche o incluso de día, a hombres y mujeres a quienes seguidamente sentenciaban a muerte. No dejaban, naturalmente, de registrar la vivienda en busca de objetos de valor. 

Aunque no existía una ley que prohibiera la propiedad privada, bastaba un registro perpetrado por estos desalmados para que uno quedara desvalijado, asesinado o, como mal menor, encarcelado. 

Tal era el concepto del derecho ante el cual el gobierno de Giral, que todavía era burgués y radical, no mostraba escrúpulo alguno, tolerando toda aquella anarquía. Dicho gobierno no hizo nunca el menor esfuerzo por poner coto a las actividades criminales que acabo de relatar y que se encargaban de realizar los presuntos comités políticos y demás organizaciones de todos los matices. No sólo dicho gobierno no tomó en consideración los hechos, sino que, impasible, tampoco hizo nada respecto a otros actos, aún peores, que efectuaban individuos por su cuenta, tanto en las ciudades como en el campo. 

Junto a estas “fábricas de asesinos” de carácter semipolítico se desencadenaban sin freno alguno los más bajos instintos del populacho. No sólo eran obreros despiadados, muchachas de servicio, porteros descontentos o competidores envidiosos los que, en compañía de algunos amigos, sacaban de sus casas a las personas objeto de su rencor, matándolas a tiros según les viniera en gana; había también campesinos de la peor especie que se venían a Madrid, iban a buscar a los hacendados de sus pueblos, asaltaban sus viviendas de la ciudad, los sacaban de sus casas y los asesinaban sin más dilación, sin importarles lo bien que tales hacendados se hubieran portado con los trabajadores de sus tierras, porque lo que movía a sus asesinos no era, en la mayoría de los casos, el odio o la venganza, sino la codicia. Los comunistas, sus nuevos señores, habían predicado que la tierra les pertenecería en cuanto hubieran desaparecido sus antiguos señores o dueños legítimos. Conozco a una familia que tenía sus propiedades en un pueblo importante de Albacete; vivían allí y, con su trabajo agrícola, hicieron prosperar al pueblo entero, que se había enriquecido en las últimas décadas. De esta familia aniquilaron a todos sus varones -veinticuatro- quedando solamente un anciano y algunos niños; por lo que respecta al primero, se libró porque estaba ingresado en la cárcel de Madrid. Fue un caso más de los muchos que sobrevivieron gracias al azar. 

Un bandido de veintiocho años, llamado García Atadell, estaba al frente de una brigada de la policía del Estado, por medio de la cual no sólo cometía los más inauditos desvalijamientos, sino que, en cientos de casos, entregaba a las víctimas de los mismos no a la policía, sino a las “checas” más sanguinarias. Finalmente huyó a Francia para proteger su botín de las apetencias de sus secuaces. Pero el destino quiso que, cuando se trasladaba en un barco hacia América con toda su expoliación, fuera capturado en aguas de Canarias por los nacionales. El hombre pagó sus crímenes con la muerte, en Sevilla, por el procedimiento de ejecución más infamante que existe en España, el garrote vil.