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Franco sobre la URSS y Rusia



Sobre la URSS y Rusia

8 de octubre de 1960:

Hablamos luego de política exterior. Le pregunto qué le habían parecido los discursos de Lequerica en los últimos debates de la ONU contestando a Kruschev. Me contesta:

“La primera réplica dirigida al jefe de la URSS ante los insultos y ataques que a él le había dirigido, me pareció bien, pues estuvo contundente y enérgico. Me agradó menos su intervención en el debate general, pues no pegaba con aquel ambiente. Debió ser más duro con la política internacional rusa y su dominio sobre los países satélites de la Europa oriental. Debió recordarles el exterminio de los tanques rusos con el heroico pueblo húngaro, que derramó su sangre por su independencia. Esa política es peor que la colonialista más exaltada pues resulta paradójico que cuando las grandes potencias europeas están concediendo la independencia a sus colonias en todo el mundo, se declare el señor Kruschev su defensor y tache de colonialistas a dichas naciones, cuando la URSS tiene bajo su dominio tiránico a media Europa, esclavizando a pueblos que no tienen  ninguna libertad. Debió recordarles la política rusa antes de nuestra guerra y los acuerdos del Komintern para implantar el comunismo en España en 1936, estableciendo el eje Moscú-Madrid para desde nuestra península poder extender la propaganda a Marruecos y la América española. Recordarles lo que dijo Stalin de que España sería la segunda república comunista de Europa; la creación de los frentes populares y la actitud de Stalin cuando pidió y obtuvo en Potsdam sanciones para nuestra Patria. Debió decirles cómo Rusia se apoderó por la fuerza de las naciones bálticas, de Polonia, Bulgaria, Checoslovaquia, Rumania, Hungría, etc., etc., extendiendo además la soberanía rusa al oeste de Europa; en fin, que pudo decir muchas cosas contundentes, más duras y claras. Tampoco me gustó el que en cambio hubiese recordado la ayuda americana, dando cifras de los dólares que nos han prestado. La ayuda fue bastante modesta y no valía la pena que la recordase con tanto detalle. Hubiese estado bien hacer alguna alusión agradecérsela, pero no con tanto lujo de detalles, como si eso hubiese sido exclusivamente la causa del resurgir de nuestra Patria. En cambio me gustó mucho el discurso del embajador de Filipinas, pues este diplomático se expresó en términos muy enérgicos, diciendo muchas verdades y extrañándose de que ninguna nación se atreva a recordar las atrocidades que ha cometido Rusia, esclavizando a las naciones del este europeo, teniendo la osadía de llamar imperialistas y colonialistas a las naciones de Occidente que se apresuraron a dar la independencia a la mayoría de los pueblos que habían civilizado.”


7 de octubre de 1961:
“Creo que hay que dar esperanzas a los pueblos de las diferentes naciones sojuzgadas y avasalladas por los rusos de que han de recuperar algún día su libertad; es lamentable la actuación de los políticos aliados que intervinieron en el armisticio del final de la guerra europea; demostraron no ser estadistas por haber tenido una falta total de visión política.”

26 de octubre de 1961:

“La Rusia de hoy no es como la de antes. Hay que reconocer que se ha transformado muchísimo, su cultura es grande. El ejército tiene espíritu y excelente armamento. El pueblo desea vivir mejor y compara su nivel de vida con el de los países occidentales. Por ello sus dirigentes ya no tienen a su órdenes un pueblo dócil que se somete a todo. Hoy los rusos tienen grandes deseos de prosperar, trabajar, estudiar, con un gran interés por ser más cultos, y con la esperanza y el deseo de vivir mejor. Saben el que más y el que menos cómo se vive en París, Londres o Nueva York, y mantienen la esperanza de llegar a esos niveles de vida o superarlos. Por todo esto al gobierno ruso le será cada vez más difícil seguir gobernando en forma despótica, prescindiendo de lo que opina o piensa el pueblo. Rusia a mi juicio comete un error al tener parte de su ejército en países satélites, que siempre han de mantener su deseo de ser independientes y odiar a sus invasores. En la última guerra mundial el ejército alemán perdió mucho de su poderío al tener que ocupar Francia, Bélgica, Noruega, Dinamarca, Yugoslavia, Grecia y demás países. Si este poderoso ejército hubiera estado reunido, hubiese costado gran trabajo a los aliados vencerlo, pero así, desperdigado en la forma que estaba, fue totalmente vencido; ejércitos y cuerpos de ejército fueron derrotados sin apenas combatir. Nosotros vencimos al ejército de Napoleón no en batallas campales, donde casi siempre nos derrotaban fácilmente, y sí en la guerra de guerrillas, en las que al enemigo se le hacía la vida imposible, y se daba cara a cuanto soldado francés se encontraba desperdigado en pueblos o caminos.”

“Hoy son frecuentes y bien visibles las divisiones en la Unión Soviética, y también entre ésta y otros países comunistas. Se desea adoptar una política distinta al comunismo de Lenin y de Marx con el convencimiento de que se necesita algo más práctico y flexible. El pueblo aspira a tener libertad en un grado más amplio; esto lo saben los dirigentes que no permiten la menor desviación para que así el pueblo continúe disciplinado y sometido al despotismo del que ocupa el poder y del partido comunista.”

31 de marzo de 1962:

Franco me habla del viaje de su médico, Garaizábal, con el equipo de fútbol que fue a jugar a Jena, en la Alemania Oriental. Dice:

“Fue como médico del equipo, y a su regreso me contó sus impresiones. Dice que notó un atraso grande y una pobreza en todos los sitios que visitó. Allí se observa lo mal que vive la gente y la falta de toda comodidad. Las mujeres van pobremente vestidas, siendo completamente distinto a su aspecto del de las demás mujeres de Europa. Se las ve desnutridas, y sus rostros tristes reflejan amargura. Muchos alemanes le decían que de buena gana hubieran aplaudido al equipo español, pero que no era posible hacerlo por el miedo a las represalias. Los hoteles eran fonduchas de la peor calidad por lo pobres y mal cuidadas. La suciedad enorme. Pocos coches y ambiente de tristeza y desolación. Esto es el comunismo.”


2 de junio de 1962

Hablando de la URSS, Franco me dice:

“Yo creo que si hubiese un plebiscito libre triunfaría el régimen actual, pues los rusos actuales no han visto otra cosa en su inmensa mayoría; no cabe duda de que el régimen de los zares no era beneficioso para el pueblo, y de que había muchos abusos. Lo que no me explico es la falta de libertad para que puedan viajar todo lo que les de la gana, y que no dejen que se les visite con libertad. Por algo será esta desconfianza.”

8 de noviembre de 1962

He querido saber si le había gustado el discurso que ayer pronunció en la ONU el embajador Lequerica, contestando a unas falsas acusaciones contra España hechas por el embajador soviético Zorin. Franco me contesta:

“Estuvo bien, pero hubiera debido estar más duro, atacar de una forma más contundente; hay un sinfín de pruebas de los muchos atropellos que los soviets hacen demostrando su imperialismo. El atropello de las naciones que están sojuzgadas sin contar para nada con la voluntad de los ciudadanos. Yo les hubiera recordado el telón de acero y el Berlin Oriental, con el “muro de la vergüenza”, los fusilamientos de Katyn, la dominación de Hungría contra el deseo de todos sus ciudadanos. En fin, simplemente hubiese citado la superficie de Rusia antes de la guerra, comparada con la que tiene ahora. Con los soviets no se puede ser diplomático, hay que ser duro con ellos, sin ninguna clase de contemplaciones, pues solo respetan la fuerza y a aquellos que no les tienen miedo.”

29 de noviembre de 1962

Pregunto al Caudillo si cree que Rusia va a evolucionar en su política internacional; Franco me dice que sí:

“Creo que el pueblo ruso no desea la guerra y no es ni mucho menos el pueblo aborregado e ignorante de épocas pasadas. Rusia quiere la paz y eso lo sabe Kruschev. El día en que al pueblo se le conceda libertad de movimiento para ir por el mundo donde le apetezca, como sucede en todos los países que no son comunistas, y lo mismo la entrada libre a las gentes de otras naciones, habrá más fraternidad con ellos y estarán perfectamente informados de lo que puede ocurrir en los demás países. En el asunto de Cuba, Kruschev claudicó por estar perfectamente informado que los Estados Unidos estaban decididos a ir a la guerra nuclear con el respaldo del país entero.”

24 de julio de 1963:

“¿Tú crees que en Rusia, si hubiera libertad, cambiarían de régimen? Lo modificarían y adoptarían muchas cosas que tienen los países capitalistas, sobre todo la libertad de trasladarse y viajar como se les antoje; y entonces compararían lo suyo con los regímenes de otros países y sin grandes trastornos irían modificando el suyo, pero nunca adoptarían la democracia tal como la entienden los países capitalistas, y de la que se aprovechan los comunistas para minar estos países y hacer propaganda de su régimen. Los rusos no pueden olvidar que la política que hacen sus jefes de gobierno les han permitido ser la segunda potencia del mundo, y con aspiraciones de ser la primera. La cultura ha aumentado de un modo enorme. Allí todo el mundo estudia, todos trabajan, y así progresan. Eso se consigue con un mando enérgico y con la gran disciplina que siempre han tenido en el pueblo ruso desde que dominan los soviets. El Partido Comunista predica la rebelión de las masas en el mundo democrático. Pero en Rusia solo se hace lo que el gobierno dispone, y el pueblo lo acepta sin la menor protesta.”

10 de febrero de 1964

Mizzian afirmó que Kruschev no es más que un instrumento del Partido y que no tiene más remedio que aceptar las decisiones de éste. El Generalísimo dice:

“Yo no creo eso, opino que el jefe del gobierno ruso tiene un mando enorme, aunque el Partido fiscalice sus actos y señale una directriz en la política soviética. Creo que los resortes del mando los tiene Kruschev como antes los tenían Stalin, Beria y Lenin. Lo que sucede ahora en Rusia es que por la mayor cultura del pueblo, la opinión pública influye más que en tiempos pasados en las decisiones del gobierno. Un gobierno al estilo de Beria o de Stalin no sería tolerado. Allí se dan perfecta cuenta de lo que sucede en el mundo y se critica los fallos del sistema ruso, como ahora sucede con la producción agrícola, con su gran déficit que constituye uno de los grandes fracasos del régimen comunista. Esto lo quiere corregir Kruschev permitiendo que los labradores trabajen la tierra por su cuenta, y admitiendo que los beneficios sean para ellos. Es decir, que no tendrán la propiedad de la tierra y pagarán al Estado por el arriendo de la misma. Lo esencial es que lo que recogen será exclusivamente para ellos. En muchos países capitalistas los propietarios están en condiciones mucho peores, pues tienen arrendados los terrenos, pagan muchos impuestos y a veces los beneficios no cubren los gastos. Rusia va adelantando mucho, ya no se puede gobernar como en la época zarista y en los años anteriores a la segunda guerra mundial.

29 de junio de 1965:

“El mundo entero se deslizará por cauces sociales. La política de Moscú se inclina a modificar sus métodos despóticos y trata de mejorar todo lo social, pues así se lo exige la opinión pública, reflejo del pueblo ruso, cuya alta cultura actual constituye una sorpresa para muchas naciones y no permite represiones del gobierno. Rusia está frenando su tiranía por exigirlo el pueblo, y tal vez veamos cambiar su régimen despótico y absolutista por otro más ponderado y eficaz para el proletariado.”

La visión de Burnham sobre el conflicto mundial contemporáneo - George Orwell



La visión de Burnham sobre el conflicto mundial contemporáneo. 20 de marzo de 1947

Un comunista es psicológicamente muy distinto de un ser humano común y corriente. De acuerdo con Burnham: 

“El verdadero comunista… es un ‘hombre abnegado’. No tiene vida aparte de su organización y de su batería de ideas rígidamente sistemáticas. Todo lo que hace, todo cuanto tiene -familia, empleo, dinero, creencias, amigos, aptitudes, vida-, está subordinado a su ideología comunista. No solo es comunista el día de las elecciones o en las sedes del partido. Es comunista siempre. Come, lee, hace el amor, piensa, va a fiestas, se muda de casa, ríe e insulta como un comunista. Para él el mundo se divide solo en dos tipos de seres humanos: los comunistas y todos los demás.”

Hay muchos pasajes similares. Todos parecen encerrar verdades como puños, hasta que uno empieza a comparar sus aseveraciones con los comunistas que conoce. No cabe duda de que la descripción del “verdadero comunista” que hace Burnham se ajusta bien a unos cientos de miles o a algunos millones de fanáticos, gente deshumanizada, generalmente residente en la URSS, que son el núcleo del movimiento. Se ajusta bien a Stalin, Molotov, Zhdanov, etcétera, así como a los agentes exteriores más fieles. Pero si hay un hecho con numerosos testigos en los partidos comunistas de casi todos los países es la elevada movilidad de sus miembros. La gente ingresa en ellos, cien a la vez en ocasiones, y después los abandona. En países como Estados Unidos o Inglaterra, el Partido Comunista consiste, en esencia, en un círculo interno de miembros de toda la vida completamente sumisos, algunos de los cuales tienen empleos remunerados, en un gran número de trabajadores industriales, fieles al partido, que no necesariamente comprenden el objetivo real, y en una masa cambiante de personas llenas de celo al principio, pero a las que rápidamente se les pasa el entusiasmo. En efecto, se realizan todo tipo de esfuerzos para inducir, en los miembros del Partido Comunista, la mentalidad totalitarista que describe Burnham. En algunos casos el éxito es permanente, y en muchos otros es temporal; aun así, es posible encontrar a gente inteligente que fue comunista durante diez años seguidos antes de renunciar al partido o ser expulsada, y que no ha quedado intelectualmente tullida por dicha experiencia. En principio, los partidos comunistas de todo el mundo son organizaciones de carácter conspirativo que tienen el propósito de espiar y subvertir el orden, pero que no son necesariamente tan eficientes como dice Burnham. No deberíamos pensar que el gobierno soviético controla un gran ejército secreto de guerreros fanáticos en cada país, completamente desprovistos de miedo y escrúpulos y sin otro pensamiento que vivir y morir por los trabajadores de la patria. De hecho, si Stalin dispusiera de semejante poder perderíamos el tiempo tratando de oponerle resistencia. 

Además, para un partido político el hecho de navegar bajo una bandera falsa acaba por no ser una ventaja. Siempre existe el peligro de que sus militantes deserten en algún momento de crisis, cuando las acciones del partido van abiertamente en contra del interés general. Permítame poner un ejemplo cercano. El Partido Comunista británico parece haber renunciado, de momento al menos, a convertirse en una formación de masas, y en cambio se ha concentrado en hacerse con puestos clave, especialmente en los sindicatos. Como no se comportan como un grupo abiertamente faccioso, los comunistas tienen una influencia desproporcionada en relación con el número de afiliados. Por tanto, al haberse apoderado de la dirección de sindicatos importantes, un puñado de delegados comunistas pueden modificar el voto de varios millones de delegados en el congreso del Partido Laborista. Sin embargo, eso es un resultado de las maquinaciones antidemocráticas internas de dicho partido, que permite a un delegado hablar en nombre de millones de personas que apenas han oído hablar de él, y que quizá estén en completo desacuerdo. En unas elecciones parlamentarias, en las que cada persona vota por cuenta propia, un candidato comunista casi no suele recibir apoyo. En las elecciones generales de 1945, el Partido Comunista obtuvo solamente cien mil votos en todo el país, a pesar de que en teoría controla varios millones de votos dentro de los sindicatos. Cuando la opinión pública está adormecida, los que manejan los hilos pueden conseguir muchas cosas, pero en momentos de emergencia un partido político debe contar también con una masa de militantes. 

Hay que tener en cuenta el sesgo político profascista que los conservadores británicos y los sectores afines a ellos en Estados Unidos mostraron antes de 1939. Cuando uno veía a los parlamentarios conservadores británicos celebrando la noticia de que los barcos ingleses habían sido bombardeados por los aviones italianos al servicio de Franco, se tenía la tentación de pensar que esa gente estaba traicionando a su propio país. Sin embargo, después resultó que, desde un punto de vista subjetivo, eran tan patriotas como cualquiera, solo que basaban sus opiniones en un silogismo que carece de término medio: como el fascismo se opone al comunismo, entonces está de nuestro lado. Los círculos de izquierdas también cuentan con sus silogismo: como el comunismo se opone al capitalismo, entonces es progresista y democrático. Esto es estúpido, pero puede ser aceptado de buena fe por personas que, tarde o temprano, serán capaces de ver más allá. 

Hay momentos en que es justificable eliminar un partido político. Si uno está luchando por su vida y existe alguna organización que actúa descaradamente a favor del enemigo y es lo bastante poderosa para causar daño, entonces hay que aplastarla. 

Si alguien pudiera presentar en algún sitio el espectáculo de la seguridad económica sin campos de concentración, el pretexto de la dictadura rusa desaparecería y el comunismo perdería buena parte de su atractivo. 

Desde 1940 dependemos bastante de los norteamericanos, y nuestra situación económica desesperada nos empuja hacia ellos cada vez con más ímpetu. 

Al final, los pueblos europeos deberán aceptar la dominación estadounidense como una manera de no caer en la rusa, pero deben darse cuenta, ahora que todavía se está a tiempo, de que existen otras posibilidades. Más o menos de la misma forma, los socialistas ingleses de casi todas las tendencias aceptaron el liderazgo de Churchill durante la guerra. En el caso de que no desearan la derrota de Inglaterra, difícilmente podían evitarlo porque no había nadie más, y Churchill era preferible a Hitler. Pero la situación habría sido diferente si los pueblos europeos hubieran podido comprender la naturaleza del fascismo cinco años antes, en cuyo caso la guerra, si hubiera estallado, habría sido de diferente índole, con líderes distintos y otros objetivos. 

Puede que el comunismo esté debilitado, pero es enorme desde cualquier punto de vista; es un monstruo terrible e insaciable contra el que uno lucha, pero al que no puede dejar de admirar. Burnham piensa siempre en términos de monstruos y cataclismos, así que nunca menciona, o lo hace superficialmente, dos posibilidades que tendrían que haber sido discutidas en este libro. Una es que el régimen ruso podría liberalizarse y volverse menos peligroso en la siguiente generación, siempre y cuando la guerra no estalle. Por supuesto, esto no sucedería con el consentimiento de la camarilla que gobierna , pero sería razonable que la lógica de la situación desembocara en eso. La otra posibilidad es que las grandes potencias, simplemente, estén tan atemorizadas por las armas nucleares que ni siquiera se atrevan a usarlas. Pero eso sería demasiado aburrido para Burnham. Todo debe suceder súbitamente y llegar hasta las últimas consecuencias, y la elección debe ser entre todo o nada, entre la gloria o en la ruina. 

Prefacio para la edición ucraniana de “Rebelión en la Granja”, George Orwell




Prefacio para la edición ucraniana de “Rebelión en la Granja”, marzo de 1947

Hasta 1930 no llegué a identificarme, en general, como socialista. De hecho, en aquel entonces no tenía una postura política definida. Me volví partidario del socialismo más por el asco que me producía la forma en que se oprimía e ignoraba a los trabajadores de la industria que por la admiración teórica que pudiera suscitar en mí la planificación social. 

Mi esposa y yo decidimos que iríamos a España a combatir por la República. En seis meses estábamos listos para partir, en cuanto terminé el libro que estaba escribiendo. En España pasé casi seis meses en el frente de Aragón, hasta que en Huesca un francotirador fascista me pegó un tiro en la garganta. En la primera etapa de la guerra, los extranjeros ignoraban del todo las luchas políticas internas entre los diferentes partidos que apoyaban al gobierno. Por una serie de accidentes no acabé en las Brigadas Internacionales, como la mayoría de extranjeros, sino en la milicia del POUM, el equivalente a los trotskistas españoles.

Cuando los comunistas se hicieron con el control (o con el control parcial) del gobierno español y comenzaron a cazar trotskistas, los dos nos encontramos, de pronto, entre las víctimas. Tuvimos suerte de salir vivos de España, sin que nos arrestaran ni una sola vez. Muchos de nuestros amigos murieron, y otros pasaron mucho tiempo en prisión o, simplemente, desaparecieron. 

Aquella cacería de hombres tuvo lugar en España al mismo tiempo que las grandes purgas en la URSS y fue una suerte de complemento de estas últimas. En España, la naturaleza de las acusaciones (esto es, de conspirar con los fascistas) era la misma que en Rusia, y tengo razones para creer, cuando menos en lo tocante a España, que se trataba de acusaciones falsas. Experimentar todo aquello fue una lección objetiva de un valor incalculable: me enseñó la facilidad con que la propaganda totalitaria puede controlar la opinión de gente inteligente en un país democrático. 

Mi esposa y yo vimos como se encarcelaba a gente inocente solo porque se sospechaba de ella que era poco ortodoxa. Sin embargo, cuando regresamos a Inglaterra nos encontramos con numerosos observadores, sensibles y bien informados, que se creían las historias fantasiosas de traición, conspiración y sabotaje de las que la prensa informaba desde los procesos de Moscú. 

Así que entendí, de la forma más clara posible, la influencia negativa del mito soviético sobre el movimiento socialista de Occidente. 

Me parecía de suma importancia que la gente de Europa occidental tuviera conocimiento de lo que era en realidad el régimen soviético. A partir de 1930 he visto muy pocas pruebas de que la URSS esté avanzando hacia algo que podamos llamar con certeza “socialismo”, sino que, por el contrario, me ha sorprendido su transformación en una sociedad jerárquica, donde los gobernantes no tienen más razones para dejar el poder que los de cualquier otra sociedad con clase dominante. 

Aun así, no está de más recordar que Inglaterra no es del todo democrática. Es un país capitalista, con grandes privilegios de clase y grandes diferencias económicas (incluso ahora, cuando se supone que la guerra nos ha igualado a todos). A pesar de esto, se trata de un país en el que la gente ha vivido sin conflictos importantes durante muchos siglos y donde las leyes son relativamente justas, y las noticias y las estadísticas oficiales son casi siempre creíbles, y, además, es un país donde sostener y difundir una opinión minoritaria no entraña ningún peligro mortal. En el contexto de semejante atmósfera, el hombre de la calle no tiene una comprensión real de temas como los campos de concentración, las deportaciones en masa, los encarcelamientos sin juicio previo, la censura de la prensa, etcétera. Todo lo que esta persona lee sobre un país como la URSS es inmediatamente traducido a términos ingleses, y acepta así, con mucha inocencia, las mentiras de la propaganda totalitaria. Antes de 1939, e incluso hasta más tarde, la mayoría de los ingleses eran incapaces de valorar la verdadera naturaleza del régimen nazi de Alemania, y ahora, con el régimen soviético, son víctimas del mismo tipo de engaño. Esto ha causado mucho daño al movimiento socialista en Inglaterra, y tiene serias consecuencias para la política exterior inglesa. De hecho, en mi opinión, nada ha contribuido más a la corrupción de la idea original del socialismo que la creencia de que Rusia es un país socialista y de que todo lo que hagan sus dirigentes debe ser disculpado, cuando no imitado. 

A mi regreso de España, pensé en exponer el mito soviético en una historia que fuera fácil de entender para casi todos y fácil de traducir a cualquier idioma. Sin embargo, los detalles de la historia llegaron después, un día en que (entonces vivía en un pequeño pueblo) vi a un niño pequeño, quizá de diez años, conduciendo una enorme carreta por un camino muy estrecho y golpeando al caballo con la fusta cada vez que este intentaba desviarse. Pensé que si los animales tuvieran conciencia de su fuerza, no podríamos ejercer ningún control sobre ellos, y que el hombre explota a los animales de la misma forma que el rico explota al proletariado. 

No quisiera hacer comentarios sobre el libro; si este no habla por sí mismo, es que he fallado. Pero quisiera hacer hincapié en dos puntos: en primer lugar, aunque varios episodios han sido tomados de la Revolución rusa, he cambiado la jerarquía y el orden cronológico de los acontecimientos; tenía que hacerlo para mantener la simetría de la historia. El segundo punto se les ha pasado por algo a muchos críticos, probablemente porque yo no he puesto el énfasis suficiente. Muchos lectores han terminado el libro con la impresión de que, al final, se produce una reconciliación completa entre los cerdos y los humanos. Esa no era mi intención, sino que, por el contrario, quería terminarla con una nota discordante, precisamente porque la había escrito inmediatamente después de la Conferencia de Teherán, acerca de la cual todo el mundo pensaba que había servido para establecer una relación excelente entre la URSS y Occidente. Yo personalmente no creía que esa relación fuera a durar mucho, y no estaba equivocado, como después han demostrado los acontecimientos. 

No sé qué más podría añadir. Si alguien está interesado en los detalles personales, puedo agregar que estoy viudo y tengo un hijo de casi tres años, que soy escritor de profesión y que desde el principio de la guerra he trabajado más que nada de periodista. 

El periódico con el que colaboro con mayor regularidad es el Tribune, un semanario político-social que representa, en general, al ala izquierda del Partido Laborista. Los libros que he escrito que más podrían interesarle al lector común (si es que algún lector de esta traducción encuentra algún ejemplar) son Los días de Birmania (una historia sobre Birmania), Homenaje a Cataluña (escrito a partir de mis experiencias en la Guerra Civil) y Ensayos Críticos (principalmente ensayos sobre literatura popular contemporánea inglesa, más instructivos desde el punto de vista sociológico que desde el literario). 

Bajando de Bangor, George Orwell



Bajando de Bangor, 22 de noviembre de 1946

Los niños ingleses siguen estando americanizados por medio de las películas, pero ya no se afirma de forma generalizada que los libros estadounidenses sean los mejores para ellos. ¿Quién criaría sin recelos a un niño con cómics a todo color en los que siniestros profesores construyen bombas atómicas en laboratorios subterráneos mientras Superman atraviesa zumbando las nubes, las balas de ametralladora le rebotan en el pecho como si fueran guisantes y rubias platino son violadas, o casi, a manos de robots de acero y dinosaurios de quince metros?

Estados Unidos era en el siglo XIX un país rico y despoblado que estaba al margen de la corriente principal de los acontecimientos mundiales, y en el que las dos pesadillas que acosan a prácticamente todo el hombre moderno -la del desempleo y la injerencia del Estado- apenas habían tomado forma. 

Cómo mueren los pobres, George Orwell



Cómo mueren los pobres, noviembre de 1946

En 1929 pasé varias semanas en el hospital X, en el arrondissement 15º de París. Los empleados me sometieron al tercer grado habitual en el mostrador de recepción y, de hecho, me retuvieron unos veinte minutos para responder una retahíla de preguntas antes de dejarme entrar. Si alguna vez han tenido que rellenar formularios en un país latino, sabrán el tipo de preguntas a las que me refiero. 

A unas doce camas de la mía estaba el número 57 -creo que ese era su número-, un caso de cirrosis hepática. Todo el mundo en el pabellón lo conocía de vista, porque a veces era el protagonista de una lección médica. Dos tardes a la semana, el alto y serio doctor daba clase en el pabellón a un grupo de estudiantes, y en más de una ocasión el viejo número 57 era conducido en una especie de camilla con ruedas hasta el centro del pabellón, donde el doctor le arremangaba el camisón, dilataba con los dedos una enorme protuberancia fofa que el hombre tenía en la barriga -el hígado enfermo, supongo-, y explicaba con solemnidad que se trataba de una enfermedad atribuible al alcoholismo, más habitual en los países consumidores de vino. Como de costumbre, no hablaba con el paciente ni le dedicaba una sonrisa, ni un gesto con la cabeza, ni ningún tipo de saludo. Mientras hablaba, muy serio y erguido, mantenía el cuerpo demacrado bajo ambas manos, y a veces lo hacía girar suavemente adelante y atrás, con la misma actitud que una mujer manejando un rodillo. Tampoco es que al número 57 le molestasen estas cosas. Obviamente, era un viejo paciente del hospital, una pieza de exhibición habitual en las lecciones cuyo hígado estaba asignado desde hacía mucho tiempo a algún frasco de un museo de patologías. Con un profundo interés en lo que se decía sobre él, se quedaba acostado con los ojos descoloridos mirando a la nada, mientras el doctor lo exhibía como a una antigüedad china. Era un hombre de unos sesenta años, asombrosamente encogido. Su rostro, pálido como el papel, se había encogido hasta parecer tan pequeño como el de un muñeco. 

Una mañana, mi vecino el zapatero me despertó tirando de mi almohada antes de que llegaran las enfermeras. “¡Número 57!”, y dejó caer los brazos por encima de la cabeza. Había luz en el pabellón, la suficiente para ver. Vi al viejo número 57 tendido de lado, hecho un ovillo, con la cara asomando por el borde de la cama, mirando hacia mí. Había muerto en algún momento de la noche, nadie sabía cuándo. Al llegar las enfermeras, recibieron la noticia de la muerte con indiferencia y prosiguieron sus quehaceres. Después de mucho rato, una hora o más, otras dos enfermeras entraron marchando hombro con hombro como soldados, con gran estrépito de zuecos, y envolvieron el cadáver con las sábanas, pero no se lo llevaron hasta más tarde. Mientras tanto, con más luz, yo había tenido tiempo de echarle un buen vistazo al número 57.  De hecho, me tumbé de lado para mirarlo. Curiosamente, era el primer europeo muerto que veía. Había visto a difundas antes, pero siempre asiáticos, y normalmente gente que había tenido una muerte violenta. Los ojos del número 57 seguían abiertos, y también su boca, su pequeña cara retorcida en una expresión de agonía. Lo que más me impresionó fue la palidez de su cara. Ya lo era antes, pero ahora era solo un poco más oscuro que las sábanas. Mientras contemplaba la cara diminuta y retorcida, caí en la cuenta de que aquel desagradable desecho, esperando a que se lo llevaran en carrito y lo arrojaran sobre la plancha de la sala de disección, era un ejemplo de muerte “natural”, una de las cosas por las que rogamos en la letanía. Ahí lo tienes, pues, eso es lo que te espera dentro de veinte, treinta o cuarenta años; así es como mueren los afortunados, los que llegan a viejos. Uno quiere vivir, por supuesto; de hecho, uno solo sigue vivo en virtud del miedo a la muerte, pero sigo pensando, como lo hice entonces, que es mejor morir violentamente y no demasiado viejo. La gente habla de los horrores de la guerra, pero ¿qué arma ha inventado el hombre que se asemeje siquiera en crueldad a algunas de las enfermedades más comunes? La muerte “natural”, casi por definición, es algo lento, pestilente y doloroso. E, incluso así, hay una gran diferencia si puedes pasar ese momento en tu propia casa y no en una institución pública. 

Aún quedan cerca los tiempos en que se creía que en alguno de los hospitales grandes de Londres se asesinaba a los pacientes para después poder diseccionarlos. No oí esta historia en el hospital X, pero diría que a algunos de los hombres que había allí les habría parecido creíble. Y es que era un hospital en el que, tal vez no los métodos, pero sí algo de la atmósfera del siglo XIX había logrado sobrevivir, y ahí residía su peculiar interés. 

Ahora, seguramente, no presenciaríamos en ningún lugar del mundo el tipo de escena que describió Axel Munthe en La historia de San Michele, en la que un siniestro cirujano, con sombrero de copa y levita, la pechera almidonada salpicada de sangre y pus, trincha a un paciente tras otro con el mismo cuchillo y arroja los miembros amputados a una pila junto a la mesa. Por otro lado, el sistema nacional de sanidad pública ha acabado parcialmente con la idea de que un paciente de clase obrera es un pordiosero que merece poca consideración. Bien entrado este siglo, era habitual que a los pacientes “gratuitos” les extrajesen las muelas sin anestesia en los hospitales grandes. No pagaban, de modo que, ¿por qué tendrían que recibir anestesia?; esa era la actitud. También eso ha cambiado. 

El terror a los hospitales seguramente siga vivo entre los más pobres, y entre el resto de nosotros no ha desaparecido hasta hace muy poco. Es una parcela oscura aún próxima a la superficie de nuestra mente. He contado antes que al entrar en el pabellón del hospital X tuve una extraña sensación de familiaridad. Lo que la escena me recordó, claro está, fueron los hospitales apestosos y llenos de dolor del siglo XIX, que nunca había visto pero conocía a través de la tradición. 

El vuelo del Dragón



Franco, Los años decisivos - Luis Suárez

El vuelo del Dragón

El problema inmediato que se planteaba a Mola era cómo sacar a Franco de Canarias y trasladarlo a Marruecos, donde tomaría el mando de las fuerzas. El 5 de julio de 1936 Torcuato Luca de Tena, propietario de ABC, pasó a Luis Bolín un encargo importante: fletar en Londres un avión de turismo que estuviese en Casablanca el día 11, preparado para ir a Canarias a recoger “un viajero importante”. Los gastos corrían a cargo del banquero Juan March. El piloto no necesitaba conocer más que la contraseña: “Galicia saluda a Francia”. Por medio de un comandante inglés retirado, Hugh Pollard, fue alquilado un De Havilland, clase Dragón, con piloto incluido. Oficialmente se trataba de una excursión turística: los expedicionarios irían acompañados por dos bellas jóvenes, Diana Pollard, hija del comandante, y Dorothy Watson, amiga de ésta, a las que nada se explicó. Tampoco al piloto, Bebb. 

El 12 de julio, tras dos escalas en Burdeos y Oporto, el avión llegaba a Casablanca. Su próxima etapa sería el aeropuerto de Gando, en la isla de Gran Canaria. En este momento se producía en Madrid, en uno de los atentados callejeros, relativamente frecuentes, el asesinato del teniente José Castillo, de los Guardias de Asalto, instructor de las milicias socialistas. Algunos compañeros del difunto, unidos a pistoleros políticos, deciden entonces llevar a cabo el asesinato de los jefes de la oposición. No puede descartarse tampoco la intervención indirecta del Gobierno: Gil Robles, avisado desde el Ministerio de la Gobernación, se ocultó, pero José Calvo Sotelo fue detenido en su domicilio en la madrugada del 13 de julio por policías de uniforme, que no llevaban mandamiento judicial, pero que, según nota del propio Gobierno, se hallaban de servicio aquella noche, y le asesinaron en el mismo vehículo en que le conducían. El cadáver quedó depositado a la puerta del cementerio del Este, donde fue localizado al poco tiempo. 

El 14 de julio de 1936, cuando la noticia del sepelio de Calvo Sotelo, que había dado origen a nuevos enfrentamientos y disturbios en las calles de Madrid, estaba siendo comentada por los periódicos, Franco comenzó a preparar el manifiesto que debía acompañar al bando que proclamaba el estado de guerra. La palabra resulta estremecedora, pero de guerra civil se trataba, porque el destino que la revolución reservaba a sus enemigos no ofrecía duda. Los que en ella iban a tomar parte, empeñaban su vida. El general, que no esperaba clemencia ni respeto en el caso de que fracasaran, comenzó a pensar en el modo de poner a salvo a su mujer y a su hija. El día 15 el Dragón aterrizó en la pista de Gando; las autoridades del aeropuerto le inmovilizaron, con pretexto de ciertos defectos que hallaban en la documentación. 

Ahora se planteaba a Franco un problema, el de su propio viaje a Las Palmas, en donde le aguardaba el avión, evitando provocar sospechas. Su proyecto era realizar un programa de visitas a las guarniciones del archipiélago, cursando a la superioridad una comunicación con demanda de permiso para el viaje. ¿Qué hubiera sucedido en caso de negativa? Inesperadamente surgió la oportunidad: el general Amado Balmes, gobernador militar de Las Palmas y jefe preconizado del alzamiento en esta guarnición, murió por accidente al dispararse una pistola que se había encasquillado. El subsecretario del Ministerio de la Guerra comunicó a Franco la noticia, el día 16, y éste comunicó a su vez la intención de asistir al entierro, que debía celebrarse en la mañana del viernes 17. Se hizo acompañar en el viaje por su mujer e hija y por su ayudante jurídico, Lorenzo Martínez Fusset, de quien no se separaría en la guerra. A toda prisa se pasó secretamente aviso al general Luis Orgaz, separado del servicio y desterrado en Canarias, para que sustituyese a Balmes en el mando de la sublevación. 

Franco instaló su despacho en la comandancia militar de Las Palmas, tomando alojamiento para él y su familia en el Hotel de París. Probablemente no sabía que en estos momentos, al otro lado del mar, un impaciente, Joaquín Ríos Capapé, producto típico de la Legión, se encaminaba, al frente de un Tabor de Regulares, a Villa Sanjurjo, de la que se apoderó sin disparar un tiro. A las once de la mañana del 17, Franco presidió el cortejo fúnebre del general Balmes: las fotografías de los periódicos demuestran que se había reunido mucho público. 


Inmediatamente después recibió la visita del cónsul inglés en Las Palmas, quien deseaba presentar una enérgica protesta contra los oficiales del aeropuerto que, desde hacía dos días, tenían retenido un avión británico De Havilland, clase Dragón, con pretextos especiosos, causando gran perjuicio a los pacíficos turistas que en él viajaban. Franco respondió que en cuanto recibiese los informes jurídicos correspondientes el obstáculo sería removido. Esta visita significaba una nueva complicación. Franco parece haber dado mucha importancia a conservar la tranquilidad: almorzó en compañía de su familia y después, muy ostensiblemente, como si nada tuviera que hacer salvo disfrutar del agradable clima de la isla, permaneció largo rato en un café. 

En la tarde del 17 de julio de 1936, el gobernador civil de Las Palmas, Boix y Roig, informó al subsecretario de Comunicaciones que, en la isla, la tranquilidad era absoluta: el general Franco se había retirado a su hotel a una hora bastante temprana. Pero a la una de la madrugada se recibió en la Comandancia, donde los servicios de información permanecían de guardia, un despacho del coronel Solans anunciando que ya eran dueños de la ciudad de Melilla. Poco antes de las tres de la madrugada despertaron a Franco: otra llamada de Yagüe daba cuenta de que la insurrección en el Protectorado era general. Franco abandonó inmediatamente el hotel, con todos los suyos, porque no era una residencia segura, y fue a instalarse en el despacho de la Comandancia. De este modo evitó, probablemente, que se cumpliera la orden de detención. Inmediatamente cursó a las ocho divisiones -Madrid, Sevilla, Valencia, Barcelona, Zaragoza, Burgos, Valladolid, La Coruña- y a las comandancias militares de Baleares, Melilla, Caballería de Madrid, Cádiz, Málaga, Granada, Córdoba, Almería, Huelva, Badajoz, Salamanca, Cáceres, Vigo, Zamora, El Ferrol, León, Santander, Oviedo, Vitoria, Pamplona, Logroño, Tarragona, Gerona, Alicante, Lérida, Castellón, Murcia, Cartagena, Bilbao, San Sebastián y Mahón, un telegrama que no tenía otro objetivo que demostrar que Franco estaba ya en la cabeza del alzamiento:

Gloria al Ejército de África. España sobre todo. Recibid el saludo entusiasta de estas guarniciones que se unen a vosotros y demás compañeros de la península en estos momentos históricos. Fe ciega en el triunfo. Viva España con honor. General Franco.”

Alboreaba ya, sobre el lejano horizonte marino, un caluroso sábado 18 de julio. A las 5.15 Radio Tenerife comenzó a transmitir la alocución que Franco cuidadosamente preparara. Ni  una palabra, en este documento, en favor ni en contra de la República. Sorprende al historiador, de una manera especial, la habilidad con que se justifica el Alzamiento, sin recurrir a falsificaciones ni alegar tampoco que se acude a la defensa de las instituciones amenazadas. Para Franco nada significaban la derecha o la izquierda; ni siquiera las mencionaba: habla en un tono mucho más elevado del “santo amor a España” y del temor a “la anarquía que reina en la mayoría de sus campos y de sus pueblos”. 

En la alocución, breve y cortante al estilo de las arengas militares, descubrimos con facilidad tres partes. Primero, la justificación del acto con las mismas o semejantes palabras que en muchas ocasiones usara: el Ejército no puede intervenir en favor de un partido, pero sí debe hacerlo en defensa de la Patria. En este momento “huelgas revolucionarias de todo orden paralizan la vida de la Nación, arruinando y destruyendo sus fuentes naturales de riqueza y creando una situación de hambre que lanzará a la desesperación a los hombres trabajadores”. Por otra parte, “el Ejército, la Marina y los demás institutos armados son blanco de los soeces y calumniosos ataques precisamente por aquellos que deben velar por su prestigio”. Franco se situaba hábilmente en el punto que le brindaba el error del Gobierno, presentándose -él, que había sido en cierto momento el primero en la lista de generales de la República- como portavoz y defensor del honor del Ejercito que en Madrid estaba comenzado a ser destruido. 

La segunda parte alude al vacío de autoridad. “La Constitución, por todos suspendida y vulnerada, sufre un eclipse total: ni igualdad ante la ley; ni libertad, aherrojada por la tiranía; ni fraternidad, cuando el odio y el crimen han sustituido al mutuo respeto; ni unidad de la Patria, amenazada por el desgarramiento territorial, más que por regionalismos, que los propios poderes fomentan; ni integridad y defensa de nuestras fronteras, cuando en el corazón de España se escuchan las emisoras extranjeras que predican la destrucción y el reparto de nuestro suelo.” “Nada contuvo la apetencia de poder: destitución ilegal del moderador (Alcalá Zamora); glorificación de la revolución de Asturias y de la separatista catalana, una y otra quebrantadoras de la Constitución que, en nombre del pueblo, era el código fundamental de nuestras instituciones.”

Existe todavía una tercera parte, hecha de duras palabras y de promesas medidas. Desde luego no puede decirse que Franco utilizara tonos ambiguos ni edulcorados: hablaba de una “guerra sin cuartel a los explotadores de la política” y de “energía en el sostenimiento del orden que estará en proporción a la magnitud de las exigencias que se ofrezcan”. En su opinión, el alzamiento que se iniciaba tenía el propósito de hacer “reales en nuestra Patria, por primera vez y por este orden, la trilogía Fraternidad, Libertad e Igualdad”. “Justicia e igualdad ante la ley os ofrecemos. Paz y amor entre los españoles. Libertad y fraternidad exenta de libertinaje y tiranía. Trabajo para todos. Justicia social llevada a cabo sin antojos ni violencias. Y una equitativa y progresiva distribución de la riqueza, sin destruir ni poner en peligro la economía española.”

Mientras Martínez Barrio apuraba las últimas esperanzas junto al aparato telefónico, Franco realizaba el viaje más importante de su vida. Afeitado el bigote y vestido de luto, para disimular su identidad, abandonó Las Palmas a las 11 de la mañana del 18 de julio, provisto de pasaporte diplomático. Fue hasta Gando en un remolcador, pues se temía que las carreteras estuviesen cortadas por patrullas del Frente Popular, aún no sometidas. Llegó al aeropuerto hacia las 2 de la tarde. El avión, que tenía calientes los motores, despegó rápidamente. Antes de abandonar Canarias se le habían comunicado el éxito de los rebeldes en Burgos, Sevilla, Valladolid y Zaragoza. 

El Dragón Rapide hizo una escala en Agadir hacia las 5 de la tarde y fue a rendir etapa en Casablanca. Franco y sus acompañantes pernoctaron en un hotel de esta ciudad, sin ser molestados. Luis Bolín, que compartió habitación con el general en aquella noche de insomnio, recordaba años más tarde tres temas de conversación que parecían embargar su ánimo. Sabía que la guerra iba a ser larga y difícil y que el problema de la estabilidad en España no dependía de coyunturas políticas, sino de que pudiera lograrse más justicia social. También se refirió a su carta a Casares Quiroga, de la que no había obtenido respuesta. 

Antes de que amaneciera el día 19, justo a tiempo de impedir que fuese retenido por las autoridades francesas, el avión abandonó Casablanca. Al cruzar la frontera del protectorado español, Franco, siempre respetuoso con la norma, vistió de nuevo su uniforme, con fajín de general. 

Hubo momentos de inquietud cuando el aparato se acercó a la pista del aeropuerto de Tetuán. Bebb afirma, casi cincuenta años más tarde, que el general estaba muy nervioso. Desde la ventanilla descubrió a Eduardo Sáez de Buruaga, que estaba esperando. “Ahí está el rubito”, exclamó, como si fuesen los viejos tiempos de la Academia. Tetuán era suyo. Era Sáez de Buruaga, coronel de Infantería, que, firme al pie del avión, recibe a Franco con estas palabras: “sin novedad en Marruecos, mi general”. Franco se encontraba ya al mando de las tropas más curtidas del ejército español, las de África, a cuyo frente había forjado él su carrera militar. 


El hombre político, Arthur Moeller van den Bruck



El hombre político, Arthur Moeller van den Bruck

Capítulo I

El hombre político

 A la categoría de lo político pertenecen el ser humano y la sustancia.

Es extremadamente raro que se encuentren juntos ambos elementos. En el pueblo alemán los hombres no se echan de menos jamás. Tampoco hoy faltan. Y si existe un pueblo sobre la tierra que ha realizado de manera más auténtica tal sustancia de la propia libertad, de la propia salvación, de la propia vida, éste es el pueblo alemán. 

La sustancia alemana es una sustancia política que quiere ser analizada políticamente. 

El ser humano desprecia por naturaleza la política, como los problemas, y sobre todo el dinero, de la economía y todos aquellos componentes, añadidos, con disgusto, pero que todavía pertenecen a la necesidad vital de una nación. El hombre, el tipo de hombre que aquí presentamos, no se preocupa de estas cosas. La existencia para él se resuelve en dos elementos básicos: el mando y la obediencia.  Solo cuando haya ejercido su poder sobre la existencia, un poder duro, estable y cierto, ante el cual su adversario sucumbe, sólo entonces él concluirá, y las condiciones de vida de las naciones se realizarán espontáneamente. 

El hombre no es nunca estadista solamente por su propio genio. En la historia de una nación cada uno hereda la obra completada por otros. La historia en su integridad, en estrecha conexión con la política conducida por los hombres de gobierno de un país, va más allá de la vida de los individuos. Los hombres políticos nacen en este contexto. Ellos entran en un ámbito de experiencias políticas que llegan a ellos de siglos pasados. Ellos heredan estas experiencias, experiencias de hombres, de pueblos, de problemas políticos que ellos resuelven con la capacidad de actuar en su tiempo y terminar su función. Por tanto, la política se vuelve Tradición. 

Capítulo II

La generación

I Las tres generaciones (Der Spiegel, 1-12-1919)

Bismarck despreciaba demasiado a los hombres para buscarse una sucesión que a menos hubiese garantizado el mantenimiento de una tradición cierta y que fuese utilizada en la política exterior de una forma diferente de la conducción de los asuntos. Todavía fue fatal el hecho de que Bismarck violentase no solo a los hombres sino también a los problemas. Hay un Bismarck doble. Hay un segundo Bismarck, el Bismarck posterior a 1872, que no comprendía el sentido de su propia obra: el sentido europeo de su obra alemana. La verdadera fuerza fue la del primer Bismarck., el Bismarck anterior a 1872, el que se había mantenido allá en los cuarenta, de los ideologismos políticos, del nacionalismo democrático. Aquello que no pudo el entusiasmo lo pudo su sentido de la realidad. Allí donde los ideólogos debieron desistir él nos llevó hacia la Realpolitik. Él, como gran hombre, era también un hombre inteligente. Su pensamiento se puso en relación con significados y valores eternos. En su obra era mucho de Shakespeare y muchísimo de Beethoven, artistas que amaba. Más allá de aquello no dejó huella en su ideología. Él tensó el oído cuando Lasalle le expuso sus proyectos. Pero no se pronunció acerca de sus motivos. Él sentía que el mundo que tocaba superficialmente no era el suyo, en el cual solamente sentía la capacidad de moverse con seguridad. Él juzgó el mundo desde su propia perspectiva. Pero el Reich no era el mundo, el mundo no era bismarckiano, y también pudo tratar las ideologías con desprecio, las ideas no obstante mantienen y poseen una fuerza enorme. 

El estado mayor debía luchar ahora en el frente exclamando: a saber… ¡debemos luchar contra las ideas y perdemos la guerra porque no sabemos nada de estas ideas! En esto consistía la verdadera tragedia.

Hoy es esta la tragedia de toda una generación. Si en cualquier parte en Alemania hay hombres que se han vuelto tan serios por no poder expresar nunca más alegría en el resto de sus vidas, estos se encuentran entre los supervivientes de 1872. 

La juventud no es un problema de edad. La juventud es una forma de entrega. La juventud quiere hacer mejor las cosas. La juventud es desconfianza frente a todo aquello que encuentra y que entiende queda estado mal hecho. La generación de 1919 retoma el trabajo que ha sido errado en 1872. Las generaciones viven siempre en relación recíproca. Como la generación de 1872 continuó viviendo en la de 1888, así ahora los outsider de la generación de 1888 chocan con la generación de 1919. Ella recuerda la afirmación de Nietzsche según la cual los alemanes no han tenido todavía un “hoy”. Con ello el filósofo fue a la raíz del problema. 

Nosotros hemos necesitado de una juventud que construya, no de aquella que destruye. 

Un pueblo no está nunca perdido si comprende el sentido de su derrota. Pero los hombres que poseen tal comprensión no los encontramos allí donde el pensamiento permanece como inmovilizado. Lo podremos encontrar, al contrario, allí donde se afirma un pensamiento totalmente nuevo. 

II El alemán en tierra extranjera, (28-3-1920)

Desde Versalles los alemanes de la frontera asentados a lo largo del Saar, del Rhin, llegando del Vístala hasta más allá de los confines, son invadidos por un áspero rencor, debido al contacto diario con el enemigo que ahora se encuentra dentro de los confines del Reich y que no es un simple ser humano, y como tal sensible y conciliador, sino un francés, un belga o un polaco. Así el amargo grito tiene una motivación todavía más amarga: ¡Toda Alemania debería haber sido ocupada para que la nación comprendiese de una vez por todas qué le había ocurrido!

Mientras que el alemán en la patria no querría admitir que la guerra mundial, para nuestros múltiples opositores, fue consecuencia de problemas económicos o de sentimientos anti-alemanes sobre la base de una política de potencia, el alemán de más allá de nuestros confines ha visto cómo todo aquello fue conscientemente preparado. Mientras el alemán habitante de la propia tierra hoy reniega de las motivaciones que condujeron a la guerra. 

El alemán del extranjero sabe quiénes son los culpables por haberlos observado y conocido. 

La guerra ha producido un alemán mejor, un alemán consciente: el alemán político, el único alemán que sabe que el mundo de fuera es diferente de como lo había concebido. 

Tanto Lutero como Von Hutten fueron las figuras decisivas para la formación de nuestra conciencia: tanto la Reforma como el Humanismo definieron el carácter nacional alemán y en términos políticos al nacionalismo. 

El verdadero alemán que vive en el exterior no ha negado nunca la germanizad, siempre la ha reconocido. Sobre todo nunca ha compartido la francofilia de los intelectuales. Él conocía a los franceses como a los portugueses. Ve que estos pueblos no están a la altura de desarrollo de aquellos con los que les tocó competir para poder ser considerados verdaderamente colonizadores. Bien diferente era la situación de los ingleses. El inglés entró en competición con el alemán. Llegó a ser su antagonista. El alemán asumió de esto la gran práctica derivada de la vida de Ultramar. Pero lo hizo con el cuidado de darle una forma específicamente alemana, transformando la actitud del gentleman inglés en la propia del “hombre de mundo” alemán. En los latinos, el alemán había reconocido a los herederos de una pasada época colonial, demasiado decaídos para ser todavía conquistadores. En los anglosajones reconoció, por el contrario, a los representantes sobrevivimos de la época colonial, que llevaron la idea, la experiencia y la capacidad del conquistador y estructurado moderno. 

En el alemán emigrado convivían la tradición idealista y la militar. Con él se estaba preparando un nuevo tipo de emigrado europeo, al cual se le podía dar crédito en aquello que él mismo creyó que podía hacer: produciendo una nueva época colonial diferente a la de los ingleses. 

La Paz de Versalles caza a los alemanes de aquellas tierras que creyeron que habían sido adquiridas definitivamente por la madre patria. Interrumpe además todas aquellas vías de explotación en el mundo, en las cuales los alemanes estaban interesados, y destruye el comercio moderno, el tráfico moderno. Sobre el mundo alemán se cierne como un castigo, por el cual vinieron penalizando el trabajo y la capacidad, el descubrimiento y la iniciativa. El tratado de Versalles castiga justamente aquello que los alemanes y japoneses habían reconocido como los creadores de un modelo colonial europeo, con la pérdida de sus propias colonias. Y la justificación sería dada por el hecho de se habían demostrado inadaptados para la colonización y, por ello, indignos de posesiones coloniales. El alemán continental no ha comprendido todavía esta lógica. El alemán en el exterior la comprende muy bien. El alemán continental no comprende todavía la guerra mundial. El alemán en el exterior la comprende. Ha sido un alemán del exterior el que ha pronunciado la palabra de la “guerra comprendida”, y todavía hoy es el único alemán en comprender, por experiencia propia, que la guerra ha sido una contraposición entre pueblos viejos y jóvenes, en la cual lols pueblos viejos han vencido una vez más. El pensamiento de los pueblos jóvenes era el pensamiento que animaba a los alemanes que vivían en el exterior. En esto reside una particular tragicidad. 

No seremos más alemanes en el exterior. Pero quizás la historia tenga preparada una venganza tardía. La guerra mundial ha dividido nuevamente la tierra. Pero vendrá el tiempo en el cual las partes del mundo pertenecerán a sí mismas. Y habrá sido la Guerra Mundial la que habrá producido estas transformaciones. En Oriente, China, La India o Egipto quieren liberarse de la dependencia de Europa. Los dominios australianos serán un día australianos, o americanos más que ingleses. En Sudáfrica, hace poco que se han convertido en Boer. Cuando todos estos destinos se ejecuten, los alemanes en el exterior no serán más los hijos de aquellos europeos afanosos en la defensa de las últimas posesiones coloniales. El “fin de la época colonial” no les importa a los alemanes en otros países. Ellos ya no están por esa labor. 

Pero la idea alemana permanece. Hay en el elemento alemán en el exterior una educación del pensamiento político llevado a amplios espacios y a tiempos lejanos. Y al menos será válido el aprendizaje de la Guerra Mundial, cuando nosotros por una experiencia indirecta nos volvamos hacia todos los alemanes del exterior en un sentido espiritual, por el cual después de la guerra recuperaremos algo de lo que habíamos perdido antes de la guerra. 

III El “Outsider” como vía hacia el Führer, 15-01-1919

Éste no podrá adherirse nunca a un partido político.
Izquierda y derecha son palabras que han perdido todo su sentido ante la totalidad. Y quien ahora busca una vía a través de la cual acordarse, no ha hecho otra cosa que elaborar zonas comunes que quieren decir todo y no quieren decir nada. La totalidad se plantea solo para quien es capaz de ver en perspectiva: para quien toma distancia, para quien tiene una visión de conjunto, estos son los “outsider”.

El partido es mutable. Los partidos solamente ven su propia facción. Los partidos se interponen entre nosotros y la totalidad. Los partidos son una superestructura. Poco a poco los partidos han ido atando a las masas de modo que éstas han acabado por identificarse con la totalidad. Los partidos mismos son identificados con la totalidad. La totalidad misma he sido partidocratizada. 

Antes o después de 1848, no se pudo alcanzar la añorada unificación: fue necesaria la acción de Bismarck, el outsider por excelencia, que con la voluntad debió doblegar la historia y que eligió la vía prusiana como la más directa para la edificación del Reich alemán. 

El otro gran outsider, Nietzsche, al cual consideramos al último gran alemán de todos los tiempos, se dirigió contra este “bien pensar” alemán, se dirigió contra Alemania como Reich, contra el espíritu alemán, que él buscaba y que no encontraba más.


IV Revolución, personalidad, Tercer Reich, 30-05-1920

Marx ya reprimió la personalidad desde el momento que la sacrificó al principio de la clase social. El marxismo se quedó siempre con la respuesta culpable ante la pregunta sobre quienes fueron las fuerzas operantes sobre las fuerzas inactivas. La concepción histórica materialista, que pretende aclarar la historia a través de las clases, ha llegado a ser la peor educadora de la historia. El mal alcanzó su culminación cuando ante Marx se presentó Darwin. Se creyó entonces tener la prueba del hecho de que el desarrollo lo fuese todo, y el ser humano nada. Pero de aquello derivó solamente la fatal correlación entre el exiguo valor que el socialismo atribuye a la historia y el nivel de sus representantes. Faltaban los socialistas de mentalidad superior y más previsiones. De otro modo, el socialismo, como partido político no habría cometido tantos errores en el ámbito político-económico más allá de la dirección de la política mundial.

El socialismo ha negado también la concepción heroica de la historia, concepción en base a la cual sabemos que una crisis encuentra siempre a su hombre. 

Hasta Hindenburg, que siempre permanecerá como el comandante en campo de la Guerra Mundial, no pudo impedir que venciésemos sobre el campo de batalla pero que la perdiésemos en la mesa de negociaciones, o que la mesa de negociaciones no recibiese todo cuanto habíamos conquistado en la guerra. Faltaba una preparación política. Cuando Ludendorff buscó, durante la guerra, recuperar todo aquello que antes de la misma se había perdido, era ya demasiado tarde. Él mismo no estaba preparado para afrontar aquellos problemas que quería resolver. Su justificación tenía todavía carácter heroico. Y cada vez que se piensa en Ludendorff se necesitan recordar las palabras de Nietzsche: “Se debe rendir honor al fracaso, justamente porque ha sido tal - esto pertenece a mi moral.” Pero también la voluntad de la gran figura puede imponerse si coincide con la voluntad de los hombres implicados en la acción. 

El peligro actual consiste en el hecho de que no habrá un socialismo alemán porque no hay socialistas alemanes. Marx se perdió en la idea del desarrollo; creía en el progreso. Pero, en efecto, la realidad no tiene un carácter progresivo, está caracterizada por momentos singulares de particular significado y valor. Y estos momentos no son producto de una masa homogénea, sino del individuo, de su carácter único e irrepetible. 

La revolución ha representado una demostración de este principio. En Rusia, donde se armonizaba aquel genio nihilista de la raza, Lenin podía organizar estas fuerzas. Pero en Alemania, donde existía un pueblo en proceso de rebelarse, un pueblo no educado políticamente, el resultado fue totalmente diferente de aquel que era esperado por la nación. El socialismo de apenas tres generaciones esperó que el desarrollo del capitalismo determinase el ocaso de la sociedad burguesa y su transformación en una sociedad proletaria. Cuando al final de la Guerra Mundial resultó vana esta espera, no hubo guías capaces de interpretar esta situación inesperada de una forma que no fuese intelectual, periodística y barriobajera. La clase obrera quería surgir, pero surgieron solamente los oportunistas que se sirvieron de los cargos ocupados en los partidos como trampolín para ocupar importantes puestos estatales. Entonces la democracia nos fue dada, junto a aquellas palabras mentirosas a través de las cuales sería dirigido el pueblo. Mientras, un determinado grupo de poder se sirvió de ellos. Recibimos la democracia con la promesa de que todos los hombres dignos deberían tener la oportunidad de acceder a los altos cargos. Pero la democracia constituye, de hecho, solamente una cobertura a la mediocridad. Un demócrata no es nunca un hombre. Un demócrata es un demócrata. La revolución socialista produce la república capitalista. Y ellos también supieron valorar al hombre; lo hizo protegiéndolo de su clase militar: Noske. O bien lo hizo sin que fuese consciente de su actuación: Erzberger. Pero en la actividad parlamentaria, en la cual los individuos venían sustituyendo a los partidos, se realizaba una democracia formal, juzgada siempre positivamente también cuando sus resultados se mostraban insuficientes o censurables. 

La necesidad por sí misma no produce nada. La mediocridad, también la más mezquina, acaba siempre por encontrar su propio espacio. La mediocridad se afirma allí donde una nación gradualmente se apaga. El pueblo percibe hoy el engaño del que debería convertirse en víctima. Éste no tiene confianza en una democracia que, en nombre del pueblo, determina el ocaso de una nación. No tiene más confianza en la unión como medio de salvación, pero espera la intervención de cualquier elemento extraño, de una fuerza superior. 

No basta con votar para obtener la salvación. Sería verdaderamente fácil si bastase con introducir una papeleta en una urna para alcanzar una vida satisfactoria. Por el contrario no se logra salir fuera de esta situación de crisis, de la cual ha nacido la revolución, y que no se quiere resolver porque no hay nadie capacitado para hacerlo. 

Necesita, ante todo, disponer de aquellos hombres con la capacidad de cambiar nuestro destino No nos queda otra esperanza que aquella de una generación que no sea más culpable en nuestro destino. Esta generación vive aquí, entre nosotros. Pero ésta conoce el secreto del tiempo, sabe que cuando éste esté maduro, este destino podrá cumplirse. Esta generación está formada en la convicción de que los problemas producidos en su época les conducirán demasiado lejos para ser resueltos de inmediato. Por ello busca producir aquellas condiciones que le permitan su resolución. 

Esta actitud no impide todavía que esta generación esté preparada para tal empresa. Pero una generación no es un partido: Ha roto con las ideas liberales e individualistas de todo género. Se ha convertido en la expresión de la nueva estructura de la nación, no más ordenada sobre el sistema de clases, sino apoyada sobre los vínculos naturales. No es tampoco un partido de los sin partido. Se coloca en medio de los acontecimientos, de la realidad, y desde aquí se presenta hacia los nuevos dogmas bajo los cuales solamente nos será posible vivir en un mañana. Esta generación ha comprendido las contradicciones de las oposiciones ideológicas que dividen a nuestros partidos separándolos del cuerpo de la nación. Ha entendido que, tanto las concepciones reaccionarias como las revolucionarias, tienden hacia una nueva unidad, que será la portadora de los nuevos tiempos. En este contexto se perfila un tercer partido por el cual no tiene más valor ni izquierda ni derecha, sino que se identifica con la totalidad de la nación y prepara el momento en el cual ésta sabrá reconocerse en esta totalidad. 

Capítulo III

Preparatorios de futuro

I Meditando sobre Friedrich List, 1919

Los grandes estadistas son aquellos que saben mantener bajo su poder en cada momento la realidad política de su propio pueblo. 

List prensó de forma futurista, mientras que Bismarck lo hizo de manera histórica. List fue en realidad el primer futurista. 

También List quería la unidad de Alemania. Quería una Alemania “rica y poderosa”. Pero falto el estadista, y el economista trató de sustituirlo.

En la vida de los pueblos la política es siempre anterior, la economía viene después. La política, si se sigue el camino justo, viene realizada siempre por la política. 

List dijo a los ingleses: Habéis presentado la teoría liberal no como un principio destinado a favorecer el derecho de los pueblos, el bien común de la nación, sino vuestros propios intereses; vuestros principios cosmopolitas, los cuales incluso continuan si regularmente no sirven para llevar hacia delante vuestros intereses en el mundo. Tienen, en efecto, el único propósito de impedir a las otras naciones su justa ventaja siguiendo su misma política. ¡Las doctrinas nacional-económicas de las que nos vanagloriamos tienen el mismo aspecto de la máscara filantrópica bajo la cual se sostiene la abolición de la esclavitud!

En su visión geopolítica reflejó punto por punto los problemas de una época en la cual se decidió la Guerra Mundial. Vio una unión de fuerzas, vio presentarse nuevas perspectivas. Expresió aquel nacionalismo que se había afirmado en la acción política del siglo venidero. “Los pueblos de esta tierra -dijo- han comenzado ya, desde hace un cierto tiempo, a diferenciarse siempre más entre ellos en base a sus orígenes, para organizarse en grupos: Dentro de no mucho se hablará en política de una raza alemana, de una romana y de una eslava; esta diferenciación ejercerá una gran influencia sobre la práctica política del futuro”. 

II La vuelta de Nietzsche, 1919

Bismarck fue para Nietzsche el gran revolucionario de la historia y, sucesivamente, cuando el filósofo se planteó la vana búsqueda de valores en Alemania, no pudo no admitir la significativa presencia de un gran político. 

Nietzsche no rechazó nunca el militarismo como medio político para la causa alemana, a pesar de ser contrario por su naturaleza filosófica y personal. Nietzsche era el hombre debilitado que sustituyó con gran esfuerzo la fuerza del cuerpo con aquella del espíritu y en todas las partes del mundo buscó y admiró justamente lo contrario. En la transvaloración de todos los valores declaró: “El sistema de gobierno de un estado militar es el mejor, constituye la recuperación o el mantenimiento de la gran Tradición, y tiene como referente el tipo humano más digno, el más fuerte”. 

La obra del escéptico Nietzsche se desarrolló en forma de crítica ininterrumpida en contra de los alemanes y de los “idealistas”. (Véase Ecce Homo). 

Constituyó un grave error por parte del filósofo el ataque a los antiguos valores cristianos y la crítica a los alemanes por sus valores románticos. 

En este caso, Nietzsche fue contra sí mismo: la persistencia de la idea del eterno retorno indica que los mismos acontecimientos se repetirían continuamente y, con los acontecimientos, los ideales. En su clarividente sabiduría se rastrean siempre las dos figuras del panfletista y del profeta. Y esta capacidad profética hizo que él, que no dejó nunca de ser crítico, fuese expresión, pero también contra expresión de toda nuestra época. El profeta que decía haber contado la historia del siglo venidero, ya en la tercera inactual anunciaba la inevitable revolución. La indicó como una revolución de las clases y una revolución de las naciones. En él se establece la génesis en el momento en que descubrió la psicología. De entrada profetizó el advenimiento de la época de la gran política afirmando “Habrá guerras como no las ha habido nunca sobre la tierra”. Habló de una nueva mezcla de las masas y de la catástrofe que sería finalmente desencadenada “inquietante, violenta, devastadora”. 

Él fue el exorcizador de un peligro que estaba en nosotros en un doble sentido: lo invocó y lo alejó. Él era inmoralista pero actuó como un moralista. Quería aniquilar la religión pero justamente él se puso al lado de los fundadores de religiones. Igualmente él, que se declaraba “el primer verdadero nihilista de Europa”, se podría decir que había “vivido el nihilismo hasta su consumación”; lo que significa que lo tenía “dentro de él, bajo él, fuera de él”. 

Su critica era una rebelión contra la sociedad, no contra el pueblo. En su aislamiento, con la exaltación de la individualidad y con su desprecio de la masa, pertenecía a a aquella nación que había utilizado el lenguaje. 

III El retorno de Federico, 1922

El pueblo alemán no tiene presente. Tenemos una generación que vive en la ilusión de ser un pueblo con un futuro asegurado. Pero no estamos preocupados por ese futuro. Lo hemos tomado como algo hecho. Estamos acostumbrado a pensar que hemos alcanzado un poder inmutable. Y la idea que se podría haber afirmado en un mundo en el que nuestra potencia pudiese ser destruida y desaparecer de la tierra no es extraña en absoluto. 

Por tanto estamos viviendo de forma irresponsable, seguros de nosotros, en una estúpida confianza en nosotros mismos. Y aquello que constituía algo arraigado, pero también superficial; era signo de fuerza política, pero también de ingenuidad política. En efecto, percibimos ser una nación rodeada pero no queremos tomar conciencia de ello. De hecho, en alguna circunstancia se ha revelado el verdadero modo de pensar de nuestros enemigos recientes. Pero no tomamos en consideración tales avisos. Y por nuestro espíritu de paz sufrimos las humillaciones. Estábamos convencidos erróneamente de no haber provocado injusticia en nadie, en la intención de no hacer uso nunca de nuestra fuerza. Esperábamos que las tensiones serían así alejadas. No creíamos en la emergencia. 
El socialismo propugnado entre la clase trabajadora alemana se alimentó de un ingenuo pacifismo e internacionalismo, cosa que todavía hoy sucede. Pero también aquel estado fuerte que representó la nación ante el mundo, vivió el autoengaño exclusivamente alemán. No estuvimos a la altura de los acontecimientos, y tampoco pudimos aprender aquello que nos enseñaba nuestra historia y utilizar tales enseñanzas mientras pudimos. 

Cuando la guerra irrumpió arrasando a todos los pueblos en su drama, nos encontramos, y no por primera vez, en una situación de legítima defensa. Nuestros padres no habían tenido en cuenta el hecho de que ocupábamos una región rodeada de otros pueblos que esperaban solamente el momento propicio para unirse y aniquilarnos. En consecuencia, nunca habíamos pensado como afrontar esta situación crítica. De modo que en situación de legítima defensa combatieron al límite, capacitados de tal modo para liberara a nuestra patria. Pero ahora hemos perdido de nuevo la libertad, ahora como hace 100 años, la policía francesa controla las ciudades alemanas, y nosotros, en memoria de la experiencia pasada, no nos hemos opuesto. 

En el último momento hemos intentado oponernos con la revolución, pero aquello no ha servido para otra cosa que para rendir un favor a nuestros enemigos debilitando nuestro poderoso estado, que con sorpresa hemos aprendido a temer, y por lo tanto no querido en el mundo. Renegamos de la idea del Káiser. Renunciamos a la bandera del Reich. Fundamos una democracia que nos mantiene en un estado de impotencia, que tiene mutilado a nuestro Reich, haciéndonos un pueblo mutilado y encadenado. 

En su desorientación el pueblo distrae su mirada del presente y de los hombres del presente. No confía más en estos hombres. No se espera nada más de ellos. Los jóvenes piensan en el futuro como es su derecho. Pero el pueblo, el pueblo siempre apolítico, que a través de la revolución es solo un pueblo desilusionado, piensa necesariamente de forma histórica, no utópica. Aquello que ha acontecido es su única certeza. De aquello que está por acontecer no tiene idea alguna. Y vuelve así su mirada al pasado: A un momento en que en Alemania había hombres que sabían manejar bien aquello que nosotros habíamos manejado mal -hombres políticos que sabían tratar la materia política- mientras que para nosotros, debemos decirlo, desde hace cerca de cincuenta años las cosas no funcionan. 

Ahora nos preguntamos: ¿Qué pasado? La mirada del pueblo busca una figura que se muestre como modelo y símbolo de fuerza, figuras que faltan al hombre actual. Al unísono, sin un acuerdo previo en la elección de su héroe, su mirada ha caído sobre el gran rey que triunfó en la guerra de los siete años: Federico. 

Capítulo IV

El despertar de los jóvenes

I Las ideas políticas de los jóvenes, 27-7-1919

La única certeza que tenemos es la gran capacidad bélica de nuestro pueblo. Un pueblo debe tener la fuerza necesaria para sobrevivir a su propio desastre. Sabemos que esto es posible. En la catástrofe hemos comprobado que somos un pueblo que ha construido su historia contra sí mismo. ¿Será siempre así? Esta es la pregunta emblemática. 

Los jóvenes saben porque Alemania ha perdido la guerra. El pueblo alemán ha sido el único que ha entrado en guerra sin una preparación espiritual. La guerra no se ha podido vencer porque la nación ha sido puesta ante la guerra sin ninguna conciencia política; porque el proletario no ha comprendido su función social, mientras que el propietario de las naciones enemigas tenía bien asimilado su rol en el ámbito de la nación. ¡Una nación superpoblada debería vencer la guerra si quería vivir! Ahora ésta se encuentra ante el largo, difícil y doloroso hecho de haber perdido el sentido de aquel gran desarrollo afirmado por la última generación. Y ello depende deshecho de que no constituimos todavía una nación: por lo tanto, si queremos tener un lugar entre las naciones, debemos llegar a ser una nación. 

Solo cuando se eliminen los partidos podremos ser una nación. Y será posible, será un deber hacer que los jóvenes se alejen de los partidos. Con su desafección, el crecimiento de los partidos se detendrá de golpe. Por lo que se percibe observando a los jóvenes, ese momento llegará pronto. El pueblo le seguirá. Por un lado, los viejos intereses particulares y, por otro, Alemania. El camino ya ha sido abierto. 

Privada de verdaderas ideas, la derecha se contenta con el puro pathos de la tradición a través de ideas conservadoras que no tienen nada de positivas reduciéndose a un conjunto de lugares comunes. 

En cambio, en la izquierda, reinan todavía ideas utópicas. 

Pero justamente en la voluntad de huir de cada compromiso encontramos el verdadero punto de encuentro de los jóvenes sea cual sea el partido del que provengan. En este sentido se puede hablar justamente de acercamiento entre izquierda y derecha (Max Hildebert Boehm), para quien los “jóvenes conservadores”, como todavía se les puede definir, y los jóvenes comunistas, como ellos mismos se definen, encuentran mayores puntos de encuentro antes que con los ancianos que pertenecen a sus mismos partidos. Tal posibilidad de encuentro se funda sobre exigencias comunes. Los jóvenes, aunque tengan divergencias en el modo de actuar, comparten la exigencia, de carácter espiritual, de deber crear algo nuevo, libre de compromisos y condicionamientos. Desde el punto de vista político ellos son contrarios a la democracia formal y la sustituyen con la idea de comunidad (Gemeinschaft, de carácter individual para los jóvenes de la derecha y de carácter global para aquellos de la izquierda). En la juventud de la derecha, más allá de la idea comunitaria, se combina con la búsqueda de un hombre-guía. 

Los jóvenes de la derecha consideran que se puede realizar esa comunidad a través del “corporativismo”, mediante una “ideología de cuerpo comunitario”, según la definición dada por Max Hildebert Boehm. Por el contrario, los jóvenes de izquierda, razonan de forma científica, bajo la engañosa ilusión de que ocuparse de lo social significa ocuparse de cualquier cosa espiritual. En esto es además significativo como la derecha haya mantenido una relación con la Tradición que la izquierda no posee. 

Los jóvenes de derecha están hoy preparados para renegar de los últimos cincuenta años de la historia alemana, pero no de los siglos y milenios en los cuales se formó el principio germánico, del que todavía hoy nos alimentamos y que es parte viva de la historia alemana. 

Esta juventud que piensa de manera utópica se contrapone a aquella que piensa de forma política, porque ésta última razona de forma histórica. Utopía significa negar la historia. 

La idea de los pueblos jóvenes constituye el principio que permitirá la redención de las naciones ganadoras. 

¿No hay pueblos que de forma inmediata han decaído definitivamente? ¿Y tal vez no se auto-aniquilaron en el momento en el que el “pueblo” tomó ventaja sobre la nación?

Los jóvenes están convencidos de que también un día el liberalismo será derrotado, en el socialismo escuchan el anuncio que no trata más de clases sino de hombres: la juventud espera que sean los pueblos los que realicen aquello que gritan a nuestros enemigos. 

II Preludio heroico, 28-01-1924

Hoy vivimos en la peor de las democracias: en la democracia del individualismo. 

III Concepción económica, 15-04-1919

Si el socialismo quiere llevar a cabo aquello que promete, lo cual significa una nueva fase, una nueva época de la humanidad, un Tercer Reich, su primer acto espiritual debe ser disociarse de la filosofía de la digestión que llevamos aprendiendo durante un siglo bajo el nombre del materialismo histórico. 

El socialismo ha llegado a ser una voluntad en sí, por la cual es política y no religión, y la fe que lo anima no es una fe que se anuncia a los hombres, pero liga al hombre a sí mismo, no es una fe cósmica, sino una fe planetaria. 

¿Queremos liberarnos finalmente de la economía! Necesitamos pensar en una economía del pueblo que no sea fundado sobre la pura economía, sino sobre el hombre. 

IV indiferencia de occidente, 6-10-1916

Desde el descubrimiento de América, con la cual la historia europea se dirige del Mediterráneo al Atlántico, en el orden de España, Portugal y Holanda, que alcanzaron el máximo esplendor para después volver a la decadencia. 

También nosotros en cuanto alemanes somos occidentales, al menos por una parte de nuestro carácter, y no solo porque, como estado, estemos situados en Occidente, sino también porque algunos problemas del mundo occidental, así como algunos de sus ideales, nos pertenecieron. 

V Mirando hacia el este, 3-4-1918

En estas exposiciones no hacen otra cosa que repetirse los polos eternos y épicos del ideal industrial y aquel rural, que forman parte de nuestro mismo ser. También nosotros, colocados entre Occidente y Oriente, pertenecemos, por un lado, a Occidente, y, por otro lado, a Oriente: somos orientales para Occidente, occidentales para Oriente. Podemos, con absoluta certeza, si queremos asumir nuestra tarea, representar nuestro futuro no como totalmente industrial, ni solamente agrario. 

Y no se puede tener capacidad para resistir largamente sin la fuerza vital, en la cual Oriente tiene mayor peso que Occidente. También por este motivo no podemos hacer nada más político, en el sentido total de la palabra, que acercarnos a Oriente.