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El color prohibido, Mishima


- Podría decirse que la manera en que los artistas se ven obligados a falsear sus sentimientos es la opuesta a la manera en que las personas corrientes tienen que hacerlo. Los primeros mienten para revelar, los segundos para disimular.

- El placer es un invento trágico del hombre, y es preciso que no sea nada más.

- Lo primero que ha de hacer el arte es violar las reglas de la realidad. Y ha de ser así a fin de que pueda existir por sí mismo. 

- Con frecuencia, si uno lleva a la práctica una idea fija, logra curarse de ella. Pero, si bien se cura de la idea, no así de su causa. 

- En general, el divorcio sólo tiene lugar cuando no lo quiere uno de los cónyuges. 

- Cuando uno se convence de que, al enamorarse, resulta tremendamente vulnerable, la idea de haber vivido hasta entonces desconocedor de esta verdad le hace estremecerse. Por esta razón el amor vuelve virtuosas a ciertas personas. 

- “El ser humano ama sobre todo aquello que se le resiste”.

- La belleza perfecta ha de estar unida  a la perfección del cuerpo desnudo, y los fragmentos dispersos son la promesa de una obra de arte reconstruida.

- El cuerpo de un hombre es como el brillo de una llanura luminosa de la que se tiene una perfecta perspectiva. A diferencia del cuerpo femenino, no ofrece el asombro de descubrir un pequeño manantial en cada paseo, como tampoco una mina, donde, al adentrarse uno, percibe cristalizaciones. Todo es exterior, la encarnación de la pura belleza visible. Uno pone todo su amor, todo su deseo en la primera curiosidad ardiente, y luego el amor invade el espíritu o se desliza alegremente sobre otro cuerpo.

- La creencia en que la belleza impone el silencio ha acabado por pertenecer al pasado. La belleza ya no impone el silencio. Incluso si la belleza pasa en medio de un banquete, los comensales no interrumpen sus conversaciones.

- La función de la crítica no consiste ahora en la imitación de la belleza, sino en su evaluación.

- No solo la belleza impone el silencio, sino también la indiferencia. 

- Al hacernos mayores interiorizamos la vergüenza. En cambio, a los jóvenes se les ve la vergüenza en la piel. 

- Cuanto más intenta un corazón el acercamiento, tanto más parece alejarse el otro corazón. 

- El hombre pensante siempre parece lleno de misterio a los ojos de una mujer. La mujer está hecha de tal manera que jamás podrá decir, aunque la maten: “Mi comida favorita es la carne de serpiente”. 

- Cuando uno piensa en la felicidad ajena, sueña sin darse cuenta en la manera de alcanzar su propia felicidad, lo cual, a fin de cuentas, le hace ser más egoísta que si se ocupara tan sólo de su felicidad. 

- En todo hogar se incuba una desgracia. El viento favorable que impulsa a un velero por el rumbo correcto es, en lo fundamental, el mismo que, convertido en vendaval de tormenta, lo hace naufragar. 

- La desdicha de unos constituye en cierta medida la felicidad de otros. 

- No podemos tener la experiencia de la muerte. Sin embargo, de vez en cuando, tenemos la posibilidad de experimentar la muerte. La experimentamos por medio de la idea de la muerte, la de una muerte en la familia, la de un ser querido. En una palabra, la muerte es el único estilo de vida. 

- En Oriente, la muerte está claramente más viva que la vida. 

- Es natural lo que nace y no lo que ha sido creado. La creación es una función que hace dudar a la naturaleza de sus orígenes, pues, en definitiva, la creación es el método de la naturaleza. 

- La moral de los seres bellos consiste en poder sustraerse a todo deber. La belleza no tiene tiempo de ser responsable cada vez que se manifiesta la influencia de su fuerza imprevisible. La belleza no tiene tiempo de pensar en la felicidad, y todavía menos en la felicidad ajena… Pero es precisamente por eso por lo que la belleza tiene el poder de hacer feliz a quien está preparado para morir sufriendo.

- Quien ama un ideal espera a su vez que el ideal le ame. 

- Los viejos no creen en el futuro, por la fuerza de la inercia que les han inculcado los años, mientras que los jóvenes carecen de esa inercia de la edad.

- En la vida trazamos el rumbo hacia el que pensamos que es el mal menor, pero la satisfacción que nos procura ese instante se mezcla con el placer de humillar nuestros deseos más ardientes y más difíciles de colmar, en el fondo del corazón, y nos contentamos con decirnos que es un mal menor. 

- El noventa por ciento de los éxitos de este mundo se logran a expensas de la juventud. La armonía clásica entre la juventud y el éxito tan sólo subsistía en el mundo de los Juegos Olímpicos, pero se basaba en un sutil principio de ascetismo cuyos componentes eran la abstinencia y la austeridad. 

- ¿Qué es la moral? ¿Puede calificarse como inmoral el gesto de un pobre que, con el pretexto de que el otro es rico, le arroja una piedra? ¿No es acaso la moral un principio creativo que anula la razón particular al universalizar el sistema de las causas? Por ejemplo, en nuestro días, la piedad filial es moral, y lo es tanto más cuanto que su causa ha desaparecido. 

- La victoria está siempre del lado de la mediocridad. 

- La mesa es un mueble extraño. Cuando se sienta a su mesa, el novelista tiene la sensación de que le aprieta entre sus brazos y le resulta difícil zafarse. 

- La obra de arte no debe jamás pertenecer a su creador. 

- A una mujer no se la conquista jamás. ¡Jamás! De la misma manera que un hombre puede llegar a la violación por respeto a una mujer, una mujer puede entregarse a un hombre para demostrarle el desprecio absoluto que le inspira. 

- Un autor no es responsable de las ilusiones que origina su obra ni de la fascinación que provoca.

- El vicio que ha perdido su brillo es cien veces más tedioso que la virtud que ha perdido su brillo.

-  El que ama es tolerante, y el amado siempre es cruel. 

- Lo que vuelve cruel a un hombre es sobre todo la conciencia de ser amado. La crueldad de quienes no son amados carece de importancia. Los llamados humanistas siempre son feos. 

- La negación es un instinto de la juventud, pero el consentimiento no lo es jamás.

- Los nuevos descubrimientos del deseo del pueblo son el totalitarismo y el comunismo, cada uno de los cuales demuestra su intención de distinta manera, pero el primero ha intentado concentrar, haciéndolo revivir, el deseo deteriorado del pueblo, encendiendo una llama por medio de una filosofía similar a un excitante artificial. El nazismo tenía honda comprensión con el deterioro. Yuichi se veía obligado a compartir el profundo pensamiento sobre ese deterioro dentro de la organización de las juventudes hitlerianas a las que pertenecían hermosos jóvenes, y en la mitología artificial del nazismo y los principios ocultos de la homosexualidad. Por otro lado, el comunismo se ha concentrado en la observación del deseo pasivo que pertenece en el fondo del deseo deteriorado y el nuevo e intenso deseo de los pobres acentuado por el mecanismo económico del capitalismo, y de esta manera el temor a una tendencia que se remonta a diversos elementos económicos primitivos ha provocado en Estados Unidos una moda de estudios de análisis psicológicos en absoluto ortodoxa. El aspecto masturbatorio de esta moda consiste en creer que se ha encontrado la solución por medio del análisis, buscando el origen del deseo. 

- Hoy en día, cuando en la sociedad democrática no hay más que hipocresía, una vez desaparecida la bondad, es el momento en que la maldad puede aportar de nuevo su energía. Yuichi creía en la fuerza de la fealdad que había visto con sus propios ojos, y pretendía situar esa fealdad al lado de los numerosos deseos del pueblo. La nueva ética del comunismo destacaba al lado de la ética civil muerta de la sociedad democrática, pero las abundantes maldades de la revolución no eran lo mejor desde el punto de vista de la conciencia objetiva que él consideraba como la única correcta, salvo el deseo de venganza que nace de la ira provocada por la pobreza. Desde luego, el mayor de los males radica únicamente en el deseo irrazonable, en el deseo sin objeto. ¿Por qué es así? El amor con la finalidad de propagar la especie, el egoísmo con el objetivo de distribuir beneficios, la pasión por la revolución de la clase obrera a fin de alcanzar el comunismo son virtudes que existen en las diversas sociedades vigentes. 

- No nos avergüenza el vicio, sino el ridículo.

- Hoy en día se ha erradicado de nuestra cultura el interés extremadamente detallado por la inmoralidad que tan importante había sido. La metafísica de la inmoralidad ha muero y no ha quedado más que su ridículo, y éste no es más que objeto de burla. Eso es todo. La enfermedad del ridículo ha desbaratado el equilibrio de la vida. 

- En el arte moderno, desde Don Quijote, se tiende a la veneración del ridículo. 

 Cuando los valores en los que una persona ha creído firmemente y que han constituido los pilares de su vida son escarnecidos, lance un grito de rebeldía. La mayoría de los hombres maduros pertenecen a la misma categoría humana que las  mujeres virtuosas. 

- Cuando se reflexiona en exceso, a menudo se acaba por actuar con torpeza. 

- Hay escritores para quienes el hastío tan solo consiste en alardear de hastío, con lo podríamos llamar el don del hastío o el hastío del don. 

- Cuando se escribe una novela, es difícilmente imaginable que el autor no trate de arrogarse aquello que desprecia, y por el contrario, el intento de hacerlo es un cómodo atajo. 

- En el amor que un artista siente por su modelo, el deseo carnal y el deseo espiritual se unen de un modo tan perfecto que la frontera entre ambos acaba por diluirse. 

- Uno no vive su juventud en soledad. De la misma manera que un gran acontecimiento tiene necesidad de que se le inscriba de inmediato en la historia, así una juventud encerrada en un hermoso cuerpo ha de tener cerca de ella alguien que la describa. 

- De la misma manera que la arena que se desliza desde la ampolleta superior de un reloj de arena adopta la misma exacta en la parte inferior, así cuando la juventud se vive hasta su final, es preciso que todas las gotas que caen de la clepsidra cristalicen y formen en seguida a su lado una estatua inmortal. 



Los años verdes, Jukio Mishima


  • Si uno duda de todo, acaba siendo un filósofo al que no le queda más remedio que encerrarse en su estudio. Si, por el contrario, uno no duda de nada, podrá saborear una felicidad a ras de tierra. 

  • Un malentendido es evidentemente responsable de que el sentimentalismo sea atribuido por lo general al temperamento femenino. Pero lo sentimental, esa capa de maquillaje que cualquier hombre rudo y simple se coloca sin darse cuenta en el corazón, es un atributo masculino. 

  • Las personas aprenden el individualismo de una sociedad en estado normal, igualmente el adolescente, antes de eso, aprende el heroísmo de una sociedad anormal. El aumento de la amplitud de vibraciones de una sociedad provoca convulsiones en el individualismo. El heroísmo es, así, un individualismo que grita elocuentemente contra la sociedad misma. Y de tanto gritar, los adolescentes que maduraron en la década de los 30 acabaron quedándose roncos. 

  • Aunque tardamos mucho en darnos cuenta, la verdad es que odiamos a nuestro padre porque es la persona que más se parece a nosotros mismos. 

  • La filosofía alemana carece de válvula de seguridad; además, el freno jamás le responde. 

  • La política suele encargarse de que la verdad fracase. 

  • En las personas tímidas  la decisión y el impulso son semejantes al paroxismo. En realidad, sin embargo, tales personas carecen de valor para ejecutar acciones temerarias sin cerrar los ojos. Para este tipo de individuos la decisión de emprender una acción es como realizar por sí mismos una operación quirúrgica en su cuerpo de carne y hueso. Es, por lo tanto, cruel criticarlos porque se anestesien antes. 

  • En todos los patriotismos late una sombra de narcisismo. Quizás por eso, todos los patriotismo parecen necesitar vestirse de atractivos uniformes. 

  • Si uno quiere tener una desilusión, hasta la misma desilusión puede ser objeto de una ilusión. Si ser hombre significa estar siempre deseando algo, también puede significar estar siempre olvidando el objeto de deseo. 

  • La ciencia podría cambiar fácilmente las facciones feas o bellas de las mujeres, lo cual no dejará de ser un gran problema para todas ellas. Si todas las mujeres, gracias a la ciencia, fueran guapas, dejaría de haber referentes comparativos entre guapas y feas. En tal situación, ya no existiría la felicidad que ocasiona el que una fea se vuelva guapa, ni la que hace que una guapa se sienta tan especial por ser guapa.

  • El materialismo es un hijo natural del prejuicio capitalista que afirma: “no hay nada que no se pueda comprar con dinero” o “con dinero se puede comprar cualquier felicidad”. 

  • “La sociedad” es la ilusión más humana de todas las ilusiones posibles producidas en la era moderna. Ya no se busca la forma original del ser humano en el individuo, sino tan solo en la sociedad. “La sociedad” de nuestra era moderna busca solamente el deseo, como hacían los hombres primitivos; es una sociedad que vive, se mueve, ama y duerme como los primitivos. La razón de que la gente lea ansiosamente en el periódico los artículos de sucesos, se debe al deseo de conocer “la vida y las noticias” de cada mañana de este hombre primitivo. Es el deseo de un lacayo, de un lacayo que ambiciona el éxito social para alcanzar, como mucho, el nivel de vida de su señor. 



La ética del samurái en el Japón moderno, Yukio Mishima

La ética del samurái en el Japón moderno, Yukio Mishima
(Las frases de Yamamoto Jocho van entrecomilladas)


- La juventud tiene dos grandes compañeros: los amigos y los libros. 

- La mayor diferencia entre los libros y los amigos reside en que estos últimos cambian, pero los libros no.

- “La persona tiene que ser excéntrica. En el pasado, la mayor parte de los samuráis lo eran. Su excentricidad los llevaba a actos de arrojo y valor.”

- El arte envejece y muere cuando queda cómodamente limitado en el recinto del arte en sí. En este sentido, va contra mis principios considerar como algo supremo sólo el arte. Éste, en efecto, si no respira continuamente el oxígeno que está fuera de sus límites, se agota enseguida. El arte, como la literatura, para vivir necesita sacar alimento y material de cosas llenas de vida. Porque la vida es la madre de la literatura y, al mismo tiempo, su gran enemiga; sí, una vida que se esconde en el corazón del artista y que, simultáneamente, es la perpetua antítesis del arte. Yo, desde hacía muchos años, había descubierto una filosofía de la vida en las páginas de Hagakure y, por eso, creía que este mundo claro y refrescante era un elemento que amenazaba y enturbiaba el mundo de la literatura.

- La economía se ha recuperado; reina la paz,; la juventud bosteza.

- Hoy en día, si uno va a una cafetería con música de jazz y habla con adolescentes y veinteañeros, el tema que domina de principio a fin en sus conversaciones no es otro que la ropa y los complementos del vestido. Voy a contar lo que me pasó a mi. Una vez que entré en uno de esos locales, nada más sentarme, me abordó un chico que estaba sentado en la mesa de al lado y me soltó esta sarta de preguntas: “Sus zapatos son medida, verdad, en qué zapatería los encargó?”, “y los gemelos de su camisa, ¿dónde los compró?”, “¿dónde consiguió la tela del traje que lleva?”, “¿cómo se llama el sastre?”.

- Se habla mucho de lo afeminados que se han vuelto los hombres hoy, resultado, parece ser, de la creciente democratización a la americana que se observa en la sociedad japonesa y de la difusión de nociones como “las señoras, primero” y cosas así. Pero este fenómeno no es nuevo: viene de antes.

- “La chispa del idealismo que brillaba en los ojos de los jóvenes se ha apagado y ahora sólo puede verse un pálido reflejo en esa ‘mirada furtiva de ladronzuelo’. Son, en definitiva, jóvenes que sólo buscan el provecho propio y que están prisioneros de las pequeñeces de la vida cotidiana.”

- En nuestros días, paralelamente, se considera héroe a un jugador de beisbol y a una estrella de la televisión. Cualquier individuo que se especializa en una habilidad que gusta al gran público se convierte en títere de su técnica y encarna los valores de una época. En este sentido no hay diferencia entre técnicos y gente famosa. 

Vivimos en una época de tecnócratas que, al mismo tiempo, es la época de gente con algún talento. La persona con una habilidad extraordinaria enseguida cosecha aplausos entusiastas de la sociedad. A la vez, la gente está bajando el listón de los objetivos de la vida: se trata sólo de llamar la atención al máximo o de parecer muy importante. Se cae en la mera función de pieza de un engranaje o de número de una función. 

- Es difícil vivir y morir bellamente. También lo es vivir y morir con extrema fealdad. Es algo innato a la naturaleza humana. 

- Aquellas personas que intentan vivir y morir bellamente, en realidad están eligiendo una muerte fea, mientras que los que se deciden por una vida y una muerte feas están escogiendo una vida bella. 

- El amor verdadero es aquel que se guarda en secreto, un secreto que se lleva hasta la tumba. 

- Las artes amatorias al estilo americano se basan en declarar el amor, en exigir, en conseguir. La energía generada por el sentimiento amoroso nunca se deja que se acumule en el interior, sino que se expulsa hacia fuera, siempre al exterior. Lo paradójico es que, una vez que el amor se disipa al exterior, el voltaje del amor disminuye. Los jóvenes de hoy gozan de oportunidades de enamorarse y de mantener encuentros sexuales que a las generaciones pasadas les parecerían increíbles. Pero a la vez, lo que se oculta en el fondo de las entrañas de todos esos jóvenes es la muerte del amor. Si el amor nacido en el corazón sigue un camino recto que repite una y otra vez el proceso de lograr su propósito y de dejar de existir en ese momento, entonces surgirá el debilitamiento de la capacidad de amar y la muerte de la pasión, dos fenómenos peculiares de nuestros tiempos. Quizá éste sea el motivo de por qué los jóvenes actuales sufren tantas contradicciones en asuntos amorosos. 

- Nuestra época está dominada por el valor de que lo importante es vivir mucho tiempo. 

- En los países nórdicos, el número de suicidios entre personas mayores es anormalmente elevado. La causa es que no hay necesidad de trabajar ni razón para inquietarse por cómo mantenerse después de la jubilación. Simplemente, a la gente se le ordena que descanse, y esto causa un tedio infinito y una desesperación angustiosa. 

- Cuando se discute el rumbo que debe seguir la sociedad moderna, la gente propone o el ideal del Estado socialista, o el del Estado del bienestar. Uno de los dos. En el extremo de la libertad que garantiza el Estado del bienestar hay aburrimiento;  y, por supuesto, en el extremo del socialista hay represión de la libertad. Aunque el ser humano avanza gradualmente hacia la realización de grandes conquistas sociales, cuando está a punto de lograrlo es invadido por el tedio. Por otro lado, en su subconsciente oculta impulsos  ciegos y profundos. Son manifestaciones dinámicas que nada tienen que ver con sus ideas sociales para el futuro y que expresan las contradicciones de la vida. Por lo que atañe a los jóvenes, esos impulsos se manifiestan de forma directa y radical. Se muestran en la competencia, en el dramatismo de la rivalidad. La juventud posee tanto el impulso de la rebeldía como el de la sumisión. 

- En esta era de la democracia, la consigna es vivir todo el tiempo posible. 

- La vida y la muerte. Una cuestión que no podemos rehuir en nuestra vida cotidiana. La sociedad moderna olvida constantemente el significado de la muerte. ¿Lo olvida? No, realmente no lo olvida. Lo que pasa es que evita enfrentarlo. 

- No nos gusta pensar en la muerte. No nos agrada sacar de la muerte el beneficio de su lección, y así poder aprovecharnos. Por el contrario, siempre nos esforzamos por fijarnos objetivos alegres, positivos, vitales. Hacemos todo lo posible por no hablar del poder con que la muerte poco a poco va carcomiendo nuestras vidas. Esta actitud pone en evidencia el proceso por el cual apartamos el tema de la muerte de la superficie de la conciencia y lo encerramos en la mazmorra más lúgubre y profunda del subconsciente. Con este comportamiento represivo, a la vez que convertimos el impulso de la muerte en un instinto peligroso y explosivo, nuestra ideología racional y humanista dirige el foco de su atención a la libertad alegre, al progreso. Ignoramos el hecho de que sacar la muerte del nivel de la conciencia es un elemento importante para tener salud mental.

- Pensar en la muerte a diario es como pensar en la vida todos los días. Hay que reconocer que cuando hacemos nuestro trabajo pensando en que vamos a morir hoy, el trabajo se pone de repente a irradiar luces vivas: se vuelve radiante. 

- El amor por la mujer o por un jovencito, cuando es inocente y casto, no se diferencia en nada de la fidelidad al señor. 

- Los cimientos de la filosofía del amor de Hagakure descansan en esta idea. Su autor cita como ejemplo el amor homosexual, que en su tiempo se consideraba un sentimiento más elevado y espiritual que el heterosexual, y concluye que la forma más intensa y verdadera de amar que tiene el ser humano evoluciona a fidelidad y devoción por el señor. 

- “La vida humana solo dura un instante. Hay que pasarla haciendo lo que a uno le gusta. En este mundo flotante es estúpido dedicarse a algo que uno aborrece y sufrir por ello. Naturalmente, esta verdad es un secreto que no he podido revelar a los jóvenes porque, si la interpretan mal, se verían perjudicados.”

- El tiempo cambia al hombre, lo hace voluble y oportunista, lo corrompe o lo mejora. Pero si el ser humano siempre tiene delante la muerte y siente que solamente existe vida en cada momento que vamos viviendo, entonces comprende que no hay que respetar tanto el paso del tiempo. 

- Morir por enfermedad es un desenlace natural y, como tal, es un hecho sujeto a las leyes de la naturaleza. En cambio, la muerte voluntaria es un privilegio de la libertad individual. 

- Aconsejar es gratis. Nos puede costar mucho prestar cien yenes, pero a nadie le importa dar un consejo, como tampoco a nadie le importa dar un vaso de agua. Los consejos casi  nunca sirven como aceite eficaz para lubricar las relaciones entre personas. Al contrario: casi siempre acaban incomodando a la gente, desaniman y, con frecuencia, despiertan resentimientos. Yamamoto lo sabía muy bien. No nos vendrá mal considerar atentamente la sensibilidad y delicadeza con que recomienda tener ese difícil tacto necesario a la hora de corregir a los demás. es una demostración perspicaz y realista de su conocimiento de la psicología humana. Yamamoto no pertenece ni por asomo a ese grupo de personas optimistas (y, frecuentemente, las más ignorantes de la naturaleza humana) a quienes les encanta sermonear al prójimo. 

- “Cuando se visita a alguien que ha sufrido un contratiempo, es sumamente importante cualquier palabra de aliento que se le diga, pues tal expresión traducirá los sentimientos del corazón. Un samurái jamás debe mostrarse abatido. Por el contrario, ha de aparecer siempre animado, como si estuviera a punto de lanzarse valientemente al campo de batalla para vencer a cualquier enemigo. Si no puede mostrarse así, no vale para nada. Con tal actitud y semblante hay que animar a cualquier amigo que se encuentre en horas bajas.”

- Hoy en día se puede ver por todas partes cómo las madres miman a sus hijos de forma absurda, se alían con éstos en contra del padre contribuyendo así a la mala relación entre éste y su hijo. Especialmente en esta época nuestra en que hay una crisis de la autoridad paterna, no deja de aumentar el número de hijos mimados y consentidos, surgiendo eso que en Estados Unidos se llama “el tipo de madre dominante”. El padre ha quedado aislado. Aquella pedagogía estricta practicada por los antiguos samuráis y que se transmití de padres a hijos ha quedado abandonada, como han sido abandonadas otras transmisiones de modo que a día de hoy la figura paterna ha quedado reducida a la de una máquina que sólo sirve para traer un sueldo a casa. Ya no hay lazos espirituales entre él y sus hijos. El afeminamiento de los hombres de hoy es un tema de crítica actual. De forma paralela, aumenta de forma alarmante el debilitamiento de la figura paterna. 

- “Un samurái jamás debe quejarse. Ha de permanecer vigilante para que nunca salga de su boca una palabra de debilidad. En la palabra más insignificante pronunciada sin querer se puede revelar su verdadera intención.”

- “La persona con fama por dominar una determinada técnica o arte es un tonto. Ha demostrado ser idiota por concentrar toda su energía en una sola cosa descuidando pensar en otras. Alguien así no vale para nada. 

- Los jóvenes que al principio aceptaban de mala gana ser educados por la generación de más edad, cuando se hacen mayores y pueden aleccionar a la generación siguiente, ya no tienen oportunidad de, a su vez, recibir formación de personas de más edad que ellos. De esa manera, se inicia un estancamiento espiritual: se produce una especie de arteriosclerosis que da como resultado inevitable el infarto de toda la sociedad. 

- “Si respetas a los demás, te abstienes de enfrentamientos, te comportas educada y modestamente, y eres considerado en los pequeños detalles con las personas que te rodean, aunque te cueste sacrificios, cada encuentro con los demás será como el primero y nunca te llevarás mal con nadie.”

- Hoy el amor se ha convertido en un asunto de pigmeos. La estatura del amor ha menguado y cuando más se divulga más empequeñece. 

- Egotismo es diferente de egoísmo. Si un hombre siente en su corazón verdadero amor propio y se respeta a sí mismo, no le importará lo que los demás hagan o digan de él. Se abstendrá de hablar mal o bien de los demás. Un hombre así, con este temple orgullosamente independiente, es el ideal de Hagukure. 

“Está mal andar hablando de los demás. Tampoco queda bien hacer elogios. Un samurái debe conocerse bien a sí mismo, entregarse a su propio entrenamiento y mantener la boca cerrada.”

- Esta época nuestra produce estereotipos de hombres amables y simpáticos, personas que caen bien a todo el mundo, de mente acomodaticia y conciliadora, pero con un corazón lleno de frío egoísmo. En Hagakure a hombres así se los llama afeminados. La belleza que predica este libro no es una belleza para atraer el cariño de todo el mundo. Es la belleza de la fortaleza, de la forma externa, del orgullo indómito. Cuando se pretende cultivar una belleza para ser amada por los demás, se incurre en el afeminamiento. Eso es cosmética del alma. Las páginas de Hagakure están llenas de un odio visceral a esta cosmética espiritual. En nuestra época tenemos la costumbre de envolver una medicina amarga en sabores dulces para hacerla así agradable al paladar y fácil de masticar o tragar. En este asunto, la necesidad de ir a contracorriente es tan evidente ahora como en los tiempos de Yamamoto. 

- “Por regla general, no hay que ir adonde a uno no lo inviten. Amigos de verdad hay muy pocos. Hasta cuando a uno lo invitan, la visita suele causar frustración.”

- Una vez que el ser humano satisface todas sus exigencias, resta sólo la muerte como el único deseo insatisfecho. 

- Si, la juventud siente un ansia ideal por la muerte. Por su parte, a las personas que han llegado a una edad mediana las invade, cuanto más edad tienen, el miedo a contraer un cáncer. Y este conocer es un asesino cuya crueldad resulta superior a la de cualquier autoridad política. 

Últimas palabras de Yukio Mishima


Takashi Furubayashi - Hideo Kobayashi
Alianza Literaria 









(A este Dalí a la japonesa lo privaron del Nobel su juventud, sus excentricidades y sus opiniones políticas ultranacionalistas).

- Siempre habrá alguien dispuesto a ayudar a los débiles. Es decir, a la debilidad hay que dejarla tal como está. Más bien, se puede afirmar que actualmente vivimos en una época en la cual es la fuerza la que es maltratada. Sí: debido a los denuestos que en nuestros días merece la fuerza, se desprecia la ética de los que aspiran a ser fuertes. Por eso no puedo pensar en otra cosa que no sea el renacimiento de la fuerza. Por muy cabeza dura que me consideren, no dejaré de afirmar que mi misión en esta vida es el renacimiento de la fuerza.

- Estoy harto de escuchar la idea, moneda corriente de la posguerra a esta parte, de que el terrorismo está mal y ha matado a la gente. En la Revolución Rusa y también en la francesa mataron a todos los nobles. Si a los revolucionarios les hubieran preguntado: “¡Eh, vosotros! ¿Es que no se os ha ocurrido pensar en todo lo que sufrió María Antonieta cuando la mataron?”, ¿se habría detenido la corriente revolucionaria? Por mi parte, si yo pudiera ayudar al débil, lo haría. ¿Sabe usted por qué admiro a los oficiales que se alzaron en el incidente del “dos-dos-seis”? Pues porque no derramaron la sangre de ninguna mujer ni de ningún niño. Creo que fue estupendo. Es sucio matar a mujeres o a niños. En las guerras de ahora, como esta de Vietnam, se mata indiscriminadamente, sin importar que se trate de mujeres o niños. Es sucio; y yo odio la suciedad. Pero cuando hablamos de un acto bello, aunque sea terrorista, yo lo apruebo. El ser humano tiene que ser fuerte. 

- Como detesto todo lo que no es puro, no desearía recibir ningún sueldo del Partido Liberal Demócrata. Si recibiera algo de dinero de ellos, de los políticos, todo lo que quiero decir se iría a la ruina. Dicho claramente: en este momento y soy un ser antipolítico. Todo lo que quiero hacer ahora es un movimiento por la justicia. Y digo esto sabiendo que tal vez alguien se ría. Mi objetivo es promover la justicia en el mundo actual. 
- No me interesan los movimientos de orden espiritual, pero me parece que el llamado ser humano no tiene otra salida que vivir de acuerdo con lo que ha elegido y mantenerse fiel a su voluntad. Si, como resultado, así se alcanza una revolución social, creo que es suficiente. Lo que no me gusta es que sean otros quienes me impongan su justicia de librea. 

- El problema para mí es la justicia. No me importa lo que diga la gente. 

- Por lo que respecta a Europa, el erotismo únicamente se halla en el mundo del catolicismo. Esta religión cuenta con mandamientos severos cuya violación constituye el pecado. Y el pecador, le guste o no, deberá comparecer ante Dios. Pues bien, el erotismo es el método de establecer contacto con la divinidad a través del pecado. Es el tema de una mis obras teatrales, Madame de Sade. En el siglo  XVIII, el marqués de Sade puso en práctica este método y  no lo hizo tan sólo por oponerse al sistema, es decir, por un asunto de dimensiones banales como el político. Si la Revolución francesa no se hubiera visto compensada por el pensamiento de Sade, no se habría convertido en una verdadera revolución. Es decir, si no hay un pesimismo capaz de negar por completo el optimismo de una revolución, ésta no funciona. 

- En el relativismo del mundo actual el erotismo no pasa de ser una especie de sexo libre. No se opone a nada. Es un sexo sin relación alguna con lo absoluto. En mi opinión, nada más lejos del verdadero erotismo.

- Si no existieran los dioses, habría que hacerlos nacer. Y es que sin Dios no hay erotismo. Y debido a esta forma de pensar mía, he hecho lo imposible por hacer renacer el absoluto. Es entonces cuando surge el erotismo. ¿Qué tiene que ver todo esto con el sexo cotidiano? Pues nada. Digamos que se trata de una suerte de “panerotismo”. Eso es. Esta búsqueda es el objetivo principal de mi literatura. 

- Siento antipatía hacia el emperador como individuo. Y rechazo frontalmente el anuncio de su conversión en ser humano -llamémoslo así- que realizó cuando acabó la guerra. 

- Lo que se dice enemigos son el gobierno, el Partido Liberal Demócrata y todo el sistema político de la posguerra. También lo son el Partido Socialista y el Comunista. Sí, porque para mí este partido, el Comunista y el Liberal Demócrata son la misma cosa. Sí, son exactamente lo mismo: el símbolo de la hipocresía. Jamás caeré en las garras de esa banda. Espere y verá lo que hago.

- De momento, ya tengo tomada la decisión de no caer nunca en las garras de esa gente. De todos modos, no sirve de nada que hable ahora. Por favor, tenga un poco de paciencia y observe los acontecimientos… En este momento se dirán “Ha venido un tonto a echarnos una mano; a darnos el dinero que ha ganado escribiendo”. A mí me conviene que piensen así; al fin y al cabo, ahora sólo estoy interpretando este papel. Es un tema que tiene que ver con el bajo nivel de la política. Lo importante es que hasta el final no caiga en sus garras… Es absolutamente necesario que la institución imperial renazca según mis ideales. Es mi obsesión.

- Hace poco se publicaba en un periódico la escena de una comisión que investigaba la crueldad. Era en Sucia. En el banquillo de los testigos había de pie un campesino vietnamita con heridas y vendajes en el cuerpo. Vestía con harapos. Era compadecido por los miembros de la comisión, caballeros de mediana edad, bien vestidos y con perros caros en sus casas. Ahora les tocaba escuchar la querella del campesino con entusiasmo y, llevados por su simpatía hacia éste, dejaban escapar repetidamente expresiones de rechazo por lo que oían. El periodista que escribió esta crónica afirmaba sentir cierta artificiosidad en la conducta de esos hombres. A mí todo esto me hace pensar que el sistema político sueco tiene problemas.  

Hace ciento cincuenta años, Suecia perdió una guerra con Rusia, y por no haberse recuperado de su herida, tengo la impresión de que se ha convertido en un país afeminado que vive en el relativismo. Para compensar la perdida del espíritu del pueblo, este país se ha refugiado en el ideario de la paz de la humanidad. Estos ideales lo han conducido a adoptar el relativismo  como sistema político. De ahí ha surgido la noción de lo que se llama “Estado del bienestar”. El concepto de que el valor máximo de la humanidad es el bienestar social es una engañifa. Por eso, hasta este Partido Liberal Demócrata que tenemos en Japón ahora reflexiona sobre el asunto. No conozco cuál es la posición del Partido Comunista o del Socialista al respecto, pero sí estoy seguro de que en diferentes ámbitos de nuestra sociedad está teniendo lugar una reflexión sobre la noción del Estado del bienestar. 

- En los tiempos de la Restauración Meiji (en el siglo XIX), los patriotas morían uno detrás de otro. Y me desagrada que se crea que los hombres de aquella época morían porque eran simples, o porque eran pobres o porque eran samuráis. No. No importa la época en que se viva ni la clase social a la que se pertenezca.: la persona valora mucho la vida. Es parte de la naturaleza del ser humano. No puedo pensar que exista alguien en el mundo que no valore su vida. Sin embargo, el hombre tiene que ser capaz de separarse sin vacilar de ella, debe demostrar que tiene el valor de morir. No importa cuál sea el pretexto para mostrar tal arrojo, podrá ser una restauración, podrá ser una revolución. Lo que pasa es que la educación de la posguerra ha impregnado por completo las mentes de los miembros del Zenkyöto, una educación que, naturalmente, atribuye el máximo respeto  y valor a la vida humana. 

- La liberación total es imposible; a lo sumo podría realizarse únicamente en un ámbito relativo. Ni siquiera en un país tan liberal como Suecia estará permitido el llamado “homicidio de placer” hasta que el ser humano pueda gestionar su vida social. Jamás podrá el sexo alcanzar el absoluto en medio de una liberación así de relativa. El absoluto no se consigue de ningún modo sin la presencia de prohibiciones y mandamientos. Por eso el catolicismo es estupendo. Es la religión que tiene más erotismo. 

- Mi interés por el caso Solzhenitsyn está relacionado con el que tengo por el destino de la novela. Este genero se ha desarrollado a partir del siglo XIX teniendo como base una idea de la libertad característicamente teñida de los derechos fundamentales del hombre de la Revolución francesa. Es una libertad neutral que no pertenece a la derecha ni a la izquierda, una libertad opositora al sistema. Llegado a este punto, me surge la siguiente pregunta: ¿qué es la libertad en el seno del sistema estatal de la Unión Soviética? En este país, antes existía una clase gobernante cuyo poder se transmitía por vía hereditaria. Ahora el pueblo, en un ejercicio de plena libertad, ha asumido el poder político y ha formado un Estado comunista cuyo ideal es la dictadura proletaria. Dicho de otro modo, la formación del Estado, del sistema político, se halla determinada por una libertad no opositora al sistema. Es decir, el Estado soviético se puede considerar la plantación de una libertad pública y no opositora al sistema. Ahora bien, en el sistema comunista es natural que libertades como la del individuo o la libertad neutral o la opositora sean secundarias. Sin embargo, esta clase de libertades, aunque constituyan una fuerza pequeña, son capaces de detener la carrera brutal de la masa, que es algo que no puede hacer de ninguna manera la libertad no opositora. Éste es el motivo de que en ese país se haya llegado al estalinismo. 

- En los países libres, cuando se descubre a alguno de estos críticos neutrales desfasados respecto a su tiempo, de inmediato se monta la fiesta: “¡Ah, ahí tenemos a un aliado, a alguien con nuestro mismo ideario de libertad, a alguien que se atreve a criticar el sistema soviético desde dentro! ¡Qué admirable conciencia la suya y qué gran ejemplo para todos los intelectuales!”. Sin embargo, la misma noción de intelectual con conciencia ya es algo clasista en sí. Es un prejuicio de los países libres. De esa manera, atrapados por sus propios prejuicios, ponen por las nubes a Solzhenitsyn y le conceden el Nobel. Y cuanto más lo elogian, más se enfurecen en el país de origen del elogiado. Es natural que el gobierno soviético esté furioso. 

- Hoy en día, esta libertad se vende a partes iguales al frutero, a la mujer del pescadero, a la abuela del estanquero. El escritor es como el frutero y el pescadero… ¿O es que no vivimos en una democracia? Se habla de la libertad y de los privilegios del artista, pero, en realidad, no se tiene ni una ni otros. Claro que no. Lo único que nos diferencia está en el uso: el pescador tiene la libertad de ganarse la vida vendiendo pescado; el novelista hace lo mismo cuando proyecta su obra literaria. La libertad de hoy está estandarizada, está despojada de individualidad. Hasta con el sexo pasa igual. Se habla de sexo libre, pero en realidad lo único que se hace es ofrecer a todos la misma taza de té. Así es. 

- Las mujeres no comprenden que refutar su posición va en desventaja para ellas. -Qué tontas por no darse cuenta!

- La idea de la muerte no es adecuada cuando se habla de arte. ¿Por qué? Pues porque el arte tiene que vivir, vivir y vivir largamente; de lo contrario, ni puede completarse ni pulirse. En cambio, si hablamos de acción, uno puede morir incluso a los dieciocho años. Sólo entonces se consigue la perfección. A mi parecer, vivir sin hacer nada, envejecer lentamente, es una agonía,  es desgarrarse el propio cuerpo. Todo esto me ha llevado a pensar que, como artista que soy, debo tomar una decisión.

- Los seres humanos somos muy simples: cuando se está bajo, se compensa con algo; cuando se está alto, se rebaja con algo. Es lo que le pasa al común de los mortales. Tomemos esa mesa como ejemplo. Si notamos que está coja de una pata, la cortamos un poco de la otra. ¿Y si está baja de ésta? Pues la cortamos de la primera pata. ¿Y si de una tercera? Pues la cortamos un poco de la cuarta pata. ¿Qué pasa con la mesa si no dejamos de cortar aquí y allá? Pues que pronto se queda sin patas. ¿No ocurre lo mismo con la vida? Yo ahora siento que me hallo al borde del momento de mi vida en que todas las patas de la mesa han desaparecido. 

- ¡Ah, a lo mejor es mi última obra! (Nota: El mar de la fertilidad)  No sabría decirle. De momento, no tengo ningún plan para el futuro. Estoy agotado.

- El teatro me tiene cansado. Lo que quería decir ya lo dije en “Mi amigo Hitler” y en “LA terraza del rey leproso”. 

El sol y el acero, Yukio Mishima

- Si mi ser era mi morada, entonces mi cuerpo era como un huerto alrededor de la misma. Una de dos, podía cultivar ese huerto en toda su extensión, o dejar que la maleza se adueñara de él. La elección era libre, pero esa libertad no era tan ostensible como se podría pensar. En efecto, mucha gente acaba llamando “destino” a los huertos de sus respectivas moradas.

- ¡Cuánto amaba yo mi foso, mi habitación en penumbra, la zona de mi mesa donde se apilaban los libros! ¡Cómo disfrutaba de la introspección, amortajado en la tarea de pensar! ¡En qué trance no escuchaba yo el ajetreo de frágiles insectos en la espesura de mis nervios!

- Mi reconciliación, mi apretón de manos con el sol, se produjo en 1952 a bordo del barco en que hacía mi primer viaje al extranjero. A partir de entonces, me he visto totalmente incapaz de apartarme de él. El sol quedó asociado a la ruta principal de mi vida. Y mi piel se ha ido tostando paulatinamente, señal de que yo pertenecía a la otra raza. 


- ¿Quién presta atención a un teórico de la educación física en plena decrepitud?


- Los músculos que se han vuelto virtualmente superfluos en la vida moderna, aunque sigan siendo vitales para el cuerpo humano, son obviamente inútiles desde el punto de vista práctico, y una musculatura conspicua es tan innecesaria como lo es una educación clásica para la mayoría de los hombres prácticos. Los músculos se han ido convirtiendo en algo similar al griego clásico. Para resucitar un idioma muerto se requería la disciplina del acero; para transformar el silencio de la muerte en la elocuencia de la vida, la ayuda del acero era esencial.

El acero me enseñó con exactitud la correspondencia entre el espíritu y el cuerpo: así, las emociones endebles se me antojaban músculos flácidos, el sentimentalismo, un estómago fofo, y la impresionabilidad excesiva, una piel blanca y en exceso sensible. Unos músculos fuertes, un vientre plano y una piel dura, razonaba yo, corresponden respectivamente a un intrépido espíritu de lucha, una disposición intelectual desapasionada y un temperamento robusto. 

- Con dieciocho años, me sentía incapacitado para el fallecimiento prematuro que yo ansiaba. Me faltaban los músculos adecuados para una muerte trágica. 

- Tenía pendiente, algún día, conseguir algo, destruir algo. Fue ahí donde intervino el acero; fue el acero el que me proporcionó la pista que necesitaba. 







- Igual que los músculos van aumentando su parecido con el acero, así también el mundo nos va dando forma poco a poco; y aunque ni el acero ni el mundo pueden llegar a poseer un sentido de su propia existencia, una infundada analogía nos hace alimentar, involuntariamente la ilusión de que ambos poseen dicho sentimiento. 

- Por mucho que el filósofo, en la soledad de su cuarto, medite sobre la idea de la muerte, seguirá siendo incapaz, mientras esté disociado del coraje físico que constituye el requisito previo para la conciencia, de empezar siguiera a comprenderla. Debo dejar claro que estoy hablando de coraje “físico”; aquí no entro para nada en la “conciencia del intelectual” o en el “coraje intelectual”. 

- Los músculos que yo había formado, que existían, podían dar carta blanca a la imaginación de otros, pero ya no admitían que la mía propia los fuera royendo. 

- La victoria, en lo que respecta a la mente, proviene del equilibrio conseguido ante la siempre inminente destrucción. 

- Es como intentar saber de qué manera experimenta la existencia el nativo de otro país;  en tal caso, lo único que se puede hacer es explicar conceptos inclusivos, abstractos, tales como género humano, humanidad universal, etcétera, y hacer deducciones en función de estos criterios hipotéticos. 

- En una época, yo había sido la clase de muchacho que se asoma a la ventana esperando día tras día que le sucedieran toda clase de cosas inesperadas. Aun cuando podía ser incapaz de cambiar el mundo, no podía menos de esperar que el mundo cambiara por sí solo. Para un chico de estas características, con todas las ansiedades inherentes, la transformación del mundo era una necesidad prioritaria; era algo que me nutría diariamente; algo sin lo cual no habría sabido vivir. La idea de cambiar el mundo era tan necesaria para mí como dormir y hacer tres comidas al día. Era el útero que alimentaba mi imaginación. 

- No hay momento más deslumbrante que aquel en que nuestras fantasías acerca de la muerte y el peligro y la destrucción del mundo se transforman en deber. 

- Del mismo modo que el mejor disfraz para hacer invisibles las palabras es el músculo, así el mejor disfraz para hacer invisible el cuerpo es el uniforme. Sin embargo, el uniforme militar está concebido de tal manera que nunca sienta bien a un cuerpo escuálido  o barrigudo. 


- Dos diferentes voces nos llaman continuamente. Una viene de dentro, la otra de fuera. La que llama desde fuera es el deber cotidiano. Si la parte de la mente que responde al deber se correspondiera exactamente con la voz interior, entonces uno alcanzara la felicidad suprema.


El eclipse de Yukio Mishima

EL ECLIPSE DE YUKIO MISHIMA, Shintaro Ishihara
Narrativas Gallo Nero


“Con la perspectiva que me ofrece mi experiencia en este mundo, te digo que si quieres ser excelente en el deporte, tienes que serlo también en el arte. Si eres un deportista que escribe una novela sin ningún valor, eso significa que profanas el deporte, la literatura y a ti mismo”. (Mishima)

Mishima firmó grandes obras, fue un escritor fascinante, un hombre fuerte y débil a un mismo tiempo, plagado de contradicciones. 

A grandes rasgos se puede afirmar que Mishima tenía una fuerte conciencia de sí mismo y se creía superior a los demás. ¿Cuándo empezó a sentirse una especie de elegido? ¿Cuándo nació en él esa conciencia? Es ese proceso el que llama poderosamente mi atención.

Nadie lo dudaba. No que fuera un elegido, sino que eso era lo que pensaba de sí mismo. De haber sido otro, no solo habría resultado ridículo sino peligroso, pero él no toleraba que nadie se atreviera a pensar semejante cosa y por mucho que algunos se exasperasen, nadie le llevaba la contraria.

Solo un soberano tiene derecho a proclamar ante los demás su carácter absoluto. Si un artista hace lo mismo, solo provocará una reacción: el aislamiento. Si uno se pone a pontificar sobre cuestiones tan grandes como la nación o la cultura, los demás, especialmente los compañeros de profesión, no tendrán más remedio que protestar porque al hacerlo, uno se aleja del verdadero arte.

Mishima terminó por perder su lugar en el mundo y fue incapaz de encontrar uno nuevo. No le quedó más remedio entonces que reunir por sus propios medios a un grupo de inocentes aduladores que se emocionaban con sus palabras, con sus ideas y con la aparente seguridad y orden que simbolizaban los uniformes de la Sociedad del Escudo.

Nadie niega su talento, su brillantez, sus intuiciones acertadas sobre el futuro del país, pero de ahí a considerarle un genio o un líder hay un gran trecho y dependerá siempre de valoraciones subjetivas. Por mucho que sus predicciones y temores sobre la realidad japonesa terminaran por hacerse realidad, eso no le convirtió en absoluto en alguien infalible. 

Quizá sea una forma extraña de plantearlo, pero últimamente he ojeado un álbum de fotos suyas publicado por Shinchosha, y me ha dado por pensar que los verdaderos genios nunca tienen cara de ello, como sí pretenden mostrar las fotos de Mishima. Arthur Rimbaud, por ejemplo, Raymond Radiguet, Évariste Galois o Wolfgang Amadeus Mozart, tienen una expresión en las fotos o en los retratos más normal de lo que cabría esperar para personajes de su talla, y uno no se cansa de mirarles. Algo muy distinto sucede con el álbum de fotos de Mishima. Después de verlo y volver a verlo, me sentía agotado, saturado. Las fotos del Mishima joven son excepcionales por su naturalidad, pero desde que irrumpe en el mundo literario, su fama crece y se hace un nombre, sus fotos empiezan a rezumar una exagerada conciencia de sí mismo, un ego desmedido. Si se trata de gestos no intencionados o del resultado del brillo de la gloria, dependerá del juicio de cada cual, pero a mi me dejan exhausto.

Mishima ni siquiera pasaba por alto la intrascendencia de de una simple foto. Me aconsejó, sin que yo se lo pidiera, cómo actuar en el mundo literario, cómo y por qué decidir el formato de las sesiones fotográficas para las revistas a las que asistía. Para él, los redactores de los periódicos y de las revistas eran aspirantes frustrados a escritor, y al no haberlo logrado padecían un complejo de inferioridad respecto a los verdaderos autores. Por eso, si se dejaba la elección de una foto en sus manos, siempre elegirían la peor. Sus carcajadas al decírmelo no escondían que creía de verdad en lo que decía. 

La foto del martirio de San Sebastián reflejó al verdadero Mishima, su estética perversa. 

Puede ser una consecuencia lógica que una persona convencida de su talento termine por caer en el narcisismo. Mishima tuvo conciencia de ese talento desde muy temprano, pero estoy seguro de que no se embriagó de sí mismo hasta estar convencido de que al fin había logrado tener el cuerpo que tanto ansiaba. 

Mishima era un zorro viejo, y cuando alguien le pillaba en un renuncio sabía cómo arreglárselas para salirse con la suya.

Rintaro Hinuma, miembro del movimiento agrupado en torno a la revista Hihyo, le dijo a Mishima después de leer El sol y el acero: “si has escrito semejante cosa, no te queda más remedio que suicidarte. Cada vez que se lo encontraba, le preguntaba: “¿todavía no estás muerto?”

Tengo la impresión de que las personas ajenas a la creación literaria tienen una visión objetiva sobre las obras y son capaces de analizarlas con mayor exactitud. 

Sin embargo, Mishima hizo causa de su virilidad, confundió lo privado con lo público, lo interesante con lo superfluo, y el porqué de todo eso constituye un verdadero misterio. No supo mantener la distancia con algo que pertenecía a su estricta intimidad e introdujo en su obra una parte de su experiencia vital que no aportaba nada a la creación literaria. Por eso, como ya he afirmado al comienzo de este libro, la mayor desgracia de sus lectores contemporáneos fue la de tener que lidiar con su poderosa sombra.

La homosexualidad era una de sus ficciones o , en palabras de Shichiro Fukazawa, una ficción resultado de una pulsión irracional.

El culturismo podía ser un recurso eficaz para complementar otro deporte, pero de ningún modo se podía considerar un deporte en sí mismo. Todos los expertos o profesionales así lo reconocen. El cuerpo que se consigue mediante el culturismo es de una categoría inferior al que se obtiene con disciplinas que exigen funciones y destrezas variadas. El cuerpo de los culturistas es para ser admirado, nada más. Si ese es el objetivo, convertirse en objeto de admiración, y nada más, en ese caso es eficaz.

El culturismo no consiste para mí más que en ejercicios aburridos y repetitivos. No tiene ninguna de esas virtudes. Si uno aguanta las repeticiones, obtiene un beneficio rápido, como si comparara acciones seguras en bolsa. Hay personas como Mishima que sienten la necesidad de hacerlo, se alegran y agradecen la rutina que les impone, pero hay otros a los que eso no les satisface en absoluto. Sea como sea, no hay regla general. Cada cual es un mundo, y para continuar con el símil de las acciones en bolsa diré que son diferencias como las de las acciones con cotización oficial y las acciones de cotización no oficial.

El deporte que requiere talento físico, de ningún modo conduce a la soledad, sino que obliga a gestionar una relación compleja con otra gente en un plano físico y psíquico. Todo eso no tiene nada que ver con la embriaguez que sienten los culturistas que superan la tiranía de la repetición. A ellos, el talento no les sirve de nada. Por eso, para los verdaderos deportivas el de los culturistas es un mundo espantoso.

La hipocresía que Mishima cometió consigo mismo fue que se regaló un cuerpo falso y trató de convencerse de que no lo era.

Creo recordar que cuando Mishima empezó a muscular al fin a los ojos de los demás, me sacaron unas fotos en mi velero para una revista en las que se me veía desnudo de cintura para arriba. Era pleno invierto, el mar estaba en calma y para disfrutar del espléndido sol de aquel día, me quité el jersey que llevaba puesto. Me sacaron la foto desde otro barco con un vaso en la mano. El fotógrafo era Eikou Hosoe, autor de una famosa sesión de Mishima titulada El castigo de las rosas.
Al día siguiente de publicarse, Mishima me llamó. Reproduzco a continuación la conversación que tuvo lugar entre nosotros:

- He visto tus fotos -parecía divertido, pues soltó una de sus habituales carcajadas-. Estás acabado. He sentido lástima por ti. ¿Qué querías, que todo el mundo viera tu tripa? Me dan ganas de llorar.
- ¡Ah, esa foto! No me parece tan horrible, la verdad.
- Si ni si quiera tú te das cuenta, aún peor. ¿Por qué no entrenas un poco?

Hay una anécdota que explica cómo Mishima entendía su cuerpo. Me la contó H., un conocido editor. Un día fue a recoger un manuscrito a casa de Mishima. Había terminado de trabajar y se lo encontró tendido al sol boca arriba, desnudo. Mishima no cambiaba de postura en ningún momento. H. le preguntó por qué no se daba la vuelta para broncearse también por la espalda. “No tomo el sol en la espalda porque no se ve”, le dijo. Pero aunque se trate de una escultura, ¿acaso no se admira el conjunto por todos sus lados, no solo por el frente?

Mishima me contaba divertido sobre su experiencia en el cine, que para habituarse a ese mundo bromeaba con los técnicos, con los carpinteros y tramoyistas y de vez en cuando les daba una gratificación. Sin embargo, también ellos eran profesionales y comprendían lo que sucedía. No podían entrar en su juego y le observaban sin decir nada. Al final, el ambiente terminó por contagiarle. No sé si fue por la dedicación que Mishima ponía en el trabajo o por su enorme sentido de la responsabilidad, pero terminó por caerse de verdad durante la grabación de esa escena. No hizo falta comprobar si era válida o no. No fue una interpretación. Se hirió gravemente y tuvieron que ingresarle en el hospital con una profunda brecha en la frente. Él, que había renunciado al boxeo después de dos combates preocupado por los golpes que le aturdían, terminó por golpearse contra una escalera metálica más dura y peligrosa que cualquier puñetazo. 

La vida de Mishima fue una actuación de principio a fin.

Estoy seguro de que la causa última de aquel extraño suicidio suyo fue su exceso de ego. Alguien que decide acortar su existencia, sea quien sea, no lo hace sin la conciencia de la extrema gravedad de su acto. Visto de ese modo, el suicidio de Mishima fue inevitable. 

La leyenda de su homosexualidad terminó con su primer libro.

De no haber practicado culturismo, kendo, ni otras cosas, nunca habría escrito una obra de teatro sobre Hitler, ni hubiera hablado de política o de nación. 

Aquella era una época en la que incluso los candidatos del Partido Comunista de Japón visitaban en Año Nuevo el santuario de Ise, acompañados de jóvenes comunistas. Mishima proponía un régimen imperial absolutista y la protección a ultranza de la cultura que simbolizaba. Para lograrlo no veía otro camino que el golpe de Estado. Aunque hubiera tenido éxito en su aventura, para el Emperador no habría sido en realidad nada más que una molestia. 

“Proteger la libertad es una cuestión secundaria. No es prioritario para los seres humanos. Si me preguntan si moriría para defender la democracia, diría que no, en absoluto.” (Mishima)

Reprochaba y despreciaba a las personas que no tenían un cuerpo cuidado, si les llamaba afeminados, estaba seguro de que los que sí lo deseaban pero no podían lograrlo por las razones que fueran, se inquietarían movidos por la envidia. Pero él, precisamente, era el menos indicado para drogarse el derecho a despreciar a nadie. 

Mishima empezó a repetir de manera obsesiva que no quería verse a sí mismo con cincuenta años. Quizá sea una declaración que se presta a un análisis psicoanalítico, pero el caso es que vino a sumarse al presentimiento de su muerte prematura que ya abrigaba desde que era un niño precoz. No obstante, me parece conveniente señalar que si una de las causas del suicidio de Mishima fue el miedo a la caducidad de su cuerpo, la razón de fondo era que ese cuerpo no era funcional o, más bien, que había pasado por alto la importancia de darle una función.

Ya fuera béisbol, boxeo o corridas de toros, ejemplos de los que Mishima se servía para evidenciar la existencia del enemigo, no hay jugador que golpee con el bate, luchador que propine un puñetazo o torero que agite el capote, que tenga plena conciencia de lo que hace, que piense en el detalle concreto de lo que tiene enfrente. No se puede devolver una pelota si uno piensa que se le acerca a ciento cincuenta kilómetros por hora; no se puede evitar un puñetazo si se piensa que el oponente es más fuerte, ni se puede torear a un animal de la envergadura de un toro, si uno piensa que le va a empotran a la primera de cambio. 

Mishima dijo que llegaríamos a entenderle del todo gracias a la obra “El sol y el acero”. Me pregunto si fue una afirmación a modo de testamento. De ser así, resulta exagerada. 

Fueran cuales fueran las consecuencias, Mishima escribió su libro justo antes de suicidarse, pero ambas cosas no se pueden relacionar. “El sol y el acero” puede contener insinuaciones sobre su muerte, pero deberíamos evitar sus trampas y leerla como habríamos hecho si aun siguiera vivo.

“El sol y el acero” es un estorbo y por mucho que parezca una coartada, en realidad es una prueba irrefutable de un delito. Para ocultar numerosas contradicciones, falsedades y disgregaciones, Mishima entró en asuntos como la política, la nación, la cultura y hasta el Emperador. Todo para decorarse. 

No podía imaginar lo que iba a decir. Lo que expuso a continuación fue un plan detallado para un golpe de Estado que correría a cargo de las Fuerzas Armadas de Autodefensa. Una división del Ejército de Tierra podría dirigirse a no sé dónde, algunos tanques emplazarse en tal lugar, la Armada protegería los puertos y la aviación se encargaría de llevar a cabo vuelos rasantes sobre el cielo de las ciudades para crear una sensación de amenaza. El parlamento se disolvería, Sato asumiría el cargo de Comandante en Jefe del Ejército Revolucionario, cambiaría la Constitución y redefiniría las funciones del Emperador. Mencionó otras cuestiones importantes para él, los objetivos que se alcanzarían al controlar determinadas cosas y al final detalló un plan para futuro inmediato de Japón.

Me doy cuenta de que siempre nos divirtieron sus extravagancias e imagino que también disfrutaba. Con el paso del tiempo, en cambio, me doy cuenta de lo irresponsables que fuimos. No quisimos llegar hasta el fondo de él para comprender hasta qué punto iba en serio. Nadie le ofreció un salvavidas ni le preparó una red que le salvara en su caída mortal. De todos modos, si alguien se hubiera tomado la molestia de hacerlo, le habría rechazado de plano. ¿Cómo pretendía participar en política vestido con aquel uniforme deslumbrante? Cuanto más leo sus textos, menos le entiendo.

Todos sus argumentos no eran sino conexiones entre opuestos que habitaban en el interior del excelente escritor que era: Oriente y Occidente, idea y emoción, clasicismo y futuro. Como dijo Oswald Spengler, al superar ese tipo de oposiciones y disgregaciones, se insinuaba una inevitable dialéctica histórica consecuencia del roce entre culturas distintas. En ese sentido, lamento profundamente no tener cerca a una persona como Mishima en esta época para poder discutir con él sobre lo que nos ocurre.

Imagino que siempre temió que pudiera convertirse en un viejo escritor homosexual como el de El color prohibido, en un extraterrestre como el de su relato El planeta hermoso

“Casi no puedo decir “he vivido”. Es como si me hubiera pasado el tiempo tapándome la nariz. No tengo esperanza en el futuro de nuestro país. Cada día siento con más fuerza que de seguir así, Japón desaparecerá. En su lugar quedará un país irreconocible perdido en un rincón de Extremo Oriente, sin vitalidad, vacío, neutral, de color tenue, acomodado, astuto solo cuando se trate de defender sus intereses. Ni siquiera soy capaz de hablar a estas alturas con gente que se desentiende de lo que ocurre a nuestro alrededor.” (Mishima, “Mis veinticinco años”)


“Alguien incapaz de convertirse en un fanático no vale.” (Mishima)

Me pregunto si sabrá, allá donde esté, que una de las razones de nuestro irremediable aburrimiento en nuestra prosperidad es su ausencia. 


El materialismo cobra cada vez más importancia, pone en primer plano el cuerpo, los sonidos de la música. ¿Sabías que existía una cosa que se llama la “música concreta”? A mí me gusta la música electrónica, pero no deja de ser algo muy materialista. Ni siquiera son sonidos que tengan un sentido concreto o un significado. En esa música solo existen los producidos por máquinas. Puede que al arte le pase lo mismo y empiece a adoptar esa misma tendencia. No obstante, la esencia de una obra de arte no creo que haya cambiado. (Mishima)

Los seres humanos no podemos vivir sin creer en algún valor. Para eso sería  mejor morir cuanto antes. (Mishima)

Debemos convencernos de que los seres humanos perduran. De eso trata la literatura. No es una cuestión mediocre. (Mishima)

He tenido un hijo. No sé lo que te parecerá a ti, pero esta época en la que vivimos me resulta especialmente aburrida. Un tiempo verdaderamente aburrido. (Mishima)

Desde que escribí Confesiones de una máscara, no se me va la idea de la cabeza de que la novela es como la cocina de la vida. Por mucho que parezca estética, es acción; la acción de un escritor, su interpretación del mundo. Como la vida misma, vamos. La pura objetividad es inalcanzable. (Mishima)

Cuando escribo algo e intento alejarme de los márgenes del purismo, enseguida me critican. (Mishima)

Los japoneses carecemos de metodología, pero tenemos un apego inconsciente por lo novedoso. Como tendemos al formalismo, reproducimos esa novedad, la adaptamos y la llevamos a un grado de perfección. (Mishima)

El teatro occidental buscó la originalidad y eso significó su fin. (Mishima)

Proteger la libertad es una cuestión secundaria. No es prioritario para los seres humanos. Si me preguntan si moriría para defender la democracia, diría que no, en absoluto. (Mishima)

El único camino que conduce a la libertad es la aceptación del destino. (Mishima)

Los seres humanos siempre intentamos trascender nuestros límites. En eso hay cierta insolencia que nos conduce hasta la democracia. Tenemos que destruir eso. (Mishima)

Luchar contra el destino implica un destino. Un destino de rebeldía. (Mishima)

El régimen imperial me parece el fundamento que garantiza la totalidad del sistema cultural de nuestro país. Es decir, sin el régimen imperial como eje central de nuestra cultura, no sabemos hacia qué lado nos moveríamos. Es una especificidad nuestra que sobrevive desde la antigüedad. Lo que se desplazaba hacia la derecha o hacia la izquierda tradicionalmente, terminaba siempre por volver al centro equilibrado por la figura del Emperador. La nefasta influencia,  por ejemplo, que supuso el contagio con Occidente trajo consigo, sin ir más lejos, la desaparición del erotismo en la cultura japonesa. Más tarde reapareció un erotismo endeble, prestado, que nada tenía que ver con nuestra tradición. Era en realidad una forma de hedonismo, ese concepto de disfrutar de un momento. (Mishima)

No creo que la democracia al estilo de los Estados Unidos resucitara nuestra cultura. Solo una parte. Por razones así no me gusta la política. (Mishima)

Mi idea es que debemos garantizar la permanencia de un principio que sostenga nuestra identidad cultural. Por algo así, yo entregaría mi vida. De todos modos, una garantía así no la ofrece la política. (Mishima)

El hombre no es un animal, sino un principio. Si dices hombre, todo el mundo piensa en un animal. Para las mujeres, por ejemplo, los hombres somos un pene. Más grande o más pequeño dependerá de su punto de vista. Sin embargo, el hombre es un principio total. Las mujeres no. Las mujeres no son más que una existencia. Los hombres tenemos que proteger a menudo nuestros principios… si se trata de uno mismo, no hay que sufrir para proteger ningún principio. En ese caso, es mejor no decir nada, no pelear, no actuar aunque te escupan en plena calle o te humillen. Es mas fácil esconderse en casa. Pero si un hombre lo es de verdad, es porque debe proteger el principio que representa. (Mishima)

Hemos ofrecido buenos alimentos a la izquierda. Les hemos servido platos cocinados por nosotros y se los han comido. Son cuervos que se han colado por las ventanas abiertas y han acabado con las sobras. Primero se comieron el nacionalismo, después el anticapitalismo, tercero las acciones contra el sistema. Ya es un problema que nos hayan arrebatado esas tres cosas. El cuarto plato aún no nos lo han quitado. Se trata del régimen imperial. Se lo han comido todo atraídos pos su sabor. (Mishima)