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Conclusiones sobre Franco y la Guerra Civil Española - Stanley G. Payne - Jesús Palacios

    

     Cuando por fin dio comienzo la "Ofensiva de la Victoria" sobre el frente de Madrid, el 27 de marzo de 1939, la resistencia se desvaneció, y el 1 de abril el Generalísimo, aquejado de una fuerte gripe, anunció que la Guerra Civil había concluido. ¿En qué medida contribuyó Franco a la victoria nacional? Sus críticos y los republicanos han venido insistiendo machaconamente en que la guerra la ganaron los alemanes y los italianos. Tal interpretación ha sido la contrapartida izquierdista a la idée fixe de la derecha: la Guerra Civil fue el resultado de una conspiración comunista, y sus principales responsables fueron los soviéticos. Ninguna de las dos versiones  -aunque útiles- responde totalmente a la realidad. Es cierto que la izquierda acabó dependiendo de los soviéticos, y puede que los nacionales no hubieran ganado sin la ayuda extranjera, pero fueron las propias tropas nacionales las que cargaron con el mayor peso de la guerra. Y la observación de Queipo de Llano de que con un comandante en jefe distinto los nacionales habrían perdido la guerra es probablemente cierta. Franco no fue un genio de la estrategia ni de la operatividad militar, y sus iniciativas a veces fueron demasiado lentas y simplistas, pero era un general metódico, organizado y efectivo. Se dice que los aficionados se entregan a la estrategia, mientras que los profesionales se ocupan de la logística, y Franco, como profesional, conocía la logística. Cada operación que llevaba a cabo estaba bien preparada y ningún ataque acabó en retirada. Franco se dio cuenta de que sus tropas estaban mejor equipadas en todos los sentidos. No fue solo una cuestión de mando militar, sino de mantener una eficaz administración civil y un frente interno que subiera la moral, movilizara a la población y fomentara unos niveles de producción económica superiores a los del otro bando, cuya economía fue hundiéndose progresivamente por los estragos de la revolución. Y no menos importante fue su actividad diplomática durante la guerra, que le garantizó la neutralidad de Gran Bretaña, que Francia solo prestara un apoyo limitado a la República y que contara con el refuerzo prácticamente ininterrumpido de los abastecimientos de Italia y Alemania.


        Alrededor de un tercio de los buques de guerra de la armada española se unieron a los nacionales, pero los oficiales que los mandaron fueron más efectivos. En 1937 se hicieron con el control de la costa norte, y luego del Mediterráneo, tras una ofensiva durante la segunda mitad de la guerra. La revolución había aniquilado a la mayor parte de los oficiales de la flota republicana, dejando a los buques sin mandos profesionales, lo que obligó a una estrategia defensiva cada vez más pasiva bajo la supervisión de los asesores soviéticos. Y pese a tener menos barcos, la armada de los nacionales atacó con determinación y firmeza a la republicana, de modo que el 2 de septiembre de 1937 consiguió bloquear la vía de abastecimiento de combustible soviética por el Mediterráneo.


    En el espacio aéreo, el bando nacional apenas si pudo disponer inicialmente de la cuarta parte de la obsoleta fuerza aérea española, pero con la ayuda inmediata de alemanes e italianos consiguió tener algunos recursos más. Sin embargo, el envío desde la Unión Soviética de un considerable número de pilotos y aviones modernos en el otoño de 1936 hizo que los republicanos pasaran a ser la fuerza dominante durante varios meses, algo que se equilibró con los nuevos envíos de aviones italianos y, sobre todo, con la Legión Cóndor alemana. Desde mediados de 1937, Franco fue haciéndose paulatinamente con el control aéreo hasta el final de la guerra. El bando nacional llegó a disponer de más de 1.600 aviones de toda clase, y los republicanos, de un centenar menos. A partir de 1937, algunos de los aviones alemanes eran de los más modernos que se fabricaban entonces en aquel país, y los aviadores españoles, italianos y alemanes eran mejores pilotos que los soviéticos, españoles y otros del bando republicano.


    La fuerza aérea nacional fue más efectiva en las operaciones de bombardeo y en la cobertura aire-tierra, donde la Legión Cóndor demostró su habilidad y competencia. A pesar de la resonancia de Guernica y del énfasis que puso la propaganda republicana en el bombardeo de las ciudades, lo cierto es que hubo muy pocos bombardeos de terror importantes por cada lado. Los ataques indiscriminados sobre las ciudades fueron de baja escala y hubo más por el lado republicano. El bombardeo estratégico como el que luego se vio en la Segunda  Guerra Mundial nunca fue utilizado por ninguno de los dos bandos, entre otras razones porque no dispusieron de bombarderos pesados. El más destructivo no fue sobre Guernica, sino sobre Barcelona, que fue bombardeada durante tres días en marzo de 1938 por orden expresa de Mussolini. Los aviones italianos con base en Mallorca mataron a casi un millar de personas, casi todas civiles. Aquella fue la única vez que Mussolini intervino personalmente en la dirección de las operaciones. Franco no fue informado inicialmente, y después se sintió disgustado porque Pío XI trasladó su protesta al bando nacional, en lugar de dirigirla al dictador italiano. Pero Franco tuvo que refrenar su disgusto e incomodidad por la dependencia de la ayuda italiana. En términos generales, y con la excepción de varias incursiones aéreas sobre Madrid en noviembre de 1936, la política de bombardeos de Franco se limitó a objetivos militares y de abastecimientos, y fue muchísimo más selectiva que la de los británicos y los estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial.


    Hubo diversos factores que contribuyeron a la victoria de Franco y a la derrota de los republicanos. Los más importantes fueron los siguientes:


1. La política irresponsable del gobierno de Azaña/Casares Quiroga durante las semanas previas al conflicto, que despreciaron a la oposición sin valorar las graves consecuencias que tendría un conflicto armado, y mantuvieron una política de hostigamiento y provocación que incitó a la oposición a rebelarse.


2. La superior cohesión del bando nacional durante la guerra.


3. El liderazgo de Franco, que mostró una gran iniciativa durante los difíciles primeros meses de la contienda, y luego supo imponer y mantener una fuerte unidad que eliminó los conflictos políticos, concentrando los recursos en el esfuerzo de la guerra. Y además, su acción diplomática para obtener el apoyo de Hitler y Mussolini, manteniendo unas relaciones adecuadas con las democracias occidentales.


4. Una mayor asistencia militar a los nacionales desde el exterior, al menos durante los dos últimos años de la guerra. Y un uso mucho más eficaz que el de los republicanos de la ayuda soviética. Además, los nacionales incrementaron sus recursos con las armas y los prisioneros capturados a los republicanos, por lo que en la última fase de la guerra, al menos una cuarta parte de sus armas habían sido arrebatadas al enemigo.


5. Una eficiente movilización social y económica de la población y de los recursos de la zona nacional, utilizados de manera más efectiva que en la zona republicana.


6. La importante desunión de los republicanos, que impidió una plena movilización y concentración de sus fuerzas, lo que para Negrín y otros líderes fue su principal debilidad. Ello implicó numerosas divisiones internas: desde la desunión de los socialistas a la disidencia de los anarquistas y los nacionalistas vascos y catalanes, e incluso las políticas sectarias de los comunistas.


7. Las consecuencias destructivas de la revolución violenta en la zona republicana, que dividió a la izquierda y perjudicó gravemente la movilización e indispuso, en un principio, a la opinión pública de las democracias occidentales, al tiempo que se for talecía la resistencia de los nacionales. Quizá el aspecto más contraproducente fue iniciar una persecución contra la religión, que cristalizó en el apoyo total y constante de la Iglesia a los nacionales, elemento determinante en el mantenimiento de la moral y el compromiso.


    El conflicto español fue único, desde el punto de vista militar, entre todas las guerras civiles europeas de la primera mitad del siglo XX. Proporcionalmente, fue el que movilizó más efectivos y el más avanzado en operaciones y armamento, aunque ambos bandos emplearon una enorme variedad de armas importadas. En su transcurso, los soviéticos, alemanes e italianos introdujeron en España su armamento más moderno, como los aviones soviéticos y alemanes, los tanques soviéticos y las baterías antiaéreas alemanas. Hasta cierto punto, las tres potencias utilizaron la guerra como un campo de pruebas para armas y tácticas, aunque esa no fuera la razón principal de su intervención. La nueva táctica más importante fue el empleo de las armas combinadas: el intento de coordinar la infantería y la artillería, los tanques y, sobre todo, el apoyo aire-tierra, incluido el bombardeo en picado de los alemanes. Dicho empleo táctico se convertiría en una nueva doctrina en las fuerzas soviéticas y alemanas, pero en la Guerra Civil española solo pudieron aplicarse de manera muy elemental. No obstante, el uso táctico de las armas combinadas se desarrolló con una mayor eficacia entre los nacionales y tuvo un destacado papel en todas las grandes ofensivas del bando nacional a partir de la primavera de 1937. Los pilotos españoles del bando nacional crearon innovaciones propias, como el ametrallamiento de las posiciones enemigas "en cadena", una sucesión de pasadas de los cazas atacando el objetivo una y otra vez. 


    De todos modos, el uso táctico de las armas combinadas se desarrollaría completamente en la Segunda Guerra Mundial y no en la guerra española. Por ello la afirmación de que los alemanes probaron en España la Blitzkrieg es una exageración y forma parte de la fantasía, ya que ni la doctrina ni las armas estaban suficientemente desarrolladas entre 1936-1938. Los tanques alemanes que se enviaron a España eran pequeños y con escaso armamento, nada que ver con los grandes y potentes vehículos de la Unión Soviética. Además, la mayor parte de la guerra en España se desarrolló en un terreno escarpado y montañoso, muy diferente a los campos y las carreteras de Polonia, Francia o la Unión Soviética, donde las operaciones con tanques fueron mucho más abiertas. Los soviéticos en raras ocasiones hicieron un uso eficaz de sus blindados, mientras que los pequeños tanques alemanes e ita lianos se utilizaron de un modo bastante limitado.


    Hacia el final de la guerra, los mejores tanques del bando nacional fueron los 80 blindados soviéticos capturados a los republicanos, con los que se crearon dos pequeñas unidades de carros en el ejército nacional. Este fue uno de los muchos ejemplos del uso que hicieron los nacionales del armamento arrebatado al enemigo, indicativo de la su perioridad de sus armas en 1938. Lo mismo sucedió con los cazas soviéticos Polykarpov, fabricados en la zona republicana. Los que fueron capturados y reparados por el bando nacional volarían en la fuerza aérea de Franco durante casi quince años, y los blindados soviéticos formarían parte de sus brigadas de carros durante casi dos décadas, aunque se fueran quedando bastante obsoletos.


    En su aspecto militar, la Guerra Civil no fue un conflicto típico ni de la Primera ni de la Segunda Guerra Mundial, pero supuso una transición entre ambas, combinando elementos de una y de otra. Gran parte del armamento procedía de la Primera Guerra Mundial, pero su utilización, al igual que la aparición de los últimos modelos de artillería y de la aviación, fue un anticipo de la Segunda Guerra Mundial.


    Desde el inicio de la guerra, los republicanos afirmaron que la suya era una lucha contra el fascismo en un combate amplio que conduciría a una guerra mayor. Poco después, cuando Alemania y la Unión Sovié tica invadieron Polonia, declararon que el conflicto español había sido la «primera batalla» o «preludio» de la «primera ronda» de una guerra europea.  Pero el problema de este enfoque está en que los contendiendientes de la  guerra española entre 1936 y 1939 no fueron los mismos que los de la guerra europea de 1939-1940. La guerra española fue una clara lucha revolucionaria/contrarrevolucionaria entre la derecha y la izquierda, con las potencias fascistas apoyando a la derecha, y el poder totalitario soviético, a la izquierda. La guerra europea solo se inició tras el pacto de no agresión nazi-soviético de la entente pan-totalitaria. Todo lo contrario del conflicto español.


    Y fue solo posteriormente, después de que Hitler se volviera contra Stalin e invadiera la Unión Soviética, cuando el bando de los aliados empezó a parecerse a la alianza antifascista en España, y aún así, con notables diferencias. La «grand alliance» contra Hitler de 1941-1945 no fue un Frente Popular izquierdista, sino una amplia coalición internacional que iba desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha. El conservador y radical anticomunista británico Winston Churchill sería uno de los grandes líderes de la causa aliada, y siempre reconoció que si hubiera sido ciudadano español habría apoyado a Franco.


    Sin embargo, también hay que aceptar que la guerra de España desempeñó un importante papel en el desarrollo de las relaciones de poder europeas durante los últimos años de la década de los treinta. Fue un catalizador -aunque no el único- para la formación del eje Roma-Berlín en octubre de 1936, y su resultado representó, entre otras cosas, una victoria de la política exterior del Eje. La guerra de España no fue el principio de la Segunda Guerra Mundial, pero sí la más larga de la serie de crisis del periodo 1935-1938, en las las potencias que fascistas actuaron agresivamente y las democracias occidentales lo hicieron con pasividad, aunque los objetivos y las características fueran diferentes en cada caso. La política de Hitler de utilizar y desear que el conflicto español se prolongara después de 1936, para desviar la atención de su rearme y expansión en Europa central, tuvo éxito. Calculó correctamente que la guerra dividiría aún más a Francia internamente, y desviaría su atención sobre la política de rearme de Alemania, que como consecuencia del Tratado de Versalles aún no había alcanzado su nivel de paridad. En contraposición, la intervención soviética en España fue contraproducente para la URSS, que en abril de 1939 quedó más aislada de lo que estaba en julio de 1936.


    El estallido de la guerra europea no dependió del conflicto español, y habría tenido lugar aunque este no se hubiera producido. Incluso si la Guerra Civil se hubiera prolongado hasta el otoño de 1939, es dudoso que esto hubiera detenido la invasión alemana de Polonia. Como es más que improbable que el gobierno francés, cuya estrategia entonces era estrictamente defensiva, hubiera acudido en auxilio de la República de una manera significativa. Sin embargo, sin las complicaciones derivadas del conflicto en España, las democracias occidentales podrían haber tomado una posición de mayor firmeza frente a Hitler en otros asuntos, y es posible que Mussolini hubiera retrasado e incluso evitado un acuerdo con el Führer, pese a que lo lógico era que ambos dictadores se uniesen, dada su identidad ideológica. Sin las ventajas que proporcionaron a Hitler estos hechos, quizá no habría sido capaz de moverse tan rápido como lo hizo en 1938. 


     La Guerra Civil fue la experiencia más destructiva de la historia moderna de España, solo comparable con la invasión napoleónica de 1808. Dio lugar a una gran pérdida de vidas humanas, mucho sufrimiento, el desequilibrio en la sociedad y la economía, la distorsión y la represión en los asuntos culturales, y la mutilación del desarrollo político del país. Es imposible citar estadísticas precisas, pero el coste en muertes militares no fue tan grande, comparativamente hablando, como el de la primera guerra carlista de la década de 1830 o la guerra civil americana. Fue una guerra de baja intensidad con batallas de alta intensidad, y los combatientes muertos en ambos bandos fueron aproximadamente 150.000, y puede que menos, a las que añadir los cerca de 25.000 muertos extranjeros que participaron en la contienda. 


    El número de víctimas de la represión política en cada bando pudo ser similar, la cifra exacta seguirá siendo motivo de debate. Se produjeron alrededor de 56.000 ejecuciones por parte de los republicanos y un número algo mayor por parte de los nacionales. Además, hubo entre los dos bandos unos 12.000 civiles muertos, victimas de acciones militares (la mayor parte en la zona republicana), a las que deben añadirse las miles de muertes por estrés, enfermedades o malnutrición. 


    El total de víctimas por la violencia supuso aproximadamente el 1,1 por ciento de la población. Y si se suman todas las víctimas civiles con los caídos en los frentes de batalla, el número de muertes a causa de la Guerra Civil ascendería a cerca de 344.000, casi el 1,4 por ciento del total de la población. Y las defunciones como consecuencia de las heridas de guerra, la extrema dureza de la situación social y de las condiciones económicas durante los primeros años de la posguerra pudieron ser entre 200.000 y 300.000. Más de medio millón de personas huyó del país, la mayor parte de la zona republicana en los últimos meses de la guerra, pero la mayoría regresó pronto, por lo que la cifra neta fue de unas 160.000 personas, de las cuales la mayor parte se refugió en el sur de Francia. Es de destacar que comparativamente hubo menos españoles que escogieron el exilio permanente tras la Guerra Civil que americanos, franceses o rusos después de sus respectivas revoluciones. Quizá esto pueda explicarse porque los sectores sociales contrarrevolucionarios con mayores medios fueron los más proclives a emigrar después de la derrota final.


    Las consecuencias demográficas resultaron menores de lo que cabría esperar, retrasándose ligeramente el crecimiento de la población. El censo registrado en 1930 era de 23.564.000 habitantes, y en los años siguientes se produjo el regreso de cientos de miles de emigrantes temporales (que se habían marchado por razones económicas), por lo que pese a las pérdidas de la guerra, el nuevo censo de 1940 registró una población residente de 25.878.000 ciudadanos, que sería confirmado por el censo siguiente, realizado una década después. La tasa de crecimiento de la población fue casi tan alta como durante la década de los años veinte, pero estas cifras generales ocultan el hecho de que muchos habían emigrado durante esa década, mientras que un gran número de ciudadanos regresó en la siguiente. Tampoco parece que hubiera una deterioración general en la alimentación y el bienestar de la población, a pesar de la desnutrición en la zona republicana durante la segunda mitad de la guerra. La altura media de los reclutas en 1940 era de medio centímetro más que en 1935. 


"La victoria en la Guerra Civil (1936-1939)"


Guerra de Liberación - Francisco Franco Bahamonde



Bando declarando el estado de guerra en Canarias

«¡Españoles! 

A cuantos sentís el santo nombre de España, a los que en las filas del Ejército y la Armada habéis hecho profesión de fe en el servicio de la patria, a cuantos jurasteis defenderla de sus enemigos hasta perder la vida, la nación os llama a su defensa. La situación en España es cada día más crítica; la anarquía reina en la mayoría de los campos y pueblos; autoridades de nombramiento gubernativo presiden, cuando no fomentan, las revueltas; a tiro de pistola y ametralladoras se dirimen las diferencias entre los asesinos que alevosa y traidoramente os asesinan, sin que los poderes públicos impongan la paz y la justicia. Huelgas revolucionarias de todo orden paralizan la vida de la población, arruinando y destruyendo sus fuentes de riqueza y creando una situación de hambre que lanzará a la desesperación a los hombres trabajadores. Los monumentos y tesoros artísticos son objeto de los más enconados ataques de las hordas revolucionarias, obedeciendo a la consigna que reciben de las directivas extranjeras, con la complicidad y negligencia de los gobernadores de monterilla.

Los más graves delitos se cometen en las ciudades y en los campos, mientras las fuerzas de orden público permanecen acuarteladas, corroídas por la desesperación que provoca una obediencia ciega a gobernantes que intentan deshonrarles. El Ejército, la Marina y demás institutos armados son blanco de los más soeces y calumniosos ataques, precisamente por parte de aquellos que debían velar por su prestigio, y entre tanto los estados de excepción de alarma sólo sirven para amordazar al pueblo y que España ignore lo que sucede fuera de las puertas de sus villas y ciudades, así como también para encarcelar a los pretendidos adversarios políticos.

La Constitución, por todos suspendida y vulnerada, sufre un eclipse total: ni igualdad ante la ley; ni libertad, aherrojada por la tiranía; ni fraternidad, cuando el odio y el crimen han sustituido el mutuo respeto; ni unidad de la Patria, amenazada por el desgarramiento territorial, más que por regionalismos que los Poderes fomentan; ni integridad ni defensa de nuestra frontera, cuando en el corazón de España se escuchan las emisoras extranjeras anunciar la destrucción y reparto de nuestro suelo. La Magistratura, cuya independencia garantiza la Constitución, sufre igualmente persecuciones y los más duros ataques a su independencia. Pactos electorales hechos a costa de la integridad de la propia Patria, unidos a los asaltos a Gobiernos civiles y cajas fuertes para falsear las actas formaron la máscara de legalidad que nos presidía.

Nada contuvo las apariencias del Gobierno, destitución ilegal del moderador, glorificación de las revoluciones de Asturias y Cataluña, una y otra quebrantadoras de la Constitución, que en nombre del pueblo era el Código fundamental de nuestras instituciones. Al espíritu revolucionario e inconsciente de las masas, engañadas y explotadas por los agentes soviéticos, se ocultan las sangrientas realidades de aquel régimen, que sacrificó para su existencia 25 millones de personas, se unen la molicie y negligencia de autoridades de todas clases que, amparadas en un Poder claudicante, carecen de autoridad y prestigio para imponer el orden en el imperio de la libertad y de la justicia.

¿Es que se puede consentir un día más el vergonzoso espectáculo que estamos dando al mundo? ¿Es que podemos abandonar a España a los enemigos de la Patria, con proceder cobarde y traidor, entregándola sin lucha y sin resistencia? ¡Eso, no! Que lo hagan los traidores, pero no lo haremos quienes juramos defenderla. Justicia, igualdad ante las leyes, ofrecemos. Paz y amor entre los españoles; libertad y fraternidad, exenta de libertinajes y tiranías. Trabajo para todos, justicia social, llevada a cabo sin encono ni violencia y una equitativa y progresiva distribución de riqueza, sin destruir ni poner en peligro la economía española.

Pero, frente a esto, una guerra sin cuartel a los explotadores de la política, a los engaños del obrero honrado, a los extranjeros y a los extranjerizantes, que directa y solapadamente intentan destruir a España. En estos momentos es España entera la que se levanta pidiendo paz, fraternidad y justicia; en todas las regiones el Ejército, la Marina y fuerzas del orden público se lanzan a defender la Patria. La energía en el sostenimiento del orden estará en proporción a la magnitud de la resistencia que se ofrezca.

Nuestro impulso no se determina por la defensa de unos intereses bastardos ni por el deseo de retroceder en el camino de la Historia, porque las instituciones, sea cuales fuesen, deben garantizar un mínimo de convivencia entre los ciudadanos que, no obstante, las ilusiones puestas por tantos españoles se han visto defraudadas pese a toda la transigencia y comprensión de todos los organismos nacionales, con una respuesta anárquica, cuya realidad es imponderable.

Como la pureza de nuestras intenciones nos impide el yugular aquellas conquistas que representan un avance en el mejoramiento político social, el espíritu de odio y venganza no tiene albergue en nuestro pecho; del forzoso naufragio que sufrirán algunos ensayos legislativos, sabremos salvar cuanto sea compatible con la paz interior de España y su anhelada grandeza, haciendo reales en nuestra Patria, por primera vez y en este orden, la trilogía fraternidad, libertad, e igualdad".

Españoles: ¡Viva España! ¡Viva el honrado pueblo español!»
Tetuán, 17 de julio de 1936
Francisco Franco 


Prólogo del general Franco a Guerra en el aire, del comandante Joaquín García Morato

La invasión filosófica del siglo XVII con su racionalismo enciclopédico, había echado sobre nuestra historia el veneno de la duda, y así vivimos su crisis más grave, con nuestros héroes legendarios difamados, nuestros santos y nuestros mártires escarnecidos y nuestra Patria ignominiosamente calumniada. Con los argumentos de la decadencia española nos negaron las virtudes de la raza, mientras con los despojos de nuestras empresas se levantaban otros imperios…

La vía de Dios es el camino de los héroes. Así lo reconoce nuestro heroico aviador cuando dice: Que con los ideales de Dios y Patria firmemente arraigados, todos pueden alcanzar sus éxitos”. Para enfrentarse con la muerte, para elevarse sobre ella, para alcanzar la Gloria y el laurel y dar la vid consciente por la Patria, hay que creer en Dios. Ese es el gran secreto de nuestra historia y el alma de nuestra Cruzada. 

El sentimiento de la Patria y el Deber, es cierto, da hombres valerosos; pero los héroes verdaderos, los conscientes y voluntarios para el sacrificio, surgen en el campo de los creyentes. 

La envidia, torpe mal español, evidentemente no cabe en el corazón de los héroes. 

Discurso de inauguración del Valle de los Caídos

Españoles:

Cuando los actos tienen la fuerza y la emotividad de estos momentos en que nuestras preces ascienden a los cielos impetrando la protección divina para nuestros Caídos, las palabras resultan siempre pobres. 

¿Cómo podría expresar la honda emoción que nos embarga ante la presencia de las madres y las esposas de nuestros Caídos, representadas por esas mujeres ejemplares aquí presentes, que conscientes de lo que la Patria les exigía, colgaron un día las medallas del cuello de sus deudos animándoles para la batalla? ¿Qué inspiración sería precisa para contar las heroicas gestas de nuestros Caídos; para poder reflejar el entusiasmo, segado tantas veces en flor, de los que con los primeros rayos del sol de la mañana caían con la sonrisa en los labios al asaltar las posiciones enemigas; o para encomiar la firme tenacidad de los defensores de los mil pequeños "Alcázares", en que se convirtieron en la Nación las residencias de las pequeñas guarniciones o las casas cuarteles de la Guardia Civil, defendidas hasta el límite de lo inverosímil contra fuerzas superiores, sin esperanza de socorro; o para ensalzar el heroísmo y el entusiasmo derrochados en las cruentas batallas libradas contra las Brigadas Internacionales para hacerlas morder el polvo de la derrota; o para enumerar los sacrificios y los heroísmos de los que en los 2.500 kilómetros de frente mantuvieron la intangibilidad de nuestras líneas; o para narrar la tragedia, no menos meritoria, de los que sucumbieron a los rigores de los durísimos inviernos, o se vieron mutilados al helarse sus extremidades bajo los hielos de Teruel o en las divisorias de las montañas; o para destacar la serenidad estoica de los mártires que frente al fatídico paredón de ejecución morían confesando a Dios y elevándole sus preces; o para exaltar la conducta de tantos sacerdotes martirizados, que bendecían y perdonaban a sus verdugos, como Cristo hizo en el Calvario; o para presentar las virtudes heroicas de tantísimas mujeres piadosas que por sólo serlo, atrajeron las iras y la muerte de las turbas desenfrenadas; o para reflejar la zozobra de los perseguidos, arrancados del reposo de sus hogares en los amaneceres lívidos por cuadrillas de forajidos para ser fusilados; o para poder describir la epopeya sublime de aquella Comunidad de frailes de San Juan de Dios que sobre una playa solitaria de nuestro Levante cayeron sesgados por las ametralladoras, mientras con sus cantos litúrgicos elevaban a Dios un grandioso hosanna?


Nuestra guerra no fue, evidentemente, una contienda civil más, sino una verdadera Cruzada; como la calificó entonces nuestro Pontífice reinante; la gran epopeya de una nueva y para nosotros trascendente independencia. Jamás se dieron en nuestra Patria en menos tiempo más y mayores ejemplos de heroísmo y se santidad, son una debilidad, sin una apostasía, sin un renunciamiento. Habría que descender a las persecuciones romanas contra los cristianos para encontrar algo parecido.


En todo el desarrollo de nuestra Cruzada hay mucho de providencial y de milagroso. ¿De qué otra forma podríamos calificar la ayuda decisiva que en tantas vicisitudes recibimos de la protección divina? ¿Cómo explicar aquel primer legado, providencial e inesperado, que en los momentos más graves de nuestra guerra recibimos, cuando la inferioridad de nuestro armamento era patente y con el arrojo teníamos que sustituir los medios y que nos llegó, como llovido del cielo, en un barco con ocho mil toneladas de armamento, apresado en la oscuridad de la noche por nuestra Marina de guerra a nuestros adversarios? Ocho mil toneladas de material que comprendían varios miles de fusiles ametralladores, de morteros, de ametralladoras y cañones con sus dotaciones, que constituían el más codiciado botín de guerra que pudiéramos soñar y que desde entonces formó la primera base de nuestro armamento.


En aquellos momentos representaba esto mucho más que una gran batalla ganada, al restarse al enemigo aquel potencial de guerra y venir a sumarse a nuestra fortaleza. Y no es una, sino varias las veces que, al correr de nuestra campaña, se repetían los hechos providenciales que nos favorecían. ¿Y qué pensar de los desenlaces de las grandes batallas, cuyas crisis victoriosas, sin que nadie se lo propusiese, se resolvieron siempre en los días de las mayores solemnidades de nuestra Santa Iglesia?


Sólo el simple enunciado de estos hechos justificaría esta obra de levantar en este valle ubicado en el centro de nuestra Patria un gran templo al Señor, que expresase nuestra gratitud y acogiese dignamente los restos de quienes nos legaron aquellas gestas de santidad y heroísmo.


La Naturaleza parecía, habernos reservado este magnífico escenario de la Sierra, con la belleza de sus duros e ingentes peñascos, como la reciedumbre de nuestro carácter; con sus laderas ásperas, dulcificadas por la ascensión penosa del arbolado, como ese trabajo que la Naturaleza nos impone; y con sus cielos puros, que sólo parecían esperar los brazos de la Cruz y el sonar de las campanas para componer el maravilloso conjunto.


Mucho fue lo que a España costó aquella gloriosa epopeya de nuestra liberación para que pueda ser olvidado; pero la lucha del bien con el mal no termina por grande que sea su victoria. Sería pueril creer que el diablo se someta; inventará nuevas tretas y disfraces, ya que su espíritu seguirá maquinando y tomará formas nuevas, de acuerdo con los tiempos.


La anti España fué vencida y derrotada, pero no está muerta. Periódicamente la vemos levantar la cabeza en el exterior y en su soberbia y ceguera pretender envenenar y avivar de nuevo la innata curiosidad y el afán de novedades de la juventud. Por ello es necesario cerrar el cuadro contra el desvío de los malos educadores de las nuevas generaciones.


La principal virtualidad de nuestra Cruzada de Lieración fué el habernos devuelto a nuestro ser, que España se haya encontrado de nuevo a sí misma, que nuestras generaciones se sintieran capaces de emular lo que otras generaciones pudieran haber hecho. El genio español surgió en mil manifestaciones: desde aquellas Milicias en que cristalizó el entusiasmo popular en los primeros momentos,  y que formaron el primer núcleo de nuestras fuerzas de choque, a los alféreces provisionales que nuestra capacidad de improvisación creó para el encuadramiento de nuestras tropas, y que habrían de asombrar a todos por su espíritu y aptitud para el mando. Así iban surgiendo las legiones de héroes y la innumerable floración de mártires. No importaba dónde, si en la tierra, en el mar o en el aire; si entre infantes o jinetes, artilleros o ingenieros, falangistas, requetés o legionarios. Era el soldado español en todas sus versiones. Sus sangres se confundían en la Cruzada heroica, en el común ideal de nuestro Movimiento.


Conforme los días pasaban, el Movimiento calaba en las entrañas de nuestra Patria. Todo en nuestra Nación se hacía Movimiento. No sólo marchaba con nuestras banderas victoriosas, sino que nos salía al encuentro en las poblaciones que liberábamos. Nuestros himnos se musitaban en las cárceles, se extendían por los campos, se susurraban en los hogares y salían al exterior como una explosión de cantos de esperanza al ser liberados.


Nuestra Victoria no fue una Victoria parcial, sino una Victoria total y para todos. No se administró en favor de un grupo ni de una clase, sino en el de toda la Nación. Fué una Victoria de la unidad del pueblo español, confirmada al correr de estos veinte años. Los bienes espirituales que sobre España se derramaron; la coincidencia de pensamiento y el ambiente que hace fructífero el trabajo; la plenitud de seguridad, sin zozobras, temores ni intranquilidad para el futuro; la firmeza y seguridad con que viene desarrollándose nuestro progreso económico-social; el afianzamiento de un clima de entendimiento y unidad y los ingentes esfuerzos de engrandecimiento y transformación de la vida española; han creado un estado de conciencia en toda la vida nacional, que ya no admite el viejo espíritu de las banderías y domina a todos un afán común de participar en la gran tarea de resurgimiento y de transformación de nuestra Patria.


Con la Victoria, como sabéis, no acabó nuestra lucha. A las batallas de la guerra siguieron las no menos importantes de la paz, en las que desde el exterior se intentó la reversión de nuestra Victoria y que dió lugar a que se exteriorizase la fortaleza de nuestro Movimiento político, al unirnos como un solo hombre en defensa de nuestra razón, y en el que cada uno, desde el puesto que le correspondía en la vida, habéis venido asistiéndome con vuestra recia fidelidad.


Hoy, que hemos visto la suerte que corrieron en Europa tantas naciones, algunas católicas como nosotros, de nuestra misma civilización, y que contra su voluntad cayeron bajo la esclavitud comunista, podemos comprender mejor la trascendencia de nuestro Movimiento político y el valor que tiene la permanencia de nuestros ideales y de nuestra paz interna.


Un defecto de nuestro carácter es el de realizar grandes esfuerzos para dejarnos caer más tarde en la laxitud y en la confianza. En el tiempo que corremos no cabe el descanso. No es época en que se puedan desmovilizar los espíritus después de la batalla, ya que el enemigo no descansa y gasta sumas ingentes para minar y destruir nuestros objetivos. Se hace necesaria la tensión de un Movimiento político que levantado sobre los principios proclamados que nos son comunes mantenga el fuego sagrado de su defensa.


Hoy sois vosotros, nuestros combatientes, los que por haber llegado a la mitad de vuestra vida cubrís puestos en las actividades más diversas e importantes de la Patria, imprimiéndole una doble seguridad. Interesa el que mantengáis con ejemplaridad y pureza de intenciones la hermandad forjada en las filas de la Cruzada, que evitéis que el enemigo, siempre al acecho, pueda infiltrarse en vuestras filas; que inculquéis en vuestros hijos y proyectéis sobre las generaciones que os sucedan la razón permanente de nuestro Movimiento, y habréis cumplido el mandato sagrado de nuestros muertos. No sacrificaron ellos sus preciosas vidas para que nosotros podamos descansar. Nos exigen montar la guardia fiel de aquello por lo que murieron; que mantengamos vivas de generación en generación las lecciones de la Historia para hacer fecunda la sangre que ellos generosamente derramaron, y que, como decía José Antonio, fuese la suya la última sangre derramada en contiendas entre españoles.


Testamento

Españoles:

Al llegar para mí la hora de rendir la vida ante el Altísimo y comparecer ante su inapelable juicio pido a Dios que me acoja benigno a su presencia, pues quise vivir y morir como católico. En el nombre de Cristo me honro, y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la Iglesia, en cuyo seno voy a morir.

Pido perdón a todos, como de todo corazón perdono a cuantos se declararon mis enemigos, sin que yo los tuviera como tales. Creo y deseo no haber tenido otros que aquellos que lo fueron de España, a la que amo hasta el último momento y a la que prometí servir hasta el último aliento de mi vida, que ya sé próximo.

Quiero agradecer a cuantos han colaborado con entusiasmo, entrega y abnegación, en la gran empresa de hacer una España unida, grande y libre. 

Por el amor que siento por nuestra patria os pido que perseveréis en la unidad y en la paz y que rodeéis al futuro Rey de España, don Juan Carlos de Borbón, del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado y le prestéis, en todo momento, el mismo apoyo de colaboración que de vosotros he tenido. 

No olvidéis que los enemigos de España y de la civilización cristiana están alerta. Velad también vosotros y para ello deponed frente a los supremos intereses de la patria y del pueblo español toda mira personal.

No cejéis en alcanzar la justicia social y la cultura para todos los hombres de España y haced de ello vuestro primordial objetivo.

Mantened la unidad de las tierras de España, exaltando la rica multiplicidad de sus regiones como fuente de la fortaleza de la unidad de la patria. 

Quisiera, en mi último momento, unir los nombres de Dios y de España y abrazaros a todos para gritar juntos, por última vez, en los umbrales de mi muerte, ¡¡ARRIBA ESPAÑA!! ¡¡VIVA ESPAÑA!!“





Entrevista de Muñoz Grandes en el búnker 13 de diciembre de 1942



Franco y el III Reich. Luis Suárez Fernández

El 13 de diciembre de 1942 Muñoz Grandes llegaba por segunda vez al búnker; estaban presentes los generales Jodl y Schmundt, el embajador Hewl y nuestro conocido sonderführer Hoffman, que iba a actuar de nuevo como intérprete. Disponemos de una versión taquigráfica de la conversación que comenzó al imponerse al general español las Hojas de Roble a la cruz de caballero, destacándose la singularidad que este acto revestía. La División Azul figuraba entre las mejores de la Wehrmacht, pero ahora la presencia de los norteamericanos en Marruecos tornaba imprescindible el regreso de don Agustín. Reconoció el Führer su propio error al buscar la amistad con Francia, ya que lo que verdaderamente convenía a Alemania era la amistad con España. Muñoz Grandes preguntó entonces a los allí presentes si tenían noticias de la maniobra que estaba preparando Abd-el-Jalak Torres, el hermano de Abd-el-Krim, para reunir a todos los independentistas marroquíes (de hecho el acuerdo iba a firmarse el 30 de diciembre) y con el beneplácito de Eisenhower poner fin al protectorado francés y en consecuencia al español. Hitler se mostró sorprendido; contaba tanto con Abd-el-Krim, como con el gran mufti de Jerusalén entre los musulmanes partidarios del Reich.
Intervino Jodl. Lo que sus servicios secretos sí conocían era que se estaba alistando en Méjico una división formada por exiliados republicanos, la cual figuraría entre las fuerzas norteamericanas cuando estas se decidieran a desembarcar en la Península. La Wehrmacht estaba interesada en conocer hasta qué punto se hallaba decidido el Ejército español a rechazar dicha maniobra. Parece que la respuesta de Muñoz Grandes fue esta: “La oficialidad joven española está claramente a favor de Alemania, pero otras muchas fuerzas están siendo ganadas poco a poco hacia las potencias anglosajonas por la propaganda de estas o por el dinero. España todavía no está perdida, pero se debe trabajar deprisa”. Parecen muy importantes las reflexiones que de forma inesperada se escaparon entonces al Führer: la decadencia de Inglaterra era ya un hecho comprobado e irremediable, lo que significaba que la jefatura entre los aliados iba a pasar a otras manos. También tenía noticias acerca de un proyecto de Pétain de viajar a Marruecos para unirse a Darlan y a sus antiguos colaboradores, pero él estaba decidido a prestar a Laval toda la ayuda necesaria. Reconocía también sus propios errores en 1940 y 1941; hubiera podido conseguir la entrada de España en la guerra aceptando sus ofertas contra Francia. 

Ante estas palabras tan significativas, Muñoz Grandes dijo: “Quiero viajar a España para comprobar qué aspecto tienen allí las cosas. Conozco el significado que allí tiene mi nombre y sé que no me encontraré solo”. Hablando ahora como un hijo a un padre, pedía al Führer que le aconsejara lo que debía hacer. Se había llegado aun punto clave que demuestra el acierto de Franco cuando evitó que Arrese pudiera hallarse presente en aquel momento. Refiriéndose a la petición de armas, Hitler dijo que antes de entregarlas tenía que saber si iban a emplearse contra los aliados o únicamente para salvaguardar el orden interno. Aludió a la profunda decepción que Rumanía e Italia significaran en este punto, y empleó exactamente estas palabras: “En el caso de que entreguemos armas a España tenemos que saber si España está dispuesta a luchar con ellas, pues a fin de cuentas nosotros entregamos armas a costa de otro frente (…). Había oído -en realidad era el contenido del telegrama de Stohrer del día 11 -que España negociaba con Estados Unidos”.

Muñoz Grandes replicó: si los alemanes podían retener Túnez, a donde habían llegado desde Libia, la entrada de España en guerra sería una consecuencia inevitable. El Führer respondió que estaba plenamente decidido a hacerlo, e iba a enviar sus mejores divisiones, entre ellas la Adolf Hitler y la Hermann Göring. “En tales circunstancias -explicó entonces don Agustín-, no sería difícil llevar a España a una decisión”. Esta era, al parecer, la postura de los alemanes: el retorno del jefe de la División Azul serviría para conseguir que España abrazase la gran causa. Pero Hitler, que había comentado con su colaboradores que esto podía ser una carga, hizo una precisión bien distinta: “La neutralidad española también tiene su ventajas”. Un frente ibérico podía superar las comprometidas posibilidades. 

La verdadera tarea que se encomendaba a Muñoz Grandes desde el despacho del Führer era convencer a Franco de que permaneciese al lado de Alemania, que iba a consolidarse en Túnez, ya que “África pertenece a Europa, de eso no puede dudarse, y a los Estados Unidos nada se les ha perdido en África”. Al final de la guerra se aseguraría a España también una parte del gobierno de aquel continente. En cambio se pediría al Generalísimo la firma de un compromiso, considerando casus belli la instalación de los aliados en Tánger o en la Zona Española de Marruecos. Muñoz Grandes prometió ocuparse de ello y proporcionar información de sus gestiones. Jodl intervino entonces para aclarar otros puntos. Las armas que se iban a entregar seguirían siendo parte del Ejército alemán, de modo que convenía que una comisión española viajase a Alemania para fijar los modos de su empleo. Y sobre todo para fijar el número de divisiones terrestres y aéreas que se utilizarían en España si llegara el caso de una invasión. De las garantías ofrecidas por Roosevelt no había que fiarse; se trataba de presidente más hipócrita en los trescientos años de historia de aquel país.

Se estaba cerrando un capítulo: Muñoz Grandes podía entender que Hitler ya no era el brillante canciller de Berlin ni menos un general de grandes dotes; estaba atrapado en un cubil de lobo. Comprendiendo lo que se le ocultaba, explicó al despedirse que España no necesitaba hombres sino armas para defender el régimen. 


Franco desde una perspectiva histórica -3ª y última parte-


Fuente: Franco, una biografía personal y política. Stanley G. Payne - Jesús Palacios

Una dictadura no es una escuela formal de demócratas, y Franco no fue responsable de la democratización de España, aunque, paradójicamente, bajo su mandato el pueblo español fue capaz de desarrollar la mayoría de los presupuestos que se exigen a un pueblo democrático. 
Con el paso del tiempo, las encuestas de opinión han registrado valoraciones más negativas sobre Franco que las que se hicieron en los primeros años tras su muerte. La generación que ha vivido y conocido más el franquismo ha dado respuestas más positivas que la de los más jóvenes, pero quizá esto no debe sorprendernos. Las encuestas de opinión en el siglo XXI, por ejemplo, reflejan una visión negativa de la época de Franco en un porcentaje superior al doble de quienes la ven de manera positiva. Por lo general, alrededor del 40 por ciento considera su mandato como una mezcla de aspectos positivos y negativos, una valoración bastante razonable para un proceso histórico tan complejo. 
Franco y su régimen representan la culminación de un proceso y la conclusión de una larga época de conflictos entre tradición y modernidad que duró dos siglos, desde el reinado de Carlos III hasta 1975. En algunos aspectos Franco puede considerarse la última gran figura del tradicionalismo español, y bajo dicha perspectiva, Franco, con sus políticas y valores, significó un final más que un principio. Tuvo éxito en aspectos clave de la modernización y liquidó para siempre ciertos problemas del pasado, aunque otros simplemente se pospusieron hasta después de su muerte. Debido a sus valores y a sus tendencias políticas, no pudo construir la nueva España del futuro ni en la forma que había previsto ni en la que adquiriría tras su desaparición. 
A pesar de la aparente sencillez de algunas de sus ideas fundamentales y de sus declaraciones principales, Franco fue una personalidad histórica compleja que tuvo que resolver una variedad inusual de contradicciones. Comenzó siendo un débil adolescente, aparentemente frágil e insignificante oficial, para convertirse en el general más joven y distinguido del ejército. Monárquico por convicción, aceptó a regañadientes la legitimidad de una república democrática. 
Aspiró a tener un imperio con el apoyo de Adolf Hitler, con el que acabó poniendo distancias, y abandonó años después todas las posesiones españolas en África prácticamente sin violencia. Se manifestó contrario a las democracias liberales occidentales, pero acabó negociando importantes pactos con Estados Unidos para la defensa y cooperación, aunque siempre se mantuvo en guardia convencido de que el mundo occidental estaba siendo socavado por la masonería, su bestia negra.
Fue un anticomunista visceral que habló con admiración de Ho Chi Minh, líder del nacionalismo vietnamita, y aconsejó a Lyndon Johnson que no siguiera adelante con la guerra de Vietnam, porque Estados Unidos la perdería. 
La importancia de Franco en la historia de España radica, en primer lugar, en la larga duración de su mandato, que marcó el destino político del país entre 1936 y 1975, y en segundo término, en los profundos cambios que se llevaron a cabo durante dicho periodo, muchos de ellos diseñados y preparados bajo su jefatura, otros consecuencia o producto de sus políticas y algunos que contradecían directamente sus propias intenciones. El régimen y la época de Franco marcaron la conclusión de un largo y convulso periodo en la historia de España y abrieron el camino –aunque no fuera lo pretendido- hacia una era más prometedora, aunque Franco, como Moisés, tuvo que quedarse en la orilla sin cruzarla. Su carácter, su personalidad y sus valores no selo permitieron: fue el Caudillo militar de una sociedad conservadora que en gran medida había dejado de existir incluso antes de su propia muerte. 

Franco desde una perspectiva histórica -2ª Parte-


Fuente: Franco, una biografía personal y política. Stanley G. Payne - Jesús Palacios


Debemos resaltar que la dictadura de Franco no fue una dictadura militar, sino la dictadura de un militar.


La Falange le fue útil a Franco para "cubrir el expediente" y maquillar su régimen durante un tiempo. Ismael Saz ha definido el régimen de "fascistizado"  y no totalmente fascista, lo que parece bastante exacto.


Franco no era un líder fascista carismático, como sí lo eran Hitler o Mussolini, pero el trauma de la Guerra Civil, unido a su completa victoria en la guerra, le proporcionó de facto un importante grado de legitimidad, e incluso cierto atractivo como vencedor, así como un elemento de carisma tradicional como defensor de la religión y de la cultura secular. En cierto modo, su poder se desarrolló como el de un monarca electivo; un poder que derivó en absoluto tras su designación por la Junta de Defensa Nacional. Salvando las distancias, un modelo y referente histórico podría ser Napoleón Bonaparte. Franco utilizó ciertos procedimientos bonapartistas, como el referéndum (aunque real) y la diarquía institucional, con un Consejo Real que garantizaba la legitimidad, continuidad y autoridad, aunque no resultara como la había planeado. También hay algún paralelismo con el reinado de Enrique de Trastámara, vencedor de la gran guerra civil de Castilla, de la década de 1360. Enrique no tenía legitimidad dinástica, que recaía en su rival, pero se presentó como el defensor de la religión, la ley y la tradición, en oposición a la heterodoxia y el despotismo arbitrario de Pedro el Cruel. La ayuda extranjera también desempeñó un papel importante en su victoria, aunque el reinado de Enrique no marcó una ruptura tan abrupta como el gobierno de Franco.
A pesar de los numerosos caudillos y dictaduras militares en la historia de Hispanoamérica, no hay evidencias de que Franco se viera influenciado por alguno de ellos (por el contrario, varios regímenes hispanoamericanos sí pudieron recibir la influencia de Franco). Con la principal excepción de Argentina, entre 1945 y 1950, los medios de comunicación españoles reflejaron a menudo cierto grado de ambigüedad respecto a os regímenes autoritarios del hemisferio occidental. La censura prohibió que se aplicara el término "caudillo" a cualquier dictador hispanoamericano, por temor a que originara confusión con el concepto original español.


La experiencia de España y de su dictadura entre 1945-1948 fue única en los anales de los estados contemporáneos occidentales. Franco se mantuvo firme e imperturbable, cualidades necesarias para su supervivencia política, con el respaldo de la mayoría de los sectores que lo habían apoyado en la Guerra Civil. La excepción de don Juan y de un pequeño grupo de monárquicos resultó irrelevante. Nunca se sabrá qué porcentaje exacto de la población apoyaba verdaderamente a Franco, pero lo que es evidente es que la gran mayoría no quería someterse a otra convulsión. De ahí el escaso apoyo popular a la insurgencia de la guerrilla comunista de los maquis y anarquistas, que pretendían reactivar la Guerra Civil, aunque a menudo sus acciones no fueron más que simples actos terroristas. Desde el punto de vista exterior, fue muy negativo para el conjunto de la oposición a Franco el que las autodefinidas "fuerzas democráticas españolas" se postulasen ante Naciones Unidas como alternativa, porque dichas "fuerzas democráticas" habían dejado de existir en la primavera de 1936, fueron represaliadas por ambos bandos durante la guerra y carecían de representación en el Frente Popular. Julián Marías observaría más adelante con acierto que la mayoría de los españoles "esperaban con calma y sin prisa" la evolución del régimen de Franco, comprendiendo que no podrían haber esperado nada mucho mejor si el otro bando hubiera ganado. La única oposición activa no procedía de ninguna "fuerza democrática", prácticamente inexistente, sino de los comunistas y anarquistas, que no se diferenciaban en nada de los revolucionarios que, en primer término, habían provocado la Guerra Civil. 


El aspecto más novedoso del gobierno de Franco no fue el radicalismo político de su pseudofascismo, sino su esfuerzo por restaurar el tradicionalismo cultural y religioso, algo sin parangón en ningún otro país europeo, ni siquiera Portugal. 


Respecto a sus políticas, Franco fue siempre un pragmático dispuesto a llevar a cabo ajustes fundamentales si era absolutamente necesario. Aunque a veces era bastante terco (como en su política internacional en 1943-1944), si los ajustes eran necesarios, siempre terminó realizándolos. 


Muchos de sus críticos han mantenido que su único principio era aferrarse al poder todo el tiempo que pudiera y a costa de lo que fuera. En última instancia la idea es correcta, porque casi desde el mismo inicio de su régimen tomó la decisión de que solo dejaría el poder camino del cementerio, como afirmó en un par de ocasiones. En esta determinación estuvo profundamente influenciado por el amargo destino de Primo de Rivera en 1930 y por el cruel de Mussolini en 1943 y 1945. Franco creía que cabalgaba sobre un tigre del que nunca podría bajarse con seguridad. 


Nunca lo arriesgó todo a una sola jugada o a una posición fija, aunque esto no oculta el hecho de que sus principios básicos jamás se vieron comprometidos: autoritarismo, monarquismo, tradicionalismo religioso y cultural, una política económica desarrollista y nacional, el bienestar social y la unidad nacional. 


En 1956, un crítico tan duro como Herbert Mathews no lo definió como fascista, sino como "fascistoide". Y en la década de los sesenta, aunque pareciera excesivo, los analistas utilizaron términos como "régimen autoritario", "corporativismo", "autoritarismo conservador" e incluso "pluralismo unitario limitado". 


Franco sabía bien que era el "último dictador fascista que quedaba" entre la mayor parte de los jefes de Estado del mundo occidental. En este sentido es interesante comparar las actuaciones de Franco con las de Tito (Josip Broz) y las posiciones que se adoptaron con uno y otro después de 1948. Tito, como Franco, llegó al poder tras una guerra civil revolucionaria, que en su caso ganaron los revolucionarios, y pese a que utilizó la propaganda para hacer lo contrario de lo que decía, se dedicó a combatir con mucho más ahínco a los contrarrevolucionarios que a luchar contra los italianos y alemanes. Tito también tuvo que recurrir a la ayuda militar extranjera (en su caso, del ejército rojo) para hacerse con el control del país. El baño de sangre que hubo en Yugoslavia tras la represión de 1945 y 1946 fue, en términos absolutos, aún mayor que la que se registró en España entre 1939 y 1942, y la violencia se ejerció con mayor brutalidad, con ejecuciones en masa y a gran escala. En su primera fase, la nueva dictadura de Yugoslavia fue incluso más extrema, inspirada directamente en el modelo represivo de la Unión Soviética. 


Posteriormente, las circunstancias internacionales provocaron el cambio hacia la moderación tanto en Yugoslavia como en España, con solo algunos años de diferencia. El régimen de Tito se transformó en una dictadura no totalitaria con un semipluralismo limitado, lo que suponía una herejía para la ortodoxia marxista-leninista. Constituía un agudo contraste respecto a otros regímenes comunistas, del mismo modo que el régimen de Franco lo era respecto a las potencias del Eje. Pero incluso en sus años finales, la dictadura de Tito siguió siendo más autoritaria y represiva que la de Franco (a pesar del semifederalismo yugoslavo y la muy limitada autogestión en las fábricas) y no pudo alcanzar un nivel equivalente de progreso cultural, social y económico. La muerte de Tito no fue seguida de una democratización, sino que primero adquirió una forma de autoritarismo colegiado, y después dio lugar a una guerra civil genocida como consecuencia de un proceso separatista y de la destrucción de Yugoslavia. Y resulta curioso constatar cómo a Tito se le elogió a menudo en la prensa occidental y se le definió como un gran reformista y un innovador, llegando a recibir de los países occidentales una ayuda internacional considerablemente mayor que la que jamás le ofrecieron a Franco. 


Los puntos oscuros de la biografía de Franco fueron tres: la represión al finalizar la Guerra Civil, su política favorable al Eje durante la Segunda Guerra Mundial y la larga represión que hubo en España durante una parte de su dictadura. Las tres acusaciones son evidentemente ciertas. Pero la represión de Franco, en cuanto al número de vidas perdidas, no fue peor que la de otros vencedores en guerras civiles revolucionarias -en realidad, fue más moderada-.


Pensar que una hipotética tercera república caótica, fuertemente dividida y violenta lo habría hecho mejor requiere una considerable dosis de voluntarismo irreal. Debe tenerse en cuenta que fue el Frente Popular, y no Franco, el que creó unas condiciones de guerra civil haciendo un uso arbitrario del poder en 1936, y que el regreso a la democracia abierta entre abril de 1931 y febrero de 1936 resultaba impensable, tal y como algunos izquierdistas relevantes, como Gerald Brenan, han admitido a regañadientes. 


Los críticos más severos de Franco le han acusado de cargos abominables, como el de ser el peor y el más sanguinario de todos los dictadores de Occidente, incluso más cruel que Hitler, puesto que hubo más ejecuciones en los primeros seis años del régimen del Generalísimo que en el tiempo de paz del Tercer Reich, entre 1933 y 1939. Obviamente, una dictadura en tiempos de paz y una guerra civil revolucionaria no constituyen lo que los sociólogos demoscópicos llamarían "elementos comparables". Siguiendo el mismo razonamiento anacrónico, podría decirse que la República democrática de abril de 1931 a febrero también fue peor que el Tercer Reich en tiempos de paz, porque se registraron más asesinatos políticos y hubo focos de insurgencia y hasta una miniguerra civil. 


La hipérbole de las críticas ha adquirido una nueva dimensión al inicio del siglo XXI con la movilización de la llamada “memoria histórica”, que acusa a Franco de todos los males cometidos por cualquier dictadura en cualquier parte del mundo durante el siglo pasado. Si Hitler llevó a cabo un Holocausto contra los judíos, Franco también fue culpable de un “holocausto” en España; si los turcos y otros fueron responsables de terribles genocidios, Franco también tuvo que cometer un “genocidio”, y si las víctimas de la izquierda desaparecieron durante las dictaduras de Sudamérica, entonces Franco también fue responsable de “desapariciones”.

Durante sus primeros años de gobierno tras la Guerra Civil, su régimen fue represivo en extremo y se ejecutó a unas 30.000 personas (a algunos por “crímenes políticos”), y durante décadas mantuvo a una sociedad dividida entre vencedores y vencidos. Con las excepciones de Álava y Navarra, los fueros regionales, los derechos y las distintas lenguas y culturas fueron reprimidos, aunque la permisividad fue en aumento en lo referente a la lengua y la cultura en la década de los sesenta, lo que permitió un importante reflorecimiento de estas durante los  últimos años del régimen. En términos económicos, las provincias vascas disfrutaron de una posición privilegiada. 
El autoritarismo político estuvo acompañado de favoritismos, de monopolios económicos y, a menudo, de una considerable corrupción, ligada al peculiar funcionamiento del régimen. Pese a todo, ni Franco ni Carrero Blanco saquearon las arcas del estado ni malversaron fondos públicos, y la honestidad y la eficacia de la burocracia estatal aumentaron notablemente en los últimos años del régimen. Después de los años cuarenta no se produjo nada equiparable a la masiva y directa corrupción de los gobiernos socialistas españoles de 1982 a 1996 y de 2004 a 2011, o de los gobiernos de centro derecha entre 1976 y 1981, de 1996 a 2004 y de 2011 en adelante. Y esto viene siendo así porque en la España formalmente democrática desde 1977 se ha instalado un sistema de corrupción sin límite que afecta a todas sus instituciones, administraciones y gobiernos. 
Uno de los libros más difundidos y leídos sobre un dictador moderno, Hitler: A Study in Tyranny, de Alan Bullock, concluye con la descripción de una Alemania en ruinas y cita el aforismo romano: “Si buscas su monumento, mira alrededor”. Si aplicamos este método a Franco, el observador encuentra un país que alcanzó su mayor nivel de prosperidad de su larga historia, que llegó a ser la novena potencia industrial del mundo, con la “solidaridad orgánica” de la gran mayoría de la población, que había aumentado considerablemente, y una sociedad bien preparada para la convivencia pacífica y para un nuevo proyecto de democracia descentralizada. La política de Franco ha recibido, y sique recibiendo, juicios muy extremos y radicales por parte de la izquierda, sin que esta haya sido capaz de despojarse de su tabúes o mantras “guerracivilistas” para emitir una valoración equilibrada. 
Una década después de la muerte de Franco, en una de las principales publicaciones norteamericanas se publicó un artículo que sentenciaba: “Lo que en realidad consiguió fue la protomodernización de España (…) Franco dejó España con unas instituciones dirigidas por una élite económica tecnocrática y una moderna clase dirigente que hicieron posible que el que fuera en tiempos de su guerra civil un país agrícola y pobre consiguiese unos recursos productivos necesarios y unos niveles de vida cercanos a los de sus vecinos del sur de Europa. ¿Pudo ser esto lo que la Guerra Civil dilucidó? La respuesta a esta última pregunta es “no”, pero el planteamiento general está bien traído. 
La legión de críticos de Franco censuran por superficial cualquier conclusión positiva sobre su régimen, e insisten en que los grandes avances logrados durante su mandato fueron solo producto de las circunstancias, que no tuvieron nada que ver con él y que se produjeron a su pesar. En algunos aspectos esta observación es correcta, aunque suele aplicarse de una forma demasiado categórica. 
Lo que a Franco le llevó dos décadas, a la China comunista le llevó casi el doble de tiempo, y en una fase posterior y más avanzada de la economía mundial, aunque lo cierto es que al régimen chino esto le supuso un cambio aún más drástico.


La dictadura militar del general Park Chung-hee, que dirigió Corea del Sur desde 1961 a 1974, pudo ser el régimen no europeo que en algunos aspectos más se asemejó al de Franco, pero se pueden encontrar variantes del “modelo Franco” en diversos países incluso en el siglo XXI.
Franco no fue rey, pero actuó tácitamente como un poderoso monarca investido de todos los poderes absolutos. Y sin ser rey, fue hacedor de reyes.


Franco consiguió uno de sus principales objetivos: un notable incremento de la cooperación y la solidaridad social. Esto se apoyó en el corporativismo nacional, en el crecimiento económico y en la redistribución de la renta nacional por medio de cambios estructurales, más que en la subida de impuestos, así como en la prohibición de políticas partidistas.

Si bien debe reconocerse que la calidad de la educación primaria y secundaria, a principios de los setenta, alcanzó un nivel respetable y que, en ciertos sentidos, la “democratización” posfranquista de la educación bajó su calidad. 
Paradójicamente, otra característica de la modernización institucional que logró Franco fue la relativa despolitización del ejército, por más que su régimen comenzara como un gobierno militar y que Franco siempre fuera muy claro a la hora de confiar en los militares para evitar la desestabilización. Mantuvo una relación especial con sus generales, si bien a cierta distancia, manipulándolos, cambiando y rotando a los altos mandos, con el fin de evitar cualquier concentración de poder en sus manos. El hecho de que hubiera militares en tantos puestos ministeriales y administrativos, sobre todo durante la primera mitad del régimen, oculta el hecho de que Franco impidió la interferencia militar en el gobierno y eliminó cualquier posibilidad de que se creara un colectivo independiente, o de que los militares tuvieran un papel institucional más allá de su propia esfera profesional. Los oficiales que ocuparon cargos civiles lo hicieron como administradores individuales en instituciones del Estado, y no como representantes corporativos de las fuerzas armadas. La relativa desmilitarización de los presupuestos estatales, debido no tanto al respeto de Franco por la educación como a su reticencia a gastar dinero en una modernización de las fuerzas armadas que pudiera alterar su equilibrio interno.
Desde su propio punto de vista, su mayor fracaso estuvo en la imposibilidad de sostener el resurgimiento neotradicionalista religioso y cultural que subyacía en el régimen. Esto no se debió a la falta de esfuerzo, sino a que la modernización cultural fue la contrapartida inevitable de la transformación económica y social que se produjo a gran escala, junto a la sorprendente liberalización que tuvo lugar en el seno de la Iglesia católica y romana durante la década de los años sesenta. Franco fue consciente de las contradicciones que se producirían, lo que en parte contribuyó a su reticencia a alterar su política de autarquía económica  y a levantar las barreas proteccionistas en 1959. La continuación de su régimen se volvió imposible no tanto por el hecho de su muerte –el fallecimiento de Salazar no trajo consigo el final de su régimen- como por la desaparición del marco social y cultural en el que originalmente se había basado. La sociedad y la cultura franquista e habían erosionado mucho antes de que el Caudillo expirara. Además, la ausencia de una ideología clara después de 1957 hizo muy difícil cualquier consenso que apoyara una ortodoxia franquista que pudiera desarrollarse entre las élites del régimen durante sus últimos años. 
El nuevo “modelo español” de democratización sirvió a partir de entonces de referencia para la democratización posterior de un número importante de sistemas autoritarios de Sudamérica y del este de Asia. 
A menudo se ha planteado hasta qué punto Franco previó o intuyó unas consecuencias como las que se dieron, pero, a falta de cualquier prueba relevante, la pregunta no puede contestarse con certeza. En la década de los sesenta Franco expresó su convicción de que el florecimiento en Occidente de los países capitalistas con regímenes liberales y democráticos solo era una fase temporal, que daría paso a sistemas con un mayor poder central del estado y de corte más autoritario. Adolfo Suárez, el presidente del gobierno que lideraría la Transición hacia la democracia en sinergia con el rey Juan Carlos, declaró que cuando informó a Franco sobre UDPE (la “asociación política” promovida por el Movimiento), tan solo unas semanas antes de su fallecimiento, el Caudillo le preguntó si el Movimiento podría perpetuarse después de él. Suárez le contestó que creía que no, y Franco le preguntó si eso significaba que el futuro de España sería inevitablemente “democrático”, a lo que Suárez contestó afirmativamente. Franco se le quedó mirando, se dio media vuelta y no dijo nada. El problema de esta anécdota es su credibilidad, pues Suárez llegaría a contarla con versiones diferentes. 
Lo que está más contrastado es la insistencia de Franco al príncipe de que el nuevo rey no podría gobernar como él lo había hecho. Franco sabía que Juan Carlos haría cambios y que serían en una dirección más liberal. Después de todo, el propio Franco había hecho lo mismo en varias ocasiones. El problema estaba en que Juan Carlos había jurado lealtad a las Leyes Fundamentales, y Franco confiaba en que se mantendría buena parte de la estructura sustancial del régimen, incluso su formulación íntegra. Es más que probable que en sus últimos meses comprendiera que eso no ocurriría, pero entonces ya estaba demasiado débil y nada podía hacer, salvo permanecer al mando hasta que su salud se quebrantase definitivamente y traspasar después las riendas del poder. No importa mucho que creyera o no en que la democracia llegaría a ser estable en España, pues él seguía dudando de que los españoles hubieran aprendido a cooperar eficazmente.