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La rusofobia antes y ahora - María Elvira Roca Barea

 


(Extractos del libro "Imperiofobia y leyenda negra"

«Rusia es una adivinanza, envuelta en un misterio, dentro de un enigma».

W. CHURCHILL


La frase de Churchill resume bien la perplejidad que la Europa Occidental ha sentido y siente con respecto a Rusia. En líneas generales la opinión común es que los rusos son como unos europeos a medio cocer o simplemente unos bárbaros que a simple vista no lo parecen, porque se han dado un barniz de civilización, lo que nos lleva a otra frase famosa que pone de manifiesto lo que bulle en el subconsciente del Occidente comme il faut: «Escarba en un español y encontrarás un sarraceno; dentro de un ruso, y encontrarás un tártaro». Lo dijo Gertrude Stein (1874 1946), escritora estadounidense y adelantada del movimiento gay. 


    El periodista ruso afincado en París Pyotr Romanov, reconoce que con la desaparición de la URSS nada ha cambiado en la rusofobia tradicional. Considera que el problema está «ancré dans le cerveau des Occidentaux» [anclado en el cerebro de los occidentales] tan profundamente que poco puede hacerse para erradicarlo. Pero, como sucede con la leyenda negra, este prejuicio racista no ha llegado a la mente occidental por casualidad ni se ha generado espontáneamente. Romanov escribe en francés y para un público francés. Cuando dice «los occidentales», piensa en Francia principalmente, y quizá también en Gran Bretaña y Alemania. Seguramente desconoce que hay países europeos donde la rusofobia es muy débil, como España. Cuarenta años predicando contra la URSS no han servido de mucho. En realidad, la propaganda franquista no iba contra Rusia y los rusos, sino contra el comunismo. Antes de la Guerra Civil no había ni juicios ni prejuicios contra Rusia en España, y los que había, no sobrepasaban el nivel de los habituales clichés nacionales. Los contactos habían sido muy escasos y no habían generado apenas textos. En consecuencia, para estudiar la rusofobia desde el punto de vista de las propagandas antiimperiales hay que situarse en un país occidental donde esta propaganda haya tenido pleno vigor, antes de la Revolución soviética y después. La etapa comunista es la que menos nos interesa en la evolución de la rusofobia, porque comunismo y anticomunismo vivían enzarzados en una guerra constante de propaganda que tiende a desenfocar el fenómeno que aquí queremos estudiar. Para analizar la rusofobia aisladamente hay que ir al periodo anterior y posterior a la URSS, y se verá que existe una continuidad que rebasa por completo las ideologías al uso. La imperiofobia es un fenómeno supraideológico cuyo anclaje es mucho más profundo que cualquier credo liberal, social demócrata o comunista.


España y Rusia


Hasta la Revolución de 1917 hay poco sobre Rusia en España. Es destacable que en las relaciones bilaterales los rusos habían sido mucho más activos y habían llevado la iniciativa casi siempre. Así, en tiempos de la regencia de Mariana de Austria, Fedor II envió a Madrid al diplomático más influyente de su tiempo, Pedro Ivanowitz Potemkin, con un séquito de unas veinte personas entre traductores, secretarios y expertos en distintas áreas. Esto sucedía en 1681. De aquella espectacular embajada, que dejó a la corte española estupefacta, se conserva en el Museo del Prado un retrato de Potemkin, obra de Carreño, el pintor de cámara. Mucho después, en tiempos de Carlos III, cuando los españoles se tropezaron con los rusos en Alaska, la monarquía comprendió que Rusia podía ser un amigo -o un enemigo- formidable y se pensó que esta era una relación que convenía cultivar. Nada menos que Jovellanos fue designado para ir a Moscú en calidad de embajador plenipotenciario a fin de establecer un acuerdo de largo alcance con los rusos. Este proyecto se frustró por la muerte del rey.


    Las primeras publicaciones en las que Rusia aparece como tema en España son las Cartas desde Rusia escritas por Juan Valera en 1857, durante su etapa como diplomático en Moscú. Habrá que esperar treinta años hasta que Emilia Pardo Bazán empiece a escribir sobre Rusia y a difundir las obras de Tolstoi y Dostoievski, que ella conoció a partir de traducciones francesas. El primer texto largo dedicado a la Rusia con temporánea que se edita en España fue la obra de Julián Juderías, que ya tratamos en un capítulo anterior. Hay que mencionar también a Sofia Casanova (1862-1958), periodista y escritora gallega que parte de su vida en Polonia. La imagen que transmiten estos autores no gran se sale de los clichés del exotismo y el atraso asiático que eran comunes en la opinión pública europea: «Se trataba del tópico de la Rusia misteriosa y extraña, un pueblo seudoasiático y un fanatismo doblado de una capacidad de sufrimiento inimaginables para el observador occidental. En parte, era una suerte de espejo invertido de los tópicos que esa mis ma esfera pública europea también abrigaba acerca de la Península Ibérica. Y constituía asimismo una variante de la visión neorromántica, doblada de prejuicio y fascinación por lo exótico que se convirtió en in. fundamental de la visión de Europa del Este a partir de varios clichés forjados por los ilustrados franceses del siglo XVIII». Solo Julián Juderías, a sus veinticinco años, se deja asombrar por lo que ve durante su etapa como traductor diplomático en Odesa e intenta abrirse camino a través de sus propios prejuicios para comprender.



El nacimiento de la rusofobia: la Francia ilustrada


La literatura crítica al uso considera que la rusofobia nació en Gran Bretaña durante la guerra de Crimea, o en varios países occidentales a la vez durante este tiempo y a causa de este conflicto, pero en realidad surgió al menos un siglo antes, durante una etapa que ha producido prejuicios y fobias como pocas en la historia de Occidente: la Ilustración, y en concreto la Ilustración francesa. Es en este momento cuando se acuñan los tópicos de la leyenda negra rusa, que luego se repetirán ad nauseam durante la guerra de Crimea y hasta ahora, sin desfallecer. La propaganda de guerra no inventa nada nuevo sino que se apoya en lo ya creado por los ilustrados. Estudiemos un poco este proceso y sus causas. ¿Por qué surge la rusofobia en la Francia ilustrada?


La Europa Occidental se entera de que Rusia existe cuando Pedro I, llamado el Grande (1672-1725), realiza su viaje extraordinario en 1697. El zar recorre varios países, pero no Francia, porque, aparte de aprender los inventos de Occidente, que es lo que a todos nos han enseñado, lo que el zar busca primordialmente son aliados cristianos para luchar contra los turcos, y Francia es en este momento el mejor aliado del Imperio otomano. Políticamente el viaje de Pedro, rodeado de mitos y fantásticas historias, será infructuoso. Las naciones europeas están enzarzadas en este momento en una de esas trifulcas colectivas que necesitan un par de veces por siglo aproximadamente. La que en este momento se ventila afecta a España de modo especial, puesto que se trata de la guerra de Sucesión, tras la muerte de Carlos II. El bocado era sumamente apetecible y todas las partes estaban convencidas de que algo sustancioso iban a conseguir, de manera que la alianza que Pedro venía a proponer no resultó atractiva para nadie. Sin embargo, Francia se interesó por Rusia de manera muy especial casi de inmediato.


Resumiremos con brevedad la situación histórica en Francia que hace comprensible la reacción ilustrada francesa con respecto a Rusia, pero también con respecto a España y Estados Unidos. A lo largo del siglo XVIII surgieron una serie de conflictos coloniales entre Gran Bretaña y Francia que acabaron con la destrucción de casi todo el imperio colonial francés en una serie de guerras sucesivas. La pérdida más dolorosa se produce con la guerra de los Siete Años (1756-1763). Esta guerra, con dos frentes abiertos, uno en Europa y otro en América, fue muy dura para Francia. Era además el cuarto enfrentamiento colonial entre los dos países, con un balance muy adverso. Francia se ve obligada a retirarse de la que había sido la perla de la aventura colonial americana, la Vice-royauté de Nouvelle-France, con nombre y diseño que copiaba, al menos en apariencia, los virreinatos españoles. Con el Tratado de París en 1763, Francia perdió todas sus posesiones coloniales continentales. La historia del virreinato de la Nueva Francia fue breve.


Antes del Tratado de Utrecht en 1713, en el momento de su mayor extensión, la Nueva Francia se extendía, al menos en el mapa, desde Terra nova al lago Superior y desde la bahía de Hudson hasta el golfo de México. El progreso era lento y la población, escasa. El censo de 1666 da una población total de 3.215 habitantes. Resulta evidente que había más habitantes en estas tierras, pero los franceses solo consideran población a los nacidos en Francia o hijos de padres franceses, y se desentienden por completo de la población indígena, lo que les impide progresar en aquellas tierras. Su actitud, como la anglosajona, contrasta poderosamente con la de los españoles, que desde el principio incluyen en sus censos a los indígenas.


La pérdida de Nueva Francia provocó una frustración muy honda, que precisamente por serlo, rara vez se manifiesta de manera abierta, pero que está en el origen de muchas actitudes de las élites ilustradas francesas. Es posible leer libros y periódicos de los años sesenta y setenta en Francia sin tropezar con una sola mención a la humillante pérdida de Nueva Francia. Se diría que para la Ilustración francesa esto no ha sucedido. Pero está ahí e influye, y mucho. En realidad es una sombra que se proyecta por doquier. Recordemos que fue en Francia donde alcanzó su mayor apogeo la teoría de la degeneración americana de la que ya hemos hablado. ¿Quién quiere un imperio en América si cuanto allí está es fruto de la degeneración o está inevitablemente destinado a degenerar? Igualmente se buscará como ejemplo de todo aquello que se considera anticuado y despreciable al gran imperio americano de entonces: España. Esta actitud es semejante a la de la zorra con las uvas inalcanzables y demuestra una inteligencia práctica extraordinaria y admirable en las élites francesas. El menosprecio para con los imperios coetáneos o nacientes, que son bárbaros, atrasados, degenerados y casi dignos de compasión, no afecta solo a España y a Estados Unidos. El amor-odio por Rusia forma parte de ello.


Antes del Tratado de París, Rusia es para la Ilustración francesa un ejemplo digno de imitación; después, una realidad histórica condenada al fracaso. Hay autores que hablan de un auténtico «mito ruso» en el siglo XVIII francés. Es un fenómeno exclusivamente francés que no se da en otros países. Hacia 1700 el zar Pedro había sido visto como un ser bárbaro salido de los confines de Asia, pero a mediados de siglo la opinión va cambiando y se le considera el genial creador de un grotesco y gran imperio, el cual no habría sido posible, se piensa en Francia, sin la ayuda de Francia y de la Ilustración francesa. La paradoja es irritante: ¿cómo es posible que las artes francesas, el talento francés, la cultura francesa en manos de unos semibárbaros hayan alumbrado un imperio de proporciones épicas y no hayan podido engendrar nada semejante para Francia? Realmente la opinión pública francesa está convencida de que todo cuanto sucede en Rusia y en Estados Unidos es obra de sus ilustrados. Alexis de Tocqueville, inusualmente dotado de sentido de la autocrítica, nos cuenta que el francés medio cree de verdad que los estadounidenses no hacen más que seguir las indicaciones de los ilustrados franceses para regir su país. Tocqueville explica que los franceses llevaban décadas “viviendo en la ciudad ideal construida por sus escritores, hasta el extremo de creer que los americanos se limitaban a ejecutar lo concebido por ellos”.


La desproporción gigantesca entre la verdadera situación económica social de Francia y la imagen que los ilustrados franceses consiguen crear y proyectar de su país, interna y externamente, es un fenómeno colectivo fascinante y poco estudiado. Si, como Arnolsson escribió, la leyenda negra de España es la mayor alucinación colectiva de Occidente, la leyenda ilustrada de Francia es la segunda. Viene a ser como la leyenda negra, pero al revés. Es evidente que se parte del supuesto de que la Ilustración es un producto genuinamente francés que ha sido exportado e imitado por doquier. Como mínimo se entiende que la Ilustración ha encontrado en Francia su más perfecta manifestación. Esta es una idea popularmente asumida en Francia de manera rotunda, pero también en los otros países europeos. Cuando se piensa en la Ilustración, se proyecta una imagen francesa. Esta construcción mental que se considera una realidad incuestionable es un producto cultural creado y vendido por los propios ilustrados franceses en una operación de marketing intelectual que debería hacer palidecer de envidia a las más modernas compañías publicitarias. Quizá está de más señalarlo, pero conviene apuntar que la Ilustración en modo alguno fue un movimiento francés, ni siquiera en la su origen, sino paneuropeo, y que revistió en cada lugar formas peculiares y muy variadas.


Lortholary estudia este «parti russe» cuyo principal propósito es proponer a los franceses un modelo de reformas (laicismo, impulso técnico, reorganización escolar, reformas administrativas y judiciales...) sobre el modelo de los cambios que se habían llevado a cabo en Rusia (tal y como los ilustrados franceses entienden estos cambios), los cuales habían convertido aquellas tierras bárbaras en un formidable imperio. Pedro se transforma en la literatura francesa del momento en un nuevo Ale jandro, a la vez conquistador y civilizador. Antes de él, solo hay tinieblas; después, brillan las luces de la Ilustración en Rusia, por benéfico efecto de los ilustrados franceses. Esta es la imagen que ofrece Fontenelle en su Éloge de Pierre le Grand y también en su Histoire de Charles XII, donde ofrece un retrato de Pedro que agrandará y mejorará en Histoire de Rus sie. Igualmente Catalina la Grande es presentada como el prototipo de déspota ilustrada y como la creadora de un gran imperio-modelo. No hace falta ir muy lejos para saber de dónde viene este interés francés por el mundo ruso: «Si la bárbara Rusia había podido recorrer semejante camino, ¿qué no haría la civilizada Francia, una vez gobernada según la razón, por un déspota bienhechor?». Los ilustrados franceses, buscando un camino hacia la primera división de la historia, encuentran por todas partes maravillas para imitar: le mirage russe, le mirage anglais, le mirage prusien..., sin darse cuenta plenamente de que ellos están «fabricando» el milagro francés.


En este sinvivir con Rusia que proyecta el deseo de un imperio que Francia nunca ha podido materializar, participa Voltaire a manos llenas. Cuando Catalina lo invitó en 1765, Voltaire respondió con mucha gracia que él era más viejo que la ciudad en que ella reinaba (se refiere a San Petersburgo), y que si fuera más joven se haría ruso. Le fascina, como a otros ilustrados, el misterio grandioso que entraña la construcción de un imperio. El misterio y, naturalmente, el poder. Siempre el poder. Desde los años treinta va y viene a este asunto. Sin embargo, no comprende el tipo de hombre que él es no sirve para ese menester. Hay que estar dispuesto a salir de los salones, de los encajes y las pelucas para afrontar que una empresa de esa envergadura. Francia tuvo muchos y notables ilustrados, pero no tuvo imperio, porque puso su admiración en un modelo de hombre que es poco partidario de dormir al raso. Ni con un esfuerzo desatado de la fantasía es posible imaginar a Voltaire o a Diderot llevando las vidas de un Jiménez de Quesada o un Vladímir Arséniev


El mito de la «metamorphose russe» fascina a los profetas del despo tismo ilustrado. Es famosa la polémica que enfrentó a Diderot, Rousseau, Voltaire y otros ilustrados a propósito de Rusia y del concepto de civilización. Sin el trastorno de la guerra de los Siete Años y la pérdida de Nueva Francia no se entiende esta preocupación por el imperio nuevo de Rusia, por cómo se hace un imperio a partir de la nada, de la barbarie, de los bosques salvajes. Señala Núñez Seixas que «la zona oriental del continente servía de contrapunto al concepto de civilización al que aspiraban los ilustrados y que consideraban propio de la Europa Occidental, pero también se construyeron entonces una serie de tópicos acerca del atraso y de las características étnicas de los pueblos del imperio zarista». Ciertamente este es el momento en que una élite fuertemente vinculada a un poder local sin posibilidad de expansión acuña los tópicos antirrusos en Francia, porque esto no sucede en toda la Ilustración, es decir, en todos los países de Europa. No lo vemos en España, ni en Portugal, ni en Holanda ni en Gran Bretaña, que generará propaganda antirrusa unas décadas después, pero no en este momento todavía. Naturalmente hay ilustrados no franceses que se interesan por Rusia, como el italiano Fran cesco Algarotti (autor también de unas Cartas desde Rusia), que viajó allí, y el portugués António Nunes Ribeiro Sanches, pero Rusia no constituye tema central en la Ilustración de ningún país, excepto Francia.


El invento de la civilización


¿Es posible o no civilizar a Rusia? Naturalmente, se parte del supuesto de que estos cristianos no son civilizados. Sobre este particular hay perfecta coincidencia, es decir, ni Voltaire ni Diderot tienen la menor duda de que los rusos están sin civilizar. Lo que se discute es es posible civilizarlos o no. o mejor dicho: si nosotros, que somos la quintaesencia de la civilización, podemos civilizarlos. Insistimos en que esta obsesión con Rusia es exclusivamente francesa. No se da en otros países. Eso no quita para que Rusia interese ahora a todos los que han participado en la guerra de los Siete Años, pero no de este modo. Esta idea fija con los imperios forma parte solo de la Ilustración francesa y afecta a todos los imperios. Si son nuevos (Rusia), están sin civilizar. Si son viejos (España), están corrompidos, degradados y atrasados. Si están germinando (Estados Unidos), van a degenerar rápidamente.


    Recuérdese que el Tratado de París es de 1763. El neologismo civilisation es con frecuencia usado por Baudeau en un artículo titulado «Du mon de politique», el cual trata naturalmente de Rusia, y este será uno de los principales motivos de su difusión. El empleo del término que hacen Diderot y Baudeau, a propósito de Rusia en ambos casos, convertirá esta palabra en uno de los conceptos fundamentales de la Ilustración y pronto será importada a otras lenguas. El artículo de Baudeau fue leído por Voltaire e influyó de manera sustancial en el fragmento que se conoce como Sur la Russie (1772), después desarrollado en Mémoires pour Catherine II. Por lo tanto, la palabra civilisation se populariza en Francia vinculada a la barbarie rusa y por oposición a ella. La «civilización» es lo que le falta a Rusia. Cuando las obras que se valen de este neologismo de tanto éxito se expandan por Europa, bien directamente, bien por medio de traducciones, llevarán consigo la imagen de su contrapunto: la Rusia bárbara y salvaje. Y Rusia será para siempre un lugar en el que la civilización no acaba de asentarse.


    La idea de que Rusia no prosperará porque no es más que el resulta do de una falsa civilización la encontramos por doquier en la Ilustración. Muchas veces la repite Auteroche, y otros ilustrados de más fuste, como Diderot. Los rusos no tienen más que un barniz, una apariencia de seres civilizados, por debajo de la cual sigue latiendo el asiático salvaje. Es la idea central de otro inevitable libro de viajes, Russie en 1839 de Astolphe de Custine, a quien Heinrich Heine llamó «medio hombre de letras», por su condición homosexual y por lo mediocre de su arte. Su primer libro de viajes trató sobre España, como era de esperar. A Balzac le gustó y lo animó a seguir progresando por el camino de las tierras salvajes. Las 1.800 páginas de Custine constituyeron un éxito inmenso. Se hicieron un sinnúmero de ediciones pirata y reducidas del texto. En 1848 se habían vendido 200.000 ejemplares. Custine halaga constantemente el sentimiento de superioridad de sus lectores europeos con frases como «tienen solo el barniz de civilización europea suficiente para ser salvajes astutos, pero no hombres ilustrados». Finalmente, al prepararse para regresar, concluye que se respira mejor fuera de Rusia.


Rusia hoy


Todos los imperios practican la autocrítica de manera más o menos inmisericorde. Los pueblos con el ego frágil no pueden permitirse ex ponerse de este modo. La autocrítica es una de las razones de que se mantenga abierta la meritocracia y razonablemente limpio un estado en proceso de crecimiento exponencial. Una parte sustantiva de la crítica de que se alimenta la imperiofobia la producen los imperiales mismos. Lo hicieron los romanos y los españoles y lo hacen los rusos y los estadounidenses. Quiere decirse que la autocrítica imperial es usada como herramienta propagandística por los pueblos enemigos o amigos/enemigos donde se produce la leyenda negra, no que esa autocrítica la produzca. La imperiofobia nace de la frustración y el orgullo herido, y estos son previos a los argumentos concretos -un repertorio muy limitado de tópicos, por cierto- que se usan para dotar de razones al prejuicio imperiófobo. 


Al menos desde el siglo XVIII los rusos se esfuerzan en un análisis minucioso y neurótico que pretende determinar cuál es el verdadero carácter de su nación y cuál debe ser su futuro acorde con ese carácter que no se deja definir. Naturalmente, el ruso cree que este sinvivir solo le pasa a él, y pone siempre ejemplos de cordura y equilibro países occidentales que le parecen menos convulsos y más serenos. Qué es Rusia y cuál es su destino ha sido un tema recurrente en filósofos y escritores rusos. Cuál es la razón de ser de Rusia en la historia es una de las cuestiones favoritas del filósofo Vladímir Soloviev, metafísica pregunta que también se hicieron Dostoievski o Solzhenitsyn. Para Nikolái Berdiayev, la dualidad entre el Este y el Oeste es el nudo gordiano de las tribulaciones rusas, las cuales tienen una naturaleza excepcional, por la propia “inconsistencia del espíritu ruso”. Rusia no descubrirá cuál es su verdadero lugar en el mundo hasta que no resuelva este conflicto entre Oriente y Occidente. El asunto es fascinante y da para una enciclopedia, pero lo que aquí nos interesa es resaltar los paralelismos: Galdós afirma en Zaragoza que el destino de España es «poder vivir, como la salamandra, en el fuego». El ruso, como el español, cree las palabras del inglés o del francés, y no mira los hechos, porque piensa que las palabras remiten a los hechos automáticamente. Zinovy Zinik, periodista y novelista moscovita y autor del informe Censorship and Self-Alienation in Russia (2005), dice que los rusos ya no saben quiénes son ni qué son, y por lo tanto les ofende cualquier intento por definirlos. El título del libro ya es lo suficiente significativo. Para este autor, «los rusos se encuentran en un estado permanente de crisis de identidad»


Algunos autores, como García Cárcel, consideran que la leyenda negra en realidad no existe sino que es el resultado de la tendencia de los españoles a perderse en los laberínticos senderos sobre su identidad. También los rusos mantienen con ellos mismos una relación conflictiva y no por ese motivo se han inventado la rusofobia. Los rusos como imperio se cuestionan a sí mismos desde el principio. En tiempos de Catalina II las ideas hostiles a la guerra y a la expansión territorial circulaban libremente y en abundancia. El hábito de la autoexposición y la manera torrencial en que los rusos tienden a mostrarse a sí mismos, lo mejor y lo peor de ellos, causa, principalmente entre los protestantes europeos, gran desasosiego. Es lógico: estos son educados en la idea de la contención y en el principio de que la buena educación exige velar cuidadosamente el interior de cada cual.


Para Anatol Lieven resulta evidente que la rusofobia no procede solo de la hostilidad hacia la Unión Soviética en los tiempos de la Guerra Fría y considera que «it is also the legacy of Soviet and Russian studies within Western academy». Hay, por tanto, en el caso de los rusos ese componente de respetabilidad intelectual característico de los prejuicios antiimperiales en oposición a otras clases de prejuicios. Va ligado a la rusofobia desde la Ilustración. Este factor quedó diluido cuando en 1917 triunfó la revolución y Rusia pasó a ser la tierra prometida sin necesidad de llegar al más allá. Diluido pero no muerto.


    Vladímir Volkoff llama rusofobia posmoderna a la que se manifiesta en Occidente desde 1991. Volkoff, no sin humor, se refiere a una auténtica «orgie de russophobie» que puede verse cada día en los medios occidentales, y explica esta eclosión de una nueva rusofobia como el resultado de los sentimientos mayoritarios de la clase mediática e intelectual que ha visto en la caída de la URSS y del comunismo un fracaso imperdonable de los ideales que reverenciaron durante decenios, de tal manera que no pueden aceptar más que una Rusia corrompida y decadente tras haber dejado de ser la tierra prometida de una nueva fe. Contra toda lógica, resulta que la imagen de Rusia ha empeorado, según las encuestas internacionales, desde el final del régimen soviético. Rusia es el miembro del G-8 que tiene peor reputación, según datos de la prestigiosa International Gallup Organization.


Señala Vladímir Vorsoben que «Rusia aún se está recuperando de los agotadores años noventa». Asombrosa recuperación. Que un imperio que controla una quinta parte de la superficie terrestre cambie de religión y de sistema de gobierno sin estallar por los cuatro costados, y pocos paralelos se retire de varios millones de kilómetros cuadrados conquistados sin provocar ninguna guerra, es una proeza que tiene la historia del mundo. Los rusos están acostumbrados a cifras y hechos en colectivos que escapan por completo a la capacidad de comprensión del europeo medio. En 1991 Gueorgui Arbátov, consejero diplomático de Gorbachov, dijo una frase que se hizo célebre: «Vamos a haceros el peor de los servicios: os vamos a privar del enemigo». En respuesta a esto, el general Maisonneuve escribió: «El enemigo soviético tenía todas las cualidades del buen enemigo: sólido, constante, coherente. Militar mente se parece a nosotros y está construido sobre el más puro modelo clausewitzien. Inquietantes, sí, pero conocidos y previsibles. Su desaparición debilita nuestra cohesión y convierte en inútil nuestro poder»  Grandes verdades y un notable error: Rusia no ha desaparecido. Este hecho, que ha sido reiteradamente anunciado, vaticinio común al de venir de todos los imperios, está muy lejos de producirse. La muerte de Rusia ha sido profetizada, con disimulado alborozo, varias veces en los últimos siglos. Durante el reinado del zar Alejo I (1645-1676), Europa Occidental definió, a fin de evitar guerras innecesarias, cuáles serían las zonas de expansión en el enorme cuerpo, supuestamente próximo a morir, de Rusia. La mayor parte correspondía, en justicia, a los suecos. Leibniz, que fue el que diseñó el plan estratégico, no tuvo en cuenta el nacimiento de Pedro I. Rusia no solo no murió, sino que al final del reinado de Pedro, Suecia había dejado de ser una gran potencia y Rusia podía considerarse uno de los grandes imperios de la historia. Tras el fin de la guerra de Crimea, de nuevo se anunció la muerte de Rusia, o cuando no, una postración que la alejaría sine die de la primera división de la historia. Lo mismo se repitió tras la Revolución de 1917 y la guerra civil, y tras la caída del comunismo. La crisis en Ucrania y Crimea de 2014 demuestra que Occidente ha vuelto a hacerse ilusiones y a creerse que Rusia ha muerto. Sin embargo, Rusia sigue estando ahí, viva y bien viva.

La Inquisición española, María Elvira Roca Barea

Fuente: Imperiofobia y leyenda negra, María Elvira Roca Barea. Biblioteca de ensayo Siruela. 

(Pasajes del libro)


El Santo Oficio: algunos datos

La Inquisición nació en 1184 en el Languedoc para luchar contra la herejía de los cátalos en tiempos de grandes turbulencias espirituales y sociales. Montados como tenemos en el cerebro los resortes de prejuicios inveterados, la primera idea que surge inmediatamente es que la Inquisición nació para “reprimir” -palabra maldita- a los herejes. Y es cierto. Pero también nació para evitar linchamientos y atropellos indiscriminados, y que cuatro vecinos de un villorrio decidieran quemarle la casa o colgar de un árbol a un compadre al que detestaban, con la excusa de que era un hereje. Su propósito, por tanto, eran también evitar desórdenes públicos y someter el delito de herejía a un procedimiento reglamentado de forma que nadie pudiera tomarse la justicia por su mano. Esta primera Inquisición, la llamada Inquisición papal, no tuvo jurisdicción en todos los territorios católicos y quedaron excluidas la Europa Oriental, Inglaterra y Castilla. Porque no había en el reino, Enrique IV solicitó al papa su creación. En Aragón existía desde 1249. En Castilla la implantó una bula de Sixto IV en 1476.

La Inquisición, que existía en muchos reinos europeos, empezó a adherirse a la hispanofobia en Italia por el sencillo motivo de que fue vista como una institución española. 

El estudio serio de la Inquisición lo comenzó el estadounidense Lea, todavía fuertemente contaminado de prejuicios, el cual fue el primero que se metió a fondo en los archivos de la Suprema en Simancas. La Suprema era el órgano rector del Santo Oficio y el que desde mediados de siglo XVI centralizó y clasificó la documentación de todo el país. Su trabajo monumental probaba que la realidad había sido muy distinta de la propaganda. Es el primer intento, bastante tímido pero meritorio, de sacar la Inquisición del mundo de las pasiones y los mitos. Las dos guerras mundiales y la Guerra Civil detuvieron el progreso de esta investigación a gran escala, que recibió un nuevo impulso en los años sesenta. Precedidos por el trabajo innovador de Julio Caro Baroja, que rompía con los tópicos habitualmente aceptados parar presentar al inquisidor como un funcionario bastante burocratizado y poco peligroso, el danés Gustav Henningsen y Jaime Contreras comenzaron en 1972 una revisión de las más de 44.000 causas archivadas por la Suprema con el objeto, en un primer momento, de estudiar el desarrollo de la brujería en España. Por aquel entonces los archivos de la Inquisición, que se habían custodiado en Simancas, habían sido trasladados al Archivo Histórico Nacional de Madrid, mudanza que se verificó en 1914. Sus conclusiones fueron sorprendentes. 

Los estudios de Henningsen y Contreras sobre las 44.674 causas abiertas por la Inquisición entre 1540 y 1700 dan una cifra de 1.346 personas condenadas a muerte por el Santo Oficio. Henry Kamen eleva la cifra a unas 3.000 víctimas en toda su historia y territorios en que existió. Para contextualizar adecuadamente estas cifras se debe tener en cuenta que la Inquisición entendía de crímenes que son así considerados hoy día: bigamia, prostitución, proxenetismo, perjurio, violaciones, abusos a menores, falsificación de documentos y de moneda, contrabando de armas y caballos y piratería de libros, esto es, lo que hoy llamamos delitos contra los derechos de autor. 

Sir James Stephen calculó que el número de condenados a muerte en Inglaterra en tres siglos alcanzó la escalofriante cifra de 264.000 personas. Algunas condenadas fueron por delitos tan graves como robar una oveja. Según el investigador protestante E. Schafer, autor de un monumental trabajo de investigación sobre el protestantismo en España, el número de protestantes condenados por la Inquisición española entre 1520 y 1820 fue de 220. De ellos solo doce fueron quemados.

La practica de la tortura estaba rigurosamente reglada en el Santo Oficio. Los estudios de Lea y Kamen confirman que su uso fue siempre excepcional, y que apenas se utilizó el 1 o 2 por ciento de los casos que se investigaban. La tortura no podía poner en peligro la vida del reo ni provocar mutilaciones y se hacía siempre en presencia del médico.

La Inquisición fue el primer tribunal del mundo que prohibió la tortura, cien años antes de que esta prohibición se generalizara. En contra de la opinión común, nunca se aceptaron las denuncias anónimas. 

En 1994 la BBC produjo un documental de 50 minutos titulado “The Myth of the Spanish Inquisition”. Participan en él Stephen Haliczer, Álvarez-Junco, Henry Kamen y Jaime Contreras. Se emitió en el espacio de máxima audiencia Whatch time en el primer canal de la BBC. Lo produjo el historiador e hispanista Nigel Towson. Es uno de los mejores documentales sobre la Inquisición que se han hecho. Hasta donde alcanzan mis conocimientos, nunca ha sido emitido en España por una cadena abierta de alcance nacional. Comienza con un parodia de los Monty Python (uno de ellos caracterizado de Guy Fawkes) bastante graciosa y, aunque la frase inicial no anima al optimismo, la intervención de algunos de los mejores especialistas sobre el tema consigue ofrecer al público lo que las investigaciones históricas a base de archivos y documentos, no de panfletos y truculentas imágenes, ha podido poner en claro. En conjunto, la exposición del contexto y los datos es impecable. El profesor Haliczer, de la Universidad de Illionois, basándose en su trabajo sobre la Inquisición en Valencia hecho sobre el análisis de 7.000 casos, pone de manifiesto que solo se empleó la tortura en menos del 2 por ciento de los casos, y que las sesiones no pasaban de 15 minutos. De ese 2 por ciento, menos de un 1 por ciento recibió una segunda sesión y nadie soportó una tercera. Además los inquisidores tenían su propio manual de procedimiento en el que se especificaba qué se podía hacer y qué no. Quien se excedía, era destituido. Haliczer insiste en que las cárceles de la Inquisición eran muy benignas. En los casos por él revisados aparecen reos que blasfeman con el propósito de ser trasladados a las cárceles inquisitoriales. Un truco que los inquisidores conocían, pero no podían evitar. 

Con gran ardor, Kamen insiste en que en comparación con otros tribunales de España, la Inquisición es la que menos se vale de la tortura y, si se amplia la perspectiva al resto de Europa, resulta que el comportamiento de la Inquisición “es impecable”. En Inglaterra una persona podía ser torturada o ejecutada -descuartizada, para ser más precisos- por dañar unos jardines públicos, y en Alemania las torturas podían llevar a perder los ojos. En la vecina Francia era admisible desollar viva a la gente. La Inquisición española jamás empleó estos métodos tan frecuentes en los tribunales de toda Europa. Nunca hubo emparedamientos ni se usó el fuego ni se golpeó a nadie en las articulaciones ni se usó la rueda ni la dama de hierro. Tampoco acosaban ni vejaban a las mujeres, que raramente fueron torturadas. Estaba prohibido el empleo de la tortura en mujeres embarazadas o criando, y en niños con menos de doce años. 

La desproporción en el número de muertos entre la Inquisición española y las inquisiciones protestantes es brutal. Contreras destaca que en toda Europa solo un tribunal reaccionó de manera diferente ante la brujería y este fue la Inquisición, que simplemente consideró la brujería un engaño y no procesó a casi nadie solo por ese motivo. Los inquisidores eran abogados y apoyaban sus conclusiones en pruebas y evidencias, no en rumores ni acusaciones anónimas. En España mueren por herejía muchas menos personas que en cualquier otro país de Occidente. En el siglo XVI se ejecutaron (son cifras de Kamen) entre 40 y 50 personas en todos los territorios españoles, incluida América. Solo las persecuciones de herejes católicos en la Inglaterra isabelina provocaron casi 1.000 muertos, entre religiosos y seglares. Por no mencionar a los irlandeses. En Francia, según las propias autoridades católicas, se ejecutaron en el espacio de unos cinco años en ese siglo a más de 300 personas, y esta desproporción se repite en cada país que consideremos: “Encontramos que las personas que murieron por herejía en España o por persecución religiosa de cualquier tipo, incluyendo a los falsos conversos, es mínimo comparado con otros países”. 

Un documental tan inesperado, tan plagado de datos irrefutables, puede llevar al optimismo. Este se acaba de inmediato cuando se descubre que en el año 2000 la misma BBC produjo otro documental titulado Spanish Inquisition: the brutal truth. Comienza de este modo: “Entre 1478 y 1833 miles de personas fueron detenidas, torturadas y ejecutadas porque sus creencias religiosas no estaban bien vistas en su país. Fueron víctimas de la Inquisición española. La Inquisición fue una organización siniestra tan oculta por la leyenda que hasta ahora ha sido difícil contar la verdadera historia de eso días lúgubres de la Iglesia católica”. Y sigue: “La Inquisición española se recuerda como el primer y más terrorífico ejemplo de policía del pensamiento”. Mientras tanto, en pantalla, la bandera española (la actual, la constitucional) ondea entre hogueras y desfiles nazis. No hubo aparato de tormento y represión comparable hasta la Gestapo y el KGB. Guillermo de Orange hubiera palidecido de envidia ante un reportaje semejante. A quien no esperaríamos encontrar en medio de este aquelarre de hogueras y banderas nazis es al señor Henry Kamen. Sin comentarios. 

Goya, abducido por la propaganda ilustrada, dibuja escenas inquisitoriales que él ya no tuvo ocasión de presenciar. 

La Inquisición es un icono y su representación mental pertenece más al mundo de las realidades simbólicas que al de la verdad histórica. 

El solo hecho de que la palabra haya pasado al uso común ya indica que hace tiempo que la Inquisición pasó de ser una institución histórica a evocar un complejo mundo de representaciones inventadas. 

Llegados a este punto, no es exagerado decir que hace ya mucho tiempo que la Inquisición abandonó el terreno tangible de la historia para alcanzar el Olimpo de los mitos, y desde ese punto debería ser estudiada. 

Antiamericanismo en España - María Elvira Roca Barea


Fuente: Imperiofobia y leyenda negra, María Elvira Roca Barea. Biblioteca de ensayo Siruela. 

Antiamericanismo en España

Existía un estado de opinión en el país según el cual Estados Unidos no atentaría contra territorios españoles debido a la gran ayuda que se le prestó en la hora de su independencia. Eran amigos. 

Recuérdese que desde la invasión de la Santa Alianza en 1830, Estados Unidos es el único país con el que España ha estado en guerra, excepto alguna escaramuza colonial en Marruecos.

España es uno de los países más antiamericanos de la Unión Europea. Según sucesivos sondeos hechos por la German Marshall Fund, los sentimientos de España con respecto a Estados Unidos son los más fríos de Europa después de Turquía. 

Autor de varios trabajos sobre las relaciones entre España y Estados Unidos, el periodista y escritor Willian Chislett considera que el antiamericanismo español es el resultado de la acumulación sucesiva de seis factores:

1) La guerra Hispanoamericana de 1898
2) El apoyo de Washington a Franco tras la Guerra Civil de 1936-1939
3) El Pacto de Madrid de 1953, por el que se establecieron las bases estadounidenses en España
4) El poco entusiasmo mostrado por Estados Unidos en apoyar la transición española hacia una                democracia tras la muerte de Franco.
5) El apoyo dela Administración Reagan a las dictaduras militares de América Latina.
6) Más recientemente, la invasión estadounidense de Irak en 2003.

Por lo que se refiere al primer factor, no parece demasiado relevante. Es sorprendente la enorme cantidad de españoles con un título universitario que ignoran hoy día que hubo una guerra con Estados Unidos. No se ha olvidado popularmente la invasión de los franceses ni la presencia de los musulmanes pese a los siglos transcurridos, pero sí la guerra Hispanoamericana de 1898. Sin duda, porque los primeros conflictos sucedieron en España misma y acabaron en victoria, mientras que el segundo sucedió fuera de España y acabó en derrota. La acumulación de hechos de arriba, atinada y bien establecida,  en conjunto, admite una interpretación complementaria. Los factores 2 al 6 pueden resumirse en uno: la influencia de la izquierda. Ciertamente hay una relación entre el franquismo y el antiamericanismo español, y también hay una conexión estrecha, histórica y socialmente muy interesante entre el antiamericanismo español y Francia. La larga dictadura explica la buena salud de que disfruta hoy día la mentalidad de izquierdas en España. No solo en el hecho del voto, aunque también. Aquí la derecha no gana las elecciones, las pierde la izquierda. Poquísimos españoles tienen el coraje de decir en voz alta que son de derechas. Son de centro. Algún sociólogo debería hacer una interpretación de profundis sobre el hecho reiterado de que en las encuestas que se elaboran cuando va a haber elecciones, las derechas nunca ganan, aunque luego ganen.  Y si ganan en las encuestas, es por un porcentaje muy inferior al que luego se da en la realidad. A los encuestados no les gusta decir que van a votar a la derecha, que en España existe como una especie de realidad virtual.

Pero lo fundamental es que la mentalidad aceptada y compartida por la mayoría, la opinión pública, la vox populi, es la que determina la izquierda que hay hoy en España y Europa, ya sin tierra prometida y sin dictadura del proletariado, pero con el patrimonio de la brújula moral intacto. El ciudadano de clase media que quiere ser bueno y progresista necesita esa brújula, y por eso la brújula existe. La moral siempre la administra alguien. Esto sucede En España como en Francia, como en el desierto del Gobi. Los vínculos de la izquierda española con la francesa son grandísimos. En realidad, la izquierda española viene de allí. El sistema usado por una y otra para conducir la opinión pública es casi idéntico. Consiste básicamente en apropiarse del mundo de la cultura por medio de subvenciones, premios, cargos y otras sinecuras, y controlar los principales medios de comunicación. Es un procedimiento diseñado por Lenin que Willi Münzenberg llevó a la perfección y resulta de una eficacia arrolladora. Lo explica magníficamente bien Muñoz Molina en su novela-ensayo Sefarad. 

Todos los cultos marxistas, tanto en la etapa ultraortodoxa como en la versión descafeinada actual, son antiamericanos por definición. Puesto que representan la justicia social y la bondad, esto es, la administración de la moral, es de su competencia condenar la impiedad del imperio desde el trono de su superioridad moral. Si a esto sumamos el efecto de la dictadura, que hace que España sea uno de los países más de izquierdas –moralmente- de Europa, porque ser de derechas es socialmente inadmisible, encontramos la explicación del antiamericanismo español, que no es de una forma escandalosa superior al de otros países de la Unión Europea, pero sí un poquito más acentuado. Y lo raro, me atrevería a decir, es que no sea todavía más intenso, teniendo en cuenta todo lo referido. En resumen: la clave del antiamericanismo español resulta de la conjunción de dos factores: la buena salud de la izquierda moral y la influencia francesa, tanto en las izquierdas como de manera general en la vida cultural y social española. 

Pero el antiamericanismo francés no es de izquierdas ni de derechas. Es previo a estas denominaciones.  La intensidad con que se manifiestan los sentimientos antiimperiales en Francia se ve ya claramente en el Siglo de las Luces y necesitaría de una investigación concienzuda. Su arraigo es produndísimo y difícil de exagerar. El novelista Henry de Montherlant lo expresó por boca de uno de sus personajes: “Una nación que logra bajar la inteligencia, la moral, la calidad humana en casi toda la superficie del planeta es algo nunca antes visto en la historia”. 

La lista de promotores del antiamericanismo en Francia que ofrece Philippe Roger es espectacular: Baudeleaire, Stendhal, Charles Maurras, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Jean Baudrillard… Además es ajena por completo a la ideología política y se da con igual intensidad en la derecha y la izquierda. 

El antiamericanismo, como todas las leyendas negras, nace en el subsuelo de la frustración y es un fenómeno que tiene que llegar a la superficie maquillado, o sea, justificado por una serie de causas. De otro modo no servirá para aliviar el malestar que ocasiona.