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Fascismo - Roger Griffin




La mayoría de las personas educadas en Occidente “saben lo que es el fascismo” de forma instintiva, hasta que se lo tienen que explicar a alguien y la definición que intentan dar se va volviendo cada vez más enrevesada e incoherente (afirmación esta que podría ponerse a prueba mandándola como ejercicio en algún seminario).

El fascismo nos proporciona un ejemplo destacado del sólido principio académico según el cual, a un nivel superior, no se puede estudiar o escribir con eficacia sobre la historia de ningún aspecto de cualquier tema importante de las ciencias humanísticas si no se clarifican primero sus contornos conceptuales y no se establece una “definición de trabajo” que preste la debida atención a cómo la disciplina lo ha abordado en el pasado. 

No es de extrañar que algunos historiadores hayan visto el fascismo, junto con el comunismo, como el factor principal que determinó la historia entre 1918 y 1945, hasta el punto de que hablan de una “era fascista” o de “un movimiento que marca un hito”. Eso tiene cierto sentido, ya que, pese a que sólo se instauraron tres regímenes fascistas con todas las de la ley -los de Italia a las órdenes de Benito Mussolini, Alemania a las de Adolf Hitler y Croacia a las de Ante Pavelíc, y sólo los dos primeros en tiempos de paz-, surgieron en países europeizados numerosos movimientos que intentaban emularlos, algunos de los cuales sirvieron de gobiernos títeres que, por tanto, fueron fundamentales para que el Nazismo consiguiera mantener el control del “nuevo orden europeo” todo el tiempo que lo hizo. Además, varias dictaduras de Europa y Latinoamérica se “fascistizaron” como señal de la supuesta hegemonía del fascismo y sus perspectivas de lograr la victoria final en la era política moderna. 

Después de 1945, el espacio político del fascismo quedó drásticamente reducido, y hasta podría argumentarse que el concepto en sí perdió hace mucho su estatus “clave” en el mundo político contemporáneo. 

La campaña para concienciar sobre el calentamiento global, la fluorización del agua auspiciada por el Estado, las maquinaciones de las grandes empresas, la burocracia de la Unión Europea, las medidas gubernamentales para que la gente deje de fumar, la corrección política, el daño que la industria de la moda causa a la imagen que uno tiene de sí mismo y a los hábitos alimenticios saludables, e incluso el sistema tributario del Estado: todos han sido tachados de fascistas.

Llamar a los adversarios “fascistas” al instante los deslegitima y demoniza a ojos de sus críticos, ya se trate del Tea Party republicano, del presidente Obama, de Donald Trump, de Vladímir Putin, de Sadam Husein, de Bashar al-Assad, del Estado de Israel, de Estados Unidos de la eurocracia de Bruselas o de cualquier dictadura antisocialista o fuerza antipopulista o excesivamente populista. Después del 11 de septiembre se hizo muy frecuente que se denominara al Islam político (el Islamismo o, para ser más precisos, el salafismo yihadista global) “islamofascismo”, un uso refrendado por George W. Bush. Más recientemente, durante el conflicto entre Rusia y Ucrania, ambas partes se llamaron entre sí fascistas. 

Desde el principio el término “Fascista” tuvo para sus seguidores una connotaciones progresistas, modernizadoras y revolucionarias, y no reaccionarias ni conservadoras. 

Las piedras fundamentales de la interpretación ortodoxa soviética de lo que era el fascismo genérico se pusieron en la resolución final del Congreso de 1922. En ella se concluía que la función del fascismo era la de actuar de agente directo del capitalismo que se encargara de la represión de clases, además de ser la fuerza por medio de la cual la burguesía llevaba a cabo su ofensiva contra el proletariado, en la que los soldados paramilitares fascistas hacían las veces de “guardia blanca” de la contrarrevolución. 

Tanto Zinoviev como Trotsky estuvieron de acuerdo en que “el fascismo y la socialdemocracia son dos caras del mismo instrumento: la dictadura capitalista”. En la misma línea, Stalin los describió simplemente como “gemelos”. 

Fue únicamente con la brutal persecución del Tercer Reich de comunistas y de todo el movimiento socialista del tras la llegada de Hitler al poder cuando, en 1935, empezaron a haber con retraso llamamientos para formas un “frente popular”, retórica que quedó repentinamente silenciada de nuevo con el anuncio del “pacto Ribbentrop” entre nazis y soviéticos en 1939. 

En Rusia Stalin insistía en usar el término “fascista” de vez en cuando para desacreditar a aquellas versiones del marxismo-leninismo que él rechazaba. 

Las dictaduras militares anticomunistas (como la de Pinochet en Chile) y las formas populistas de políticas de extrema derecha (como el Frente Nacional de Le Pen) son automáticamente descritas por la prensa de izquierdas como fascistas, por muy lejana que sea su relación con el fascismo o con el nazismo. 

La frase “teorías marxistas del fascismo” abarca una rica variedad de posturas matizadas, algunas de las cuales ofrecen importantes puntos de vista para los no marxistas, pero, inevitablemente, son las interpretaciones más simplistas las que todavía prevalecen en el discurso marxista dominante en el periodismo de izquierdas, los análisis académicos y, lo que es más notorio, las concentraciones antifascistas. 

Mi propia formulación de la definición de trabajo del fascismo que se propone en este capítulo hace uso del término palingenesia, del griego palin (de nuevo) y genesis (nacimiento) para referirse a la idea de los fascistas de un renacimiento, ya fuera inminente o más tardío. 

Cuando se usan “palingenésico” o “revolucionario” en el contexto de los estudios del fascismo, indican un gran cambio con respecto a los enfoques marxistas dominantes, que niegan al fascismo un verdadero estatus revolucionario como ideología, y a los enfoques liberales anteriores, que tendían a caracterizar el fascismo de acuerdo con sus negaciones (irracional, intolerante, antisocialista, antihumanista, antimoderno, patológico, etc.). 

Hemos de dejar constancia de que el concepto orgánico de nación también se puede dar en un contexto no fascista, como es, por ejemplo, la idea romana clásica de “la ciudad eterna”, la de los judíos de ser una “nación eterna”, y la de cualquier forma extrema de patriotismo que sostiene que los que mueren por la causa nacional son “mártires” de una causa trascendental y sagrada que, al dar la vida, están trascendiendo la mera muerte individual.

La ultra-nación fascista puede entenderse como un producto supra-individual de la imaginación fascista que toma aspectos de la “madre patria” histórica, pero también de los pasados mitificados de la historia y la raza y de sus destinos futuros. Proporciona a los fascistas el foco mítico para que se sientan parte de una comunidad supra-personal en la que comparten ese sentido de pertenencia a ella, su identidad y su cultura (ya estén basadas en la historia, la lengua, el territorio, la religión o la raza, o en una mezcla de varios de estos componentes).

Es importante que no infiramos de esto que el fascismo es inherentemente racista desde un punto de vista biológico o genético.  Cierto es que cualquier concepto orgánico de nación es intrínsecamente racista por la forma en que tiende a tratar las etnias o nacionalidades como entes singulares e idealizados que están amenazados or el mestizaje, la migración masiva, el cosmopolitismo, el materialismo, el individualismo o la absorción en organismos internacionales. 

Mientras que para George Mosse (1966) el nazismo representa la personificación más completa del fascismo genérico, para Sternhell (1976) su racismo biológico excluye al nacionalsocialismo de la familia de los fascismos. 

Payne ofreció por primera vez una taxonomía coherente del fascismo como categoría distintiva de la extrema derecha, aprovechando su amplio estudio de la Europa de entreguerras y sus grandes conocimientos sobre el papel específico que había jugado el fascismo falangista en la España de los años treinta (Payne, 1961).

Dentro del contexto de la “fe” fascista, también conviene señalar que, inevitablemente, el compromiso fanático, ciego y entusiasta con el credo fascista solo se da en una minoría de los miembros de un gran movimiento fascista, una minoría que es aún más pequeña dentro de un partido fascista, e incluso más escasa dentro de un régimen entero. 

Es significativo que las iniciales del Partido Fascista que se sellaban en el carnet de afiliación, PNF, se convirtieran en el acrónimo per necesità familiare (por necesidad familiar), y que los que se apresuraron a unirse al NSDAP tras la victoria de Hitler fueran llamados con desprecio por los que se habían unido antes de 1933 los Märzgefallene, “los caídos en marzo”, una alusión irónica a una famosa estatua a las víctimas de las revoluciones de 1848 de Viena y Berlín.

Ahora existe una perspectiva real de que el fascismo de entreguerras llegue a ser visto, no ya como el archienemigo de la modernidad, sino como el aspirante a arquitecto de una cultura moderna y un Estado totalitarios que tenían sus raíces en un pasado mitificado (Griffin, 2008).

Existe una peculiar tensión entre el análisis del fascismo genérico como “tipo ideal” y la tendencia del lenguaje a narrarlo, cosificarlo y sintetizarlo hasta el punto de tratarlo como si fuera una entidad vida. Objetivamente, el fascismo no “surge”, “se extiende”, “cae”, “sobrevive a la guerra” y “se reinventa” por medio de “la adaptación de su visión central a las nuevas realidades”.

La historia del fascismo es la de un movimiento complejo en evolución, que adapta pragmáticamente sus principios básicos, objetivos y fórmulas ideológicas a las circunstancias en constante cambio que son exclusivas de cada país y región, pero siempre con una tendencia hacia el activismo revolucionario y el cambio. 

Lo que unía a los fascistas y nazis más entregados a la causa era el hecho de que ambos buscaban programas fascistas de renacimiento natural, pero lo que los separaba era su compromiso con unas combinaciones muy distintas de mitos ultranacionalistas. El resultado es que incluso elementos en apariencia comunes pueden ocultar profundas diferencias. Por ejemplo, las esculturas neoclásicas idealizadas de atletas masculinos desnudos en recintos deportivos son un rasgo tanto del régimen fascista como del nazi. 

Tanto el Fascismo como el Nazismo surgieron en países que sólo habían conseguido la unificación ya entrado el siglo XIX. 

En España, el Siglo de Oro (1492-1659), con su absolutismo monárquico, su poder imperial, la autoridad de la Iglesia y sus destacados logros artísticos , se convirtió en el modelo para el renacimiento cultural y político que el escritor Ernesto Giménez Caballero quería que se consiguiese en el régimen del general Franco. 

Uno de los mitos fundamentales más originales, que mezclaba fantasías protocrónicas con otras de una edad de oro, lo desarrolló Acción Integralista Brasileña (AIB). Habida cuenta de la compleja mezcla racial de un país en el que los indígenas y los descendientes de generaciones de colonizadores portugueses y de sus esclavos africanos se habían casado entre sí durante siglos, Plínio Salgado no podía permitirse nociones más o menos científicas de pureza biológica, eugenesia o de una mítica super-raza ancestral. En su lugar, para él la esencia de lo brasileño (brasilidade), que proporcionaría la fuerza espiritual cohesiva que se necesitaba para el renacimiento del país, radicaba precisamente en su singular mezcla étnica y cultural, que había hecho posible el auge de Brasil como potente economía moderna y nación política. La AIB, por lo tanto, celebraba el mestizaje al que tanto temían los racistas nazis, la Legión, los hungaristas y la Ustacha. 

Hasta que su movimiento fue prohibido por el dictador Getulio Vargas en 1938, Salgado hizo campaña para que se considerase Brasil un laboratorio ideal en el que demostrar el poder de una sociedad de mezcla racial para revitalizar una nación espiritual y culturalmente, y a partir de ahí política y económicamente, y así poner los cimentos para la “cuarta era de la humanidad”. 

Es especialmente errónea la idea de que el fascismo simplemente quería devolver a las mujeres a los papeles que les asignaban los conservadores tradicionales…. La doctrina del fomento de la natalidad (o “natalismo”) en los regímenes del Duce y del Führer hizo gala de un elemento claramente modernizador y anticonservador. Las innovaciones que se introdujeron para mejorar la salud demográfica de la nación, como la inversión estatal para la ayuda a la maternidad y la medicina infantil, se adelantó a determinados aspectos de la asistencia sanitaria a las mujeres que es normal en los Estados del bienestar democráticos modernos, pero sin el énfasis liberal en el individualismo o en los derechos de la mujer. 

Además, ahora se animaba a las mujeres a que volvieran a experimentar su compromiso con la vida familiar, la vida doméstica y la maternidad dentro del contexto de una visión oficial que atribuía un papel heroico a su sacrificio por el bien de las generaciones futuras, un mito este que, por el poder del que parecía dotarlas, resultó muy atractivo para una minoría de mujeres que querían conseguir mayor relevancia tanto en la Italia fascista como en Alemania, e incluso entre algunas antiguas sufragistas inglesas. 

El entorno social profundamente católico del Fascismo italiano y el Falangismo español garantizó que, a diferencia de lo que ocurrió en el Nazismo, en Italia y España no se practicara la eugenesia negativa que en el Tercer Reich llevó a la esterilización o matanza de mujeres consideradas física o mentalmente deficientes. 

En los regímenes de Mussolini y Franco era imposible que las mujeres tuvieran que someterse al equivalente de la llamarada Prueba Mischling (mezcla racial) que sus homólogas alemanas tenían que hacerse antes de casarse para determinar la pureza aria de su sangre. 

Una facción de los líderes nazis veía el expresionismo alemán (el no comunista) como la encarnación de un espíritu faustiano que era arquetípicamente ario. En 1934 hasta se celebró en Berlín una exposición de Aeropittura italiana, una rama del futurismo, que se inauguró con un discurso visionario del poeta archi-expresionista Gottfried Ben. Mientras, Goebbels rendía homenaje a Edvard Munch (el pintor noruego de El grito) por su expresión del espíritu nórdico, y algunos oficiales de las SS, así como Goebbels, seguían siendo grandes aficionados al jazz pese a la censura oficial. En las artes visuales, el estilo racionalista internacional de arquitectura se usó en fábricas, puentes, centrales eléctricas e incluso en algunos edificios civiles, mientras que el diseño del Volkswagen era tan avanzado que en 2006 formó parte de la exposición “Modernismo: el diseño de un nuevo mundo”, que organizó el Victoria and Albert Museum de Londres. 

Visto desde ese ángulo, queda claro que el uso de un austero neoclasicismo para edificios civiles icónicos de los nazis, como la Casa de Arte Alemán o el aeropuerto de Tempelhof, no ha de entenderse como antimoderno, sino como la propia estética revolucionaria del nazismo, un híbrido de lo antiguo y lo moderno que de nuevo indica una forma del “modernismo con arraigo” típico del fascismo genérico.

No hay duda de que, para los fascistas más radicales, el objetivo a largo plazo era remplazar la profunda desigualdad social y el individualismo atomizador, producidos por el capitalismo y la estratificación de clases, por una comunidad nacional cuyos miembros estuvieran protegidos de la explotación y las privaciones por un Estado altamente intervencionista que dirigiría la economía para salvaguardar los intereses de toda la nación, entendida ésta como un organismo homogéneo en lo étnico o en lo cultural. 

Los marxistas militantes ven, como era de esperar, al fascismo en acción en cualquier forma organizada de racismo, xenofobia, islamofobia o discriminación, como es el caso de las protestas contra la inmigración, las cumbres del G8 y todas las formas de totalitarismo de anti-izquierda, que atribuyen a la tendencia latente del capitalismo a generar exclusión social y discriminación. El modo en que periodistas y políticos manejan el término “fascismo” tampoco contribuye a crear un clima sereno de investigación forense. 

En el contexto en buenos hallamos, debemos separar cuidadosamente “fascismo” de “populismo”, ya que la supuesta amenaza cada vez mayor de éste a la democracia se confunde a menudo con una señal de la expansión del fascismo, y, además, mi propia definición habla de “ultranacionalismo populista”. 

Hay que diferenciar el populismo, tanto ideológica como psicológicamente, del fascismo, lo cual o quiere decir que algunos partidos populistas europeos de derechas no consigan el voto de “auténticos” fascistas. Por usar la distinción legar que establece el derecho constitucional alemán, el populismo de derechas es “radical” y por lo tanto legal, mientras que el fascismo es “extremista”, y por lo tanto ilegal. 

El fascismo sigue siendo una fuerza laica, y por lo tanto es distinto del terrorismo islamista, que representa una forma extrema de la politización y secularización de una religión que se remonta a los orígenes del propio Islam. 

Siguiendo la teoría de Gramsci de la “hegemonía cultural” como condición previa para la hegemonía política, la Nueva Derecha preconiza un “gramscismo de derechas”.

Los dos principales precursores intelectuales del Neo-fascismo meta-político son el italiano Julius Evola, fascista y euro-fascista racista, y el alemán Armin Mohler, al que ya conocimos antes como recopilador de un compendio muy influyente de fuentes (alemanas) de una nueva “Revolución Conservadora” de posguerra.

Es en Rusia donde el Neo-fascismo de la Nueva Derecha ha tenido el mayor impacto manifiesto en la política oficial. Bajo el mandato de Putin se han reforzado las nociones geopolíticas de proteger la homogeneidad cultural y hegemonía de Rusia de la europeización, gracias a la prolífica tarea publicitaria de Aleksandr Dugin, que lleva dos décadas entregado a la misión de revitalizar el Eurasianismo dentro del patrón de la Revolución Conservadora. 

Remedando un famoso comentario del Pigmalión de Bernard Shaw, podríamos decir que “es imposible que un experto en el fascismo abra la boca sin que consiga que otro experto lo odie o desprecie”. 
El neo-fascismo se caracteriza por tener tantas visiones y planes palingenésicos que es imposible generalizar sobre cómo ocurrirá ese renacimiento, sobre todo ahora que, para muchos fascistas, ese renacimiento ha quedado pospuesto indefinidamente y debe esperar a que la civilización liberal se desmorone desde dentro, lo que Julius Evola (1961) llamó “montar (cabalgar) el tigre”. 

El fascismo italiano fue un fenómeno plural, en el que tenían cabida muchas teorías enfrentadas, e incluso filosofías, sobre cómo debería ser el nuevo Estado, así como corrientes conservadoras y futuristas elitistas y populistas, burguesas y proletarias, urbanas y rurales, juveniles y gerontrocráticas, revolucionarias y reaccionarias. 

El Fascismo italiano fue “una mezcla desordenada” (Roberts, 2000), que incorporó elementos como el catolicismo ultraconservador que se contradecía con el culto pagano de la romanitá, la cual a su vez chocaba directamente con las visiones tecnocráticas y futuristas de la nueva Italia y con la teoría hegeliana de Giovanni Gentile del Estado ético, que fue la base para la definición oficial dela ideología fascista en la Enciclopedia Italiana. 


Modernismo y fascismo. Roger Griffin



Lo que ha logrado Griffin es situar el fascismo dentro de sus plenas dimensiones históricas con mucha mayor claridad de lo que habían hecho los análisis reduccionistas anteriores. Nos ha brindado tanto un gran estudio del modernismo propiamente dicho como de la amplia variedad del carácter modernista del fascismo. Ésta es la nueva obra sobre el fascismo más importante que ha parecido en bastantes años y merece sobradamente la atención de los lectores españoles. (Stanley G. Payne)


Lejos de ser antimoderno en esencia, el fascismo únicamente rechaza “los elementos presuntamente degenerados de la época moderna”, y que su “defensa de un nuevo tipo de sociedad” significa que representa un modernismo alternativo más que un rechazo del modernismo. 

Como se desprende de las alusiones a Nietzsche y a Marinetti, la premisa en la que se basa este estudio es que las “visiones del mundo” (Weltanschauung o visione del mondo) que condicionaron las políticas de los dos regímenes fascistas, bien distintos, que surgieron en la Europa de entreguerras, estaban íntimamente relacionadas con el modernismo artístico y cultural de un modo que escapa a las ecuaciones simplistas o a las fórmulas reduccionistas. 

Para sus más fieles partidarios el fascismo era una promesa de cambio, un movimiento que literalmente haría época. 

La tesis de nuestra interpretación sinóptica es que la Italia fascista y la Alemania nazi no sólo fueron manifestaciones concretas de una ideología política genérica y de una praxis que se ha dado en llamar “fascismo” sino que además se puede considerar que el propio fascismo es una variante del modernismo.

En sus distintas combinaciones el fascismo no sólo se impuso la tarea de cambiar el sistema estatal, sino también la de depurar de decadencia la civilización y promover la aparición de una nueva estirpe de seres humanos, que no se definía mediante categorías universales sino a través de mitos nacionales y raciales. Los activistas fascistas acometieron la tarea imbuidos del espíritu iconoclasta de la “destrucción creadora”, que no estaba legitimado por la voluntad divina, ni por la razón, las leyes naturales o la teoría socioeconómica, sino por la convicción de que la historia se encontraba en un punto de inflexión y de que los humanos podían determinar su curso, redimir a su nación y rescatar a Occidente de un ocaso que parecía inminente. 

Existen profundas afinidades entre comunismo y el nacionalismo en cuanto ideologías totalitarias. Es más, los Estados comunistas promovieron en la práctica fuertes corrientes de nacionalismo y de etnocrentrismo. En este sentido, existen elementos de parentesco entre comunismo y fascismo que contradicen la teoría marxista. La polarización entre derecha e izquierda que se hace de este pasaje es por tanto una simplificación. 

Nada más terminar la Primera Guerra Mundial, no sólo los vanguardistas sino millones de “personas corrientes” pensaban que asistían a los dolores del parto de un nuevo mundo bajo un régimen ideológico y político cuya naturaleza todavía estaba por decidir. 

Julius Evola fue uno de los representantes más destacados del dadaísmo, una corriente artística que se supone que es intrínsecamente incompatible con cualquier forma de compromiso político, sobre todo con las formas extremas de nacionalismo y y de racismo.

Por regla general, el fascismo todavía se relaciona con las fuerzas reaccionarias y con la huída del “mundo moderno”, no es de extrañar que exista una percepción alterada según la cual su relación con la modernidad estaría plagada de aporías. En la Italia de Mussolini, por ejemplo, ¿cómo pudo un régimen dedicado a la destrucción de las fuerzas “progresistas” del socialismo y a la renovación de la herencia de la Roma clásica atraer a tantos artistas, arquitectos, diseñadores y tecnócratas importantes de vanguardia? ¿Qué condujo a Mussolini -que, a pesar de la megalomanía y la falta de compromiso ideológico auténtico que demostró cuando lideraba un régimen reaccionario en sus años de Duce, en sus orígenes había sido un político activista e intelectual socialista- a sucumbir a la ruidosa campaña en favor del resurgir de la nación que lanzaron desde las páginas de La Voce algunos de los artistas e intelectuales florentinos más destacados -todos ellos apasionados partidarios de lo moderno- en la década anterior a la Primera Guerra Mundial? ¿Por qué Filippo Marinetti, el fundador de uno de los movimientos más radicales de la estética modernista, pensó que el peculiar nacionalismo de Mussolini era el vehículo ideal para la guerra futurista contra la decadencia del “culto al pasado”? ¿Por qué otras figuras prominentes de la cultura italiana como Grabriele D’Annunzio, Giuseppe Prezzolini o Giovanni Papini traicionaron su revolución “auténtica” de la izquierda, a la que se supone que suelen ser leales los artistas de vanguardia, y apoyaron en cambio la “pseudorrevolución” que promovía la derecha?

Italo Balbo partió de Italia el 30 de junio de 1933 en compañía de un escuadrón de veinticuatro hidroaviones SM. 55X Savoia-Marchetti, que eran el no va más de la tecnología de la aviación. Seis semanas después aterrizó en el Lago Michigan, cerca del lugar donde se había instalado la exposición “Un siglo de progreso” que se estaba celebrando en Chicago, un acontecimiento que, a pesar de los terribles efectos de la Gran Depresión- o quizá precisamente gracias a ellos- atrajo a 39 millones de visitantes de todo el mundo. Para conmemorar esta proeza que el público estadounidense acogió con verdadero entusiasmo, Mussolini ordenó quitar una columna de 1.700 años de antigüedad que pertenecía a un pórtico levantado en un lugar cercano a la bahía de Ostica Antica, el antiguo puerto de Roma, y enviarla a Chicago. La colocaron frente al pabellón de Italia. Se utilizaba así un monumento antiguo para celebrar el triunfo de la modernidad. 

Cada vez que recurrimos a los especialistas para explicar la enrevesada relación ente fascismo y modernismo, más que encontrar un coro armonioso topamos con una cacofonía. 

Setenta años después de la caída del Tercer Reich habría resultado inconcebible organizar una exposición equivalente en Alemania que llevara el lacónico título de “Los años treinta: Arte y cultura en Alemania” sin provocar la ira de los revisionistas. Los organizadores habrían tenido que andarse con pies de plomo para evitar que les acusaran de “normalizar” el nazismo subrepticiamente al utilizar la exposición y el texto del catálogo para hacer hincapié en la modernidad de la vida bajo el régimen nazi pasando por alto los horrores intrínsecos que padecieron los alemanes excluidos de la “comunidad nacional”. Lo que ha quedado grabado en la memoria colectiva es la condena que los nazis realizaron de la estética modernista en la “Exposición de arte degenerado”, celebrada en Múnich en 1937 -si atendemos al número oficial de visitantes, la exposición de arte contemporáneo que “más éxito” ha tenido en la historia-. 

La imagen del Reichsminister de Ilustración y Propaganda Joseph Goebbels animando a Mies van Der Rohe a concursar en los proyectos más prestigiosos del régimen, nos anima a nosotros a “revisar” a fondo la cuestión de la famosa yihad que los nazis emprendieron contra el modernismo.

Un ejemplo todavía más sorprendente, si cabe, de las incongruencias que aparecen de manera recurrente en la interacción entre el nazismo y la modernidad occidental es la debilidad que tenía Goebbels por el jazz, un género musical fustigado oficialmente en cuanto epítome de la “música degenerada”. Teniendo en cuenta esta afición, no es de extrañar que l anoche del 15 de febrero de 1938 Goebbels visitara los camerinos del Teatro de la Scala de Berlín, en compañía de Hermann Goering, para felicitar por su actuación a Jack Hylton, un músico de jazz inglés de fama internacional cuya gira por Alemania había batido todos los récords de taquilla la primavera anterior. (Al parecer, Hitler también asistió al concierto, pero una vez terminado se fue directamente a su casa.) Esta visita no fue ningún lapsus. El espectáculo había sido previamente “purificado”. Los propios censores de Goebbels habían suprimido el número de Maureen Potter, que hacía de Shirley Temple, por juzgarlo “demasiado americano”, y se habían asegurado de que no había ningún judío en la orquesta de Hylton. Además, oficialmente, el estilo musical que defendía Goebbels no era el jazz, clasificado como “decadente”, sino el swing, que era una “afirmación de la vida”. 

Tanto los fascistas como los nazis, cada uno en su estilo, no rechazaban la modernidad, sino que utilizaban el entorno para echar los cimentos de una modernidad alternativa y, por tanto, pretendían desarrollar un modernismo alternativo. 

Si el fascismo dio cabida a algunas expresiones de la estética modernista que se avenían a la causa revolucionaria por la que ellos luchaban y tachó a otras de decadentes fue precisamente porque era un fenómeno intrínsecamente modernista. 

Sostenemos que existe una matriz psicocultural homogénea e intrínsecamente uniforme que no solo provocó la asombrosa proliferación de formas heterogéneas de estética, de cultura y de formas modernistas, sino que además condicionó, sin llegar a determinarla, la ideología, la política y también la praxis general del fascismo. En resumidas cuentas, afirmamos que, aunque no sea el único que se debe hacer, se puede llevar a cabo un análisis fructífero del fascismo en cuanto forma de modernismo. Con suerte, incluso los historiadores atormentados por el abismo insondable del relativista encontrarán que nuestra tesis es lo suficientemente atractiva, que sus pruebas empíricas son suficientemente rigurosas y que su valor heurístico es suficientemente sólido para justificar la escala épica pasada de moda de su metanarrativa.

Los marxistas intentarían, como es natural, centrarse en el nacimiento del capitalismo y en sus consecuencias sociales y materiales como la principal fuerza impulsora del cambio y del modernismo en sí. El capitalismo sería, además, el progenitor del fascismo. De hecho, los historiadores marxistas se encuentran enzarzados en una discusión interminable con los no marxistas acerca del discurso más adecuado para la construcción de una narrativa de la modernidad y de los conceptos relacionados con ella. 

Se postula que el modernismo nace como fenómeno cultural específico de la modernidad cuando un grupo crítico de artistas e intelectuales empiezan a experimentar y a expresar (a construir) que la época en la que viven no es un periodo de progreso y de evolución, sino que se caracteriza por la regresión y la involución. En una palabra, es un periodo decadente. 

Después de todo, mientras las amas de casa italianas donaban sus alianzas a la causa sanguinaria de la ocupación fascista de Abisinia, en la Rusia soviética ya se organizaban desde hacía bastante tiempo desfiles para conmemorar el Primero de Mayo, cada vez más elaborados, belicosos y cargados de simbolismo. Estos desfiles se celebraban en Moscú y su finalidad era establecer relaciones primordiales entre la primavera y la renovación cíclica y la fuerza, y tenían la misma energía que los del Tercer Reich. Las purgas de Stalin y los procesos organizados con fines propagandísticos, además de ofrecer espectáculo, también tenían su parte ritual y espectacular. 

Los seres humanos modernos siguen ofreciendo sacrificios y peregrinando, pero la mayoría de los sacrificios se ofrecen a “deidades humanas” y se peregrina a “ciudades terrenales”. 

Todos los países europeos seguían su Sonderweg particular y tenían sus propias versiones de darwinismo social, de antropología física y cultural, de genética, de demografía, de higiene racial, de nacionalismo orgánico, de antisemitismo, de ocultismo y, sobre todo, proyectos políticos particulares, tanto de izquierdas como de derechas. En Gran Bretaña, por ejemplo, hasta 1914 la derecha radical abrazó la teoría eugenésica, preocupada por el impacto que la decadencia racial pudiera ejercer sobre el Imperio, pero también simpatizaron con ella intelectuales de izquierdas como H.G. Wells y George Bernard Shaw…


La conclusión que extrae Peter Osborne, una conclusión que aplica a la clasificación de fascismo, es sorprendentemente conocida: “Desde el punto de vista de la estructura temporal de su proyecto, el fascismo es una forma especialmente radical de revolución conservadora”. En cuanto tal, “no es ni una reliquia ni un arcaísmo”, sino una “forma de modernismo político”. 

Con su rebelión contra la decadencia, los fascistas pretendían regenerar una Europa cuya “moral” se encontraba “en declive”, cuya “fe” estaba “degradada”. Querían imponer “el culto al cuerpo, a la salud y a la vida en la naturaleza” y acabar así con “una civilización que no quería salir de casa”. 

Los rasgos peculiares del fascismo se pueden resumir en la siguiente definición esquemática: “El fascismo es una forma de poder programático cuya intención es hacerse con el poder político para llevar a la práctica una visión totalizadora del renacimiento nacional o étnico. Su meta última es acabar con la decadencia que ha destruido la sensación de pertenencia a una comunidad y que ha despojado a la modernidad de significado y de trascendencia, y dar comienzo a una nueva era de homogeneidad cultural y de salud”. 

La Italia fascista fue un régimen mucho más contenido que la Rusia de Stalin o la Alemania de Hitler. La utopía que pretendían hacer realidad era tan radical y la destrucción masiva necesaria tan desproporcionada que da la sensación de que tanto los dictadores como sus seguidores sufrieron un proceso de “depuración” de la conciencia “normal” basada en valores que ellos relacionaban con la decadencia, un proceso que les situó en una órbita moral que se encontraba, fieles al legado nietzscheano, “más allá del bien y del mal”. 


El fascismo es una forma de modernismo programático cuya intención es hacerse con el poder político para llevar a la práctica una visión totalizadora del renacimiento nacional o étnico. Su meta última es acabar con la decadencia que ha destruido la sensación de pertenencia a una comunidad y que ha despojado a la modernidad de significado y de trascendencia, y dar comienzo a una nueva era de homogeneidad cultural y de salud. 

Emilio Gentile afirma que “el modernismo fascista intentó efectuar una nueva síntesis entre tradición y modernidad sin renunciar a la modernización con el fin de cumplir los objetivos de poder de la nación”.

Bajo a Mussolini se animó a los italianos a sentir que vivían en el umbral de una “nueva civilización”, de un “ciclo”. 

La aplicación de un nuevo calendario que discurriría paralelamente al gregoriano, según el cual el año 1922, el de la Marcha sobre Roma, sería el año I de la era fascista, es un gesto cargado de significado simbólico. Se puede comparar con la adopción del año y el día decimales del calendario de la Revolución francesa (o “calendario republicano”), asumido el 24 de octubre de 1793 y abolido el 1 de enero de 1806 por el emperador Napoleón I, pero que, en un gesto simbólico y elocuente, se recuperó brevemente en la Comuna de París en 1871. La manipulación matemática de la medida del tiempo bajo Mussolini indica una profunda voluntad mítica de crear un nuevo tipo de Estado capaz de llevar a cabo un nuevo orden en el que Crono quedara suspendido y el tiempo histórico volviera a comenzar literalmente. Se trata de una voluntad que ya hemos analizado en el contexto de la obsesión que la decadencia de principios del siglo XX, una obsesión que es la quintaesencia del modernismo. 

En la ciudad que aparece en Metropolis (1927), de Fritz Lang, una descripción profundamente modernista de un futuro utópico y distópico a la vez, un reloj decimal que marca una cuenta atrás a la vista de todos regula las vidas de los trabajadores. En la anécdota apócrifa que afirma que Goebbels le ofreció a Lang el cargo de director de la industria debido a la fuerza que observó en su película se intuye el modernismo del nazismo. 

Desde 1945 las políticas y las acciones que el régimen fascista emprendió en el ámbito cultural, social y político que han sido estudiadas de forma exhaustiva por muchos historiadores que han legado a los investigadores una enorme cantidad de datos empíricos relacionados con el desmantelamiento del régimen liberal y su sustitución por un “Estado totalitario”. Sin embargo, en esta profusión de datos que dan cuenta de qué hicieron los fascistas na vez en el poder se suele pasar por alto por qué lo hicieron. Se trata de una cuestión que casi nunca se aborda, y si se hace se suelen limitar las causas a los caprichos de un dictador, a la guerra reaccionaria contra el socialismo o a la obtención del monopolio del poder por parte de una elite corrupta en su propio beneficio. Sin embargo, espero que estas alturas haya quedado claro que, a diferencia de las interpretaciones que acabo de mencionar, según nuestra perspectiva debe interpretare el régimen fascista en cuanto Estado modernista equiparable al Estado modernista que se fundó en la Rusia bolchevique en la misma época y con el que se instauraría más tarde en la Alemania del Tercer Reich. 

Durante los primeros años de su existencia, el Estado modernista creado por el fascismo representó para sus partidarios más fanáticos, no sólo para Mussolini, una tentativa heroica de completar la unificación italiana que integrara a todos los italianos en una gran Italia modernizada, dinámica, en plena expansión demográfica y territorial, poderosa desde el punto de vista tecnológico, y con una cultura viva. 

Lo que define a Goebbels como modernista no son sus preferencias estéticas, sino la convicción profundamente asentada de que se podía emplear la fuerza institucional y organizativa del Estado moderno para crear una nueva cultura nacional y una nueva era histórica. 

Aunque Mein Kampf no es una obra en absoluto modernista, ni en su estilo ni en su forma, se la puede considerar con todo derecho como uno de los manifiestos más importantes del modernismo político del siglo XX. 

“¿Pueden pensar las máquinas?”, era la misteriosa pregunta que aparecía en el número del 18 de mayo de 1941 de la revista semanal de “Conocimiento, entretenimiento y Lebensfreude (alegría de vivir)” Koralle, una publicación nazi dirigida a las familias “arias” que se publicó durante los años que el Tercer Reich se mantuvo en el poder. En el artículo que se podía leer a continuación se describían los rápidos avances que se habían producido en el campo de la robótica. Se habían creado máquinas capaces de realizar funciones humanas. Una de ellas era una calculadora que resolvía en segundos problemas de electrónica y de física cuántica que un cerebro humano habría tardado meses en solucionar. 

En 1945 las tropas británicas descubrieron escondido en el sótano de una casa del pueblecito bávaro de Hinterstein un enorme aparato cuyo nombre en clave era “V4”. Al final resultó que ese armatoste mecánico no era la cuarta de las prodigiosas armas secretas de Hitler, sino el Versuchsmodell 4 (Prototipo 4), una calculadora programada con una memoria electromecánica y una unidad aritmética construida en 1941 por Konrad Zuse con una subvenciono del Instituto Aerodinámico del Tercer Reich. Era el primer ordenador moderno que se había conseguido poner en funcionamiento con éxito, gracias a un mecanismo basado en una serie de armazones tensados que vibraban. 

En 1936 algunos alemanes una podían incluso ver cómo Hitler asistía a los Juegos Olímpicos de Berlín a través del último triunfo de la tecnología alemana de la comunicación: la televisión. En la decimosexta Grosse Deutsche Rundfunkausstellung (Exposición de la Radio de la Gran Alemania) de 1939, se mostró por primera vez el Fernseh-Volksempfänger -el equivalente al aparato de radio diseñado para el consumo de masas que tanto éxito había tenido, el Volksempfänger-, con un precio indicativo de 650 marcos. Dos años antes, entra edición de esta misma exposición se había demostrado que las transmisiones de televisión en color eran posibles. De no ser por la guerra, la televisión se habría desarrollado hasta convertirse  en un medio de comunicación de masas… Hitler estaba absolutamente convencido de que los alemanes “arios”, equipados con ese aparato de grabación, documentarían de forma espontánea los logros de la nación renacido, el propio proceso de “hacer historia” que se estaba llevando a cabo en la intimidad de las vidas de la Volkgemeinschaft. 

“Los alemanes” nunca fueron colectivamente “los verdugos voluntarios de Hitler”, tal como postula la teoría simplista de Goldhagen, pero lo cierto es que millones de alemanes fueron cómplices en la creación y el mantenimiento de la modernidad alternativa del régimen durante los años cruciales de su formación. 

A Adolf Hitler le apasionaba sinceramente Wagner, uno de los compositores más modernistas de la época. Ademas, el Führer estaba personalmente interesado en construir una red de Autobahn, una de las expresiones más destacadas de los principios de la estética, del diseño, de la ingeniería -tanto social como civil-, de la planificación -tanto regional como a gran escala-, de la tecnología de la construcción, y del Estado jardinero modernistas: el símbolo de una “modernidad alternativa” en construcción. La tecnología del coche que se diseño para convertir las autopistas en medios de transporte a gran escala, el Volkswagen, era tan avanzada, y su línea tan pura, que se incluyó en la exposición “Modernism: Designing a New World”, celebrada en Londres en 2006. Tanto Mies van Der Rohe como Walter Gropius, dos luminarias de la escuela de tendencia izquierdista de la Bauhaus, presentaron proyectos arquitectónicos bajo el Tercer Reich. El arquitecto que proyectó junto a Van Der Rohe el edificio de Nueva York fue Philip Johnson, un hombre que colaboró en la fundación de un partido fascista de los Estados Unidos  en los años treinta y que formó parte del ejército nazi que invadió Polonia. En 1978 Albert Speer le regaló a Johnson un ejemplar de su nuevo libro de arquitectura con la siguiente dedicatoria: “A Philip Johnson, compañero arquitecto. De un colega que admira sinceramente sus últimos proyectos. Saludos. Albert Speer”. Speer creó “catedrales de luz” inspiradas en la estética modernista setenta años antes de que se utilizaran reflectores con una finalidad parecida para marcar el lugar donde se encontraban las Torres Gemelas del World Trade Center hasta la mañana del 11-S. Ezra Sound, uno de los poetas modernistas más  importantes, interrumpió su labor creativa para difundir propaganda pro fascista entre los americanos y los ingleses, y para añadir un homenaje a la República de Saló a sus Cantos. Si los lectores no encuentran nada desconcertante o anómalo en esta relación de faits divers es porque (ahora) son conscientes de la poderosa afinidad electiva que existe entre el impulso del modernismo cultural de crear un nuevo nomos de ficción, las aspiraciones de los modernistas sociales a trascender una época de decadencia y de enfermedad, y la estricta misión de futuro de los políticos modernistas de derechas de construir una sociedad revolucionaria, pero firmemente arraigada, enmarcada una vez más en un horizonte mítico fijo.