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Liberación animal - Peter Singer

El término “animal” mezcla seres tan diferentes como las ostras y los chimpancés, al tiempo que interpone un abismo entre los chimpancés y los humanos, a pesar de que nuestra relación con estos simios sea mucho más estrecha que la de éstos con las ostras. 

Si cesara la cría de animales y su sacrificio como fuente de alimento, quedaría disponible una cantidad mucho mayor de alimentos para los humanos que, distribuida adecuadamente, eliminaría del planeta la muerte por hambre y desnutrición. La liberación de los animales es, también, la liberación de los humanos. 

El principio básico de la igualdad no exige un tratamiento igual o idéntico, sino una misma consideración. 

Nos guste o no, tenemos que reconocer el hecho de que los humanos tienen formas y tamaños diversos, capacidades morales y facultades intelectuales diferentes…. Si cuando exigimos igualdad nos basáramos en la igualdad real de todos los seres humanos, tendríamos que dejar de exigirla. 

Si un ser sufre, no puede haber justificación moral alguna para negarse a tener en cuenta este sufrimiento. El principio de igualdad exige que su sufrimiento cuente tanto como el mismo sufrimiento de cualquier otro ser. 

Casi todos los seres humanos son especistas. Los siguientes capítulos muestran que los seres humanos corrientes -no sólo unos cuantos excepcionalmente crueles o despiadados, sino la gran mayoría- participan activamente, dan su consentimiento y permiten que sus impuestos se utilicen para financiar un tipo de actividades que requieren el sacrificio de los intereses más vitales de miembros de otra especie para promover los intereses más triviales de la nuestra. 

Lo que necesitamos es una postura intermedia que evite el especismo pero que no convierta las vidas de los retrasados mentales y de los ancianos con demencia senil en algo tan despreciable como lo son ahora las de los cerdos y los perros, ni tampoco hacer de las vidas de los cerdos y los perros algo tan sacrosanto que creamos que está mal poner fin a su sufrimiento aunque no tenga remedio. 

En tanto que recordemos que debemos respetar por igual las vidas de los animales y las de los humanos con un nivel mental similar, no andaremos muy desencaminados. 

Herramientas de investigación

Si el ejército dejara de hacer experimentos con perros y usara en su lugar ratas, también deberíamos preocuparnos. 

El investigador que fuerza a unas ratas a escoger entre morirse de hambre o el electrochoque para ver si desarrollan úlceras (y sí las desarrollan), lo hace porque sabe que la rata tiene un sistema nervioso muy parecido al del ser humano, y se supone que siente un electrochoque de manera similar. 

Los resultados de los experimentos no parecen tener la suficiente importancia como para justificar el sufrimiento que han causado, recuérdese que todos estos ejemplos proceden de la pequeña porción de experimentos que los editores consideraron lo bastante significativa como para publicarse. 

Muchos experimentos de los que se llevan a cabo con ratas solo pueden aplicarse si asumimos que sus autores están realmente interesados en la conducta de la rata en sí, sin ninguna idea de aprender nada sobre los seres humanos. 

Los toxicólogos saben desde hace ya mucho tiempo que extrapolar de una especie a otra es una empresa muy arriesgada. 

El Opren fue retirado del mercado en Inglaterra después de más de 61 muertes y más de 3500 informes de reacciones adversas. 

Como dijo un tóxicólogo: “Si la penicilina hubiera sido juzgada por su toxicidad para las cobayas, quizá nunca se hubiera aplicado en humanos”. 

Es difícil tomarse en serio la sugerencia de que unos pequeños animales peludos drogados con atropine y que se envuelven en orina cuando tienen calor constituyen un modelo. 

Muchos experimentos parecen triviales o mal pensados, y algunos ni siquiera se concibieron para obtener resultados importantes. 

Tras décadas de experimentos proyectados para producir el shock en perros mediante la provocación de hemorragias, estudios más recientes indican que (¡sorpresa!) este tipo de shock no es igual en los perros y en los humanos. 

¿Cómo pueden unas personas que no son sádicas pasar su jornada laboral provocando depresiones de por vida a los monos, calentando perros hasta la muerte o volviendo drogadictos a gatos? ¿Cómo, después de todo esto, puede alguien quitarse su bata blanca, lavarse las manos e irse a casa a cenar con su mujer e hijos? ¿Cómo pueden permitir los contribuyentes que su dinero se use para financiar estos experimentos? ¿Cómo pudieron los estudiantes realizar protestas contra la injusticia, la discriminación y la opresión de todo tipo, sin importar los límites territoriales de su país, mientras ignoraban las crueldades que se cometían -y aún se cometen- en sus propias universidades?

Toleramos crueldades con miembros de otras especies que nos enfurecerían si se hicieran con miembros de la nuestra. El especismo hace que los investigadores consideren a los animales con los que experimentan como una parte más del instrumental, útiles de laboratorio y no criaturas vivas que sufren. 

Hay factores especiales que contribuyen a hacer posibles los experimentos. El que más cuenta, sin duda, es el inmenso respeto que todavía sentimos por los científicos. 

El mito generalizado de que todos los veterinarios son personas que quieren a los animales y no permiten que se les haga sufrir innecesariamente…. Pero a alguien que realmente aprecie a los animales tiene que resultarle difícil completar los estudios de veterinaria sin que se le adormezca la sensibilidad ante el sufrimiento animal, y quizá los más sensibles no sean capaces de terminarlos.

La raison d’etre de la profesión veterinaria es el bienestar total del hombre, y no el de los animales inferiores. 

No es de extrañar que en la respetada revista científica británica New Scientist un escritor describiera Estados Unidos como “un país que, según queda reflejado en su legislación de protección animal, parece una nación de bárbaros”. 

Vieron animales retorciéndose, aparentemente despertando de la anestesia mientras los cirujanos operaban en sus cerebros expuestos. También oyeron a los cirujanos mofándose y riéndose de animales asustados y sufrientes. 

¿Cuándo están justificados los experimentos con animales? Al enterarse de la naturaleza de muchos experimentos realizados, algunas personas reaccionan diciendo que deben prohibirse todos inmediatamente. Pero si formulamos nuestras exigencias de una manera tan absoluta, los experimentadores disponen de una rápida respuesta: ¿Estaríamos dispuestos a dejar morir a cientos de humanos si se pudieran salvar mediante un solo experimento con un solo animal?


Desde luego, esta pregunta es puramente hipotética. Nunca ha habido, ni podrá haberlo, un solo experimento que salve miles de vidas. La respuesta adecuada a esta pregunta hipotética es otra pregunta: ¿Estarían dispuestos los experimentadores a realizar el experimento con un huérfano humano menor de seis meses si ése fuera el único modo de salvar miles de vidas?

Si los experimentadores no estuvieran dispuestos a utilizar una criatura humana, su disposición a utilizar animales no humanos revela una forma injustificable de discriminación sobre la base de la especie, ya que los gorilas adultos, monos, perros, gatos, ratas y otros animales son más conscientes  de lo que les sucede, más capaces de autodirigirse y, por lo que sabemos, al menos igual de sensibles al dolor, que una criatura humana. (He especificado que el niño fuera huérfano para evitar las complicaciones de los sentimientos de los padres. Plantear el caso de esta manera es, si acaso condescendiente  cara a quienes defienden el uso de animales no humanos en experimentos, ya que los mamíferos destinados a uso experimental suelen ser separados de sus madres a muy temprana edad, cuando la separación causa aflicción tanto en la madre como en el hijo.)

Si realmente fuera posible salvar muchas vidas con un experimento que sólo acabara con una y no hubiera ningún otro modo de salvarlas, ese experimento estaría justificado. Pero se trataría de un caso extremadamente raro. 

No debe pensarse, sin embargo, que la investigación médica pararía en seco o que un torrente de productos no probados inundaría el mercado. Por lo que respecta a nuevos productos es cierto, como ya dije antes, que tendríamos que arreglarnos con una cantidad menor, utilizando ingredientes que ya sabemos que no son peligrosos. 

Aunque decenas de miles de animales han sido forzados a inhalar el humo del tabaco durante meses e incluso años, la prueba de la conexión entre el uso del tabaco y el cáncer de pulmón se basó en datos de observaciones clínicas en humanos. 

¿Podemos justificar que se fuerce a miles de animales a inhalar humo de tabaco para que desarrollen cáncer de pulmón, cuando sabemos que prácticamente podríamos acabar con la enfermedad eliminando el uso del tabaco? Si las personas deciden continuar fumando, sabiendo que así se arriesgan a un cáncer de pulmón, ¿es correcto hacer sufrir a los animales el coste de esta decisión?

Cada vez más científicos se están dando cuenta de que la experimentación con animales a menudo frena el avance de nuestra comprensión de las enfermedades de los humanos y su tratamiento. 

¿Por qué han de estar muriéndose personas por una enfermedad invariablemente fatal mientras se prueba una posible cura en animales que no suelen desarrollar el SIDA?

En la granja industrial

Para la mayoría de los seres humanos, especialmente los de las modernas comunidades urbanas o de la periferia, la forma de contacto más directa con los animales no humanos se produce a la hora de las comidas: nos los comemos. 

Es aquí, cuando nos sentamos a la mesa y en el supermercado o carnicería de nuestro barrio, donde nos ponemos en contacto directo con la mayor explotación que jamás haya existido de otras especies. 

Jamás se expone a las aves a la luz natural, excepto el día en que se las saca para sacrificarlas,  el aire que respiran está fuertemente impregnado del amoníaco de sus propios excrementos. Tienen una ventilación adecuada para mantenerlas vivas en circunstancias normales, pero, si hubiera un fallo mecánico, pronto se asfixiarían. Incluso una posibilidad tan básica como un fallo eléctrico podría ocasionar un desastre, ya que no todas las granjas avícolas poseen un grupo generador autónomo auxiliar. 

El rápido ritmo de crecimiento también causa lesiones y deformidades que fuerzan a los productores a sacrificar entre un 1 y un 2% de los pollos -y puesto que sólo se retiran los casos más severos, la cantidad de aves que sufren deformidades tiene que ser mucho más alta-. 

Los investigadores alertaron a los granjeros para que pasaran el menor tiempo posible en sus naves y usaran un respirador al entrar. Pero el estudio no decía nada sobre respiraderos para los pollos. 

Las puertas se abrirán de par en par y las aves, llevadas boca abajo y violentamente introducidas en cajas que se amontonan en la trasera de un camión. Finalmente son sacados de las cajas y colgados boca abajo de la cinta transportadora que los conduce hasta el cuchillo que acabará con su infeliz existencia. 

Los cuerpos de los pollos, desplumados y preparados, se venderán entonces a millones de familias que chuparán sus huesos sin detenerse a pensar por un instante que se están comiendo el cuerpo muerto de una criatura que estuvo viva, ni lo que se le hizo a esa criatura para que ellos pudieran comprar y comer su cuerpo.

Algunas compañías gasean a los pequeños polluelos, pero es más frecuente que se les arroje vivos a un saco de plástico donde acaban asfixiados por el peso de los otros polluelos que caen encima de ellos. … para los criadores, la muerte de estos polluelos machos es como para nosotros sacar la basura. 

La situación de las gallinas en estas condiciones es similar a la de tres personas que intentan pasar la noche cómodamente en una cama estrecha, con la diferencia de que las primeras están condenadas a esa infructuosa lucha por un año entero. 

En los mamíferos, la temprana separación de madre e hijo causa desazón en ambos. Respecto a las propias jaulas, un ciudadano normal que mantuviera perros en condiciones similares durante todas sus vidas se arriesgaría a que le denunciasen por crueldad. Sin embargo, a un porquero que trate así a un animal de inteligencia comparable es más probable que se le recompense con una concesión fiscal o, en algunos países, con un subsidio directo del Gobierno. 

Los humanos dan a luz, pero los cerdos paren. 

Las cerdas se tiraban violentamente hacia atrás tensando la cadena. Daban cabezazos mientras se retorcían y daban vueltas luchando por liberarse. A menudo emitían fuertes gritos y de cuando en cuando algunas se chocaban contra las paredes laterales de los establos. En ocasiones, esto terminaba provocando que las cerdas se colapsaran sobre el suelo. 

Estos violentos intentos de escapar pueden durar hasta tres horas. Cuando disminuyen, las cerdas permanecen tumbadas por largos periodos de tiempo, a menudo con el morro metido bajo los barrotes y emitiendo de cuando en cuando suaves gruñidos y quejidos. 

Los beneficios del productor y los intereses del animal están en conflicto. 

De todas las formas de producción animal intensiva que hoy se practican, la que mayor repugnancia moral provoca es la de la carne de ternera. 

Un día o dos después de nacer salían en camiones hacia el mercado, donde, hambrientos y asustados por el extraño ambiente y por la ausencia de sus madres, se vendían para entregarlos inmediatamente al matadero. 

La carne rosa pálido es, de hecho, carne anémica, y la demanda de carne de este color es una cuestión de esnobismo ya que el color no afecta al sabor ni, por supuesto, la vuelve más nutritiva, sino más bien todo lo contrario, solo significa que le falta hierro. 



Para asegurarse de que el ternero destinado a carne come todo lo que puede, no se le da agua. El único líquido al que tiene acceso es su comida: un sustituto enriquecido de la leche, compuesto de leche en polvo y grasa añadida. Puesto que los establos que los albergan se mantienen cálidos, los sedientos animales ingieren más alimento del que tragarían si pudieran beber agua. Como consecuencia del exceso de comida es habitual que rompan a sudar, de modo similar a como dijimos que le ocurre a un ejecutivo que ha comido demasiado y muy deprisa. Al sudar, el ternero elimina humedad; esto le produce sed de nuevo, de modo que la próxima vez vuelve a comer en exceso. Este procedimiento es insalubre según los criterios generalmente admitidos, pero el productor de carne de ternera, cuya finalidad es producir el animal más pesado en el menor tiempo posible, no se inquieta por su salud futura mientras sobreviva para llevarlo al mercado; así, Provimi advierte que el sudor es una muestra de que “el ternero está sano y creciendo lo máximo posible”. 

La industria de la ternera es una rama de la industria lechera. Se les apartan de los hijos cuando nacen, experiencia ésta que es tan dolorosa para la madre como aterrorizante para el ternero. 

Después de que le retiren su primer ternero, comienza el ciclo de la producción de la vaca. Se le ordeña dos veces al día, en ocasiones tres, durante diez meses. Después del tercer mes, será preñada de nuevo. Será ordeñada hasta unas seis o siete semanas antes del siguiente parto, y otra vez de nuevo tan pronto como se le priva del ternero. Normalmente, este ciclo intensivo de gestación e hiparlactación puede durar tan solo unos cinco años, tras los cuales la vaca “gastada” se envía al matadero para convertirse en hamburguesa o comida para perros. 

El sufrimiento se les ha provocado a los animales para el beneficio del hombre, ya sea con los métodos modernos o con los tradicionales. Parte de este sufrimiento ha sido una práctica normal durante siglos, y aunque esto podría inclinarnos a pensar que no existe motivo de preocupación, no es ningún consuelo para el animal que lo padece. 

Casi todos los ganaderos quitan los cuernos, marcan y castran a sus animales. 

Cuando se quieran los cuernos se cortan también arterias y otros tejidos, lo que hace correr la sangre. 

Aunque la castración, el marcado y la separación de las madres de sus crías han causado sufrimiento a los animales de la granja durante siglos, la crueldad del transporte y del matadero despertó en el siglo XIX las más angustiosas súplicas por parte del movimiento humanitario. En Estados Unidos, los animales eran conducidos desde pastos cercanos las Rocosas hasta las estaciones de ferrocarril; ahí se les embutía en vagones de tren y se les negaba el alimento durante varios días, hasta su llegada a Chicago. Allí, en gigantescos depósitos con olor a sangre y carne putrefacta, los que habían sobrevivido al viaje tenían que esperar a que les tocara el turno de ser arrastrados y aguijoneados para que subieran la rampa, donde les esperaba el matarife. Si la puntería era buena, podían considerarse afortunados, pero no siempre tenían suerte. 

Es frecuente que el ganado vacuno se pase 48 o incluso 72 horas dentro de un camión, sin ser descargado. 

El animal que tenemos ante nosotros en el plato a la hora de comer tal vez no murió de ninguna de éstas formas, pero estas muertes son y han sido siempre una parte de la totalidad del proceso que nos proporciona la carne que comemos. 

Dar muerte a un animal es un acto que produce cierto malestar. Se ha dicho que si tuviéramos que sacrificar nosotros mismos a la carne que nos sirve de alimento, todos seríamos vegetarianos. 

El público puede tener la esperanza de que la carne que compra proviene de un animal que murió sin dolor, pero en realidad no quiere enterarse. Sin embargo, aquellos que con sus compras convierten en un hecho inevitable que se mate a los animales no tienen derecho a que se les dispense del conocimiento de éste o de cualquier otro aspecto de la producción de la carne que compran. 

Gran parte del sufrimiento que tiene lugar en los mataderos es el resultado del frenético ritmo que debe seguir la cadena de la matanza. La competencia económica significa que los mataderos tratan de sacrificar más animales por hora que sus competidores. 

Muchos países, incluidos Gran Bretaña y Estados Unidos, hacen una excepción en la aplicación de las leyes al respetar los ritos judíos y musulmanes que requieren que los animales estén completamente conscientes cuando se les sacrifica. 

En lugar de darles un golpe seco y rápido que les tira al suelo al instante y les mata casi al mismo tiempo que caen, a los animales sacrificados ritualmente en Estados Unidos se les ajusta un grillete a una de las patas traseras, se les eleva del suelo y después, completamente conscientes, se les cuelga boca abajo de la correa de suspensión entre dos y cinco minutos -y ocasionalmente mucho más tiempo si algo no funciona en la “fila de la muerte”- antes de que el matarife les haga un corte. 

El tema “libertad religiosa” y la acusación de que los que atacan este modo ritualista de sacrificar a los animales están motivados por un sentimiento antisemita han bastado para impedir cualquier interferencia legislativa con esta práctica en Estados Unidos, Gran Bretaña y muchos otros países. 

Hacerse vegetariano

Nadie que tenga el hábito de comerse a un animal queda completamente libre de todo prejuicio a la hora de juzgar si las condiciones en que fue criado le causaron sufrimiento. 

En la práctica, es imposible criar animales a gran escala para que nos sirvan de alimento sin hacerles sufrir bastante. 

La carne que se vende en carnicerías y supermercados proviene de unos animales a los que no se trató con ninguna consideración real mientras se les criaba. Por tanto, no debemos preguntarnos: ¿Es en general correcto comer carne?, sino: ¿es correcto comer esta carne?

Las personas que se benefician de la explotación de grandes cantidades de animales no necesitan de nuestra aprobación. Necesitan nuestro dinero. 

El vegetarianismo es una forma de boicot. 

Protestar por las corridas de toros en España, por que coman perros en Corea del Sur o por la matanza de crías de focas en Canadá, a la vez que seguimos comiendo huevos de gallinas que han pasado toda su vida hacinadas en jaulas o terneros a los que se ha privado de sus madres de una alimentación adecuada y de libertad para tumbarse con las patas estiradas, se parece a denunciar el apartheid en Sudáfrica mientras pedimos a nuestros vecinos que no vendan sus casas a personas negras. 

Se necesita dar a un ternero 9 kg de proteínas para que produzca tan solo medio kg de proteína animal destinada a los humanos. Recibimos menos del 5% de lo que invertimos. ¡No es extraño que Frances Moore Lappé haya denominado a este tipo de explotación “una fábrica de proteínas a la inversa”!

Aunque la producción de leche rinde más calcio que acre que la avena, el brócoli rinde todavía más, proporcionando cinco veces más calcio que la leche. 

En 1974 Lester Brown, miembro del Oversas Development Council, calculó que si los americanos redujeran solamente en un 10% su consumo de carne durante un año quedarían disponibles para el consumo humano por lo menos 12 millones de toneladas de grano, o, dicho de otra forma, una cantidad suficiente de toneladas para alimentar a 60 millones de personas. 

La comida desperdiciada por la producción de animales en las naciones ricas sería suficiente, si se distribuyera de modo adecuado, para acabar tanto con el hambre como con la desnutrición en el mundo. La respuesta simple a nuestra pregunta, entonces es que criar animales para comerlos con los métodos usados en las naciones industrializadas no contribuye a solucionar el problema del hambre. 

En el agua que usa un buey de 450 kg podría flotar un destructor. Las necesidades de la producción de animales están secando las vastas reservas subterráneas de agua de las que dependen tantas regiones secas de América, Australia y otros países. 

En Costa Rica, Colombia, Brasil, Malasia, Tailandia e Indonesia se están talando las selvas húmedas para proporcionar pastos al ganado. Pero la carne que produce este ganado no beneficia a los pobres de esos países. En cambio, se vende a los ricos en las grandes ciudades o se exporta. 

La carne de ternera es un tipo de carne que, simplemente, no se puede producir de manera humanitaria. 

Los expertos en nutrición ya no discuten sobre si la carne animal es o no esencial. Hoy en día, todos están de acuerdo en que no lo es. Si las personas normales recelan todavía de una alimentación que no la incluya, se deberá sin duda a la ignorancia. 

Al principio, los mejores reformadores -los que se opusieron antes que nadie al comercio de esclavos, las guerras nacionalistas y la explotación de los niños que trabajaban catorce horas al día en las fábricas de la Revolución Industrial- fueron tildados de locos por aquellos cuyos intereses eran inseparables de los abusos a los que se oponían. 

El dominio del hombre… una breve historia del especismo

Las actitudes de generaciones anteriores ante los animales ya no son convincentes porque giran en torno a unos presupuestos -religiosos, morales, metafísicos- que se han quedado obsoletos. 

El especismo, hoy…

Solo mediante una ruptura radical con dos mil años de pensamiento occidental sobre los animales lograremos construir una base sólida para abolir esta explotación. 

Cualquiera que sea la reacción inicial del niño, sin embargo, lo que hay que destacar es que comemos carne animal antes de estar capacitados para entender que lo que comemos es el cadáver de un animal. 

Las páginas dedicadas a los animales no-humanos están dominadas por suceso de “interés humano”, como el nacimiento de un gorila en el zoológico, o por las amenazas a una especie en peligro; pero el desarrollo de las técnicas agropecuarias que privan de libertad de movimiento a millones de animales nunca salen a la luz. 

La ignorancia es la primera línea de defensa del especista, aunque cualquiera puede superarla fácilmente si dispone de tiempo y está decidido a enterarse de la verdad. La ignorancia ha durado tanto sólo porque la gente no quiere enterarse de la verdad. 

Entre los factores que dificultan la tarea de provocar el interés público por los animales destaca, como uno de primer orden, el supuesto de que “los humanos están primero” y que cualquier problema relativo a los animales no puede ser comparable a los problemas de los hombres, tanto por su seriedad moral como por la importancia política del tema. 

Si se obligara a un millar de seres humanos a sufrir el tipo de pruebas que padecen los animales para probar la tóxicidad de los productos domésticos, habría una conmoción nacional. La utilización de millones de animales para el mismo fin debería causar, al menos, una preocupación similar, sobre todo cuando este sufrimiento es tan innecesario y podría detenerse fácilmente si así lo deseáramos. 

Cuando los no vegetarianos dicen que “los problemas humanos están primero”, no puedo evitar preguntarme qué es exactamente lo que están haciendo por los humanos que les obliga a continuar apoyando la cruel e innecesaria explotación de los animales de granja. 

Decir que una persona es “humana” equivale a decir que es bondadosa; decir que es “un bestia”, “brutal”, o simplemente que se comporta “como un animal”, es sufrir que es cruel e intratable. Raramente nos detenemos a pensar que el animal que mata con menos razón es el animal humano. 

Los humanos matan a otros animales por deporte, para satisfacer su curiosidad, para embellecer sus cuerpos y para dar gusto a su paladar. 

A través de la historia han mostrado una tendencia a atormentar y torturar, antes de darles muerte, tanto a sus iguales los humanos como a sus iguales los no-humanos. Ningún otro animal muestra demasiado interés por hacer esto. 

Cuando otros animales se emparejan para toda la vida, decimos que el instinto es lo único que les mueve a esa conducta, y si un cazador o trampero mata o captura a un animal para la investigación, o para el zoológico, no se nos ocurre pensar o considerar que pueda tener una “esposa o esposo” que vaya a sufrir por la desaparición repentina del animal muerto o capturado. 

Mientras que los humanos pueden vivir sin matar, al resto de los animales no les queda otra opción que la de matar para sobrevivir. 

Es extraño que los humanos, que se suelen considerar tan por encima del resto de los animales, estén dispuestos, si ello les favorece en sus preferencias alimenticias, a utilizar un argumento que implica que debemos considerar a los otros animales como inspiración moral y guía. 

En octubre de 1988, los telespectadores de todo el mundo aplaudieron el éxito de los esfuerzos de americanos y rusos para liberar dos ballenas grises atrapadas en el hielo de Alaska. Algunos críticos señalaron la ironía de realizar esfuerzos tan intensos para salvar a dos ballenas mientras unas dos mil ballenas mueren al año en manos de cazadores humanos, sin mencionar los aproximadamente 125000 delfines que se ahogan anualmente en las redes de la industria atunera. 

“¿Cómo sabemos que las plantas no sufren?” Esta objeción pude proceder de un auténtico interés por el bienestar de las plantas, pero la mayoría de las veces quienes la plantean no piensan seriamente en ampliar la esfera de nuestra consideración para que incluya a las plantas, en caso de que pudiera demostrarse que sufren. 

Resulta difícil imaginar  por qué unas especies que son incapaces de alejarse de una fuente de dolor o de utilizar la percepción del mismo para evitar la muerte deberían haber generado la capacidad de sentirlo. Así pues, parece que la creencia de que las plantas sienten dolor está bastante injustificada. 

Las frases bonitas son el último recurso de quienes se quedan sin argumentos. 

¿Pueden ser felices los socialistas?, George Orwell


- El cielo es un fiasco tan grande como la utopía.

- Las versiones paganas del paraíso no son mucho mejores. Uno tiene la sensación de que en los Campos Elíseos siempre está atardeciendo. El Olimpo, donde vivían los dioses, con su néctar y su ambrosía, sus ninfas y Hebe -las "furcias inmortales", como las llamó D.H. Lawrence-, puede que resulte un poco más acogedor que el cielo cristiano, pero tampoco querríamos pasar mucho tiempo allí. Y en cuanto al paraíso musulmán, con sus setenta y siete huríes por cada hombre -todas ellas, es de suponer, exigiendo atención al mismo tiempo-, es sencillamente una pesadilla. Y tampoco los espiritualistas, pese a asegurarnos sin cesar que "todo es hermoso y brillante", son capaces de describir ninguna actividad en el más allá que una persona racional considere soportable, no hablemos ya de que le resulte atractiva.

- La incapacidad de la humanidad para imaginar la felicidad más que como una forma de alivio, ya sea del esfuerzo o del dolor, les plantea a los socialistas un grave problema.

- A riesgo de decir algo que los editores del Tribune tal vez no aprueben, sugiero que el verdadero objetivo del socialismo no es la felicidad. Hasta ahora la felicidad ha sido un efecto derivado, y, por lo que sabemos, puede que siga siéndolo siempre. El verdadero objetivo del socialismo es la fraternidad humana. Ese es el sentimiento generalizado, aunque no acostumbre a decirse, o no se diga lo bastante alto. Los hombres entregan sus vidas a luchas políticas desgarradoras, o los matan en guerras civiles, o los torturan en las cárceles de la Gestapo, no con el fin de instaurar un paraíso con calefacción central, aire acondicionado y luz de fluorescentes, sino porque quieren un mundo en el que los seres humanos se amen los unos a los otros en lugar de engañarse y matarse los unos a los otros. Y quieren ese mundo como un primer paso. Qué harán llegados a ese punto no está tan claro, y tratar de pronosticarlo en detalle no hace más que confundir el asunto.

- Casi todos los creadores de utopías han sido como ese hombre que tiene dolor de muelas y, por tanto, cree que la felicidad consiste en no tenerlo. Quieren forjar una sociedad perfecta mediante la prolongación sin fin de algo que solo era valioso porque era provisional.

- Todo aquel que intenta imaginar la perfección no hace más que delatar su propio vacío.


Recuerdos de la guerra de España, ¿1942?, George Orwell


Nota: Este artículo de Orwell, se encuentra traducido al español en el volumen "Ensayos" y en el libro "Orwell en España" bajo el título de "Recordando la Guerra Civil Española", también con interrogantes "¿enero de 1942?". Ambas traducciones difieren ligeramente. Los extractos de esta entrada pertenecen al volumen "Ensayos". 

Una de las experiencias esenciales de la guerra es la imposibilidad absoluta de eludir los repugnantes olores de origen humano. Las letrinas son un tema recurrente en la literatura bélica, y no las mencionaría  si no fuera porque la letrina de nuestros barracones desempeñó un papel importante en el desvanecimiento de mis ilusiones sobre la Guerra Civil española. La letrina de tipo latino, en la que uno tiene que acuclillarse, es en el mejor de los casos bastante mala, pero aquellas estaban hechas de alguna clase de piedra pulida, tan resbaladiza que lo más que podía hacerse era intentar mantenerse en pie. Para colmo, siempre estaban atascadas. A estas alturas, guardo muchos otros recuerdos repugnantes en la memoria, pero creo que esas letrinas fueron lo primero que inspiró en mí una idea que después se volvería recurrente:

"Henos aquí, soldados de un ejército revolucionario, defendiendo la democracia contra el fascismo, peleando en una guerra con un objetivo claro, y los detalles de nuestras vidas son tan sórdidos y degradantes como podían serlo en una prisión, por no decir un ejército burgués."

La imagen de la guerra plasmada en libros como Sin novedad en el frente es sustancialmente verdadera. Las balas hieren, los cadáveres apestan y, bajo el fuego enemigo, los hombres a menudo se atemorizan hasta el punto de orinarse encima. Es verdad que la procedencia social de los miembros de un ejército tiñe de un color determinado su entrenamiento, sus tácticas e incluso su eficacia, y también que la conciencia de llevar la razón puede elevar la moral, aunque esto último vale más para la población civil que para las tropas. (La gente suele olvidar que, cerca del frente, un soldado está por lo común demasiado hambriento, asustado o muerto de frío, o sobre todo demasiado cansado, para preocuparse por las causas políticas de la guerra.) Pero las leyes de la naturaleza son las mismas para un ejército "rojo" que para uno "blanco". Un piojo es un piojo y una bomba es una bomba, incluso si uno pelea por una causa justa.

Por lo que respecta a las masas, los extraordinarios cambios de opinión que se producen a cada instante, las emociones que pueden avivar y sofocar como un fuego, son el resultado de la hipnosis a que las someten los periódicos y la radio. Los intelectuales, a mi juicio, dependen más bien del dinero y de la seguridad física. En función de las circunstancias, pueden estar a favor o en contra de la guerra, pero en ningún caso poseen una imagen realista de esta.

La verdad es muy simple: para sobrevivir, a menudo, debemos pelear, y para hacerlo hay que ensuciarse. La guerra es el mal, y en ocasiones es el mal menor. Aquellos que toman la espada perecen por la espada, y los que no, mueren de enfermedades apestosas. El hecho de que valga la pena escribir tales verdades de Perogrullo demuestra en qué nos han convertido todos estos años de capitalismo durante los cuales hemos vivido de rentas.

Tengo pocas pruebas de primera mano sobre las atrocidades de la Guerra Civil española. Sé que algunas las cometieron los republicanos, y muchas más (que continúan) los fascistas. Pero lo que me impresionó  entonces, y sigue haciéndolo ahora, es que se dé o no crédito a las atrocidades únicamente en función de las preferencias políticas. Todo el mundo se cree las atrocidades del enemigo y descree de las que  hayan cometido los de su propio bando, sin preocuparse siquiera por tener en cuenta las pruebas. Recientemente redacté una lista de atrocidades cometidas durante el periodo transcurrido entre 1918 y el presente; no ha habido un solo año en que no se haya cometido una atrocidad en un lugar u otro, y es difícil dar con un caso en que la derecha y la izquierda dieran crédito a la misma historia. Y lo que es más extraño; la situación puede invertirse de pronto y las atrocidades probadas "más allá de toda duda" pueden convertirse en mentiras ridículas, simplemente porque el horizonte político ha cambiado.

En la guerra actual nos encontramos ante la curiosa situación de que nuestra "campaña de difusión de atrocidades" tuvo lugar mucho tiempo antes de que la propia guerra empezara, y corrió a cargo de la izquierda, gente que normalmente se enorgullece de su incredulidad. En el mismo periodo, la derecha, los principales responsables de las atrocidades de 1914-1918, miraba hacia Alemania y simplemente se negaba a reconocer allí ninguna maldad. Luego, tan pronto como la guerra estalló, eran los pronazis del día anterior los que no paraban de repetir historias horribles, mientras los antinazis se descubrían a sí mismos dudando de si la Gestapo existía de veras.

La propaganda oficial de guerra, con su hipocresía repugnante y sus pretensiones de superioridad moral, tiende siempre a hacer que la gente que piensa simpatice con el enemigo. Parte del precio que pagamos por las mentiras sistemáticas del periodo que va de 1914 a 1918 fue la exagerada reacción progermana que vino a continuación.

La verdad -esa es la sensación general- deviene mentira si es tu enemigo quien la dice.

La lucha por el poder entre los distintos partidos republicanos españoles es un asunto triste y lejano que, a estas alturas, no tengo deseos de revivir. Si lo menciono, es solamente para lanzar una advertencia: no se crean nada, o casi nada, de lo que lean acerca de los asuntos internos en el bando del gobierno. Sin importar la fuente, no será más que mera propaganda partidaria, es decir, mentiras. La pura verdad sobre la guerra es más simple: la burguesía española vio la ocasión de aplastar al movimiento obrero y la aprovechó, con la ayuda de los nazis y de las fuerzas reaccionarias del mundo entero. Dudo que algo distinto pueda sacarse en claro jamás.

En mi juventud ya me di cuenta de que los periódicos jamás informan correctamente sobre evento alguno, pero en España, por primera vez, vi reportajes periodísticos que no guardaban la menor relación con los hechos, ni siquiera el tipo de relación con la realidad que se espera de las mentiras comunes y corrientes.

¿Cómo se escribirá la historia de la guerra de España? Si Franco continúa en el poder, serán sus acólitos los que escriban los libros de historia, y aquel inexistente ejército ruso se convertirá en un hecho histórico, y los niños de las generaciones venideras lo estudiarán en las escuelas. Pero supongamos que el fascismo es finalmente derrotado y que en un futuro próximo se restablece algún tipo de gobierno democrático en España. Aun en ese caso, ¿cómo se escribirá la historia de España? ¿Qué clase de documentos dejará Franco? Supongamos que los archivos del bando del gobierno pueden recuperarse; aun así, ¿cómo podrá escribirse la verdadera historia de la guerra?

A todos los efectos, y desde un punto de vista práctico, la mentira se habrá vuelto verdad.

Sé muy bien que hoy se estila decir que, en cualquier caso, tal como está escrita, la mayor parte de las historia es mentira. Estoy dispuesto a creer que la historia es en gran parte imprecisa y sesgada; lo peculiar de nuestra época, sin embargo, es el completo abandono de la idea de que es posible escribir la historia con veracidad. En el pasado se mentía deliberadamente, o se coloreaba inconscientemente lo escrito, o se hacían esfuerzos por hallar la verdad, a sabiendas de que se cometerían muchos errores. En cualquier caso, sin embargo, los historiadores creían en la existencia de los "hechos", y en que estos eran más o menos determinables. En la práctica, existía un corpus considerable de hechos en los que casi todos estaban de acuerdo. Si uno repasa, por ejemplo, la historia de la última guerra publicada por la Enciclopedia Británica, descubrirá que una cantidad considerable de material se ha tomado de fuentes alemanas. Sin duda, un historiador británico y uno alemán estarían en completo desacuerdo en muchos aspectos, incluso en asuntos fundamentales, pero aun en ese caso podían contar con ese corpus de, por así llamarlos, hechos neutrales acerca de los cuales ninguno se atrevería a recusar seriamente al otro. Es justamente esa base común, que implica que los seres humanos pertenecen a la misma especie animal, lo que el totalitarismo destruye.

Si sobre tal o cual acontecimiento el líder dictamina que "jamás tuvo lugar"... pues: no tuvo lugar jamás. Si dice que dos más dos son cinco, así tendrá que ser. Esta posibilidad me atemoriza mucho más que las bombas. Y conste que, tras nuestras experiencias de los últimos años, una declaración así no puede hacerse frívolamente.

Una particularidad de la conquista nazi de Francia fueron las pasmosas defecciones de miembros de la intelectualidad, incluidos algunos de izquierdas. Los intelectuales son quienes más alzan la voz contra el fascismo, pero una buena parte de ellos se abandonan al derrotismo en cuanto comienzan las dificultades.

El desenlace de la guerra de España se fraguó en Londres, París, Roma y Berlín; en ningún caso en España.

Los fascistas ganaron porque eran más fuertes; poseían armas modernas, y los otros no. Ninguna estrategia política podría haber contrarrestado algo así.

La clase dirigente británica, del modo más malvado, cobarde e hipócrita, hizo todo lo posible para entregar España, sin más, a Franco y los nazis. ¿Por qué? Porque eran profascistas; esa es la respuesta obvia. Aun así, aunque sin duda lo eran, a la hora de la verdad decidieron plantarle cara a Alemania.

Determinar si la clase dirigente británica es malévola o meramente estúpida es una de las cuestiones más complejas de nuestro tiempo, si bien en determinados momentos resulte de suma importancia.

Creo que en el futuro llegaremos al convencimiento de que la política exterior de Stalin, en vez de ser tan diabólicamente lúcida, como se presume, ha sido meramente oportunista y estúpida. En cualquier caso, sin embargo, la Guerra Civil española demostró que los nazis sabían lo que estaban haciendo y sus oponentes no. La guerra se libró a un nivel técnicamente muy bajo, y en general siguiendo una estrategia muy simple. El bando capaz de hacerse con armas estaba destinado a ganar. Los nazis y los italianos se las proporcionaron a sus amigos fascistas de España, mientras que las democracias occidentales y los rusos no hicieron lo mismo con aquellos que deberían haber sido sus amigos. Como resultado de todo ello, la República española sucumbió habiendo "ganado lo que a república alguna faltó". 

Ensayos, George Orwell


T.S. Eliot , 1942

El problema es que la futilidad consciente está hecha solo para los jóvenes. Uno no puede "despertarse con la vida" cuando es viejo. Uno no puede ser siempre "decadente", porque decaer quiere decir estar cayendo, y uno solo puede decir que está cayendo si va a llegar al fondo en un tiempo razonable. Uno está obligado, tarde o temprano, a adoptar una actitud positiva frente a la sociedad y frente a la vida. Sería una crueldad sostener que todos los poetas de nuestro tiempo deben morir en la juventud, pertenecer a la Iglesia Católica o militar en el Partido Comunista, pero es en realidad así como se puede escapar a la conciencia de la futilidad. Hay otras muertes además de las físicas, y hay otras sectas y credos además de la Iglesia Católica y del Partido Comunista; pero sigue siendo verdad que después de cierta edad uno debe, o bien dejar de escribir, o bien dedicarse a un quehacer no totalmente estético, y dicha dedicación significa necesariamente una ruptura con el pasado. 

Paul Bowles - Desafío a la identidad






Zany Costa del Sol. Abril 1965

Las autoridades locales demuestran una tolerancia admirable hacia la conducta extravagante, pero sólo con los forasteros. Un bohemio local lo dijo de forma sucinta: “A los extranjeros nunca les arrestan. Sólo a los españoles”. No hay duda de que vigilan de cerca  los ciudadanos autóctonos. Sin embargo, dudo que ese sea el motivo del bajo índice de delincuencia en España. Parece mucho más probable que las causas se hallen en el propio tejido cultural español: más que nada, creo yo, en el acento que ponen en la lealtad a la familia, lo que presupone el amor. Entre los españoles hay pocos neuróticos, pocos que se sientan rechazados y, por tanto, fuera de la sociedad. 

El rápido aumento del nivel de vida ya ha transformado a los habitantes de la costa; la nueva generación es más alta y ni siquiera tiene un evidente aspecto de “española”. Uno empieza a entender que mucho de lo que al principio parecía ser el carácter del país no se debía sino a la excesiva pobreza. Los hombros caídos, la cabeza gacha, los vestidos negros y polvorientos, que eran la marca de Andalucía, han desaparecido. La prosperidad ha hecho que el viejo chiste francés de que Europa está delimitada en el sur por el Mediterráneo y los Pirineos, ya no es apropiado. El cambio incesante es la esencia de la vida, vayan las cosas bien o mal, la gente de por aquí tiene una pequeña frase, estoica pero corta, que lo dice todo:

¡Arriba la vida!

Ventanas del pasado. Enero 1955

Pienso que lo que buscamos los estadounidenses, y por tanto, lo más importante que podemos llevarnos de vuelta, es algo más exhaustivo. Lo calificaría de infancia, una infancia personal que guarda cierta relación con la infancia de nuestra cultura. La apabullante mayoría de nosotros somos europeos trasplantados, de una clase u otra. Culturalmente hablando, el poco tiempo que llevamos en Norteamérica no es nada comparado con el tiempo, infinitamente más largo, que hemos pasado en Europa, y al parecer hemos olvidado ese pasado auténtico y hemos perdido el contacto con el terreno psíquico de la tradición en el que tienen que estar ancladas las raíces de la cultura. 

La cultura es esencialmente una cuestión de utilizar el pasado para dar sentido al presente. La cultura de una persona es la suma de sus recuerdos. No consistirá en una abundancia de hechos, nombres y fechas que se sabe al dedillo, sino que más bien será la suma de todo lo que ha pensado y sentido, es decir, conocido. 

Si se me presenta la opción de elegir entre visitar un circo y una catedral, un café y un monumento público, o una fiesta y un museo, me temo que por lo general me decantaré por el circo, el café y la fiesta, confiando en que conseguiré ver las otras cosas después. Supongo que no soy lo que actualmente se considera alguien con orientaciones culturales. Quizá sea porque para mi la cultura de una tierra, en cualquier momento dado, es la gente que la habita y las vidas que en ella llevan sus habitantes, y no las posesiones que éstos han heredado de quienes vinieron antes que ellos. Puede que saquen provecho de su legado, o no. Si lo hacen, tanto mejor para ellos; pero lo hagan o no, son ellos, y no su historia, quienes representan su cultura. 

La mente tiene una forma curiosa de seleccionar unos cuantos detalles entre millones y de presentárnoslos como nuestras experiencias. 

Mi primera visita al Pardo tuvo lugar hace veintidós años, una tarde fría y lluviosa de noviembre. Pasaba por Madrid, de camino a París, viniendo desde Marrakech y llevaba conmigo a Abdelkader, un pequeño salvaje marroquí de quince años, que era exportado al Quai Voltaire con el fin de ser amaestrado para hacer el servicio doméstico en casa de un amigo. En su corta vida, Abdelkader no había tenido muchas oportunidades de aprender algo acerca de los europeos y de su cultura; nunca había visto pinturas y ni siquiera tenía noticia de su existencia. 

Primero nos confrontamos con un enorme Greco. 

-Está roto -observó Abdelkader, pasados unos momentos.

  • ¿A qué te refieres con roto? -le pregunté. 

  • Está atascado. No se mueve. 

Le expliqué con cuidado que aquello no era cine y entramos en una sala llena de cuadros de Bosch, o el Bosco, como les gusta llamarle a los españoles. 



Si insisto en España aquí es porque pienso que España es el país de Europa que más puede ofrecer a los norteamericanos. Como es una opinión, y no una tesis demostrable, solo puedo remitirme a mis reacciones personales ante su incomparable belleza para robustecer mi afirmación. Es un país que “entra” fácil, la gente es amable y hospitalaria, y, lo que tiene bastante importancia, es una gente sumamente consciente y orgullosa de su cultura hispánica. Visualmente es el país más dramático de Europa occidental. Los contrastes siempre son fáciles de percibir y de recordar; casi cada aspecto de España debe su carácter a una contradicción. El elemento más importante del paisaje es que en medio de la aridez da la impresión de fertilidad, la arquitectura es al mismo tiempo un acuerdo y un choque entre conceptos occidentales y orientales de proporción y de forma, la gente acostumbra a ser bien muy rica o bien muy pobre, y como se han efectuado relativamente pocos cambios en el tejido económico y social de la nación entre la época de la gloria de España y el siglo XX, el pasado sigue estando muy vivo en el campo. Solo hay que salir de la carretera principal y conducir hasta el otro lado del cerro para llegar a un país cuyo espíritu aún no ha podido quebrantar la era mecánica. 

Madeira

Una breve conversación que mantuve durante mi primera visita no se ha borrado de mi memoria. Hablaba con un madeirense acerca de los encantos de su isla. Le dije que no sabía cuan afortunado era vivir en un sitio tan agradable, y me respondió  apaciblemente: “Sí. Un pájaro puede posarse en el patio de una prisión y volver a alzar el vuelo sin enterarse jamás de dónde ha estado”. 

No hay que ser muy musulmán. 25 de septiembre de 1953

El kif no abole ninguna inhibición; al contrario, las refuerza, empuja al individuo a replegarse aún más en los recovecos de su propia personalidad aislada., y le compromete a la contemplación y a la inacción. 

Si en un país occidental todo un segmento de la población desea por razones de protesta (como ha ocurrido en los Estados Unidos) aislarse de forma radical de la sociedad que le rodea, la manera más rápida y segura de conseguirlo es reemplazar el alcohol por el cannabis. 

El Rif, a la música. Primavera de 1960

Hasta 1955, Nador no era sino un pobre pueblo marroquí cualquiera con algunos españoles en él; de repente, se convirtió en la capital de una provincia recién designada. Los españoles siguen teniendo varios miles de tropas estacionadas allí para “proteger” Melilla, la que Rabat reclama, más o menos abiertamente, y sin duda recuperará tarde o temprano. Y por eso, como es natural, los marroquíes tienen allí acuartelados a los mismos miles de soldados, además de varios miles más, con el fin de proteger Nador. 

Aunque la práctica de la magia  es un delito unible en el improbable caso de que pueda demostrarse, cientos de miles de hombres viven con un temor diario del tseuheur. Por fortuna, Mohamed Larbi está seguro de su esposa actual; le pega a menudo y ella le tiene terror. “Nunca intentará el tseuheur conmigo -alardea-. La mataría antes de que lo tuviese medio hecho”. La historia siempre es esencialmente la misma, pero cada vez que la cuenta recojo algún detalle descriptivo suplementario. 

El kif mantiene a los hombres quietos y vegetativos; el alcohol les manda a romper escaparates. 

Casablanca. 1966

Una guía es como un listín telefónico; es para ser consultada, antes que leída. 

Los europeos necesitan una justificación moral para hacer el mal. 

Fez: Intramuros. 1984

Para comprender la fascinación del lugar uno tiene que ser el tipo de persona que disfruta perdiéndose entre la multitud y siendo empujado por ella, sin importarle  hacia adónde ni por cuanto tiempo. Tiene que ser capaz de conseguir estar relajado ante la idea de estar indefenso en medio de esa turba, tiene que saber encontrar placer en lo estrafalario y ver belleza donde es más ímproba que aparezca. 

¿Qué hace tan diferente a Marrakech?. Junio- Julio 1971

En general, se considera que hay un único hotel de Grand luxe en Marruecos y es el Mamounia de Marrakech. Yo pienso en el lujo en términos de confort, servicios y privacidad, mientras que quienes regentan los hoteles en la actualidad parecen concebirlo en términos de piscinas, saunas y unidades de aire acondicionado. Quizá sea por eso que el lujo del Msmounia parece ahora en gran parte vestigial, un recordatorio nostálgico de la época no muy lejana en que Winston Churchill pasaba allí los inviernos y se sentaba en el jardín a pintar. 

La vida nocturna, tal como la concebimos nosotros, no forma parte de las costumbres del país; lo poco que se proporciona a los turistas ha sido ideado expresamente para ellos y, por tanto, no tiene mucho interés. La cena con espectáculo, sin embargo,  es harina de otro costal. 

El año pasado el Café du Glacier, en la Djemàa el Fna, rebosaba de jóvenes viajeros con barba, cadenas, parkas, tchamiras, chillabas y rezzas de reguibat, y toda una variedad de avíos africanos. Este año no la frecuentan sino marroquíes y turistas extraviados. Los amigos del Mundo han optado por el secreto y han abandonado los lugares públicos a favor de los diminutos puestos escondidos en los callejones poco transitados donde los turistas no puedan encontrarles. Porque, en los últimos años, los hippies se han convertido en una atracción turística muy importante de Marrakech. 

A los veinte años yo estaba allí, en Marrakech, sin drogas ni disfraces, cierto, pero viviendo de una forma muy parecida a como viven hoy los hippies, manifestando desprecio por todo los que fuese conocido y un entusiasmo sin límites por todo lo marroquí. La principal diferencia entre nosotros es que ellos, al viajar en grupo y sin timidez, no están satisfechos con ser espectadores; quieren participar. Es como si pensasen que si se esfuerzan lo suficiente y por bastante tiempo se convertirán en marroquíes. 

Ahora entrenan a las muchachas marroquíes para que hagan la danza del vientre, algo hasta ahora inaudito en Marruecos. Pero como eso es lo que los turistas dicen querer, eso les dan. 

Vistas de Tánger. 1954.

La palabra democracia carece de sentido para el marroquí medio; de hecho, por su carácter y su formación , el marroquí se inclina del lado del totalitarismo. Por esta razón, los argumentos antisoviéticos, que por lo general se basan en consideraciones humanitarias, significan muy poco para ellos, mientras que la propaganda comunista, por poco se disfrace, es a menudo calurosamente recibida. Con mucha frecuencia se alude a la frase fundamental de 1954: Estados Unidos tiene la culpa. Si algunos marroquíes  mueren en Indochina, si llueve demasiado, o demasiado poco, si no tienes trabajo, si tu esposa está enferma y la penicilina es cara, o si los franceses no se han ido de Marruecos, todo es culpa de los Estados Unidos. Ellos podrían cambiarlo todo, si decidieran hacerlo, pero no hacen nada porque no quieren a los musulmanes. 

Si un fumador es visto en público, tal vez dos hombres se le acerquen a preguntarle cortésmente qué religión profesa. Si responde: “Soy musulmán”, le reprenderán, y sugerirán que deje de fumar. Esto es una advertencia. Si lo sorprenden de nuevo, es posible que le marquen la cara de una cuchillada. Entonces comienzan sus problemas, pues si da parte del incidente a la policía, se expone a un ataque más serio o quizá fatal como consecuencia. Sin embargo, si no da parte y la policía se entera, seguramente será encarcelado por sospechoso de simpatizar con los nacionalistas. En esta pequeña guerra la participación no es una cuestión optativa. 

Mundos de Tánger. 1958

Si uno no sabe por qué le gusta una cosa, por lo general vale la pena intentar averiguarlo. 

Estoy convencido de que Tánger es un lugar donde el pasado y el presente existen simultáneamente en grado proporcional, donde la realidad de un hoy muy vivo adquiere mayor profundidad gracias a la presencia de un ayer igual de vivo. En Europa, me parece, el pasado es en gran parte ficticio; para ser consciente del mismo hay que haberlo estudiado. En Tánger el pasado es una realidad física perceptible como la luz del sol. 

Durante años he estado “enseñando” Tánger a los visitantes. Ser guía aficionado en una ciudad que cuenta con muchos profesionales tiene sus desventajas, y cabe imaginar que hasta sus peligros, y no es que sea un pasatiempo especialmente agradable en sí mismo. Sin embargo, para los nueve turistas a los que les divierte un poquito el caos y el absurdo del lugar, pero están francamente horrorizados por la fealdad y la miseria no sienten sino indiferencia hacia lo que tenga que ofrecer, hay un décimo que en seguida se enamora de ella y, por supuesto, es el que hace que ese juego tedioso valga la pena. Para éste, como para mí, una pared lisa al final de un callejón sin salida sugiere misterio, igual que encontrarse en diminutas habitaciones tipo armario de una casa musulmana en la Medina evoca la magia de los juegos de la primera infancia, o la repentina llamada  a la oración del almuédano desde su minarete es una canción cuya música transforma completamente el momento. Esas reacciones, según me han dicho, son las de una persona que se niega a crecer. Si es así, ya me está bien, porque para mí ser como un niño implica haber conservado el pleno uso de la imaginación. Porque la imaginación es esencial para disfrutar de un lugar como Tánger, donde los detalles que se presentan ante los ojos no son lo que parecen, sino una serie de puntos de referencia para todo un sistema secreto de superposición de mundos, totalmente divergentes, en la vida completa de la ciudad. 

Con los años, he visto a las personas más inverosímiles sentadas entre las chirlabas y los feces del Café Central, desde Barbara Hutton a Somerset Maugham y a Truman Capote y Cecil Beaton. El otro día, cuando pasaba por allí, vi a Errol Flynn tratando de ocultar el rostro detrás de las páginas de un periódico, mientras un grupo de chicas españolas le miraba en hito a menos de un metro de distancia, la que ellas consideraban respetuosa. La presencia de la señorita Hutton en el Zoco Chico se explica por el hecho de que es una residente esporádica en Tánger, su casa está en la Medina, a la vuelta de la esquina de la mía. No obstante, hay que señalar una diferencia importante entre nuestras respectivas viviendas. La suya, me dicen, consistía originalmente en veintiocho casas musulmanas independientes, que fueron desmontadas y vueltas a juntar para crear la estructura actual; la mía sigue siendo lo que siempre fue: una caja de zapatos, muy pequeña e incómoda, puesta de canto. 

Cuando un visitante ha visto los Zocos, las playas y los palacios, todavía no ha visto el fenómeno más importante de la ciudad, el que otorga la realidad y determina el sentido último de todos los demás: me refiero al espectáculo de la vida diaria del marroquí medio. Para ello es necesario entrar en los hogares, mejor si es en los de clase media baja, y en los cafés de barrio que tienen una clientela estrictamente musulmana. 


Allí, los hombres se sientan con las piernas dobladas debajo de ellos y, más a menudo que no, pese a la prohibición no oficial, sacan sus pipas de kif y las fuman como siempre han hecho. Los cafés son como clubes de hombres. Un hombre suele frecuentar el mismo, año tras año. A menudo trae su comida y come allí; a veces, se tiende sobre la estera y duerme allí. Su café es su dirección de correo y, en lugar de usar su casa, donde siempre andan pululando mujeres de la familia, usará el café para concertar sus citas sociales. 

Un peculiar don musulmán: ser capaz de crear ilusión de lujo en medio de la pobreza, y siempre despierta mi admiración cuando lo veo. 

También es una delicia salir a la calle silenciosa a la luz de la luna y, un momento después, mirar por una puerta de la Casbah y ver abajo los miles de cubos blancos que son las casas de la Medina, oyendo solo las olas romper en la playa y tal vez el canto antifonal y soñoliento, me pregunto si no estaré un poco chiflado por haber decidido pasar tantos años en esta loca ciudad y en esos momentos me tranquilizo: no me cuesta nada convencerme de que si volviésemos a estar en 1931,  y yo poseyese el don de predecir con precisión el futuro, lo más probable es que volviese a seguir el buen consejo de la señorita Stein y volviese a hacer mi primer viaje a Tánger. 

Tánger.  1963

La buena vida era barata si se era europeo. No se le ocurría a mucha gente preguntarse cómo se las arreglaban los marroquíes. La creencia habitual era que podían vivir de la nada, lo que casi era cierto, aunque lograban no proyectar nunca una imagen de pobreza. 

Diario de Tánger: un interludio poscolonial. 1957

Para dar un aire más “europeo” a las calles, se alienta a las muchachas a que anden “desnudas”, es decir, sin velo. 

Una parte de la población marroquí lamenta que la celebración se efectúe en esta época, porque los cerca de cincuenta mil residentes españoles podrían interpretar erróneamente que se ha dispuesto así en honor al nacimiento de Jesucristo. La Navidad siempre ha sido la gran fiesta del año en Tánger y eran los españoles quienes empezaban a celebrarla quince días antes: se ponían máscaras, vestían de pastores y marchaban por las calles en simulados grupos militares, tocando sus zambombas (cuyo sonido era el de un león gruñendo con ritmo), dando palmadas, chocando las castañuelas y cantando de vez en cuando entre tragos de vino tinto de las botellas que colgaban de sus hombros. 

Faltan tan solo dos días para Navidad y hasta ahora no he visto ninguna zambomba, ni pastores festivos, ni nada que indique la llegada de las fiestas de diciembre. La discreción de los civiles españoles es comprensible cuando se piensa que, en estos momentos, sus fuerzas armadas están ocupadas en disparar a los marroquíes, que sus barcos de guerra están bombardeando la costa marroquí al sur de Agadir y que, justo detrás de Djebel Musa (Monte de Moisés), que veo desde mi ventana, en la entrada a la ciudad de Ceuta, las tropas españolas han construido a la carrera unas barricadas de alambres de púas para evitar posibles estallidos de violencia entre españoles y marroquíes. 

El gobierno de Madrid considera (con el mismo tipo de lógica que la que usan los franceses para definir el estatus de Argelia) que las ciudades gemelas de Ceuta y Melilla, en los extremos opuestos del Rif, forman parte integral de la España metropolitana. Se presupone que, en algún momento de la historia, se despegaron de la madre patria y flotaron cruzando el estrecho hasta África. Desde la independencia, una cuestión de suma importancia para la mayoría de marroquíes ha sido liberar esas dos ciudades clave, que además resultan ser los únicos puertos mediterráneos de Marruecos. Por supuesto, sobre el papel nunca ha existido la posibilidad de un cambio de soberanía; oficialmente, se entiende que Melilla (española desde 1506) y Ceuta (desde 1580) seguirán considerándose inseparables del resto de España. 

Durante los últimos dieciocho meses los marroquíes han estado observando que con toda la razón del mundo su país debería extender su hegemonía hacia el sur, pasando por Río de Oro, el Sáhara español y la Mauritania francesa, hasta las fronteras del norte de Senegal. Los argelinos están igualmente empeñados en que la zona que se encuentra más o menos entre 20º y 30º N y 0º y 10º E no quede en manos francesas, independientemente  de lo que ocurra en la propia Argelia. Durante una conversación con un oficial del gobierno marroquí sobre el proyecto del “Gran Marruecos”, me interesó observar que, para justificar esa política, el oficial utilizó el argumento de que, en la época de la dinastía Saadi, en el siglo XVI, el control marroquí se extendía hasta el Sudán, y observé casualmente que en ese caso Andalucía y Castilla también tendrían que ser anexionadas. Sonrió: “Lo primero es lo primero -dijo-. Eso vendrá después.”

Es sorprendente que hasta ahora los marroquíes manifiesten poco resentimiento hacia los españoles si se tiene en cuenta que, en cierto modo, las dos naciones están en guerra extraoficialmente. Una posible razón para esa complacencia es que, en los últimos tiempos, el odio anticolonial se ha visto dirigido, casi de forma exclusiva, hacia los franceses. El Generalísimo Franco sacó capital político de esa tradición en la época de la guerra franco-marroquí, entre 1953 y 1955, cuando a pesar de las peticiones de Francia, se negó a declarar ilegal el movimiento nacionalista en su parte del Protectorado. Una vez más, en la antigua zona española la relativa justicia era mucho mayor que en la antigua zona francesa; es decir, el trato que daba el gobierno español a los sujetos coloniales y a los sujetos españoles era diferente solo en grado -era duro y autoritario por igual-, mientras que existía una disparidad terrorífica entre el favoritismo que Francia demostraba hacia sus propios nacionales en Marruecos y el desprecio cínico con el que gobernaba a los marroquíes autóctonos. También es cierto que muchos españoles , siendo racial y culturalmente muy próximos a los marroquíes, tendían a pensar en los segundos como seres humanos, mientras que el clásico epíteto con que les designaba el colonialista francés era “animales”. (Una pequeña ilustración de la diferencia de actitudes: si un cortejo fúnebre islámico pasaba por las calles de Tetuán o de Larache, o de cualquiera de de las ciudades españolas marroquíes, siempre se paraban un momento algunos transeúntes españoles y se santiguaban con respeto; no vi que sucediese eso ni una vez en la antigua zona francesa.)

El Tánger de los bares dudosos, las maison closes, los macarras y los proxenetas, los contrabandistas y los prófugos de Scotlan Yard y el F.B.I, el viejo Tánger que intentó con valentía, aunque sin éxito, estar a la altura de su inflada reputación de “ciudad del pecado”, está muerto y enterrado. 

La indignación de la población local es análoga a la que resultaría si de repente, por poner un ejemplo, Mónaco se abriese a los franceses y la policía monegasca fuese reemplazada por gendarmes franceses; Tánger se ha vuelto así de provinciana y hermética. 

El último djinn. 

Tánger.

Hay otra clase de norteamericano que se ve por aquí cada vez con más frecuencia. Por lo general tiene poco más de veinte años, a veces lleva barba, y a menudo su vestimenta, de tan informal, raya en la beligerancia. La nueva “generación perdida” que Norteamérica echó al mundo después de la última guerra está tan perdida, que la generación anterior no parece merecer el calificativo. París sigue siendo su polígono de pruebas, pero esta vez es el París de los pequeños antros argelinos detrás de la Bastilla, sitios sorprendentemente sórdidos, donde se reúnen para estudiar la preparación, el uso y los efectos de la cannabis sativa, conocida en sus distintas formas como hachís y dawamesk o majoun. 

Desafortunadamente existe en Marruecos una creciente tendencia, promovida por los nacionalistas, a suprimir -mediante las leyes y la propaganda- todos los aspectos de la vida indiana que hacen pintoresco el país para los visitantes. Es como si quisieran desanimar a los turistas, y, en efecto, si hablas con ellos, verás que eso es precisamente lo que quieren. Porque estos fanáticos árabes están firmemente convencidos de que los occidentales visitan Marruecos sólo para mofarse de las costumbres y el comportamiento de un pueblo atrasado. El caso es que el aspecto más interesante de Marruecos es el indígena.; es decir, lo beréber, y no lo que ha sido importado por los árabes. Desde el punto de vista de los nacionalistas, los bereberes son poco más que animales mal islamizados y tercos en su empeño de aferrarse a sus rituales antiguos. De modo que desde hace unos quince años ha venido efectuándose una purga puritana en gran escala, que continuará probablemente hasta que el último vestigio de placer espontáneo en las prácticas religiosas haya sido destruido. 

El musulmán piensa del comunismo más o menos lo que el hombre de la ciudad piensa de la fiebre aftosa: es una seria enfermedad, pero él no corre peligro de  contraerla. Para él, el comunismo es una afección peculiar del mundo cristiano; bajo la protección del islam, se mantiene a salvo de ella. 

La islita. 

Hay dos tipos de pasajes que siempre tuvieron el poder de estimularme: el desierto y la selva tropical. Estos dos extremos de la naturaleza -uno con el mínimo y el otro con el máximo de vegetación- son capaces de ponerme en un estado muy parecido a la euforia. Desafortunadamente, cuando te gustan dos cosas antitéticas, corres el riesgo de convertirte en un péndulo; vas y vienes cada vez con más regularidad entre una y otra. 

Me levanto deprisa y subo a la casa, donde trabajo hasta que el desayuno está listo. El resto de la mañana lo dedico a resolver diferencias entre los sirvientes, a hacer cuentas para el mercado, y a darme un baño en el mar cuando, de pronto, deja de soplar la brisa y el aire se convierte en una tela húmeda y caliente ceñida a la piel. Después de un almuerzo preparado con curry, distinto cada día pero siempre tan picante que me saca lágrimas (un fenómeno que, por algún motivo extraño, ha llegado a gustarme) viene la siesta, un rápido descenso hacia el olvido, mientras el viento, que suele soplar a esas horas con más fuerza, mueve la mosquitero y llena el aire con el rocío salado del estallar de las olas. 

El cielo. 

El estado de ánimo de cualquier escena que representemos en nuestras vidas viene determinado, en gran parte, por la luz que se proyecta sobre nosotros desde arriba. El cielo, en calidad de maestro electricista, proporciona a nuestras acciones una infinita variedad de efectos lumínicos que contribuyen a moldear hasta las emociones que las acompañan. La Luz menguante del crepúsculo sirve para el intercambio de intimidades; los chorros de luz de una mañana de primavera, para sentir un placer irracional; la oscuridad de la noche, cuando no cae del cielo ni una pizca de luz, para convertirse en víctima de las propias fantasías; el gris claro e indiferente del cielo encapotado de verano, para estimular la indolencia.  ¿Cómo podemos saber en qué medida ha determinado nuestras acciones la luz que nos bañaba mientras las realizábamos? 

Una pesadilla recurrente: la atmósfera de la Tierra ha huido al espacio exterior y vemos que el cielo se ha vuelto permanentemente negro. 

Los seiscientos días de Mussolini, Ermanno Amicucci


El vuelo de la "cigüeña"

No cabe duda de que la organización y la realización de la empresa fueron perfectas y dignas de admiración. El mismo Churchill lo reconoció explícitamente. Sin embargo, la absoluta falta de resistencia de quien estaba encargado de la custodia de Mussolini reduce la arriesgada operación militar, según el testimonio del general Soleti, a una atrevida y brillante acción deportiva.

Mussolini agradece a los dioses el haberle ahorrado la farsa de un estruendoso proceso en el Madison Square, de Nueva York, al que hubiera preferido un regular ahorcamiento en la Torre de Londres.

A causa de la cláusula contenida en el artículo 16 del tratado del tratado de paz, ningún proceso ha sido promovido contra el mariscal Badoglio. Por lo tanto, nadie la he pedido cuentas por no haber entregado a Mussolini a los aliados.

"Y ahora se vuelve a empezar"

La familia Ciano había sido alojada en una villa en Almaushusen, cerca de Múnich. Pero la partida para España fue aplazada de un día para otro, hasta que Ciano tuvo que convencerse de que nunca llegaría a realizarse y que prácticamente tenía que considerarse prisionero. Era tratado con hipócrita deferencia, pero sin ninguna cordialidad. Edda, en cambio, seguía siendo considerada como la hija del Duce y el 2 de septiembre, día de su santo, le fueron enviados grandes ramos de rosas, regalos y cortesías particulares. Fue también recibida por el Führer, junto a Vittorio, en el Cuartel General, estando presentes Ribbentrop y Himmler.

"Suso in Italia bella"

La confianza en el porvenir le fallaba incluso en su familia. Especialmente la viuda de Bruno manifestaba abiertamente su desconfianza en el éxito del conflicto y en las posibilidades de recuperación de la Italia republicana. Un día le dijo: "Va a ser muy difícil que los italianos sigan respondiendo al trinomio "Creer, Obedecer, Combatir". Mussolini le contestó: "Habrá que sustituirlo por las tres virtudes teologales "Fe, Esperanza, Caridad": fe en la Divina Providencia, esperanza en la victoria, caridad de patria."

"Menos constituyente y más combatientes"

El 7 de diciembre el "Corriere della Sera" publicaba un artículo titulado "Manos Constituyente y más combatientes" que suscitó un gran alboroto. El autor era Giuseppe Morelli, antiguo diputado, subsecretario de Justicia y senador.

El artículo expresaba el estado de ánimo de aquellos fascistas que consideraban que los problemas más urgentes eran los de la guerra y no los de las Asambleas.

Decía el artículo: "Me imagino lo numerosos que han sido los que, desde el primer día en que se habló de Constituyente, han ido a hojear los viejos libros de historia para refrescar su memoria, sobre las múltiples Constituyentes y en especial de la francesa; muchos de ellos ya estarán preparando sus discursos, estudiando las adecuadas actitudes... las a la Mirabeau, a la Robespierre, a la Danton, a la Sieyes, etc..., historia y nombres anacrónicos que no tienen nada que ver con la historia actual. ¿Y entonces? ¿Tendrá que ser ésta solamente una academia resonante de discursos más o menos retóricos, de desahogos más o menos personales, la expresión de rencores desde antaño comprimidos, de crítica a las faltas del Fascismo, a la traición de algunos jerarcas, a la incomprensión, a la deshonestidad y a la insuficiencia de muchos otros, una obra en fin de recriminación y no de reconstrucción? He aquí nuestra preocupación; y por esto decimos: menos constituyente y más combatientes."

Las estrellas y el gladio

Cuenta Graziani que Hitler le dijo, saludándole: "Siento mucho que le haya tocado precisamente a usted esta ingrata tarea. Sin embargo ha hecho bien en aceptar, a pesar del injusto tratamiento recibido, ya que, para un soldado, no es posible permanecer alejado del campo de acción y del honor."

Graziani, en nombre de Mussolini, pidió que fueran sacados cuanto antes posible de los campos de concentración, a la sazón recién constituidos, los elementos voluntarios necesarios para la reconstitución de cierto número de divisiones. Hitler se demostró contrario a la petición, juzgando que aquellos hombres, desmoralizados por lo que les había ocurrido, no se encontraban en condiciones para poder confiar en su rápida recuperación. Graziani insistió para que se le concediera visitar inmediatamente los campos de concentración. Le fue denegado, puesto que los campos aun estaban en vías de construcción. Graziani pidió entonces que regresaran en seguida a Italia los internados que declarasen estar prestos para empuñar de nuevo las armas. El estado mayor alemán propuso, en cambio, que se organizaran las fuerzas armadas italianas sacando de los campos de concentración solamente un cierto número de oficiales y suboficiales destinados a formar, con los oficiales y suboficiales que se habían presentado en Italia, sus cuadros. Los efectivos de las tropas habían de ser sacados de Italia con llamamientos a filas, pero el adiestramiento de las tropas debía tener lugar en Alemania.

El estado mayor alemán desconfiaba instintivamente de toda especie de ejército italiano. Alguien ha afirmado que en una ocasión el Feldmariscal Keitel dijo: "El único ejército italiano que no nos podría traicionar es un ejército que no existiera."

El 19 de julio Mussolini fue nuevamente a Alemania para entregar a las tropas las banderas de combate. Era la bandera tricolor en cuyo centro figuraba un águila negra, con las alas desplegadas sobre un "fascio" republicano colocado horizontalmente. Es asta llevaba encima el "fascio" republicano. Mussolini habló a las divisiones "Monterosa" y "Littorio", que estaban a punto de regresar a Italia para ir seguidamente al frente. Entre otras cosas, Mussolini dijo: "Al regresar a Italia, no tengáis miedo de encontrar en la línea de fuego a otros italianos. Junto a pocos europeos os enfrentaréis con gentes de Africa, de América, y con mercenarios sin ideales."

Entregando las banderas, dijo: "Hoy con esta bandera, tenéis una formación militar concreta y unas armas. Acordaos siempre que un pueblo que no sea digno de llevar las propias armas fatalmente acaba llevando las de los demás. Cuando lleva las suyas, es libre, cuando lleva las de los otros es esclavo."

Después del derrumbamiento, los soldados de la R.S.I., que habían combatido por "el honor y por la idea", fueron capturados (eran tropas beligerantes según las convecciones internacionales) y enviados a los campos de concentración. Los comandantes fueron sacados más tarde de los campos y encerrados en los calabozos como "criminales fascistas". Muchos de ellos fueron procesados y condenados, Graziani, Borghese, Rissi, aún hoy siguen esperando cuál va a ser su suerte. Otros, como Adami Rossi, Mischi, Berti, Teruzzi, Carloni etc., han sido condenados a distintas penas y languidecen en los penitenciarios. Pero ninguno de ellos ha sido declarado "criminal de guerra" por los aliados, que, sin embargo fusilaron en el Sur al general Bellomo y ahorcaron, en Nuremberg, a los generales y almirantes del III Reich.

La tragedia de Mussolini

Desde los primeros días de la república, se vio claramente que se iba tejiendo, en torno a Mussolini, una tragedia, como quizá a ningún otro dictador le había ocurrido nunca.

En el drama de la resurrección del Fascismo, se insertaba, fatal e inevitablemente, la tragedia de los Mussolini. El marido de su hija, el padre de sus nietecitos tenía que ser sacrificado a la "Idea traicionada", a la imperante razón de estado.

Sus sentimientos familiares, el cariño que siempre había demostrado hacia Edda, más que a ningún otro hijo suyo, la situación dramática de sus nietecitos, a los que también quería mucho, y que eran torturados por la angustia de sentir en su abuelo el verdugo de su padre, le turbaran profundamente y hacían trágica su decisión.

Cuando había estallado la guerra por Dantzig, Galeazzo había hecho todo lo posible para persuadir a Mussolini a no intervenir; y estaba orgulloso de la proclama "no beligerante". Esperaba llevar a Italia, como en el tiempo de la Primera Guerra Mundial, al lado de los anglo-americanos o mantenerla fuera del conflicto. A mi personalmente me había dicho en un día de septiembre de 1939: "Los alemanes perderán la guerra: en un cierto momento, todo el mundo se pondrá contra ellos. También nosotros y el Japón pasaremos al campo contrario."

¿Alguien se temió que en un momento de debilidad sentimental Mussolini indultaría a los traidores? Hubo alguien que habló con acreditados intérpretes de las altas esferas germánicas para bosquejar una solución que resolviera la tragedia de Mussolini sin disminuir por esto su autoridad y su prestigio. Hitler hubiera tenido que intervenir oficialmente, rogando a Mussolini que concediera la gracia a los cinco. Pero nadie quiso tomar la iniciativa de hablar de ello al Führer, quien, por otra parte, difícilmente hubiera accedido a tal demanda, ya que también Hitler necesitaba, por razones de política interior y exterior, demostrar que ninguna traición escaparía a un terrible castigo y que todo traidor pagaría con la muerte su crimen.

Al cabo de siete meses, después del atentado del 20 de julio, también el Führer se vería obligado a dar un durísimo ejemplo en Berlín.

Mussolini quiso ser informado sobre la actitud de los fusilados y cuando le dijeron que habían muerto todos dignamente exclamó: "¡Han muerto como solo pueden hacerlo unos fascistas!" Más tarde permitió que algunos periódicos publicaran una pequeña noticia por la que resultaba que De Bono y Ciano habían muerto gritando "¡Viva Italia!" y Gottardi gritando: "¡Viva el Fascismo, viva el Duce!". Mucho le irritó la noticia de que un soldado había disparado el tiro de gracia a Ciano, que no había fallecido al instante. A la primera descarga, en efecto, había sido herido solamente en las piernas y había gritado de dolor; la segunda tampoco le mató instantáneamente.

Quizá aún continúe la tragedia de Edda: Galeazzo cayó el 11 de enero de 1944. Su padre el 28 de abril de 1945. Padre y marido sufrieron la misma suerte, a breve distancia uno de otro. De la familia Mussolini ella es la superviviente más probada por el dolor. ¿Siguen luchando en su alma los contradictorios sentimientos del trágico enero de 1944, a pesar de todo? Sin embargo, a quien le preguntó hace ya tiempo si ahora ya había elegido en su corazón entre el marido y el padre, ahora que los dos le habían sido arrebatados por una suerte inexorable, parece que contestó: "¡Siempre acaba ganando la sangre!"

Las "Minas sociales"

El 15 de noviembre, en el salón de Castelvecchio de Verona, la primera Asamblea Nacional del Partido Fascista Republicano estableció en un Manifiesto compuesto por 18 puntos las bases del "nuevo estado popular". Como dijo más tarde en su discurso del teatro Lírico, Mussolini ya en el mes de septiembre había elaborado y corregido lo que en la historia política italiana es el manifiesto de Verona, que fijaba en unos puntos bastante determinados el programa no tanto del Partido como de la República. De los 18 puntos, 10 eran dedicados a la materia social.

El 13 de enero de 1944 el Consejo de Ministros según propuesta de Mussolini aprobaba la "Premisa fundamental para la creación de la nueva estructura de la economía italiana":

Punto 8: Crear el presupuesto de un orden nuevo que proporcione a los pueblos la posibilidad de construir su mañana y de conquistar su puesto en el plano internacional europeo, después de la victoria del Eje.

Este último punto había dado las riendas libres a las fantasías de los mas encendidos sostenedores de la socialización hacia una Unión de las Repúblicas Socialistas Europeas: "URSE contra URSS". Pero ante los exaltados de la reforma, estaban los tibios y los adversarios. Eran, desde luego, contrarios a la socialización los industriales, y lo eran, a pesar de que sus intereses fuesen exactamente opuestos, los obreros (por razones políticas, naturalmente). Se oponían a ello, los alemanes, Hitler el primero, ya que alguien le había dicho que Mussolini tenía la intención de abandonar completamente el Fascismo para arrojarse en brazos del Socialismo, y el Führer estaba convencido de que mientras los enemigos luchaban contra el Fascismo, hubiera sido un grave error el de arriar la bandera. Lo confirmó solemnemente en el discurso del teatro Lírico declarando: "Hubiera sido un error y cobardía arriar nuestra bandera consagrada con tanta sangre, y hacer pasar casi de contrabando aquellas ideas que constituyen hoy el santo y seña en la batalla de los continentes. Tratándose de un expediente, hubiera tenido sus rasgos exteriores y nos habría desacreditado ante nuestros adversarios, y principalmente ante nosotros mismos. No se trata de un nuevo rumbo sino que con mayor exactitud puede calificarse de un retorno a los orígenes".

Con los obreros había iniciado Mussolini una política de gran generosidad. Quería a toda costa conquistarlos a su política social. Había procurado mantener bloqueados los precios, consiguiendo mantener bajo el coste de la vida. En los primeros meses de 1944, la mujer de su casa que iba a la plaza podía comprar el pan al precio de 4,80 liras; el arroz a 3,80; las patatas a 6 liras; la mantequilla a 70 liras; el aceite a 45 liras; los huevos a 5 u 8 liras cada uno; la leña a 380 liras los cien kilos; el carbón a 400 liras, el azúcar a 7,30, etc. El periódico costaba 30 céntimos, 50 costó después del 1 de Abril de 1944, y una lira después del 1 de abril de 1945. El tranvía costaba 30 céntimos y más tarde 50... Además Mussolini había dispuesto que se desarrollaran hasta lo posible los comedores de empresa, donde se podía comer (primero y segundo plato) por un precio que iba de las 8 a las 20 liras. Más tarde, habían sido instituidos, por iniciativa de los prefectos Parini y Bassi, unos grandes comedores populares, tanto en el centro como en la periferia de Milán, donde se comía por 5 liras y unos "restaurantes municipales" donde el almuerzo costaba desde las 15 a las 20 liras. A pesar de la escasez de carburante, de las dificultades de los transportes, debidas principalmente a la acción de los aviones enemigos que bombardeaban y ametrallaban sin cesar ciudades y carreteras, las autoridades habían conseguido abastecer Milán de tal manera, que ni un solo día se quedó la ciudad sin harina ni pan, incluso en los días más duros. Mussolini había querido, además, conquistar a los obreros, revalorizándolos políticamente.

En enero de 1945 nombró al mismo Spinelli Ministro de Trabajo, para que fuese precisamente un obrero el realizador de la socialización.

Mussolini se disgustaba mucho por la actitud irreductiblemente contraria de los obreros y repetía a menudo: Podéis verlo, si, prometiera a cada italiano unas cuantas monedas de oro, nadie me creería. Si se las pusiera en sus manos, las tomarían, pero en su interior estarían convencidos de su falsedad. Y, caso de que un experto les asegurara la legitimidad del precioso metal, entonces pensarían que el oro ya no tiene valor. La situación es precisamente ésta y nada puede cambiarla, a excepción de un éxito militar."

Muerte de la Academia de Italia

F.T. Marinetti murió en Bellagio la noche entre el 1 y el 2 de diciembre de 1944. Sus restos mortales fueron trasladados a Milán el día 4 a las 17 horas, acompañados por su mujer, Benedetta, y su hija Vittoria. Mussolini había dispuesto que el entierro del jefe del Futurismo se hiciese a expensas del Estado, y que sus restos mortales fuesen expuestos en la sede de la Federación Fascista en la Plaza San Sepolcro.

Desaparecía con Marinetti, el representante típico del Fascismo en la Academia. Se sabía que Mussolini había propuesto un único candidato personal para la Academia: Marinetti, "el poeta innovador que me ha dado la sensación del océano y de la máquina".

El poeta de las máquinas fallecía en el sexto año de una guerra que mostraba un despliegue de medios mecánicos cual su fantasía ni siquiera había sabido imaginar. El poeta que había proclamado "la guerra única higiene del mundo", desaparecía al finalizar un conflicto mundial de horrorosas proporciones. Marinetti moría, superado en mucho por la realidad.

Rojo y Negro

Las tropas italianas habían dado siempre muestras de una profunda repugnancia a la guerrilla contra los rebeldes. A menudo habían intentado acercarse a los guerrilleros y convencerlos para que se unieran a ellos para defender juntos a Italia.

Mussolini pensó en el suicidio

Si Mussolini daba muestras de pensar en el suicidio (¡y mandaba publicar una apología suya, aunque juvenil, del suicidio, él que durante los veinte años había prohibido terminantemente a los periódicos cualquier alusión a los suicidios!) se podía engendrar en el pueblo la convicción de que las cosas iban muy mal.

Es raro como Mussolini, aunque meditando sobre todas las eventuales soluciones, caso de derrota, no haya querido tomar nunca en consideración ningún proyecto de salvación. Muchos jerarcas le rogaban que estudiara las posibilidades de salvarse a sí mismo y a un grupo de hombres representativos del Fascismo si se diera el caso de que todo se derrumbara, citando ejemplos de regímenes que habían proveído, a su debido tiempo, a poner a salvo a miembros del gobierno y a dirigentes del partido: últimamente, nuestros movimientos del gobierno y socialcomunistas, que después del 3 de enero de 1925 habían visto cómo se refugiaban en el extranjero hombres como Nitti, Sforza, Nenni, Togliatti, etc., los cuales más tarde, habían vuelto a gobernar Italia después de la caída del Fascismo; y los republicanos de España, que, batidos por Franco, habían huido a México y allí habíanse mantenido alrededor del doctor Negrín, sin hablar de todos los demás episodios que la historia recuerda, desde los tiempos más lejanos hasta la guerra en curso, que, además había reunido en Londres a una serie de gobiernos fantasmas, desde el de Tafari, al del rey Pedro de Yugoslavia, desde el de Benes al de De Gaulle.

Mussolini había desviado siempre la conversación... En cambio, escuchaba de buena gana y los discutía apasionadamente, los proyectos de resistencias extremas, de reductos hasta la muerte, de defensas casa por casa, etc.

Por otro lado, Hitler seguía enviando mensajes a Mussolini. El último, enviado desde Berlin el 24 fue publicado por los periódicos de la República precisamente el 25 de abril. Decía: "La lucha para el ser o el no ser ha alcanzado su punto álgido. Empleando grandes masas y materiales, el bolchevismo y el judaísmo han hecho cuanto estaba en su poder para reunir en el territorio germánico sus fuerzas destructivas, a fin de precipitar a nuestro continente en el caos. Sin embargo, en su espíritu de tenaz desprecio de la muerte, el pueblo alemán y todos los que están animados por los mismos sentimientos, se arrojarán a la lucha, por dura que sea ésta, y con su insuperable heroísmo harán cambiar el curso de la guerra en este momento histórico en que se decide la suerte de Europa, para los siglos venideros."

Mussolini y D'Annunzio

En el sexto aniversario de la muerte del poeta, el 1 de marzo de 1944, Mussolini quiso cumplimentar la memoria de su antiguo compañero de armas. Fue celebrado en el Vittoriale un oficio fúnebre, estuvieron presentes todos los miembros del Gobierno de la R.S.I. y las representaciones de todas las organizaciones políticas y militares de la República fascista. Mussolini llegó acompañado de su hijo Romano. Hizo poner una corona de laurel sobre la tumba del poeta, permaneció unos instantes en silencioso recogimiento, visitó la casa, el museo, el teatro, el buque Puglia, las arcas de los legionarios de la hazaña de Fiume, y dio órdenes para que se continuaran los trabajos para el mausoleo destinado a acoger definitivamente los despojos del poeta.

Mussolini hacía suyo y solamente suyo el proyecto de la marcha sobre Roma, después de haber abandonado la idea republicana, recibiendo el poder de las manos del rey; quien, veinte años después, lo hacía arrestar en el umbral de Villa Saboya.

Ahora, regresando al punto de partida republicano y cerca de los despojos de su "compañero de armas", Mussolini rememoraba con nostalgia el frustrado proyecto.

Mussolini no quiso que su efigie fuese reproducida en los sellos de la República. Cuando el ministro de las comunicaciones Liverani se lo propuso, rehusó decididamente y quiso, en cambio, que fuesen reproducidos en los sellos los monumentos destruidos por los bombardeos enemigos... Había dispuesto, además, que en las oficinas públicas no hubiese su retrato: "El DUce desea que sean retirados de todas las oficinas estatales los cuadros de cualquier personalidad actual, él inclusive. En las oficinas estatales será expuesto, en cuanto esté dispuesto, el cuadro con la efigie de la República."

Sin embargo, el pensamiento del fin le atormentaba. En el periodo en que pensaba en el suicidio, leía a Platón.

"Yo no puedo morir entre dos sábanas", había gritado en cierto momento el poeta. La frase impresionó a Mussolini, quien, pensativo, exclamó: "Tampoco yo puedo morir entre dos sábanas."

"Más bien que seguir en una situación como ésta -dijo él-, más vale mil veces morir. Y  morir en combate, como todos los hombres libres y dignos de este nombre prefieren hacerlo. No, el hombre libre, el hombre fuerte no desea acabar sus días, en una cama, clavado en ella por una de las tantas enfermedades que atormentan al género humano."

Treinta y cinco días después, Mussolini iba al encuentro de la muerte en las orillas del lago. Como D'Annunzio, también él no moría entre dos sábanas. Ambos han tenido la muerte imprevista, aquella muerte en la que pensaban sintiendo todo el horror de un fin que los clavara en la cama, viejos, enfermos, miserable espectáculo para ellos mismos y los demás. Sin embargo, mientras D'Annunzio había conocido la muerte de Pretarca, la linda y dulce muerte, ¡qué fin más distinto le había reservado el destino a Mussolini!







Demian, Hermann Hesse



Observa bien a un hombre y sabrás de él más que él mismo.

Si el género humano se extinguiera con la sola excepción de un niño medianamente inteligente, sin ninguna educación, este niño volvería a descubrir el curso de todas las cosas y sabría producir de nuevo dioses, demonios, paraísos, prohibiciones, mandamientos y Viejos y Nuevos Testamentos.

El sacerdote no quiere convertir a nadie; quiere únicamente vivir entre creyentes, entre sus iguales, y quiere ser portador y expresión del sentimiento que forja a nuestros dioses.

Una religión solitaria no es verdadera. Tiene que convertirse en comunitaria; tiene que tener sus cultos, sus bacanales, sus fiestas y sus misterios.

Cuando odiamos a un hombre, odiamos en su imagen algo que se encuentra en nosotros mismos. Lo que no está dentro de nosotros mismos no nos inquieta.

Las cosas que vemos son las mismas cosas que llevamos en nosotros. No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse.

Cada hombre tiene que dar una vez el paso que le aleja del padre, de su maestro; cada cual tiene que probar la dureza de la soledad, aunque la mayoría de los hombres aguanta poco y acaba por claudicar.

El que no tiene ningún deseo excepto su destino, ése no tiene ya semejantes, está solo en medio del universo frío que le rodea.

Los hombres se unen porque tienen miedo los unos de los otros; los señores se asocian, los trabajadores se asocian, los sabios se asocian. ¿Y por qué tienen miedo? Solo se tiene miedo cuando se está en disensión consigo mismo. Tienen miedo porque nunca se han reconocido a sí mismos.

Los hombres que se apiñan acobardados están  llenos de miedo y de maldad; ninguno se fía del otro. Son fieles a unos ideales que han dejado de serlo y apedrean a todo el que crea otros nuevos.

Nosotros, los marcados, no debíamos preocuparnos por la estructuración del porvenir. Cada confesión, cada doctrina salvadora, nos parecía de antemano muerta y sin sentido.

Todos los hombres que han influido en el curso de la humanidad fueron, sin excepción, capaces y eficaces porque estaban dispuestos a aceptar el destino. Lo mismo Moisés que Buda, Napoleón o Bismarck. Nadie puede elegir la corriente a la que sirve ni el centro desde el que es gobernado. Si Bismarck hubiera comprendido a los socialdemócratas y se hubiera amoldado a ellos, hubiese sido un hombre sabio, pero no un hombre del destino. Así pasó con Napoleón, César, Loyola...