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Así murió el descendiente de Colón, Matanzas en el Madrid Republicano -2ª parte-


Es bien sabido que, entre los asesinados, también figura el último descendiente de Cristóbal Colón. Posiblemente se conozcan menos las circunstancias pormenorizadas que arrojan una luz significativa sobre la situación del momento, especialmente por lo que  respecta a la actitud del gobierno. Este hombre, que se llamaba como su antepasado, Cristóbal Colón, Duque de Veragua, era de natural modesto y bondadoso, y vivía muy sencillamente en el antiguo palacio de sus antepasados. Tenía, además, una finca cerca de Toledo, en la que se ocupaba asiduamente de la explotación de una ganadería modelo. Trabajaba en inmejorable armonía con su personal y con los vecinos del pueblo de al lado; de todos era querido y respetado, por lo que las primeras semanas le dejaron tranquilo. Pero, por supuesto, una organización de trabajadores ocupó y requisó una parte del viejo palacio. En la otra vivía él, retirado, sin que le molestaran, hasta que de repente desapareció de su casa. Una embajada sudamericana,  que permanecía en permanente contacto con el duque, se lo comunicó inmediatamente al gobierno. Éste prometió poner en movimiento todo lo necesario para informarse de su paradero. Pero no sacó nada en limpio. En cambio, la citada embajada que, por su parte, recogía información, pudo establecer a los pocos días que lo habían llevado a una “checa” comunista y que había quedado preso allí. Comunicó inmediatamente al gobierno la dirección exacta de la misma y le exhortó a que ordenara su liberación. 

En los días que siguieron, aún recibió el gobierno telegramas de una docena de repúblicas hispanoamericanas, que asimismo reclamaban su liberación, ofreciéndose para llevarlo a América. Diez días después de haberse comunicado al gobierno la dirección del lugar donde lo mantenían preso, el ministro representante diplomático de una república americana se enteró de que, la noche anterior, lo habían sacado y matado a tiros. Las investigaciones, que él mismo llevó a cabo, revelaron enseguida que lo habían encontrado, efectivamente, muerto por arma de fuego en la cuneta de la carretera, cerca del pueblo de Fuencarral, habiendo sido arrojado a una fosa común del cementerio de dicho pueblo, con unos veinte cadáveres más. El ministro asumió la terrible tarea de disponer que, en su presencia, se registrara dicha fosa común y se enterrara el cadáver  del duque en una sepultura especial, desde la cual, más adelante, se le trasladaría a la mencionada república, primera tierra americana que pisó su antepasado. Esto ocurría ya bajo el “gobierno Popular” de Largo Caballero, compuesto por socialistas y comunistas. Un gobierno incapaz siquiera de ejercer su poder o su buena voluntad durante los diez días que tuvo para atender la demanda de las repúblicas hispanoamericanas a favor de la vida de Cristóbal Colón, con lo cual provocó un baldón más a España con las protestas de la totalidad del mundo americano. 

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