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Matanzas en el Madrid republicano. Felix Schlayer, 1938 -1ª parte-



¿Qué hacer -se preguntarán mis lectores- con un pueblo al que no hacer nada le parece más tentador que el bienestar alcanzado con el trabajo? Su ecuación bien parece ser ésta: vivir bien es igual a no hacer nada. Ésta era la atractiva consigna con que el comunismo seducía eficazmente a las masas incultas, llevándolas hacia la consecución de un sentimiento tan fanático como éste: “¡Arrebatad a los poderosos todo lo que tienen y así podréis ser tan gandules como ellos y vivir tan bien como ellos!”.

Concluida la Guerra Mundial, los negocios fáciles pronto se disiparon con la misma celeridad con que habían aparecido; pero se mantuvo vivo su aliciente, hasta aquel momento desconocido en España. En este clima de posguerra, Lenin profetizaba que España sería el siguiente país europeo en llevar a cabo una nueva revolución bolchevique. Así fue como, con propaganda y dinero soviéticos, nació el Partido Comunista, el cual dio muestras desde el principio de su eficacia organizativa. Antes de la Guerra Civil este partido no dejaba de ser una facción reducida, de poco arraigo y escasa afiliación entre unos españoles más dados a la anarquía que al comunismo; pero, con el estallido de la lucha, las células comunistas pronto iban a cobrar un protagonismo extraordinario que marcará la pauta. 

Se celebraron las elecciones con no pocas irregularidades en muchos de los colegios electorales en los que se conculcó la libertad de expresión. Tan pronto se comprobó que, pese a los incidentes, las derechas habían obtenido la mayoría, sus adversarios se lanzaron con virulencia contra el poder constituido. Los socialistas habían perdido. En esa circunstancia, las frases de signo democrático, como la relativa a los derechos de la mayoría, perdían su validez tan pronto como dejaban de favorecer a los socialistas. Y cuando la mayoría conservadora quiso hacer valer su legitimidad democrática se le respondió con el levantamiento de Asturias, con lo cual se pusieron de manifiesto los verdaderos y antidemocráticos propósitos de los socialistas españoles, quienes aspiraban, junto con los sindicatos, a obtener el poder por cualquier medio. 

Antes de ser transferido el poder al Frente Popular, en varias provincias donde las derechas habían obtenido el 80% de los votos, un mes después, ante la presión del Frente Popular, se “convertía” ese resultado “por arte de magia” en un 90% pero esta vez a favor de las izquierdas. ¡Difícilmente podrá encontrarse una parodia mayor sobre la libertad de voto que en esta ocasión! Sobre esta base se asienta la “legitimidad” del actual gobierno de la República española, tan tercamente encumbrada por franceses, ingleses y americanos. 

Al principio Calvo Sotelo, gran diputado y líder de los partidos derechistas, le anunció la muerte que le esperaba el mismo presidente del Consejo de Ministros, Casares Quiroga, quien lo hizo en el marco de una agitada sesión parlamentaria cuando aquel pronunciaba un exaltado discurso de despedida. Pocos días después tuvo lugar el asesinato durante la noche y a manos de la policía del Estado. Entraba de lleno en escena la revolución socialista. La mayoría indiscutible del pueblo español, de orientación derechista, se vio enseguida abocada a un dilema: o se dejaba aniquilar por las turbas incontroladas o se lanzaba a la lucha. Ese fue el origen del alzamiento de los generales, expresión del sentir mayoritario de la población, que no se resignaba voluntariamente a dejarse exterminar. 

Antes de la Guerra Civil, el Partido Comunista no tenía un gran número de militantes. En extremo individualista, la forma de ser del español estriba en la anarquía, con lo que en circunstancias normales la teoría comunista le es ajena por completo. 

¿De dónde emerge algo tan salvaje como esa crueldad y sus horrores? ¿Son propios del temperamento español o son achacables al bolchevismo?

Yo mismo asistí en Salamanca a un juicio, en un Tribunal de Guerra, en el que condenaron a muerte a ocho falangistas de un pueblo por crímenes que habían cometido en las primeras semanas contra otros habitantes del lugar. Los sacaron encadenados. En cambio, en la zona dominada por los rojos, estos crímenes, producto de la ferocidad de las masas, iban en aumento semana tras semana, hasta convertirse en una espantosa orgía de pillaje y de muerte, no sólo en Madrid, sino en todas las ciudades y pueblos de dicha zona. Aquí se trataba del asesinato organizado. Ya no era sólo el odio del pueblo, sino algo que respondía a una metodología rusa: era el producto de una “animalización” consciente del hombre por el bolchevismo. De lo que se trataba era de adueñarse de lo que fuera a cambio de nada; y si era menester matar, se mataba. 

Lo que desde siempre ha dominado políticamente en la amplia masa del pueblo español ha sido el sentimiento y nunca la razón. Pero en conflictos anteriores su fanatismo se apoyaba en bases idealistas. El indomable apasionamiento del pueblo español, que a Napoleón le tocó experimentar, se nutría de odio al extranjero y de orgullo nacional; en las guerras carlistas, el fanatismo religioso tronaba contra el liberalismo. Esta vez, sin embargo, debido a la influencia de la progresiva materialización de las masas populares, como consecuencia de las teorías socialista y comunista, los motivos de fondo son principalmente de orden económico y la meta con la que se especula es disfrutar de la vida con el mínimo esfuerzo. 

Una vez más tuve que vérmelas con el excesivo celo de estas hordas campesinas, especialmente al aparecer algunas jovencitas que ponían sus pistolas, con el seguro quitado, delante de mis narices, por lo que me vi obligado a recomendarles drásticamente un lugar más apropiado para guardarlas. 

A partir de aquel momento fue cuando el populacho de Madrid adquirió conciencia de la clase de poder que le había caído en suerte.

Allí, en el Cuartel de la Montaña, fue donde por vez primera comenzaron los asesinatos en los que participaron personas que hasta entonces nunca hubieran pensado en ello. En aquel hecho se reveló ya la falta total de autoridad estatal. El populacho que entró tras la rendición dominaba la situación, disparaba o perdonaba la vida a su antojo. 

Fue allí donde se instauró primero el imperio de la casualidad como destino, que después habría de generalizarse tanto. Quien caía en manos de un principiante de buenos sentimientos, aún sin malear, era saludado  abrazado como un “hermano liberado”; pero a quien tenía la mala suerte de dar con trabajadores envenenados de fanatismo se le ponía en fila, contra la pared, en el patio del cuartel. Un testigo presencial me contó que unos doscientos de los que se rindieron yacían muertos, alineados, y mezclados los civiles con los militares. Lo que no puedo asegurar es si los oficiales que yacían en el cuarto de banderas perdieron la vida asesinados o suicidándose. 

En aquella mañana, con este episodio del Cuartel de la Montaña, quedó sentenciado el destino de España: la guerra civil en toda su aterradora extensión. Si quiero estaba comprometido en el mando del sector militar de Madrid, en lugar de encerrase en los cuarteles, se hubiera atrevido a dar un audaz golpe de mano y apoderarse de la ciudad, tal como lo estaba haciendo el general Queipo de Llano en Sevilla, se hubiera sofocado en su embrión la resistencia roja. Sin Madrid y, por tanto, sin la España central y sobre todo, sin el oro atesorado en el Banco de España, quedaba excluido cualquier tipo de aglutinación organizativa que les permitiera a los rojos englobarlo todo. 

El nuevo Gobierno, con notable falta de sensatez, entregó las armas y, con ellas, la autoridad. Al contrario que Martínez Barrio, que no se atrevía a armar al pueblo, el nuevo presidente del Consejo de Ministros, un farmacéutico de Madrid llamado Giral, dejó libre el campo en tal sentido y sin control alguno a las veinticuatro horas de haber asumido la presidencia, lanzando además un llamamiento en el que exhortaba a todos a empuñar las armas y a hacer uso de ellas sin escrúpulos. Además de los cuarteles, se saquearon todas las armerías, y el mismo día se abrieron también las puertas de las cárceles a los presos comunes, a los que se liberó como “hermanos”, porque en aquellos momentos se necesitaba espacio para los disidentes políticos. Empezaron a quemar iglesias y conventos y a echar de allí a sus moradores. A algunos se les asesinó con el pretexto de que desde sus edificios se había disparado “contra el pueblo”. Empezó el terror, pero los hombres -jóvenes y adultos- que se paseaban con sus armas recién “adquiridas” se consideraban a sí mismos guardianes de un determinado “orden”, al estilo de una especia de “policía política”. 

Por entonces empezó la era de la “Soberanía del Pueblo”, con lo cual éste fue descubriendo lentamente los fabulosos derechos que se había adjudicado. Sus maestros fueron sobre todo los delincuentes comunes a los se les había regalado la libertad. Éstos no se sentían en absoluto intimidados por las “especulaciones” burguesas acerca de “lo mío” y “lo tuyo”, y por lo que se refiere a su concepto de la libertad, pronto encontró éste multitud de adeptos. UHP (“¡Uníos Hermanos Proletarios!”) se convirtió en una especia de contraseña sustitutoria de pago. Cualquier san culotte (nombre con el que, en la Revolución francesa se designaba a los equivalentes de nuestros milicianos) que llevara uno de los abundantes revólveres, repartidos o robados, apaciguaba a sus acreedores con esa contraseña encantada y, cuando la misma resultaba insuficiente, les ponía la boca del revólver delante de la suya. 

A un restaurante alemán en el que yo comía a mediodía, le tocó de repente, en lugar de su clientela habitual perteneciente a la buena burguesía, recibir a docenas de esos héroes del revólver. Éstos solían ser muy estrepitosos, ya que no les parecía suficientemente bueno el plato del día, y exigían otras suculencias, para acabar pagando con un ¡UHP! Pronunciado con aire triunfalista. Tales cosas ocurrían así, hasta el unto de que, más de una vez, estando el comedor lleno, era yo el único que pagaba. Ante el afligido patrón, cuando éste se atrevía a protestar, se hacían pasar por mandos de las “formaciones” más increíbles y, si ello resultaba infructuoso, le amenazaba en última instancia con la pistola. El hombre tuvo la suerte a los pocos días de poder clavar en su local el texto de una resolución adoptada por la embajada alemana, en virtud de la cual se le ordenaba cerrar el establecimiento a fin de evitar su ruina o su asesinato. Los patrones de la hostelería española tuvieron que aguantarse y mantener durante muchas semanas este tipo de “explotación” de su negocio bajo amenazas de muerte. Entre ellos, algunos cayeron a tiros, delante de sus locales, por haber provocado de alguna manera el disgusto de tan “noble clientela”. 

Todavía no sabía yo que, ya desde los primeros días, en todo el extra radio de Madrid lo más natural era la búsqueda y recogida de los asesinados en la madrugada. Pero ahora le tocaba a mi carretera, que cruzaba la Casa de Campo (extenso parque que antes pertenecía a la Casa Real) convertirse en el escenario de asesinatos a gran escala. Allí se habían abierto zanjas en las que todas las noches, los sedicientes “milicianos”, gente del pueblo armada o delincuentes, arrastraban a personas arbitrariamente sacadas de sus hogares: los juzgaba un “Tribunal”, compuesto por media docena de malhechores, entre los que también había mujeres. 

Semejante robo organizado, agravado por el asesinato, alcanzó a las pocas semanas tal nivel de escándalo que, una noche, se juntaron unos cuantos guardias veteranos y mataron, también a tiros, al propio “Tribunal”. 

En Aravaca fueron aniquilados y enterrados en pocas semanas de trescientos a cuatrocientos seres humanos. 

Alguien me contó que ocho monjas habían subido a pie desde Madrid, naturalmente sin documentación. Las habían echado de su convento y no tenían ni dónde dormir ni de qué comer. Así iban andando hacia la sierra, donde la lucha seguía su curso. Al pasar por el puesto de guardia, les dieron el alto y ellas manifestaron que querían ir a pie hasta Villalba para poder ser de alguna utilidad, como enfermeras o cuidadoras de lo que fuese y ganarse de tal modo el sustento. Pero no las creyeron, les atribuyeron intenciones de espionaje y el Comité del Pueblo las condenó in situ a muerte. El argumento decisivo para ello fue precisamente su condición de monjas. De modo que se llevaron a las ocho monjas al referido cementerio para ejecutarlas, disparándoles junto a una fosa. La mayor de ellas gritó: “¡Supongo que serán mujeres las que disparen contra nosotras, pues sería una vergüenza que los hombres se pusieran a matar mujeres!”. Tales palabras avergonzaron incluso a aquellas bestias ya dispuestas a disparar. Mandaron a buscar al pueblo mujeres que quisieran hacer de verdugos, pero todas las mujeres -jóvenes o adultas- se negaron. El Comité tuvo que llamar entonces a Madrid, desde donde les mandaron, pocos minutos antes de que yo pasara por ahí, media docena de los criminales más endurecidos, que cumplieron el “encargo” sin el menor sentimiento de humanidad, ante la grandeza de aquellas mujeres que fueron a la muerte sin una queja y consolándose mutuamente con la esperanza del más allá. 

Atracar las viviendas y llevarse a sus moradores eran cosas que siempre se hacían utilizando automóviles, ya que el “punto final” de las “relaciones” de tal modo iniciadas se encontraba fuera de la ciudad. Así es como surgió en España la expresión “dar el paseo”, que equivalía a asesinar. 

Inmediatamente después sonaron los disparos, al principio aislados, luego más seguidos. Invitaban a las víctimas a que se escaparan para salvarse, y a continuación las herían con disparos sueltos, disparándoles a bocajarro al caer. ¡Más de veinte disparos lanzaron contra estos dos desdichados!

Hombres, mujeres y niños peregrinaban cada mañana, sobre todo en el propio Madrid, a los lugares, concretos y conocidos, donde se perpetraban los asesinatos nocturnos y contemplaban con interés y con toda clase de comentarios el “botín” de la cacería…. Y ello en un país en el que, antes, no había hombre, ni maduro ni joven, que pasara cerca de un coche mortuorio sin descubrirse. ¡Terrible es ya destruir en los niños el respeto a la vida de los demás y crear en ellos un sentimiento que dará frutos aún más amargos!

Sin embargo, esto no era sino una parte de la matanza global de la noche recién transcurrida, ya que la mayor parte de los “paseos” terminaban en los pueblos de los alrededores de Madrid y en las cunetas. Por ello, los datos numéricos de Madrid propiamente dicho son inevitablemente inexactos, ya que se basan tan sólo en el número de muertos registrados en la capital. 

En cualquier lugar se juntaban una docena de jóvenes desaprensivos e iban a sacar de sus casas, de noche o incluso de día, a hombres y mujeres a quienes seguidamente sentenciaban a muerte. No dejaban, naturalmente, de registrar la vivienda en busca de objetos de valor. 

Aunque no existía una ley que prohibiera la propiedad privada, bastaba un registro perpetrado por estos desalmados para que uno quedara desvalijado, asesinado o, como mal menor, encarcelado. 

Tal era el concepto del derecho ante el cual el gobierno de Giral, que todavía era burgués y radical, no mostraba escrúpulo alguno, tolerando toda aquella anarquía. Dicho gobierno no hizo nunca el menor esfuerzo por poner coto a las actividades criminales que acabo de relatar y que se encargaban de realizar los presuntos comités políticos y demás organizaciones de todos los matices. No sólo dicho gobierno no tomó en consideración los hechos, sino que, impasible, tampoco hizo nada respecto a otros actos, aún peores, que efectuaban individuos por su cuenta, tanto en las ciudades como en el campo. 

Junto a estas “fábricas de asesinos” de carácter semipolítico se desencadenaban sin freno alguno los más bajos instintos del populacho. No sólo eran obreros despiadados, muchachas de servicio, porteros descontentos o competidores envidiosos los que, en compañía de algunos amigos, sacaban de sus casas a las personas objeto de su rencor, matándolas a tiros según les viniera en gana; había también campesinos de la peor especie que se venían a Madrid, iban a buscar a los hacendados de sus pueblos, asaltaban sus viviendas de la ciudad, los sacaban de sus casas y los asesinaban sin más dilación, sin importarles lo bien que tales hacendados se hubieran portado con los trabajadores de sus tierras, porque lo que movía a sus asesinos no era, en la mayoría de los casos, el odio o la venganza, sino la codicia. Los comunistas, sus nuevos señores, habían predicado que la tierra les pertenecería en cuanto hubieran desaparecido sus antiguos señores o dueños legítimos. Conozco a una familia que tenía sus propiedades en un pueblo importante de Albacete; vivían allí y, con su trabajo agrícola, hicieron prosperar al pueblo entero, que se había enriquecido en las últimas décadas. De esta familia aniquilaron a todos sus varones -veinticuatro- quedando solamente un anciano y algunos niños; por lo que respecta al primero, se libró porque estaba ingresado en la cárcel de Madrid. Fue un caso más de los muchos que sobrevivieron gracias al azar. 

Un bandido de veintiocho años, llamado García Atadell, estaba al frente de una brigada de la policía del Estado, por medio de la cual no sólo cometía los más inauditos desvalijamientos, sino que, en cientos de casos, entregaba a las víctimas de los mismos no a la policía, sino a las “checas” más sanguinarias. Finalmente huyó a Francia para proteger su botín de las apetencias de sus secuaces. Pero el destino quiso que, cuando se trasladaba en un barco hacia América con toda su expoliación, fuera capturado en aguas de Canarias por los nacionales. El hombre pagó sus crímenes con la muerte, en Sevilla, por el procedimiento de ejecución más infamante que existe en España, el garrote vil. 

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