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Paul Bowles - Desafío a la identidad






Zany Costa del Sol. Abril 1965

Las autoridades locales demuestran una tolerancia admirable hacia la conducta extravagante, pero sólo con los forasteros. Un bohemio local lo dijo de forma sucinta: “A los extranjeros nunca les arrestan. Sólo a los españoles”. No hay duda de que vigilan de cerca  los ciudadanos autóctonos. Sin embargo, dudo que ese sea el motivo del bajo índice de delincuencia en España. Parece mucho más probable que las causas se hallen en el propio tejido cultural español: más que nada, creo yo, en el acento que ponen en la lealtad a la familia, lo que presupone el amor. Entre los españoles hay pocos neuróticos, pocos que se sientan rechazados y, por tanto, fuera de la sociedad. 

El rápido aumento del nivel de vida ya ha transformado a los habitantes de la costa; la nueva generación es más alta y ni siquiera tiene un evidente aspecto de “española”. Uno empieza a entender que mucho de lo que al principio parecía ser el carácter del país no se debía sino a la excesiva pobreza. Los hombros caídos, la cabeza gacha, los vestidos negros y polvorientos, que eran la marca de Andalucía, han desaparecido. La prosperidad ha hecho que el viejo chiste francés de que Europa está delimitada en el sur por el Mediterráneo y los Pirineos, ya no es apropiado. El cambio incesante es la esencia de la vida, vayan las cosas bien o mal, la gente de por aquí tiene una pequeña frase, estoica pero corta, que lo dice todo:

¡Arriba la vida!

Ventanas del pasado. Enero 1955

Pienso que lo que buscamos los estadounidenses, y por tanto, lo más importante que podemos llevarnos de vuelta, es algo más exhaustivo. Lo calificaría de infancia, una infancia personal que guarda cierta relación con la infancia de nuestra cultura. La apabullante mayoría de nosotros somos europeos trasplantados, de una clase u otra. Culturalmente hablando, el poco tiempo que llevamos en Norteamérica no es nada comparado con el tiempo, infinitamente más largo, que hemos pasado en Europa, y al parecer hemos olvidado ese pasado auténtico y hemos perdido el contacto con el terreno psíquico de la tradición en el que tienen que estar ancladas las raíces de la cultura. 

La cultura es esencialmente una cuestión de utilizar el pasado para dar sentido al presente. La cultura de una persona es la suma de sus recuerdos. No consistirá en una abundancia de hechos, nombres y fechas que se sabe al dedillo, sino que más bien será la suma de todo lo que ha pensado y sentido, es decir, conocido. 

Si se me presenta la opción de elegir entre visitar un circo y una catedral, un café y un monumento público, o una fiesta y un museo, me temo que por lo general me decantaré por el circo, el café y la fiesta, confiando en que conseguiré ver las otras cosas después. Supongo que no soy lo que actualmente se considera alguien con orientaciones culturales. Quizá sea porque para mi la cultura de una tierra, en cualquier momento dado, es la gente que la habita y las vidas que en ella llevan sus habitantes, y no las posesiones que éstos han heredado de quienes vinieron antes que ellos. Puede que saquen provecho de su legado, o no. Si lo hacen, tanto mejor para ellos; pero lo hagan o no, son ellos, y no su historia, quienes representan su cultura. 

La mente tiene una forma curiosa de seleccionar unos cuantos detalles entre millones y de presentárnoslos como nuestras experiencias. 

Mi primera visita al Pardo tuvo lugar hace veintidós años, una tarde fría y lluviosa de noviembre. Pasaba por Madrid, de camino a París, viniendo desde Marrakech y llevaba conmigo a Abdelkader, un pequeño salvaje marroquí de quince años, que era exportado al Quai Voltaire con el fin de ser amaestrado para hacer el servicio doméstico en casa de un amigo. En su corta vida, Abdelkader no había tenido muchas oportunidades de aprender algo acerca de los europeos y de su cultura; nunca había visto pinturas y ni siquiera tenía noticia de su existencia. 

Primero nos confrontamos con un enorme Greco. 

-Está roto -observó Abdelkader, pasados unos momentos.

  • ¿A qué te refieres con roto? -le pregunté. 

  • Está atascado. No se mueve. 

Le expliqué con cuidado que aquello no era cine y entramos en una sala llena de cuadros de Bosch, o el Bosco, como les gusta llamarle a los españoles. 



Si insisto en España aquí es porque pienso que España es el país de Europa que más puede ofrecer a los norteamericanos. Como es una opinión, y no una tesis demostrable, solo puedo remitirme a mis reacciones personales ante su incomparable belleza para robustecer mi afirmación. Es un país que “entra” fácil, la gente es amable y hospitalaria, y, lo que tiene bastante importancia, es una gente sumamente consciente y orgullosa de su cultura hispánica. Visualmente es el país más dramático de Europa occidental. Los contrastes siempre son fáciles de percibir y de recordar; casi cada aspecto de España debe su carácter a una contradicción. El elemento más importante del paisaje es que en medio de la aridez da la impresión de fertilidad, la arquitectura es al mismo tiempo un acuerdo y un choque entre conceptos occidentales y orientales de proporción y de forma, la gente acostumbra a ser bien muy rica o bien muy pobre, y como se han efectuado relativamente pocos cambios en el tejido económico y social de la nación entre la época de la gloria de España y el siglo XX, el pasado sigue estando muy vivo en el campo. Solo hay que salir de la carretera principal y conducir hasta el otro lado del cerro para llegar a un país cuyo espíritu aún no ha podido quebrantar la era mecánica. 

Madeira

Una breve conversación que mantuve durante mi primera visita no se ha borrado de mi memoria. Hablaba con un madeirense acerca de los encantos de su isla. Le dije que no sabía cuan afortunado era vivir en un sitio tan agradable, y me respondió  apaciblemente: “Sí. Un pájaro puede posarse en el patio de una prisión y volver a alzar el vuelo sin enterarse jamás de dónde ha estado”. 

No hay que ser muy musulmán. 25 de septiembre de 1953

El kif no abole ninguna inhibición; al contrario, las refuerza, empuja al individuo a replegarse aún más en los recovecos de su propia personalidad aislada., y le compromete a la contemplación y a la inacción. 

Si en un país occidental todo un segmento de la población desea por razones de protesta (como ha ocurrido en los Estados Unidos) aislarse de forma radical de la sociedad que le rodea, la manera más rápida y segura de conseguirlo es reemplazar el alcohol por el cannabis. 

El Rif, a la música. Primavera de 1960

Hasta 1955, Nador no era sino un pobre pueblo marroquí cualquiera con algunos españoles en él; de repente, se convirtió en la capital de una provincia recién designada. Los españoles siguen teniendo varios miles de tropas estacionadas allí para “proteger” Melilla, la que Rabat reclama, más o menos abiertamente, y sin duda recuperará tarde o temprano. Y por eso, como es natural, los marroquíes tienen allí acuartelados a los mismos miles de soldados, además de varios miles más, con el fin de proteger Nador. 

Aunque la práctica de la magia  es un delito unible en el improbable caso de que pueda demostrarse, cientos de miles de hombres viven con un temor diario del tseuheur. Por fortuna, Mohamed Larbi está seguro de su esposa actual; le pega a menudo y ella le tiene terror. “Nunca intentará el tseuheur conmigo -alardea-. La mataría antes de que lo tuviese medio hecho”. La historia siempre es esencialmente la misma, pero cada vez que la cuenta recojo algún detalle descriptivo suplementario. 

El kif mantiene a los hombres quietos y vegetativos; el alcohol les manda a romper escaparates. 

Casablanca. 1966

Una guía es como un listín telefónico; es para ser consultada, antes que leída. 

Los europeos necesitan una justificación moral para hacer el mal. 

Fez: Intramuros. 1984

Para comprender la fascinación del lugar uno tiene que ser el tipo de persona que disfruta perdiéndose entre la multitud y siendo empujado por ella, sin importarle  hacia adónde ni por cuanto tiempo. Tiene que ser capaz de conseguir estar relajado ante la idea de estar indefenso en medio de esa turba, tiene que saber encontrar placer en lo estrafalario y ver belleza donde es más ímproba que aparezca. 

¿Qué hace tan diferente a Marrakech?. Junio- Julio 1971

En general, se considera que hay un único hotel de Grand luxe en Marruecos y es el Mamounia de Marrakech. Yo pienso en el lujo en términos de confort, servicios y privacidad, mientras que quienes regentan los hoteles en la actualidad parecen concebirlo en términos de piscinas, saunas y unidades de aire acondicionado. Quizá sea por eso que el lujo del Msmounia parece ahora en gran parte vestigial, un recordatorio nostálgico de la época no muy lejana en que Winston Churchill pasaba allí los inviernos y se sentaba en el jardín a pintar. 

La vida nocturna, tal como la concebimos nosotros, no forma parte de las costumbres del país; lo poco que se proporciona a los turistas ha sido ideado expresamente para ellos y, por tanto, no tiene mucho interés. La cena con espectáculo, sin embargo,  es harina de otro costal. 

El año pasado el Café du Glacier, en la Djemàa el Fna, rebosaba de jóvenes viajeros con barba, cadenas, parkas, tchamiras, chillabas y rezzas de reguibat, y toda una variedad de avíos africanos. Este año no la frecuentan sino marroquíes y turistas extraviados. Los amigos del Mundo han optado por el secreto y han abandonado los lugares públicos a favor de los diminutos puestos escondidos en los callejones poco transitados donde los turistas no puedan encontrarles. Porque, en los últimos años, los hippies se han convertido en una atracción turística muy importante de Marrakech. 

A los veinte años yo estaba allí, en Marrakech, sin drogas ni disfraces, cierto, pero viviendo de una forma muy parecida a como viven hoy los hippies, manifestando desprecio por todo los que fuese conocido y un entusiasmo sin límites por todo lo marroquí. La principal diferencia entre nosotros es que ellos, al viajar en grupo y sin timidez, no están satisfechos con ser espectadores; quieren participar. Es como si pensasen que si se esfuerzan lo suficiente y por bastante tiempo se convertirán en marroquíes. 

Ahora entrenan a las muchachas marroquíes para que hagan la danza del vientre, algo hasta ahora inaudito en Marruecos. Pero como eso es lo que los turistas dicen querer, eso les dan. 

Vistas de Tánger. 1954.

La palabra democracia carece de sentido para el marroquí medio; de hecho, por su carácter y su formación , el marroquí se inclina del lado del totalitarismo. Por esta razón, los argumentos antisoviéticos, que por lo general se basan en consideraciones humanitarias, significan muy poco para ellos, mientras que la propaganda comunista, por poco se disfrace, es a menudo calurosamente recibida. Con mucha frecuencia se alude a la frase fundamental de 1954: Estados Unidos tiene la culpa. Si algunos marroquíes  mueren en Indochina, si llueve demasiado, o demasiado poco, si no tienes trabajo, si tu esposa está enferma y la penicilina es cara, o si los franceses no se han ido de Marruecos, todo es culpa de los Estados Unidos. Ellos podrían cambiarlo todo, si decidieran hacerlo, pero no hacen nada porque no quieren a los musulmanes. 

Si un fumador es visto en público, tal vez dos hombres se le acerquen a preguntarle cortésmente qué religión profesa. Si responde: “Soy musulmán”, le reprenderán, y sugerirán que deje de fumar. Esto es una advertencia. Si lo sorprenden de nuevo, es posible que le marquen la cara de una cuchillada. Entonces comienzan sus problemas, pues si da parte del incidente a la policía, se expone a un ataque más serio o quizá fatal como consecuencia. Sin embargo, si no da parte y la policía se entera, seguramente será encarcelado por sospechoso de simpatizar con los nacionalistas. En esta pequeña guerra la participación no es una cuestión optativa. 

Mundos de Tánger. 1958

Si uno no sabe por qué le gusta una cosa, por lo general vale la pena intentar averiguarlo. 

Estoy convencido de que Tánger es un lugar donde el pasado y el presente existen simultáneamente en grado proporcional, donde la realidad de un hoy muy vivo adquiere mayor profundidad gracias a la presencia de un ayer igual de vivo. En Europa, me parece, el pasado es en gran parte ficticio; para ser consciente del mismo hay que haberlo estudiado. En Tánger el pasado es una realidad física perceptible como la luz del sol. 

Durante años he estado “enseñando” Tánger a los visitantes. Ser guía aficionado en una ciudad que cuenta con muchos profesionales tiene sus desventajas, y cabe imaginar que hasta sus peligros, y no es que sea un pasatiempo especialmente agradable en sí mismo. Sin embargo, para los nueve turistas a los que les divierte un poquito el caos y el absurdo del lugar, pero están francamente horrorizados por la fealdad y la miseria no sienten sino indiferencia hacia lo que tenga que ofrecer, hay un décimo que en seguida se enamora de ella y, por supuesto, es el que hace que ese juego tedioso valga la pena. Para éste, como para mí, una pared lisa al final de un callejón sin salida sugiere misterio, igual que encontrarse en diminutas habitaciones tipo armario de una casa musulmana en la Medina evoca la magia de los juegos de la primera infancia, o la repentina llamada  a la oración del almuédano desde su minarete es una canción cuya música transforma completamente el momento. Esas reacciones, según me han dicho, son las de una persona que se niega a crecer. Si es así, ya me está bien, porque para mí ser como un niño implica haber conservado el pleno uso de la imaginación. Porque la imaginación es esencial para disfrutar de un lugar como Tánger, donde los detalles que se presentan ante los ojos no son lo que parecen, sino una serie de puntos de referencia para todo un sistema secreto de superposición de mundos, totalmente divergentes, en la vida completa de la ciudad. 

Con los años, he visto a las personas más inverosímiles sentadas entre las chirlabas y los feces del Café Central, desde Barbara Hutton a Somerset Maugham y a Truman Capote y Cecil Beaton. El otro día, cuando pasaba por allí, vi a Errol Flynn tratando de ocultar el rostro detrás de las páginas de un periódico, mientras un grupo de chicas españolas le miraba en hito a menos de un metro de distancia, la que ellas consideraban respetuosa. La presencia de la señorita Hutton en el Zoco Chico se explica por el hecho de que es una residente esporádica en Tánger, su casa está en la Medina, a la vuelta de la esquina de la mía. No obstante, hay que señalar una diferencia importante entre nuestras respectivas viviendas. La suya, me dicen, consistía originalmente en veintiocho casas musulmanas independientes, que fueron desmontadas y vueltas a juntar para crear la estructura actual; la mía sigue siendo lo que siempre fue: una caja de zapatos, muy pequeña e incómoda, puesta de canto. 

Cuando un visitante ha visto los Zocos, las playas y los palacios, todavía no ha visto el fenómeno más importante de la ciudad, el que otorga la realidad y determina el sentido último de todos los demás: me refiero al espectáculo de la vida diaria del marroquí medio. Para ello es necesario entrar en los hogares, mejor si es en los de clase media baja, y en los cafés de barrio que tienen una clientela estrictamente musulmana. 


Allí, los hombres se sientan con las piernas dobladas debajo de ellos y, más a menudo que no, pese a la prohibición no oficial, sacan sus pipas de kif y las fuman como siempre han hecho. Los cafés son como clubes de hombres. Un hombre suele frecuentar el mismo, año tras año. A menudo trae su comida y come allí; a veces, se tiende sobre la estera y duerme allí. Su café es su dirección de correo y, en lugar de usar su casa, donde siempre andan pululando mujeres de la familia, usará el café para concertar sus citas sociales. 

Un peculiar don musulmán: ser capaz de crear ilusión de lujo en medio de la pobreza, y siempre despierta mi admiración cuando lo veo. 

También es una delicia salir a la calle silenciosa a la luz de la luna y, un momento después, mirar por una puerta de la Casbah y ver abajo los miles de cubos blancos que son las casas de la Medina, oyendo solo las olas romper en la playa y tal vez el canto antifonal y soñoliento, me pregunto si no estaré un poco chiflado por haber decidido pasar tantos años en esta loca ciudad y en esos momentos me tranquilizo: no me cuesta nada convencerme de que si volviésemos a estar en 1931,  y yo poseyese el don de predecir con precisión el futuro, lo más probable es que volviese a seguir el buen consejo de la señorita Stein y volviese a hacer mi primer viaje a Tánger. 

Tánger.  1963

La buena vida era barata si se era europeo. No se le ocurría a mucha gente preguntarse cómo se las arreglaban los marroquíes. La creencia habitual era que podían vivir de la nada, lo que casi era cierto, aunque lograban no proyectar nunca una imagen de pobreza. 

Diario de Tánger: un interludio poscolonial. 1957

Para dar un aire más “europeo” a las calles, se alienta a las muchachas a que anden “desnudas”, es decir, sin velo. 

Una parte de la población marroquí lamenta que la celebración se efectúe en esta época, porque los cerca de cincuenta mil residentes españoles podrían interpretar erróneamente que se ha dispuesto así en honor al nacimiento de Jesucristo. La Navidad siempre ha sido la gran fiesta del año en Tánger y eran los españoles quienes empezaban a celebrarla quince días antes: se ponían máscaras, vestían de pastores y marchaban por las calles en simulados grupos militares, tocando sus zambombas (cuyo sonido era el de un león gruñendo con ritmo), dando palmadas, chocando las castañuelas y cantando de vez en cuando entre tragos de vino tinto de las botellas que colgaban de sus hombros. 

Faltan tan solo dos días para Navidad y hasta ahora no he visto ninguna zambomba, ni pastores festivos, ni nada que indique la llegada de las fiestas de diciembre. La discreción de los civiles españoles es comprensible cuando se piensa que, en estos momentos, sus fuerzas armadas están ocupadas en disparar a los marroquíes, que sus barcos de guerra están bombardeando la costa marroquí al sur de Agadir y que, justo detrás de Djebel Musa (Monte de Moisés), que veo desde mi ventana, en la entrada a la ciudad de Ceuta, las tropas españolas han construido a la carrera unas barricadas de alambres de púas para evitar posibles estallidos de violencia entre españoles y marroquíes. 

El gobierno de Madrid considera (con el mismo tipo de lógica que la que usan los franceses para definir el estatus de Argelia) que las ciudades gemelas de Ceuta y Melilla, en los extremos opuestos del Rif, forman parte integral de la España metropolitana. Se presupone que, en algún momento de la historia, se despegaron de la madre patria y flotaron cruzando el estrecho hasta África. Desde la independencia, una cuestión de suma importancia para la mayoría de marroquíes ha sido liberar esas dos ciudades clave, que además resultan ser los únicos puertos mediterráneos de Marruecos. Por supuesto, sobre el papel nunca ha existido la posibilidad de un cambio de soberanía; oficialmente, se entiende que Melilla (española desde 1506) y Ceuta (desde 1580) seguirán considerándose inseparables del resto de España. 

Durante los últimos dieciocho meses los marroquíes han estado observando que con toda la razón del mundo su país debería extender su hegemonía hacia el sur, pasando por Río de Oro, el Sáhara español y la Mauritania francesa, hasta las fronteras del norte de Senegal. Los argelinos están igualmente empeñados en que la zona que se encuentra más o menos entre 20º y 30º N y 0º y 10º E no quede en manos francesas, independientemente  de lo que ocurra en la propia Argelia. Durante una conversación con un oficial del gobierno marroquí sobre el proyecto del “Gran Marruecos”, me interesó observar que, para justificar esa política, el oficial utilizó el argumento de que, en la época de la dinastía Saadi, en el siglo XVI, el control marroquí se extendía hasta el Sudán, y observé casualmente que en ese caso Andalucía y Castilla también tendrían que ser anexionadas. Sonrió: “Lo primero es lo primero -dijo-. Eso vendrá después.”

Es sorprendente que hasta ahora los marroquíes manifiesten poco resentimiento hacia los españoles si se tiene en cuenta que, en cierto modo, las dos naciones están en guerra extraoficialmente. Una posible razón para esa complacencia es que, en los últimos tiempos, el odio anticolonial se ha visto dirigido, casi de forma exclusiva, hacia los franceses. El Generalísimo Franco sacó capital político de esa tradición en la época de la guerra franco-marroquí, entre 1953 y 1955, cuando a pesar de las peticiones de Francia, se negó a declarar ilegal el movimiento nacionalista en su parte del Protectorado. Una vez más, en la antigua zona española la relativa justicia era mucho mayor que en la antigua zona francesa; es decir, el trato que daba el gobierno español a los sujetos coloniales y a los sujetos españoles era diferente solo en grado -era duro y autoritario por igual-, mientras que existía una disparidad terrorífica entre el favoritismo que Francia demostraba hacia sus propios nacionales en Marruecos y el desprecio cínico con el que gobernaba a los marroquíes autóctonos. También es cierto que muchos españoles , siendo racial y culturalmente muy próximos a los marroquíes, tendían a pensar en los segundos como seres humanos, mientras que el clásico epíteto con que les designaba el colonialista francés era “animales”. (Una pequeña ilustración de la diferencia de actitudes: si un cortejo fúnebre islámico pasaba por las calles de Tetuán o de Larache, o de cualquiera de de las ciudades españolas marroquíes, siempre se paraban un momento algunos transeúntes españoles y se santiguaban con respeto; no vi que sucediese eso ni una vez en la antigua zona francesa.)

El Tánger de los bares dudosos, las maison closes, los macarras y los proxenetas, los contrabandistas y los prófugos de Scotlan Yard y el F.B.I, el viejo Tánger que intentó con valentía, aunque sin éxito, estar a la altura de su inflada reputación de “ciudad del pecado”, está muerto y enterrado. 

La indignación de la población local es análoga a la que resultaría si de repente, por poner un ejemplo, Mónaco se abriese a los franceses y la policía monegasca fuese reemplazada por gendarmes franceses; Tánger se ha vuelto así de provinciana y hermética. 

El último djinn. 

Tánger.

Hay otra clase de norteamericano que se ve por aquí cada vez con más frecuencia. Por lo general tiene poco más de veinte años, a veces lleva barba, y a menudo su vestimenta, de tan informal, raya en la beligerancia. La nueva “generación perdida” que Norteamérica echó al mundo después de la última guerra está tan perdida, que la generación anterior no parece merecer el calificativo. París sigue siendo su polígono de pruebas, pero esta vez es el París de los pequeños antros argelinos detrás de la Bastilla, sitios sorprendentemente sórdidos, donde se reúnen para estudiar la preparación, el uso y los efectos de la cannabis sativa, conocida en sus distintas formas como hachís y dawamesk o majoun. 

Desafortunadamente existe en Marruecos una creciente tendencia, promovida por los nacionalistas, a suprimir -mediante las leyes y la propaganda- todos los aspectos de la vida indiana que hacen pintoresco el país para los visitantes. Es como si quisieran desanimar a los turistas, y, en efecto, si hablas con ellos, verás que eso es precisamente lo que quieren. Porque estos fanáticos árabes están firmemente convencidos de que los occidentales visitan Marruecos sólo para mofarse de las costumbres y el comportamiento de un pueblo atrasado. El caso es que el aspecto más interesante de Marruecos es el indígena.; es decir, lo beréber, y no lo que ha sido importado por los árabes. Desde el punto de vista de los nacionalistas, los bereberes son poco más que animales mal islamizados y tercos en su empeño de aferrarse a sus rituales antiguos. De modo que desde hace unos quince años ha venido efectuándose una purga puritana en gran escala, que continuará probablemente hasta que el último vestigio de placer espontáneo en las prácticas religiosas haya sido destruido. 

El musulmán piensa del comunismo más o menos lo que el hombre de la ciudad piensa de la fiebre aftosa: es una seria enfermedad, pero él no corre peligro de  contraerla. Para él, el comunismo es una afección peculiar del mundo cristiano; bajo la protección del islam, se mantiene a salvo de ella. 

La islita. 

Hay dos tipos de pasajes que siempre tuvieron el poder de estimularme: el desierto y la selva tropical. Estos dos extremos de la naturaleza -uno con el mínimo y el otro con el máximo de vegetación- son capaces de ponerme en un estado muy parecido a la euforia. Desafortunadamente, cuando te gustan dos cosas antitéticas, corres el riesgo de convertirte en un péndulo; vas y vienes cada vez con más regularidad entre una y otra. 

Me levanto deprisa y subo a la casa, donde trabajo hasta que el desayuno está listo. El resto de la mañana lo dedico a resolver diferencias entre los sirvientes, a hacer cuentas para el mercado, y a darme un baño en el mar cuando, de pronto, deja de soplar la brisa y el aire se convierte en una tela húmeda y caliente ceñida a la piel. Después de un almuerzo preparado con curry, distinto cada día pero siempre tan picante que me saca lágrimas (un fenómeno que, por algún motivo extraño, ha llegado a gustarme) viene la siesta, un rápido descenso hacia el olvido, mientras el viento, que suele soplar a esas horas con más fuerza, mueve la mosquitero y llena el aire con el rocío salado del estallar de las olas. 

El cielo. 

El estado de ánimo de cualquier escena que representemos en nuestras vidas viene determinado, en gran parte, por la luz que se proyecta sobre nosotros desde arriba. El cielo, en calidad de maestro electricista, proporciona a nuestras acciones una infinita variedad de efectos lumínicos que contribuyen a moldear hasta las emociones que las acompañan. La Luz menguante del crepúsculo sirve para el intercambio de intimidades; los chorros de luz de una mañana de primavera, para sentir un placer irracional; la oscuridad de la noche, cuando no cae del cielo ni una pizca de luz, para convertirse en víctima de las propias fantasías; el gris claro e indiferente del cielo encapotado de verano, para estimular la indolencia.  ¿Cómo podemos saber en qué medida ha determinado nuestras acciones la luz que nos bañaba mientras las realizábamos? 

Una pesadilla recurrente: la atmósfera de la Tierra ha huido al espacio exterior y vemos que el cielo se ha vuelto permanentemente negro. 

Los seiscientos días de Mussolini, Ermanno Amicucci


El vuelo de la "cigüeña"

No cabe duda de que la organización y la realización de la empresa fueron perfectas y dignas de admiración. El mismo Churchill lo reconoció explícitamente. Sin embargo, la absoluta falta de resistencia de quien estaba encargado de la custodia de Mussolini reduce la arriesgada operación militar, según el testimonio del general Soleti, a una atrevida y brillante acción deportiva.

Mussolini agradece a los dioses el haberle ahorrado la farsa de un estruendoso proceso en el Madison Square, de Nueva York, al que hubiera preferido un regular ahorcamiento en la Torre de Londres.

A causa de la cláusula contenida en el artículo 16 del tratado del tratado de paz, ningún proceso ha sido promovido contra el mariscal Badoglio. Por lo tanto, nadie la he pedido cuentas por no haber entregado a Mussolini a los aliados.

"Y ahora se vuelve a empezar"

La familia Ciano había sido alojada en una villa en Almaushusen, cerca de Múnich. Pero la partida para España fue aplazada de un día para otro, hasta que Ciano tuvo que convencerse de que nunca llegaría a realizarse y que prácticamente tenía que considerarse prisionero. Era tratado con hipócrita deferencia, pero sin ninguna cordialidad. Edda, en cambio, seguía siendo considerada como la hija del Duce y el 2 de septiembre, día de su santo, le fueron enviados grandes ramos de rosas, regalos y cortesías particulares. Fue también recibida por el Führer, junto a Vittorio, en el Cuartel General, estando presentes Ribbentrop y Himmler.

"Suso in Italia bella"

La confianza en el porvenir le fallaba incluso en su familia. Especialmente la viuda de Bruno manifestaba abiertamente su desconfianza en el éxito del conflicto y en las posibilidades de recuperación de la Italia republicana. Un día le dijo: "Va a ser muy difícil que los italianos sigan respondiendo al trinomio "Creer, Obedecer, Combatir". Mussolini le contestó: "Habrá que sustituirlo por las tres virtudes teologales "Fe, Esperanza, Caridad": fe en la Divina Providencia, esperanza en la victoria, caridad de patria."

"Menos constituyente y más combatientes"

El 7 de diciembre el "Corriere della Sera" publicaba un artículo titulado "Manos Constituyente y más combatientes" que suscitó un gran alboroto. El autor era Giuseppe Morelli, antiguo diputado, subsecretario de Justicia y senador.

El artículo expresaba el estado de ánimo de aquellos fascistas que consideraban que los problemas más urgentes eran los de la guerra y no los de las Asambleas.

Decía el artículo: "Me imagino lo numerosos que han sido los que, desde el primer día en que se habló de Constituyente, han ido a hojear los viejos libros de historia para refrescar su memoria, sobre las múltiples Constituyentes y en especial de la francesa; muchos de ellos ya estarán preparando sus discursos, estudiando las adecuadas actitudes... las a la Mirabeau, a la Robespierre, a la Danton, a la Sieyes, etc..., historia y nombres anacrónicos que no tienen nada que ver con la historia actual. ¿Y entonces? ¿Tendrá que ser ésta solamente una academia resonante de discursos más o menos retóricos, de desahogos más o menos personales, la expresión de rencores desde antaño comprimidos, de crítica a las faltas del Fascismo, a la traición de algunos jerarcas, a la incomprensión, a la deshonestidad y a la insuficiencia de muchos otros, una obra en fin de recriminación y no de reconstrucción? He aquí nuestra preocupación; y por esto decimos: menos constituyente y más combatientes."

Las estrellas y el gladio

Cuenta Graziani que Hitler le dijo, saludándole: "Siento mucho que le haya tocado precisamente a usted esta ingrata tarea. Sin embargo ha hecho bien en aceptar, a pesar del injusto tratamiento recibido, ya que, para un soldado, no es posible permanecer alejado del campo de acción y del honor."

Graziani, en nombre de Mussolini, pidió que fueran sacados cuanto antes posible de los campos de concentración, a la sazón recién constituidos, los elementos voluntarios necesarios para la reconstitución de cierto número de divisiones. Hitler se demostró contrario a la petición, juzgando que aquellos hombres, desmoralizados por lo que les había ocurrido, no se encontraban en condiciones para poder confiar en su rápida recuperación. Graziani insistió para que se le concediera visitar inmediatamente los campos de concentración. Le fue denegado, puesto que los campos aun estaban en vías de construcción. Graziani pidió entonces que regresaran en seguida a Italia los internados que declarasen estar prestos para empuñar de nuevo las armas. El estado mayor alemán propuso, en cambio, que se organizaran las fuerzas armadas italianas sacando de los campos de concentración solamente un cierto número de oficiales y suboficiales destinados a formar, con los oficiales y suboficiales que se habían presentado en Italia, sus cuadros. Los efectivos de las tropas habían de ser sacados de Italia con llamamientos a filas, pero el adiestramiento de las tropas debía tener lugar en Alemania.

El estado mayor alemán desconfiaba instintivamente de toda especie de ejército italiano. Alguien ha afirmado que en una ocasión el Feldmariscal Keitel dijo: "El único ejército italiano que no nos podría traicionar es un ejército que no existiera."

El 19 de julio Mussolini fue nuevamente a Alemania para entregar a las tropas las banderas de combate. Era la bandera tricolor en cuyo centro figuraba un águila negra, con las alas desplegadas sobre un "fascio" republicano colocado horizontalmente. Es asta llevaba encima el "fascio" republicano. Mussolini habló a las divisiones "Monterosa" y "Littorio", que estaban a punto de regresar a Italia para ir seguidamente al frente. Entre otras cosas, Mussolini dijo: "Al regresar a Italia, no tengáis miedo de encontrar en la línea de fuego a otros italianos. Junto a pocos europeos os enfrentaréis con gentes de Africa, de América, y con mercenarios sin ideales."

Entregando las banderas, dijo: "Hoy con esta bandera, tenéis una formación militar concreta y unas armas. Acordaos siempre que un pueblo que no sea digno de llevar las propias armas fatalmente acaba llevando las de los demás. Cuando lleva las suyas, es libre, cuando lleva las de los otros es esclavo."

Después del derrumbamiento, los soldados de la R.S.I., que habían combatido por "el honor y por la idea", fueron capturados (eran tropas beligerantes según las convecciones internacionales) y enviados a los campos de concentración. Los comandantes fueron sacados más tarde de los campos y encerrados en los calabozos como "criminales fascistas". Muchos de ellos fueron procesados y condenados, Graziani, Borghese, Rissi, aún hoy siguen esperando cuál va a ser su suerte. Otros, como Adami Rossi, Mischi, Berti, Teruzzi, Carloni etc., han sido condenados a distintas penas y languidecen en los penitenciarios. Pero ninguno de ellos ha sido declarado "criminal de guerra" por los aliados, que, sin embargo fusilaron en el Sur al general Bellomo y ahorcaron, en Nuremberg, a los generales y almirantes del III Reich.

La tragedia de Mussolini

Desde los primeros días de la república, se vio claramente que se iba tejiendo, en torno a Mussolini, una tragedia, como quizá a ningún otro dictador le había ocurrido nunca.

En el drama de la resurrección del Fascismo, se insertaba, fatal e inevitablemente, la tragedia de los Mussolini. El marido de su hija, el padre de sus nietecitos tenía que ser sacrificado a la "Idea traicionada", a la imperante razón de estado.

Sus sentimientos familiares, el cariño que siempre había demostrado hacia Edda, más que a ningún otro hijo suyo, la situación dramática de sus nietecitos, a los que también quería mucho, y que eran torturados por la angustia de sentir en su abuelo el verdugo de su padre, le turbaran profundamente y hacían trágica su decisión.

Cuando había estallado la guerra por Dantzig, Galeazzo había hecho todo lo posible para persuadir a Mussolini a no intervenir; y estaba orgulloso de la proclama "no beligerante". Esperaba llevar a Italia, como en el tiempo de la Primera Guerra Mundial, al lado de los anglo-americanos o mantenerla fuera del conflicto. A mi personalmente me había dicho en un día de septiembre de 1939: "Los alemanes perderán la guerra: en un cierto momento, todo el mundo se pondrá contra ellos. También nosotros y el Japón pasaremos al campo contrario."

¿Alguien se temió que en un momento de debilidad sentimental Mussolini indultaría a los traidores? Hubo alguien que habló con acreditados intérpretes de las altas esferas germánicas para bosquejar una solución que resolviera la tragedia de Mussolini sin disminuir por esto su autoridad y su prestigio. Hitler hubiera tenido que intervenir oficialmente, rogando a Mussolini que concediera la gracia a los cinco. Pero nadie quiso tomar la iniciativa de hablar de ello al Führer, quien, por otra parte, difícilmente hubiera accedido a tal demanda, ya que también Hitler necesitaba, por razones de política interior y exterior, demostrar que ninguna traición escaparía a un terrible castigo y que todo traidor pagaría con la muerte su crimen.

Al cabo de siete meses, después del atentado del 20 de julio, también el Führer se vería obligado a dar un durísimo ejemplo en Berlín.

Mussolini quiso ser informado sobre la actitud de los fusilados y cuando le dijeron que habían muerto todos dignamente exclamó: "¡Han muerto como solo pueden hacerlo unos fascistas!" Más tarde permitió que algunos periódicos publicaran una pequeña noticia por la que resultaba que De Bono y Ciano habían muerto gritando "¡Viva Italia!" y Gottardi gritando: "¡Viva el Fascismo, viva el Duce!". Mucho le irritó la noticia de que un soldado había disparado el tiro de gracia a Ciano, que no había fallecido al instante. A la primera descarga, en efecto, había sido herido solamente en las piernas y había gritado de dolor; la segunda tampoco le mató instantáneamente.

Quizá aún continúe la tragedia de Edda: Galeazzo cayó el 11 de enero de 1944. Su padre el 28 de abril de 1945. Padre y marido sufrieron la misma suerte, a breve distancia uno de otro. De la familia Mussolini ella es la superviviente más probada por el dolor. ¿Siguen luchando en su alma los contradictorios sentimientos del trágico enero de 1944, a pesar de todo? Sin embargo, a quien le preguntó hace ya tiempo si ahora ya había elegido en su corazón entre el marido y el padre, ahora que los dos le habían sido arrebatados por una suerte inexorable, parece que contestó: "¡Siempre acaba ganando la sangre!"

Las "Minas sociales"

El 15 de noviembre, en el salón de Castelvecchio de Verona, la primera Asamblea Nacional del Partido Fascista Republicano estableció en un Manifiesto compuesto por 18 puntos las bases del "nuevo estado popular". Como dijo más tarde en su discurso del teatro Lírico, Mussolini ya en el mes de septiembre había elaborado y corregido lo que en la historia política italiana es el manifiesto de Verona, que fijaba en unos puntos bastante determinados el programa no tanto del Partido como de la República. De los 18 puntos, 10 eran dedicados a la materia social.

El 13 de enero de 1944 el Consejo de Ministros según propuesta de Mussolini aprobaba la "Premisa fundamental para la creación de la nueva estructura de la economía italiana":

Punto 8: Crear el presupuesto de un orden nuevo que proporcione a los pueblos la posibilidad de construir su mañana y de conquistar su puesto en el plano internacional europeo, después de la victoria del Eje.

Este último punto había dado las riendas libres a las fantasías de los mas encendidos sostenedores de la socialización hacia una Unión de las Repúblicas Socialistas Europeas: "URSE contra URSS". Pero ante los exaltados de la reforma, estaban los tibios y los adversarios. Eran, desde luego, contrarios a la socialización los industriales, y lo eran, a pesar de que sus intereses fuesen exactamente opuestos, los obreros (por razones políticas, naturalmente). Se oponían a ello, los alemanes, Hitler el primero, ya que alguien le había dicho que Mussolini tenía la intención de abandonar completamente el Fascismo para arrojarse en brazos del Socialismo, y el Führer estaba convencido de que mientras los enemigos luchaban contra el Fascismo, hubiera sido un grave error el de arriar la bandera. Lo confirmó solemnemente en el discurso del teatro Lírico declarando: "Hubiera sido un error y cobardía arriar nuestra bandera consagrada con tanta sangre, y hacer pasar casi de contrabando aquellas ideas que constituyen hoy el santo y seña en la batalla de los continentes. Tratándose de un expediente, hubiera tenido sus rasgos exteriores y nos habría desacreditado ante nuestros adversarios, y principalmente ante nosotros mismos. No se trata de un nuevo rumbo sino que con mayor exactitud puede calificarse de un retorno a los orígenes".

Con los obreros había iniciado Mussolini una política de gran generosidad. Quería a toda costa conquistarlos a su política social. Había procurado mantener bloqueados los precios, consiguiendo mantener bajo el coste de la vida. En los primeros meses de 1944, la mujer de su casa que iba a la plaza podía comprar el pan al precio de 4,80 liras; el arroz a 3,80; las patatas a 6 liras; la mantequilla a 70 liras; el aceite a 45 liras; los huevos a 5 u 8 liras cada uno; la leña a 380 liras los cien kilos; el carbón a 400 liras, el azúcar a 7,30, etc. El periódico costaba 30 céntimos, 50 costó después del 1 de Abril de 1944, y una lira después del 1 de abril de 1945. El tranvía costaba 30 céntimos y más tarde 50... Además Mussolini había dispuesto que se desarrollaran hasta lo posible los comedores de empresa, donde se podía comer (primero y segundo plato) por un precio que iba de las 8 a las 20 liras. Más tarde, habían sido instituidos, por iniciativa de los prefectos Parini y Bassi, unos grandes comedores populares, tanto en el centro como en la periferia de Milán, donde se comía por 5 liras y unos "restaurantes municipales" donde el almuerzo costaba desde las 15 a las 20 liras. A pesar de la escasez de carburante, de las dificultades de los transportes, debidas principalmente a la acción de los aviones enemigos que bombardeaban y ametrallaban sin cesar ciudades y carreteras, las autoridades habían conseguido abastecer Milán de tal manera, que ni un solo día se quedó la ciudad sin harina ni pan, incluso en los días más duros. Mussolini había querido, además, conquistar a los obreros, revalorizándolos políticamente.

En enero de 1945 nombró al mismo Spinelli Ministro de Trabajo, para que fuese precisamente un obrero el realizador de la socialización.

Mussolini se disgustaba mucho por la actitud irreductiblemente contraria de los obreros y repetía a menudo: Podéis verlo, si, prometiera a cada italiano unas cuantas monedas de oro, nadie me creería. Si se las pusiera en sus manos, las tomarían, pero en su interior estarían convencidos de su falsedad. Y, caso de que un experto les asegurara la legitimidad del precioso metal, entonces pensarían que el oro ya no tiene valor. La situación es precisamente ésta y nada puede cambiarla, a excepción de un éxito militar."

Muerte de la Academia de Italia

F.T. Marinetti murió en Bellagio la noche entre el 1 y el 2 de diciembre de 1944. Sus restos mortales fueron trasladados a Milán el día 4 a las 17 horas, acompañados por su mujer, Benedetta, y su hija Vittoria. Mussolini había dispuesto que el entierro del jefe del Futurismo se hiciese a expensas del Estado, y que sus restos mortales fuesen expuestos en la sede de la Federación Fascista en la Plaza San Sepolcro.

Desaparecía con Marinetti, el representante típico del Fascismo en la Academia. Se sabía que Mussolini había propuesto un único candidato personal para la Academia: Marinetti, "el poeta innovador que me ha dado la sensación del océano y de la máquina".

El poeta de las máquinas fallecía en el sexto año de una guerra que mostraba un despliegue de medios mecánicos cual su fantasía ni siquiera había sabido imaginar. El poeta que había proclamado "la guerra única higiene del mundo", desaparecía al finalizar un conflicto mundial de horrorosas proporciones. Marinetti moría, superado en mucho por la realidad.

Rojo y Negro

Las tropas italianas habían dado siempre muestras de una profunda repugnancia a la guerrilla contra los rebeldes. A menudo habían intentado acercarse a los guerrilleros y convencerlos para que se unieran a ellos para defender juntos a Italia.

Mussolini pensó en el suicidio

Si Mussolini daba muestras de pensar en el suicidio (¡y mandaba publicar una apología suya, aunque juvenil, del suicidio, él que durante los veinte años había prohibido terminantemente a los periódicos cualquier alusión a los suicidios!) se podía engendrar en el pueblo la convicción de que las cosas iban muy mal.

Es raro como Mussolini, aunque meditando sobre todas las eventuales soluciones, caso de derrota, no haya querido tomar nunca en consideración ningún proyecto de salvación. Muchos jerarcas le rogaban que estudiara las posibilidades de salvarse a sí mismo y a un grupo de hombres representativos del Fascismo si se diera el caso de que todo se derrumbara, citando ejemplos de regímenes que habían proveído, a su debido tiempo, a poner a salvo a miembros del gobierno y a dirigentes del partido: últimamente, nuestros movimientos del gobierno y socialcomunistas, que después del 3 de enero de 1925 habían visto cómo se refugiaban en el extranjero hombres como Nitti, Sforza, Nenni, Togliatti, etc., los cuales más tarde, habían vuelto a gobernar Italia después de la caída del Fascismo; y los republicanos de España, que, batidos por Franco, habían huido a México y allí habíanse mantenido alrededor del doctor Negrín, sin hablar de todos los demás episodios que la historia recuerda, desde los tiempos más lejanos hasta la guerra en curso, que, además había reunido en Londres a una serie de gobiernos fantasmas, desde el de Tafari, al del rey Pedro de Yugoslavia, desde el de Benes al de De Gaulle.

Mussolini había desviado siempre la conversación... En cambio, escuchaba de buena gana y los discutía apasionadamente, los proyectos de resistencias extremas, de reductos hasta la muerte, de defensas casa por casa, etc.

Por otro lado, Hitler seguía enviando mensajes a Mussolini. El último, enviado desde Berlin el 24 fue publicado por los periódicos de la República precisamente el 25 de abril. Decía: "La lucha para el ser o el no ser ha alcanzado su punto álgido. Empleando grandes masas y materiales, el bolchevismo y el judaísmo han hecho cuanto estaba en su poder para reunir en el territorio germánico sus fuerzas destructivas, a fin de precipitar a nuestro continente en el caos. Sin embargo, en su espíritu de tenaz desprecio de la muerte, el pueblo alemán y todos los que están animados por los mismos sentimientos, se arrojarán a la lucha, por dura que sea ésta, y con su insuperable heroísmo harán cambiar el curso de la guerra en este momento histórico en que se decide la suerte de Europa, para los siglos venideros."

Mussolini y D'Annunzio

En el sexto aniversario de la muerte del poeta, el 1 de marzo de 1944, Mussolini quiso cumplimentar la memoria de su antiguo compañero de armas. Fue celebrado en el Vittoriale un oficio fúnebre, estuvieron presentes todos los miembros del Gobierno de la R.S.I. y las representaciones de todas las organizaciones políticas y militares de la República fascista. Mussolini llegó acompañado de su hijo Romano. Hizo poner una corona de laurel sobre la tumba del poeta, permaneció unos instantes en silencioso recogimiento, visitó la casa, el museo, el teatro, el buque Puglia, las arcas de los legionarios de la hazaña de Fiume, y dio órdenes para que se continuaran los trabajos para el mausoleo destinado a acoger definitivamente los despojos del poeta.

Mussolini hacía suyo y solamente suyo el proyecto de la marcha sobre Roma, después de haber abandonado la idea republicana, recibiendo el poder de las manos del rey; quien, veinte años después, lo hacía arrestar en el umbral de Villa Saboya.

Ahora, regresando al punto de partida republicano y cerca de los despojos de su "compañero de armas", Mussolini rememoraba con nostalgia el frustrado proyecto.

Mussolini no quiso que su efigie fuese reproducida en los sellos de la República. Cuando el ministro de las comunicaciones Liverani se lo propuso, rehusó decididamente y quiso, en cambio, que fuesen reproducidos en los sellos los monumentos destruidos por los bombardeos enemigos... Había dispuesto, además, que en las oficinas públicas no hubiese su retrato: "El DUce desea que sean retirados de todas las oficinas estatales los cuadros de cualquier personalidad actual, él inclusive. En las oficinas estatales será expuesto, en cuanto esté dispuesto, el cuadro con la efigie de la República."

Sin embargo, el pensamiento del fin le atormentaba. En el periodo en que pensaba en el suicidio, leía a Platón.

"Yo no puedo morir entre dos sábanas", había gritado en cierto momento el poeta. La frase impresionó a Mussolini, quien, pensativo, exclamó: "Tampoco yo puedo morir entre dos sábanas."

"Más bien que seguir en una situación como ésta -dijo él-, más vale mil veces morir. Y  morir en combate, como todos los hombres libres y dignos de este nombre prefieren hacerlo. No, el hombre libre, el hombre fuerte no desea acabar sus días, en una cama, clavado en ella por una de las tantas enfermedades que atormentan al género humano."

Treinta y cinco días después, Mussolini iba al encuentro de la muerte en las orillas del lago. Como D'Annunzio, también él no moría entre dos sábanas. Ambos han tenido la muerte imprevista, aquella muerte en la que pensaban sintiendo todo el horror de un fin que los clavara en la cama, viejos, enfermos, miserable espectáculo para ellos mismos y los demás. Sin embargo, mientras D'Annunzio había conocido la muerte de Pretarca, la linda y dulce muerte, ¡qué fin más distinto le había reservado el destino a Mussolini!







Demian, Hermann Hesse



Observa bien a un hombre y sabrás de él más que él mismo.

Si el género humano se extinguiera con la sola excepción de un niño medianamente inteligente, sin ninguna educación, este niño volvería a descubrir el curso de todas las cosas y sabría producir de nuevo dioses, demonios, paraísos, prohibiciones, mandamientos y Viejos y Nuevos Testamentos.

El sacerdote no quiere convertir a nadie; quiere únicamente vivir entre creyentes, entre sus iguales, y quiere ser portador y expresión del sentimiento que forja a nuestros dioses.

Una religión solitaria no es verdadera. Tiene que convertirse en comunitaria; tiene que tener sus cultos, sus bacanales, sus fiestas y sus misterios.

Cuando odiamos a un hombre, odiamos en su imagen algo que se encuentra en nosotros mismos. Lo que no está dentro de nosotros mismos no nos inquieta.

Las cosas que vemos son las mismas cosas que llevamos en nosotros. No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse.

Cada hombre tiene que dar una vez el paso que le aleja del padre, de su maestro; cada cual tiene que probar la dureza de la soledad, aunque la mayoría de los hombres aguanta poco y acaba por claudicar.

El que no tiene ningún deseo excepto su destino, ése no tiene ya semejantes, está solo en medio del universo frío que le rodea.

Los hombres se unen porque tienen miedo los unos de los otros; los señores se asocian, los trabajadores se asocian, los sabios se asocian. ¿Y por qué tienen miedo? Solo se tiene miedo cuando se está en disensión consigo mismo. Tienen miedo porque nunca se han reconocido a sí mismos.

Los hombres que se apiñan acobardados están  llenos de miedo y de maldad; ninguno se fía del otro. Son fieles a unos ideales que han dejado de serlo y apedrean a todo el que crea otros nuevos.

Nosotros, los marcados, no debíamos preocuparnos por la estructuración del porvenir. Cada confesión, cada doctrina salvadora, nos parecía de antemano muerta y sin sentido.

Todos los hombres que han influido en el curso de la humanidad fueron, sin excepción, capaces y eficaces porque estaban dispuestos a aceptar el destino. Lo mismo Moisés que Buda, Napoleón o Bismarck. Nadie puede elegir la corriente a la que sirve ni el centro desde el que es gobernado. Si Bismarck hubiera comprendido a los socialdemócratas y se hubiera amoldado a ellos, hubiese sido un hombre sabio, pero no un hombre del destino. Así pasó con Napoleón, César, Loyola...



Ensayos, George Orwell


El arte de Donald Mcgill (Septiembre 1941)

El impulso de aferrarse a la juventud a toda costa, de mantener intacto el propio atractivo sexual, de ver incluso en la edad madura un futuro para sí mismo, y no solo un futuro para los hijos, es algo de reciente invención y desarrollo, que se ha establecido aún de un modo muy precario. Probablemente desaparezca cuando nuestro nivel de vida se reduzca, cuando aumente la tasa de natalidad.

La sociedad tiene siempre que demandar de los seres humanos un poco más de lo que obtendrá en la práctica.

Cuando la cosa se pone fea, el ser humano demuestra su heroísmo. Las mujeres afrontan el parto y las tareas del hogar, los revolucionarios callan en las cámaras de tortura, los barcos se van a pique sin dejar de disparar contra el enemigo cuando el puente de mando está anegado. Pero el otro elemento que está presente en el hombre, ese perezoso, cobarde, adúltero y moroso que reside en todos nosotros, nunca será suprimido del todo, y en ocasiones necesita que se le escuche.



Dinero y armas (Enero de 1942)

Nos reíamos del mariscal Goering cuando decía, unos años antes de la guerra, que Alemania tendría que elegir entre armas o mantequilla, pero solo se equivocaba en el sentido de que su país no necesitaba preparar una agresión contra sus vecinos y, por tanto, arrastrar al mundo entero a la guerra.

Leer es una de las diversiones más baratas que existen y no genera desperdicios. La publicación de diez mil ejemplares de un libro no usa más papel, ni más mano de obra, que la impresión del periódico del día, y cada ejemplar puede ir pasando por cientos de manos antes de llegar a la trituradora para reciclar el papel.

Antes de la guerra, el pueblo tenía muchos incentivos para derrochar, al menos hasta donde se lo permitían sus medios económicos. Todos trataban de venderle algo a alguien y el hombre de éxito, tal como se lo concebía entonces, era el que vendía más bienes y recibía a cambio más dinero. Sin embargo, ahora hemos aprendido que el dinero en sí carece de valor y que solo los bienes cuentan. Al aprender esto hemos tenido que simplificar nuestras vidas y recurrir cada vez más a los recursos de nuestra imaginación, en lugar de a los placeres sintéticos manufacturados para nosotros en Hollywood o por los fabricantes de prendas de seda, alcohol y chocolate. Y, bajo la presión de esta necesidad, hemos redescubierto los placeres simples -leer, caminar, la jardinería, nadar, bailar, cantar- que casi habíamos olvidado antes de la guerra, durante los años del dispendio.

Rudyrad Kipling (Febrero de 1942)

Como Kipling se identifica plenamente con la clase oficial, posee una cualidad que las personas "ilustradas" rara vez poseen, y es el sentido de la responsabilidad. La izquierda de la clase media lo odiaba tanto por esto como por su crueldad y su vulgaridad. Todos los partidos de izquierdas de los países altamente industrializados son en el fondo una falacia, ya que se dedican a luchar contra algo que en realidad no desean destruir. Tienen objetivos internacionalistas y, al mismo tiempo, pugnan por mantener un nivel de vida con el cual esos objetivos son incompatibles. Todos nosotros vivimos de robar a los culis asiáticos, y quienes son "ilustrados" entre nosotros sostienen que habría que concederles la libertad a esos culis, si bien nuestro nivel de vida, y por tanto nuestra "ilustración", exigen que esos robos no dejen de producirse. Una persona humanitaria es siempre un hipócrita, y el modo en que Kipling entendía esta realidad es tal vez el secreto central de su poderosa capacidad para crear frases reveladoras. Sería difícil dar en el clavo del pacifismo tuerto de los ingleses con menos palabras: "Burlándoos de los uniformes que velan por nuestro descanso". Es cierto que Kipling no comprende los aspectos económicos de la relación entre los culis y los reaccionarios.... Capta con toda claridad que los hombres solo pueden ser sumamente civilizados mientras otros hombres, ineludiblemente menos civilizados, velen por su descanso y les den de comer.

Es aleccionador tomar un mapa de Asia y comparar la red de ferrocarriles de la India con la de los países vecinos.

Resulta extraño, por ejemplo, oír a los locutores de las emisoras de radio nazis referirse a los soldados rusos llamándolos "robots", tomando de ese modo prestada, de manera inconsciente, una palabra acuñada por un demócrata checoslovaco al que hubieran matado sin dudarlo en caso de haber podido echarle el guante.

También es posible que fuera Kipling quien por vez primera pusiera en circulación el uso de la palabra "hunos" para hacer referencia a los alemanes.


George Orwell o el horror a la política, Simon Leys


Orwell aceptó "llevar el ascetismo" hasta un punto algunas veces rayano en el masoquismo y que, si no provocó exactamente la huida de sus amigos, sí contribuyó al menos a terminar con su propia vida.

Pese a algunos altibajos, Sin blanca en París y Londres tiene una importancia capital. Orwell creó en ella una nueva forma que llevaría más adelante a su perfección (en dos libros, El camino de Wigan Pier y Homenaje a Cataluña, así como en ensayos cortos como Matar a un elefante y Un ahorcamiento) y que sigue siendo, en el plano puramente literario, su contribución estilística más original: la transmutación del periodismo en arte, la recreación de la realidad bajo el disfraz de un reportaje objetivo, minuciosamente apegado a los hechos (un buen cuarto de siglo después, Truman Capote y Norman Mailer malgastaron mucho tiempo peleándose por saber quién de los dos había creado la novela sin ficción: ¡olvidaban que Orwell inventó el género mucho antes que ellos!)

No ahorró nunca sarcasmos hacia cierta mística socialista que, según sus palabras, tenía el don de atraer "con fuerza magnética a todo bebedor de zumos de fruta, nudista, maníaco sexual, cuáquero, curandero naturista, pacifista y feminista de Inglaterra.

Parece ser que Orwell resolvió de una vez para siempre el problema religioso en su adolescencia optando por un ateísmo tranquilo y categórico. Pero si bien negaba los artículos de la fe cristiana, también seguía profundamente apegado a los valores éticos de la religión: "La actitud del creyente que considera esa existencia como una simple preparación para la vida eterna es una solución de facilidad. Pero pocos hombres razonables siguen creyendo hoy en una vida después de la muerte. Probablemente las Iglesias cristianas no podrían sobrevivir por sí mismas si se destruyese su base económica. El verdadero problema es cómo restablecer una actitud de vida religiosa al mismo tiempo que se acepta el hecho definitivo de la muerte.

En el campo socialista, Orwell fue una de las rarísimas cabezas que rechazó desde el principio el dogma simplificador que quería ver en el fascismo "una forma avanzada de capitalismo". Él había percibido claramente que el fascismo era, bien al contrario, una perversión del socialismo y que pese al elitismo de su ideología se trataba de un auténtico movimiento de masas que contaba con una vasta audiencia popular. Es más, en el ámbito psicológico llegó a decir: "Sólo hay dos tipos de personas que comprenden verdaderamente el fascismo: las que lo han sufrido y las que poseen en sí mismas una fibra fascista".

Orwell todo lo llevaba a la política. No podía sonarse la nariz sin hacer un discurso sobre las condiciones laborales en la industria del pañuelo.

Fue en España donde Orwell descubrió toda la ferocidad de la bestia: después de haber sido gravemente herido por una bala fascista, apenas había sido retirado de la retaguardia cuando empezó a verse acorralado por los asesinos estalinistas, menos deseosos de defender la república contra el enemigo fascista que de aniquilar a sus aliados anarquistas. De vuelta a Inglaterra, cuando quiso dar testimonio de la forma en que los comunistas habían traicionado la causa republicana en España, se tuvo que enfrentar inmediatamente, y de forma duradera, con la conspiración del silencio y la calumnia.

"Lo que vi en España y lo que he visto desde entonces del funcionamiento interno de los partidos de izquierda me han provocado HORROR A LA POLÍTICA".  (George Orwell)

Vivir en un régimen totalitario es una experiencia orwelliana; vivir, a secas, una experiencia kafkiana.

Autorretrato

Solo se puede crear cuando uno se siente afectado.

Desde la guerra de España no puedo decir, honestamente, que haya hecho gran cosa, salvo escribir libros, criar gallinas y cultivar legumbres. Lo que vi en España y lo que he visto desde entonces del funcionamiento interno de los partidos de izquierda me ha provocado horror a la política... Desde un punto de vista sentimental soy definitivamente de "izquierdas", pero estoy convencido de que un escritor solo puede seguir siendo honesto si se preserva de cualquier etiqueta partidaria.

Aparte de mi trabajo, la cosa que más en serio me tomo es la jardinería y, sobre todo, el cuidado de mi huerto. Amo la cocina y la cerveza inglesas, los vinos rojos franceses y los blancos españoles, el té indio, el tabaco negro, las estufas de carbón, la luz de las velas y los sillones confortables. Detesto las ciudades grandes, el ruido, los coches, la radio, la comida enlatada, la calefacción central y el mobiliario "moderno". Los gustos de mi mujer están en una armonía casi perfecta con los míos. Mi salud es muy mala, lo cual no me impide en absoluto hacer lo que quiero.

Literatura

Lo que la gente espera de un novelista famoso es que reescriba indefinidamente el mismo libro. Lo que olvidan es que un hombre capaz de escribir dos veces el mismo libro no habría sido ni siquiera capaz de escribirlo una primera vez.

Mi punto de partida siempre es una necesidad de tomar partido, un sentimiento de injusticia. Cuando me dispongo a escribir un libro no me digo: "Voy a crear una obra de arte". Escribo un libro porque quiero denunciar una mentira, quiero llamar la atención sobre un problema y mi prioridad es hacerme entender. Pero me sería imposible proseguir la redacción de un libro, o simplemente la de un artículo largo, si esta tarea no constituyese asimismo una experiencia estética. Mi deseo más preciado siempre ha sido llegar a transformar el ensayo político en una forma de arte. Y soy consciente de que cuando no he estado motivado políticamente he escrito libros carentes de vida.

Uno no puede aceptar una disciplina política, sea la que fuere, y conservar su integridad como escritor.

Cuando un escritor se compromete políticamente debe hacerlo en calidad de ciudadano, de ser humano, y no en calidad de escritor.

El pecado mortal es decir: "X... es un enemigo político y, por lo tanto, un mal escritor".

Psicología

Hay personas, como los vegetarianos o los comunistas, con las que es imposible discutir.

A los cincuenta años uno tiene la cara que se merece.

La muerte no tiene nada de espantoso cuando las cosas a las que tenemos apego nos van a sobrevivir.

La actitud del creyente que considera esta existencia como una simple preparación para la vida eterna es una solución de facilidad. Pero pocos hombres razonables siguen creyendo hoy en una vida después de la muerte. El verdadero problema es cómo restablecer una actitud de vida religiosa al mismo tiempo que se acepta el hecho definitivo de la muerte.

Siempre he pensado que es mejor morir de muerte violenta y no demasiado viejo. Se habla de los horrores de la guerra, pero ¿qué arma cabría concebir que igualara en crueldad a algunas de las enfermedades más corrientes? Una muerte "natural" significa, casi por definición, algo lento, nauseabundo y atroz.

Política

Recuerden que la deshonestidad y la vileza siempre terminan pagándose. No imaginen poder hacer de propagandistas lameculos del régimen soviético o de cualquier otro régimen durante años, y poder recuperar después, de repente, un estado de decencia mental. Puta un día, puta toda la vida.

La mayoría de nosotros persistimos en creer que todas las elecciones, incluso las elecciones políticas, se hacen entre el bien y el mal, y que desde el momento en que una cosa es necesaria también debe de ser buena. A mi juicio sería preciso analizar esta creencia más propia de un jardín de infancia.

Pacifismo

Es un hecho que el pacifismo sólo existe en comunidades cuyos miembros no creen en la posibilidad real de una invasión y una conquista extranjeras... Ningún gobierno podría operar conforme a unos principios puramente pacifistas, ya que un gobierno que se niegue a recurrir a la fuerza en cualquier circunstancia puede ser derribado por quienquiera esté dispuesto a utilizar la fuerza.

Algunas actitudes como el pacifismo o el anarquismo que deberían implicar una voluntad de renuncia completa al poder sólo sirven, por el contrario, para fomentar el gusto por el mismo. En efecto, si os adherís a una causa exenta, en apariencia, de la cuidad habitual de la política, a una fe de la que no saquéis ningún beneficio material, esto os confirmará, seguramente, como poseedores de la verdad. Y si poseéis la verdad os parecerá muy natural forzar a los demás a pensar como vosotros.

Si alguien deja caer una bomba sobre vuestra madre, dejad caer dos bombas sobre la suya. No hay otra alternativa: o bien pulverizáis viviendas, destripáis gente y quemáis niños, o bien os dejáis someter como esclavos por un adversario más dispuesto aún que vosotros a cometer ese tipo de actos. Hasta el momento, nadie ha sugerido ninguna solución concreta capaz de superar este dilema.

Totalitarismo

Los intelectuales son mucho más propensos al totalitarismo que la gente ordinaria.

Sería perfectamente posible que, de la misma forma que podríamos crear una raza de vacas sin cuernos, llegáramos a producir una nueva raza de hombres despojada de toda aspiración de libertad.






Literatura y totalitarismo, George Orwell

(Emisión, 21 de mayo de 1941)

Si el totalitarismo se convierte en algo mundial y permanente, lo que conocemos como literatura desaparecerá.

La buena literatura puede crearse dentro un marco rígido de pensamiento.

La peculiaridad del Estado totalitario es que, si bien controla el pensamiento, no lo fija. Establece dogmas, pues precisa una obediencia absoluta por parte de sus súbditos, pero no puede evitar los cambios, que vienen dictados por las necesidades de la política del poder. Se afirma infalible y, al mismo tiempo, ataca el propio concepto de verdad objetiva. Por poner un ejemplo obvio y radical, hasta septiembre de 1939 todo alemán tenía que contemplar el bolchevismo ruso con horror y aversión, y desde septiembre de 1939 tiene que contemplarlo con admiración y afecto. Si Rusia y Alemania entran en guerra, como bien podría ocurrir en los próximos años, tendrá lugar otro cambio igualmente violento. La vida emocional de los alemanes, sus afinidades y odios, tiene que revertirse de la noche a la mañana cuando ello sea necesario. No hace falta señalar el efecto que tienen este tipo de cosas en la literatura. Y es que escribir es en gran medida una cuestión de sentimiento, el cual no siempre se puede controlar desde fuera. Es fácil defender de boquilla la ortodoxia del momento, pero la escritura de cierta trascendencia solo es posible cuando un hombre siente la verdad de lo que está diciendo; sin eso, falta el impulso creativo. Todas las pruebas que tenemos indican que los repentinos cambios emocionales que el totalitarismo exige a su seguidores son psicológicamente imposibles. Y ese es el motivo principal por el que sugiero que, en caso de que el totalitarismo triunfe en todo el mundo, la literatura tal como la conocemos estará a un paso del fin. Y, de hecho, parece que el totalitarismo ha tenido ya ese efecto. En Italia la literatura ha quedado imposibilitada, y en Alemania parece casi haberse detenido.

Cualquiera que sienta el valor de la literatura, que sea consciente del papel central que desempeña en el desarrollo de la historia humana, debe ver también que es una cuestión de vida o muerte oponerse al totalitarismo, tanto si nos viene impuesto desde fuera como desde dentro. 

Diario de un exquisito, Pierre Drieu La Rochelle

Un hombre cobarde piensa que podría ser valiente. ¿Piensa un hombre valiente -al menos a partir del día en que se ha dado al vicio del valor- que podría ser cobarde? No, y esto es todo cuanto les diferencia.

Cada mañana, cuando despierto, sonrío forzadamente, asegurándome a mí mismo que aquélla será mi última jornada de trabajo. Me repito: "No es posible, yo no soy un trabajador, un hombre que va a su oficina, por hermosa que sea." Pues mi oficina es hermosa.

Nuestros cristianos permanecen atrapados para siempre en la trampa que tanto tiempo atrás les tendieron los judíos y según la cual todo cuanto creen proviene de los judíos. Mientras que los dos tercios de cuanto creen  los mismos judíos les viene de los arios. Los judíos se desarrollaron entre los egipcios, los sumerios, que no eran semitas, los asirios y los caldeos, que eran semitas muy distintos a los que ahora conocemos, así como entre los fenicios, que tal vez, no eran semitas, filisteos, hititas, egeos, asiánicos de todas las especies.

El cristianismo proviene del pensamiento ario, como todo lo indio y, de rebote, todo lo chino, lo japonés. Y también a que los arios de hoy, que han debido volverse antisemitas, no tienen motivos para rechazar el cristianismo por semita.

Mi soledad se hace miedo, y el miedo angustia. Sin ningún motivo una angustia repentina me hiere como si me cerrara lentamente una puerta sobre un dedo; yo soy quien cierra la puerta. Busco esa angustia. Cuando más avanzo en mis días, más sé que las causas inmediatas que elijo para mi angustia son absurdas, risibles: recoger en mi carne la palabra de un enemigo, sentirme sin ganas de pensar, tener miedo a morir viejo.

Voy a encarar mi vejez con un vivo deseo de goce espiritual. Y es sin duda porque estoy saturado de voluptuosidad.

El hijo, aunque más tarde sea una persona fea y estúpida, es la vida renaciente que justifica el común suicidio de los padres.

Un hijo es un monumento de carne que, aun fracasado, puede engendrar otro monumento más feliz. Si eso no es un partenón, es una promesa de partenón. Es la matriz renovada de la arquitectura sempiterna que es ahora el Partenón, mañana será Chartres, pasado mañana aquel palacio florentino, aquella música de Bach y Mozart (pues los alemanes son por su música tan grandes arquitectos como los griegos, los italianos y los franceses).

No puedo evitar mirar continuamente la gente que me rodea y eso es un gran pecado, pues cuanto más la miro más odio. Con un odio tranquilo, dulce, jovial, que tal vez no les hiera nunca pero que sin duda me hiere. ¿No sería más sano odiarles activamente, invadiéndoles, explotándoles?

¿Si no tengo hijos, qué diferencia hay entre un pederasta y yo? ¿Qué diferencia entre mis amores y los de un pederasta? Además, tengo amigos pederastas que tienen hijos.

He entrado en la iglesia, que es moderna y, por tanto, tan fea por dentro como por fuera. ¿Cómo nos hiere todo en nuestro tiempo! Y, sin embargo, existe la belleza de las máquinas. Intenté una vez recogerme y -me atreveré a decirlo- rogar en la paz de una central eléctrica en la que había más orden y armonía que en una iglesia llena de sillas y de grotescos San José, con los labios pintados, la barba rizada y teatralmente togados, cuando deberían llevar pantalones como todo el mundo.

En verdad el paso por la tierra es efímero, el mundo es sólo una pequeña polvareda. Pero la fealdad sigue siendo un crimen a los ojos del instante como lo es a los ojos de la eternidad. Sólo algunos santos tienen derecho a ser feos.

¿Por qué se dice historia del arte o historia de las religiones? No hay, sin embargo, más que una religión, la misma en Egipto y en la América precolombina, la misma en la India y en China, la misma en Grecia y en la Europa medieval. Siempre un Dios por encima de los dioses, los héroes, los santos, los demonios. Siempre el misterio de la creación del mundo. Siempre un alma inmortal. Siempre la redención de esa alma. Siempre un dios salvador que muere y renace.  Siempre un paraíso y un infierno. Siempre el Espíritu Santo que envuelve, aniquila y lo sobrepasa todo e incluso la noción del Dios creador y la del Dios salvador.

Antes de escribir no reflexiono bastante y siempre me ha parecido que sólo pienso con la pluma en la mano.

El ateísmo no ha logrado nada: expulsad a san Pablo por la puerta y Freud entra por la ventana. Expulsad a Freud, quedan Esquilo y Sófocles. 

Oscar Wilde, De profundis


¿Que eras “muy joven” cuando empezó nuestra amistad? Tu defecto no era que conocieras poco de la vida, sino que conocías demasiado. 

No es lo mismo ser un loco para los dioses que serlo para los hombres.

El verdadero loco, aquel de quien se burlan o al que echan a perder los dioses, es quien no se conoce a sí mismo. 

Todo lo que llega a comprenderse está bien.

Mi vida, cuando estabas a mi lado, fue totalmente estéril y en absoluto creativa. 

Cuando comparo mi amistad contigo con la que profesé a hombres aún más jóvenes, como John Gray y Pierre Louÿs, siento vergüenza. Mi vida verdadera estaba con ellos y con otros parecidos. 

Cuando no estabas, todo iba bien.

Mientras estuviste conmigo echaste a perder mi arte por completo, y me avergüenzo y me culpo de haber permitido que te interpusieras de manera tan persistente entre el arte y yo. 

Tus intereses se reducían a las comidas y tus caprichos. Solo deseabas diversión y placeres más o menos vulgares. 

Me culpo sin reservas por mi debilidad.

Media hora en compañía del arte significó siempre más para mí que un día contigo. 

En el caso de un artista, la debilidad es un crimen cuando paraliza la imaginación. 

Las virtudes del ahorro y la parquedad no son típicos de mi naturaleza ni de mi estirpe. 

De vez en cuando es agradable cubrir la mesa de vino y rosas, pero tú no tenías ni gusto ni templanza. Exigías sin elegancia y tomabas sin agradecimiento. 

La base del carácter es la fuerza de la voluntad y mi voluntad quedó totalmente sometida a la tuya. Parece grotesco, pero no por eso es menos cierto. Esas escenas incesantes que en tu caso parecían una necesidad física y en las que tu cuerpo y tu espíritu se deformaban hasta que resultaba terrible mirarte o escucharte. 

Tras haberte adueñado de mi genio, mi voluntad y mi fortuna, deseabas, en la ceguera de tu inagotable codicia, apoderarte también de toda mi existencia.

La carta que recibí la mañana del día que permití que me llevaras a comisaría con la ridícula pretensión de pedir una orden de detención contra tu padre fue la peor que me escribiste jamás por la razón más vergonzosa. Entre los dos me hicisteis perder la cabeza. Me abandonó la sensatez.

En la vida no hay cosas grandes o pequeñas. Todas tienen el mismo tamaño y el mismo valor. 

Te interesaba más cualquier marca nueva de champan que alguien pudiera recomendarnos. 

La conversación debe tener una base común, y entre dos personas de nivel cultural muy diferente la única base posible se encuentra a niveles muy bajos. Lo trivial en el pensamiento y en la acción resulta encantador. 

Por muy fascinante y terrible que fuese el único tema del que hablabas siempre, al final terminaba resultándome monótono. 

La devoción me parecía, y sigue pareciéndome, algo maravilloso que no debe despreciarse a la ligera. 

El sufrimiento -por extraño que parezca- es nuestro medio de existencia, porque es la única forma que tenemos de saber que existimos, y el recuerdo del sufrimiento pasado nos resulta necesario como prueba y garantía de la persistencia de nuestra identidad. 

Los dioses son extraños. No solo nos fustigan con nuestros vicios. También aprovechan lo que hay de bueno, amable y humano en nosotros para buscar nuestra ruina. De no haber sido por la piedad y el afecto que yo sentía por ti y los tuyos, no lloraría ahora en este terrible lugar. 

Pensaba que la vida iba a ser una comedia brillante, y que tú serías uno de sus muchos personajes encantadores. Resultó ser una tragedia repulsiva y repelente. 

En ti, el odio siempre ha sido más fuerte que el amor. 

El amor se alimenta de la imaginación, nos hace más sabios de lo que nos sabemos, mejores de lo que nos sentimos y más nobles de lo que somos, nos permite ver la vida como un todo y entender a los demás tanto en sus relaciones reales como ideales. . Solo puede nutrirse de lo bello y bien concebido. En cambio, el odio se alimenta de cualquier cosa. 

Los errores más funestos de la vida no los cometemos al actuar de forma poco razonable. Un momento poco razonable puede ser la mejor de nuestra vida. Los cometemos al actuar de manera lógica. 

Ahora hace más de cuatro años que nos conocemos. La mitad de ese tiempo lo hemos pasado juntos, la otra mitad he tenido que pasarla en la cárcel a consecuencia de nuestra amistad. 

El vicio supremo es la superficialidad. Todo lo que llega a comprenderse está bien. 

Todo debe emanar de nuestra propia naturaleza. De nada sirve decirle a alguien algo que no siente y no puede entender. 

Desde el punto de vista intelectual, el odio es la negación eterna. Desde el punto de vista de las emociones, es una forma de atrofia y lo mata todo, menos a sí mismo. Escribir a los periódicos para decir que uno odia a alguien es como escribir para contar que padece una enfermedad venérea. 

Los pecados de la carne no son nada. Son enfermedades que, en todo caso, deben curar los médicos. Solo los pecados del alma son vergonzosos. 

Tú fuiste mi enemigo. Un enemigo como nadie ha tenido jamás. 

El sufrimiento es un instante muy largo. 

Pasan tres meses y muere mi madre. Sabes mejor que nadie cuánto la amaba y reverenciaba. Su muerte fue tan terrible que, aunque fui un maestro del lenguaje, me faltan las palabras para expresar mi sufrimiento y mi vergüenza. 

Las hojas del laurel se marchitan si las arranca una mano envejecida. Solo los jóvenes tienen derecho a coronar a un artista. 

Ese hermoso mundo irreal del arte donde una vez reiné y donde hoy seguiría reinando de no haberme dejado tentar por el mundo imperfecto de las pasiones vulgares e incompletas. 

Los pobres son más sabios, más caritativos, más amables y más sensibles que nosotros. Para ellos la cárcel es una tragedia de la vida, una desgracia, un contratiempo, algo que inspira compasión. Cuando hablan de alguien que está en la cárcel dicen que “se ha metido en un aprieto”. Siempre usan esa frase, que encierra una perfecta comprensión del amor. Entre la gente de nuestro rango las cosas son distintas. Entre nosotros la cárcel convierte a un hombre en un paria. Yo y los que son como yo apenas tenemos derecho al aire y el sol. Nuestra presencia contamina a los demás. Cuando regresamos, no somos bien recibidos. 

Solo quienes llevan una vida intachable pueden perdonar los pecados. 

Por terrible que sea lo que hiciste, más lo fue el daño que me causé a mí mismo. 

Me dejé tentar por la insensatez y la sensualidad. 

Cansado de estar en las alturas bajé adrede a las profundidades en busca de nuevas sensaciones.

Dejaron de importarme las vidas ajenas. 

Lo que uno hace en secreto acaba teniendo que proclamarlo un día desde las azoteas. 

Permití que me dominaras. 

Quienes tienen mucho suelen ser codiciosos. Quienes tienen poco siempre están dispuestos a compartir. 

La religión no me ayuda. La fe que los demás tienen en lo invisible yo la tengo en lo que puedo ver y tocar. Mis dioses habitan en templos construidos con las manos. 

Cualquier cosa, para ser cierta, necesita convertirse en religión. Y el agnosticismo tendría que tener sus rituales igual que la fe. 

Los dos momentos cruciales de mi vida fueron cuando mi padre me envió a estudiar a Oxford y cuando la sociedad me envió a la cárcel. 

La superficialidad es el vicio supremo. Todo lo que llega a comprenderse está bien. 

Por mi parte, exijo que, si llego a comprender lo que he sufrido, la sociedad comprenda el daño que me ha causado, y que ambas partes renunciemos a cualquier odio o amargura. 

La gente tendrá que adoptar alguna actitud conmigo y emitir un juicio sobre mí y sobre ella misma. No hace falta que te diga que no hablo de personas concretas. Solo frecuentaré a artistas y a gente que haya sufrido: a quienes saben lo que es la belleza y a quienes conocen el dolor; nadie más me interesa. 

Soy muy imperfecto. 

Tengo verdaderas ganas de vivir. 

Me queda tanto por hacer que me parecería una tragedia morir antes de haber podido completar siquiera una pequeña parte. 

Detrás de la risa y de la alegría puede haber un temperamento insensible, vulgar y endurecido. En cambio, detrás del dolor siempre hay dolor. El sufrimiento, a diferencia del placer, no lleva máscara. 

Recuerdo haberle dicho a André Gide en un café parisino que, aunque la metafísica no me interesaba demasiado y la moralidad no me interesaba lo más mínimo, no había nada que hubieran dicho Platón o Cristo que no pudiera trasladarse directamente a la esfera del arte para encontrar allí su plenitud más completa. 

Cuando uno entra en contacto con el alma se vuelve sencillo como un niño, como Cristo dijo que debíamos ser. 

Últimamente he estado estudiando con detalle los cuatro poemas en prosa sobre Cristo. En Navidad logré hacerme con un Nuevo Testamento en griego, y cada mañana, después de limpiar la celda y lustrar mi plato y mi vaso, leo un poco los Evangelios, apenas una docena de versículos tomados al azar. Es una manera deliciosa de empezar el día. 

Siempre se pensó que Cristo hablaba en arameo. Incluso Renan lo creyó. Pero ahora sabemos que los campesinos galileos, igual que los campesinos irlandeses de nuestra época, eran bilingües, y que el griego era el idioma corriente en toda Palestina y, de hecho, en todo el mundo oriental. Nunca me había gustado la idea de que solo conociéramos las palabras de Cristo a través de la traducción de una traducción. 

Cada vez que alguien nos demuestre su amor deberíamos darnos cuenta de que no nos lo merecemos. 

“¿Acaso no es más el alma que el alimento? ¿No es el cuerpo más que el vestido?”. Esta última frase podría haberla dicho un griego. Pero solo Cristo podría haber dicho las dos, y así resumió perfectamente la vida para nosotros. 

El judío de Jerusalén en época de Cristo era, en su obtusa inaccesibilidad a las ideas, su tediosa ortodoxia, su adoración del éxito vulgar, su preocupación por el aspecto más grosero y materialista de la vida y su ridícula apreciación de su propia importancia, el paralelo exacto de filisteo británico de nuestros días. 

Considero el pecado y el sufrimiento como si fueran bellos en sí mismos, cosas sagradas y modos de perfección. 

El pecador debe arrepentirse. Pero ¿por qué? Sencillamente porque de otro modo no podría comprender lo que ha hecho. El momento del arrepentimiento es el momento de la iniciación. Más aún. Es el modo en que uno altera su pasado. Los griegos pensaban que era imposible. Cristo demostró que hasta el más vulgar de los pecadores podía hacerlo. Era lo único que podía hacer. 

Quienes eligen llevar una máscara luego tienen que ponérsela. 

La gente cuyo único deseo es realizarse nunca sabe adónde va. Es imposible saberlo. 

Dos de las vidas más perfectas que he conocido son las de Verlain y el príncipe Kropotkin y ambos pasaron años en la cárcel. 

He tenido que pasar en la cárcel un año más, pero la humanidad nos ha acompañado a todos, y ahora cuando salga recordaré la bondad con que me ha tratado aquí casi todo el mundo, y el día en que recupere mi libertad daré gracias a mucha gente y les pediré que me recuerden. 

El sistema de prisiones es totalmente injusto. Daría cualquier cosa por poder cambiarlo cuando salga. Tengo pensando intentarlo. Pero no hay nada tan injusto como que el espíritu de la humanidad -que es el espíritu del amor, el espíritu de Cristo que no está en las Iglesias- no pueda, si no enderezar, al menos ayudar a sobrellevarlo sin demasiada amargura en el corazón. 

Si hiciera una lista de todo lo que me queda un, no sé cuándo acabaría, pues Dios hizo el mundo tanto para mí como para cualquiera. Es posible que salga de aquí con algo que antes no poseía. 

Soy totalmente feliz cuando estoy solo. ¿Cómo no serlo teniendo libertad, libros, flores y la luna? Además, las fiestas ya no son para mi. He dado demasiadas para que sigan interesándome. Esta faceta de la vida se ha terminado, por suerte diría yo. 

Hoy media un abismo entre mi arte y el mundo, pero entre mi arte y yo no hay ninguno. 

Todo lo que ha rodeado mi tragedia ha sido feo, mezquino, repulsivo y sin estilo. Nuestro propio uniforme nos vuelve grotescos. Somos los bufones del dolor, payasos con el corazón destrozado. Estamos especialmente concebidos para mover a risa. El 13 de noviembre de 1895 me trasladaron aquí desde Londres. Desde las dos en punto hasta las dos y media de ese día, tuve que esperar en el andén principal de Clapham Junction, esposado y con el uniforme de preso, a la vista de todos. Me habían sacado de la enfermería sin previo aviso. No cabe imaginar nada más grotesco. Cuando la gente me veía, se reía. Cada vez que llegaba un tren, aumentaba el público. Su diversión no tenía límites. Eso, claro, fue antes de que supusieran que era yo. En cuando les informaron, aún se rieron más. Pasé media hora bajo la lluvia gris de noviembre rodeado de una turba burlona. 

El año siguiente lloré todos los días a la misma hora y por ese mismo espacio de tiempo. No creas que es tan trágico. Para quienes estamos en la cárcel, las lágrimas forman parte de la vida cotidiana. El día en que no lloramos es porque nuestro corazón se ha endurecido, no porque haya sido feliz. 

Hay que ser muy poco imaginativo para interesarse solo por la gente cuando está en un pedestal. 

El único acto deshonroso, imperdonable y despreciable de mi vida fue dejar que me convencieras de que pidiese ayuda y protección a la sociedad contra tu padre. 

¿Has vivido todo este tiempo desafiando mis leyes y ahora apelas a ellas para que te protejan?

El modo en que me apremiase y me obligaste a pedir auxilio a la sociedad es uno de los motivos por los que te desprecio tanto y por los que me desprecio a mi mismo por hacerte caso. 

El peligro formaba parte de la diversión. 

En el arte, las buenas intenciones no sirven para nada. Todo arte malo es producto de las buenas intenciones. 

El primer deber de una madre es no tener miedo de hablar seriamente con su hijo. 

Todos los días yo tenía que pagar hasta la última cosa que hacías. Solo una persona con una naturaleza absurdamente bondadosa o dominado por una estupidez sin límites lo habría hecho. Por desgracia, en mi se daba la combinación de las dos cosas. 

Los sentimentales son sencillamente gente que quiere disfrutar del lujo de las emociones sin tener que pagar por ello. 

El sentimentalismo no es más que el cinismo que se ha tomado un día de vacaciones. 


Las grandes pasiones están reservadas a quienes tienen grandeza en el alma, y los grandes acontecimientos solo los ven quienes están a su misma altura.